Spirit in the sky (Keiino, versión a piano de Virginia Anton)


Las horas que estuve encerrado en el salón de estar se hicieron casi tan eternas como las que pasé en las trincheras en los años 10. Cuando pienso que fue una simple adolescente quien me tuvo preso tanto tiempo...

— Mierda, ¿por qué tardan tanto?...

Sarah tampoco lo pasó bien. A medida que iban pasando los minutos, y esos minutos se convertían en horas, y no llegaba la ayuda que esperaba, se iba poniendo más y más nerviosa. La vi tomar su móvil y hacer una llamada sin quitarme la vista de encima. Ni la pistola tampoco.

— Gilbert. Perdón, G. Soy Sarah. Sarah...eh...V. Si escuchas esto, tengo a Inglaterra en mi poder. En Downing Street. No sé cuánto tiempo tengo antes de que vengan a por él, así que...uh...si os podéis dar prisa...

— No he visto una planificación tan desastrosa desde Agincourt—así lo pensaba y así se lo dije. Pues se iba haciendo cada vez más patente que, aunque armada, no dejaba de ser una niña.

— ¡Tú cállate! ¡No tardarán en venir! Eso espero...

— Mira, niña, admiro que tuvieras el coraje de llegar hasta aquí, burlando a mi guardia, y encañonarme. Hay quien lleva siglos intentándolo. Pero no hay forma de que puedas ganar esto.

— ¡Qué vanidoso! Ahí fuera hay mucha más gente que prefiere patearte el culo a besártelo. Pero, claro, como estás todo el día en los barrios pijos, de gira por el mundo y en Buckingham, no ves más allá, ¿a que no? Es lo que has hecho toda la vida. Explotación infantil, machismo, homofobia, racismo, pobreza, intolerancia religiosa...Nadie te pasó el memorándum, ¿no? Tú vas a lo que vas y ya está.

— ¿Y a qué "voy" yo, si se puede saber?—pregunté, cruzándome de brazos.

— ¡Pues a lo que vais todas naciones, a codearos con los ricos, con los que os doran la píldora y los que son como vosotros! Los que se levantan todos los días de madrugada para sosteneros o se juegan la vida para entrar en el país y solo os piden un poco de comprensión no importan. Mi padre quedó incapacitado de por vida después de trabajar en la construcción desde los dieciséis, de levantar rascacielos, apartamentos de lujo, para que te luzcas en plan "mirad qué cosmopolita soy y qué Londres más bonito tengo". ¿Alguna vez te acercaste a darle las gracias? ¿Le diste un cheque? ¿A él, a los que limpian las alcantarillas, a los que te llevan en coche a todas partes, a los camareros de las conferencias? No. Y a todos esos historiadores que te lamen el culo con exposiciones sobre tus hazañas y esos concursos de "dibuja tu nación" y esas mierdas, a esos sí les prestas toda la atención del mundo.

— ¿Qué edad tienes?

— Quince. Ya sé, me vas a decir que soy demasiado joven para...

— No—la interrumpí—. Iba a decir que si tenías edad para trabajar, te contrataba para que me llevaras la agenda. ¡Lo que hay que oír! Para que te enteres, señorita, cada año doy becas a los estudiantes más desfavorecidos, colaboro en campañas de las organizaciones no gubernamentales...

— ¡Migajas!—protestó ella, cortándome—. ¡Todo el mundo sabe que tienes un patrimonio como el de la monarquía o incluso mayor! ¡Y como no trabajas y dudo que te siga durando el botín de tu época de pirata, ese dinero solo ha podido salir de un sitio! ¡Nosotros solo queremos lo que es nuestro!

— ¡Urgh! ¡Estás tan equivocada en todo que no sé ni por dónde empezar!

— Pero tú sí que puedes hacer asunciones como que la gente que está de acuerdo con el One World Nation son todos unos asesinos y unos tiranos en potencia, ¿no?

— Me estás apuntando con un arma.

— Ya te he dicho que no tengo intención de disparar si colaboras pacíficamente.

— Un mero elemento intimidatorio, ¿eh? No me lo trago. A la gente de Sealand sí la disparasteis.

— ¡Ya te he dicho que eso fue algo que...! ¡N-No sé! ¡Algo tuvo que haber salido mal! ¡Puede que dispararan ellos primero y...!

— ¡Estuve allí! ¡Lo vi todo! ¡Vi los muertos! ¡Vi a gente que solo estaba pasando un día en su casa! ¡Vi el vídeo de mi hermano pequeño, asustado, indefenso, antes de convertirse en polvo!

Involuntariamente, mi voz se quebró.

— ...Era un niño...

Ella me miró sorprendida, luego...no estoy seguro, pero diría que avergonzada. No me miró a la cara.

— ...Yo había oído...

Habló tan bajito que no entendí qué quería decir cuando habló la primera vez. Luego lo repitió en voz un poco más alta.

— Yo había oído que vosotros salís del mar, brotáis de la tierra como...setas o algo así...Que no tenéis ni padre ni madre, ni abuelos. No realmente. Vamos, que...que os llamáis "hermano" los unos a los otros porque eso os hace sentir más humanos. Menos solos.

— ¿Tú tienes hermanos adoptivos? ¿O eres adoptada?

— No. Pero mi mejor amiga sí tiene un hermano adoptado.

— Y ella lo quiere como si tuvieran la misma sangre, ¿no es así?

— Pues sí, pero...—sus gestos se relajaron. Incluso llegó a bajar la pistola—. Pero...¿es en serio? ¿Era tu hermano de verdad?

— Sí...Una plataforma abandonada al final de la Segunda Guerra Mundial. Uno de mis hijos se instaló allí y reclamó soberanía sobre el lugar. Sealand nació allí, y...

— Espera. ¿Cómo que hijos?

— Sí, bueno, solemos...llamar hijos a la gente que nace en nuestro territorio. Tú, al haber nacido aquí, eres hija mía.

Ella arrugó la nariz.

— No soy hija tuya. No tengo nada que ver contigo. ¿Y cómo sabes que yo...?

— Yo te he visto nacer. A ti y a tus antepasados. Toda vuestra vida he estado allí. Yo os he criado.

— Y una grandísima mierda. Estás chalado.

Estaba claro que no entendía, y yo me propuse hacerle comprender.

— Dame tu mano.

— ¿Eh?

— Dámela.

— Y una porra.

Se la tomé yo a la fuerza. Ella fue a soltar una exclamación, pero se quedó inmóvil, aturdida. Sus labios se movieron para pronunciar un "¿qué?" que al final murió en su boca. Vi cómo la piel de sus brazos se erizaba.

Gotas de lluvia repiqueteando contra el cristal de una casa. Un té humeante, que calienta los huesos (¿puedes saborearlo, Sarah? solías tomarlo mucho con tu abuela cuando ibais a visitarla a Brighton). Pero también hay rayos de sol entre las nubes. De eso están hechos mis cabellos. Nombres. Dickens, Shakespeare, Austen, Byron, Shelley, Tolkien, Christie. Hay muchos otros. Tantos que sería imposible mencionarlos, pero sabes quiénes son todos. Chaplin, Lennon, Nelson, Carter, Atkinson, Darwin, Newton, McKellen, Ramsey, Blake, Banksy, Cook, Drake, Hitchcock, Bowie. Mira mis ojos. Dicen que nací del mar (notas el frío del agua en tu piel, puedo sentirlo; también debes de oír el romper de las olas), pero en mis ojos podrás ver la campiña. Esas casitas de piedra en un mar de hierba verde. Los bosques, Sarah. Allí hay cosas ocultas. Hay algo en todas partes, para los que saben mirar. Eres joven aún, pero no es extraño para ti el olor de una pinta. Cuando seas mayor, quizás sepas lo bien que sabe una cerveza en una taberna después de un día de duro trabajo...

Sarah apartó la mano de sopetón. Me miró asustada. No quería que lo estuviera. No era mi intención.

— ¿Qué acabas de hacer?—preguntó con un hilito de voz.

— Eso es parte de lo que soy. Soy la suma de las sensaciones, las ideas y las vivencias de millones de personas a través de los siglos. Incluyéndote a ti. Yo soy parte de ti y tú eres parte de mí.

Retrocedió. Cuando estaba asustada, Sarah parecía la niña que en verdad era. Tardó en volver a dirigirme la palabra.

— No vuelvas a hacer eso nunca más. ¿Me has oído? Como vuelvas a...

— ¿Qué ocurre? ¿No querías eliminarme? Pues tienes que saber qué estás eliminando.

— Tenían razón. Sois monstruos.

— Quizás sí. Pero ¿y qué sois vosotros?—me acerqué a ella ahora que sus defensas estaban bajas—. Destruyendo la herencia de miles de años.

— ¡N-No te acerques!

No me disparó pese a que tenía el cañón apretado contra mi pecho. Le arrebaté el arma tras un forcejeo y comprobé por qué.

Era una pistola simulada.

Seré imbécil.

Pero ahí terminó la farsa. Ahora Sarah no era más que una chiquilla que se veía obligada a tratar de reducirme cuerpo a cuerpo, y ahí sí que tenía yo ventaja. Tengo miles de años a mis espaldas de lucha, mucho antes de que inventaran las pistolas, he peleado sin ayuda ni más recurso que mis puños. Simplemente no tenía nada que hacer. Ella intentó tirarme a la cabeza un jarrón regalado por China, pero la agarré y la reduje contra la pared.

— ¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer contigo?

Llamaron a la puerta, lo cual hizo que ambos diéramos un bote.

— ¿Señor Inglaterra?—era uno de mis guardaespaldas, Lance.

— ¿S-Sí?

— Ha llamado la señora Bélgica a propósito de una reunión urgente de los países. ¿Doy confirmación de su asistencia?—habló cautelosamente. Sabía que desde la muerte de Sealand llevaba tiempo recluido en mi casa, desentendiéndome de todo y de todos. Sabía que me pasaba el día hablando con los seres etéreos. Que había roto a propósito una o dos cosas.

Miré a Sarah. La vi aterrada. Se empezaba a dar cuenta de lo que acababa de hacer. Su vida se había ido a pique justo cuando comenzaba a vivirla.

Mas...

— ...Sí, por favor. Déjame terminar una cosa y ahora salgo a por los detalles.

No volvió a oírse a Lance. Me aparté de Sarah, abrí la puerta y me quedé allí sujetándola.

— Los entretendré. Si alguien pregunta, viniste a traer un paquete.

Sarah me miró con los ojos muy abiertos, sin decir nada.

— Pero...

— Vamos. No tienes mucho tiempo.

Siguió mirándome fijamente mientras hacía funcionar al fin su cuerpo y se encaminaba con pasos torpes hacia la salida.

Respiré hondo y me pasé una mano por el cabello.

Aquello me hizo comprender una cosa: como Sarah, había mucha gente a la que los del One World Nation Movement habían comido la cabeza, a la que habían hecho pensar que nosotros y solo nosotros éramos los culpables de todo lo malo que ocurría en sus vidas. Que había que eliminar el pasado incómodo para crear un futuro mejor. Había visto eso muchas veces antes, y volvía a ocurrir. La humanidad simplemente no aprende. Pero no es culpa de quienes solo quieren que las cosas cambien.

Y esa chica...

Nada más salir por la puerta ya deseaba verla otra vez.

«Ya sé, me vas a decir que soy demasiado joven para...».

Se parecía tanto a Peter...