Capítulo 23.
16 de octubre.
La luz del alba despertó a Gino cuando ésta finalmente alcanzó su rostro a través de las suaves cortinas del ventanal. Hernández se incorporó en la cama, confundido por no saber bien en dónde se encontraba, hasta que reconoció la familiar habitación que lo había estado albergando durante los últimos días; sin embargo, continuaba sin saber muy bien qué hora era, ni cuándo se había quedado dormido; al sentarse y poner los pies en el suelo, el joven volvió a experimentar una oleada de náuseas.
"¿Cómo es posible que tenga náuseas si no he ingerido alimentos?", pensó.
Durante el transcurso de la madrugada, Gino había estado despertándose en varias ocasiones, dando vueltas por largo rato en la cama, no se había querido levantar para no despertar a su compañero, pensando que su insomnio era consecuencia directa de sus malestares y que una vez que éstos pasaran, él podría conciliar el sueño, pero al final había fallado miserablemente en el intento pues su mente tenía demasiados pensamientos rondando dentro de ella sin dejarlo descansar, demasiadas situaciones que se habían escapado de sus manos y ahora parecían estar prácticamente fuera de su alcance e imposibles de resolver, lo que lo hacía sentirse estúpidamente culpable por todo lo sucedido y por todo lo que había salido mal.
El portero ocultó su rostro en su mano izquierda, en un intento de calmar las náuseas, pero los movimientos con sus manos eran aún demasiado torpes por lo que no se pudo acomodar, prefiriendo mejor forzar su respiración al inhalar profundamente, cerrando los ojos un momento para que el malestar pasara al retomar un ritmo de respiración más regular. Gino continuaba con esa expresión de arrepentimiento que la trasnochada no le había podido quitar, por lo que pensó que la salida no había servido absolutamente para nada. Una vez que el malestar pasó, abrió nuevamente los ojos y miró hacia la otra cama, esperando encontrarse con la tosca espalda de Salvatore, por lo que se sorprendió mucho de ver en su lugar a una silueta mucho más agradable para su vista; Hernández se había olvidado que esta vez era Erika quien le hacía compañía durmiendo dulcemente en la otra cama, y no su molesto acompañante habitual.
El portero contempló silenciosamente el cuerpo de la pasante, acariciando con la mirada cada una de sus curvas y mirando con mucho detenimiento sus facciones; recorriendo con la mirada lo que sus manos no podían tocar y tuvo que hacer un gran esfuerzo por no levantarse de su asiento e ir al lado de aquel hermoso cuerpo que le llamaba. Desde que Gino había vuelto a ver a Erika, el deseo de estar con ella se estaba haciendo cada vez más fuerte y no podía negar que su simple cercanía encendía sus instintos más primarios por lo que no sabía cuánto tiempo más podría continuar así.
"¡Qué cosas me haces pensar y sentir!", suspiró, apartando la mirada.
En ese momento, Erika se despertó y al ver a Gino sentado frente a ella en la otra cama, se incorporó de inmediato, sentándose y sonriéndole con mucha ternura.
- Buenos días.- le comentó ella-. ¿Cómo estás?
- La verdad, destrozado.- respondió Gino, sinceramente, al girarse para mirarla de nuevo e intentando sonreírle también-. En más de un sentido.
Sabía bien que con ella no tenía que mantener un tono alegre u optimista, podía darse el lujo de estar triste, decepcionado y desmoralizado, e incluso amargado, y ella lo aceptaría y comprendería sin reclamarle nada.
- Tuvimos mala suerte.- comentó ella, levantándose de la cama para sentarse junto a él-. Pero hay que aprender de estos partidos, porque una vez que te recuperes tendrás nuevamente la oportunidad de volver, serás mucho más fuerte que antes y en ese momento demostrarás lo que en realidad vales.
"Mala suerte", pensó Gino, sonriendo ligeramente.
Para un italiano promedio esa podría ser la solución más simple a todo lo que les sucedía, pues no era desconocido para nadie que los italianos solían ser tan supersticiosos como fervientes religiosos o por lo menos ésa era la creencia general; pero en el fondo Hernández sabía perfectamente bien que se había jugado demasiado mal como equipo y que ésta era la razón del fracaso de la selección y no la mala suerte. La respuesta era tan simple como que el equipo no se había podido coordinar ni dentro ni fuera del campo, pero Erika sí tenía razón en algo y era en decir que había que analizar y aprender de los fallos que se tuvieron en este torneo para después regresar más fuertes que antes.
- Todo estará bien, tu carrera apenas comienza.- continuó diciendo la pasante, al no recibir respuesta por parte del portero, mientras le acariciaba el hombro-. Eres aún muy joven, por lo que ya habrá muchas más oportunidades para ganar.
- Pero aún duele y mucho.- comentó Gino, suspirando con tristeza, con la cabeza gacha y refiriéndose no precisamente a sus lesiones.
- Eso lo sé bien.- respondió Erika, abrazándolo con fuerza y haciendo que el portero recargara su cabeza sobre su hombro-. También a mí me duele.
- Debí haber insistido más.- comenzó a decir el portero, cerrando sus ojos-. Debí pedirle al entrenador que me dejara entrar a jugar en el segundo tiempo, quizás así...
- ¿Para que terminaras fracturándote completamente el brazo como lo dijo el Dr. Lucchetti?.- reclamó Erika, interrumpiendo a Hernández e indignada por el comentario-. No digas tonterías, si ya de por sí tu hueso está fisurado.
- Sé que tienes razón en lo que me dices.- comentó el joven, separándose de ella para mirarla a los ojos y aceptando la realidad-. Pero es sólo que….- suspiró-. Es un poco difícil de digerir...
- Eso lo sé.- respondió Erika, volviéndolo a abrazar.
Gino se dejó envolver nuevamente por ese cálido contacto que lo hacía estremecer pero que al mismo tiempo le hacía sentir que las cosas podrían estar mejor; él dejo que su mente se perdiera en el vacío por un momento, aspirando el dulce aroma de la pasante y luego de un rato, Erika pudo notar que Gino estaba un poco más sereno y relajado, por lo que aprovechó para reclamarle por lo sucedido la noche anterior.
- Por cierto, ¿qué demonios estabas pensando cuando decidiste irte a beber a un bar?.- le reprendió Erika, separándose del portero-. El Dr. Lucchetti te dijo claramente que eran medicamentos mucho más fuertes y controlados, y que tenías que tener cuidado con ellos, ¿acaso no le pusiste atención?
- La verdad no pensé en ello.- se disculpó Gino, realmente apenado-. Lo siento, sé que cometí una estupidez.
- Por lo menos lo admites.- Erika suspiró, resignada-. Espero que no lo vuelvas a repetir, por tu propio bien.- comentó, con una ligera sonrisa-. Me da gusto ver que ya estás mejor, por fortuna paraste a tiempo.
- No lo volveré a hacer, tenlo por seguro.- respondió Hernández, devolviéndole la sonrisa.
- Bien, entonces bajemos a desayunar.- comentó la pasante, levantándose de su lugar para dirigirse rumbo a la puerta.
- Mmm, no lo sé, aún siento algo de náuseas.- comentó Gino, dudoso.
- No voy a aceptar un "no" por respuesta.- comentó la joven, mirando al portero fijamente-. Irás y desayunarás conmigo y así podré comprobar que efectivamente comas algo.
- ¡Está bien! Como digas.- respondió Hernández, con una sonrisa genuina-. Vamos entonces.
Ambos jóvenes se dispusieron entonces a bajar al comedor y fue cuando el portero nuevamente agradeció el tener a Erika tan cerca de él.
Campo de Entrenamiento de la Selección Juvenil Italiana.
El equipo se encontraba en la sesión de entrenamiento en el campo de fútbol cercano al hotel; a pesar de que los ánimos eran bajos pues se sabían eliminados, el entrenador no había disminuido para nada el ritmo de trabajo, por lo que la práctica continuaba de la manera habitual, con excepción de que el entrenador Santoro parecía estar cada vez de más mal humor por las constantes fallas de los jugadores.
Salvatore se encontraba en ese momento a lado del campo de juego, sobre el área que se extendía al lado de las bandas y en uno de los extremos del campo; miraba con mucho fastidio como los jugadores erraban todos los pases y tiros que efectuaban, era evidente que el equipo parecía no dar una ese día pues fallaban en todas las técnicas que el entrenador indicaba, logrando que éste enfureciera aún más y por ende les gritara sin cesar. Al ver la práctica, Gentile deseó poder ingresar al campo, quitarles el balón a sus compañeros y demostrarles, no sin arrogancia, cómo es que se tenían que hacer las cosas.
Pero tanto el entrenador Santoro como el Dr. Lucchetti continuaban negándose a que él se reincorporara a los entrenamientos con el resto del equipo; cada vez que Salvatore solicitaba el permiso, siempre le decían que aún no podía hacer esto o aquello y él creía firmemente que sólo eran puras exageraciones pues se sentía capaz y en perfectas condiciones de volver a jugar, por lo que a su punto de vista eran completamente innecesarios los ejercicios de rehabilitación que le habían indicado hacer con Fabio para acelerar su recuperación y, por ende, era que él se negaba a realizarlos. La situación con el líbero se había vuelto una pelea entre médico y paciente a ver quién cedía al final pero en este momento el galeno llevaba la ventaja pues mientras él no aceptara Santoro no tomaría a Gentile en cuenta para nada, lo que hacía enfurecer aún más al defensor italiano.
Para liberar un poco de su frustración, Salvatore tomó un balón que se encontraba cerca y comenzó a jugar con él, haciéndolo elevarse con el pie y dominándolo con destreza, primero con la cabeza, luego con la rodilla para nuevamente llegar al pie y reiniciar el ciclo. El italiano pronto se concentró en su actividad, mostrado un estilo sobrio y hasta cierto punto elegante a la hora de tomar y dominar el balón, teniendo una conexión única y diferente con éste y como sólo pocos podían tenerla. Gentile se desconectó por completo de lo que sucedía a su alrededor, en ese instante sólo era él y el balón en sus pies, olvidando sus problemas por un momento, sin importarle nada más que el ahora y su amor por el soccer, siendo en ese instante en que se podía apreciar el por qué él era tan bueno en la cancha. Pero el encanto se rompió al sentir una punzada de dolor atravesar su rodilla, haciendo que perdiera la concentración y ya no le fuera posible alcanzar el balón, el cual cayó al suelo consiguiendo que Salvatore maldijera al verlo rodar lejos de él.
"¡Maldita Sea!", pensó, al tiempo en que comenzaba a caminar por la banda como un león enjaulado de muy mal humor.
Erika se encontraba sentada a las afueras de la cancha, muy cerca de la línea media del campo, en donde se entretenía enrollando algunos vendajes y llenando algunos documentos pendientes que el Dr. Lucchetti le había encargado, mientras el entrenamiento proseguía su curso con relativa normalidad. La joven tenía una visión perfecta de lo que sucedía en el campo por lo que pudo ver cómo Gino se acercó a Franco, quien se encontraba en la portería a su derecha, y luego llamó a los defensas para que se acercaran también a él. Hernández, como buen italiano que era, comenzó a gesticular con su mano izquierda al tiempo en que les hablaba y a juzgar por las expresiones de Gino, Erika pensó que se encontraba dándoles algunas indicaciones de cómo mejorar en su juego pues también intentaba señalar el campo.
Ella veía cómo Gino intentaba aparentar que todo se encontraba bien, mostrándoles a sus compañeros una actitud solícita y amigable, dispuesto a ayudarle en cualquier cosa que necesitaran e intentando demostrarles que no pasaba nada y que aún había cosas por las cuales luchar; pero la pasante conocía tan bien al joven que sabía perfectamente bien lo que él sentía realmente en ese instante y podía percibir en cada mínimo movimiento la frustración que intentaba ocultar. La joven pareció haber atraído la mirada del portero pues en ese instante Gino se giró para ver a Erika en una de las tantas miradas distraídas que solía darle desde hacía días, sus miradas constantemente se atraían y se cruzaban provocando que sus corazones se aceleraran con el contacto visual y creado una euforia que sólo ellos podían explicarse, miradas en las que ella le alentaba a seguir y en las que él le agradecía el apoyo incondicional. Y fue en ese instante cuando Salvatore se acercó a la pasante, distrayéndola de su objetivo.
- ¿Dormiste bien?.- preguntó Erika, distraídamente.
- Yo sí.- respondió Gentile, con sorna-. Pero no sé qué tanto habrán hecho ustedes dos en mi cama.- se burló.
- No sé lo que tu sucia mente esté pensando que pudo haber pasado, pero te recuerdo que Gino no se encontraba en condiciones de hacer nada similar.- respondió Erika, ofuscada-. Así que, para tu conocimiento, no pasó absolutamente nada que no fuera que él se sintiera mejor.
- Eso mismo es lo que digo, eso lo habría hecho sentir mucho mejor, ¿no crees?.-continuó Gentile, con su burla.
- Eres un verdadero idiota.- respondió la pasante.
- Si tú lo dices.- comentó Salvatore, encogiéndose de hombros.
- ¡Por supuesto que lo digo! Porque lo eres.- exclamó Erika-. Y si no crees en lo que te dije también puedes ir a preguntarle a Gino, para que salgas de dudas.- agregó.
- No, porque si lo hago es seguro que me rompe la cara con la férula.- respondió Salvatore, mirando al portero.
- ¿Qué?.- cuestionó Erika, quien creía no haber entendido del todo el comentario hecho por el defensor-. ¿De qué me perdí?
- ¡Nada, olvídalo! ¿Me puedes reacomodar el vendaje?.- cuestionó Salvatore, cambiando de tema.
- Por supuesto que sí, siéntate.- respondió Erika, a lo que Gentile obedeció.
Erika comenzó a deshacer el vendaje de la pierna de Salvatore para luego volvérselo a colocar y mientras estaba realizando esta tarea, la pasante recibió una nueva llamada de Gianluigi, esta vez a su celular.
- Hola Gigi, ¿cómo estás?.- comentó la pasante, al responder la llamada y colocarla en altavoz para continuar con su labor.
- ¿Sabes de casualidad en dónde se encuentra Gino?.- preguntó el italiano, sin rodeos-. Estoy intentando comunicarme con él desde hace rato y no me ha respondido ninguna de mis llamadas ni mensajes, ¿en dónde carajos se metió?
- Pues yo lo veo como a unos cincuenta o sesenta metros de distancia de mí y al parecer sigue con vida.- respondió Erika, con burla-. Tranquilo, de seguro olvidó el celular en el hotel y por eso no responde.
- ¡Mmm! ¡Cuando no!.- se escuchó bufar a Gianluigi, para luego continuar más tranquilo-. En fin, le hablaba para saber cómo estaba todo por allá, me enteré de lo sucedido en el segundo partido y quería ver como andaba en lo físico y lo moral.
Erika suspiró y miró cómo a lo lejos se encontraba Gino con Alessio, quien le estaba ayudando a realizar ejercicios para reducir al mínimo la rigidez en el brazo, la mano y el hombro, y los cuales Hernández debía hacer mientras usara la férula y el cabestrillo.
- Las cosas han empeorado, prácticamente estamos fuera del campeonato.- contó Erika, con cierta preocupación en la voz.
- En verdad que siento mucho lo de la eliminación.- respondió Gigi, con verdadera empatía-. Me imagino que no han de sentirse muy bien, ¿verdad?
- El ánimo está muy bajo por acá.- respondió Shanks.
- ¿Y él? ¿Cómo anda?.- inquirió el italiano, con cierta angustia.
- Mm, es difícil decirlo.- contestó Erika, con un suspiro-. Sólo espero que aquellos días en París no se vuelvan a repetir.
A través de la bocina del celular se escuchó a Gianluigi suspirar con pesadez para luego quedarse callado durante algunos instantes antes de continuar.
- ¿Piensas que llegará a ese nivel?.- inquirió Gigi, dudoso-. La verdad yo lo dudo, las situaciones son completamente diferentes y no creo que nada se pueda comparar a eso, pero si ves que las cosas empeoran avísame, quizás tenga que ir a Japón.
- Sé que no dudarías en venir con tal de ayudarle, pero quizás tienes razón y sólo exagero, espero que no sea necesario que hagas el viaje.- respondió la pasante.
Luego de algunos minutos más de conversación, Erika la dio por finalizada y cortó la llamada, para luego quedarse mirando la pantalla obscura del celular, inmersa en sus pensamientos. Salvatore, quien se había aventado toda la conversación como mero espectador y, habría que decirlo también, como chismoso, se encontraba en cierto modo sorprendido y bastante curioso al respecto.
"Ni Lucio ni Massimo dejarían jamás sus obligaciones sólo porque esté lesionado o me sienta deprimido por un encuentro", pensó Gentile, con tristeza.
- ¿Qué fue lo que sucedió en París?.- preguntó Salvatore, con curiosidad, luego de un instante en silencio.
Erika saltó sorprendida ante esa pregunta, Gentile la había sacado de sus pensamientos pues a pesar de que había continuado con su labor de manera metódica, la pasante se había olvidado de su presencia. Salvatore, al no obtener respuesta a su pregunta la volvió a repetir, logrando que por fin Shanks lo mirara.
- Lo siento, pero eso es algo que no me corresponde a mí decírtelo.- respondió finalmente la joven-. Si quieres saberlo tendrás que preguntárselo directamente a Gino y a ver si él te lo quiere contar.
Gentile ya no insistió, pero se dijo que en cuanto tuviera oportunidad, le preguntaría a Hernández para salir de dudas.
Hotel De Angelis.
Salvatore se encontraba recostado en su cama intentando mirar la televisión, pero nada de lo que pasaban en el dispositivo era de su agrado, quizás por el simple hecho de que no entendía ni una palabra de lo que se decía ahí, por lo que terminó apagando el aparato para disponerse a escuchar música en su reproductor; cuando él se levantó para tomarlo de su buró de noche, un escalofrío le recorrió la piel pues un frío viento atravesó en ese momento la habitación y Gentile recordó que la ventana del balcón se encontraba abierta, mirando hacia ella con el ceño fruncido.
"¿Por qué carajos no puedes cerrar la puerta?", pensó con hastío.
Gentile se levantó de su cama y se acercó al ventanal para luego salir a la terraza y, una vez estando afuera, sintió el helado aire azotarlo sin piedad.
No sé cómo carajos puedes soportar estar aquí afuera.- comentó Salvatore, cubriéndose los brazos con sus manos y frotándolos para entrar un poco en calor.
Gino, quien había estado recargado sobre el barandal de la terraza desde hacía ya rato, se giró para mirar muy sorprendido a su compañero, pues no esperaba que éste se hubiera atrevido a salir.
- Me siento mejor estando aquí afuera que encerrado en la habitación.- respondió Gino, para luego volver a mirar hacía el horizonte, quedándose callado y generando con eso un denso silencio.
Salvatore vio a Gino ahí parado, recargado sobre el barandal mirando distraídamente la ciudad y pensó que si bien era cierto que ése no había sido el primer partido importante que perdieron como selección, pues habían tenido algunos mucho más importantes como lo fue la final de la Euro del año pasado, Gentile nunca había visto a Gino tan decaído por una derrota como se encontraba en ese momento.
- ¿Cómo están tus brazos?.- comentó Salvatore, en un burdo intento de acercarse al portero.
Sabía que era una pregunta de lo más estúpida pero de algún modo quería iniciar la plática y no se le ocurrió nada más que decir.
- Uhm, ¿qué puedo decir? Podrían estar peores.- respondió Gino, escuetamente y encogiéndose de hombros, pero sin apartar la vista de la ciudad.
Salvatore suspiró decepcionado pues el intento había sido un fracaso e trato de pensar en otro tema, recordando algo que acaba de ver en la televisión.
- ¿Sabías que Alemania venció con un abultado marcador d Colombia?.- comentó, queriendo iniciar la conversación en un terreno más cómodo para ambos.
- No es de sorprenderse, Schneider trae un gran equipo.- respondió Gino, sin mucho interés.
Gentile volvió a suspirar y esta vez mucho más frustrado, estaba considerando en serio la opción de dejar al portero solo y volver adentro pues el frío en verdad le estaba calando los huesos, pero justo cuando estaba por darse la vuelta para retirarse decidió sincerarse por una vez.
- Sé que no soy la persona más indicada para decir esto.- continuó diciendo Salvatore, después de una pausa-. Pero en verdad, si quieres hablar de lo sucedido…
Gino se giró para mirar a Gentile y en su expresión no había rastro de sarcasmo o burla, lo que sorprendió mucho al portero.
- Gracias.- respondió Gino, sinceramente-. Aunque creí que te molestaba todo este asunto del compañerismo.
- Podría ser.- respondió el líbero, con actitud desenfadada-. Sin embargo, podría hacer una excepción contigo.
- Salvo, en verdad lo siento mucho.- comentó Gino, de pronto, suspirando apesadumbrado-. Estoy consciente de que te pedí que confiaras en mí y en el equipo y que al final te fallé. Te prometí que lograríamos avanzar a la siguiente ronda y te dije que confiaras en los demás para que fueran ellos los que consiguieran que volvieras a jugar durante este campeonato y sé que al final no fue así.- comentó con voz baja y con la mirada hacia el horizonte para que el otro no viera el dolor en sus ojos.
- ¿Es en serio?.- preguntó Salvatore, incrédulo de lo que escuchaba.
Gentile no podía creer que Gino se hubiera comprometido a tal grado en una promesa que el no poderla cumplir le supusiera tanto malestar; no podía creer que Hernández estuviera tan abatido sólo por esa razón y se decía que debía haber algo más, y entonces pensó que en todo caso la culpa no era de él, ni de nadie más en particular, pero si había alguien a quien se pudiera culpar habría que decir que esos serían los demás, quienes supuestamente debían luchar por su sueño, por sus propios objetivos y quienes al final no habían podido hacerlo.
- No puedo creer lo que dices.- comentó Gentile, con un poco de rudeza en su tono de voz-. Tú fuiste el único que cumplió con esa promesa, capitán.
Gino se sorprendió mucho de que Salvatore le llamara capitán sin burla o ironía, por lo que no pudo evitar mirarlo directamente a la cara con gran asombro.
- En el partido anterior fue Valentino quien no pudo hacerse valer como capitán.- comenzó a quejarse Salvatore de sus compañeros-. Franco tuvo demasiados errores a la hora de montar la defensa y siempre terminaba confundiendo aún más a Fabrizzio con sus indicaciones.- continuó gesticulando con las manos sin parar-. Tanto Marco como Luciano no pudieron armar la ofensiva cuando era requerida y siempre terminaban fallando los pases y Valentino no supo indicarles qué hacer y tuvo que correr el doble de lo normal para cubrir todos los errores que cometían los demás, de puro milagro no terminamos con una goliza en contra.
- No fue tan malo.- comentó Gino, aunque en el fondo sabía que Salvatore tenía toda la razón.
- Valentino es un buen jugador, es sólo que como capitán aún le falta mucho por aprender.- continuó diciendo Gentile-. No es fácil ser tu suplente, lo mismo le pasó a Franco, que se puso tan nervioso de tener por fin la oportunidad de dejar de estar detrás de tu sombra que terminó jugando peor que una niñita de preescolar.
- Pues sí, pero ellos contaban con nosotros para ayudarlos y no lo hicimos, debido a que ya no pudimos continuar en el partido.- suspiró Gino, decaído.
- ¡No!.- exclamó Salvatore, molesto-. Creo que el problema radica en que han contado demasiado con que nosotros les facilitemos el trabajo y ahora ya no saben qué hacer cuando no estamos ahí.- agregó-. Un claro ejemplo fue la práctica que tuvieron el día de hoy, tú estuviste ahí y lo viste con tus propios ojos, fueron un completo desastre.
Gino ya no supo qué responderle a Salvatore y muy a su pesar tuvo que asentir, pues sabía que Gentile tenía razón en sus palabras; quizás era cierto que el equipo había necesitado de ellos, de esa complicidad y compenetración que había surgido entre los dos jugadores desde el mismo instante en que estuvieron en la cancha por primera vez, esa facilidad que tenían de entenderse sin necesidad de palabras y saber exactamente qué hacer con un simple gesto de cabeza o una mirada fugaz. Pero también era verdad que el resto del equipo había aflojado mucho, confiados siempre en que ellos estaban ahí para resolver la situación y ahora que no estuvieron el resultado había sido realmente nefasto.
- Supongo que tienes razón en lo que dices.- suspiró Gino, volviendo a mirar hacia el horizonte.
- Pues entonces deja de estarte culpando por cosas que no debes.- replicó Salvatore, con firmeza pero en voz más baja.
Ninguno añadió algo más a lo ya dicho y en vez de eso se quedaron contemplando la ciudad, con la esperanza de que esa callada complicidad les trajera el consuelo que necesitaban.
