CAPÍTULO XXI
DUST IN THE WIND

«Same old song, just a drop of water in an endless sea
All we do crumbles to the ground though we refuse to see»


—¡Vamos, James, tronco!

Estaba que me subía por las paredes.

Escuché ruido en el salón y fui corriendo lo más rápido que me permitieron los pies. Las chicas acababan de llegar.

—¡Lily y Dorcas están aquí! —grité. Después me abalancé sobre ellas—. Ya veréis. Mi tío Alphard…

—Nos va a encantar, ya lo sabemos —interrumpió Dorcas.

Alphard Black: el hermano de mi madre y uno de los únicos Black que merecía realmente la pena. Siempre fue el tío guay: el que te compra el regalo más caro para tu cumpleaños y el primero en dejarte probar el whisky de Fuego. Cuando se enteró de que me había marchado de casa —o más bien de que me habían echado—, les mandó a todos a tomar por culo definitivamente. Si ya se le habían hinchado las pelotas con el tema de Andrómeda, aquello fue la gota que colmó el vaso.

Por aquel entonces vivía en una casa en Sheffield y, tras un par de cartas, habíamos quedado en que iría a verle el último día de vacaciones con unos colegas.

—Joder, Sirius, eres un pesado. ¿Lo llevas todo?

—Sí, claro.

—Sabes que nos vamos derechos a Hogwarts, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y no te olvidas de nada?

—No.

—Luego llorarás porque te has dejado alguna gilipollez.

—¡Oye! —protesté— No fue por el bate… ¡Y no lloré! ¡Y no es una gilipollez!

—Vale, vale, matrimonio —intervino Lily—. Y hola, James. Yo también me alegro de verte.

La chica se acercó y le besó. No me acostumbraba a que Lily y James estuvieran saliendo. No es que me molestase, pero… era raro.

Vale, quizás sí me molestaba un poco.

—Si quieres nos podemos magrear nosotros también —le propuse a Dorcas. Ella se rio y me dio un suave golpe en el brazo.


Entre unas cosas y otras nos dieron las cinco. Yo fui el primero en entrar en la chimenea y, tras una llamarada verde y el viaje por red flu más largo de mi vida, aparecí en un salón poco iluminado, con paredes de piedra y sin demasiados muebles.

—¿Quién anda ahí?

Escuché el suelo crujiendo bajo los pies del hombre que entraba en el salón, varita en mano y cara de malas pulgas.

—Soy yo: Sirius.

—¿Qué te regalé por tu decimotercer cumpleaños? —dijo sin bajar el objeto, estrechando la distancia que nos separaba.

—Una máquina de tatuajes no permanentes.

—Bien. Lo siento, hijo —Se acercó y me dio uno de esos abrazos que podrían romper costillas—. Corren tiempos oscuros, ya lo sabes; toda precaución es poca —Se alejó tras propinarme una colleja de regalo.

La casa de Alphard no era demasiado grande. Tenía dos pisos de concepto abierto conectados por un salón de techado alto. Las paredes estaban revestidas en piedra y el suelo era de madera oscura. Había cuadros, muebles antiguos y fotografías por doquier. Sin toda la iluminación artificial aquel era un sitio bastante lúgubre.

Cuando estuvimos todos, Alphard se apresuró a cerrar la chimenea.

—Estos son Lily, Dorcas y James. Chicos, este es mi tío.

Me paré a observarle. Los años no pasaban en balde. Seguía usando la misma ropa que en su juventud y los botones del chaleco amenazaban con saltar en cualquier momento. Vestía con unos pantalones negros y unas botas militares; la camiseta dejaba ver ambos brazos tatuados. La verdad es que, acostumbrado a verle en traje, aquella imagen se me antojaba casi grotesca.

—¿Te has hecho un pendiente? —pregunté.

—¿Por qué? ¿No te gusta?

—De hecho estoy pensando en copiarte la idea.

—Venid, traed las cosas —Agitó la varita y nuestras maletas se levantaron un palmo del suelo—. Tengo un cuarto y el sofá; podéis repartiros como queráis. Os lo dejo todo en la misma habitación.


Después de un paseo y una carísima cena por el barrio, volvimos a la casa.

—¿Qué os sirvo?

A excepción de Dorcas, todos fuimos a por la cerveza. La niña era un poco especialita y no la podíamos sacar del agua. Alphard, por su parte, se sirvió un licor de color ámbar.

—¿En qué estás ahora, tío?

—Ahora… en nada y en todo. Estoy a ver si encuentro un gimnasio porque como siga así no va a haber quien me levante del sillón.

»¿Te acuerdas de esto?

El mayor de los Black se incorporó y tomó una de las fotografías que había sobre la mesita. En ella se podía observaba a un hombre que rondaría los treinta y pocos blandiendo una amplia sonrisa y, en sus brazos, un niño recién nacido.

—No me digas que éste es Sirius —se rio Lily.

—¿De verdad? ¿Va a ser el día de poner en evidencia a Sirius? Pensaba que serías mejor que eso.

La conversación siguió su curso. Charlamos sobre la infancia, pareció estar muy interesado por la educación muggle de Lily y sobre cómo nos habíamos conocido. Le hablamos de Peter y de Remus y del resto de nuestros compañeros. Él nos contó cosas de sus años en Hogwarts: de sus meteduras de pata, de sus conquistas, de sus castigos y, cómo no, de las consecuentes regañinas de mi abuela. Nosotros le enseñamos el mapa y me alegra poder decir que quedó completamente impresionado.

Todos estábamos posponiendo un tema que sabíamos que iba a surgir de un momento a otro.

—Y bien —dijo invitándonos a tomar asiento—, ¿hay rumores en Hogwarts?

—En Hogwarts siempre hay rumores —contestó la morena.

—¿Qué sabéis?

—Que «El-que-no-debe-ser-nombrado» es cada vez más fuerte. Algunos dicen que ha conseguido ser inmortal —continuó James.

—Pero eso no es posible, la inmortalidad no existe; sería el tesoro más codiciado de… de la humanidad —intervino Lily.

—Que «quien-vosotros-sabéis» sea inmortal o no, quizás sea en este momento el menor de nuestros problemas. Puede que su inmortalidad ni siquiera merezca la pena. Está reuniendo un ejército —confesó Alphard—. Tal vez no necesite toda la eternidad para cumplir su objetivo.

—¿Y cuál es su objetivo? —pregunté.

—No lo sé —Alphard se levantó del sillón y comenzó a dar vueltas por la habitación. Fruncía el ceño y daba pequeños sorbos a su bebida—. Nadie lo sabe, solo podemos suponerlo. ¿Poder? ¿El control del mundo mágico? ¿Una raza de magos y brujas de sangre pura y perfecta? —Chasqueó la lengua, pensativo— No lo sé —repitió—. Simplemente andaos con cuidado, con mucho cuidado. No confiéis en nada ni en nadie, rodeaos de gente de confianza, fuerte en espíritu. Los malos tiempos corrompen almas.

Pasamos la noche en vela, preocupados por un futuro que no podíamos controlar y que siquiera éramos incapaces de imaginar. Aquella conversación marcó un antes y un después en mi vida. Crecimos de golpe, siendo demasiado niños para aquel loco mundo de adultos en el que la inminente guerra nos estaba haciendo vivir. Empecé a tener miedo, empecé a tener pesadillas. A partir de esa noche empecé a perder. A perder todo lo que me importaba, a perder a mi nueva familia. Alphard murió una semana después, legándome toda su fortuna. La suya fue la primera de muchas muertes. Él fue el primero de los muchos a los que no pude decir adiós.