A pesar del regreso del aire acondicionado, seguía haciendo mucho calor. Se había duchado sin afeitarse y se había puesto zapatos de correr y una camiseta. Estaba limpio, pero la barba le daba aspecto descuidado, lo cual encajaba mejor con su humor.
Abrió la puerta, y se arrepintió enseguida. Era Hermione. La miró. Llevaba un vestido de verano que realzaba sus curvas y el pelo recogido encima de la cabeza. Unas gafas de sol ocultaban sus ojos. En la espalda llevaba una mochila negra pequeña.
— ¿Qué haces aquí? — preguntó él con brusquedad.
— Puede que no hayas tenido buenos padres, pero seguro que te educaron mejor que eso. ¿No vas a invitarme a entrar?
— Entra — él se pasó las manos por el pelo, pero se hizo a un lado. No tenía un buen día y no se sentía especialmente bien educado — ¿Qué haces aquí? — repitió.
Dejó la puerta entornada a modo de indirecta.
Hermione cerró la puerta y se subió las gafas de sol a la cabeza. Le brillaban los ojos.
Estaba radiante.
— Vengo a cobrarme una promesa.
Se acercó más, y el olor combinado de su perfume y de su cuerpo hizo que a él le resultara muy difícil pensar.
— Yo no te prometí nada.
— No fue una promesa exactamente, sino más bien una intención — ella se quitó la mochila y la sujetó con una mano. Lo miró de arriba abajo con malicia.
Draco no sabía qué pensar. Esa mañana la había dejado y ahora ella lo miraba como si fuera un polo en un día de calor. Y él sabía muy bien lo que hacía ella con los polos.
— ¿Has bebido? — preguntó.
La sonrisa de ella le subió la temperatura del cuerpo.
— Sólo café.
— ¿Y cuál es esa intención?
— Tú dijiste que, si conseguías a tu amor, sabrías qué hacer con ella — se acercó un paso más a él — Pues bien, estoy aquí y espero que me poseas como un loco durante una semana.
Aquello lo excitó en el acto. Draco sabía que tenía que sacarla de allí enseguida. Cuando se ponía a hablar así...
Tenía que mantener la cabeza fría.
— ¿Y por qué crees que tú eres ella? — era imposible que lo supiera; él no se lo había dicho a nadie.
— Dime que no lo soy — ella sacó una foto de su mochila y se la pasó. Era una foto de él, sorprendido en un momento de debilidad... mirándola — Convénceme de que esto es mentira — insistió ella.
Draco sabía bien el poder de una fotografía. ¡Qué ironía! Tantos años escondiéndose detrás de una cámara para que ahora lo desnudara una foto.
No podría convencerla de que no la quería. Pero sabía que ella no lo amaba de verdad. No era posible. Le puso las manos en los hombros y lo apartó de ella — Hermione, tú estás despechada. Es demasiado pronto. No me conoces bien.
— Está bien, creo que ya has sacado todos tus argumentos. Pues ahora me toca hablar a mí. En primer lugar, Harry me hirió en mi orgullo — le dio con el dedo en el pecho — tú me has partido el corazón. En segundo lugar, ¿para qué es pronto? El amor no tiene tiempo. Y tercero, no me digas que no te conozco.
Le tomó la mano y se la llevó a los labios.
— Te conocí cuando saliste al alféizar a por mi gato. Te conocí cuando me dabas la mano en la oscuridad y cuando cubrías a Harry. Te conocí cuando fuiste corriendo a ver a tus padres porque te necesitaban, cuando me secaste y me llevaste a la cama en brazos porque estaba muy cansada para moverme. Seguro que hay muchas facetas de ti que todavía no he visto, pero no me digas que no te conozco.
Draco quería creerla, pero sabía cosas que ella desconocía. Sabía que, cuando ella lo conociera, conociera el núcleo vacío dentro de él, no podría quererlo.
Apartó la mano y se alejó unos pasos.
— ¿No lo comprendes? — tenía que hacérselo entender —Yo soy Hades, señor de la oscuridad. Tú eres Perséfone, luz y belleza. No debes estar conmigo.
Hermione abrió mucho la boca unos segundos.
— Por favor, dime que no crees esas bobadas que acaban de salir de tu boca. ¿Por qué diablos iba a querer yo ser una blanda como Perséfone? Si te gustan las analogías mitológicas, por lo menos compárame a Atenea o Artemisa, no a una inútil a la que tuvo que salvar su madre — lanzó la mochila sobre el sofá — Pensaba llamar a un psicólogo el lunes para mí, pero creo que eres tú el que debe pedir cita.
— Yo no necesito un psicólogo — repuso él — Y si tan maravilloso soy, ¿por qué intentas cambiarme?
— Yo no intento cambiarte — ella levantó las manos en el aire — Sólo intento que comprendas un par de cosas. Y si no dejas de decir locuras, sí necesitaras un psicólogo.
— ¿Y crees que puedes anularlas sólo con decir que son locuras?
— Escucha, amigo. Tú fuiste el que me dijo que, si iba a dejar que la opinión de mis padres dirigiera mi vida, hiciera las maletas y volviera a casa. Sigue tu propio consejo y no dejes que tus padres arruinen tu capacidad para tener una relación.
Draco suspiró.
— ¿Por qué necesitas tú un psicólogo?
— Porque me estás volviendo loca.
Él se cruzó de brazos.
— ¿Cómo te vuelvo loca?
— Bueno, tú personalmente no, pero sí esos sueños. No entendía cómo podía querer a Harry y soñar contigo todas las noches. Pero ahora ya no necesito un psicólogo para eso. No quiero a Harry, bueno, sí lo quiero, pero como a un cruce entre hermano y amigo, no como te quiero a ti.
Draco tenía que reconocer que ella hablaba con lógica.
— ¡Oh!
— ¿Eso es todo? ¿No vas a decir nada más?
— ¿Qué quieres que diga?
Hermione cerró los ojos, como si estuviera perdiendo la paciencia.
— Draco, creo que tenemos un futuro largo y feliz por delante. Sé que me quieres, pero me gustaría oírlo sin tener que sacártelo con sacacorchos — se acercó y le puso una mano en la mejilla — Yo te quiero. ¿Tan difícil es decir eso?
La foto ya lo decía a gritos, pero Draco optó por decirlo también con los labios.
— Te quiero.
— Gracias — ella parecía tan feliz que a él casi se le partió el corazón.
¿Y si no cumplía con sus expectativas? ¿Y si no era el hombre que ella creía?
— Pero eso no cambia nada.
— Y un cuerno. No te vas a librar de mí porque te quiero y sé que me quieres. Adelante, retírate detrás de ese muro que te has construido, pero te juro que lo hundiré aunque tenga que hacerlo ladrillo a ladrillo. Te aseguro que estoy entrenada para luchar por lo que quiero y que esto es la guerra.
— Te cansarás. Antes o después descubrirás que no soy esa versión romántica que te has forjado en tu mente.
— Te equivocas. Y por favor, no me digas que soy irracional. No me hago ilusiones. Eres arrogante, testarudo, sarcástico y mandón.
— ¿Tú me has llamado mandón?
— Por eso hacemos tan buena pareja. No me asustas porque yo soy igual — se sentó en el sofá y tiró de él hasta sentar a Draco al lado — Tú me dijiste que habías pasado miedo en alféizar de la ventana. Tener miedo está bien. Para eso está el valor. Para afrontar lo que no te da miedo no se necesita valor. Tener miedo está bien, pero huir de él no.
