Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling. No hay ninguna intención de lucro ni de infringir el copyright. La trama es enteramente mía, así como los personajes originales que puedan llegar a aparecer.
¡Hola!
Sorpresa!
Si, un capítulo más, un pedacito más de mi corazón depositado en esta página, un poco más de conflictos para que Hermione no se aburra… en fin, gracias por el apoyo que me dan algunas con sus palabras. Y gracias enormemente a Mary, quien sabe cómo decirme las cosas para que no me deprima. ¡Te amo amiga!
Los Límites de Hermione Granger
Capítulo 24:
Tres golpes secos repicaron en la puerta de ingreso a mi despacho. Tres golpes que retumbaron en mi cabeza, la cual, de por sí, ya pulsaba con un dolor latente hacía tres horas, y que, apenas, mi perfecta poción había logrado contener.
Me levanté, respiré profundo y contuve las ganas de gritar. Contuve las ganas de huir.
¿Por qué seguía exponiéndome a esto? ¿Por qué seguía en este colegio en vez de huir? Debería correr y ocultarme para siempre en un lugar recóndito, donde jamás nadie me pueda o quiera buscar.
¿Podrían ser las islas Malvinas? Parece perfecto. Mucho frío húmedo, con enormes glaciares como vecinos. Poca gente, extremadamente poca gente. Un lugar que pasa desapercibido para el mundo entero. Cero atención de los medios de comunicación muggles y mágicos. Con un pasado tan triste y deshonroso que a Inglaterra le da vergüenza mirar hacia las islas. Y, por último, con una constitucionalidad dudosa que me permitirá caminar y moverme sobre la difusa línea entre lo legal e ilegal sin preocuparme.
Y, si eso no funciona, sería cuestión de cruzar el mar y enterrarme en Tierra del Fuego. Por fin podría perfeccionar mis pociones a base de metales pesados. Tendría acceso directo a la fuente de extracción de ilmenita, rutilo, circón, titanio y circonio.
Pero no, en vez de huir como mi instinto me gritaba hacía ya veinte años, permanecía aquí, sacrificando mis capacidades para un par de dementes: un director de más de cien años con complejo de marionetero y, por otro lado, un mago oscuro, recién resurrecto, con intenciones de volverse un dios a costa de sangre derramada. Y ahora…
Tres golpes secos resonaron una vez más.
Ahora, también debía sacrificar mis capacidades para una alumna que necesita, desesperadamente, demostrar que es capaz de resolver de forma ingeniosa toda problemática que se le ponga enfrente.
— Pase, Srta. Granger. — dije al abrir, por fin, la puerta. — Tome asiento. — Señalé al pequeño estar que había al otro lado de la puerta tras mi escritorio.
— Gracias, profesor Snape. — Caminó hasta la otra sala y, luego de sentarse, o mejor dicho, desplomarse, suspiró con sus ojos cerrados, llevando los dedos pulgar e índice para apretarse bajo las cejas y la sien.
Busqué en un gabinete otra de mis pociones para el dolor de cabeza, y se la entregué sin mediar una palabra.
No me pregunten porqué estaba siendo amable y solícito con ella, porque ni yo mismo lo sé. Pero algo en su imagen agotada y drenada por el estrés, me hizo sentir… ¿empatía?
Si alguien menciona algo de esto, lo negaré hasta la muerte.
— Beba esa poción, Srta. Granger, le ayudará con el dolor de cabeza por ahora.
Ella asintió y, luego de tragarla completamente, sólo una mueca de disgusto pasó por su rostro. Parecía distraída, ¿quizás por el cansancio? Por lo que decidí comenzar con la conversación yo mismo.
— Hablé con el director esta madrugada y le dije todo lo que me pidió. Él no lo tomó bien, pero, como podrá imaginar, eso no tiene relevancia, y creo que él también llegó a la misma conclusión. Lo hecho, hecho está.— Ella me asintió con el ceño fruncido, pero no dijo una palabra. — A la hora del almuerzo, tanto el director como los profesores McGonagall y Flitwick, no estaban en el Gran Comedor. Sospecho que llamó a reunión a La Orden del Fénix, porque luego vi, a lo lejos, caminando por los jardines hacia Hogsmeade, a los Señores Weasley con Lupin y Tonks.
— Vaya. Pero ¿no le invitaron? ¿Acaso no le dejará participar de las reuniones ahora?
Estará adormecida, pero sigue atenta. Bien.
— Buena observación. Y no, me temo que no. Creo que Albus Dumbledore ya no confía en mí porque sabe que no me tiene bajo control, sin mencionar que ya no le soy útil. Puesto que, gracias a su… brillante ritual, Srta. Granger, no podré ser su informante nunca más.
— Oh ¿ lo-lo siento? — dijo tímidamente la muchacha.
— No, no se haga problema, no hay nada que lamentar. En cierta forma, es un alivio. — dije lo más neutralmente posible.
— Bueno, bien. Uhmm, entonces, ¿no sabe qué ocurrirá con lo que solicitamos? ¿No sabe si se llevarán a los mortífagos que tenemos en coma? ¿O lo que harán con los mortífagos que hay en Azkaban?
— No lo sé…
— ¡Pero…! — dijo en voz alta, sin embargo, un ajuste de mirada por mi parte hizo que recuperara la compostura. — Pero, usted mismo lo dijo, no podemos tenerlos en ese estado por mucho tiempo…
— Sí, Srta. Granger. Pero, como acabo de explicarle, no sé qué planea Dumbledore. Tendrá que buscar una solución en otra parte. — espeté.
Al decir esto último, los ojos de la muchacha reflejaron anticipación, emoción, desafío, y su rostro brilló con una sonrisa que rozaba en lo desquiciada, pero, al mismo tiempo, irradiaba absoluto goce.
Ah… cierto.
Ella sólo necesita, desesperadamente, demostrar que es capaz de resolver de forma ingeniosa toda problemática que se le ponga enfrente.
Perfecto, fabuloso.
Ahora sí que no podría descansar ni relajarme. Nadie podría. No hasta que ella estuviese conforme con la solución.
— De acuerdo, lo estaré pensando y le daré aviso en cuanto sepa que podemos hacer.
Dijo "podemos"… Increíble, ahora también me incluirá en sus planes de forma permanente.
— Mientras tanto, ¿podría usted hablar con la Sra. Malfoy de todo lo ocurrido? Puede decirle absolutamente todo lo que ocurrió anoche. — aclaró, ya que, como custodia de la información de Non Potes Decire, podía dar los permisos necesarios.
— No será ningún problema. Pero ¿no la incluirá en su ritual? — pregunté curioso. ¿Confiaría tanto en la Sra. Malfoy?
— Sí, probablemente pronto hagamos un tercer ritual, ya que espero que se unan más personas a nuestro ejército. — Bufé al oírla decir la palabra "ejército". Sonaba tan vanidoso. — En fin, si ella y usted están de acuerdo, les pediré que sean los encargados del mantenimiento de los signos vitales de los mortífagos y de que nunca quepa la posibilidad de que despierten. Hasta que no encontremos otra solución, deberemos mantenerlos en la Sala de los Menesteres.
— Hablaré con ella ahora mismo si es necesario.— Ella asintió en respuesta. Me puse de pie, dando paso a la finalización de nuestra pequeña reunión.
— ¿Por qué esas caras de muerte? — preguntó Pansy al sentarse junto a mí en uno de los sillones de la sala común.
— Uhggg… — gruñó Draco en forma de respuesta.
— Claro, eso lo explica todo. — dijo irónicamente la muchacha. Luego, dirigió su mirada a mí y vi en ella cómo calculaba, intentando descifrar lo que nos pasaba con mi amigo. — ¿Y tu, Theo, no me dirás qué les pasa? ¿O por qué anoche no volvieron a dormir? ¿O porqué…?
— Muy bien, esa es mi señal para irme. — dijo Draco de pronto, poniéndose en pie. Su rostro reflejaba toda la irritación de una persona que carece de paciencia. — Una Pansy parloteando y haciendo preguntas que no le incumben son todo lo que necesito. Me largo. Adiós.
— ¡Hey! ¡No seas injusto…!
— Te sigo, amigo. Nos vemos en la cena, Pansy. — comenté, escapando por la puerta, oculta por un muro de piedras, tras el rubio.
— ¡Hey! ¡Son unos degracia-!
La chillona voz de reclamo de nuestra amiga se vio muteada por el cierre del ingreso a la sala. Largué una risilla.
Pobre Pansy, debe sentirse excluida.
Si dejábamos pasar mucho tiempo sin confiarle lo que sucedería, cada día sería peor. Al igual que con Blaise, quien, probablemente, no se pondría a reclamar o exigir respuestas, pero su gélido silencio, su rostro neutro y desinteresado, serían sus armas letales para llevarnos a la desesperación con Draco.
— Tendremos que decirles de algún modo. Lo sabes.
— Lo sé. Pero, por ahora, no podemos hacerlo. Me gustaría incluirlos dentro del círculo, siento que eso los protegería de algún modo. Pretendo hablar con los gryffindors de esto.
— ¿Los gryffindor? ¿No querrás decir la gryffindor? — No me contestó, sólo se encogió de hombros, como restándole importancia. — Así es que… Granger y tú, ¿eh?— pregunté, dándole un codazo en las costillas, a lo que respondió con un empujón que hizo que casi tropezara con el primer escalón de las escaleras del primer piso.— ¿Ya es oficial?
— ¿Oficial? ¿De qué demonios hablas, Theo? ¿Cómo esperas que oficialice algo totalmente clandestino? ¡Estamos en medio de una guerra, no es como si pudiera ofrecerle una promesa de matrimonio para cortejarla hasta la graduación! Además, ella no es…
Se quedó en silencio. Y supe que prefirió no decirlo por miedo a que, si lo verbalizaba, se convertiría en una forma de insulto a espaldas de ella, una forma de menosprecio.
Ella no es una chica sangre pura con la que se pueda comprometer.
— No me importa de todas maneras. No creo que a ella le importe tampoco. Apenas nos estamos conociendo. Solo una semana ha transcurrido, y si bien hemos compartido mucho tiempo y actividades… agradables, — bufé incrédulo. Seguro que fue más que agradable su actividad nocturna. — nos llevará un tiempo decidir qué queremos el uno del otro. — dijo con un suspiro. — No lo sé. Pero, al menos, creo que ella sabe que yo…— se sonrojó.
— No lo digas si no quieres. Pero es más que evidente que estás enamorado. — le dije en tono burlón. — Enamorado de una mandona sabelotodo. — Largó una carcajada mientras me daba un puñetazo en el hombro. — ¿Qué se siente estar enamorado de una mujer que lleva el control?
— ¿Estás insinuando que debería sentirme humillado por querer a una chica que sabe y puede liderar? ¿Eres idiota? ¡Es absolutamente excitante! Ella sabe lo que quiere, al menos la mayor parte del tiempo, y no teme conseguirlo. Eso es genial, ¿sabes? Sería genial si todas las chicas pudieran vivir así… pero creo que no les ha sido fácil.
— ¿De qué hablas, Draco? — pregunté confundido por las divagaciones de mi amigo.
— Verás, Theo, aparentemente, los hombres no hemos sido muy justos con las mujeres a lo largo de la historia y… ¿Sabes qué? Olvídalo. Ya estamos por llegar a la Sala de los Menesteres y esta conversación se merece mucho más tiempo.— me respondió con un extraño entusiasmo. Según sus gestos y tono de voz, parecía tener algo súper importante y fascinante para decirme. — ¡Ah! Y recuérdame que te pase un libro buenísimo. Se llama "El segundo Sexo". ¡Te encantará! — Me encogí de hombros asintiendo.
— Todo lo que contenga la palabra "sexo" me encanta, Draco. — repliqué.
Mi amigo largó una carcajada fuerte mientras negaba con la cabeza. Se agarró de mi hombro para no destartalarse de risa y dijo, entre bocanada y bocanada de aire:
— Yo también fui un inocente prejuicioso con el título de este libro. — Volvió a reír. — Oh… por Merlín, ya verás. Sí... ya verás.
Al entrar a la Sala de los Objetos perdidos, me detuve en seco. El lugar lucía completamente distinto.
¿Me habré equivocado al solicitar la sala?
Lo dudaba. Llevaba dos meses visitando este lugar intentando reparar el estúpido armario y jamás había tenido dificultades.
Si bien los techos abovedados con las gruesas nervaduras, sostenidos por las prominentes hileras de columnas de roca maciza, y los altos muros de piedra que se veían a la lejanía, eran los mismos, el contenido y distribución de la sala estaban completamente cambiados.
La enormidad de la habitación siempre me había dado la sensación de infinitud. Pero, ahora, se vislumbraba un espacio gloriosamente amplio y casi por completo ordenado. Las pilas de objetos varios, que antes parecían simplemente mugre y porquería, ahora habían desaparecido casi en su totalidad, siendo reemplazadas por una especie de redistribución de todas las cosas que sugerían cierta lógica.
En la línea central, se encontraba una mesa redonda enorme, como la que se había conjurado en la Sala Circular en la que hicimos el ritual el día anterior. Era de piedra y parecía extruida del mismo suelo. Atrás de esta, se veía, a lo lejos, a algunas personas moverse entre unos montículos de diversas magnitudes. Levitaban tras de sí una serie de objetos, como si los ordenaran. Estaban tan a la distancia que no podía distinguir de quienes se trataba.
Miré a mis costados y me di cuenta de que había dos pasillos, uno a la izquierda y otro a la derecha. Bordeaban las paredes que contenían la puerta de entrada, y estaban delimitados con muebles viejos de distintas alturas, alineados junto con estanterías y cajoneras de diversos materiales y estados de manutención.
Al detener mi atención en el pasillo izquierdo, el cual parecía ser el más corto que el derecho, ya que este llegaba hasta la lejana esquina de la sala, presentando una curvatura en el camino que formaban los muebles, pude vislumbrar una especie de espacio abierto parecido al de una Sala de Estar casi hogareña. Este tenía sillones, mesas, butacas, asientos bastante destartalados y otros de apariencia más cómoda, donde reposaban, charlando en voz baja, algunos de los muchachos de Ravenclaw. También habían estantes que contenían objetos de diferente morfología que no pude reconocer y… ¿percheros? Sí, eran percheros, de los cuales colgaban algunas prendas de abrigo y túnicas de colegio, que portaban los colores de las cuatro casas. Y no estaba del todo seguro, pero juraría que no era ropa nueva, ya que tenían diseños de uniformes de décadas pasadas.
— Vaya, parece que por aquí han estado ocupados. — comentó en un susurro Theo.
— Sí, esto es… impresionante. — dije anonadado.
— ¡Malfoy! — me llamó alguien a mis espaldas. Me volteé y vi a Weasley marchando por el otro pasillo en nuestra dirección. Se lo veía cansado pero contento. — ¡¿Y, qué les parece?! —exclamó levantando sus brazos, como presentando una obra maestra. — Increíble, ¿verdad?
— Totalmente, Weasley.— asentí sorprendido con el alegre recibimiento del chico. Aún no me acostumbraba a su nueva actitud para conmigo. — ¿Quién… cómo…?
— ¡Luna! — contestó simplemente, mientras nos indicaba con la mano para que lo siguiéramos a través del segundo pasillo, volviendo por donde había venido.
— ¿Luna Lovegood? — preguntó Theo caminando a mi lado. Sonaba confundido, y ¿quién era yo para culparlo? La chica siempre parecía demasiado perdida en la vida como para ser capáz de poner orden.
— La misma. Esta madrugada, se puso a deambular por los escombros que habían caído a causa de la batalla, — comenzó a explicar. — y volvió convencida de que debíamos reorganizar la totalidad de la sala. Mencionó un par de criaturas mágicas, de las cuales no recuerdo el nombre y que, por supuesto, sólo ella puede ver, y nos dijo que éstas se encontraban "atrapadas en un destino de perdición infinita culpa del desastre". — citó con una imitación de voz de niña, bufando una risilla. — En fin, dijo que había demasiadas emociones que debían ser limpiadas e historias, viejas y ajenas, que necesitaban ser descubiertas. Insistió en que el caos atrae más caos.
— Suena coherente. — respondí.
— Bastante coherente para tratarse de Luna, ¿no? — asintió Weasley mientras doblaba por la curvatura que antes había vislumbrado.
Una vez que doblé tras él, me topé con otra escena interesante.
El pequeño espacio para diluir las pociones de Muertos en Vida que habíamos improvisado sobre un simple mesón, luego de la batalla, había sido mejorado a algo parecido a un laboratorio profesional. Dos largas mesas sostenían puestos con calderos de diferentes tamaños y materialidades, equipados con utensilios y botellitas de cristal limpias, aunque no necesariamente perfectas, a su alcance.
Seguimos caminando, pasando los tres mesones, hasta llegar a una pared formada por estantes y cajoneras que daban orden a algunos ingredientes para preparar pociones, y botellas con etiquetas borrosas que contenían líquidos de dudosa utilidad.
Miré a Theo, señalándole las botellas con la cabeza, arrugando mi nariz en signo de desconfianza. Este me respondió con un encogimiento de hombros. Nos volvimos hacia donde antes había estado el pelirrojo sin encontrarlo.
— ¿Weasley?— le llamé en voz alta.
— ¡Aquí atrás! — se escuchó, evidentemente, desde atrás de este muro creado por muebles.
Lo rodeamos hasta llegar al otro lado del improvisado perímetro y allí estaba otro grupo de gente haciendo guardia junto a ocho camillas; camillas que sostenían a los ocho mortífagos, conectado cada uno con su propia intravenosa. Cho Chang deambulaba entre ellos, revisando las bolsas de suero.
Desde este nuevo ángulo, podía verse nuevamente la enorme mesa redonda rodeada de sillas y a los que parecían estar redistribuyendo el contenido de los montículos de objetos restantes que se encontraban por detrás. Ahí pude distinguir que una de esas personas tenía una larga cabellera rubia. Era Lovegood. Ella danzaba entusiasmada, levitando, con su varita, una hilera de alrededor de quince libros, los cuales terminaron en una pila en el suelo junto a otro montón de libros. Allí estaba Hermione, colocando cada tomo en una biblioteca espontánea formada por unas diez torres, armadas con cuatro baúles sin tapa, colocados de costado uno encima de otro, cada una.
La biblioteca parecía encontrarse junto al espacio con sillones, sillas y mesas que habíamos visto al llegar.
— Estoy sorprendido. — admití en un susurro involuntario.
— Todos lo estamos. Menos Luna, ella parece tener todo diseñado en su mente. — dijo la voz de Weasley a mi costado. Tenía la mirada perdida, contemplando a su alrededor.
— Es que no lo entenderían. He aborrecido entrar a esta sala durante semanas porque la mugre en cantidad y la oscuridad que generaba daban miedo. Y esto...esto es, completamente, otro lugar. Hasta parece estar más iluminado. — le comenté sinceramente al gryffindor, con el cual aún no me creía que pudiéramos mantener una conversación cordial. Más que cordial. Amistosa. — Ya no le podremos llamar La Sala de los Objetos Perdidos.
— Tienes razón.— contestó entretenido— ¿Crees que el castillo nos deje cambiarle el nombre? ¿O al menos la manera en que llamamos a su puerta?
— ¡Luna! — Interrumpió mi respuesta un grito a lo lejos. — ¡Aquí tengo más joyería y otra pieza de arte! — Era una de las hermanas Patil. De nuevo, no sé de cuál de las dos gemelas se trataba. — ¡¿Qué quieres hacer con ella?!
Vimos como la interpelada corría sonriente unos cincuenta metros hasta donde estaba la morena, la cual levitaba una especie de busto de mármol corroído con su varita, y, en su mano libre, tenía un cofre de madera oscura.
— Parece que hacerle caso a Lovegood resultó ser una buena idea.— mencionó Theo con la sorpresa aún plasmada en su rostro.
— Es que fue bastante insistente, ¿saben? — dijo el pelirrojo con una mueca. — Estábamos aquí, agotados y pensativos, intentando combatir el sueño. Entonces, de la nada nos trajo esta idea... Nos dio la oportunidad de hacer algo más que esperar a que ustedes volvieran de dormir. — continuó en un tono levemente reprochante. — Y, bueno, Luna nos aseguró de que después de vivir una situación de estrés y miedo, lo mejor que se puede hacer es ordenar.
Asentí en acuerdo, cuando de pronto, por poco pierdo la audición de por vida.
— ¡APARECIÓ! ¡LA HEMOS ENCONTRADO!— chilló Lovegood muy aguda y eufóricamente, con un volumen de voz increíblemente alto que casi rompe mis tímpanos.
Todos nos volvimos hacia el sonido alarmante. De distintas direcciones de la sala, saltaron distintos compañeros con el cuerpo alerta, aún demasiado tensos después de lo vivenciado en la madrugada.
— ¡VENGAN TODOS! ¡LA HEMOS HALLADO! — siguió gritando la rubia, quien se dirigía hacia el centro de la sala, donde estaba la mesa circular. Sostenía un objeto con su mano bien en alto por sobre su cabeza, como alzando un trofeo o un tesoro perdido.
Nadie parecía saber de qué se trataba el alboroto, pero la curiosidad era demasiado fuerte como para no prestarle atención. Las personas que se encontraban más lejos comenzaron a trotar, mientras que el resto nos encaminamos a paso rápido hasta la muchacha.
Llegamos hasta ella, y yo turné mi mirada entre Lovegood y lo que fuera que poseyera en su mano. Pero aún me encontraba con incertidumbre.
¿Qué era esa cosa de metal? ¿Tenía un zafiro, acaso?
Se generó una especie de silencio solemne, donde todos la observamos colocar con cuidado la pieza de joyería. El grupo se apretó en un círculo más estrecho, intentando observar en detalle de lo que se trataba.
Escuché algunos jadeos de sorpresa. Chang se llevó las manos a la boca silenciando un gritito. Goldstein maldijo por lo bajo.
— No puede ser cierto... Imposible... — susurró Corner.
— ¿Qué es? ¿Qué ocurre? — pregunté ansiosamente.
— Esto, Draco, — me respondió Lovegood con sus enormes ojos clavados en los míos. — es la Diadema de Rowena Ravenclaw. La desaparecida y legendaria Diadema de Rowena Ravenclaw.
Durante largos segundos, intercambiamos miradas con Theo y Hermione, confusión en nuestros ojos, y un silencio sepulcral se apoderó de todos los presentes; silencio que se vio interrumpido por el grito demandante de Potter a nuestras espalda.
— ¡¿Por qué demonios nadie está junto a los mortífagos?!— Me volteé a verlo, y el muchacho venía caminando apresuradamente, con postura comandante, seguido de Longbottom y Thomas. — ¡Lo dejamos bien claro esta madrugada! ¡Mínimo un par de ojos sobre los bastardos!
— ¡Harry mira...!— comenzó Lovegood entusiasmada, pero Potter la cortó, ignorándola plenamente. Miraba a Weasley con reproche.
— ¡Ron! — continuó gritando, quedando a sólo unos metros de los mortífagos en coma y haciéndole señas para que se acercara. — Tú estabas a cargo de esta ronda. —recriminó clavando su dedo en el pecho del colorado.
Granger y yo nos habíamos acercado tras Weasley a donde Potter se encontraba con los otros Weasley.
— Lo siento, Harry. Tienes razón. —oímos como se disculpaba el muchacho que sufría la mirada castigadora de su amigo. — Me distraje completamente.
— Dean, Neville, ¿podrían comenzar su guardia mientras resolvemos esta situación? — pidió Potter, si bien más calmado, aún con su ceño fruncido.
Una vez que los chicos se ubicaron entre los mortífagos, revisando que no hubiese indicios de que alguno podía despertar del profundo coma en el que les habíamos inducido, Potter, se volvió a nosotros con los brazos cruzados.
— ¿Y bien? — reclamó— ¿Qué es tan importante como para que abandonaran sus puestos?
Observé a Weasley bajar la mirada avergonzado. Hermione se removía incómoda a mi lado. Noté que, ahora, la pregunta la había dirigido a nosotros tres, no solamente a la comadreja, lo cual me produjo una sensación de importancia. Claramente, Potter no actuaba como un superior a nosotros, más bien como un igual. Pero no sólo eso, sino que además, de sus dos mejores amigos, me incluía a mí en ese status.
Era sorprendente, y revitalizante, ser parte de todo esto y que se aprecie mi participación en ello, en vez de ser subyugado a la obediencia. Me agradaba no ser un peón imposibilitado de tomar decisiones y discutir posturas. Pero, a su vez, me daba cuenta de que acarreaba con una responsabilidad, la cual había, habíamos descuidado.
Potter tenía razón al estar enojado. Pero que me tragaría el calamar gigante antes de admitirlo en voz alta.
— ¿No piensan responder?— preguntó impaciente luego de unos segundos de silencio. Y justo cuando Hermione iba a decir algo, volvió a hablar. — ¿Y qué demonios es ese silbido agudo insoportable?
— ¿Silbido? — preguntó Hermione. Y con razón. Yo tampoco oía ningún silbido.
— Sí, como el que hace la televisión cuando se queda sin señal satelital. Me está matando la cabeza.
Ok, ahora sí no sabía de qué hablaba Potter. ¿Qué es una televisión? ¿Qué es una señal satelital?
— No escucho nada Harry… Pero mira, lo que produjo la distracción es realmente alucinante. Ven. — le dijo su amiga tirando de la mano del irritado muchacho, que se frotaba la frente con sus dedos.
— ¡Hermione! ¿En serio no lo escuchas? Cada vez se oye más fuerte…
Weasley y yo seguimos al otro par hacia donde aún estaban reunidos el resto de nuestros compañeros, quienes cuchicheaban eufóricamente.
— Anda, Harry, primero tienes que ver esto.
Un par de los alumnos agrupados se abrieron para darnos lugar en el semicírculo formado junto al mesón
— Pero aturde y duele.
— Préstame la diadema, Luna. — solicitó Hermione, quien ignoraba el malestar de su amigo, demasiado apasionada con el nuevo descubrimiento.— Ten, Harry. Observa la diadema de Ravenclaw.
— Eso… es esto lo que… — Potter acercó sus manos temblorosas la diadema. Se encontraba pálido, casi translúcido. Compartimos una mirada preocupada con Weasley.— Esto emite el silbido, Hermione. — dijo débilmente sujetando con ambas manos la mítica joya.
Potter gritó desgarradoramente. La diadema se deslizó de sus dedos cayendo al suelo frente a sus pies; pies que se tambalearon hacia atrás. Rápidamente y al unísono, Weasley y yo atajamos el cuerpo de Potter, el cual convulsionaba entre quejidos ahogados. Su mano derecha apretaba fuertemente la cicatriz en forma de rayo que siempre había delatado su identidad.
Más de uno gritó el nombre del muchacho, pero mi concentración estaba puesta únicamente en llevar su cuerpo al suelo con cuidado para que los espasmos no provocarán que su cráneo se estrellara contra la roca.
— Eso, Malfoy, tu protege su cabeza mientras yo lo coloco de costado. Eso, así. Su rostro de costado también. — me dijo Weasley, guiando mis movimientos mientras él maniobraba con precisión las extremidades de su amigo.
La convulsión y los gritos de dolor no cesaban, y, de fondo, el grupo parecía estar alterado.
— ¡Hermione! ¡Hay que hacer algo! ¡No suelen ser así de fuertes!— exigió el colorado quien apretaba el torso de Potter con ambas manos.
— Es su cicatriz… Tiene que estar teniendo una conexión con Voldemort. — respondió angustiada, mientras se arrodillaba junto a nosotros.
Se me heló la piel. Conexión con Voldemort.
¿Será esto de lo que hablaban Hermione y Potter hace unos días? ¿Será esto a lo que Potter se refería cuando dijo que Voldemort se metía en su cabeza? ¿Por esto necesita aprender Oclumancia?
Miré a nuestro alrededor. Algunas de las chicas lloraban en silencio con sus manos cubriendo sus bocas, otras escondían el rostro en el abrazo de alguien más. Los chicos estaban pálidos del espanto y Lovegood levantaba la diadema con miedo, alejándola de las patadas de Potter.
— ¡Alguien que busque a Madam Pomfrey! — se escuchó.
— ¡No! — gritó Hermione, deteniendo a Cho Chang en el acto, quien ya corría hacia la salida.— ¡No podemos arriesgarnos a que más personal de Hogwarts se involucre en esto!
Entonces recordé. Mi madre no sólo es aficionada a las pociones, sino que hasta ha estudiado el curso completo para ser Medimaga a pesar de nunca haber ejercido.
— Mi madre… ¡Theo, ve por ella!— ordené a mi amigo, el cual se acercó un poco para oír mis indicaciones. — Está en la puerta al fondo del pasillo en el que se encuentra el despacho de Snape. La contraseña es "Dragón".
Este asintió y salió corriendo. Hermione vociferó que también trajera a Snape. Mientras tanto, Potter se seguía zamarreando de manera agonizante.
— ¡Maldición! — gruñó Weasley a mi lado. — Esta vez es más fuerte que nunca, más aún que la noche en que la serpiente atacó a mi padre en el Ministerio, Hermione. Tengo miedo, ¿y si Voldemort le está haciendo verdadero daño?
— Tranquilo.— respondí por ella mirándole a los ojos. — Intentaré ayudarlo hasta que lleguen mi madre y Snape.
— ¿Qué harás, Draco? — preguntó con voz temblorosa Hermione.
— Voy a intentar algo que sólo sé en teoría.— contesté con simpleza, sacando mi varita del bolsillo. — Ven, sostenle la cabeza. — le indiqué.
Rotamos posiciones y una vez acomodados les advertí:
— Es probable que pierda la conciencia, pero no se preocupen por mí, estaré bien.
Tomé tres respiraciones profundas, encontrando la claridad mental necesaria para la tarea que planeaba llevar a cabo. Esperaba con todo mi ser que funcionara.
— Legilimens. — susurré e, inmediatamente, me sentí trasladado de forma suave a otra dimensión.
La visual era aterradora. Una oscuridad desmesurada se extendía frente a mí, excepto por una especie de tormenta eléctrica que disparaba rayos entre nubes gigantes, las que enmarcaban y rodeaban lo que parecía un domo enorme.
Ahí debía estar Potter.
Por lo general, las mentes muy entrenadas en Oclumancia formaban domos para protegerse de la intrusión de otros magos. Lo extraño era que, supuestamente, Potter no había logrado entrenar lo suficiente para llegar a este nivel de protección.
Corrí en dirección de la tormenta. Mis pies no pisaban nada más que un negro vacío. Sin embargo, sentía que avanzaba con cada zancada. Me detuve a unos metros de las nubes por miedo a la tormenta eléctrica. Dudé unos segundos, pero tomé coraje de inmediato. No había tiempo.
Esperaba que Potter me dejara llegar hasta él. Después de todo, yo también era un invasor.
Me adentré en la nube. Era densa, y si bien no me hacía daño, podía saborearla. Era amarga, ácida. Era, aparentemente, corrosiva. Los rayos se disparaban en todas direcciones, pasando por mi lado brutalmente, haciéndome temblar con cada impacto.
Se me ocurrió que quizás esta tormenta era el mismísimo Voldemort, arremetiendo con toda su furia contra la mente protegida de Potter. Contra el domo. Era la tormenta, supuse, la que le producía el dolor y las convulsiones al cuerpo de Potter, a cambio de no poder acceder a sus pensamientos, sus recuerdos, sus ideas.
Caminé hasta llegar al límite del enorme domo, el cual parecía estar hecho de una lámina de tintes azules que pulsaba en el espacio, firme, acompasado. Emitiendo una energía que me hizo vibrar en sintonía. Del domo se extendieron filamentos que abrazaron mi cintura tirando hacia dentro lentamente.
Mientras me dejaba llevar por la magia del domo, mientras mi piel se erizaba y mi corazón palpitaba al mismo ritmo que pulsaba la energía, mientras me adentraba en la capa protectora, comprendí. Comprendí que era aquello que formaba el domo.
Por motus propio, mi rostro desplegó una sonrisa triunfal y solté una carcajada llena de goce.
Non Potes Decire.
Alucinante los niveles a los que había llegado el ritual, el cual nos protegía de una forma inesperada, pero agradecida.
Mi cuerpo terminó de ingresar, depositado por los filamentos en el interior. Sentí mis pies tocar un suelo virtual e invisible, una vez más.
Dentro del domo, el lugar era un caos. No me extrañaba que a Potter le costara tanto la Oclumancia. Se asemejaba un poco a la Sala de los Objetos perdidos antes de ser ordenada por Lovegood, sólo que en vez de encontrar objetos amontonados en pilares, estos se encontraban volando en todas direcciones a distintas velocidades y, algunos pocos, yacían inertes en el suelo.
Algunas cosas volaban en grupo, como si se trataran de una parvada de pájaros migrando de un lugar al otro. Probablemente, así se manifestaban los recuerdos, atados a emociones y representados por esas cosas.
Un grupo de prendas de ropa, de procedencia muggle y de mal aspecto, flotaba lentamente a mi lado. Las observé mientras caminaba hacia el centro del domo. Había algunas remeras grisáceas, manchadas con grasa y agujereadas. Unos pantalones desgastados y rasgados en las rodillas, con rayones de lo que parecían ser césped y barro. Zapatillas con la suela, rota y abierta, y sus cordones deshilachados.
Tomé una de las remeras, y, frente a mis ojos, se desenvolvió una pantalla de humo que mostraba una escena de manera vaporosa.
— ¡Toma! — gritaba una mujer mientras le arrojaba la mismísima inmunda remera que yo había tomado, a un pequeño niño de no más de siete años.
La remera se estampó contra el rostro del pequeño de cabello negro. Al quitarla de su rostro comprendí que era Harry Potter, con su característica cicatriz, pero sin lentes.
— ¡Y esta vez no la rompas! ¡No quiero que vuelvan a llamarme del colegio! ¡Debes apreciar que Dudley te regale sus cosas! — le escupió con cizaña y desprecio marcando su rostro.
Sentí una ira abrazar mi cuerpo mientras veía como la mujer se iba dando un portazo, dejando al infante confundido y asustado en una habitación; habitación que era de un tamaño tan insignificante, una habitación tan pequeña, que, si no fuera por la presencia de una cama, en la cual se acurrucaba el niño, no la habría considerado una habitación.
El pequeño Harry sollozó de manera contenida, suspirando entrecortadamente para retener el llanto. Apretó los labios y se limpió un par de lágrimas con la asquerosa remera. Luego, se quedó observando la remera y sonrió alucinado.
Una de sus lágrimas había reparado un agujero en una de las mangas.
Era magia, magia a temprana edad. Quizás, uno de sus accidentes mágicos.
Sintiéndome culpable por invadir una memoria tan íntima, solté la remera que emitía el recuerdo. Esta flotó por motus propio hasta donde estaban las otras prendas de ropa, las cuales comenzaron a volar en otra dirección.
Continué mi caminata, golpeándome internamente por dejarme distraer, y, para colmo, fisgoneando en la mente de Harry.
Sí, Harry. En ese instante, llamarle Potter, inclusive para mis adentros, parecía ridículamente incorrecto. No podía, no después de haber presenciado un momento de vulnerabilidad de su infancia.
Dejé de caminar y comencé a correr. Podía oír como los rayos eléctricos fuera del domo arremetía contra él, produciendo truenos cada vez más seguidos y cada vez más sonoros.
Vi a lo lejos un bulto caído en un espacio circular despejado. Por encima, volaban muy velozmente, en forma de torbellino, un sinfín de objetos que no podía distinguir.
Era él. Mis sospechas se cumplían. Ahora sólo quedaba llegar a él y, si estaba inconsciente, rogar que la técnica funcionara y me dejara entrar a su mente otra vez.
Sería peligroso, pero luego de tragar tantos libros sobre Magia Mental, me sentía seguro de ser capaz de practicar Legeremancia para entrar al siguiente subnivel.
Llegué al cuerpo inmóvil de Harry. Lo sacudí, comprobando que estaba profundamente dormido. Saqué mi varita. Respiré profundo tres veces, una vez más. Si funcionaba, entonces mi propio cuerpo, en el plano material, caería desplomado junto a Weasley y Granger.
— Legilimens.— recité.
Y, esta vez, la traslación al nuevo plano fue turbulenta y dolorosa.
Mis rodillas golpearon contra un suelo, aparentemente de madera, provocando un sonido sordo. La inercia empujó mi cuerpo contra el suelo arañando mis palmas contra el mismo. Sentí astillas clavarse en mi piel y gruñí quejumbrosamente.
— Shh… Estoy intentando saber de dónde viene esa voz. — dijo alguien a mis espaldas.
— ¿Potter? ¿Estás despierto?
— Sí, idiota. Ahora cállate. — demandó.
Cuando mi vista se acomodó a la luz del lugar, pude vislumbrar donde nos encontrábamos. Era como una habitación infantil, alumbrada por dos lámparas cálidas. Había una cuna con pequeños juguetes colgando sobre ella. Unos cuantos muebles de madera y dibujos de dragones y unicornios en las paredes.
Potter miraba hacia fuera por una rendija formada por las cortinas de la ventana. Parecía alerta.
Luego de ponerme de pie, me acerqué a él. Miré por el delgado hueco. Ahí, hacia abajo y a lo lejos, se veía mi cuerpo desplomado junto al de Harry en el centro del domo. Era como si la habitación flotara en la parte superior del domo.
— Wow… se ve toda tu mente desde aquí.— comenté en un susurro.
— Sí, y puedo ver todo lo que pasa con ella. Me sorprendí mucho cuando te vi entrar por el borde. — susurró en un volumen apenas perceptible. Cerró la cortina y apretó sus palmas contra sus sienes.— Esa tormenta me hace doler la cabeza. Es extraño. Creo… creo que es Voldemort. Pero, antes, él si podía entrar y depositar escenas enteras ante mis ojos. Y, ahora, ahora parece estar teniendo dificultades. Pero juro que lo oí hace unos segundos. Justo antes de que llegaras a mi cuerpo allá abajo.
— ¿Me viste todo el rato?— Asintió secamente. Me volteé para ocultar mi vergüenza, fingiendo observar el cuarto.— Oh. Emm, respecto de mi interacción con tus recuerdos, lo siento. No debí…
— Olvídalo. Podemos hablar de eso en otro momento.— me cortó secamente. — Nunca había estado acá arriba tanto tiempo. Si es que es arriba, no sé, estoy confundido. — cambió de tema, lo cual me pareció válido. Su infancia es suya para ser compartida, y yo me había pasado de la raya. — Suelo estar aquí en sueños, rara vez durante uno de estos episodios. De hecho, este es el episodio más tranquilo y coherente que he tenido en mi vida.
— Quizás aquí dentro en tu mente, pero no te das una idea de las convulsiones que está teniendo tu cuerpo en el plano material. Granger y Weasley están muy preocupados. — Frunció el ceño en respuesta. — Lo que me hace recordar. Tenemos que volver.
— No aún. Tengo que descubrir de dónde viene la voz. — protestó.
— ¿Que voz?
— La que oí unos instantes antes de que llegaras a mi cuerpo allá abajo, ya te dije.— acusó irritado.
— Ah… y, ¿por qué es tan importante? ¿que decía la voz?
— Es importante porque es la voz de Voldemort, — contestó marcando con sus cejas cada palabra. — Y no oí del todo lo que dijo… Las palabras "conocimiento" y "poder" fueron las únicas que entendí.
— Uhm… — no supe qué decirle, no sabía qué pensar. — ¿De dónde crees que venía el sonido? — pregunté, intentando encontrar una solución para poder marcharnos de una vez de la mente de Potter. Ya comenzaba a sentirme raro.
— Por un momento, creí que estaba aquí mismo. En esta habitación. Pensé que estaba junto a la cuna, o dentro de ella. Pero… — la señaló con su mano negando con la cabeza. — ya ves que no hay nadie.
— Raro. ¿Seguro que no proviene de afuera? Puedo jurar que Voldemort está afuera del domo, Potter. Él es esa tormenta, como dijiste antes. Creo que el domo está formado por Non Potes Decire. — comenté.
— Vaya, eso explica la calma. Increíble. — dijo anonadado y luego sacudió la cabeza para re-concentrarse. — Pero no, es decir, sí. Voldemort está fuera del domo. Pero creo que también está dentro…
— Potter, eso no se puede. El tipo, por más demoníaco y maniático que sea, tiene una sola mente. Por ende sólo puede entrar con una mente a la mente de alguien más. — le discutí irritado y con la lengua trabada de tanto decir la palabra "mente". Era, básicamente, ilógico.
— ¡Lo sé! Pero estoy seguro de que era Voldemort quien habló aquí dentro. ¡He oído su voz demasiadas veces en mi cabeza como para no reconocerlo, Malfoy! — gruñó, cruzando los brazos frente a su pecho, recordándome a cada momento en los que nos hemos enfrentado, durante seis años de enemistad.
— ¡Bien! — espeté. — Supongamos que tienes razón y Voldemort está fuera de tu domo protector y a su vez está dentro de él, y por si fuera poco, está, más precisamente, en un subplano mental dentro de tu protección, que sería esta habitación. Ahora, ¿cómo explicas que no sea visible de alguna forma? ¿Acaso crees que está jugando a las escondidas? — pregunté irónicamente, acercándome a uno de los roperos con la intención de abrirlo, pero la puerta no dio indicios de querer abrirse. Entonces, para no perder el drama golpee la puerta del ropero pegando mi oreja a esta. — ¿Voldy? ¿Estás ahí? Anda, sal a jugar con nos…
— ¡Ya basta! ¡Entiendo tu maldito punto! — me cortó enojado. — Pero, ¿sabes qué? A la vez no lo entiendo. No entiendo nada de cómo se supone que funcionan las cosas dentro de la mente, o en los planos mentales, ¡o en lo que mierda sea esto! — dijo gesticulando con sus brazos extendidos a los costados. — ¡Pero juro que oí la voz de Voldemort provenir de mi cuna!— concluyó agitadamente.
Me quedé pasmado. Ese era un dato importante.
— ¿Dijiste tu cuna, Potter? — le pregunté interesado. Asintió poniendo una mueca como si fuera algo estúpida mi pregunta. — ¿Esta habitación, es tu habitación? ¿De cuándo eras bebé? — siguió asintiendo cada vez más indignado por mis preguntas. — ¿Cómo lo sabes?
— ¡Ahhgg! ¡ No puede ser que tenga que dar este tipo de explicaciones!— gruñó al aire. — ¡Si, Malfoy! Es mi maldita habitación de cuando era bebé; habitación con la que tengo pesadillas desde que tengo memoria. Lo he corroborado con fotos que me dio Sirius; fotos en las que salgo en brazos de mi madre. En la foto, ella me sostiene junto a esta misma ventana y luego me lleva hasta esa cuna; cuna en la que, durante mis pesadillas, me veo a mí mismo observando el asesinato de mi madre. Una y otra vez, Malfoy. Así que, sí. Estoy bastante seguro de que habitación es esta.
— De acuerdo… Lo siento. — acepté finalmente, impactado por el relato del muchacho.
Potter respiraba agitadamente. Tenía la piel pálida, como cuando estábamos en el plano material. Volvió a llevarse la mano a la cicatriz, apretándola.
— Te duele la cicatriz. — aseveré. Él asintió a pesar de que yo no había preguntado.— Potter, olvida la voz. Tenemos que salir. Debemos volver al plano material.
Asintió, con rostro que denotaba mucho dolor. Apretaba los ojos con fuerza y cada vez se veía más pálido.
Le extendí mi mano para ayudarlo a salir de este subplano, pero, antes de poder tomarla, se volteó alarmado hacia la ventana. Se escucharon una serie de relámpagos violentos y extremadamente estruendosos. Y luego de que retumbaran por toda la habitación, se hizo el silencio sordo.
Y la escuché. La escuchamos. La voz de Voldemort.
"Sí... está cerca. Reunámonos con quien tiene el conocimiento infinito. Sí… juntemos nuestro poder."
N/A: Bien, ¿qué les ha parecido? La verdad es que estoy un poco nerviosa con este capítulo, porque tengo la sensación de que pueden amarlo u odiarlo. Me gustaría muchísimo que me hagan saber que piensan sobre cómo se va dando la historia. Se que hay muchas/os lectoas/es que acaban de empezar a leer el fic, sus follow y favs me alegran el día! Me gustaría saber que opinan hasta ahora.
Les dejo algunas de las NOTAS DE EDITORA, que, como siempre, son muy buenas:
Debería correr y ocultarme para siempre en un lugar recóndito, donde jamás nadie me pueda o quiera buscar. ¿Podrían ser las islas Malvinas?
N/E: JAJAJAJA. No sé de quién es el POV aún, pero ¿qué quieres?, ¿que viva cerca de ti? Jajaja
— ¿Oficial? ¿De qué demonios hablas, Theo? ¿Cómo esperas que oficialice algo totalmente clandestino? ¡Estamos en medio de una guerra, no es como si pudiera ofrecerle una promesa de matrimonio para cortejarla hasta la graduación! Además, ella no es…
N/E: Dios mío, Draco, pero ¡le puedes pedir ser su novia, maldita sea! Como dijo Melendi en "Tu jardín de enanitos", nadie le ha hablado de boda.
— Todo lo que contenga la palabra "sexo" me encanta, Draco. — repliqué.
N/E: lol, it's not what you think, Theo, my dear. And I don't know why I keep writing in English... maybe is the vodka.
— Yo también fui un inocente prejuicioso con el título de este libro. — Volvió a reír. — Oh… por Merlín, ya verás. Sí... ya verás.
N/E: Ya, Malfoy, it's not that funny, ¿vale?
— ¡Luna! — Interrumpió mi respuesta un grito a lo lejos. — ¡Aquí tengo más joyería y otra pieza de arte! — Era una de las hermanas Patil. De nuevo, no sé de cuál de las dos gemelas se trataba. — ¡¿Qué quieres hacer con ella?!
N/E: Estoy intuyendo que van a encontrar la diadema de Ravenclaw
— Esto, Draco, — me respondió Lovegood con sus enormes ojos clavados en los mios. — es la Diadema de Rowena Ravenclaw. La desaparecida y legendaria Diadema de Rowena Ravenclaw.
N/E: Gracias, gracias * hace una reverencia ante los inexistentes aplausos, sentada en su cocina vacía *, gracias, no hubiese podido hacerlo sin las pequeñas pistas de Ange, gracias.
— ¿No piensan responder?— preguntó impaciente luego de unos segundos de silencio. Y justo cuando Hermione iba a decir algo, volvió a hablar. — ¿Y qué demonios es ese silbido agudo insoportable?
N/E: Ay, Harry, es un horrocrux, mi amor.
La convulsión y los gritos de dolor no cesaban, y, de fondo, el grupo parecía estar alterado.
— ¡Hermione! ¡Hay que hacer algo! ¡No suelen ser así de fuertes!— exigió el colorado quien apretaba el torso de Potter con ambas manos.
N/E: Me parece increíble esta escena y como demuestras que Ron y Hermione han vivido esto antes. Claro, nosotros lo vimos desde la perspectiva de Harry, pero qué angustiante tuvo que haber sido para sus amigos presenciar lo mucho que lo afectan los horrocruxes o la posesión de Voldemort o los dementores.
— ¡Ya basta! ¡Entiendo tu maldito punto! — me cortó enojado. — Pero, ¿sabes qué? A la vez no lo entiendo. No entiendo nada de cómo se supone que funcionan las cosas dentro de la mente, o en los planos mentales, ¡o en lo que mierda sea esto!
N/E: JAJAJAJA, Harry, darling… me neither.
Sus críticas y opiniones son bienvenidas,
no nos abandonemos,
ya les amo!
Abrazos Cósmicos!
