Capítulo 24
—¿Dónde está el poblado? —preguntó Hinata, oteando el horizonte por si ya se encontraban lo suficientemente cerca como para distinguirlo.
Viajaba en Kyuubi junto a Naruto, montada delante de él a horcajadas sobre el lomo del caballo. La proximidad de sus cuerpos era una deliciosa tortura de la que el vaquero disfrutaba a cada paso.
Los muslos de Hinata se pegaban a los suyos y su trasero se mecía contra su entrepierna siguiendo los movimientos del animal. De vez en cuando, la estrechaba por la cintura para apretarla contra su pecho y sentirla toda suya, suave y tibia, soñando con el momento en que por fin pudieran estar a solas para demostrarle todo lo que sentía por ella.
—El asentamiento de los miwok está a orillas del río San Joaquín, un poco más al sur. Ya falta poco para llegar —contestó, sin poder contener el impulso de enterrar su cara en el cuello femenino y morder suavemente su piel.
—¡Naruto! —lo recriminó ella.
Con una sonrisa que echó por tierra su tono ofendido, Hinata lo apartó y señaló el caballo en el que viajaban Shion y Sarada. Su esposo llevaba todo el viaje acariciándola y besándola allí donde podía: en el hombro, en la oreja, en la mejilla… y ella era muy consciente de lo excitado que se encontraba. De vez en cuando la estrechaba con fuerza y podía sentir una interesante dureza que era imposible ignorar, allí pegada a su trasero.
Hinata también lo deseaba. Mucho. Cada vez que sus enormes manos ascendían como por accidente desde su estómago hasta el nacimiento de sus pechos, una descarga de placer le recorría el cuerpo y la humedad entre sus piernas se tornaba más caliente.
Pero no era correcto tontear de esa manera, sobre todo estando acompañados por la joven Sarada y por Shion.
—¿Cómo fue que acabaste viviendo con ellos? —preguntó de nuevo Hinata, intentando ocupar su mente con otra cosa que no fuesen aquellas increíbles manos ardientes bajo sus pechos. ¡Cuánto deseaba que los acariciara con fuerza, cubriéndolos enteros con su áspera palma!
—Bueno, fue después de mi época de soldado —le habló Naruto muy cerca del oído, con lo que consiguió que un escalofrío de placer recorriera la espalda de la joven—. Era cierto que los Ahwahnechee eran indios muy problemáticos, incluso los miwok los temían, pero una vez los hubimos reducido y sometido, algunos hombres del batallón Mariposa decidieron divertirse a su costa. Y yo no pude soportar ver cómo abusaban de aquellas mujeres, incluso de algunas niñas.
Hinata se estremeció tras aquellas palabras al imaginarse lo que debió haber sido. Se echó hacia atrás anhelando sentir el contacto del duro pecho de Naruto, esta vez, para su propio consuelo ante las imágenes que cruzaban por su cabeza.
—Me enfrenté con ellos —prosiguió el vaquero, con la voz perdida en el pasado—, con mis compañeros, con mis amigos… Hasta que alguien me disparó a traición y me hirió en el costado. Tuve que huir de allí y me persiguieron como si se tratase de una nueva diversión: dar caza al renegado. Por fortuna, conseguí escapar, o ellos se aburrieron del juego y regresaron al campamento indio para seguir atormentado a los Ahwahnechee… No lo sé.
—Es horrible, Naruto —susurró Hinata, dolida por lo que su esposo había tenido que soportar.
—Anduve por estas tierras durante un par de días hasta que me derrumbé, convencido de que iba a morir. Y en mis sueños, de pronto, apareció un ángel de largos cabellos rosas y ojos brillantes. Se llamaba Sakura.
—La madre de Sarada —dijo Hinata, que había reconocido el nombre de la mujer miwok.
—Me llevó a su poblado y su gente me aceptó sin ningún prejuicio. Curaron mis heridas y compartieron conmigo sus escasas pertenencias. Es un pueblo muy pobre —explicó Naruto—, pero eso no les impidió acogerme y entregarme todo lo que tenían.
—Supongo que te encariñarías con Sarada enseguida —intuyó Hinata, mirando a la pequeña que cabalgaba confiada junto a Shion.
— Sakura era viuda y durante el tiempo que estuve con ellas fui como un padre para Sarada, por eso me nombraron su padrino. Para mí fue un gran honor, es una niña increíble. Bueno, qué te voy a contar a ti —susurró Naruto paseando sus labios por el cuello femenino—. Tú sabes de lo que es capaz, se te apareció en sueños.
—No eran sueños —lo corrigió ella, cerrando los ojos para concentrarse en las sensaciones que despertaba aquella boca contra su piel—. Eran visiones. Y, vete acostumbrando, porque es algo que me lleva pasando desde muy jovencita. Tendrás que aprender a vivir con ello —o eso esperaba Hinata. No soportaría que Naruto saliese huyendo igual que hizo su padre.
—No te librarás de mí tan fácilmente —le prometió él, como si le hubiese leído el pensamiento—. Además, tus visiones salvaron a Sarada, así que no veo nada de malo en ellas. Todo lo contrario.
Aquellas palabras consiguieron que su corazón latiese más acelerado. Naruto la aceptaba tal y como era. Su esposo, el hombre por el que había recorrido un viaje tan largo, respondía a todas sus expectativas y más aún. Ya nunca más estaría sola, ya no tendría que reprimir su verdadero ser. Podría confiarle a Naruto cualquier cosa, y además tenía a Shion, a Sarada, a Jiraiya, a Kurenai y al doctor, incluso a la señora Mei LeFleur y a sus chicas, que se habían tomado la molestia de devolverle su aspecto más femenino… Por fin pertenecía a un lugar, tenía vecinos que la aceptaban y compartía su vida con un hombre que la comprendía y la deseaba. Y ella le amaba como nunca hubiera imaginado que fuera posible. Si aquello era un sueño, pensó, recostando la cabeza contra el hombro del vaquero, no quería despertarse nunca.
El poblado era en verdad muy humilde. Las diversas chozas que se agrupaban cerca del río estaban construidas con palos de madera cubiertos de tierra y carecían de adornos. Varios fuegos ardían dispersos por la aldea y algunas mujeres estaban sentadas en torno a ellos, fabricando con sus manos lo que parecían cestos y canastos de varios tamaños. Todas mantenían la mirada fija en su labor y en el ambiente aún parecía flotar el luto por el funeral celebrado hacía tan poco tiempo.
Según avanzaban los caballos, Hinata notaba que la pequeña Sarada era incapaz de contener su excitación. Se removía inquieta y miraba hacia todos lados, buscando seguramente a su madre. Hasta que no pudo aguantar más y comenzó a gritar muy emocionada.
—¡'Unu, 'unu(6)! ¡Katowih(7)!
Sobrevino un expectante silencio tras sus palabras. Las mujeres levantaron los ojos de su labor, los hombres dejaron lo que estaban haciendo y miraron hacia los recién llegados, incrédulos. Nadie pronunció una palabra y la tensión fue en aumento hasta que al fin, Sakura salió de su choza temblando y con lágrimas en los ojos.
—¿Sarada? —preguntó con una voz muy débil para constatar que no estaba soñando.
—¡'Unu! —volvió a gritar la niña, saltando del caballo.
—¡Cuidado! —exclamó Shion, intentando sujetarla para que no se rompiera nada al caer. Pero la pequeña demostró una agilidad asombrosa aterrizando con suavidad para salir corriendo después a los brazos de su madre.
Sakura no podía moverse. Solo era capaz de temblar y llorar.
Cuando su hija se abalanzó sobre ella, cayó de rodillas y se dejó abrazar, incapaz aún de moverse.
—¿'Oppun towih(8)? —preguntó, con la voz quebradiza.
—Walli katowih(9).
La mujer por fin reaccionó y la separó un poco para poder verla mejor. Le pasó las manos por el pelo y por la cara, luego apretó sus enjutos hombros para asegurarse de que era real y no un ensueño de su corazón dolorido.
— Sarada… —entonces la abrazó con fuerza y emitió un sollozo de alivio—. ¡Sarada!
Fue como si su nombre fuera la señal que todos los demás esperaban para reaccionar. Un murmullo generalizado que comenzó con susurros fue creciendo en intensidad mientras la gente del pueblo se acercaba a la niña con cuidado, temerosos de ahuyentar aquella maravillosa visión. Su Hii había regresado, la suerte volvía a estar de su parte.
Todos se arremolinaron en torno a Sakura y a su hija y empezaron a hacer preguntas, emocionados.
Hinata y Shion no podían entenderlos, pero era evidente que sentían una gran curiosidad por saber qué le había ocurrido, quién se la había llevado y cómo la habían rescatado. Naruto se colocó en medio de aquel caos y levantó las manos pidiendo calma. Habló en idioma miwok y, poco después, el grupo de curiosos se dispersó, dejando intimidad a madre e hija.
—Les he pedido un poco de paciencia —le explicó a Hinata—. Contaremos lo ocurrido, pero antes se merecen un poco de tiempo… Las dos lo han pasado muy mal.
Una inmensa oleada de ternura la invadió de golpe al observar aquel rostro, siempre tan impasible, siempre tan controlado, que ahora mostraba signos evidentes de una gran emoción. Los ojos azules de Naruto pretendían esconder el brillo de las lágrimas mientras observaba el reencuentro de Sarada con su madre. Y no era para menos. Ella misma se descubrió con la cara bañada en lágrimas ante aquella imagen, e incluso Shion, que se había acercado a ellos con timidez, se limpiaba los ojos a pesar de su gran sonrisa.
—Venid conmigo —les habló uno de los hombres del poblado en su idioma. Se trataba de Obito, el amigo de Naruto.
El imponente guerrero estaba conmocionado y no quería esperar para saber toda la historia. Tras las debidas presentaciones, los llevó a su choza y los invitó a entrar con gesto serio.
—Amigo —le advirtió Naruto, que lo conocía muy bien y sabía que el miwok querría venganza—, está resuelto. No quedan culpables, así que lo único que puedes hacer es dar las gracias a las responsables del rescate de Sarada: mi esposa y su amiga Shion.
—Aun así, Omusa, quisiera que me contarais lo ocurrido —les pidió, sentándose al tiempo que hacía un gesto para que le imitaran.
Los tres se sentaron sobre las esterillas que cubrían el suelo de la choza. En el acto, una anciana cuya presencia había pasado totalmente desapercibida hasta ese momento, se acercó a ellos.
Hinata se sobresaltó cuando se encontró con la cara arrugada de la mujer y sus ojos viejos a escasa distancia de su propio rostro. Esta le tendió un cuenco de madera con un brebaje humeante en su interior y ella lo aceptó con una sonrisa.
—Es un caldo reconstituyente que los cazadores miwok beben cuando regresan de sus expediciones —le explicó Naruto con un susurro, inclinándose hacia ella—. Cuecen tubérculos y harina de bellotas. Es un poco insípido, pero te sentará bien.
Hinata observó que Shion apuraba de un trago todo el contenido de su cuenco y luego se limpiaba la boca con la mano. Ante la mirada interrogante de su amiga, Shion se encogió de hombros.
—A mí me ha gustado. ¿Podría tomar un poco más?
Obito y Naruto sonrieron con aprobación y, tras un gesto de su anfitrión, la anciana volvió a llenar el cuenco de Shion.
—Y ahora, contadme, amigos. ¿Qué ha ocurrido con Sarada?
Naruto dio un pequeño sorbo a su caldo antes de empezar a relatar lo que sabía, aunque, por supuesto, Hinata tuvo que intervenir en muchas ocasiones para aclarar todas las lagunas que el vaquero encontraba en su historia. Y es que, confiar a su amigo miwok que Sarada se había puesto en contacto con su esposa por medio de una visión, era algo muy difícil de explicar.
Por suerte, Obito, al igual que el resto de los miwok, no tuvo ningún problema para entender la especial intervención de Hinata en el rescate. Su Hii era capaz de los prodigios más sorprendentes.
¿Por qué no iba a comunicarse con una joven que poseía una percepción más aguda que el resto? Su don no era ningún misterio para Obito. Es más, lo admiraba. Y cuando le tomó las manos a Hinata y las apretó con fuerza para trasmitirle toda la gratitud que sentía por devolverle a su Hii, aquella admiración se manifestó en sus ojos oscuros.
—Eres un regalo enviado por los espíritus, Hinata.
Ella se sonrojó y Naruto la apretó contra sí, lamentando no haber sido él quien pronunciara esas palabras.
Durante todo el día, los miwok se dedicaron a preparar la gran fiesta que se celebraría al caer la noche, en honor a sus invitados y, sobre todo, para celebrar el regreso de su Hii. Aquella gente resultó ser tan amigable que Hinata y Shion se sintieron muy cómodas a pesar de las cosas horribles que habían escuchado de los indios a lo largo de los años.
—No son como imaginaba —le confió Hinata a Naruto, en un determinado momento.
—Por supuesto que no. Los llaman salvajes, pero sin duda hay hombres blancos mucho más incivilizados y salvajes que ellos — contestó Naruto.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo —musitó Shion, con la mirada perdida.
Hinata le pasó el brazo por los hombros para consolarla. Era cierto. Deidara Garret era sin duda uno de los peores hombres que habían tenido la desgracia de conocer.
—Ven, no gastes ni un solo pensamiento más en ese monstruo —le sugirió Hinata, conduciéndola hacia un grupo de mujeres que trabajan delante de una de las chozas—. Vamos a conocer sus costumbres, así nos distraeremos.
Shion asintió y se acercaron hasta ellas. Observaron con curiosidad cómo fabricaban sus cestos, ayudadas por unas finas leznas de hueso de ciervo. Sus manos se movían con destreza trenzando los suaves juncos, intercalando de vez en cuando abalorios y algunas plumas. hihinat estaba fascinada. Pensó que tal vez podría pedirles que la enseñaran a realizar aquella hermosa labor, pero suponía que para adquirir la maestría que ellas exhibían tendría que practicar durante mucho, mucho tiempo.
—Omusa 'oh'a(10) —le dijo de pronto una de las mujeres, acercándose a ella—. Koccha(11).
Hinata le sonrió por instinto. Aquella anciana parecía muy amable y le ofrecía uno de aquellos maravillosos cestos. La joven se volvió para buscar a Naruto con la mirada y, tal y como suponía, el vaquero no se había alejado mucho de ellas.
—¿Qué es lo que ha dicho? —le preguntó.
Él acudió enseguida a su lado. Sonrió a la anciana y cogió el cesto que les ofrecía, dedicándole un gesto de asentimiento.
—Nos lo regala para nuestro hogar —le explicó Naruto.
—¿Cómo se dice gracias?
—Tenkiju'.
—Tenkiju' —repitió Hinata con timidez. Aquel era un idioma con una pronunciación complicada.
La anciana les sonrió y cabeceó satisfecha antes de volver a su sitio entre las otras mujeres.
—Es una preciosidad, Naruto —murmuró Hinata acariciando la textura del cesto—. Quedará precioso en nuestra sala.
Escucharla decir aquello le emocionó. Le llenaba de una dicha infinita saber que al día siguiente partirían de regreso a su casa, a su hogar, de los dos. Y entonces, de súbito, mientras contemplaba la radiante sonrisa de su esposa, tuvo una idea maravillosa. Por fin podría resarcirla por la desventurada manera en la que había llegado a su vida y el todavía más desafortunado recibimiento que tuvo tras su largo viaje.
—Voy a ver cómo se encuentran Sakura y Sarada —le dijo a Hinata.
—¿Podemos ir contigo? Quiero saber si la pequeña está bien.
—¡No! —se apresuró a contestar. Luego suavizó el tono para explicarle—. Seguro que está muy bien, Hinata. Está con su madre. Además, Obito hará de anfitrión y os enseñará todo lo que queráis saber acerca de su gente.
Obito también lo miró extrañado tras sus palabras. Sin embargo, cuando Naruto le explicó en idioma miwok lo que pensaba hacer, de modo que las mujeres no se enteraran, el guerrero sonrió de oreja a oreja y asintió con la cabeza.
Hinata y Shion intercambiaron una mirada cargada de interrogantes. ¿Qué estaría tramando?
Una vez se quedaron a solas con el miwok, este las condujo hasta otra zona del poblado donde estaban preparando ya el banquete para la celebración de aquella noche. Obito pensó complacido que sería una fiesta por todo lo alto, puesto que ahora habría algo más que celebrar aparte del jubiloso regreso de su Hii. Sin embargo, se guardó mucho de demostrar su entusiasmo. Su amigo Naruto pretendía que fuera una sorpresa.
Hinata, ajena a los pensamientos de Obito, se interesó por lo que estaban cocinando sobre el fuego, y el guerrero le explicó que eran las piezas que acostumbraban a cazar los hombres miwok: conejos, ardillas, venado, serpientes y algunas aves pequeñas. A la joven le sorprendió esa variedad, y aún más cuando su anfitrión le indicó que seguramente también encontraran algo de pescado en su cena, como por ejemplo, parte del salmón desecado que siempre guardaban para el invierno.
—¿Y qué están haciendo esas jóvenes de allí? —preguntó Shion, intrigada ante el grupo de mujeres que trabajaban con las manos una especie de masa.
—Están haciendo pan de bellota —contestó Obito. Como las dos mujeres continuaron mirándole con curiosidad, el guerrero prosiguió—. Primero machacan las bellotas en aquellos morteros de piedra ¿veis?, y luego tamizan el resultado hasta conseguir una especie de harina.
—¿Por qué la echan en esos agujeros del suelo? —preguntó Hinata al ver que las mujeres cavaban pequeños agujeros poco profundos en la arena y después depositaban allí la harina.
—Porque ahora les echarán agua caliente, tantas veces como sea necesario, hasta que la pasta formada haya perdido el amargor. Las bellotas tienen esa molesta característica. Así fabricamos nuestro pan y espero de corazón que cuando lo degustéis esta noche, lo encontréis delicioso —contestó Obito.
—¿Podemos ayudarlas? —se ofreció Shion, que estaba interesada en aprender nuevas técnicas de cocina.
—Será un honor para ellas contar con vuestra colaboración.
Hinata y Shion pasaron el resto de la tarde ayudando en las tareas de cocina, emocionadas por tener la oportunidad de participar en algo así. Aquella gente era realmente apacible, amable y generosa.
Y Hinata entendió por qué Naruto había pasado tres largos años en su compañía antes de decidirse a regresar a su propio mundo.
Por cierto, ¿dónde se había metido Naruto? Llevaba ya mucho rato sin verle y estaba empezando a preocuparse. ¿A qué venía tanto secretismo y tanto afán por que no lo acompañaran a ver a Sakura?
¿Acaso quería estar a solas con la viuda y su hija como lo había estado… durante tres años? Aquel pensamiento repentino golpeó el ánimo de Hinata sin piedad. Recordó que Naruto la había descrito como un ángel de cabellos rosas que lo había rescatado de la muerte. ¿Y si… y si él…? ¡Oh, por el amor del cielo! ¡Qué ciega había estado! Por eso Naruto jamás le había dicho ni una sola palabra de amor. ¡Estaba enamorado de otra mujer!
Respiró hondo varias veces intentando serenarse. Aquel descubrimiento la había dejado sin aliento. Naruto amaba a otra…
Pero a ella la deseaba, estaba segura. Se lo había demostrado con creces y aquel sentimiento no se podía fingir. ¡Qué estúpida eres, Hinata!, pensó, deprimida. ¿Desde cuándo es lo mismo la lujuria que el amor? Y eso es lo que siente Naruto por ti, solo deseo. Y su amor… su amor seguramente es todo para Sakura...
6 Madre.
7 Estoy bien.
8 ¿Estás bien?
9 Estoy muy bien.
10 Mujer de Omusa.
11 Para el hogar.
Continuará...
