Bueno, la siguiente misión ya comienza ¿y quién será esta vez el objetivo? El último capítulo nos dejaba con un montón de intrigas, y la primera aparición de Hércules entre otros nuevos personajes. Espero que este también os guste. Muchas cosas están por pasar.
-Lollyfan33: Buff muchísimas gracias como siempre por tu review, me ha encantado. Sí, fue un capítulo con un montón de emociones, desde los problemas de Jim y Ariel al funeral de Billy y el misterio de Cobra Burbujas y el D23. A mí particularmente me gustó escribir la historia de Aladdín y Helga, y el desenlace del conflicto de él con McLeach. No es una mala idea lo que dices sobre Stitch y cómo podría acabar en Gantz. Ya veremos, ya veremos, ja, ja... la verdad es que efectivamente de esto molaría mucho más hablar un día tomando algo, es una historia fascinante y tú eres una lectora increíble, pero creo que vivimos en diferentes lugares del mundo, y aunque las distancias son muy largas Internet tiene lo bueno de poder unir a personas de todas partes gracias a páginas como estas, y algo tan maravilloso como la lectura. A lo mejor podríamos hacer un grupo o algo e intentar también extender la historia, no sé. Bueno, como siempre espero que disfrutes un montón con este capítulo y un fortísimo abrazo para tí. ¡Mucho ánimo también con tu historia y por supuesto en el día a día! :D
-Dianaa34: Ya, Billy ha sido muy duro de perder, yo le voy a echar de menos el que más. Es curioso que piense en su padre, tal vez es que estaba más unido a él de lo que él mismo creía. Me encanta lo que odiáis a Rourke, porque realmente es el odio encarnado en persona, y sí, los villanos van incrementando su nivel de dificultad, como pasa en todos los buenos anime (no es que considere mi historia un anime ni nada, pero me inspiré en eso a la hora de elegir el orden de los villanos). Muy interesante lo que apuntas sobre Jim, todo se irá desarrollando, pero no dejéis de hacer vuestras teorías. Un abrazo muy fuerte y mil gracias por leer, como siempre.
¿Qué pasará ahora...? La historia no va a empezar exactamente dónde la dejamos...
Sería complicado explicar cuando empezó realmente la historia. Realmente, para entenderla del todo, habría que remontarse al día que la parieron, mucho antes incluso, pero entonces no acabaríamos nunca. Lo que está claro, sin embargo, es que los distintos acontecimientos y vivencias en la larga existencia de Lady Tremaine la habían llevado a convertirse, hoy día, en la persona que era. Y no era una persona fácil.
Hay personas que son imposibles de conocer, ni siquiera a lo largo de los años, y mucho menos a simple vista. Ella era un claro ejemplo: altanera, bien vestida y elegante, siempre iba rodeada de una fría aura que de algún modo conseguía intimidar a todo el mundo. Era imposible adivinar lo que estaba pensando. Aunque como referencia, siempre había que tener claro que nada bueno. En resumidas cuentas era un claro ejemplo de una pulcra joya de la aristocracia a la que los años habían robado la juventud, pero que aún conservaba la belleza de antaño. Un claro ejemplo de la cada vez más escasa nobleza de Suburbia.
Nada más lejos de la realidad: Agatha Tremaine era hija de la ama de llaves de la mansión de los Ascott, una de las familias más importantes y ricas de Suburbia. Las familias nobles vivían en la zona blanca, y tenían sus residencias cerca del palacio blanco de la reina. Para gente de clase más humilde como Gabrielle, la madre de Agatha, ir a trabajar en una gran mansión como la de los Ascott era una oportunidad única para dejar atrás el agujero de la zona roja.
Agatha se fue a vivir a la mansión acompañando a su madre. Su padre trabajaba en una fábrica de la zona roja, y estaban separados. Aún ahora cuando cierra los ojos a veces, Agatha puede escuchar las ardientes peleas de sus padres, discusiones que a veces duraban horas, en las que su madre lloraba y su padre terminaba tirado en el sofá, con las manos en la cabeza. Nunca podría olvidar la angustia que sentía en esos momentos, hoy día la mataría el volver a verlos. Se juró que ella nunca haría algo así con su marido. De niña Agatha soñaba con tener una gran familia con muchos hijos que luego se casarían e irían a verla a su bonita casa de campo.
En la mansión de lord y lady Ascott Agatha era la única niña que vivía en la planta del servicio, y todos la trataban con mucha amabilidad. No era una niña vivaracha, solía estar bastante callada, pero sí que le gustaba ayudar, y pronto empezó a aprender los oficios de los trabajadores, desde las asistentas que hacían las camas y limpiaban los adornos hasta las divertidas cocineras y los impasibles mayordomos. Se hizo amiga del mozo de cuadras, Beau, que era años más mayor que ella, pero secretamente le gustaba. Su madre también la enseñó a tocar el piano. Los Ascott tenían un enorme piano de cola en uno de sus salones de recreo. A Agatha le habría encantado tocarlo, de hecho lo intentó una vez, pero su madre la advirtió de que lo tenía prohibidísimo, y nunca se atrevió.
Los Ascott eran unas personas terribles. Muy ricas, y muy poderosas. Lord Ascott era una persona de un mal humor terrible: advirtió que no deseaba encontrarse de nuevo una taza despostillada en su sitio, y cuando eso ocurrió, cogió toda la vajilla y plato a plato la fue rompiendo contra la pared. Su voz era rugiente como el trueno, y cuando algo no le gustaba se enteraba toda la casa. Aun así no era una persona cruel. Trataba al servicio con justicia (un cierto punto de indiferencia, también habría que decirlo) y era amable con Agatha, hasta la hacía un pequeño regalo en Navidades, detalle que no tenía con nadie más.
El problema era ella. Lord Ascott pasaba gran parte de su día fuera, trabajando en su importante empresa, pero Lady Ascott si no asistía a fiestas de sociedad o tenía un compromiso ineludible en su peluquería estaba en la casa, y era una ama metiche y cizañera. Le gustaba cotillear sobre la vida de sus empleados, y si podía, dirigirla. Era fría y cortante, y todos la tenían miedo. Ya había despedido a más de un mayordomo, una vez a un chófer y a una asistenta a los que habían pillado teniendo sexo en un armario, y según contaban lady Ascott se había ocupado de que nunca más nadie volviera a contratarlos en la zona blanca. Habían tenido que acabar volviendo a la zona roja, sin un duro.
Lady Ascott recorría la casa con sus largas faldas ondeando y criticando todo lo que veía mal, y eso era todo lo que veía. Con Agatha no tenía problemas, aunque ella sabía que Lady Ascott no le quitaba el ojo de encima. Agatha siempre fue educadísima con Lady Ascott, y al igual que su madre inclinaba la cabeza y tragaba con todos sus improperios cuando el marco de un cuadro estaba ligeramente torcido.
Sin embargo, cuando Agatha cumplió los quince la cosa cambió. Estaba un día sirviéndole el té a los Ascott, Lord Ascott leía el periódico y Lady Ascott tejía unos calcetines para su sobrina nieta. El hijo de los Ascott, Hamish, estaba sentado con ellos, mirando su móvil. Se suponía que hablaba con un amigo, aunque en realidad miraba fotos porno de despampanantes modelos. Agatha lo vio pero decidió ignorarlo. Hamish era el niño más insoportable y arrogante que conocía. Era peor que sus padres.
-¡No sabes llevar el caballo! ¡IMBÉCIL!-Hamish le dio una patada en la cara con su bota de montar a Beau, una vez que el joven intentaba ayudarlo a subirse al caballo.
El caso fue que cuando Lady Ascott la vio echándole el té se dio cuenta de que Agatha ya tenía un prominente busto, y con ello de que ya era una mujer.
-Agatha…-dijo, con su voz fría y persistente-¿no tienes novio?
Agatha dejó de servir el té y dio un respingo. No, no tenía. No era fea, aunque tampoco se podía considerar muy hermosa, pero era bastante tímida, y le daba miedo hablar con los chicos. Con Beau tenía más confianza, pero no era capaz de decirle lo que sentía, y además él sí tenía novia.
-Nno señora… no-dijo, mirando hacia otro lado.
-Que mal. Deberías buscar uno ya-dijo Lady Ascott con desparpajo. Hamish levantó la mirada de su interfono, curioso-estaba pensando que… tú trabajas con tu madre en la limpieza… ¿no?
Agatha miró a un lado y a otro, asustada. No quería hablar con ella. Le daba terror hablar con ella.
-Sí… señora.
-Ya. Pues es un desperdicio. Eres muy joven, y sirves para algo más.
Agatha levantó una ceja ¿perdón? ¿lo decía en serio? ¿En que estaba pensando Lady Ascott? A ella no le hubiera gustado estudiar, pero según su madre, hacerlo era una oportunidad.
-Mi buena amiga Adelaida (Madame Bomfamille, para ti) ha iniciado un movimiento benéfico para escolarizar a los… a las personas sin posibilidades. Pueden cursar estudios superiores-explicó Lady Ascott. Agatha asintió, aunque no le importaba en absoluto. Solo quería largarse de allí-nos dijo que la ayudáramos a escoger a posibles alumnos para sus nuevas escuelas. Hay unos cursos para sacarse el bachillerato, y luego hacer una pequeña carrera… creo que tú podrías ir…
Agatha levantó la cabeza, preocupada.
-Pero… ¿cuántas horas serían?-quiso saber, angustiada.
-Horas no hija, días. Años, más bien. Son tres… creo-replicó Lady Ascott tercamente. Hamish emitió una risita mirándola con sorna. Agatha empezaba a asustarse-en fin. ¿Tú que dices?
-Yo… pues… pues es muy amable pero…-Agatha vio como Lord Ascott levantaba la mirada del periódico y le echaba un vistazo, curioso. ¿Qué iba a hacer? El lema de Lady Ascott venía a ser "nadie me dice que no"-creo que mi lugar está aquí…
Hamish y Lord Ascott la miraron con horror. Lady Ascott por su parte levantó la barbilla, y la indignación oscureció sus pequeños ojos vidriosos.
Horas más tarde Gabrielle salió de la habitación de Lady Ascott, despeinada y con el rostro enrojecido. Fue a ver a Agatha, que la esperaba encogida en su habitación.
-Madre…-susurró al verla entrar.
-¿Pero en qué estabas pensando?-la reprendió su madre, mirándola furiosa-¿quién te has creído que eres?
-Yo… lo siento… no quiero irme…-susurró Agatha horrorizada. Su madre, que nunca perdía los estribos, parecía totalmente fuera de control.
-¡Me estoy jugando mi empleo! ¡Llevo años partiéndome la espalda para que puedas llevar una vida digna! ¡Y ni siquiera eres capaz de hacer un pequeño sacrificio!
-Madre… yo no quiero…-Agatha notó como las lágrimas asomaban a sus ojos, pero las contuvo. Su madre le había enseñado que llorar era inapropiado. Solo los que no sabían solucionar sus problemas lo hacían.
-Eres una desagradecida. Mala hija-dijo Gabrielle, furiosa. Agatha se preguntó si Lady Ascott la había pegado. Luego se dio la vuelta y se fue a su baño. El ama de llaves tenía una mejor habitación que el resto del servicio-haz tu maleta. Mañana te vas.
Agatha palideció. La mansión de los Ascott había sido su hogar por casi diez años. ¿Cómo iba a irse así… ahora?
Pero su madre no dio marcha atrás. A la mañana siguiente todo el servicio se despidió de Agatha con mucho cariño, y la colmaron de humildes regalos hechos por ellos.
-Te echaremos mucho de menos cariño-le dijo una de las rollizas cocineras, llorando emocionada.
-Has sido un consuelo para nosotros aquí-dijo un viejo mayordomo dándola unas palmaditas de ánimo.
-Adiós, Agatha-se despidió Beau, sonriéndola con tristeza. Agatha le dio un fuerte abrazo, y allí las lágrimas asomaron más que nunca.
-Adiós Beau…-por un momento la loca y salvaje idea de besarlo, de echarse encima de él acariciando su largo y rubio cabello y fugarse juntos la asaltó. Pero ella no era así. Para nada-adiós…
Antes de que se diera cuenta estaba subida en el elegante autovolante con Lady Ascott, que exhibía una desagradable expresión de satisfacción en su duro rostro.
-Te vas a convertir en toda una mujer-le dijo la aristócrata. Agatha miraba al suelo del coche, sumisa-algún día me lo agradecerás.
Con el tiempo durante su estancia en el nuevo internado Agatha pensó que Lady Ascott tenía razón hasta cierto punto: en aquel lugar tenía mucha más libertad que en la mansión, y por primera vez estaba con más gente de su edad. Callada y educada, Agatha se metió en un grupo de chicas de la zona roja modositas y estudiosas, pero con mala idea. Ella no solía meterse en problemas, pero siempre se enteraba de los líos en los que estaban sus amigas, peleándose con otros grupos de niñas y con pequeñas rencillas secretas. Participaba de modo pasivo, aconsejando a sus amigas sobre la mejor manera de hacer la puñeta a las otras. Pero nunca participaba. Eso era rebajarse. Además no le interesaba en absoluto.
-Podríamos intentarlo-dijo una de sus amigas un día. Hablaban de descolgarse por una de las ventanas que daba al edificio de los chicos. Unas alumnas más mayores lo habían hecho, y decían que habían ido a la planta de los de su curso, donde habían podido elegir cuál de todos los ansiosos sementales se las llevaba a su cuarto.
-Si nos pillan… o si nos caemos…-dijo otra. La ventana estaba a cientos de metros del suelo. Si se agarraban mal a la cornisa, podrían matarse. Y ellas no eran precisamente gimnastas.
-¿Tú que piensas, Ags?
-Es una tontería-sentenció Agatha, que estaba estudiando su libro de lengua. Lengua era su asignatura favorita.
-¿Por qué? A veces pareces de piedra. Que rollo, de verdad-se quejó la primera-no sabéis lo que es que te toque un chico…
-Tú tampoco. Por eso quieres ir-respondió Agatha con calma, pasando una página.
Al final se cambió de grupo. Demasiado inmaduras para ella. Iba con unas chicas más mayores, pero con las que se entendía mejor. Ah, y su amiga consiguió pasar al cuarto de los chicos. Pero a la vuelta resbaló y se cayó, como ya la habían advertido. Se la llevaron a enterrar el día siguiente.
Pasaron tres años, cuatro cuando Agatha solicitó hacer un curso especial. Cuando regresó a la mansión de los Ascott era una mujer totalmente distinta. Era mucho más inteligente y espabilada, y sobre todo más cínica. Conocía la oscuridad del mundo, mejor que nunca. Pero aún les tenía miedo.
Durante su estancia en el internado Agatha trabó amistad con un profesor de historia, Amos, que la cautivó con su retórica y la pasión que ponía en su trabajo. Amos ya pasaba los cuarenta, era demasiado mayor para ella, pero aun así Agatha soñaba con que algún día pudiera rebelarle su amor, y besarlo. Amos no tenía mujer, al contrario que Beau, y era poco probable que la tuviera.
Amos llevó a Agatha de vuelta a la mansión de los Ascott, donde la dejó en la entrada.
-Bueno Ags… escríbeme, pronto…-le pidió él. Ella sonrió levemente. No se le daba muy bien sonreír.
-Gracias Amos… por todo…-dijo. Él asintió. Las largas tardes que habían paseado por los jardines del internado y él le había contado cientos de cosas sobre su vida, y ella fascinada no podía dejar de mirarlo. Un día los sorprendió la lluvia, y riendo se habían escondido en un soportal. Amos se había quedado mirándola, y por un momento Agatha estaba segura de que había intentado besarla. Pero no lo había hecho. Era una alumna, después de todo. Pero ya no.
Agatha abrazó a Amos y luego le acarició el rostro. En principio era una caricia inocente, pero luego se fue volviendo cada vez más lenta y tortuosa, y erótica.
-Oooooh…-Amos había cerrado los ojos, y cogiéndole la mano la llevó a su bigote, y luego se la metió en la boca-Aa…. Agatha…
Se acercaron lentamente, y ella cerró los ojos y despegó los labios. Siempre había desdeñado el amor, el deseo desesperado de sus amigas. Pero ahora se sentía tan necesitada… tan… guarra…
¡PPIIIIIIIII!
-¡Muévete, gilipollas!-gritaron desde atrás. Otro coche con unos muebles restaurados para Lady Ascott esperaba detrás de ellos. Amos pareció recordar la cordura y se alejó de la chica.
-Yo… bueno, bájate ya…
Agatha tragó saliva, mirándolo. "Ven conmigo. Por favor, vámonos juntos"-pensó, desesperada. Pero no iba a decirlo. No iba a rebajarse así.
-A…adiós…-susurró, y se marchó del coche. Llovía, pero llevaba paraguas.
La vuelta a la mansión no fue tan espectacular como se esperaba: la mayoría del servicio que ella recordaba se había jubilado o marchado. Algunos habían sido despedidos. Según supo Beau había tenido un hijo, y había dejado el trabajo porque estaba harto de Lady Ascott. En cuanto a su madre seguía igual que siempre. Con igual quiero decir que la recibió sin ni siquiera darle un abrazo.
Lady Ascott había visitado a Agatha frecuentemente durante su estancia en el internado, así que era la que más la conocía. Era quien más esperaba su regreso: a partir de ahora Agatha trabajaría como su secretaria personal. Todas sus amigas del Club de Campo tenían una, y ella no podía ser menos.
-Esta será tu nueva habitación-le comunicó Lady Ascott. Agatha no pudo evitar la sorpresa en su rostro. Era el cuarto más grande que en su vida había tenido. Y sin tener que compartirlo con su madre o una compañera-empiezas mañana, cuando yo me despierte.
-¿A qué hora se suele…?
-No lo sé. Tengo insomnio. Si duermo mal, a las seis. Si duermo bien, a las siete, las ocho, las nueve o las diez. Estate preparada a las cinco-dijo Lady Ascott. Luego se fue.
Agatha se sentó en la cama llevándose las manos a la cabeza, pensativa. Era un horario espantoso. Pero iba a ganar mucho dinero. Y era un buen trabajo.
Bueno, no era tan buen trabajo, como pudo descubrir pronto. La mayoría de cosas que había aprendido en el internado no le servían de nada, porque Lady Ascott no era una mujer con necesidades intelectuales muy altas. Debía acompañarla a todas partes y ser su agenda personal, además de la de su hijo y su marido. Debía acordarse de todos los conocidos y los compromisos de Lady Ascott, y aguantarla dando el coñazo todo el día. Hasta iba a misa con ella, y a veces al baño. Insufrible e innecesario.
Lo que peor llevaba Agatha era tener que hacer de medidora entre Lady Ascott y el servicio transmitiéndole sus mensajes. Ellos la trataban como a una traidora por eso. "Mira Agatha que se fue a la escuela unos años a la escuela y ahora te mira por encima del hombro". Y también entre Lady Ascott y su familia. Hamish, ahora de dieciocho años, tenía ahora una insoportable novia llamada Chloe, que por suerte no se asomaba mucho por la casa, porque era aún peor que él. El caprichoso Hamish solo se callaba y agachaba la cabeza ante su novia. Era muy curioso. En cuanto a Lord Ascott tenía mal la cadera y la vejez empezaba a hacer mella en él. Eso solo había agriado su carácter, aunque con ella era mucho más agradable. Agatha sentía que era una de las pocas personas con las que se entendía de verdad en aquella casa. Aunque como marido era solo otro inútil, que solo servía para traer el dinero y aumentar la codicia de su mujer. Agatha creía que un buen marido solo puede ser un hombre con el carisma suficiente para fascinar a su mujer y tenerla dominada, sin necesitar nada más.
-La señora dice que te tomes el medicamento-le dijo Agatha a Hamish, que estaba en su cuarto terminando unos deberes. Estaba malo de la garganta, y como consecuencia aún más insoportable que de costumbre. Al menos le dolía al hablar, y así se estaba más callado.
-No lo tengo aquí-respondió él sin girarse.
-Lo sé-dijo Agatha, poniéndoselo en la mesa. Luego se dispuso a irse, cuando Hamish la agarró. Agatha le miró con seriedad, aunque por dentro estaba preocupada.
-¿Por qué tanta prisa?-preguntó Hamish, y la sonrió. Tenía los ojos hinchados y en la nariz le brillaban los mocos. Qué asco de chaval.
-Haz tus… deberes-dijo ella secamente.
-Cállate, zorra-la espetó Hamish con agresividad-¿te crees que me mandas algo? Solo eres la putita de mi madre ¿lo sabes? ¿Te obliga a que le hagas la tijera por las noches?
-Hamish, no…-Agatha intentó zafarse de él, pero Hamish fue hacia la puerta y la cerró. Luego se acercó a Agatha de nuevo. Solo se atrevía a comportarse así cuando sus padres no estaban. Era un desgraciado.
-¿Qué pasa? ¿Te molo, eh?-dijo, sonriendo. Ella no mudó su gesto, aunque estaba horrorizada-sí, te molo. Sé cómo me miras.
-Yo no te…
Hamish empezó a tocarle las tetas, y la acorraló contra su escritorio, pegando su cintura a la suya. El dolor de garganta le producía tener un fétido aliento que Agatha trató de no respirar.
-¿Qué te pasa, Agatha? ¿No has follado nunca? ¿Te da miedo?-preguntó, vicioso. Luego su rostro se coloreó un poco-yo… yo nunca lo he hecho. Pero quiero aprender… y tú puedes ayudarme.
Eso fue el colmo. Agatha sacó la fuerza que llevaba guardada en su interior y de un empujón lo apartó de ella. Maldito imbécil. Hamish estuvo a punto de caerse. La miró, asustado.
-Se… se lo diré a mamá…-la avisó.
-Desgraciado-Agatha sonrió con asco-díselo a quien quieras. Me da lo mismo. No pienso tocarte. Me voy de esta casa.
Fue hacia la puerta, decidida. Hamish la miró irse, abatido, cuando sus escasas neuronas pensaron algo.
-¿Tu madre también?
Agatha se detuvo y se volvió lentamente, preocupada.
-Mi… ¿mi madre?-repitió. Hamish sonrió al verla así. Ahora la tenía por fin.
-Sí, la vieja gorda-dijo-no creo que ella vaya a poder encontrar otro trabajo. Tú a lo mejor… de puta. Así que… ¿te sigues queriendo ir? ¿eh, Agatha?
Agatha tragó saliva y se irguió, muy digna. Le daba tanto asco.
-Por favor Hamish… déjame ir-pidió. No se podía creer que lo hubiera hecho, pero había suplicado. Se había rebajado hasta eso.
-"Hamish, déjame ir"-se burló él. Avanzó hasta ella y le puso una mano en el pecho, y la otra se la metió por el cinturón. Cuando Agatha notó la mano de Hamish introducirse en su vagina, comenzó a temblar y a respirar más deprisa, no de excitación, si no de miedo. No quería…
-¿Eres virgen?-preguntó Hamish en un susurro. Él no tenía ni idea de cómo funcionaba nada de aquello. Su único referente eran los videos porno que veía, y eso no era un referente muy bueno-contesta ¿eres virgen?
-Ssí…-siseó Agatha.
-Entonces… ¿te va a doler?
-C…creo…
Hamish sonrió, perverso. Luego acercándose, la besó. Era su primer beso. Agatha cerró los ojos y soportó la peste del chico y sus babas, manteniéndose firme.
-Mejor…-susurró el chico. Entonces se separó de ella, alertado.
-¿Dónde está Agatha?-era la voz de su madre. La estaba buscando.
-Ve. Y no digas nada-la advirtió el chico, agarrándola fuertemente de las muñecas-si lo haces mi madre os echará a las dos. A mí me castigará, pero tú y tu puta madre os quedaréis sin trabajo. ¿Me oyes? No digas nada…
Agatha jadeó, asustada. Aún notaba el desagradable tacto de la viscosa mano de él en su zona íntima. Dios, no quería volver a sentirla nunca más. Nunca.
-Ven esta noche-dijo Hamish-Cuando ellos se acuesten. Ven. ¿Entendido?
-Pero…-susurró Agatha, asustada.
-¡VEN!
Esa noche, después de acostar a su señora, Agatha fue a tumbarse a su cama. Miró al techo. No solía rezar. De hecho había aprendido en el internado, sus padres no la educaron nunca en la fe. Pero esa vez sí lo hizo. "Por favor, que se muera. Por favor, que se muera"-insistió, desesperada.
Finalmente lo hizo. Deslizándose como un fantasma se movió por los pasillos hasta llegar a la habitación de Hamish. Él la abrió pronto. Estaba en pijama, con su elegante bata que una vez había sido de su padre. Hamish quería tener la grandeza de Lord Ascott, pero jamás llegaría a igualarlo.
-Hola-dijo, y cerró la puerta-ven-comenzó a besarla. Agatha no sabía nada de besos, pero tenía claro que Hamish lo estaba haciendo mal. Desesperado y ansioso le metía la lengua por todas partes, llenándola con su saliva. Agatha cerró los ojos y aguantó con serenidad. Finalmente Hamish se separó de su lado y la miró furioso-no estás poniendo mucho de tu parte-dijo-mejor será que cambies.
-No voy a hacer eso-le avisó Agatha. Hamish la zarandeó con violencia, y ella abrió los ojos, asustada.
-Sí lo harás-la avisó. Luego se bajó el pantalón del pijama, dejando al descubierto su erección-ahora… chúpamela.
Agatha le miró desesperada. No, por favor. No quería. Era horrible. Pensó en suplicarle otra vez, pero sabía que no serviría de nada. Además no pensaba suplicarle de nuevo, nunca más. Antes moriría que hacerlo.
Hamish señaló su miembro y luego la sonrió, insistente. Agatha cerró los ojos y respiró profundamente un momento. Luego finalmente se fue agachando hasta quedar de rodillas frente a él. Le miró una última vez, pero esta vez ya no era con miedo ni súplica, si no con odio. Un odio intenso que ya nunca se iría de ella. Hamish debió de captarlo, porque la miró asustado. Pero luego cerró los ojos y se dispuso a disfrutar.
A partir de entonces Agatha debía ir todas las noches al cuarto del chico y dejar que el la manoseara como quería y experimentara con el objetivo de convertirse en un "maestro del sexo" e impresionar a su novia. Hamish y Chloe solo se veían durante el día, y la arrogante de su princesa era demasiado altanera para rebajarse a verlo a escondidas. Así que Hamish descargaba toda su frustración en Agatha, que soportaba todos los experimentos del chico durmiendo además aún menos horas y luego teniendo que soportar las reprimendas de Lady Ascott, a la que temía más que nunca. Si se enteraba de lo que hacía con su hijo, no sabía de lo que sería capaz. Pero si no se enteraba, peor todavía.
-Estás gorda… eres fea…-observó Hamish, tumbado encima de ella, aún con su miembro metido en su interior. Agatha miraba a un lado, ignorándolo. Gordo estaba él, y feo era él, más que nadie que conociera. Hamish no lo decía en serio. De hecho, aunque odiaba admitirlo, estaba enamorado de ella. Agatha le trataba con más dureza que ninguna otra mujer, pero soportaba y cumplía todos sus caprichos. Era muy sexy, y a Hamish le gustaba un montón. Sus encuentros nocturnos se habían convertido para él en lo mejor del día en su aburrida vida de rico inútil.
-¿Ya hemos acabado?-preguntó Agatha intentando quitárselo de encima.
-No-contestó Hamish. Luego bajó la boca hasta sus pezones y los besó y mordió hasta hacerla daño. Agatha ignoró el dolor con admirable indiferencia-vamos Agatha… gime otra vez… di mi nombre… dilo…
Agatha no lo hizo. No pensaba hacerlo nunca. Secretamente, ya estaba buscando otros empleos. Se iría cuanto antes. Estaba harta de aquel lugar.
Sin embargo la suerte la sonrió antes de lo que se esperaba.
-La secretaria de mi marido ha enfermado-explicó Lady Ascott. Agatha, que estaba sentada con ella viendo los jardines, mojados por la lluvia, se encogió de hombros-así que he pensado que tal vez tú… podrías sustituirla.
-¿Yo?-Agatha la miró perpleja. Una tenue esperanza comenzó a iluminarse en su interior.
-Sí, ¿estás sorda? Solo tienes que llevar los horarios de mi marido, administrar sus citas y cosas así. No te será demasiado difícil-dijo Lady Ascott con aburrimiento.
-Pero… ¿y usted…?-a Agatha le importaba menos que poco lo que sería de aquella harpía huraña, pero debía parecer lo contrario, o Lady Ascott podía enfadarse.
-Bueno, he pensado que una secretaria no me es tan necesaria después de todo ¡ni que fuese una abuela! Además, no es que seas muy útil que digamos.
Agatha una vez más contuvo su ira sin cambiar su inexpresivo gesto. La de veces que había arreglado los ridículos problemas de Lady Ascott eran ya incontables.
-Para estar más cerca del trabajo, te mudarás a un piso que tenemos allí-dijo Lady Ascott-pero no traigas a nadie a él. ¿Entendido? A nadie.
-Sí, señora-dijo Agatha obediente. Lady Ascott apretó los labios, examinándola, como pensando en sí debía fiarse de ella. Agatha iba a irse, cuando la retuvo una vez más-Agatha… la secretaria… sé que mi marido se estaba acostando con ella. No es fácil engañarme ¿sabes? Si sospecho que él…
-Claro que no, señora-dijo Agatha, esta vez sí más cortante-yo nunca lo permitiría.
Lady Ascott echó la cabeza hacia atrás y asintió, más tranquila.
-Muy bien. Vete.
Agatha se fue esa misma noche. La única persona de la que se despidió fue de su madre. Esta vez sí fue un poco más emotiva. Ella estaba contenta de que su hija pudiera aspirar a un puesto mejor de trabajo.
-Las secretarias tienen casas propias…-susurró Gabrielle, emocionada-si puedes, engancha a algún oficial que tenga dinero… aunque ellos nunca se toman en serio a las de nuestra clase.
-Puedo salir adelante sin eso, mamá-dijo Agatha, tranquilizadora-te voy a echar mucho de menos…
Antes de irse se cruzó con Hamish. Él la miró enfadado. No quería que se fuera, pero no podía retenerla o su madre sospecharía. Agatha compuso una sonrisa de satisfacción y le dio un leve golpe en el hombro. Él, incapaz de creerlo, la miró cabreado, pero ella no le hizo caso.
Agatha pasó dos años al servicio de Lord Ascott. En ese tiempo fue cogiendo más confianza con él, aunque nunca intentó tocarla ni hacer nada de lo que Lady Ascott le había advertido. Sin embargo Agatha se esforzaba en complacerlo más que a nadie, y eso tenía un retorcido motivo oculto: quería que se sintiera más a gusto con ella que en su casa. Que se diera cuenta de lo repugnante que era su mujer y su hijo, y lo que era ser atendido por una mujer de verdad. Y sabía que Lord Ascott lo notaba. Cada vez estaba más complacido con ella, y aunque ciertamente hubiera aceptado sus favores sexuales, su cariño era más el que se siente hacia una hija. Agatha demostró tener inteligencia y capacidad para hacer el trabajo de secretaria, y lord Ascott cada vez le confiaba más cosas.
-¡Ah Agatha! ¡Quiero que conozcas a estos amigos míos! ¡Jóvenes emprendedores!-explicó Lord Ascott llamándola. Estaban en una azotea del rascacielos de su empresa, durante una elegante fiesta nocturna. Lady Ascott, que charlaba con sus amigas sobre "animados" temas como el cloro de las piscinas de su club, no le quitaba el ojo de encima a Agatha. Ya había surgido una rivalidad entre ellas, al notar Lady Ascott que su marido pasaba más tiempo en el trabajo y volvía de buen humor. Pero Agatha cada vez temía menos a Lady Ascott. Ya no podía hacerla daño. Al menos eso creía.
-Este es John Clyff, y este Francis Tremaine-dijo Lord Ascott. Los empresarios la estrecharon la mano amistosos. Eran más mayores que ella, pero aún jóvenes. Agatha asintió, complacida.
-Creo que es usted la luz que mantiene joven a nuestro lord-bromeó John Clyff, que era jovial y bastante mujeriego.
-Oh, adulador-bromeó Agatha. Aquella noche iba muy hermosa, con un abrigo negro, y una blusa color rojo sangre. Su ropa no era ni la mitad de cara que la del resto de mujeres de aquella fiesta, pero le sentaba mejor.
-La verdad es que es usted muy hermosa…-dijo Francis Tremaine, regordete y con aspecto no muy inteligente, aunque tenía un importante cargo en la empresa de los Ascott. Agatha lo miró con sorpresa, mientras Clyff reía.
-Buenoo Fracis… ¿no serás tú el más seductor?
Agatha estuvo un rato charlando con ellos. Estaba claro que el tal Francis estaba enamorado de ella, y a Clyff no le hubiera importado nada llevársela a su cama esa noche. Pero a ella no le interesaban. Sería por sus desilusiones pasadas, pero desde el bueno del profesor Amos no había vuelto a sentir nada por nadie. Tal vez Hamish le había robado esa capacidad, no lo sabía.
Recibía alguna carta de Amos de vez en cuando. Ya no enseñaba en aquel internado, había conseguido mudarse al norte de Suburbia, a los barrios de extrarradio como The Hills, donde Spencer y Billy Joe Cobra se conocerían muchos años más tarde, y ahora impartía clases en un tranquilo instituto allí. Ella ya no quería verlo. Lo único que secretamente ansiaba, además de por fin poder tener una casa propia y un empleo digno, era tener hijos. Eso le gustaría mucho.
Y entonces, una tarde, su vida dio un violento giro, hacia una peligrosa dirección.
-¿Por qué… me ha llamado?-preguntó entrando en la sala. Lady Ascott estaba allí, y también Hamish, que no parecía nada contento, y su ya esposa, Chloe Bourgeois, la caprichosa y chillona francesa.
-Buenas tardes Agatha. ¿Qué tal estás?-preguntó Lady Ascott. Agatha se quedó perpleja. Jamás, en su vida, ella le había preguntado algo así.
-Yo… bien…
-Te he llamado de urgencia por un problema grave. Pero espero que no se quede en nada…-Lady Ascott sacó un collar con un enorme ópalo negro en él, y se lo enseñó-"Lucifer". Es un collar muy caro ¿sabes? Lleva muchos años en la familia de los Ascott. Vino de la Tierra.
-Oh…-Agatha no sabía a dónde quería ir a parar. El collar era realmente impresionante, debía de costar más de lo que ganaba todo el personal de los Ascott en años.
-¿Bonito, verdad? Tu madre ha debido de pensar lo mismo, porque ha intentado robarlo-dijo Lady Ascott alzando la cabeza. Agatha no perdió los nervios, pero notó como el alma se le caía a los pies.
-No puede ser-dijo con voz tenue-conozco a mi madre. Nunca haría algo así. Debe haber un error.
-Pues según la policía, no lo hay. Estaba en su cuarto, cuando lo han registrado-dijo Lady Ascott entrecruzando las piernas en su asiento, como una reina-así que me temo que es verdad.
-Mi madre lleva veinte años en esta casa-dijo Agatha paciente-ella tenía la esperanza de jubilarse aquí. ¿Por qué iba a robarlo?
-No lo sé, yo no soy una ladrona-dijo Lady Ascott, cortante-pero según este informe médico, tu madre no se encuentra muy bien de salud-le pasó una carpeta. Agatha la observó, extrañada-ya me lo han advertido alguno de los empleados. No está… en sus cabales.
-¿Qué… quiere decir?-Agatha levantó la cabeza después de examinar los documentos. Eran muy raros.
-Que quizás… habría que internarla. El asilo de Witzed ya nos ha ofrecido una plaza-dijo Lady Ascott. Agatha levantó la cabeza, y los documentos le temblaron de las manos. El manicomio de Witzed era uno de los peores lugares de la zona roja, en él estaban encerrados locos de todo tipo, algunos verdaderos psicópatas, y por lo que sabía no recibían buen trato.
Hubo un silencio. Chloe, aburrida, empezó a mirar sus redes sociales en el móvil. Agatha tragó saliva, intentando buscar las palabras. Empezaba a ver la luz al final del túnel.
-Estos documentos… son falsos-dijo. Lady Ascott iba a protestar, pero luego no dijo nada-¿qué quieren?
Lady Ascott miró a su hijo, que miró a Chloe. Ella puso los ojos en blanco.
-¡Venga ya! ¡Tendremos que contárselo, ¿no?!-chilló, exasperada-¿si no cómo lo va a hacer?
-¿El qué?-Agatha les miró asustada.
Chloe miró a su marido y le dio un fuerte golpe en el brazo. El hizo una mueca de asco.
-¡Díselo!-le chilló. Hamish avanzó y fue hasta ella. No estaba tan prepotente como de costumbre.
-Verás, Agatha.. es que… bueno… Chloe y o… Chloe… no puede tener hijos-dijo. Ahí sí que la inexpresividad de Agatha desapareció. Una mueca de asco fue apareciendo en su cara más y más ¿cómo se atrevían? ¿cómo podían ni siquiera pensar…?
-Es todo muy fácil-intervino Lady Ascott, intentando controlar la situación-solo tendrás que cargar con el niño nueve meses. Y a cambio… a cambio te pagaremos… mucho dinero.
¿Mucho dinero? ¿Cómo podía atreverse si quiera a sugerirlo? ¿Cómo podía plantear algo así? De repente vio, y estaba muy claro en la vista de aquellas tres personas, lo que ella era a sus ojos: una puta despreciable, prácticamente un objeto, de su propiedad.
Pero su madre estaba en apuros. Debía elegir. Tenía que ayudarla. Si la internaban en ese manicomio… pero tener un hijo… un hijo de él…
Despegó los labios para decir que no. Ya encontraría la forma de arreglarlo. Pero todo su cuerpo se negaba rotundamente. Cuando pensó una cosa. Una idea empezó a asomar por su cabeza. Además, Hamish ya la había tocado muchas veces… No iba a morirse por tenerlo dentro de ella una vez más. Y el hijo… ella quería tener un hijo…
-De… acuerdo-dijo finalmente. Lady Ascott miró a su hijo y a Chloe con sorpresa.
-En… ¿en serio?-dijo, pasmada. Agatha asintió.
-Pero con una condición-dijo. La sonrisa de Lady Ascott se borró rápidamente.
-¿Cuál, hija?
-Eso-señaló al ópalo negro-quiero el collar. Nada más.
Lady Ascott se estiró, indignada.
-Si piensas que voy si quiera a planteármelo…
-Venga mamá-intervino Hamish, conciliador-no es tan valioso… ni siquiera te gustaba… si no pide nada más…
-Podemos encontrar a cualquier otro vientre de alquiler en esta ciudad…-dijo Lady Ascott furiosa.
-La idea fue tuya-le recordó Hamish. Su madre le fulminó con la mirada, y él se encogió asustado.
-Sí. Pensé que sería apropiado que fuese tu amante la que te lo diera-dijo con odio. Agatha supuso que en algún momento tenía que haberlo descubierto. Quizás por eso la mandó lejos de casa, a trabajar con su marido. Aunque eso había sido un error… como iba a serlo este nuevo plan.
-Estás muy cambiada-dijo Hamish aquella noche, mientras se desvestía. Agatha miraba hacia la pared, todavía con la ropa puesta-joder, hasta me impones y todo.
Agatha no respondió. Miraba a la pared, con los ojos ligeramente vidriosos. No parecía estar allí. Aquella noche estaba ovulando. Era el momento. Hamish le pasó un brazo por el cuello y la besó en la oreja.
-Quítate la ropa…-susurró, intentando sonar seductor. Ella le apartó la mano, y negó con la cabeza.
-Solo necesitas un agujero-dijo, bajándose la falda y las bragas hasta las rodillas-Hazlo rápido, por favor.
-Pero…-Hamish la miró enfadado.
-¿Has hecho todo esto por mí?-preguntó Agatha mirándole desafiante. La cara de Hamish se deformó en una mueca de asco.
-Claro que no. Yo hubiera elegido a una mujer guapa-la miró con los ojos inyectados en odio. Agatha desvió la mirada, asqueada, y él la besó. Agatha se apartó, y Hamish la besó de nuevo. Estuvo un rato resistiéndose, pero al final cedió, dejándole hacerlo. Hamish le metió las manos por debajo de la camisa para llegar hasta sus tetas apretándola fuertemente y la mordisqueó el cuello y los labios mientras la penetraba sin ninguna consideración. Ella lo sentía, sentía lo que venía, de algún modo cuando pasó notó a su hijo, viniendo. Era una estupidez, pero fue capaz de sentirlo así.
A la mañana siguiente amaneció con Hamish abrazado a ella. Se apartó de él con sigilo y salió del cuarto muy deprisa. No quería volver a verlo nunca.
-Tienes que comer y beber sano durante todo el embarazo-le decía Lady Ascott un día. Ella y Chloe habían empezado a cambiar de actitud respecto a Agatha conforme los meses fueron pasando. La trataban como si fuesen su madre, y a ella le reventaba aunque lo soportaba con paciencia-te voy a apuntar a unas clases…
-Y comer zanahorias, que eso hará que tenga un color de ojos más bonito-añadió Chloe. "Estúpida"-pensó Agatha, irritada.
-¿No te molesta… que sea yo quien vaya a tenerlo?-le había preguntado un día Agatha a Chloe, mientras descansaban en una terraza.
-¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono?-ladró Chloe, furiosa. Agatha no se achantó, y ella lo notó-oh… ja, ja, ja, ¡Bueno, lo importante es tenerlo, ¿no?! Y al final la que te cuida es tu madre.
-Supongo…-Agatha se llevó las manos a la tripa y la acarició. Notaba como poco a poco una cosita iba creciendo dentro de ella, y aquel era el sentimiento más hermoso del mundo. Sabía lo que debía hacer, pero cada vez se daba cuenta más de que le sería imposible renunciar al niño. Era un varón, según las últimas ecografías.
-Quiero invitarte a algo-dijo Hamish una noche, a finales del noveno mes. Ya estaba muy cerca-déjame hacerlo, por favor. No quiero que me odies.
Agatha, sentada en el jardín de la mansión mirando distraída el campo, ni siquiera se dignó a mirarlo.
-Te lo supliqué-le recordó, con voz dura-te supliqué que no lo hicieras.
-¿Qué? Oh… ha pasado mucho tiempo… y muchos polvos, je, je-rió. Agatha no.
-Vete. Tendrás a tu hijo-dijo secamente. Después esperaba no verlo nunca más. Aunque tenía cierto presentimiento acerca de lo que iba a pasar luego…
Hamish la miró cabreado, y finalmente se fue.
Llegó el día. Agatha fue llevada por el chófer que le habían asignado los Ascott hasta el hospital, y allí tuvo que apañárselas ella sola para encontrar la sala de partos. Allí la esperaban Lady Ascott y Chloe.
-¿Por qué has tardado tanto?-la reprendió Lady Ascott, despectiva. Agatha apenas podía hablar, las contracciones la estaban matando.
La condujeron en una silla volante hasta la sala de partos. El médico ya estaba preparado.
-Muy bien, muy bien, vamos allá-dijo, optimista-¿es niño o niña?
-Es niño, y la madre soy yo-le chilló Chloe. El ginecólogo la miró extrañado, y luego se dedicó a lo suyo.
Agatha gritó y gritó, muerta de vergüenza porque además Chloe y Lady Ascott la miraban a un lado de la sala, cuchicheando. A veces le dio la impresión de que se reían de ella. Nadie estaba allí para cogerla de la mano. Nadie estaba allí para darle palabras de ánimo, salvo las comadronas. Pero notaba al niño naciendo. Notaba a su hijo saliendo poco a poco, y lanzando un fuerte gemido notó como las lágrimas de dolor y alegría le brotaban, desesperada.
-Ya está… ya está…-dijo el médico, sujetando al lloroso bebé entre sus brazos. El niño agitaba sus delgadas y rosadas manitas lanzando chillidos desesperados.
-¡Oh! ¡OH!-Agatha, exhausta, estiró sus brazos para tocar a su hijo. No pudo; Chloe y Lady Ascott se metieron en medio, y empezaron a mirarlo gritando de emoción, y se lo llevaron a un lado.
-Necesita descansar…-dijo el ginecólogo, mirándola preocupado. Agatha notó como las lágrimas le recorrían el congestionado rostro, horrorizada.
La dejaron en una cómoda cama de una habitación para que reposara. Antes de salir, el médico apagó las luces. Agatha se quedó mirando el techo una vez más, en silencio. Fue el silencio más largo de su vida.
Vida. Había creado vida.
Nunca volvería a ser la misma.
-Cien mil mickeys… y unas cremas…-Agatha miró lo que había sobre la mesa. Lord y Lady Ascott estaban en frente de ella, con los brazos cruzados. Hamish estaba a un lado, mirándola con preocupación-esto no fue lo que acordamos… -les recordó.
-Ya. Pero ha habido un cambio de planes-comentó Lady Ascott y le dedicó una sonrisa envenenada. Agatha no se lo podía creer.
-Sigo queriendo el collar del ópalo negro-insistió.
-Ni hablar-le cortó Lady Ascott, cortante.
-Eso fue lo que…
-Venga ya Agatha, no seas molesta. Sabías de sobra que una joya de ese valor no te la podíamos dar a ti-la espetó Lord Ascott, severo-Está por encima de tu categoría.
Agatha le miró con tristeza. Él no había hecho nada para pararle los pies a su mujer en ningún momento.
-Usted es peor que ellos-le dijo en un susurro.
-Cuidado con lo que dices-la avisó Lord Ascott, furioso-toma tu dinero y vete. No te molestes en fichar mañana.
Lady Ascott soltó una risita burlona. Solo Hamish parecía algo conmovido, aunque no dijo nada. Agatha los miró con inexpresividad. Finalmente agachó la cabeza y dándose la vuelta salió de allí. No pensaba aceptar su dinero… ese dinero….
El miércoles Hamish pasaba por la casa de sus padres. Se había mudado a un bonito piso en la costa con Chloe y el niño, al que habían bautizado como Hamish jr. Chloe mimaba muchísimo al bebé y estaba obsesionada con él, dejando siempre de lado a Hamish, que cada vez se sentía más excluido. Su esposa llevaba sin tener con él relaciones sexuales desde hacía semanas, y sin embargo había encontrado ropa de hombre que no era suya en su baño. Ni siquiera se molestaba en ocultarle su infidelidad.
Hamish pensaba cada vez más en divorciarse. En ese caso, se llevaría a su hijo, lo tenía claro. Al fin de cuentas tenía su sangre, no la de ella. Puta zorra caprichosa, nunca debió haberse casado con ella. Solo fue porque quería su madre. Como casi todo lo demás.
Si la dejaba, tal vez podría ver a Agatha… tal vez podría irse con ella.
-Están en su despacho-le dijo uno de los criados. Hamish juraría que se reía a sus espaldas junto al otro mayordomo cuando subió hacia el estudio.
-Hola papá-saludó a su padre al entrar. Lord Ascott le miró horrorizado-¿qué pas…?
Tardó solo unos segundos en darse cuenta. Su padre no tenía piernas. Ya no. Estaban a un lado, en el suelo, en medio de un creciente charco de sangre. El resto del cuerpo, sentado aún en el escritorio, temblaba, aún vivo.
-Ha… Hamish…-Lady Ascott estaba a un lado, arrinconada, mientras Agatha, sentada en una butaca del despacho, la apuntaba con una pistola.
-Hola cielo. Te estábamos esperando-dijo, con voz burlona. Hamish abrió la boca varias veces, anonadado.
-A… Agatha…
-¿No me esperabas?-fingió sorprenderse ella.
Hamish echó a correr a la salida. Ella disparó un tiro pero falló.
-¡JODETE!-Hamish bajó las escaleras corriendo. Le ayudarían, para algo pagaban a los mayordomos-¡AYUDA, RÁPIDO! ¡VAMOS, JODER, SACAD VUESTRAS PISTOLAS!
Los mayordomos las sacaron… y le apuntaron a él. Hamish palideció, y de repente vio que de las otras habitaciones asomaban el resto del personal de servicio, sirvientas y mayordomos, que lo miraban con seriedad. Ahí lo comprendió. Los había convencido a todos. Dios.
-Ah, ya estás de vuelta-rió Agatha al verlo entrar, sangrando por la boca y sujetado por dos mayordomos-esto Marx lo llamó la revolución social. Ese "rojo" que tú tanto odias…
-A… Agatha… haré lo que sea-dijo Hamish con voz ronca. Agatha asintió.
-Ya. El collar-dijo. Lady Ascott ahogó un gemido, y Agatha la disparó en la rodilla. Lady Ascott cayó al suelo gritando dolorida mientras Agatha tamborileaba los dedos en la mesa del escritorio, impaciente-vamos Hamish. La contraseña.
-Vale pero… pero no nos hagas daño…-pidió él mientras se acercaba a la caja fuerte, desesperado.
-Voy a matarla, Hamish.
-Oh…-Hamish miró a su madre, que ahora estaba roja y gritaba en el suelo, y luego de nuevo a Agatha. Joder, ¿quién era esa zorra?-pues… pues no me hagas daño a mí.
Agatha sonrió.
-Claro que no, Hamish. Te amo-dijo, sonriendo. Él la miró perplejo. Agatha sonrió y le señaló la caja fuerte de nuevo-la contraseña.
Hamish la pulsó y lentamente sacó el collar de ópalos. Había más collares allí, y joyas.
-Nno…-susurró Lady Ascott, horrorizada.
-Fue un error que lo guardaran delante de mí la otra vez-dijo Agatha mirando a la malherida aristócrata. Efectivamente, durante su último encuentro había visto a Lord Ascott meter el collar en la caja, y brillar el resto de joyas. Con mucho esfuerzo y maquinando desde las sombras, puso a todos los trabajadores de la casa de su parte. La mayoría la conocían, y todos estaban hartos de trabajar para los Ascott, sobre todo después de enterarse de la falsa acusación contra Gabrielle.
-Pu… puta-siseó Lady Ascott, horrorizada. Ver el mutilado cuerpo de su marido en la mesa la había dejado en shock, pero el odio y la rabia brotaron rápidamente hacia aquella desgraciada. Iba a matarla.
-Pónmelo, Hamish-pidió Agatha con voz suave. Hamish obedeció, y acercándose le colocó el collar en el cuello. Agatha asintió lentamente-ahora soy tu reina…-susurró, y acercó los labios a los suyos. Hamish la miró pasmado, y no pudo evitar sonreír al notarlos. A lo mejor tenía suerte…
Agatha le clavó el abrecartas en su flácida barriga. Hamish dio un grito desgarrador e intentó atacarla, pero los dos mozos de cuadras le agarraron e impidieron que pudiera hacer nada, mientras Agatha terminaba de hacerle un círculo casi perfecto en la tripa y la sangre le salpicaba a chorros.
-¡AAAAAAAAAAAAAH! ¡UUUUUUUUAAAAAAAAH!-chilló Hamish, retorciéndose. Nunca en su vida había experimentado dolor. Y aquello era el infierno. Finalmente cuando terminó de gritar Agatha le miró con seriedad, acercándose a él.
-A… Agatha… por favor…-suplicó, llorando-por favor…
-Por favor…-repitió ella sonriendo, y con un rápido movimiento le sesgó el cuello. Hamish cayó hacia atrás con la tráquea al descubierto, y aterrizó cerca de las piernas de su padre. Lady Ascott se mordía los nudillos para no gritar, ahora preocupada por lo que le pasaría a ella.
-Podéis ir cogiéndolo…-indicó Agatha señalando el resto de joyas. Los mozos de cuadra y mayordomos fueron metiendo las cosas en un saco. En teoría Agatha debía llevárselo todo y esperar en un piso franco a que los sirvientes hablaran con la policía, le dijesen que había sido un asesino misterioso, y levantasen declaración. Luego se reunirían en el piso y repartirían el botín. Como garantía de la fidelidad de Agatha ellos se quedarían con el abrecartas que tenía sus huellas dactilares, y que solo entregarían a la policía en caso de que los traicionasen.
Agatha se inclinó al lado de Lady Ascott y la obligó a mirarla. Ahora llevaba su collar puesto. Lady Ascott se secó las lágrimas y la miró con pavor.
-No me mates… por favor Agatha… yo cuidé de ti…-susurró, desesperada. Agatha sonrió, muy a su pesar. En realidad, había algo muy fuerte que la unía a Lady Ascott. Era la mujer más fascinante que había conocido.
-Yo no la supliqué… ni una vez-dijo la joven con odio. Lady Ascott abrió mucho los ojos. Quería decir algo, pero Agatha cogió un cojín y se lo puso en la cara. Lady Ascott comenzó a sacudir las manos e intentó zafarse de ella, pero Agatha hizo presión, y poco a poco la aristócrata dejó de resistirse, hasta que finalmente se asfixió. Morir ahogada por un cojín de seda. Propio para ella.
Agatha se levantó y cogiendo la bolsa cargada de joyas salió de allí con paso firme. Un coche la esperaba fuera. Lo cogió y se fue de allí rápidamente. Aún quedaba tiempo.
-Señores, limpiemos esto un poco-sugirió uno de los mayordomos. Ellos arreglaron el escritorio, pero la sangre y los cuerpos los dejaron impecables. Que satisfacción daba aquellos. Putos tiranos, toda la vida inclinados ante ellos…
-Tres, dos…-Agatha miró el reloj de su autovolante. Si sus cálculos no se equivocaban…
¡BOOOOOM! El pequeño detonador que había colocado en las calderas estalló, provocando una combustión en cadena que hizo que la casa entera estallase por los aires. Varios cuerpos salieron disparados por la ventana, ardiendo y aun agitándose en el aire, desesperados. Una columna de humo gigantesca emergió rápidamente mientras la antigua y lujosa mansión de los Ascott quedaba reducida a unas pocas ardientes ruinas. Agatha ni se molestó en mirarlo. Sabía que estaban todos muertos.
Solo quedaba ella. Con las joyas. Libre, y rica.
Con toda la vida por delante, sin nadie que la decidiera por ella.
El 30 de diciembre Agatha se casó con Francis Tremaine, el socio de Lord Ascott al que había encantado desde su primera fiesta. Francis era bueno en los negocios, aunque no muy inteligente. Agatha sabía que podría aprovecharse de ello. Desde luego no se casaba por amor. Al ser la boda en invierno su vestido fue diseñado para ser llevado con un elegante abrigo polar por encima, que le daba el aspecto de una antigua zarina.
Agatha borró casi todos los datos de su pasado, y en cuanto se casó con Francis dejó de trabajar, e incluso consiguió eliminar su curriculum vitae para que no se la asociase a los Ascott. También se inventó una familia noble de la que descendía, los Caravé, y mantuvo bien escondido durante años el collar del ópalo negro, que la policía relacionaba con el comentado asesinato de los Ascott. A ella la interrogaron varias veces, pero mintió con gran maestría, y nada podía relacionarla. Además… ¿cómo lo hubiera conseguido? Al final, se clasificó como un acto terrorista, tal vez un grupo de anarquistas o algo por el estilo que odiaban a los ricos.
En cuanto a su hijo, Agatha sabía que no podía reclamarlo, o eso la convertiría en sospechosa número uno. Chloe nunca dijo nada sobre ella, ni sobre nada del hospital. El niño había sido escrito en el registro como hijo de la rubia consentida, así que no había nada que indagar. Agatha estaba segura de que Chloe sabía que ella era la asesina, pero no dijo nada porque en realidad ella también odiaba a los Ascott, y probablemente iba a divorciarse de Hamish. Aun así no poder ver a su hijo fue lo que Agatha más lamentó en su larga vida.
Y por fin llegó el momento del nuevo embarazo. Francis era horrible en la cama, pero Agatha no había tenido ni una sola experiencia sexual satisfactoria en su vida, así que estaba resignada. Cuando supo que estaba embarazada, sintió un miedo terrible que casi la estranguló. El anterior embarazo había sido una experiencia tan tensa y dura que no se sentía con ánimo de enfrentarse a uno nuevo.
Pero aun así lo hizo. Nuevamente acabó teniendo que ir ella sola al paritorio (justamente Francis estaba ese día de viaje en la otra punta de la ciudad) y fue un parto doloroso y cruel. Los bebés estaban enganchados el uno al otro, y al parecer no encontraban la salida del útero.
-¡AAAAAAAAAAAH! ¡AAAAAAAAAAAH!-Agatha se retorció gritando con gravedad y pataleando mientras conseguían sacarle a la primera. "Dri… Drizella"-pensó para sí. El bebé lloraba desconsolado mientras una de las comadronas lo sujetaba. El segundo fue aún más difícil, pero finalmente lo consiguió. Francis llegó justo a tiempo para ver a Agatha con las dos niñas en sus brazos, riendo y llorando a la vez. "Anastasia…"-pensó, sujetando a la segunda. Vaya… eran unos bebés muy guapos. Crecerían para convertirse en unas mujeres muy hermosas. Aunque no sabía a quién saldrían, la verdad.
-Oh… Agatha…-Francis corrió a abrazarla, lloroso, y también a sus hijas. Y por un momento, por primera vez en su vida, Agatha Tremaine sintió que tenía una familia, y que era feliz.
Un sentimiento curioso, ese de la felicidad. Solo se puede entender cuando se tiene.
…
-Oh no… ellas otra vez…-el modisto corrió al mostrador, angustiado. Mira que sabía tratar con las mujeres. Pero esas tres harpías le amargaban. La señora de Tremaine era una persona horrible-buenasss tardess Agatha… ¿qué tal hoy?
-Lady Tremaine, si no le importa-replicó ella, glacial. Tiró un par de hermosas faldas al mostrador, con desprecio.
-Uy pero… ¿pero qué hace?-preguntó el modisto llevándose una mano a la boca consternado.
-¿Me lo puede explicar?-preguntó Lady Tremaine señalando las faldas con sus largas uñas rojas.
-¿El… el qué?-preguntó el modisto con cautela.
-Eso, explíquenoslo, modoso-rió tontamente Drizella-esta tienda es una ordinariez mamá.
-Uy ordinariez… la culta-Anastasia se rió malvadamente de su hermana.
-Eh, yo no tengo la culpa de que seas un cerdo tía-se rió Drizella. Su hermana la dio un golpe, ofendida, y empezaron a pegarse estúpidamente.
-¡Niñas!-las reprendió Lady Tremaine. Luego volvió a dedicar su atención al modisto-estas son las peores faldas que he visto en mi vida. Me aseguró que me enviaría material de calidad ¿pretende insultarme, señor Oack?
-No no no, señora de Tremaine, ni mucho menos-insistió el modisto preocupado. Era mucho más grande y fornido que ella, pero su simple presencia le horrorizaba. Lady Tremaine nunca levantaba la voz más de lo necesario, y jamás perdía los estribos. Eso era quizás lo que más asustaba de ella-estas son las mejores faldas que tenemos en la tienda…
-Mira, soy Minnie Mouse-rió Drizella que se había puesto un enorme lazo en la cabeza.
-Yo soy una princesa…-Anastasia se paseó tontamente con un fular de seda enrollado al cuello, y unos altos tacones con lo que se pavoneaba de un lado a otro.
-Pffff… la princesa de los cerdos-se rió Drizella.
-¡Que no me llames cerdo!-chilló Anastasia, picada. Drizella la sacó la lengua y luego se metió más a dentro de la tienda, donde parecía haber una jungla de telas de colores.
-No son las mejores faldas, en absoluto. Lady Walton llevaba una mucho mejor que esta, con una cola larga y ribetes-Lady Tremaine cogió la tela y se la enseñó, indignada-quiero hablar con su superior. Ahora.
-¿Mi…? Oh… señora de Tremaine…-Oack la miró con preocupación. Lady Tremaine era muy dura en sus quejas, y su jefe no se lo tomaría a bien. Él era un excelente empleado, no quería manchar su inmaculado expediente-por favor, seguro que podemos hacer algo para arreglar esto…
-Pues no lo veo claro, Oack. No creo que usted tenga la capacidad de arreglarlo-comentó Lady Tremaine apoyando su barbilla en la mano y mirando distraída por toda la tienda-no lo veo nada claro…
-Oh, sí, verá…-Oack empezó a pensar en algo para convencer a aquella harpía y que lo dejase en paz.
-¿Dónde estás Anastasia…? ¿Anastasia?-Drizella buscaba a su hermana con preocupación, cuando de una esquina salió ella con una enorme pamela puesta en la cabeza, dándola un susto de muerte-¡IIIIIIH! ¡ANASTASIA!
-Eres una gallina-se burló ella.
-Hablo la cerdo-replicó Drizella, con fastidio.
-Oye ¿jugamos al escondite?-preguntó Anastasia llevándose sus manos elegantemente pintadas a la boca y conteniendo la risa.
-Vale, pero ligas tú-dijo Drizella. Anastasia arqueó una ceja.
-¡Ni hablar! ¡Te toca a ti, estúpida, siempre acabo ligando yo!
-Bueno, ligando…-se rió Drizella.
-Ligando… con chicos… ijijijiji-Anastasia la imitó y las dos rieron como hienas mientras su madre las echaba un vistazo y ponía los ojos en blanco, desesperada. Sufrirlas día a día era desesperante.
-Bien, dígame… cuáles son sus preferencias-Oack examinó las prendas de ropa distraído.
-Para empezar que no las aprieten tanto, casi se quedan sin respirar…-dijo Lady Tremaine mirando las sedas que Oack le mostraba.
-"Con que es eso… le quedaban apretadas. Será capulla…"-pensó Oack malhumorado, pero sin perder su eterna sonrisa. Sacó más telas y se las enseñó-¿quiere que se los prueben?
-Sí, buena idea-dijo Lady Tremaine recogiéndolas-¡Niñas! ¡Niñas, venid a probaros esto!
No hubo respuesta. Entre las muchas telas del fondo se escuchaban risitas. Lady Tremaine vio con horror como las telas que colgaban del techo se iban envolviendo en torno al cuerpo de sus hijas, que debían de estar girando sobre sí mismas haciendo el subnormal. Resoplando fue hacia ellas y apartando las telas las encontró, furiosa.
-¡AH! ¡Que susto mamá jolín!-se quejó Drizella dejando las telas a un lado.
-Sí eso mamá. Ya nos vas a matar de un infarto-la espetó Anastasia, indignada.
-Venid a probaros esto-las indicó Lady Tremaine, señalando el probador.
-¡Síiii!-las dos pánfilas corrieron hacia allí y se metieron en uno de ellos, empezando a desvestirse rápidamente.
-¡No, cada una en uno!-Lady Tremaine sacó a Anastasia que ya estaba en bragas del probador de su hermana y la metió en el otro. Ella soltó una carcajada-¡y rápido!
-Ay mamá. Que pesada-Anastasia se probó las faldas pero le apretaban su gordo trasero. Lady Tremaine intentó ajustárselo, apretándola-¡Mamá! ¡Mamá, me estás haciendo daño! ¡Iyeeeeee!
-Calla… a ver si… cabes…-Lady Tremaine le frunció el cinturón y finalmente Anastasia entró en la falda, pero la apretaba mucho y parecía un embutido la pobre.
En cuanto a Drizella, por el contrario, tenía el culo muy plano, y la iba perdiendo todo el rato, así que su madre tuvo que hacerle varios nudos en el cinturón para ajustárselo.
-No me convencen-le dijo a Oack, malhumorada-en absoluto.
-Si quiere, puedo tomarles las medidas y mandarle las telas nuevas-sugirió el dependiente secándose el sudor de la frente.
-¿Y pagar el extra? ¿Usted qué cree?-se indignó ella. Anastasia se estaba poniendo morada porque no podía respirar y se bamboleaba de un lado a otro con las aletas de la nariz muy abiertas y los ojos un poco bizcos, mientras Drizella ya se había tropezado varias veces con sus faldones y tirado varias cosas del mostrador.
Oack decidió darle por fin a la insoportable mujer lo que había venido a buscar después de todo.
-Yo le hago las medidas gratis, señora de Tremaine. Tan solo… no me deje en mal lugar, por favor…-suplicó, mirándola preocupado. Lady Tremaine esbozó una desagradable sonrisa, propia de ella.
-Se deja en mal lugar usted solo, Oack. Pero acepto-dijo. Luego las miró a ellas-id a quitaros las telas… ¡SÍ, PERO AL PROBADOR!
Al rato las tres damas salieron con satisfactorias sonrisas en sus viles rostros. Aún les quedaban muchas tiendas por visitar y jactarse de sí mismas. Abordaron la peluquería donde las peluqueras tuvieron que sufrir varios cortes mientras le arreglaban el pelo a Anastasia y Drizella, que no paraban de moverse y ponerlas de los nervios porque se molestaban la una a la otra, mientras la peluquera que le daba el tinte a Lady Tremaine temblaba imaginándose que tan siquiera cometía el más mínimo error en su trabajo. Lady Tremaine exigía siempre lo mejor del trabajo. Era muy dura, y muy cruel. Y tenía muy poca paciencia y aún menos tolerancia para los errores.
-La lubina está bien-señaló Lady Tremaine mientras el pescadero se la servía. Siempre compraba los pescados más caros, y procuraba que todos sus vecinos la vieran-sí, bien…
Vio como Anastasia y Drizella metían los dedos en los ojos de los otros pescados y jugueteaban con los cangrejos, pero no les dijo nada para no dar el numerito delante de todo el mundo. Ya las regañaría después.
Subieron a su elegante jaguar negro. Lady Tremaine elevó el coche moviendo el volante con maestría, con su mano cargada de elegantes anillos, y brillando en su cuello un collar con un enorme ópalo negro. Desde hacía años que lo había sacado y lucido, ya no había peligro de que nadie la acusara. Habían pasado más de veinte años desde el asesinato de los tres Ascott. El delito había prescrito.
¿Por qué una estirada damisela con tanta pretendida clase como lo era Agatha Tremaine había terminado por vivir en la zona roja, enviando a sus hijas a un instituto público como el Porter, en el que todo el mundo era bienvenido? Bueno, había dos razones: la primera porque las cuentas de Lady Tremaine no iban tan bien como ella quería; había muchos gastos en su elevado modo de vida, y pocos ingresos, porque no trabajaba ni pensaba volver a hacerlo. Además a la muerte de Francis tuvo que sufragar muchos gastos para poder pagar la herencia. Vivir acomodadamente en la zona roja era mejor que vivir malamente en la zona blanca.
La segunda razón era porque precisamente, pese a sus muchos intentos de encajar en la alta sociedad, Lady Tremaine sabía que no era aceptada allí. No poseía los elevados patrimonios de las altas familias, aunque fuese rica, y además se notaba que venía de clase humilde, pese a todo el maquillaje que empleaba, físico y verbal, para camuflarlo. La aristocracia era un grupo cerrado incluso para ella, y tras recibirlos en una ocasión en su antigua casa y escucharlos luego criticándola le sentó tan mal que decidió echarse a un lado en los círculos sociales.
Pero no todo estaba perdido. Ella carecía de un título importante. Sin embargo, sus hijas sí podían llegar a tenerlo. Si enganchaban al varón adecuado…
-Muy bien, niñas. Vamos a ver: repasemos-dijo Lady Tremaine dejando a un lado el libro que estaba leyendo. Estaba sentada en la mesa de la cocina junto a Anastasia y Drizella, que estaban tomando una rica merienda con pastas y azúcar-al hijo del duque, Cardule, le gustan mucho los caballos. Recordad que es francés.
-Sí, mamá…-Anastasia puso los ojos en blanco-ya lo sabemos.
-A ver, Anastasia, ¿por qué no intentas mantener una conversación con él?-sugirió su madre.
-¿Con el hijo del duque? Pos porque no está aquí, hija-respondió Anastasia empapándose la boca con la leche que tomaba.
-No, una conversación ficticia. Ficticia. Imaginaria-explicó Lady Tremaine poniendo los ojos en blanco.
-Ah vale… pues a ver… hola, Cardulo…-saludó Anastasia, mirando a Drizella con su habitual mirada perdida.
-Yo soy Drizella, eh, a mí no me confundas-dijo Drizella alzando las manos.
-¡En francés!-le reprendió Lady Tremaine.
-¿Qué?-Anastasia frunció el ceño.
-Que hables con él en francés, recordad que es francés. No puedes decirle "Hola, Cardule", porque es francés ¿para qué hemos estado repasando todos estos meses si no?
-Aaaah ya-rió Drizella arrugando su chata nariz-por eso…
El gato de Lady Tremaine, Lucifer, entró en la habitación, perezoso, moviendo su rechoncha barriga. Lucifer era un minino desagradable, negro como el carbón y como su corazón. Era puñetero donde lo hubiera, y su ama lo encontraba encantadoramente malvado. Lucifer fue hacia la mesa intentando tragarse alguna de las pastas, pero Lady Tremaine lo agarró y se lo puso en el regazo, impidiéndoselo.
-Vamos, venga Anastasia-la incitó.
-Vale, a ver-Anastasia resopló-uf, concentración… uf… emmm… c'est un plasir de vous connaitre, Cardulo.
-Trés bien-la animó Lady Tremaine.
-Je suis Anastasia et c'est un plasir de vous connaitre-dijo ella arrugando las cejas.
-Si bueno, eso ya lo has dicho-la recordó Lady Tremaine-ahora veamos… cuando habléis de vuestros gustos. A los hombres les gustan las mujeres que entienden de sus cosas. Y Cardule ama la hípica…
-¿Pero cómo se va a enamorar de nosotros entonces, si ya ama a esa tía?-preguntó Drizella, con ganas de tocar las narices.
-¡Deja de fastidiar y calla!-la reprendió Lady Tremaine, dándole una colleja-¡vamos, Anastasia! "Yo también amo montar a caballo".
-"Yo también amo montar a…"
-¡No hija, en francés! Di lo mismo PERO EN FRANCÉS.
-Aaaaaaah… d'acord, d'acord… emmm… j'aime aussi les chevaux…
-"Les chevalles", no "les chevaux". "Les chevaux" son los cabellos-le recordó su madre.
-Ay mamá es que es muy difícil-protestó Anastasia.
-Es muy fácil. Solo es que sois idiotas-suspiró Lady Tremaine, clavándole las uñas a Lucifer mientras lo acariciaba. El gato soltó un agudo maullido, en señal de protesta-volvamos a empezar, anda.
-Vale… bonjour, Cardulo, je m'appelle Anastasia…
-Cardulo culo…-se rió Drizella.
-¡Su nombre es Cardule! ¡El heredero del duque, Cardule! ¡Dejad de hacer esa broma con su nombre!-las reprendió su madre. Luego se frotó las sienes, con cansancio-a ver si podemos avanzar algo… Drizella, anda, prueba tú.
-¡Hala, ¿por qué ella?! ¡Si yo lo estaba haciendo súper bien!-protestó Anastasia.
-Vamos a hacer una cosa. Yo haré de Cardulo… de Cardule. Y vosotras trataréis de iniciar una conversación conmigo-sugirió Lady Tremaine.
-Pero pensaba que Cardulo era yo-replicó Drizella.
-Ya no, ahora es mamá. Se siente, nena-se rió Anastasia malvada.
-Venga, vamos a ver-Lady Tremaine las obligó a mirarla-yo soy Cardule, y estoy aquí esperando….
-Mmm… mmmmmmmn…-Anastasia y Drizella fruncieron la frente mirando a su madre y estuvieron así un rato.
-¿Pero a qué estáis esperando?-les preguntó ella, enfadada-¡hablad de una vez!
-Es que no sabemos cómo abordarte.-se excusó Anastasia-estás tan bueno…
-Señor…-Lady Tremaine cogió a Drizella y la obligó a mirarla, acercándosela-bonjour, je suis Cardule…
-Emmmm, bonjour, moi aussi-dijo ella riendo.
-Comment tu t'appelles?-preguntó Lady Tremaine apretando los dientes amenazante.
-Emmmm… ¿chevaux?-Drizella se encogió de hombros-¡no, no… ¡chevalles! Je m'appelle chevalles!
-Así que te llamas Caballos-Lady Tremaine exhibió una mueca de rabia mientras apretaba la taza de café que estaba tomando-¿pensáis que así Cardule se va a enamorar de vosotras? Necesita ver que tenéis algo en el cerebro.
-Dijiste que teníamos telarañas…-recordó Anastasia.
-Creo que esto de que consigamos enamorarlo es solo ficticiaciones tuyas-dijo Drizella intentando consolarla, y su madre le apartó la mano, resoplando. A veces la ponían enferma.
Pero cuando las acostaba por la noche después de pasar sus habituales tres horas en frente del televisor viendo los reallitys de la quinta cadena, y las arropaba (caían dormidas en seguida, como un par de marmotas), Lady Tremaine experimentaba un sentimiento que su ennegrecido corazón solo podía sentir por ellas: amor. El amor de una madre, pese a todo, hacia sus hijas. Eran inútiles, incapaces y una vergüenza. Habían absorbido todo lo inútil de Francis, y nada de la elegancia e inteligencia de ella, pero aun así las quería más que a nada. Solo deseaba ponerlas en el lugar que las correspondía, y que todos tuvieran que verlas e inclinarse ante ellas. Como tenía que ser.
Lady Tremaine se fue a acostar. Se dio una larga y cálida ducha con su gorro de pelo preferido, uno rosa con estampado floral, y luego se puso un camisón y se metió en su grande y cálida cama. Lucifer, en un elegante cojín en el suelo, bostezó y se acurrucó también. En su boca quedaban restos del ratón que acababa de irse a comer. Había muchos por las calles de aquel barrio. Era lo único a lo que el gato se dedicaba, aparte de rascarse la barriga tumbado en el sofá de la tele.
Cerrando los ojos Lady Tremaine intentó conciliar el sueño, pero no podía. Últimamente padecía de insomnio. No vamos a mentir diciendo que era por el arrepentimiento de todas las maldades que había cometido a lo largo de los años y de las que había salido impune, o por su ya muy lejano atroz crimen asesinando a todos los residentes de la mansión Ascott.
Pensaba en ella. Le hervía la sangre al hacerlo. Por suerte ahora no tenía que verlo, porque no podía soportarla.
Después de morir Francis por un inesperado infarto (Agatha no tuvo nada que ver con su marido, de hecho aunque no le quería en absoluto lo llegó a lamentar) Agatha se reencontró casualmente con Beau en una de las aburridas fiestas de sociedad a las que gustaba asistir. Ya no era el apuesto mozo que había conocido tiempo atrás, pero como hombre maduro tampoco estaba mal. Había perdido pelo y su antes jovial sonrisa estaba plagada de arrugas. Y tenía la sombra de la muerte en su rostro. Lady Tremaine no tardó en enterarse de por qué: su esposa, la chica de la que había tenido celos tantos años y con la que se había fugado de casa de los Ascott, había fallecido. A Beau solo le quedaba su hermosa hija, Ella, con la que compartía todo.
La primera noche tras enterarse de que Beau había enviudado Agatha tampoco pudo dormir. Daba vueltas y vueltas en la cama, mientras un loco pensamiento asaltaba su fría y ordenada mente, amenazando con desequilibrar su ordenado mundo.
¿Y si lo intentaba? Beau y el profesor Amos eran los únicos hombres que ella había amado alguna vez, pero Amos era ahora un anciano, y según sabía languidecía internado en un asilo. ¿Y si lo intentaba? Era de clase social inferior, se había echado a perder… pero aún le gustaba… habían pasado los años y aún tenía esa mirada que indicaba que podía hacer gritar de placer a una mujer… ¡No! ¡No podía! ¡Ella era una dama! Una señora…. No podía…
-Me gustaría mucho conocer a la pequeña Ella-le dijo Agatha a Beau unos días más tarde, mientras tomaban un café en un bulevar.
-Bueno, no es ya tan pequeña-dijo Beau agachando la mirada con tristeza-va a cumplir los trece, y cada vez notó que echa más en falta a su madre…
-¿Es que tiene una mala actitud?-preguntó Lady Tremaine fingiendo interés.
-Oh, no… no, no es eso-Beau se echó el escaso cabello rubio que le quedaba hacia atrás, y la miró con preocupación-ella es muy buena alumna, saca unas notas excelentes pero… notó que se aísla… el otro día la sorprendí llorando viendo fotos de su madre…
-Pobrecita…-Lady Tremaine realizó una excelente interpretación de mujer angustiada. Beau la miró y sonrió, agradecido.
-Pero no quiero deprimirte con mis problemas Ags. Tenemos que celebrar nuestro reencuentro. Siempre quise volver para verte, pero no podía regresar al reino de la bruja-bromeó, cogiéndola de la mano. Agatha tuvo un escalofrío. Hacía tantos años que un hombre no la cogía de la mano. Ni cuando Francis vivía…
-No es ninguna molestia, me gusta escuchar-mintió ella, intentando ignorar el calor que la mano de Beau desprendía. ¿Cómo podía seguir resultándole tan sexy ya pasados sus cincuenta?-mi marido… también… también murió…
-¿Si?-Beau la miró preocupado, y la soltó la mano-pero Ags… yo… no lo sabía… vaya… lo siento muchísimo…
-No es nada, yo ya lo he su… asumido-Agatha se echó atrás en su asiento y cruzó las piernas con la elegancia que la caracterizaba-pero mis niñas no.
-Tienes hijas, es verdad…-Beau parecía estar en trance, mientras se pasaba la mano por los labios.
-Sí, dos. Gemelas… son buenas niñas, como tu hija…-Agatha le miró expectante. Beau asintió lentamente, y luego vació su taza de café-te… ¿te encuentras bien, Beau?
-¿Qué? Sí… sí…-Beau se echó el pelo hacia atrás nuevamente, y luego tamborileó los dedos en la mesa-es que… he recordado una cosa… debería irme ya…
-Por supuesto-Lady Tremaine le dedicó una sonrisa que pretendía ser amable, aunque la tuvo que forzar bastante. No era muy buena sonriendo amablemente.
-Hasta otra Ags…-Beau la besó en la mejilla y ella sintió de nuevo un escalofrío. Vaya… así que eso era el deseo sexual… llevaba años sin experimentarlo.
Conduciendo de vuelta a casa se odió a sí misma por ser tan vulgar y frágil. El amor era para inexpertos. Agatha sabía bien que en la vida había otras cosas mucho más importantes. Por ejemplo, el dinero. Pero Beau… no podía dejar de pensarlo. Sin embargo él había huido en cuanto la conversación había empezado a desviarse hacia derroteros más interesantes. Lo que significaba que no le interesaba. Disgustada, regresó a casa con las niñas, y siguió con sus tareas intentando no pensarlo.
Sin embargo por una vez Lady Tremaine se equivocaba: Beau regresó una semana más tarde, y la invitó de nuevo a su casa. Esta vez Agatha conoció a Ella, que le pareció una niña bastante molesta, era rubia y monilla, pero daba la impresión de ser una arrogante. En todo momento Agatha se comportó de forma educadísima con ella y fue muy atenta, regalándole un bonito pájaro de porcelana que compró en una tienda de antigüedades, impresionando mucho a Beau con el gesto.
Visitó a Ella un par de veces más, siendo siempre muy dulce con la niña, que aun así se mostraba fría y distante. Agatha se preguntó si era porque sabía sus verdaderas intenciones. La tal Ella parecía ver más allá. Era molesto. Pero por suerte Beau no lo hacía. Y con las semanas iban estando cada vez más unidos.
Una noche ellos dos fueron a un bonito restaurante, el mejor que había por aquella miserable zona, y mantuvieron una animada charla sobre muchas cosas, recuerdos de la infancia, caballos y una felicidad que Agatha nunca había llegado a tener. Beau la invitó luego a dar un paseo. Mientras observaban las negras aguas de uno de los canales de Suburbia, Agatha, envuelta en su abrigo de piel, pensó en cómo abordar el tema. Pero esta vez le tocaba a él. Veía en sus ojos que lo estaba intentando.
-Siempre quise dejar esta ciudad atrás…-comentó Beau mirando su reflejo en el agua-y ahora sé que moriré aquí.
-Oh, no hables de morir-le tranquilizó ella observándose también. La verdad es que había envejecido mucho mejor que él. Se cuidaba mucho-aún nos queda mucha vida…
-Sí… nos queda…-Beau la miró y la sonrió con tristeza-Agatha, a mí me gustaría empezar de cero contigo, poder volver a enamorarme de verdad…
El rostro de Agatha se iluminó mientras él acercaba sus manos y la cogía de los brazos.
-… pero la verdad es que jamás podré olvidar a Lucille. Estoy enamorado de ella ahora, y lo estaré siempre-terminó Beau. La sonrisa de Lady Tremaine se fue borrando rápidamente-aun así… Ella necesita una madre… alguien bueno, con fortaleza y cariño que dar, que pueda cuidarla… me gustaría intentarlo… por ella…
-Oh…-Agatha le miró consternada-por ella…
Beau vaciló unos segundos mientras continuaba contemplándola. Luego la sonrió y le enseñó un anillo, con una pícara mirada en sus ojos azul eléctrico.
-¿Te acuerdas? Era de Lady Ascott. Se lo robé antes de irme y lo cambié por uno falso, nunca se dio cuenta-rió-una pequeña venganza…
"Muy pequeña"-pensó Agatha, pérfida. Luego miró el anillo. Sí, le sonaba. Se alegró de no haberse llevado el falso entre las joyas que había conseguido. Pero… ¿para qué era?
-Y es para…
-¿Te… te casarías conmigo… Agatha?-Beau dio la impresión de quedarse mucho más tranquilo tras decir esas palabras-sé que tú aún estás olvidando a tu marido, y lo comprendo, pero… creo que nuestras hijas necesitan una familia… y juntos… juntos podemos curarnos… juntos…
-Sí, Beau-Agatha cerró la mano alrededor del anillo, y se acercó a él, apasionada-sí, quiero.
Beau la miró y sonrió, aunque seguía habiendo tristeza en sus ojos. Agatha sin embargo no lo veía. Tal vez fuera el vino, pero cerró los ojos y despegó los labios hacia él. Beau vaciló unos segundos. Y finalmente la besó. Agatha notó como el cuerpo entero se le calentaba y en sus zonas erógenas comenzaba una revolución. Pasó una mano por detrás del cabello de Beau y se lo acarició. Siempre había querido hacer eso. Casi habían pasado cincuenta años, y aún era esa niña pequeña al lado de él. Hay personas que tienen el poder de desmontarnos en solo unos segundos.
Agatha no sabía mucho de besos, de hecho los más apasionados se los había tenido que dar a Hamish, pero sí que notó que el de Beau no era muy bueno. Él la había correspondido al principio, pero luego apenas había movido los labios.
-¿Estás bien…?-Lady Tremaine miró a Beau, decepcionada. Él miraba al suelo, entristecido.
-Sí, sí…-mintió-sí… pero… habría que irse… hace frío…
Vaya que si lo hacía. Agatha volvió con él al coche, de brazos cruzados, mientras la decepción la embargaba. Había llegado incluso a imaginarse que él la tomaba en sus brazos y la llevaba a la cama… eso sería demasiado bueno para ser verdad.
Unas semanas más tarde se habían casado. No fue en una iglesia, si no en una notaría, ya que Beau era ateo y quería hacerlo lo más rápido posible. Agatha sintió humillación mientras hacía sus votos matrimoniales y firmaba su documento, pensando en cómo ocultar a sus amigos de sociedad su boda tan poco elegante. Al menos ahora podría presentarse en los clubes del brazo de un hombre bien apuesto.
En la boda Anastasia, Drizella y Ella se mantuvieron a un lado. Por lo que Agatha pudo ver (su ahora esposo no se fijó) Ella intentó entablar conversación con las gemelas, y ellas debieron de despreciarla y reírse de ella. Una leve sonrisa apareció en la boca de Lady Tremaine. Sí, bueno… ya veríamos que pasaba con esa niña…
Agatha conservó el apellido de su primer esposo. Ella estaba dispuesta a adoptar el de Beau, Landry, pero él le pidió que no lo hiciera. La señora Landry había sido otra persona, y ese puesto Agatha nunca lo iba a ocupar. Como la odiaba. Y como la veía en Ella.
Y así pasaron los años. Beau en un principio se mudó a casa de Agatha, y allí la recién reconstruida familia trató de sobrevivir: sin embargo Agatha no tardó en empezar a mostrar su crueldad con Ella, eso sí, de un modo tan sutil que Beau era incapaz de darse cuenta.
-Ahora cuando terminemos recoge la mesa-le dijo un día Agatha-y lo lavas todo. Y luego pásate por mi cuarto, tienes que hacer la cama.
-De acuerdo…-Ella agachó la cabeza sin atreverse a replicar. Aquella mujer le daba miedo. Así que hizo la tarea. Y a partir de ahí fue otra tarea, y otra, y otra más. De repente Ella se había encontrado con que hacía todo el trabajo de la casa, mientras Lady Tremaine y sus dos neófitas no hacían nada en absoluto.
-¿Será posible? ¿No pretenderás que lo haga todo yo? Vives aquí de gorra y eres incapaz de ayudar-le había gritado un día Lady Tremaine a la niña cuando esta se atrevió a preguntar por qué le tocaba a ella fregar los baños. Pronto también hacía la compra y planchaba la ropa. Era más que la asistenta la esclava a tiempo completo de las Tremaine.
Beau ni se daba cuenta: para alegría de Agatha, pasaba casi todo el día trabajando, y solo llegaba a la noche, cansado. Su jubilación estaba a tan solo diez años, y de momento veía muy mal el plan de pensiones que tenía. Agatha en cambio sabía que nunca le iba a faltar de nada, gracias a las joyas de la familia Ascott que todavía no había tasado secretamente.
Agatha esperaba mantener relaciones sexuales con Beau, era algo que pensaba día y noche, pero él ni siquiera lo había intentado: se quedaba dormido nada más acostarse, apenas hablaba con ella, salvo para preguntarle por su hija. Eso hacía que Lady Tremaine odiase más y más a la niña, y el trato iba empeorando cada día más.
-¿De verdad te vas a comprar eso?-le dijo un día Lady Tremaine a Ella cuando le tocó llevar a las tres niñas de tiendas.
-Sí, me gusta-dijo Ella valientemente. Era fiera, pese a todo.
-Bueno, te realza el busto-fingió adularla Agatha-entiendo que necesites que se note… a estas edades a todas nos gusta que nos miren… hay mucho que demostrar…
Ella miró el vestido y luego a su madrastra. Siempre le hacía comentarios sobre su físico, desde sus pechos hasta sus piernas que ella encontraba "rollizas" a su rostro "desordenado". Ella era posiblemente una de las niñas más guapas de Suburbia, sin exagerar. Y sin embargo, y pese a tener buena autoestima, a veces lloraba y se sentía muy desgraciada por todo lo que tenía que escuchar. Atormentada por los comentarios de la madrastra, acostumbró a llevar la ropa que ella le elegía, y a ir muy tapada. Anastasia y Drizella en cambio se compraban algunos caprichos que su madre no aprobaba como medias de red y gargantillas que según ellas las hacía parecer "más sexys".
La situación se iba descontrolando cada vez más: con quince años Ella era muy infeliz junto a Lady Tremaine, hasta el punto de que había considerado el suicidio varias veces, llorando tras pasarse el día atendiéndola a ella y a sus hijas, capricho tras capricho, pero su padre no era capaz de verlo.
-Creo que estaría bien chuletas para la cena… chuletas, sí-anotó Lady Tremaine en la lista de la compra.
-¡Y las patatas mamá! ¡Que ayer no hubo!-protestó Anastasia.
-Sí, y más patata… eso es todo-arrancó el papel de la lista y se lo dio a Ella, que se mordía el labio, nerviosa.
-Agatha… es que… tengo que estudiar…-dijo. Lady Tremaine arqueó una ceja.
-Ah, vaya. Yo también tengo que hacer muchas cosas: llevar esta casa, por ejemplo-la espetó, con dureza-¿te parece mal?
-No, no…-Ella la miró enfadada. Ella sabía que la chica la detestaba, aunque no lo dijera-solo pensé que… tal vez pudieran ir… ellas.
Lady Tremaine echó la cabeza hacia atrás, mientras sus hijas lanzaban gritos, exasperadas.
-¿Nosotras? ¡Pero cómo te atreves! ¿Te crees que somos tus chachas?-chilló Anastasia.
-Cuidado Ella, que se te va la olla-rió tontamente Drizella.
-¡Eres una imbécil!-le gritó Anastasia a Ella, que las miró con indignación.
-Niñas, no gritéis-las tranquilizó Lady Tremaine alzando una mano. Luego avanzó hacia la niña con su habitual aura de vileza en el rostro-ya veo que eres una egoísta y solo piensas en ti misma. Total, ya se pueden ocupar los demás de todo ¿no? Me pregunto si tu madre se murió de agotamiento, lo entendería…
Ella palideció al escuchar aquellas palabras. Encogida, miró a Lady Tremaine que estaba muy cerca de ella, intimidante. Aquellas palabras la habían taladrado el corazón, hasta lo más profundo de su ser.
-No… no hable de mi madre…-dijo Ella, frunciendo el ceño. Lady Tremaine se cruzó de brazos y echo la cabeza hacia atrás.
-Vaya, niña, veo que lo que quieres son problemas. ¿Vas a ir a decírselo a tu padre, a molestarle otra vez?
-Pues… pues tal vez lo haga…-Ella estaba colorada, muy alterada frente a su madrastra.
-Ya. Porque es lo que tu padre necesita ahora mismo-Lady Tremaine miró a sus hijas con un gesto teatral mientras Lucifer, apoyado en un estante, maullaba burlón-cuando por fin consigue sentar la cabeza y empieza a olvidar y a ser feliz, su pasado lo arranca otra vez de lo bueno que tiene ahora. Buena idea, ¿no es eso?
Ella tragó saliva mientras las duras palabras de Lady Tremaine la golpeaban una tras otras. No eran ciertas, en realidad, y Agatha lo sabía bien: Beau solo se había casado con ella por el bien de su hija. Pero eso Ella no lo sabía, y de hecho creía que realmente su padre estaba enamorado de Agatha.
-¿Por qué no puedes ayudar un poco Ella? En lugar de darnos problemas… ¿qué te cuesta realmente?-le susurró Lady Tremaine a su hijastra en el oído, sonriendo con perfidia. Temblorosa, Ella terminó por dejarse vencer por la tortura psicológica de su madrastra, y cogiendo la lista y el carro de la compra, salió de la casa, echándose a llorar amargamente en el ascensor. Lady Tremaine sonrió satisfecha mientras sus hijas la miraban encantadas.
-Así se hace mamá. Eres buena-la felicitó Drizella, admirada.
-Cariño-Lady Tremaine no pudo evitar que la satisfacción asomara a su rostro-Son muchos años.
Tras atreverse a tentarlo una noche, después de avergonzarse de sí misma por su falta de pudor, Agatha había conseguido que Beau tuviese sexo con ella. Había sido uno de los momentos más placenteros de su vida, notándolo dentro de ella dando roncos gemidos y descargando la tensión sexual que acumulaba desde la muerte de su esposa. Agatha le arañó el trasero con una mano, mientras con la otra sujetaba su lacio cabello. Luego él la había dejado sola, y se había ido al salón probablemente a pensar en su esposa. Estaba harta de aquel hombre y sus recuerdos, pero al menos lo tenía para ella. Y cuanto se acostaban y tenían sexo, pese a que a veces él simplemente estaba dando rienda suelta a su frustración usándola, Agatha se sentía como una adolescente que acababa de echarse su primer novio. Era apasionado, y lo disfrutaba mucho. Después de tantos años…
Sin embargo al cumplir los dieciséis Ella no había podido soportarlo más: ya era más mayor, y también más fuerte. Un día, delante de Beau, se enfrentó a su madrastra.
-No pienso seguir haciendo nada de esto. Tengo que estudiar. Y muchas otras cosas mejores que hacer-le había dicho Ella. Lady Tremaine arqueó una ceja y miró a Beau haciéndose la víctima.
-Solo te he dicho que vayas a por la ropa, Ella…-dijo con voz pausada.
-¡Y luego me dirás otra cosa! ¡Y otra más! ¡No finjas! ¡ESTOY HARTA!-chilló Ella sin poder soportarlo más. Lady Tremaine miró a sus hijas, nerviosa. No podía mostrar su verdadera faceta delante de Beau, ahí llevaba las de perder. Maldita sea…
-Vale, lo entiendo-dijo, fingiendo estar afectada-ya lo hago yo…
-No, no, Agatha, por favor-la detuvo Beau, mirando a su hija disgustado-Ella, discúlpate con Agatha ahora mismo.
-No, no lo haré-Ella soltó una risita histérica, estaba roja como un tomate y las lágrimas asomaban a sus ojos-no pienso hacerlo nunca más. ¡Nunca más!
-¡Elle!-su padre la miró muy contrariado.
-No es necesario Beau…-dijo Lady Tremaine con voz exageradamente débil. Sus hijas la miraron adivinando lo que estaba haciendo.
-Ella, ven ahora y…-empezó Beau pero su hija tiró al suelo la tartera llena de salsa y salió del cuarto furiosa, dando un portazo. No podía aguantar más allí. Se estaba volviendo loca.
-Bueno qué le pasa a la Ella… se ha vuelto loca-se mofó Drizella.
-Locarella-rió Anastasia.
-Agatha…-Beau miró a su esposa disgustado, y Lady Tremaine le tendió una mano para que él se la cogiera y la consolara. Pero Beau se levantó y se fue a por su hija. Lady Tremaine se quedó con la mano en el aire, estática, mientras sus hijas se miraban preocupadas, y se escuchaba la puerta del cuarto de Ella cerrarse al entrar su padre.
Beau estuvo casi tres horas hablando con su hija. Finalmente, cuando salió del cuarto, exhibía una expresión sombría en el rostro. Agatha se temió lo peor: que la creyera. Hasta entonces su padre apenas había hecho caso de Ella, y si algo le chocaba un poco Agatha conseguía que parecieran exageraciones de la niña. Más no esa vez.
-Nos vamos a ir… ya… ya te llamaré-dijo Beau con voz seca. Agatha tragó saliva. Debía decir algo "no quiero que te marches. Por favor, quédate". Aguantaría a la niña, si era necesario, pero… pero ella era una señora, y no iba a suplicarle nada.
Beau se marchó, y se fue a vivir con Ella a un barrio cercano. Ya no volvió más a convivir con Agatha. Y la rabia se fue apoderando cada vez más de ella.
Tras pasar casi un año Agatha y Beau comenzaron a verse los fines de semana para comer, pero él ya no traía a su hija. Ocasionalmente hacían el amor, y Agatha sospechaba (y le dolía) que Beau solo iba a verla para tener sexo fácil y cómodo cuando le daba la gana. Por su parte su hija Ella se sentía muy liberada. Según le contaban Anastasia y Drizella a su madre, en el colegio era "la más popular". La llamaban "Cenicienta" (Cinder-ella) por un accidente que tuvo una vez con unas cenizas del laboratorio, y era la que mejores notas sacaba de su curso. Además volvía a vestir de un modo más atrevido que la hacía resultar muy atractiva a los chicos. Anastasia y Drizella no contaron a su madre, eso sí, que Cenicienta a veces se había burlado de ellas y las miraba por encima del hombro, ni que Jim, el chico que le gustaba a Anastasia, también babeaba detrás de ella muchas veces.
Lady Tremaine se lo sospechaba. Y cada vez que pensaba en Ella el odio fervía en su interior. Esa niñata no sabía con quién se las estaba jugando. O quizás sí, pero sabía que había ganado. Agatha no podía hacerla nada, o Beau lo sabría.
Pero no había que subestimar a Lady Tremaine, nunca. Y ahora tenía un plan.
Anastasia y Drizella estaban arreglándose en su cuarto: esa noche habría una cena de sociedad en la zona blanca, e irían hijos de médicos y abogados importantes. Como solía decir su madre "era la oportunidad de echar un lazo".
Lady Tremaine había bajado a hacer la compra, muy a su pesar. La asistenta que pagaba ahora en falta de Cenicienta libraría ese fin de semana, y si no compraba no tendrían provisiones. Cubierta por un paño y con gafas de sol, fue al mercado que frecuentaba ahora y en el que nadie la conocía. Quería evitarse los rumores de que su marido la había dejado. Compraba deprisa y con exigencia, procurando que nadie la viera demasiado. Si la reconocían…
-¡Agatha! ¡Oh, vaya!-Lady Tremaine se quedó congelada cuando escuchó una voz detrás de ella. Maldita sea, era aquella desgraciada de Boniface, la tía de Cenicienta y hermana mayor de Lucille, difunta esposa de Beau. Boniface era el único familiar que le quedaba a su hijastra, y por eso de vez en cuando Lady Tremaine la había tenido que aguantar en su casa. Boniface era regordeta y de pelo blanco pese a ser relativamente joven, no debía llegar a los setenta años. Solía llevar ropas azul claro muy humildes que a Agatha "le hacían daño a la vista"-¡Cuánto tiempo! ¿qué tal estás?
-Oh, muy bien… ¿y tú?-Agatha notó como la gente la miraba, o tal vez se lo estaba imaginando. Con los años había desarrollado una especie de manía persecutoria.
-Divinamente… tenemos que quedar algún día para que me invites a esas pastas tuyas-rió Boniface con dulzura. Agatha no podía soportarla. Era gorda, ridícula e ignorante. Una auténtica plebeya.
Boniface actuaba como si no supiera que Beau y Ella ya no estaban viviendo en la misma casa que los Tremaine. Pero Agatha sabía que como defensora de Cenicienta ella era la primera que se alegraba del cambio.
-Me encantaría invitarte…-mintió Lady Tremaine-ya te diré…-sin embargo lo pensó mejor ¿por qué tendría que hacerlo? Beau ya no vivía con ella. Pero tenía un plan en marcha para que las cosas cambiaran. Una sonrisa reptiliana apareció en el rostro de Lady Tremaine mientras miraba a su patética interlocutora-¿sabes una cosa, Boniface? Seguro que puedes venir pronto-dijo, enseñándole sus blanqueados dientes-estaré encantada de invitarte a ti y a Beau.
-Y a Ella-completó Boniface, mirándola más seria. Agatha negó, burlona.
-Mmmmm, no, creo que ella no… no me malinterpretes… es solo que… no va a poder venir-dijo Lady Tremaine. Boniface palideció. Iba a decirle algo más, pero Lady Tremaine se dio la vuelta muy estirada y se alejó soltando una leve y cruel risita. ¿Qué se creía esa albóndiga flatulenta? No tenía ni idea de quién era ella. Ni de lo que era capaz.
Subida a su jaguar Lady Tremaine se dirigió de vuelta a su hogar, satisfecha. Intentó poner la radio en el coche por si encontraba algo que le gustase, pero la apagó en seguida. No le gustaba la música. Finalmente aparcó y se dirigió al ascensor del edificio, tirando de las bolsas con carne y fruta. Las niñas podían haberla ayudado, pero era mejor que se fueran arreglando, y además si la llevaban le liarían alguna.
Arriba, Anastasia y Drizella estaban sin cambiar, y después de dejar el baño hecho un asco con agua de la ducha por todas partes, habían procedido a intentar utilizar la planchadora eléctrica de su madre en sus acardados pelos.
-Me lo vas a quemar al final Anastasia-protestaba Drizella, apretando los puños.
-Que no, estate quieta. Ya verás…
-¡Anastasia, que no!-exclamó Drizella furiosa, tratando de quitársela de encima. Al final empezaron a darse manotazos y la plancha estuvo a punto de caérseles.
Tenían puesto reggaeton en sus altavoces del cuarto, y todas las luces encendidas para que "se las viera bien". Drizella enchufó el secador distraídamente mientras Anastasia miraba impaciente los cargadores de sus interfonos, aún a media carga.
-¡Vamos! ¡Que móviles más lenntos!-se quejó, dándole un manotazo al cargador.
-Eh mira Anastasia-Drizella se había rizado los pelos de arriba con la máquina de rulos y se mataba de risa-parezco esa de tercero, la gorda.
-¡Ay, déjame! ¡Déjame a mí! ¡Ja, ja, ja!-Anastasia cogió la rizadora y se enroscó el cabello distraídamente para luego soltar una carcajada cerduna-¡ayyyy, me queda súper bien!
-Vamos a hacerte unos arreglos-dijo Drizella cogiéndole el pelo y alisándoselo por una parte mientras le rizaba la otra.
Anastasia encendió su ordenador para hacerse unas fotos con un programa de photoshop que tenían, y las dos cantaron haciendo playback mientras la música sonaba a tope.
Ocurrió, como se debería haber previsto, que todos los aparatos de las niñas provocaron un cortocircuito en el piso: todas las luces se fueron. Luego saltó el sistema de luz de emergencia, pero hubo otro cortocircuito y se fue también.
-¡IIIIIIIIIH!-chillaron Anastasia y Drizella, abrazándose aterrorizadas-¡Vienen los asesinos!
-Ah no ser que…-dijo Anastasia encogiéndose angustiada-¡Que tú seas la asesina! ¡IIIIIIIIIIIH!
-¡IIIIIIH! ¡Deja de pegarme! ¡No voy a asesinarte, jolín!-protestó Drizella mientras su hermana le daba con una almohada en la cara intentando defenderse.
En el ascensor, Lady Tremaine había perdido el equilibrio al dar este un traqueteo, y ahora estaba en el suelo, intentando incorporarse, dolorida.
-Ay… ay…-se levantó a duras penas e intentó abrir las puertas. Estaba totalmente a oscuras. Sin embargo no se dejó dominar por el pánico. Tenía que salir de allí enseguida. Trató de abrir las puertas, sin éxito. Como siempre, estaban herméticamente cerradas.
Eso era lo malo de tener ascensores eléctricos. De vez en cuando había un accidente o dos en Suburbia. O unos cuantos más. Pero en teoría el generador de emergencia, aunque la energía se hubiese cortado, debía mantener el ascensor flotando. Así era, solo le quedaba esperar a que alguien la sacara de allí. Respirando profundamente pulsó la campanilla que activaba el aviso a la central de emergencias y luego se dispuso a esperar a que alguien la ayudara.
-Era uno de esos…-dijo Drizella apuntando con la linterna a la caja de plomos de la casa.
-Mamá nos dijo que no lo tocáramos-la recordó Anastasia, recelosa.
-Ya, pero no vemos nada. Algo hay que hacer-Drizella se encogió de hombros-¿cuál crees que es?
-No se… prueba-Anastasia se encogió de hombros.
-¡Prueba tú!-la espetó Drizella, molesta-yo no pienso hacerlo…
-¡Prueba tú, tú has tenido la idea!-rebatió Anastasia cabreada.
-¡Ni hablar!
-Ooooh…-Anastasia puso los ojos en blanco, y bajó un plomo.
A bajo, el ascensor empezó a bajar a toda velocidad. Lady Tremaine pegó un bote tremendo y se estampó en el techo de este, dando un grito desgarrador de espanto. Iba a matarse…
-¡No, ese no es, estúpida! ¡ese es el generador de emergencia!-Drizella levantó el plomo de nuevo. A bajo, el ascensor se detuvo, y Lady Tremaine aterrizó en el suelo haciendo un ruido seco.
-¡Que te calles! ¡Mira!-Anastasia bajó el plomo otra vez-¿ves? Se enciende la cocina…
-No hay ninguna luz-la cortó Drizella, y lo volvió a subir.
El ascensor descendió y se detuvo en seco varias veces, dando a Lady Tremaine unas tremendas sacudidas. Finalmente pareció quedarse quieto. Ella, con la cabeza abierta y los huesos de las piernas destrozados, intentó volver a pulsar la campanilla, que se iluminaba con una tenue luz azulada, pero apenas se podía mover del suelo. Notó como le brotaba sangre de la boca. Se había mordido la lengua, y la tenía destrozada, pero le dolía demasiado todo como hasta para quejarse. Cuando pasaban cosas así, tan raras… ella tenía la impresión de que…
-A lo mejor es este-Drizella bajó otro, y se encendió la luz de uno de los pasillos-¡eh! ¡Acerté!
-Eso es solo la de un pasillo-la rebatió Anastasia, y bajó otros dos. Se encendieron las luces de la cocina y un baño.
-Un cuarto de la casa. Mamá estará orgullosa-dijo Drizella cruzando sus brazos con satisfacción.
-¿Y este?-Anastasia miró otro con curiosidad-a lo mejor…
Lady Tremaine había conseguido pulsar de nuevo la campanilla. En esos momentos debía de estar dirigiéndose un miembro de mantenimiento a la casa. El ascensor que ella utilizaba era privado. Había conseguido que se lo instalaran en el edificio para poder subir antes que los otros vecinos, le daba mucha categoría. Pero eso hacía que la corriente conectara con su casa. Y de su casa debía de venir el problema…
El ascensor dio un tumbo bestial que la derribó, y luego comenzó a caer a toda velocidad. Era un edificio bastante alto, y Lady Tremaine tuvo tiempo de darse cuenta de que esa caída iba a ser la última.
-¡NO! ¡NOOOOOOOOOOOO!-chilló desesperada. Totalmente a oscuras notó como bajaba y bajaba y bajaba, y la velocidad era increíble y… y el golpe fue bestial. El ascensor se estampó en el suelo del sótano 7 causando un estruendo que despertó a los vecinos de los diez primeros pisos, y levantando una enorme polvareda. El metal se había comprimido como una lata de refresco espachurrada, y soltaba descargas eléctricas y humo por todas partes. Consternados, los primeros vecinos en bajar no se atrevieron a bajarse, mientras se preguntaban, acongojados, si habría alguien dentro. Unos minutos más tarde la llegada del empleado de mantenimiento les confirmó que así era.
-Apártense, por favor. Y llévense a los niños-pidió el empleado, sacando una sierra especial con la que empezó a abrir la puerta-¿Me oyen? ¿Están ahí?
No tenía esperanzas de encontrar a nadie vivo, y efectivamente así fue. La familia de los vecinos del sexto contuvieron un grito de horror cuando finalmente las puertas se abrieron. El cuerpo de Lady Tremaine estaba desfigurado y roto, como un muñeco de articulaciones quebradas. Había sangre de su abierta cabeza por todas partes, y tenía un ojo salido, y todo el cuerpo teñido de rojo. El empleado de mantenimiento contuvo un grito al avanzar un poco y pisar un pedazo de su lengua.
Rodeado de humo y de sangre, el cuerpo de Lady Tremaine ya no imponía demasiado. Ahora daba pena. Un final lamentable para una persona con una vida difícil, y que le había hecho la vida muy difícil a los demás. No verían caer ni una lágrima por parte de los vecinos que estaban allí, se había ganado a pulso el odio de todos.
Solo había un pequeño detalle a subrayar.
Y es que ese no era su final.
Gantz Gantz Gantz Gantz Gantz Gantz Gantz Gantz GANTZ GANTZ GANTZ ¡GANTZ! ¡GANTZ!
Y ahí estaba sentada ella, con su habitual porte intachable, pese a que lo que tenía al lado eran una especie de rata desnutrida y un cerdo, y había también un cangrejo y un puñado de adolescentes con aspecto criminal. Agatha de Tremaine tamborileó sus largas uñas sobre su rodilla, mientras los escuchaba discutir y decir que "estaban allí otra vez". Le pareció entender enseguida. No estaba muerta, eso estaba claro. Lo que significaba que podía seguir adelante. Pero de momento, tenía la certeza de que de esa sala, y de aquella siniestra esfera, parecida al ópalo del collar de Lady Ascott, le sería imposible escapar. Eran certezas tan firmes que le daban miedo, pero por supuesto no iba a ser tan fácil que se dejara llevar por ello.
Entonces fue cuando se abrió la puerta, y entró aquel fornido joven de melena anaranjada, y rostro helénico. Miró acusador al viejo de la larga barba y dijo:
-Tú sabes mucho de lo que explicas, Merlín-lo señaló con un dedo acusador-¿qué tal si les contamos la verdad?
-No…-susurró el anciano, mirándolo sorprendido.
-Sí-el joven sonrió con amargura y cerró la puerta detrás suyo.
-¡¿Qué haces?!-Jim corrió hacia la puerta y la abrió, aliviado. Por un momento creyó que no iba a volver a poder abrirla. Espera… ¡seguía pudiendo abrirla! Lo que significaba que… ¿qué significaba?
Había muchas preguntas en el aire. Todas las resumió Aladdín, en una parca pregunta:
-¿Quién coño eres?-señaló al recién llegado, con expresión de desconfianza.
Hércules miró hacia el pasillo, donde Jim iba hacia las escaleras, todavía no creyendo que se pudieran marchar.
-Te recomiendo que no avances mucho más. Este piso está dentro del perímetro, pero la calle no. ¿Sabéis lo que pasa si salís del perímetro, no?-preguntó. No era una pregunta desafiante. Más bien parecía preocupado.
-Sí, lo sabemos-respondió Aladdín secamente-pero dinos quien eres.
Hércules se puso una mano en el pelo y se lo alisó un poco. Para sorpresa de todos, una leve sonrisa apareció en su rostro.
-Pues… bueno, creía que ya lo sabríais… sobre todo chicos de vuestra edad-dijo, con honestidad. Aladdín miró a Jim y en ambos se reflejó la desconfianza.
-Sé que eres Hércules, claro que te conozco-respondió Aladdín cruzado de brazos, mientras Helga detrás suyo miraba al musculitos impresionada. Era muy atractivo para ella…-lo que quiero saber es quién eres de verdad. ¿Qué sabes de este juego? ¿Y cómo has conseguido abrirla?
-¿Y qué sabes de… él?-añadió Jim, señalando a Merlín, que tragó saliva.
-Todo esto es muy raro-intervino el suricato, Timón, cruzándose de brazos. Luego miró a su amigo el jabalí-yo me piro vampiro.
-Pero Timón, algo han dicho de un perímetro-le recordó Pumbaa preocupado.
-A mí me la trae al pairo el perímetro-respondió Timón desdeñoso-me largo de este sitio, me da repelús.
-Si os marcháis, os estallará la cabeza-dijo Hércules cuando Timón se asomó a la puerta-vuestra única oportunidad de sobrevivir es permanecer aquí, con nosotros.
Timón soltó una carcajada histérica y miró a Pumba riendo. Luego a Jim y a Helga, que le miraron muy serios. Poco a poco la risa se le fue cortando.
-Venga ya… ¿lo dices en serio?-Timón sonaba burlón, pero en sus ojos se veía el miedo. Miró a Pumbaa que se encogió de patas, y finalmente volvió al cojín a sentarse a su lado.
-Ariel to esto e muy raro. ¡Vámono ahora mimo de vuelta a casa!-exclamó el cangrejo, apuntando acusador con una de sus pinzas a la pelirroja.
-¡Cállate!-le reprendió ella, en un susurro.
-¿A casa?-Jim miró al cangrejo con curiosidad. Ariel le miró enfadada y Jim le devolvió el gesto de desprecio sin reparos. Ella le dio la espalda y se alejó, sujetando al cangrejo en sus manos.
-¡Báhame, jovensita!
-Me llamo Hércules y efectivamente soy una estrella del atletismo, un gladiador del Coliseo de Suburbia-dijo el recién llegado, inclinando la cabeza con educación. Todos le miraron expectantes, hasta los recién llegados que no tenían ni idea de que iba nada de aquello-como vosotros, yo morí ya una vez, en mi caso por un ataque cardiovascular mientras hacía mis entrenamientos. Mi corazón estaba al límite y no pudo soportar la presión del ejercicio… imagino que todos podríais contar vuestra historia, pero no tenemos tiempo.
-¡A mí me pasó exactamente lo mimo!-exclamó Sebastián el cangrejo, que se había soltado de las manos de Ariel y se movía por el suelo haciendo un divertido ruidito con sus pinzas-¡bueno, parecido!
-A Pumbaa y a mí no nos ha dado ningún infarto-intervino Timón. Pumba le miró sorprendido.
-Pues tú dices muchas veces…
-En sentido figurado-le cortó Timón-íbamos tan tranquilos por la calle cuando nos atacaron unos energúmenos y…
-Creo que nos mataron-completó Pumbaa. Se miraron angustiados.
-¡A mí me mató esta gente!-intervino Kuzco señalando acusador a Aladdín y Helga. La rubia le agarró el brazo y se lo dobló, amenazadora-¡Ay! ¡AY! ¡Vale, eres muy dura! ¡Tía chunga! ¡Suelta!-pidió lloroso.
-Quiero que te calles y no digas nada más-le advirtió Helga en un tono de voz que no admitía réplica.
-Sssí… vale-Kuzco estaba rojo intentando contener el dolor.
-Estate en silencio y no me hables, basura-le advirtió Helga. Luego lo soltó. Kuzco se calló al suelo jadeando y la miró con profundo desprecio, pero no se atrevió a abrir la boca más.
-¡Y tú!-Helga señaló a Hércules, arrogante-¡cuéntanos lo que sabes, no nos tengas más en vilo!
-De acuerdo, de acuerdo-se excusó él.
-Sois un jabalí y un suricato-dijo Lilo con su tenue voz etérea-salís en mi libro de animales…
-Que bien niña, tú sales en el mío de humanos-replicó Timón mordazmente.
-¿Es que tú también has muerto, niña?-preguntó Pumbaa, preocupado.
-Llevo participando en Gantz diez misiones-explicó Hércules, y todos los supervivientes de la misión anterior ahogaron un grito ¿diez? ¿diez misiones?-con lo que obtuve mis cien puntos…
Hubo un silencio. Hércules vio en la cara de sus interlocutores que no tenían ni idea de lo que estaban hablando. Entonces torció el gesto y fue hacia Merlín, al que agarró de la solapa y estampó contra una pared.
-¡EH!-protestó el anciano, mientras Hércules lo zarandeaba-¿Nadie va a decir nada? ¡suéltame!
-¡No le haga daño!-pidió Pumbaa.
-Calla, calla, que se pone bueno-rió Timón.
Aladdín y Jim no le quitaban el ojo de encima a Merlín. Helga tampoco. Habían empezado a entender. Era una sospecha que cada vez tenían más clara.
-¿Ni siquiera les has hablado de los cien puntos? ¿No has tenido la decencia ni de hacer eso? ¡Eres un maldito bastardo, mago!-le espetó Hércules, golpeándolo contra la pared fuertemente-¡ME DAS ASCO!
-¡Por favor, ayúdenme, es un enajenado!-gritó Merlín. Pero nadie parecía estar dispuesto a hacer nada. Ni lo más mínimo.
-¿Mago?-Jim miró a Merlín con sorpresa. Conocía algo sobre los magos de Suburbia. Se escuchaban rumores de vez en cuando. Muchos los consideraban rumores, pero él de pequeño había visto uno, en un callejón, haciendo levitar cosas. El hombre le había mirado y luego se había esfumado ahí mismo. Jim pensaba que eran una especie de secta que practicaba ritos extraños, trucos mentales muy efectivos. Pero Merlín… si parecía sacado de una leyenda medieval, con ese aspecto…
-Sí, es un mago-dijo Hércules. Aladdín y Helga se miraron, incrédulos-controla la magia, es posiblemente el mejor mago que exista. ¿Cómo habría sobrevivido a ocho misiones, si no?
-¿Ocho misiones?-repitió Aladdín, mirando a Merlín alucinado-¿qué?
-Y no nos lo dijo-Helga echaba chispas por los ojos. Miró a Hércules, furiosa-¿qué más no nos dijo?
Hércules echó la cabeza a un lado, tomando aire para continuar.
-Mejor vamos por partes, si no os importa-dijo-para empezar, los cien puntos. Os habréis fijado que al acabar cada misión la esfera os puntúa. "Seguís jugando".
-Sí-dijeron Aladdín y Jim al unísono.
-Bueno, pues esos puntos son la clave del "juego": en realidad, lo son todo.
-¿Por qué?-preguntó Jim. Hay momentos de nuestra vida que sentimos que nos van a cambiar para siempre, que son fundamentales. Ese estaba siendo uno de ellos.
-Si sumas cien puntos… puedes dejar de jugar-dijo Hércules. Esta vez fue Helga quien contuvo una ahogada exclamación de sorpresa-bueno, en realidad, puedes pedir un deseo. Se supone que el que quieras… pero todo el mundo quiere dejar de jugar.
-¿Lo que quieras?-repitió Jim. ¿Cualquier cosa? Luego lo pensó mejor. Qué tontería. Obviamente lo primero que pediría sería dejar de estar atado a aquella horrible esfera que con tan siniestra y honda calma parecía poder ver su alma.
-Los puntos se dan dependiendo de tu participación en, digamos, la partida-concretó Hércules. Todo el mundo seguía estático, en la exacta misma posición-por ejemplo, si matas al objetivo, puedes llegar a recibir hasta treinta puntos o más. Yo llegué a ver uno de cuarenta puntos.
-Joder…-Aladdín tenía los ojos como platos.
-Si liquidas a los subordinados del objetivo (suelen tener) por ejemplo sus matones o el monstruo que le protege, pues sumas también puntos, también pueden llegar hasta treinta-explicó Hércules-¿cuáles son vuestras puntuaciones?
-Cuarenta-dijo Aladdín.
-Treinta y cinco-añadió Jim.
-D… diez…-susurró Ariel, y Sebastián la miró con sorpresa.
-No está nada mal para vuestra cuarta misión-dijo Hércules. Luego miró a Merlín y le sacudió bruscamente-¿y tú? ¿cuántos?
-Setenta y cinco, me parece-dijo Aladdín, mirándole también con desprecio.
-Setenta y seis-puntualizó Merlín, entre dientes. Miró a Hércules, furioso-¿qué esperas conseguir con esto?
-¿Qué sabe él?-dijo Helga, señalando a Merlín con desprecio.
-Todo. O bueno, todo lo que los jugadores podemos saber-concretó Hércules. Luego fulminó a Merlín con la mirada-y… y no os lo ha dicho. Ni una sola cosa.
Ni Jim ni Aladdín ni Ariel dijeron nada, pero los tres fulminaron con la mirada al anciano, tan furiosos como perplejos de lo que estaban escuchando. Recordaban su primera misión, la que ya parecía tan lejana, con Talía, Melphomene, Chicha, el doctor Dawson, Aurora, Silver, Billy… Billy… el anciano se había mostrado tan perplejo como ellos ante lo que estaba pasando, pero había organizado las cosas para que se presentasen uno a uno, e intentaran comprender lo que pasaba.
-Pero…-Ariel intervino, mirando a Hércules de reojo. Le daba vergüenza-pero ¿por qué lo ha hecho? ¿por qué no ha dicho nada?
Hércules la miró con curiosidad, arrugando un poco su larga nariz.
-Por lo que acabo de explicar-dijo-por los cien puntos. Él también quiere conseguirlos. Y si es otro el que mata al objetivo, él conseguirá menos. Si os contaba lo de la puntuación, seríais sus rivales por la puntuación. Y si os explicaba algo del funcionamiento de Gantz, también.
-Joder…-Aladdín miraba al anciano con un odio asesino. Todos entendían por qué-joder…
-¿Qué más no nos ha contado?-le preguntó Jim a Hércules-y si tú has conseguido los cien puntos… ¿por qué sigues aquí?
-Porque yo no pedí dejar Gantz-explicó Hércules-yo pedí… pedí que fueran el resto, mis once compañeros, quienes lo hicieran. Así que yo sigo jugando.
-¿Se puede hacer eso?-preguntó Jim, perplejo. Miró a Lilo de reojo. Si él conseguía esos cien puntos… podía salvarla. Pero entonces… entonces él seguiría jugando… y ya era poco probable que llegase si quiera a los cien.
-Si eliges salvar al resto, tú te quedas. Esa es la única condición que pone Gantz-concretó Hércules.
-¿Quién es Gantz?-preguntó Helga.
-No lo sé-respondió negando con la cabeza-pero creo que más bien es un qué. Hay una gran conspiración…
-Una conspiración-se burló Merlín, hablando en voz alta y clara por primera vez-del gobierno, supongo. O de los Illuminati…
Hércules le ignoró. Cruzado de brazos, dirigió su mirada a Aladdín y Jim, que eran los que parecían más absorbidos por él. Todo lo que les estaba contando era información preciosa. Cosas que llevaban meses preguntándose.
-¿Qué conspiración?-preguntó Aladdín, impaciente.
-No hay tiempo para eso. El tiempo corre en nuestra contra-les recordó Hércules.
-Pero la misión no ha empezado. Lo que significa que el cronómetro no está activado todavía-razonó Jim.
-No, pero Gantz siempre elige el mejor momento para atacar a su presa. Cuando esta está más vulnerable, por así decirlo. Supongo que os habréis dado cuenta de que la otras tres veces vuestro objetivo estaba más desprotegido que de costumbre, o se encontraba en medio de una operación importante… ¿no?
Jim dio una seca cabezada.
-Ahora Gantz nos ha escogido en este momento-continuó Hércules con la máxima seriedad-lo que significa que nuestro objetivo, cuál sea, está en un momento delicado. Tenemos la oportunidad de acabar con él.
-¿Hablas… de matarlo?-Timón miró a Pumbaa con preocupación-¿pero de qué va toda esta movida?
-Ya os lo he dicho, en realidad es sencillo-aclaró Hércules mirando a los recién llegados-los aquí presentes estamos todos muertos, por un motivo u otro. Para seguir viviendo tenemos que hacer lo que nos mande… la bola-señaló a Gantz, que tan negra como la noche seguía ahí, lisa y reluciente-matar a un objetivo… con unas armas especiales… creedme, las misiones nunca son fáciles, se trata de personas difíciles de matar.
-Ya… porque te lo manda la bolita esa-dijo Timón haciendo una mueca y mirando a Pumbaa con una clara expresión de "este está pirado".
-No es ninguna broma, ojalá lo fuera-Hércules miró con preocupación a todos los que estaban allí. Sus ojos se detuvieron unos segundos en Lilo-pero… os prometo que sí todos… si todos nos esforzamos… podremos sobrevivir… todos.
-No creo que eso sea posible-dijo Aladdín con voz ronca. Antes se habría mostrado más optimista, pero perder a Billy había sido un golpe muy duro, y llevaba ya tres misiones allí. Lo que se temía era que la siguiente fuese todavía peor-da igual lo que hagamos… es muy peligroso…
Para su sorpresa Hércules le sonrió. Aladdín no se sentía intimidado, aunque era cierto que le imponía un poco. No estaba acostumbrado a que la gente fuera más alta que él.
-Eso es porque antes no me teníais a mí. Pero ahora sí, y eso lo cambia todo-dijo el musculitos.
-Oh vaya, claro. Lo cambia todo-repitió Helga, sarcástica.
-Pues sí, porque yo os explicaré todo lo que necesitáis saber y entonces podréis… bueno, podréis sobrevivir-dijo Hércules. Miró con desprecio a Merlín, que ahora parecía muy concentrado en el techo, como si quisiera pasar a formar parte de él-porque claro, antes no sabíais nada…
-¿Qué tenemos que saber?-intervino Jim-hay doce pistolas, con un disparo por cada una, y ahora también seis detonadores, me imagino. Un radar que te dice dónde está todo el mundo y un traje con el que puedes desaparecer… y volar.
-Y luchar-completó Hércules-y respirar bajo el agua. Y resistir el fuego, y defenderte de las balas.
-¿En serio?-Aladdín miró a Hércules alucinado-pero… joder…
-¿Y dónde está el traje fantástico ese?-preguntó Timón.
-Yo no creo que tenga la talla-añadió Pumbaa, mirándose la pancita preocupado.
-Ese traje era…-Kuzco recordó la última vez que los había visto-y la pistola…-sus ojos emitieron un destello de codicia. Lo que Hércules describía era tecnología punta. Si conseguía hacerse con ella…
-No te recomiendo que lo intentes… el uso de la tecnología de Gantz puede ser… devastador-dijo Hércules mirando al joven multimillonario, preocupado-creedme, hay más de lo que pensáis detrás de esto…
-¿Cómo qué?-preguntó Jim, ansioso de más respuestas.
-Me parece que nos estamos desviando un poco ¿no?-interrumpió Merlín con impaciencia. Todos le fulminaron con la mirada cargada de odio, pero él les ignoró-hay un objetivo al que abatir ¿no? Estamos perdiendo el tiempo…
¡PAF! Aladdín acababa de estampar a Merlín contra la pared. Ariel se llevó las manos a la boca mientras Lilo abría los ojos sorprendida por una vez y Helga soltaba una carcajada, satisfecha.
-¡AH! ¿Qué te pasa?-chilló el anciano, furioso, intentando zafarse de él-¿quieres soltarme? ¿qué haces?
-Hijo de puta…-Aladdín le fulminó con la mirada, mientras le apretaba con fuerza clavándole los nudillos en la garganta-si nos lo hubieras contado… si hubieras hecho algo… Billy estaría vivo… cabrón… y los demás también.
-Cabrón…-Jim también miraba a Merlín con odio asesino. Las imágenes de Silver moribundo envenenado por Sir Hiss, Amelia atravesada por el Capitán Garfio, el Doctor Dawson y el resto de cadáveres que había tenido que soportar ver en aquellas infernales misiones le venían ahora con nitidez a la memoria. Merlín sabía de todo esto. ¡Sabía que las pistolas eran de un solo disparo! Y sin embargo en la primera misión permitió que Aladdín y Billy siguieran al Príncipe Juan para apuntarlo con una pistola descargada sin saberlo ellos, rodeados de todos sus hombres. La misión podría haber terminado allí. Merlín también sabía que con decir la palabra "Gantz" se acababa el juego. Y sin embargo, en la primera misión tras matar a Juan ellos no lo sabían, y eso había provocado la muerte de Silver, Aurora y Dawson… que ya no podría curar después a Lilo.
Por primera vez en mucho tiempo Jim no sentía sentimiento de culpa hacia sí mismo. La culpa de todo, o de casi todo, era de aquel miserable gusano que tenía enfrente suyo, forcejeando débilmente con Aladdín. Joder, si el árabe se apartaba, sería él quien le haría pedazos.
Aladdín parecía pensar lo mismo o peor, porque hervía de rabia. ¿Un mago? ¿En serio? Y sabía de todo aquello. Tal vez Billy… ¡tal vez Billy podría seguir con vida ahora mismo!
-Te voy a matar…-dijo Aladdín en un agresivo susurro.
-¿Otra vez?-rió Merlín. Lo siguiente fue muy rápido: el anciano le dio un rodillazo a Aladdín en la entrepierna, haciéndolo gritar de dolor, y luego se zafó de él con un rápido movimiento.
-¡EH!-exclamó Hércules, alertado. Pero Merlín fue más rápido; moviendo la mano en un impulso hizo que Aladdín y Hércules salieran disparados y chocasen contra el otro extremo de la habitación, haciendo un ruido sordo. Jim le miró pasmado ¿cómo había hecho eso? Era… magia.
-¡AH!-Merlín dio un salto y aterrizó al lado de la esfera, que se abrió por sorpresa. Debía de haber pulsado el botón que la abría, telepáticamente. Las compuertas de Gantz se abrieron, y dos pistolas salieron volando de ellas y se posaron en las manos de Merlín. Timón y Pumbaa, abrazados, ahogaron un chillido, mientras Lady Tremaine se escurría hacia un lado, alejándose de él.
-Vale, muy bien, ahora no quiero ni un solo movimiento-dijo Merlín agresivo. Jim le miró furioso, pero al ver el cañón del arma apuntándolo se contuvo. Sabía muy bien lo que pasaría si disparaba. Y la verdad es que le daba mucho miedo.
Merlín apuntaba con la otra pistola a Hércules, que no parecía asustado, pero sí que permanecía alerta.
-Genial ¿no?-se burló el anciano, furioso-¿ya te has divertido? Muy bien-se secó la boca mientras miraba seguidamente a Jim, Ariel, Aladdín, Lilo y Helga-y supongo que ahora yo soy el malo de la película. Bueno, si queréis que os hable con honestidad, la verdad es que me la suda.
"Vulgar"-pensó Lady Tremaine, pero no dijo nada. Lo más importante ahora era pasar desapercibida. Poco a poco se fue yendo hacia la puerta de salida por si era necesario abandonar la sala.
-Sí, me la suda ¡Me suda la polla lo que penséis de mí!-gritó Merlín, y su voz tuvo un gallo que la agudizó-¿qué sabéis vosotros de mí? Nada. ¡Nada! Pero os voy a decir una cosa, desgraciados. El primero que me vuelva a amenazar, lo convierto en mierda ¿entendido?
-Mataste a Billy…-Aladdín se reincorporó de su caída y apretó los dientes con furia. El arma tardaba siempre unos segundos en disparar. Si se atrevía a hacerlo, le saltaría encima antes de que le abriese fuego.
-Billy se mató él solito… ¡gilipollas!-le gritó Merlín. Tenía los ojos desorbitados, daba verdadero miedo, Jim nunca lo había visto así, ni habría creído que lo vería-sería un cantante estupendo, que no lo era, pero solo era un maldito drogadicto, y no necesitó que nadie más lo matara, lo hizo todo él mismo. ¿Eso es culpa mía? Eres lamentable. Te crees un maldito héroe, y que yo recuerde no has conseguido salvar a nadie, ni a la rubia con la que hablabas tanto al principio, ni al saltamontes, ni a nadie. Él por lo menos lo ha intentado-añadió señalando a Jim.
Aladdín respiraba con más velocidad, muy afectado, mientras Merlín continuaba provocándolo. Ariel, a un lado, le miraba preocupada. Si hacía algo, lo mataría, estaba segura. ¿Qué le pasaba a Merlín? Era una persona muy extraña, a ella no le había caído bien desde el principio. Recordó durante la primera misión como había tenido que arrastrar del cuerpo inmovilizado de Jim por todo un edificio mientras los matones de Juan les perseguían. Si él hubiera usado sus poderes en ese momento, les habría ahorrado muchos problemas. A ella podrían haberla matado también. Muchas veces.
Los matones de Juan les perseguían, y apenas les quedaba tiempo para escapar por la ventana de aquel piso.
-Bouaaaagh…-murmuró Jim, atontado. Entendía lo que estaba sucediendo, pero era incapaz de reaccionar. Todos sus músculos estaban dormidos.
-No podemos cargar con él-musitó Ariel, temblando-hay que dejarlo aquí.
-Si lo hacemos, nunca podrá volver a su hogar. Te lo aseguro-Merlín abrió la ventana, y sacó una pierna fuera. Detrás de la puerta, el rinoceronte se disponía a echarla abajo.
-¿Qué quieres decirme con eso?-la pelirroja miró al anciano, asustada-¿Qué pretendes que haga?
-La decisión es tuya-el viejo ya estaba en el tejado, aguardando. Mantenía el equilibrio bastante bien, aunque hacía mucho viento, y eso lo hacía balancearse más.
-No… ¡No!-Ariel miró al inconsciente Jim, asustada. Fuera, la puerta no tardaría en caer-¡No tienes derecho!
-Vamos, ¡ven aquí!-la instó Merlín, impaciente. La pelirroja observó al chico durante unos momentos. Ella quería salvarse. Hizo ademán de subir a la ventana, pero se detuvo. Si lo dejaba allí lo matarían, estaba claro.
Finalmente, cargó con él.
"¿Por qué me lo dijiste?-Ariel miraba al mago con extrañeza-¿querías que muriésemos los dos? O… ¿era otra cosa?" No, no lo sabía.
No lo sabía.
-Deja de mirarme como una mosquita muerta, no me explico cómo has sobrevivido a tres misiones sin hacer absolutamente nada-le espetó Merlín a Ariel, que le miró asustada y se fue al fondo de la sala para estar lo más lejos posible de él, sin responder nada-lo mismo que tú, en la última te salvé el culo dos veces.
-No me dirijas la palabra-le respondió Helga con desprecio.
-Debería haber sobrevivido tu amante, y no tú. Él al menos aportaba algo-se mofó Merlín, y las mejillas de Helga se tiñeron de un fuerte color rojo. El anciano siguió con su repaso a aquella gentuza-tú no creo que sobrevivas a esta misión, y tú tampoco-les dijo a Lilo y a Kuzco, que le miraron sin saber qué decir-y tú-se detuvo en Jim-tú eres el peor de todos. ¿Cuándo vas a dejar de intentar ser algo que no eres? Das pena. El cyborg lo sabía, pero él apostó por ti.
Aquellas palabras deberían haberle afectado más a Jim, pero la verdad es que no lo hicieron. Si lo que el viejo de mierda pretendía era cabrearlo, no lo conseguiría así, recordándole a los que había perdido. Era una persona lamentable. Jim supo que de algún modo Merlín percibía sus pensamientos acerca de él. Y le sonrió con burla para que se diera cuenta de lo mucho que lo despreciaba.
-Dentro de nada silbará, y habrá que volver a empezar-dijo Jim señalando a la esfera-¿qué vas a hacer, matarnos a todos?
-Podría, y me sobraría una pistola-dijo el anciano sonriendo-pero no, no lo haré. De momento me voy a quedar con tres. Las demás os las podéis repartir como queráis. Y ¡mira! Parece que hoy hay otra sorpresa.
Cogió la nueva arma que colgaba de la compuerta de Gantz y la levantó, victorioso. Hércules también la miró como a una vieja conocida.
-Espadas… bien-dijo el musculitos. Merlín y él se miraron, sopesándose-¿y ahora qué, Merlín? ¿nos vas a dar una oportunidad, por lo menos?
Se fulminaron con la mirada, pero finalmente Merlín sonrió. Cogiendo una de las espadas se hizo a un lado y miró al resto del grupo con suspicacia.
-Vamos-le dijo a Aladdín, que seguía con una sombría expresión que denotaba sus ganas de asesinarlo-coged lo que queráis… pero gastad bien vuestras cargas…
-No te preocupes por nosotros-le dijo Hércules.
-Lo haremos a mí manera-Merlín señaló la esfera y luego a sus once compañeros, impaciente-ahora nos dirá el objetivo. Me ayudaréis a llegar hasta él, y una vez allí yo lo mataré. No os interpondréis. Y a partir de ahora será siempre así. Cuando llegue a los cien puntos… cuando llegue a los cien puntos me marcharé y ya no tendréis que molestarme más…
-¿Eso harás?-preguntó Hércules, amargo.
-Sí, eso haré. Así que no me toques los cojones, súper héroe, porque no durarías ni un segundo contra mí-le advirtió Merlín, apretando sus venosas manos mientras sus pobladas cejas blancas le hacían sombra en los ojos, de un centelleante color azul-no tienes ni idea de quién soy, ni de lo que soy capaz.
-Creo…-Hércules cogió su pistola y una de las espadas, seguido de Jim y de Aladdín-… que por desgracia si tengo idea.
Merlín negó con la cabeza, asqueado.
-Todos vosotros sois basura-dijo-puta basura…
El resto del grupo corrió a coger armas sin perder un segundo. Ariel iba a coger una de las pistolas cuando Lady Tremaine se le adelantó y se la arrebató de las manos. La pelirroja la miró enfadada, pero Lady Tremaine la ignoró por completo.
-Creía que usted no cogería arma…-comentó Helga al ver a la mujer sujetando la pistola con expresión siniestra. Lady Tremaine la miró de arriba abajo con desdén. Helga sabía lo que estaba pensando.
-Creías mal-dijo simplemente, y luego la dio la espalda. Helga iba a decir algo más, pero pensó que lo mejor era que no hubiese más problemas. Miró a Aladdín con gravedad. Él sujetaba la tercera espada, mirándola como hipnotizado. Jim la miraba también, aunque había sido más lento, y sabía que ya no era suya.
-Toma, cógela tú-le dijo Aladdín, pasándosela. Jim le miró con sorpresa.
-Pero…
-Tú sabes usarla mejor-le recordó Aladdín. No olvidaba haber visto a Jim batirse con Garfio en la cubierta del Jolly Roger, y aunque no había durado mucho contra el pirata, le había plantado cara, lo que para empezar no era tan sencillo.
-Gracias…-Jim levantó la espada y la miró curioso. Era muy alargada, similar a una katana, y estaba realmente afilada. Con solo pasar el dedo por el filo, se hizo un buen corte-¡Ah!-mientras se chupaba el dedo, pudo ver sus ojos reflejados en el metal, que como no, al igual que la empuñadura, era de color negro. Era un arma verdaderamente peligrosa.
-Corta cualquier superficie, incluido el acero-le explicó Hércules, mostrándole la suya-además puedes usarla para bloquear balas y ataques enemigos. Y puede desmaterializarse contigo. Lo mejor es… bueno, eso mejor te lo explico luego. Es difícil de explicar.
-Ya-Jim movió la espada haciendo alguno de los movimientos que había aprendido en la academia. Se sentía mucho más seguro con aquello en sus manos. Y también mucho más… mortífero.
Ariel lo miraba. Jim la vio reflejada en la hoja de la espada, y se volvió hacia ella, furioso. La pelirroja se dio la vuelta al momento.
-No hace falta que me digas nada-dijo Jim secamente.
-Oh, se han peleado-comentó Helga acercándose a él burlona. Jim la miró, furioso.
-Métete en tus asuntos-la espetó. Helga, lejos de asustarte, se acercó más a él, provocativa.
-¿Todavía quieres acostarte conmigo? Follarme…-le incitó. Jim negó con la cabeza.
-No te preocupes.
-Lo que pasa es que no te has buscado a la pareja apropiada…-susurró Helga malvadamente, asegurándose de que Ariel la escuchara. Luego acercó a Aladdín a ella, y le dio un descarado beso en la mejilla. Él le lanzó a Jim una elocuente mirada, y luego la rodeó con sus brazos, besándola en los labios.
-Vámonos al baño…-le susurró Helga en el oído al moreno. Jim y Ariel les daban ahora la espalda, muy incómodos.
-Pero va a sonar…-le recordó Aladdín. Helga le mordió el labio inferior al chico con voracidad.
-Necesito un polvo para afrontar esto… por si es el último-dijo. La mano volvía a introducirse por el pantalón de Aladdín, aunque él ya no estaba demasiado excitado. Esa misión podía ser la última para él, o para ambos. Y ahora solo podía pensar en Yasmín. Se acordó de como Billy había rechazado a Helga la última vez. Lo había hecho por Spencer. Ahora lo entendía…
-No he entendio nada de nada-le dijo Sebastián a Ariel, chasqueando sus pinzas con impaciencia-¡pero no pueo cargar con un arma! Es que… Arie… es que esto e todo una locura… ¿cómo ha acabado aquí? ¿e todo un sueño, a que sí? un sueño…
Ariel negó con la cabeza con seriedad, y Sebastián que asentía acabó negando a la vez que ella.
-No e un sueño… ayy… no lo e… pero entonces… ¿entonces qué vamo a hacer?-gimoteó Sebastián frotándose las pinzas angustiado-¿a quién se supone que tenemo que matar?
-Lo dirá enseguida-le dijo Hércules al cangrejo-y no te preocupes. Si todo va bien, nosotros nos ocuparemos de todo.
"Nunca va bien"-pensó Jim para sí. Joder. No quería morir. Abrazó a Lilo, que miraba por la ventana a la Torre de Suburbia, preocupada. Era el rascacielos más grande de todos, y tenía arriba una enorme plataforma en la que trabajaban cientos y cientos de empresarios.
Aladdín y Helga ya se habían metido en el baño, y Jim intentó ignorar el sentimiento de vacío y de envidia que se estaba generando en su interior. Miró a Ariel, disgustado. Ellos podrían ser los que estuvieran allí, en ese baño, dándose ese gusto, ese placer desesperado y mezclándose el uno con el otro. Como la odiaba. Y sin embargo, viendo su larga melena pelirroja y la espalda tenía claro que seguía echándola de menos. "Dile que vuelva-dijo una voz en su interior-cuando acabe la misión… pídele que se vuelva contigo a casa… discúlpate…". ¿Disculparse? ¿Por qué? Era ella la que se había comportado como una idiota. Pero aun así.
Discúlpate… si sobrevivían.
-Oooooh…-Aladdín le había levantado la camiseta negra a Helga y masajeaba sus tetas mientras ella le bajaba los pantalones y lo masturbaba. El chico, de espaldas al lavabo, se agarró a este con las manos echando la cabeza hacia atrás dominado por el placer. Al menos se llevaría ese gusto sin moría. Pero no iba a volver a Yasmín. Si moría hoy, nunca volvería a verla. ¿En qué había estado pensando? ¿Por qué no la había buscado más? ¿En qué estaba pensando?
-Sssssh…-Helga ya sabía lo que él tenía en mente, y como hacérselo olvidar. Bajándose los pantalones, acercó su vulva a él, rozándolo en el bajo vientre-olvídate ahora… hazlo por mí…
-Gnnnnnñ…-Aladdín dejó que ella le besara el cuello y las tetas mientras la acariciaba su redondo trasero con una mano y pellizcaba sus rozados pezones con la otra. Ella era extraordinaria. Un cuerpo incomparable.
-No puedo creer que hayas caído tan bajo-le decía Hércules a Merlín, que observaba a Gantz a la espera de las instrucciones-hay una niña…
-Cállate-le dijo el anciano mago sin apartar sus ojos de la esfera-cállate o morirás…
-No te lo tengas tan creído-le advirtió Hércules al anciano.
Jim y Ariel, de espaldas el uno al otro, seguían sin decir nada. Lilo los miró, extrañada, y decidió echarle un cable a su amigo.
-¡Ariel!-saludó a la pelirroja, yendo hacia ella-¡tu cangrejo habla! ¡Hala!
-Sí… no es mío…-dijo Ariel acercándole a Sebastián, que miró a la niña con miedo.
-¡No te me acerque, humana!-la avisó, levantando sus gruesas y rojas pinzas-si me intenta come te voy a arranca la carne del pellejo… ¡el pellejo de la carne!
-Vengo en son de paz-le tranquilizó Lilo-soy una humana buena…
Sebastián parecía recelar, pero finalmente permitió que Lilo lo acariciara la cabeza y el caparazón. La niña estaba fascinada.
-¿No necesitas agua para vivir?-le preguntó con curiosidad.
-Bueno, no, pero no me vendría mal-reconoció Sebastián.
-Esto es una estupidez-comentó Timón observando su arma curioso. Pumbaa se había quedado sin la suya, ya que Merlín tenía tres, dos de ellas que le corresponderían a él y a Sebastián.
Hércules había abierto el pequeño cajoncito del centro de la esfera, y había sacado lo que parecía una pequeña caracola, con un agujero en medio. Era muy extraña. Se preguntó para qué serviría.
-Esto es… con lo que me matasteis-los ojos de Kuzco brillaban fascinados-vaya vaya… me haría de oro…
-Ya te lo he dicho, las armas de Gantz son muy peligrosas-le recordó Hércules, lanzándole una mirada de advertencia-Su poder es devastador, y solo sirve para hacer daño.
-Pues eso ¡ideal para el ejército! ¿Y tú, por cierto, cómo es que has entrado por la puerta? Eso no nos ha quedado claro-le recordó Kuzco.
-Gantz ya no necesita encerrarme en la sala porque sabe que cumpliré las normas. Digamos que ya… tenemos confianza-dijo Hércules. Kuzco apretó los labios poniendo morritos, incrédulo.
-Ya. Pues la confianza da asco.
En ese momento comenzó a silbar. La musiquita del Steamboat Willie que todos llevaban escuchando semanas en sus pesadillas sonaba de nuevo. Y aquellas horribles letras rojas tan mal escritas volvían a mostrarse en pantalla, siendo una clara burla a todos ellos.
-¿Qué narices…?-Timón se mordió el labio. Impresionaba mucho la primera vez.
-Esto no me gusta…-susurró Pumbaa.
Olah, soi Gantz, buestro nuebo mejor amigo.
Ya ke la avéis kagado con buestras bidas y estais muertos, yo aré lo ke kiera con eyias de aohra en hadelante. Hasí ke prerepadaros, porque bais a tener ke ser mui vuenos para conservarlas. En serio, mui vuenos.
-Mierda…-Jim tragó saliva. ¿Quién sería? ¿Quién? Ahora los ojos de todos los presentes estaban fijos en la esfera. Excepto los dos que faltaban, claro.
-Ah… ¡AH!... ¡AAAH!-Helga se movía al rítmico compás mientras Aladdín la penetraba desde atrás, besándola la espalda mientras le daba palmadas en las nalgas, excitándola.
-Oh., oh, oh… sí…
Se estaban dejando descontrolar, pero les daba igual. Tenían tanta angustia dentro del cuerpo que era la única forma de sacarla. Y tanto deseo.
-Di mi nombre…-Aladdín la apretó aún más fuerte haciendo un fuerte movimiento acompasado para causarla más placer en la penetración-dilo…
-Al… ala… dín… ¡Aladdín!-exclamó Helga temblorosa, y él recorrió todo su blanco vientre hasta llegar a su intimidad y apretársela para que sintiera más placer-¡Aladdín!
Lilo escuchaba los gritos del baño y quiso ir a mirar, pero Jim se lo impidió, agarrándola de la mano mientras seguía atento a la bola. Por un momento Aladdín y Helga desaparecieron de su mente, mientras la tensión por el esperado objetivo llegaba a su fin. Ahí salían ya las letras. Era el momento decisivo.
Mizión cuatro: monstruo marino
Ursula bibe bajo el mar i es mas mala que pegar a un padre. Acerme el fabor i matarla, por fabor, es una gorda hinmundah y le gusta kitarle hel puesto alos demas.
Si la imagen de Yzma ya había sido rara, esa se salía totalmente de lo normal: parecía una mujer, aunque su piel no era humana, era demasiado lisa y viscosa. Además de ser morada. Tenía los labios gruesos pintados de un fuerte color rojo, y los ojos delineados con colores verdosos, y su pelo era blanco y lo tenía peinado de una manera muy extraña en punta, con algunas mechas grises. A Jim le recordó a una drag queen que había visto una vez cuando se fue a montar bronca con sus amigos a una discoteca gay. Pero esta daba mucho más miedo. Había algo en su expresión que asustaba realmente, era algo brutal y siniestro. Enloquecido, incluso…
En el baño Aladdín ya había terminado de correrse en Helga, y ahora los dos reposaban en el suelo del baño, empapados en sudor y abrazados. La pálida piel de marfil de Helga se veía oscurecida por los morenos y musculosos brazos de él, que la mantenía abrazada, muy cerca suyo.
-Lo he disfrutado… aaaah… incluso si estoy muerta-reconoció Helga.
-No estamos muertos-dijo Aladdín, dejando que ella lo acariciara mientras le besaba los pechos.
-Solo espero poder volver… poder salir de aquí…-susurró Helga disfrutando del tacto cálido de la lengua de Aladdín en su frígido cuerpo. Ella siempre estaba fría-vivir una vez más…
-Te digo… que no estamos muertos.
-¡AH!-fuera, Timón y Pumbaa habían empezado a desaparecer-¡Oh no! ¿Ahora qué?
-Si te das cuenta, Timón, esto es un método mucho más cómodo de viajar-observó Pumbaa desintegrándose rápidamente-habría que proponérselo a Gatzn.
-Es GANTZ-le corrigió mosqueado el suricato-¿a dónde vamos ahora?
-A donde esté el objetivo-respondió Hércules calmadamente-esperadnos.
-Ya, me da que no tenemos elección, y además este sitio me da asco, la verdad es que me alegro de salir de…-la boca de Timón fue lo último en desaparecer y cuando lo hizo los demás lo agradecieron.
Lady Tremaine empezó a desaparecer también, seguida de Sebastián. Ella no dijo nada ni dio muestras de miedo, tan solo miró con frialdad al resto de gente de la sala, alzando la cabeza altiva. No sabía que iba a ser de ella. Pero si era necesario, mataría a ese "objetivo" ella misma.
Después de Lady Tremaine hubo unos largos segundos de tensión. Todos se miraban nerviosos. Merlín se humedecía los labios mascando la boca, mientras Jim y Ariel le miraban de reojo, enfadados. Nunca habían estado más lejos de conocer a una persona de verdad. ¿Quién era realmente ese viejo? ¿Qué más les ocultaba? ¿Y si decía eliminarlos a todos a lo largo de la misión? Ahora él había pasado de ser uno de los miembros más vulnerables al más peligroso de todos…
-Tranquilos. Yo os protegeré-dijo Hércules fulminando a Merlín con la mirada. Este se encogió de hombros y le señaló las piernas, que empezaban a desaparecer.
-¿Y quién va a protegerte a ti, héroe?
-Ahora nos veremos-dijo Hércules con voz seria, antes de desaparecer. Lilo lo siguió. La pequeña miró a Jim asustada, pero al ver la angustia que se reflejaba en su rostro intentó tranquilizarlo.
-No te preocupes-dijo suavemente-todo saldrá bien…
-Ssí…-Jim forzó una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora, aunque no lo fue demasiado.
-Venga ya…-Kuzco desaparecía también. Fue hacia Jim como pudo y le habló de modo confidencial-escucha tío, mi pellejo vale como un poquito. Si me ayudas a salir de esta, puedes dar por seguro que nadarás en oro ¿eh? Venga, piénsatelo. Kuzco es un nene agradecido…
-Vale, guay-Jim le dejó de lado y fue hacia la ventana, echando un último vistazo a la ciudad. ¿Volvería a verla? Un momento… ¿Gantz había dicho que la tía esa vivía en el fondo del mar? Jim releyó la frase de la esfera, extrañado-¿qué cojones…?
Ahora solo quedaban él, Ariel y Merlín. El anciano, cruzado de brazos, les miraba con satisfacción. La pelirroja temblaba.
-Con todo lo que hemos pasado juntos… no deberíais guardarme rencor-dijo con calma. Jim prefirió ignorarlo para no perder los nervios, pero para su sorpresa Ariel sí habló con él.
-Podrías habernos ayudado… ahora todos podrían seguir vivos…-le dijo. No lo dijo con agresividad, ni siquiera con reproche. Era simplemente una clara observación. Merlín suspiró y asintió lentamente.
-Y entonces a lo mejor la esfera no hubiese escogido nunca las almas de la niña, de Helga y de otros tantos, para darles otra oportunidad al caer gente en la primera misión. Cada uno debemos velar por nosotros mismos. Yo no soy vuestro salvador-dijo. Ariel no supo que contestar. Entendía su lógica pero… pero era horrible.
-Billy está muerto-susurró-podría estar vivo…-Merlín hizo un desdeñoso ruido de impaciencia. Estaba claro, pese a que lo había ocultado, que Billy no le agradaba en absoluto. Ariel hizo una pausa, y vio que desde el reflejo de la ventana Jim la miraba. Molesta, volvió a concentrarse en Merlín. Parecía muy asustada-por favor… mátala rápido… acaba con ella… es muy peligrosa…
Merlín soltó una ronca carcajada, divertido. La verdad es que era despreciable.
-¿La conoces?-preguntó curioso. Ariel despegó los labios para contestar, cuando el anciano empezó a desaparecer-¿sabes qué? Me lo cuentas luego. Ahora me largo, si no te importa. Puedes aprovechar para arreglar tus problemas con James.
-Que te jodan…-Jim se dio la vuelta y se encaró con Ariel, que nuevamente le dio la espalda, enfadada. Jim frunció el ceño, cabreado. ¿Por qué tendría que hablar nada con ella? Estaba harto. Y ya había tenido sexo, no la necesitaba. Aún así…
Recordó como creía haberla visto en la discoteca la noche anterior. ¿Sería realmente…?
-Ayer por la noche…-dijo finalmente-tú estabas en la discoteca… te vi…
Ariel no respondió ni dijo nada. Jim interpretó eso como una afirmación. ¿Lo estaría siguiendo? ¿Le habría estado siguiendo todo ese tiempo? Tal vez sí quería volver… pero recordó que también estaba Aladdín…
-Jajajaja…-Aladdín entró de nuevo en el salón seguido de Helga. Aún no se había puesto la camisa, y ella llevaba el sostén medio salido. Jim miró hacia otro lado, con cabreo. Joder, estaba harto ¿por qué a Aladdín siempre le iban mejor las cosas? La verdad era que se alegraba por él, pero aún así…
Ariel había agachado la cabeza y se había ido aún más a un lado. Jim vio que Helga sonreía con satisfacción, y se encogió de hombros. Al menos en ese momento la zorra rubia y él estaban en el mismo bando para alejarla del moreno.
-¿"En el fondo del mar"?-leyó Aladdín, perplejo-¿cómo cojones…?
-Podemos respirar bajo el agua-le recordó Helga. Jim vio que estaba empezando a desaparecer-recuerda lo que dijo él…
-Voy a matar a ese mago…-dijo Aladdín apretando los puños.
-No lo hagas-le advirtió Jim preocupado-no merece la pena. Es muy peligroso.
-Por su culpa, Billy…-le recordó Aladdín apretando los puños-y todos los demás…
-Billy no hubiera querido que murieras por él-dijo Jim. "Y Silver tampoco de mí" pensó. La venganza no los llevaría a ninguna parte. Ahora lo más importante era acabar con aquella mujer (si se podía considerar humana) lo más rápido posible, y mantener a Lilo y a Ariel a salvo. A las dos, pese a todo.
Jim empezó a desaparecer. Miró a Aladdín nervioso. Él y Ariel también iban desintegrándose poco a poco, pero Jim ya iba más adelantado, y desapareció.
-Tranquila-le dijo Aladdín a Ariel, que mantenía los brazos fuertemente agarrados-todos nos salvaremos.
Ariel levantó la cabeza lentamente y le miró muy seria.
-No podemos-susurró. Esta vez no podían.
Y desaparecieron. Una vez más, la sala de Gantz se quedaba vacía, solo ocupada por la negra esfera y el cadáver putrefacto que se encontraba dentro de ella…
MISIÓN 4: MONSTRUO MARINO
El primer impacto con el agua fue muy fuerte: el frío le penetró por las venas, doliente, y durante unos segundos todo su cuerpo permaneció sumergido en el negro mar. Cuando se dio cuenta de lo que sucedía, pataleó con todas sus fuerzas y consiguió ascender a la superficie. Había levantado una oleada de burbujas a su alrededor.
-¡AAAAAAH!-Jim boqueó varias veces tomando agua, mientras el frío helador lo traspasaba a cuchilladas-¡JODER!
Unos segundos más tarde la cabeza de Aladdín apareció a su lado, jadeando también. El chico tenía el pelo alisado y pegado al rostro, lo que le daba un aspecto muy curioso y distinto al habitual.
-¡JIM!-exclamó Aladdín aliviado de verlo-¿y el resto?
La noche era totalmente negra, aunque en el cielo relucían las constelaciones que no podían verse desde Suburbia. El mar también era negro. Estaba todo tan oscuro que apenas se distinguía el cielo del océano.
En ese momento algo los agarró y tiró de ellos hacia abajo. Jim y Aladdín patalearon, asustados, intentando zafarse de lo que fuese aquello. Sin embargo era más fuerte, y los hundió. Jim distinguió una figura conocida que se acercaba a ellos y apretaba la ruedecita de sus muñecas, dándole dos giros. De repente su visión se aclaró, y se dio cuenta de que ya no hacía tanto frío.
-¿Qué…?-hablaba debajo del agua. Y también podía respirar. Increíble.
-Tranquilos, soy yo. Lo siento, la verdad es que ha sido un susto-se disculpó Hércules, que flotaba su lado. El traje negro le marcaba toda su impresionante musculatura y le daba un aspecto muy curioso, pues contrastaba con su encendido cabello de tonalidad anaranjada.
-Vaya… que guay-Aladdín dio unas brazadas y se dio cuenta de que era más ligero que de costumbre. Él había aprendido a nadar tarde, pero no se le daba mal. Jim recordó cuando Aladdín le salvó la vida de ahogarse durante la misión del Capitán Garfio.
-¿Cuánto dura esto?-le preguntó a Hércules.
-Ahí está la cosa-él señaló los puntos de energía que había pegados al elástico traje-lo he programado para que dure una hora. Pero cuando ese tiempo se acabe, me temo que nos ahogaremos.
-¿Qué?-saltó Jim, perplejo-¿y qué coño vamos a hacer? ¿cómo puedes… programarlo?
-Son unos comandos sencillos-Hércules le señaló la rueda y la giró varias veces, mostrándoselo. Los pequeños símbolos que había a los lados, y que hasta entonces Jim no había entendido en absoluto, eran claras pistas-no podemos usar ningún otro de los poderes del traje ahora. Si no, perderemos la respiración-aclaró el musculoso héroe. Jim asintió.
-¿Y los demás?-preguntó Aladdín levantando burbujas con las patadas de braza que hacía, dando vueltas alrededor suyo. Hércules asintió.
-Seguidme-indicó. Ellos dos comenzaron a nadar detrás suyo. Lo cierto es que era un poco incómodo hacerlo con una pistola en la mano izquierda y la espada en la derecha, pero hizo un esfuerzo. Por suerte, no las había perdido al llegar al mar, aunque del susto había estado a punto de soltarlas. Cuando llegaron junto al resto, Jim vio que eso era lo que le había pasado a Kuzco. Así que eso significaba que tenían un arma menos. Mierda.
-¡JIM! ¡Es increíble!-exclamó Lilo nadando de un lado a otro, emocionada. Jim vio que Merlín la miraba con sorna, y supuso que el mago pensaba que la niña no sobreviviría. Pues se equivocaba. Totalmente.
-Nadas como un pez, ¿eh?-rió Jim dando brazadas al lado de Lilo y cogiéndola de la cintura. Ella rió, encantada.
-Si Nanny me viera…
-Mejor que no. No se quedaría muy tranquila-bromeó Jim, y Lilo rio de nuevo.
-Tenemos cuatro horas-leyó Hércules en el radar, que esta vez se había aparecido en sus manos, al contrario que las anteriores, que lo había hecho en las de Merlín. Jim supuso que se aparecería en las del miembro más veterano del grupo, porque no podía ser en las de mayor puntuación. Al renunciar a sus cien puntos, Hércules debía de haber empezado otra vez de cero.
-Aquí puede haber tiburones…-susurró Helga mirando a los lados, preocupada. Todo era negro. No se veía absolutamente nada. La vez anterior que habían ido por el mar, por lo menos tenían la protección de un barco. Jim se acordó de Amelia.
-Los tiburones no son un problema-dijo Hércules-nada lo es, en realidad. Solo tenemos que encontrarla. Esta vez el perímetro es más grande de lo que yo había visto nunca.
-Porque el mar da mucha más maniobra de movimiento-señaló Merlín.
-Ya. ¡Vale, seguidme todos, vamos a empezar a descender!-indicó, señalando a la aún más oscura (si cabía) profundidad que se abría ante ellos. Los demás se miraron entre ellos, intranquilos.
-Has dicho que esto de respirar duraría una hora-le recordó Aladdín preocupado-si nos ha dado cuatro… normalmente nos falta tiempo…
Los demás no parecían nada convencidos. Kuzco y Lady Tremaine nadaban muy cerca de la superficie, y miraban hacia abajo con muy pocas intenciones de descender. Por su parte Timón se había montado en el lomo de Pumbaa, que nadaba a braza por el agua junto a Lilo, risueño.
-Vaya Timón… esto es una experiencia nueva-rió el jabalí encantado.
-Venga ya, vamos a morir en esta horterada de trajes-Timón se estiró la elástica tela negra, molesto-¿qué se supone que vamos a encontrar aquí? A parte del tifus…
Pero Ariel no estaba. Jim frunció el ceño, preocupado. Miró a un lado y a otro. No, la pelirroja había desaparecido. No se la veía por ninguna parte. Recordó que la vez anterior había demostrado tener miedo al agua. Sin embargo…
-¡Eh!-Jim se acercó nadando hasta Hércules, preocupado-¿y Ariel?
-Es verdad, ¿dónde está?-dijo Aladdín.
-Os referís a la chica de pelo rojo, supongo-Hércules miró en el radar-no ha aparecido. No está aquí…
-¿Cómo qué no?-Aladdín le quitó el radar, preocupado, y empezó a buscar por todas partes. No, su punto no aparecía por ninguna parte.
-Y el cangrejo ese jamaicano tampoco-observó Timón. Era verdad. El tal Sebastián no estaba.
-Se conocían…-los ojos de Jim recorrieron el radar con avidez. Había algunos puntos que debían de ser peces cerca de ellos. No eran lo suficientemente grandes para ser tiburones, por suerte-ella y el cangrejo…
Pero él nunca había visto una especie como la de Sebastián en Suburbia. Era autóctona fauna marina. Lo había estudiado en la Academia. Y bueno, también había estudiado que…
¿Podía ser?
-Tengo prisa, vámonos ya-dijo Merlín señalando al fondo. Se acercó a Aladdín para cogerle el radar, pero él se lo apartó.
-Nos lo quedaremos-le dijo, desafiante.
-Yo creo que no-puntualizó Merlín, enfadado. Pero Aladdín le apuntó con su arma, muy serio.
-Sí.
-Si me disparas ahora, podrías desintegrar todo el océano-dijo Merlín, riendo entre dientes-recuerda que la luz de la pistola fulmina todo el contenido, y ahora mismo estamos contenidos dentro del agua.
-¿Entonces…?-Helga miró a Hércules preocupada, pero él parecía tenerlo bajo control.
-No te preocupes-dijo, acercándose al arma de la rubia y moviendo el cañón de la pistola. Una extraña lente apareció cuando él giro la ruedecita del cañón-en este "modo acuático" el rayo de luz funciona como en tierra firme. Solo desintegrarás aquello que apuntes, no afectará al líquido. ¡Hacedlo todos, por favor! Si no, nos desintegraríamos a nosotros mismos…
-Y no nos lo dijiste en la primera misión…-le dijo Helga a Merlín, enfadada-podríamos haber muerto todos.
-Sigue esperando una disculpa-dijo el mago, y la guiñó un ojo. Luego, dando una fuerte patada, comenzó a nadar hacia el fondo a gran velocidad, desapareciendo entre las tinieblas de las profundidades. El negro de su traje se confundía con el del mar.
-Vamos-dijo Hércules al resto.
-¿Para qué?-intervino Kuzco. Todos lo miraron-parece que lo tiene bajo control. Que lo haga él… y ya así nosotros no corremos peligro…
-No voy a dejar que sea él quien se lleve los puntos-dijo Hércules-y si queréis volver a la vida permanentemente, tendréis que conseguir sumar cien. Ese es el objetivo del juego. ¡Vamos!
-¿Permanentemente?-repitió Timón, intranquilo.
-Creo que no terminamos de estar vivos del todo, Timón. Es algo condicional-observó Pumbaa.
-Ya.
-Pero… ¿y Ariel?-intervino Jim mirando hacia los lados. Aladdín le acercó de nuevo el radar, preocupado.
-No aparece en ningún sitio-observó-¿quieres que vayamos a buscarla?
Jim lo pensó unos segundos. No se veía nada. Y sabía por experiencia que lo peor que podía hacer era alejarse del resto. Una terrible idea empezó a formarse en su cabeza ¿y si Ariel se había aparecido en el mar, y como no sabía nadar, se había hundido? ¿y si Hércules no la había visto, y simplemente ella se había ido hacia el fondo? En el barco había demostrado tener pánico al agua.
-Tiene que estar viva-le tranquilizó Aladdín poniéndole la mano en el hombro-es muy buena nadadora, en serio. En la isla Calavera salvó a Helga de morir ahogada-recordó.
-Eso no fue así exactamente-respondió la aludida, molesta.
-La encontraremos Jim… tiene que estar… en algún sitio-Aladdín miró el radar, angustiado-pero no podemos quedarnos atrás…
-¿Dónde está?-repitió Jim angustiado-¿dónde está…?
-En cuanto eliminemos al objetivo, hay que decir "Gantz". Y todos volveremos-explicó Hércules al resto del grupo, que nadaba a su lado. Con tantas instrucciones parecía un guía turístico-¡eso es muy importante!
-Ya…-Timón miró hacia la superficie, que cada vez estaba más lejos. Pero extrañamente, cuanto más descendían, más claridad había. Era muy extraño.
-Tenemos que irnos-les dijo Helga a Aladdín y Jim, que intentaban encontrar algo en el radar. El mar era muy grande, y estaba muy vacío. Ariel no estaba, en ninguna parte-en serio, vámonos Aladdín-insistió-¡tenemos que seguir adelante!
-Ella no puede haberse esfumado…-dijo Aladdín alzando una mano para entretener a Helga-tiene que estar en algún sitio.
-Ogh, ¡así solo vais a conseguir que os maten a los dos! ¡Tenemos que sobrevivir, joder!-se exasperó ella. Miró a Jim, enfadada-¿tú no quieres salvar a la niña?
Lilo nadaba de la mano de Hércules, que la había tomado bajo su protección. Jim vio como la niña se daba la vuelta para mirarle y le hacía un gesto instándolo a seguirles.
-No está…-repitió, angustiado. Si moría… si ella moría… ojalá hubiera podido hablar con ella antes. Ojalá hubiera podido disculparse. Pero no lo había hecho. Si no volvía a verla… joder, no podía ser. La pelirroja no podía estar muerta. Su pelirroja…
Sin enterarse de lo que hacía, Jim dejó que Aladdín tirase de él y se fueron metiendo cada vez más en las profundidades, nadando rápidos y seguros como peces. Su estilo de natación mejoraba con el poder del traje, de algún modo eran más ágiles y seguros, como si fueran peces.
-Qué raro…-Helga se dio cuenta de que cuanto más descendían, más luz había. Ciertamente era extraño, pero pronto hallaron la solución: en las rocas del fondo había cientos de corales adheridos y criaturas luminiscentes que brillaban con la fuerza de las estrellas. Las había de todos los colores: rosas, moradas, anaranjadas, turquesas… Jim vio el cuerpo de sus compañeros reflejados por los cientos de colores de ellas, como si estuvieran bajo los focos de una discoteca.
Empezaba a haber peces, nadaban cerca de ellos, sin temerles, sorprendentemente. Jim los observó extrañado. No eran el tipo de peces que solían verse: en vez de ser de un normal color grisáceo o plateado, eran de colores tropicales, y algunos tenían largas colas que parecían telas ondeando en el agua y púas brillantes, muy llamativas.
-¿En qué parte del mar estamos?-preguntó Jim extrañado, acercándose al radar que sujetaba Aladdín.
-Sur, creo-observó él. Jim, que entendía mejor el radar, lo examinó. Las coordenadas eran claras.
-Muy al sur-señaló.
Era increíble como de la noche a la mañana había pasado de estar tumbado aburrido en su casa a luchando por su vida respirando en el fondo de un mar que no conocía. Pero empezaba a estar habituado. Siendo esta su cuarta misión, no se le podía considerar un novato. Solo esperaba tener tanta sangre fría como en la misión anterior, lo que le permitió haber acabado con Yzma.
-Ooooh…-Lilo se acercó a unas anémonas y las miró fascinada. Se habían parado en un banco de arena rodeado de largos arrecifes de coral, e iban por él andando, dando un paseo por aquel mágico y poco usual jardín de maravillas. Aladdín se acercó a una ostra, curioso, e intentó comprobar si había una perla dentro.
-Ojalá estuviese Billy…-susurró. Helga se mordió el labio al oírlo, disgustada.
-No las toques-la advirtió Jim, nadando hacia Lilo y alejándola de las anémonas-pueden ser urticantes.
-¿Qué es urticantes?-preguntó Lilo.
-Que pican-aclaró él.
-Eres muy culto-observó Lilo-… ¡mira!
Señaló a un caballito de mar de color dorado que nadaba por allí.
-Haaaaaala. Eres precioso-comentó Lilo acercando uno de sus regordetes dedos hacia él.
-Vaya, gracias-dijo el caballito de mar, y la niña dio un respingo. Jim también.
-¿Nos entiendes?-preguntó, sorprendido.
-Eeeemmm, sí-dijo el caballito, hinchándose ofendido-lo que no sé es que hacéis aquí. El rey os va a matar por esto.
-¿Qué rey?-preguntó Jim alertado. Mierda, no podía creerse que fuera cierto. Ya había oído algo de aquello, pero naturalmente no lo había creído.
-Mmmmm, malo, malo-comentó el caballito haciéndose el interesante-pero mira, ahí llega la guardia. Preparaos.
Jim se volvió alerta, para ver como algo se acercaba muy velozmente hacia ellos. A primera vista parecían peces, pero luego se dio cuenta de que eran humanos. Finalmente, pensó que eran peces de nuevo: ¿cómo si no tendrían esas largas colas de vivos colores marinos?
-Haaaaaala…-dijo Lilo, impresionada.
-Me tienes que estar jodiendo-Jim agarró su arma y les apuntó rápidamente. Las criaturas sacaron unas alargadas armas parecidas a lanzas, y de ellas se encendió una extraña luz eléctrica en la punta-¡JODER!
-¡Espera, no les hagas nada!-intervino Hércules, poniéndose a su lado-¡baja el arma, en serio! ¡no podemos malgastar la munición!
-¡Vienen a matarnos!-exclamó Jim furioso-¡no va a ser un malgasto!
-¡Un momento!-le pidió Hércules, haciéndole bajar el arma con cautela-¡espera un momento, confía en mí!-se volvió hacia las criaturas, que les miraban con ira. No eran humanos, pero de cintura para arriba lo parecían. Aun así su piel era escamosa, y las pupilas de sus ojos más grandes de lo normal, muy frías. Su cabello ondeaba en el agua de un modo antinatural, como si fuera un anuncio de champú, y tenía preciosos destellos de colores. A Jim le recordaban al de alguien.
Eran también muy musculosos, y sus largas colas de pez parecían tener una fuerza tremenda, no les convenía que les golpeasen con ella.
-Mira-Hércules señaló hacia el fondo del arrecife sobre el que se habían posado.
Detrás de los dos primeros guardias venían un centenar más, todos con aquellas lanzas eléctricas y otras armas como unas grandes pistolas que estaban cargadas con lo que parecían erizos de mar con afilados pinchos.
-Si nos enfrentamos ahora a ellos, nos matarán. Pero me parece que no vienen para eso…-le susurró Hércules a Jim, confidente.
-Vienen a matarnos de todas formas-respondió Jim desesperado-¡hay que hacer algo!
-Primera regla de Gantz: nada es lo que parece-le dijo Hércules. Luego se adelantó. Los dos primeros guardias, especialmente jóvenes, alzaron sus lanzas amenazantes, pero Hércules levantó su espada y apuntó hacia ellos, como advertencia-nuestras armas son más poderosas que las vuestras-dijo-Pero venimos en son de paz.
-Los humanos no son bienvenidos en nuestro reino-desde atrás se adelantó un hombre pez más maduro que los otros guardias, que llevaba una larga y fibrosa barba de varios colores-¿cómo habéis conseguido encontrarnos?
-Estamos de paso-explicó Hércules con calma-buscamos a una persona llamada…
-Nosotros no somos personas, somos sirenos-respondió el jefe de los guardias. Jim alzó las cejas. Vale, Gantz nunca dejaría de sorprenderlo en sus misiones-venid con nosotros. Os llevaremos ante el rey.
-No tenemos tiempo…-intentó decir Hércules con paciencia-a quien buscamos… creo que la conocéis…
-Me parece bien, llevadnos ante ese rey vuestro-dijo Merlín cruzándose de brazos. Hércules le miró enfadado-¿qué pasa? Yo lo hago a mi manera.
Hércules vaciló unos instantes. Había más de veinte de esos "sirenos". Podría acabar con ellos enseguida, pero a lo mejor era mejor intentar negociar. Además, si Merlín quería ir sería por algo. Se llevó el dedo índice a la boca mientras pensaba en ello.
-Vale, de acuerdo-cedió finalmente-llevadnos con vosotros.
-Dadnos vuestras armas-pidió el jefe sireno. Hércules negó con la cabeza, sonriendo levemente.
-Eso sí que no-dijo secamente. Jim y Aladdín agarraron las suyas con fuerza.
El jefe sireno miró las armas con interés, y luego se dio la vuelta y lo habló con sus compañeros un momento. Cuando le dio de nuevo la cara a Hércules, tenía una extraña sonrisa.
-De acuerdo, venid con nosotros-dijo-os llevaremos a Atlántica.
-Atlántica-repitió Lilo fascinada. Jim asintió inconscientemente. Claro, el reino de las sirenas. ¿Cómo no lo recordaba? Así que todo era cierto. Lo que significaba que… su rey también lo sería. Y contaban muchas cosas sobre él…
Los sirenos se colocaron a los lados del grupo e indicándolos por donde ir empezaron a nadar en dirección a una enorme pared rocosa que se veía al fondo. El trayecto fue corto pero fatigoso. Entraron por un estrecho corredor de rocas y avanzaron entre una larga pared de algas alargadas y verdosas que parecían cortinas. Jim vio varios cangrejos parecidos a Sebastián escalar por las paredes hasta sus escondrijos, y también muchos peces que volaban de un lado a otro.
Descendieron más y más por un retorcido túnel totalmente negro, que los sirenos iluminaron con sus lanzas. Finalmente llegaron a una larga caverna submarina, donde todos se posaron. El reflejo del agua del mar en la superficie rocosa hacia curiosas formas azuladas. Jim se acordó de sus semanas en la playa con su madre, Nanny y David. No estaba tan lejos del chalet de los Kawena. Solo a unas cuantas millas…
Los sirenos los guiaron por otro corredero hasta la salida de aquellas grutas: al final de ellas se veía una resplandeciente luz. Y efectivamente, cuando salieron de ella, se quedaron deslumbrados. Luces de todos los colores, aún más brillantes y saturadas que en los arrecifes, que venían de enormes construcciones que se mostraban enfrente suyo.
Atlántica era efectivamente como habían descrito, una ciudad submarina. En algunas cosas, recordaba a Suburbia. En otras, para nada. Los edificios eran muy altos y terminaban todos en largas agujas, que estaban llenas de ostras, lapas y anémonas multicolores. De todas las construcciones salían luces resplandecientes, y por ellas en vez de coches nadaban todo tipo de peces de un lado a otro. Había peces enormes, Jim vio en la lejanía una ballena, delfines, mantas rayas, rorcuales, pulpos, peces espada, globo, luna, payaso y más. Era impresionante verlos a todos nadar de un lado a otro en medio de un sorprendente bullicio. Los colores de los peces, también brillantes, se confundían y cegaban con los de la ciudad. Jim sabía que corría peligro de muerte. Sabía que Ariel no estaba, y que quizás pronto él tampoco. Pero aun así… aun así no pudo evitar sonreír ante aquel deslumbrante espectáculo. Mirando a Aladdín a su lado, vio que él también estaba impresionado. Y Lilo simplemente tenía los ojos como platos, y la boca muy abierta. ¡Con lo que a ella le gustaba el mar, y las sirenas!
-Sabía que existía…-susurró la niña-Nanny me dijo que era un cuento.
-Si… también pensaba yo eso-admitió Jim.
-Como debe ser-dijo uno de los sirenos, dándoles un leve golpe-avanzad, humanos.
-Eh, te me calmas-le advirtió Jim señalándole su pistola. La espada, al igual que Hércules y Merlín, se la había encajado en una pequeña hendidura que el traje tenía en su espalda, como si fuese un guerrero ninja. La verdad era que estaba cada vez más cerca de serlo.
-Vamos…-el capitán de los sirenos los guió por las calles de Atlántica rápidamente, apenas permitiéndoles ver nada. Había tiendas en idioma Atlante, que llevaban las sirenas. Jim creyó reconocer algo parecido a una heladería pero con gelatina de babosa marina, que los peces hacían cola por tomar.
-Capitalismo submarino… interesante-comentó Merlín rascándose la barba.
-Venga ya…-Hércules observó una enorme ballena que pasaba cerca suyo y abriendo su boca dejaba salir a un montón de peces como si se tratase de un autobús.
La mayoría de peces sin embargo se paraba y abrían sus pequeñas (o a veces muy grandes) bocas al ver pasar al variopinto de humanos enfundados en monos negros que sus valientes soldados llevaban. Era todo una escena tan surrealista, de sueño, que a Jim le costaba asimilarlo. Los peces los rodeaban, algunos llevaban adornos en su cuerpo, y también los sirenos y sirenas. Y las sirenas… Jim se mordió el labio al comprobar que no llevaban sostén. Cientos de mujeres increíblemente hermosas con aquellas largas colas ondeando en el mar, y unos enormes y deliciosos pechos rosados moviéndose agitados por la corriente. Joder… eran bellísimas. Pero aquellas enormes tetas… le recordaban a las de alguien…
-Claro…-Jim agachó la cabeza. ¿Cómo no lo había entendido antes? Tantas horas en su bañera… no tenía ni idea de nada de su mundo… ¿pero cómo…? ¿y dónde estaba ahora?
"A lo mejor ha vuelto a ser una sirena…-se aventuró él. Tenía sentido, más o menos-quizás no esté lejos de aquí"
-Joder…-Aladdín señalaba a lo que debía ser el palacio de Atlántica. Jim había visto el palacio de la zona roja y el de la zona blanca, pero ninguno de ellos tenía nada que envidiar a aquel. Sus largas agujas llegaban hasta muy alto, y resplandecían con colores dorados que teñían el agua a su alrededor. Había muchos soldados sirenos en la entrada y las ventanas, nadando mientras sujetaban con firmeza sus armas. La patrulla que llevaba a Jim y al resto se detuvo en la entrada un momento.
-Llama a Dory-le dijo el capitán de la guardia al joven sireno que había empujado a Jim antes. Este se apresuró a obedecer, nadando al interior del palacio. Los sirenos nadaban mucho más rápido que ellos, pese a tener el poder del traje-bien, humanos, esto es un asunto de estado. Y eso significa que el rey os recibirá ahora mismo-dijo-preparaos para lo que sea.
Jim miró a Aladdín y luego a Hércules, que mantenía firmemente sujeta su espada. Claro que estaban preparados. Pero de verdad que sentía curiosidad por saber lo que iba a venir.
¿Y dónde estaba ella?
Siguiente misión. ¿Os esperabais al villano? No sé por qué, me da que Merlín va a empezar a competir con Rourke por el puesto del más odiado. Los personajes en este fic no son siempre como en las películas (out of character).
La historia de Lady Tremaine ha sido de mis favoritas de escribir, no la tenía muy pensada, y me ha sorprendido hasta a mí mismo. Un personaje verdaderamente interesante, camina encantada por la senda del mal, pero con los acontecimientos de su vida y las personas que la han dañado creo que a veces podemos hasta entender lo perversa que es. También me han encantado sus dos hijas, me río mucho escribiendo sus diálogos.
En fin, espero un review como siempre y mi más sincero cariño a todos los que leéis, sois estupendos, de verdad, y si esta historia me gusta tanto es gracias a vosotros.
