-N/A: Hemos llegado al final. Muchas gracias por haberme acompañado y apoyado en todo el proceso, por haber tenido la paciencia de esperarme en mis hiatus y haber seguido leyendo a pesar de que no ha sido en ningún momento una gran historia de amor.
Por última vez, gracias a Vale Malfoy Black, hadramine, patchyillu, Hanya Jiwaku, Sally ElizabethHR, LuNaChocoO, Love'sHeronstairs, Andrea allam, Dafne Snape, Rachel Lopez, Effy0Stonem, Pao-SasuUchiha y LyraDarcyFoy por sus reviews. N/A-
Para AliciaBlackM.
EPITAFIO A UNA MENTIRA
xxviii. La cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar. (Isak Dinesen)
19 de septiembre de 2003
Hermione observa el paisaje que se extiende a sus pies mientras toma un sorbo de champagne. Se ha informado, y reservar el London Eye entero durante una hora cuesta más de lo que la gente normal creería, pero ¿qué son unas cuantas cientos de libras para alguien como Draco Malfoy?
―¿Más champán? ―pregunta él.
Hermione se gira hacia su novio y asiente con una sonrisa. Él llena su copa y deja la botella a un lado. Se acerca a ella, que se ha girado de nuevo para contemplar la puesta de sol, y la abraza por detrás. Hermione se obliga a mantener la sonrisa y cerrar los ojos, aunque en los últimos meses se ha acostumbrado a la presencia del hombre. En ocasiones resulta hasta reconfortante.
―¿Te gusta? ―le pregunta Draco.
Hermione se da la vuelta, de modo que las manos de él quedan en su cintura, y pasa los brazos por su cuello, con cuidado de no derramar la bebida burbujeante.
―¿Estar aquí arriba contigo? Claro que no. ―Lo dice con tanta seriedad que Draco se tensa, pero relaja los hombros cuando ve la sonrisa de ella. Una broma. Claro.
―¿Sabes por qué te he traído aquí? ―le pregunta. Hermione lo sabe perfectamente, pero decide hacerse la tonta y niega con la cabeza―. Tengo que preguntarte una cosa.
Le da un suave beso en los labios antes de soltarla y retroceder dos pasos. Se mete una mano en el bolsillo y saca una cajita de terciopelo verde. Hermione contiene el aliento al verlo hincar una rodilla en el suelo y abrir la cajita frente a ella. En el interior, un anillo con un diamante engastado reluce con los últimos rayos del sol. Se lleva las manos a la boca, una excusa perfecta para controlar el pánico que la está dominando y enmascararlo de emoción.
―Hermione Jean Granger, ¿quieres casarte conmigo?
Hermione abre la boca para tomar aire, pero vuelve a cerrarla, incapaz de articular palabra. Ve por la expresión de Draco que está empezando a impacientarse, así que asiente rápidamente con la cabeza un par de veces y consigue sonreír. Lo que no le sale son las lágrimas de felicidad, pero poco importa, porque él ya está deslizando el anillo por su dedo y besándola.
6 de agosto de 2007
Cuando Hermione despierta, lo primero que hace es mirar la hora: las siete y media de la mañana. Apenas ha dormido cinco horas, pero sabe que ya no volverá a dormirse, así que, con cuidado de no despertar a Draco, aparta su brazo para poder salir de la cama. Este masculla alto ininteligible entre dientes, pero la libera de su abrazo y se gira hacia el otro lado. Al ver que se le ha quedado la espalda desnuda al aire, lo cubre con el edredón cuidadosamente y se levanta.
Su pijama quedó desperdigado por el suelo la noche anterior, así que lo recoge, lo deja en su lado de la cama y abre el armario en busca de ropa que ponerse. Al final se decide por unos vaqueros y un jersey rosa de cuello vuelto. Podría bajar a desayunar, pero necesita respirar aire fresco y, sobre todo pensar. Y para poder pensar bien necesita moverse, así que se pone también calcetines y zapatillas.
Cuando baja, les deja una nota a sus padres para advertirles de que ha ido a dar un paseo y no se preocupen por su ausencia. Sale de casa y cierra con cuidado y, cuando ya está andando por la calle, se permite soltar un suspiro. Se deja llevar por sus pasos, sin pensar en nada en particular, hasta que llega al paseo marítimo. Aunque hace frío especialmente a esas horas de la mañana, se quita el calzado y se mete en la playa.
Solo cuando está sentada en la orilla, a una distancia prudencial de las olas, se permite dar rienda suelta a sus pensamientos. Se abraza las piernas y apoya la barbilla en las rodillas mientras rememora la noche anterior.
Draco y ella están en el salón, viendo una película. Sus padres se han ido a la cama hará más de una hora, pero ellos no tienen sueño, así que están en el sofá fingiendo interés por una comedia romántica australiana bastante mala. La cabeza de Hermione está apoyada en su marido, quien ha pasado un brazo por sus hombros y juega con uno de sus mechones de pelo. Hace unas semanas, esa situación habría sido inimaginable para ellos, pero desde que están en Australia, las cosas se han relajado bastante y pueden pasar tiempo juntos sin querer matarse. Hasta disfrutan de la compañía del otro, aunque ninguno de los dos lo admitiría en voz alta.
Sin embargo, la paz del momento se ve interrumpida cuando él se queda mirándola fijamente. Hermione se aparta un poco de su lado y enarca una ceja, interrogante.
—¿Qué pasa? —pregunta.
Él sigue callado, mirándola a los ojos. Y allí descubre un interrogante que no se atreve a formular, pero que lleva ahí los últimos días. Porque Hermione también lo siente, aunque no haya dicho nada. Es eso que los hace acercarse demasiado cuando están hablando y riendo, hasta que se dan cuenta y retroceden, avergonzados por el rumbo que estaban a punto de tomar sus pensamientos. Es la tensión que se acumula a veces en su habitación, cuando todavía no se han dormido. Y es lo mismo que ahora los hace mirar los labios del otro.
Draco es el primero en cortar el contacto visual; coge el mando de la tele, lo apaga y se levanta. Entonces se vuelve hacia su mujer y le tiende la mano.
—¿Vamos a la cama?
Hermione lo mira una última vez a los ojos antes de aceptarla.
Ahora, varias horas después y sola en la playa, Hermione se pone a reflexionar sobre lo ocurrido: no se arrepiente de haberse acostado con Draco, es algo que ha hecho muchas veces y que siempre le ha gustado, pero se pregunta si lo han hecho porque querían o impulsados por otra cosa. Quizás es una manera de despedirse de Australia, porque sus vacaciones terminan el día siguiente.
—¿No tienes frío?
Hermione no necesita girarse para saber que es su marido, quien la ha seguido hasta ahí.
—Un poco, pero me ayuda a pensar mejor —explica mientras él se sienta a su lado, en la arena—. Pensaba que estarías durmiendo como un tronco.
Draco sonríe, pero niega con la cabeza mientras observa el suave movimiento del agua.
—Yo ya no tengo noches de esas. Aunque últimamente duermo mejor —admite. Ella también. Tener a alguien al lado reconforta—. ¿Qué te preocupa? —le pregunta, mirándola ahora directamente.
Es el turno de Hermione de observar la marea. Se encoge de hombros.
—Nada. O todo, ya no lo sé. —Está muy confundida y ni siquiera sabe por dónde empezar a explicar por qué.
—Ya —responde él—. Es como si estuviéramos en un universo paralelo donde Inglaterra no existe. —A continuación, alarga el brazo para entrelazar los dedos con los de ella—. ¿No vas a volver, verdad?
Hermione se muerde el labio inferior. No es tonta, sabe que Draco se ha dado cuenta de que su rostro se ensombrece cada vez que hablan de volver a casa. Pero ¿qué es casa para ella? «Casa» desapareció cuando murió su hijo y todavía no sabe a qué otro lugar puede llamar así.
—No puedo —termina susurrando. Una lágrima cae por su mejilla, pero parpadea rápidamente para evitar empezar a llorar.
—Supongo que es lo mejor —dice su marido. Suena triste, pero convencido de sus palabras—. Demasiados fantasmas.
—No podemos hacer como que nada ha pasado. No podemos llevarnos Australia con nosotros.
—Una lástima. Me gustan más estos inviernos —bromea.
Ella ríe, pero otra lágrima le moja el rostro. Le da un suave apretón en la mano; aunque está frío, ya se ha acostumbrado a esa temperatura y le parece la más normal del mundo.
—Podrías quedarte —sugiere, aunque sabe antes de que las palabras abandonen sus labios cuál será la respuesta.
—No, no puedo —responde Draco. Y es verdad—. Mi lugar no está aquí. Además, no es como si fuéramos a conseguir que esto funcionara.
Otra cosa que es verdad, porque se han hecho mucho daño y se han odiado mucho en demasiado poco tiempo como para ahora fingir que nunca ha pasado y que pueden tener una relación sana. Y tampoco es que se quieran, es simplemente que han pasado por tantas cosas juntos que los une un vínculo difícil de romper.
—Quién sabe. Quizás en otra vida.
Hermione y Draco se miran antes de inclinarse hacia el otro. Es curioso, pero el beso más significativo que han compartido nunca sabe a despedida.
31 de diciembre de 2008
A pesar de que no ha querido en ningún momento asistir a la estúpida fiesta de Nochevieja del Ministerio, Draco va vestido como si fueran a dar un premio al mejor atuendo. En realidad lo hace por Pansy, que lo ha amenazado con retirarle el título de padrino de su hijo Arthur si se atreve a no presentarse. A ella tampoco le apetece ir, pero su suegra le ha rogado que vaya para así al menos conocer a alguien. Desde que Pansy hizo las paces con Molly, la mujer la trata como a una hija, tanto que hasta Ginevra se lo ha reprochado en alguna ocasión.
Cuando la pajarita queda lo bastante recta como para no encontrar ningún fallo en el espejo, Draco se pasa una mano por el pelo para recolocar algunos mechones y sale de su habitación. Mira su reloj de muñeca y maldice por lo bajo cuando ve que llega tarde. Pansy va a matarlo, está seguro. Se aproxima a las escaleras con paso apresurado, pero un elfo irrumpe en su camino.
—Señor… —empieza, pero Draco levanta una mano para hacerlo callar y lo rodea, bajando las escaleras a toda prisa.
—Sea lo que sea, puede esperar a mañana, Mocsy.
—Hay… una persona en la biblioteca, señor. —El elfo parece reticente a hablar, o más bien no sabe cómo dar la noticia.
—¿En la biblioteca? ¿Y la dejas entrar sin más? —le reprocha. Como la criatura no responde, suelta un bufido de exasperación y se dirige adónde se supone que lo esperan—. Esto me pasa por ablandarme —musita por el camino.
Cuando llega, la habitación parece en calma, tanto que su visitante parece fundirse con las estanterías repletas de libros. Quizás esto es porque antes era la parte de la casa donde pasaba más tiempo y más disfrutaba.
—Hay algunos que antes no estaban.
Las primeras palabras de Hermione no son, definitivamente, las que habría esperado después de más de un año sin verse.
—Una biblioteca nunca es lo bastante grande —acierta a responder Draco. Entra en la estancia lentamente, como si temiera que un movimiento brusco la hiciera desaparecer—. ¿Qué haces aquí? —Se maldice por haber sonado demasiado brusco, pero ella no parece haberse ofendido cuando se da la vuelta para encararlo.
—¿Hay una fiesta, no? —Es entonces cuando Draco se da cuenta de que Hermione lleva un vestido de noche verde oscuro y se ha maquillado. No ha hecho nada con su pelo, cuyos rizos siguen tan rebeldes como siempre, pero es algo que al mago secretamente siempre le ha gustado. Hermione da dos pasos hacia delante—. He pensado que quedaría mal que tú fueras de traje y yo en vaqueros.
Draco frunce el ceño, aunque no puede evitar que una sonrisa empiece a extenderse por su rostro. Durante los últimos meses ha pensado en más de una vez pedirle que vuelva, pero su orgullo se lo impedía: quería que fuera ella quien regresara. No quería admitir que había veces en que la soledad era demasiada soledad. Especialmente después de acostumbrarse y apreciar su presencia durante las semanas en Australia.
—¿Por qué has vuelto? —Necesita saberlo. Inconscientemente, él también da dos pasos.
Su esposa se encoge de hombros y aparta la mirada, pero sonríe.
—Me ha costado, pero ya estoy bien. Y ahora que he encontrado un poco de paz, me he dado cuenta de que Australia no es para mí. Sé que hay partes que siempre van a ser dolorosas, pero mi vida está aquí.
Draco asiente. Él también hay cosas que nunca podrá olvidar, pero así es la vida. Si fuera perfecta, no sería vida sino una ilusión. Sus vidas siempre han estado plagadas de dramas, pulsos por el poder e intrigas, pero eso se buscaron y eso era lo que querían. Y puede ver en los ojos de su mujer que echa de menos todas esas cosas.
—¿Aquí? —Draco señala a su alrededor con las manos.
Hermione da un paso más.
—Es tan buen lugar como otro cualquiera para volver a empezar. Si sigo teniendo una habitación, claro —añade con cautela.
Ahora solo unos centímetros los separan. Draco inclina la cabeza para poder mirarla a los ojos. Sonríe lentamente y le roza una mano con los dedos. Después, se la toma y se la lleva a los labios, depositando un suave beso en el dorso. Después, le ofrece su brazo.
—¿Vamos a la fiesta entonces, señora Malfoy?
fin.
-N/A: ¿Qué os ha parecido? Os agradecería mucho que me dejarais un review con vuestra opinión. Y a vosotros, lectores fantasma, os lo agradecería doblemente, aunque sea esta vez. Me hacen muy feliz vuestros comentarios :D
Explicación de este epílogo: He decidido empezar con la mentira que lo inició todo y terminar con ellos siendo sinceros porque creo que es poesía narrativa (ok, no soy tan inteligente, es simplemente que me gusta cerrar ciclos). No sé si con este final satisfago a alguien más que a mí misma, pero después de todo lo que han vivido, necesitaría 20 capítulos más para hacer que se enamoraran. En vez de eso, he decidido empezar por algo simple: el aprecio. A partir de ahí os dejo en vuestras manos el futuro de los Malfoy.
Nos vemos en otro mundo, quizás en uno donde nuestra pareja favorita tenga más suerte y sea más feliz. N/A-
MrsDarfoy
