Recargó su espalda contra el respaldo de la cómoda silla de madera. El cojín de terciopelo verde musgo amoldándose a los músculos de su espalda lentamente. Su túnica arrugándose ligeramente, frunciéndose contra el respaldo. Aferró sus manos a los brazos de madera tallada y encerró sus dedos alrededor de ellas, un poco tenso. Sintió el anillo en su dedo pulgar lastimarle ligeramente, pero no pensó ni por un segundo en quitárselo, simplemente aflojó el agarre, sus dedos recuperando su color y la sensación de hormigueo desvaneciéndose.
Se encontraba completamente solo, en una de las tantas salas del castillo. Una pequeña habitación con libreros tan altos como el techo, tapices de patrones elegantes y un suelo de madera cubierto por una inmensa y suave alfombra. Una chimenea de mármol oscuro descansaba en una de las paredes más alejadas y un candelabro colgaba del techo iluminando tenuemente. Todo allí era verde, oro, mármol y madera oscura.
Harry se encontraba sentado en el centro de la habitación, vestía unas túnicas ligeras de verano, eran largas y de la tela más fina que los galeones podían comprar. Sobre su cabeza descansaba su corona de oro negro que no se confundía con su rebelde cabello únicamente por que brillaba en metálico bajo las velas del candelabro. Frente a él, un precioso tablero de ajedrez de mármol negro con piezas de oro y plata que se movían de acuerdo a sus órdenes sin rechistar.
Él recordaba muy bien el tiempo en que había aprendido a jugar ajedrez, había sido un muchacho inseguro cuya voz temblaba al dar una orden, temeroso de equivocarse y perder la partida. Ron no parecía haber tenido ese problema nunca y Draco mucho menos. Ambos le habían enseñado a Harry como jugar y ganar, pero había sido Draco quién le había enseñado la forma más efectiva de hacer que las piezas obedecieran.
—Voz fuerte y firme, Harry —le había dicho en alguna ocasión—. Si ellos te ven inseguros, se sentirán inseguros y no van a confiarte su vida. Aplica en el ajedrez y en la vida también.
Harry no lo había comprendido de todo con solo once años, en la época en la que no se preocupaba demasiado por quién sería, la época en que su mayor aspiración era alejarse de los Dursley por la mayor cantidad de tiempo posible y no volver a caer en el error de dejar que el mundo creyera que era débil.
Había dejado que Draco jugara la mayoría de sus partidas durante los primeros años. No fue hasta tercer año que Harry ganó su primera partida sin ayuda y, además, sin que las piezas del ajedrez osaran mirarlo mal cuando tomaba alguna decisión. Harry lo recordaba muy bien, había sido un juego contra Zabini, en la sala común de Slytherin, poco después de que Sirius fuera declarado inocente por el delito de haber vendido a los Potter a Voldemort. Se había sentido jodidamente bien tener el control, saber qué hacer, hacia donde moverse, sin la voz de Draco susurrando en su ido, sin su aliento golpeándolo en el cuello.
Después de eso ganar fue más fácil. Le ganó a Ron, a Hermione y hasta a Cedric. Se había hecho de la victoria incluso contra McGonagall una vez y contra la mayoría de los Slytherin que se sentían con la posibilidad de ganar. Si hubo alguien contra quién nunca pudo ganar una partida, ese fue Draco Malfoy.
Harry no entendía que era exactamente lo que Draco hacía para siempre hacerse con la corona. Un instante él se encontraba en ventaja y al segundo siguiente, Draco ya le había hecho jaque mate. Rostro impasible, mirada indiferente que no dejaba traslucir ninguna de sus intenciones. Draco solo sonreía cuando había obtenido la victoria, no antes, nunca antes. Harry solía admirar ese control sobre sí mismo, no alardeaba nunca a menos que supiera que su victoria era inevitable, siempre se movía con cuidado, silencioso, como una serpiente.
El rey se acomodó sobre su asiento y llevó sus manos a su regazo. Usando el dedo pulgar de su mano derecha, acariciando su precioso anillo de serpiente y ojos de esmeralda que descansaba elegantemente en su pulgar izquierdo. Sintió la superficie escamosa de la plata forjada bajo su piel y frotó ansiosamente mientras su dedo delineaba las esmeraldas con sumo cuidado. La serpiente se arrastró perezosamente alrededor de su dedo, ajustándose perfectamente a su contorno antes de volver a quedarse quieta, como si fuese un anillo cualquiera.
Harry miró el tablero frente a él y luego a la esfera que flotaba sobre él. Una burbuja del tamaño de su cabeza, transparente como una bola de cristal que lentamente se llenaba de un misterioso humo color púrpura. La serpiente dio una vuelta más a su dedo y él la acarició buscando alguna distracción que le ayudara a disminuir la tensión que sentía.
Joder, cuanto necesitaba a Draco en ese momento.
Las piezas de plata en el tablero comenzaron a cuchichear entre ellas, sus pequeñas cabecitas mirando la esfera sobre ellas. Las piezas de oro, las de Harry, permanecían firmes, atentas, esperando cualquier orden que su rey decidiera dar.
El denso humo dentro de la esfera flotante comenzó a disiparse lentamente y mostró la escena que Harry esperaba.
Hogwarts se pintó ante él como un lienzo de humo y aire hasta que las figuras se tornaron sólidas y reales. El castillo sobre la montaña se pintaba de rojo no solo por el atardecer, sino por el fuego que rodeaba la estructura. Todo parecía estar en caos, las paredes de piedra se derrumbaban rápidamente, los gritos comenzaron a surgir de alguna parte y las luces de las maldiciones volaban de un lugar a otro, estrellándose contra los cuerpos de los más inexpertos o distraídos.
Las piezas de pie sobre el tablero se posicionaron rápidamente, tomando un lugar en diferentes casillas siguiendo el patrón de guerra que veían atreves de la esfera flotante. No habían avanzado mucho, pero un par de peones se encontraban ya a la mitad del tablero y parecía que la torre estaba ganándose un buen lugar entre las casillas. Las piezas de oro bufaron por la clara ventaja, ellas no se habían movido una sola casilla y para agravar la situación, la reina de oro se había ido a parar al espacio vacío junto al rey de plata.
Una explosión más salió de la burbuja que transmitía todo lo que sucedía en el colegio de magia y hechicería donde una vez Harry había llegado siendo un muchacho débil y bueno para nada y entonces Potter dijo:
—Peón G4.
Hubiera deseado que su voz sonara tan firme como siempre, pero la excitación, la expectación y los nervios le traicionaban. La pieza en cuestión se movió sin protestas, sin embargo, hizo exactamente lo que Harry deseaba, al tiempo que, dentro de la burbuja, un grupo de sus hombres aparecía en escena desde el bosque prohibido lanzando algunos encantamientos de protección sobre sí mismos.
Las piezas de plata se movieron una vez más y Harry tuvo que hacer una jugada más usando a su caballo. Su corazón latía rápidamente mientras dictaba las órdenes de la siguiente jugada en voz alta. Sus ojos permanecían en el tablero la mayor parte del tiempo, era donde tenía mayor control después de todo, mantener los ojos en la escena de Hogwarts podía ser peligroso, la esfera le mostraba tantas cosas a la vez que era abrumador.
Un caballo de plata acabó con uno de sus peones y Harry gruñó al tiempo que veía a uno de sus escuadrones caer a manos de un grupo de mortífagos especialmente hábiles. Clavó sus ojos verdes en el tablero una vez más, dándose cuenta de que aquellos bastardos podían ser fuertes, pero no demasiado inteligentes. Mandó a su caballo tras ellos y Sirius apareció en escena, con un grupo más de hombres que rápidamente aniquilaron al enemigo.
Las piezas del tablero se destruían entre ellas sin piedad, clavándose sus lanzas y sus espadas cuando el último de los hombres en el campo real de guerra caía. Las piezas de oro ganaban fuerza con cada movimiento, pero las piezas de plata resistían con valentía. Las fuerzas eran tan iguales que, a la mitad del tablero y durante un largo rato ninguna de las piezas se movió de su lugar. La esfera mostraba una sangrienta batalla campal donde muchos caían, pero ningún escuadrón se veía disuelto por completo.
Harry exclamó:
—¿A qué diablos estás jugando, Sirius?
—Hago lo que puedo —le respondió la voz de Canuto a través de la esfera.
Pero Sirius no se encontraba dándole prioridad a la batalla, sino a una absurda persecución que mantenía con Bellatrix Lestrange. Harry bufó con furia mientras veía a una de sus piezas retroceder en el tablero al tiempo que un par de piezas de plata tomaban terreno. El descuido de Sirius había hecho que un par de escuadrones perdiera estabilidad.
—Deja tus rencillas familiares a un lado —le amonestó, golpeando con un puño el tablero y haciendo que las piezas saltaran y aterrizaran a salvo de nuevo en sus casillas—. Mátala de una maldita vez y sigue avanzando, Voldemort está del otro lado.
Sirius no respondió y Harry volvió la vista al tablero donde un par de sus piezas habían caído. Analizó cada posible jugada del bando enemigo y se sintió realmente aliviado al percatarse de que el rey de oro estaba tan a salvo como al principio.
Dirigió su atención a movilizar a un grupo más hacia norte, mientras preparaba una emboscada a las puertas de Hogwarts en caso de que el enemigo lograra atravesar todas sus barreras. Un solo hombre infiltrado podía ser su perdición.
Hombres y mujeres peleaban valientemente en el campo de batalla, sacrificando sus vidas por su majestad, el rey Harry quién lentamente perdía el control de sus piezas. Vio varias caras conocidas caer sobre la tierra, mutilados, perforados o simplemente golpeados por una maldición asesina y con cada persona que caía, los nervios le envolvían y apretujaban con más fuerza.
Algo estaba mal, terriblemente mal, hasta hacía un par de horas las piezas de plata habían estado siguiendo un estilo de juego, una estrategia diferente, pero ahora, casi era como si alguien más que no fuese Tom Riddle hubiese tomado las riendas de sus mortífagos.
La torre de plata hizo caer a uno de sus peones con una jugada que Harry solo había visto una vez.
Draco.
Miró la pieza de la reina de oro junto a la pieza del rey de plata. Estaba completamente quieta, lo que significaba que, estuviese donde estuviese, Draco no estaba en el campo de batalla. Al igual que él, Riddle se encontraba en algún lugar seguro, moviendo sus piezas con la mayor precisión posible, buscando la victoria.
Harry no sabía exactamente cuánto tiempo llevaban en aquella lucha por el poder pero a cada segundo que pasaba más interminable se volvía. Había sangre y maldiciones por todas partes. Hogwarts había dejado de ser un lugar seguro para los niños huérfanos, como lo había sido para él en algún momento y ahora solo era un campo minado, donde nadie daba un paso en falso por miedo a activar algún detonante.
Y estaba cansado. La conexión de su esfera mágica parecía irse por momentos, entre el polvo, explosiones y fuego, dejando a las piezas sobre el tablero completamente a ciegas. No era un juego de ajedrez solamente, era un tipo de juego completamente diferente, sin reglas específicas pero donde la estrategia era cuestión de vida y muerte, tan similar y distinto a la vez que, cuando la reina de oro por fin se movió Harry no estuvo seguro de lo que debía hacer.
No se suponía que Draco saliera de su lugar junto a Riddle hasta el golpe final, hasta que su ejército de mortífagos estuviese tan debilitado que pudiese abrirse paso rápidamente entre ellos. En cambio, las piezas de plata parecían haber tomado el control y la reina estaba moviéndose en medio de los peones de Voldemort, sirviendo de maldito escudo humano para el rey de plata.
Harry gruñó, enojado y confundido a partes iguales, ordenando a una de sus torres que se moviera hacia el sur, haciendo caer a todo el escuadrón en cuestión de minutos. Las cosas no estaban saliendo como él lo había planeado y necesitaba tranquilizarse si no quería echar a perder todo por lo que alguna vez había trabajado.
—Severus... —dijo entonces, cuando un grupo de mortífagos llegó a las puertas de Hogwarts—. No más agente doble, acábalos, mierda.
—Sí, su majestad —respondió con ese tono seco tan característico de él, su voz saliendo de la esfera.
La reina de oro se detuvo entonces en una de las esquinas del tablero y permaneció allí durante un largo rato. Irracionalmente, como cada que se trataba de Draco, Harry pensó en abandonar su refugio e ir en su búsqueda, saber qué demonios estaba haciendo. Una sensación amarga se instaló en su pecho y la fugaz idea de que, al final Draco hubiera decidido jugar realmente para Riddle le enfermó hasta causarle nauseas.
Cerró los ojos con fuerza, los gritos de dolor y de batalla retumbando en toda la sala. Por un momento pensó que se trataba del reflejo de la esfera, pero pronto se percató de que ellos, el enemigo se había infiltrado a Hogwarts finalmente y las paredes interiores estaban siendo azotadas por la guerra.
El rey clavó su mirada furiosa en la reina de oro que aún permanecía en la esquina del tablero, tan quieta, tan indiferente al hecho de que todo se estaba yendo a la mierda que Potter se enfureció. Ese maldito Draco Malfoy, traidor hijo de puta. Pensó cuando el castillo se sacudió violentamente, por primera vez y algo de tierra se soltó del techo de la sala de los menesteres. Podía reconocer la nueva forma de jugar de Riddle, aquella manera de mover sus piezas era idéntica a la de Draco, la única persona a la que Harry había podido ganar en un juego como ese.
Se puso de pie, sus pisadas furiosas yendo de un lado a otro mientras dejaba que las piezas en el tablero se movieran por si solas.
—Ronald, ¿tienes noticias sobre la serpiente? —preguntó con voz tensa.
—La hemos estado buscando, pero no hay señal de ella, el-que-no-debe-ser-nombrado tampoco a mostrado la cabeza, probablemente esté en su poder.
—No dejen de buscarla —ordenó acariciando su anillo una vez más. Su cerebro trabajando a toda velocidad buscando una salida.
Con un movimiento de manos, la esfera se desvaneció. Ahora que la batalla se había trasladado al interior del castillo Harry no necesitaba ojos en el exterior. El suelo se sacudió una vez más y el rey se dejó caer sobre su silla una vez más. Todo había comenzado tan bien, él había tenido la ventaja, pero entonces Draco había decido darle a Riddle la ventaja y ahora la balanza se encontraba inclinada hacia el enemigo.
—Voy a matarte —dijo en voz peligrosa y fría. Los ojos cerrados y la cabeza sobre el respaldo de la silla.
—¿Por qué no mejor me follas? —dijo la voz del rubio.
Harry abrió los ojos rápidamente, su varita apuntando hacia Malfoy y la furia brotando en chispas de color verde desde su herramienta mágica. Draco ensanchó su sonrisa y Harry mostró los dientes, como una bestia a punto de atacar de pura cólera. El rey miró las piezas en el tablero, la reina seguía en la esquina del tablero, lo que no explicaba la presencia de Draco en la sala, pero entonces el rubio dejó caer ante él el cuerpo inerte de la serpiente Nagini, la cabeza al menos y Harry se olvidó de ese pequeño detalle.
—Los dejaste traspasar mis barreras —le acusó.
—Necesitaba una distracción, él no quería separarse de la serpiente.
—Arréglalo entonces —le exigió.
Draco caminó con paso felino hasta él y se sentó en sus piernas, frente al tablero. Observó las piezas detenidamente hasta que, con su propia mano, movió un caballo, un par de peones y un alfil. Harry miró impaciente, sintiendo el culo de Draco restregándose contra él e intentando con toda su fuerza de voluntad no dejarse manejar de esa manera. Draco quería que bajara la guardia, pero estaban en medio de una guerra y Harry no era un idiota.
—Eso debería ser suficiente —dijo el rubio, tomando la pieza de la reina de oro y colocándola en su lugar, al lado de la pieza del rey dorado—. Ahora solo debemos esperar, Tom ni si quiera sabrá que es lo que lo golpeó. Lo hiciste muy bien, Harry, pero no has podido hacerlo mejor que yo, una lástima, uno creería que habrías aprendido ya.
—¿Qué es lo que has hecho? —preguntó Harry— He mandado a Severus al frente, él sabe cómo burlar las protecciones de Riddle, también he enviado a Black, él y su equipo entrarán después de que Severus se encargue de las protecciones. Tom está escondido al sur del bosque prohibido, los que han logrado entrar no son más que el intento por debilitarte, nuestros mejores hombres se desharán de abrirte paso.
—Demoraste bastante.
—Siempre has sido impaciente —le recordó poniéndose de pie.
Draco dio media vuelta y se agachó hasta que su rostro estuvo frente al del rey. Sonrió cálidamente y llevó su pálida mano a su rostro. El contraste de sus pieles siempre les había fascinado a ambos y en aquel momento no fue la excepción. Pese a su renuencia a dejarse llevar por el efectoDraco, Harry cerró los ojos, aspirando su aroma a colonia costosa y a manzana con canela. Sintió la presencia de Draco acercarse a su cuerpo e inmediatamente después sus finos y rosados labios rozar con los suyos de manera tan delicada que por un momento quiso abrir los ojos y confirmar que era Draco y no cualquier otro de sus amantes.
Pero lo era, era él, Harry podía sentir su firma mágica inundando su cuerpo como cada que estaban juntos, solo que Draco no parecía ansioso por nada más. Sus labios apenas y se tocaban, no había exceso de saliva, ni lengua, ni dientes, solo los delgados dedos de Draco acariciando su rostro y sus labios presionándose y moviéndose como la suave brisa de verano.
Casi se sentía como amor. Casi.
—Vamos a terminar con esto de una vez por todas, Harry, es hora de hacer jaque mate.
Su voz era tranquila y cariñosa y cuando Harry abrió los ojos y miró a través de los ojos de mercurio de Draco, supo que todo estaría bien.
El castillo retumbó una vez más, pero Harry ya no escuchaba los gritos de desesperación y muerte, demasiado perdido en la sensación de la mano de Draco arrastrándolo fuera de la sala de los menesteres. Caminaron entre pasillos semi destruidos y nubes de polvo. Atravesaron paredes tambaleantes y pisotearon algunos cuerpos sin rostros que aleatoriamente se encontraban en los corredores. Ignoraron el aroma a sangre y los destellos de luz en cada uno de los rincones que acompañaban a los quejidos de dolor. Ignoraron el olor a quemado y a magia negra, e incluso ignoraron el llamado de auxilio de algunos de sus hombres, hombres que se desangraban por su causa.
No habían necesitado defenderse en realidad, los maleficios habían pasado apenas rozando, alrededor de ellos, como si la misma magia hubiera buscado reforzar la profecía que había marcado la vida de Potter desde antes de su nacimiento, aquella parte que decía que con Draco, no había manera de perder.
Y Harry se aferró a la mano de Draco tan fuerte como se aferraba a esa profecía.
Voldemort se encontraba en medio del gran comedor, con el cuerpo de Snape a sus pies siendo desgarrado por Fenrir Greyback. Harry no pensó que fuese una lástima, en la guerra la gente moría, pero al menos Snape se las había arreglado para hacer que Riddle saliera de su escondite.
La batalla aún seguía en pie, mago y brujas se enfrentaban entre sí por todo el castillo, en sus jardines y en sus terrenos colindantes, pero nada de eso importaba en ese instante, todo se decidiría cuando Harry y Tom finalmente se enfrentaran y uno de ellos callera.
—Ha pasado tiempo, Harry —le dijo Tom, esquivando la pila de cadáveres a su alrededor—. Una lástima que no hubieses considerado mi oferta de hacer equipo, nos hubiéramos ahorrado mucho de esto.
—No estoy interesado en compartir el poder —respondió.
Voldemort, con su preciosa sonrisa de dientes blancos, luego miró a Draco junto a Harry y dijo:
—Lo has hecho bien, Dragón, lo has traído ante mí después de todo.
Draco no respondió, únicamente desvió la mirada de ambos hombres y se apartó un par de pasos. Riddle sonrió satisfecho y Harry quiso pedir explicaciones pero antes de que pudiera hacer cualquier cosa Voldemort ya se encontraba apuntándole con su varita.
—Cuando acabe contigo —le dijo—. Regiré mi reino desde aquí, con Draco a mi lado, nos desharemos de esos muggles y follaremos sobre tu tumba cada noche, Potter.
Harry sonrió de manera tensa. Le dirigió una mirada a Draco, necesitaba saber que estaba con él necesitaba saber que vencería, pero Draco no le miraba, mantenía sus ojos, ahora fríos y endurecidos, en algún punto de la pared tras él. Harry estaba por su cuenta.
Riddle lanzó el primer ataque, fuego maldito que rápidamente fue controlado por Potter. La explosión de ambos encantamientos fue espectacular y casi hermoso. Ninguno de los dos deseaba perder mucho el tiempo, ya habían estado peleando en silencio por casi diecisiete años y ninguna de las serpientes parecía tener más paciencia. Los encantamientos volaban entre ellos, no buscaban simplemente asesinarse, buscaban hacerse la mayor cantidad de daño posible antes de causar el descenso. El humo se levantaba a su alrededor, por la fuerza de su poder mágico que a su vez, sacudía el castillo como si fuese de gelatina.
Harry mantenía sus ojos firmes en Riddle, llamando todo el odio que había sentido a través de los años por el hombre que había asesinado a sus padres y le había hecho vivir una vida de mierda junto a sus tíos, el mismo hombre que creía ser lo suficientemente bueno para quedarse con su Draco. ¿A caso sabría Riddle como complacerlo? ¿Sabría hacer realidad cada uno de sus caprichos?,¿Sabría hacerlo vibrar de lujuria? Harry lo dudaba. Él y sólo él sabía hacer sentir a su precioso Dragón.
Tenía que aniquilarlo, por él, por Draco.
Lanzó una maldición más que fue a estrellarse a la mesa de los profesores y haciéndola volar en mil pedazos. Riddle soltó una carcajada cuando falló y Harry solo pudo gruñir algunas palabras inentendibles que hicieron que Riddle se quedara paralizado.
Un siseo llenó toda la habitación y Harry tuvo que luchar por no sonreír cuando el basilisco de la cámara de los secretos emergió de una de las tuberías del gran comedor. Voldemort parecía genuinamente furioso, como si no pudiera creer que Harry se hubiera atrevido a usar su basilisco en su contra y Potter aprovechó la conmoción para ordenarle a la creatura en pársel:
—Sabes cómo huele tu antiguo amo, aquel que te dejó abandonado por mucho tiempo, acaba con él.
El basilisco no dudó en obedecer sus frías órdenes y todo rastro de burla se había desvanecido del rostro de Voldemort quién rápidamente nosolo se encontró evadiendo a la creatura, sino, también las maldiciones de Potter.
—Has olvidado a quién perteneces, creatura insolente —decía en un intento de deshacerse del basilisco—. Vuelve a la cámara y no salgas de allí hasta que te lo ordene, yo soy tu legítimo dueño, el heredero de Slytherin.
—Pierdes tu tiempo, Tom —dijo Harry lanzándole una maldición —. Me he ganado su lealtad y ahora no vales para él más de lo que vale su almuerzo. Pero si te arrodillas ahora, ante mí, no tendrás que sufrir siendo devorado por él.
—Pierdes tu tiempo Potter, yo no puedo morir, regresaré, como lo he hecho antes.
—Supongo que hablarás de tus horrocrux —respondió bajando su varita y quitándose una pelusa invisible de la túnica de seda negra—. Me he encargado de todos. No más inmortalidad para ti, bastardo.
Tom Riddle soltó un grito de furia antes de arremeter directamente contra el basilisco, prendiéndole fuego a la creatura que pronto comenzó a retorcerse sobre sí misma y a sisear de dolor. Luego levantó su varita contra Harry una vez más, lanzando la maldición asesina una y otra vez contra él, su rostro desencajado por la furia.
Harry sonrió mirando a Draco antes de levantar su propia varita y apuntar a Voldemort.
—Es una lástima que jamás escucharas la profecía completa, Tom. Yo si tenía algo que tú no tenías, algo para vencerte, no era mi poder, ni mi inteligencia, aunque claramente son superiores al tuyo. Siempre fue Draco Malfoy la pieza ganadora.
—¡Él es mío! —exclamó. Harry negó divertido.
—Si así hubiera sido, alguna de tus maldiciones ya habría acabado conmigo... en cambio sigo aquí y tú estás a punto de desaparecer para siempre... ¡Avada Kedavra!
El rayo impactó directamente en el esbelto cuerpo de Riddle, haciéndolo caer como un peso muerto sobre los escombros del gran comedor, muy cerca del cadáver del basilisco aún en llamas. Su precioso rostro contraído en una mueca de incredulidad y furia total.
Harry sonrió victorioso y se giró para mirar a Draco, pero éste seguía son mirarlo.
—Hemos ganado, lo logramos, Draco —dijo con euforia—. El mundo mágico es nuestro.
Draco negó con la cabeza.
—No, Harry, el mundo mágico es mío —susurró. Harry lo miró con consternación y Draco miró hacia la puerta de entrada del comedor antes de decir—. He destruido su horrocrux —abrió la palma de su mano, mostrando el anillo en forma de serpiente que hasta unos momentos atrás había estado descansando en su dedo.
Y Harry comprendió.
—Estás rodeado, Potter —dijo la voz conocida de Neville Longbottom.
Harry, aún en shock se giró lentamente, para encontrarse con Neville liderando a jun grupo de magos que le miraban como si fuese la peor peste del mundo. Incluso Sirius estaba entre ellos, mirándolo acusadoramente.
—Parece que me han tendido una trampa —dijo y su voz sonaba extremadamente tranquila.
—La varita... —respondió Neville.
Harry sonrió descaradamente y la dejó caer al suelo.
—Las manos donde pueda verlas —advirtió Hermione, quién conocía perfectamente bien su dominio en la magia sin varita.
Harry le gruñó:
—Maldita traidora —Hermione hizo una mueca de desagrado y luego Harry susurró hacia ella—. Avada...
—¡Avada Kedavra! —Gruñó alguien más desde la multitud que empezaba a reunirse en el gran comedor.
Harry miró a Ron Weasley apuntándole con la varita mientras el rayo verde impactaba directamente en su pecho. Su cuerpo cayó hacia atrás pero no sintió absolutamente nada. Lo último que vio antes de morir fue a Draco Malfoy parado de pie junto a él, con una expresión de profundo deprecio en su rostro, susurrando jaquemate y dejando caer sobre su cuerpo la pieza del rey de oro partida a la mitad.
