Capítulo 24
La gloriosa primavera había llegado a Toledo. El aire tibio estaba impregnado de olor a tomillo y enebro, las jaras estaban en flor y los enormes capullos de color rosa púrpura se mecían bajo la brisa llenándola de imágenes gloriosas.
Llegó a las puertas fortificadas de Toledo y saludó con la mano a los hombres de armas que vio allí y que le permitieron la entrada con una sonrisa al reconocerla. Candy observó, a medida que cruzaba las sinuosas callejuelas de la ciudad, las diversas plantas que adornaban las casas toledanas: mirto, hibiscos, buganvillas, geranios. Pasó rápidamente junto a la herrería y el mercado, y acto seguido cruzó el puente de San Martín, dejando atrás la ciudad para galopar como el viento hacia Verdial.
La distancia desde Toledo era de cuatro kilómetros y ya lo divisaba en el horizonte. Candy nunca se había alegrado tanto de ver los sólidos baluartes de Verdial elevándose en el cielo azul de esa mañana primaveral. Podía ver los parapetos, las torres y almenas de su hogar añorado. Se alzaba orgulloso y magnífico ante el telón de fondo de los verdes paisajes toledanos. Candy rió de puro placer y contento y dio rienda suelta a su yegua baya para llegar cuanto antes. Ambas corrían en perfecta armonía a través de los campos. Se sentía tan libre y feliz... Parecía que había transcurrido un siglo desde que sintiera esa apabullante sensación de propiedad delante de los muros de Verdial.
Detuvo su desenfrenado galope y cruzó el puente levadizo que habían bajado para ella, entró al patio de armas y desmontó de la yegua con un salto ágil y sintiéndose demasiado llena de vida y júbilo para importarle el desaliño que presentaba su aspecto al entrar por el portalón con dirección a la torre. Corría como una chiquilla pequeña, se dirigió directamente a la gran sala. Tenía que hablar con Quintín: hacía tanto tiempo que no lo veía... lo había extrañado mucho. El pelo se le había soltado de la sujeción y bailaba junto a sus mejillas en una danza loca y desinhibida.
Sus ojos brillaban llenos de expectativas.
—¡Joseph! ¡Quintín! —llamó al mayordomo y a su capitán al mismo tiempo que se quitaba los guantes labrados en piel. Candy tenía mucho que pensar, decisiones que tomar. Que se hubiese casado con el escocés por mandato real no significaba que tuviesen que vivir junto a él. Tenía que dar tantas órdenes que estaba impaciente por comenzar cuanto antes.
Un carraspeo la hizo volverse de golpe inquieta; se había detenido en medio de la sala y permaneció completamente inmóvil. Sus ojos comenzaron a recorrer la hermosa habitación hasta llegar al enorme hogar apagado. Candy sintió que su corazón había dejado de latir por la sorpresa, sus piernas amenazaron con no sostenerla.
¡El demonio escocés estaba allí! Sir Albert Ardley, de pie delante de la chimenea y con su codo derecho apoyado en el respaldo del asiento de madera laboriosamente tallado que utilizaba su abuelo para descansar frente al hogar cuando estaba encendido. Sus piernas largas y musculosas estaban ligeramente separadas.
Cinco largos dedos tamborileaban de forma distraída sobre la repisa de la chimenea mientras los otros cinco sostenían una copa de plata con incrustaciones de piedras preciosas. Movió el oscuro líquido con un suave giro antes de tomar un sorbo. Alzó sus ojos celestes y la miró de forma enigmática, Candy podría jurar que con burla.
Se irguió tan derecha como una lanza.
—¡Por fin habéis llegado a casa! —seguía sin poder moverse al escucharlo—. Habéis tardado demasiado en regresar, me moría de la impaciencia y la preocupación.
—¿Qué hacéis aquí? —el sonido estrangulado de su voz le importó bien poco.
—¿Y me lo preguntáis? —la sonrisa en la boca de él la desconcertó—. Vuestra nota me preocupó realmente, cualquier problema que surja en Verdial tendrá mi atención inmediata pero el problema ya está resuelto... Ah, por cierto. El conde y su yerno van de camino a Luna, han requerido su presencia allí.
Albert dejó el cáliz encima de la mesa y se adelantó para darle la bienvenida. Candy retrocedió un paso alarmada. ¿Por qué no se había referido a Robert como su padre? Ese detalle hizo que se encrespara todavía más. Si decía alguna palabra sobre Guillermo se lo iba a hacer pagar muy caro.
—¿Dónde está Joseph? —la pregunta resultaba tonta.
—¿El escribano? —Candy asintió con la cabeza—. Además del escribano se ocupa de todo lo concerniente a Verdial en nuestra ausencia. Con su esfuerzo mantiene estas piedras en pie —Albert le ofreció una sonrisa—. Está supervisando la preparación de un banquete en vuestro honor para daros la bienvenida. Los guardias de la torre oeste os vieron llegar desde hace rato.
Candy se quedó completamente descolocada, su mente era un hervidero de especulaciones.
Estaba tan atractivo, dolía tanto su traición...
—¡No podéis quedaros aquí! —Albert la miró de forma sardónica y ese detalle la encolerizó—. Llamaré al capitán de mi guardia y me aseguraré de que os dé la patada en el culo que os merecéis.
Albert la miró durante un instante y comenzó a reír.
Candy no era propensa a un vocabulario tan vulgar, y ella se sorprendió al oír su risa porque nunca lo había visto mostrarse con ese abandono.
—Quintín va de viaje a Luna.
Candy ahogó una exclamación. Tenía que calmarse o haría una estupidez de esas que hacían historia.
—¿Pretendéis vivir aquí en Verdial? ¿A mi lado?—Albert le ofreció una sonrisa auténtica pero no le respondió—Ha sido una tremenda falta de respeto y una enorme grosería presentaros aquí sin haber sido invitado.
—Algunas cosas tienen que cambiar.
Candy tensó la espalda y entrecerró los ojos cuando advirtió que avanzaba un paso hacia ella.
—¿Cómo sustituir a mis hombres para mantenerme aislada sin defensa?
A Albert le resultaba imposible seguir el razonamiento de ella. Suspiró profundamente porque Candy siempre pensaba lo peor de él.
—¿No me habéis perdonado, Candy? ¿Qué debo hacer para que me alcancéis con vuestra tolerancia?
Candy alzó una mano que dejó en suspenso tratando de detener el avance de él. Su corazón sufrió un vahído ante esa declaración inesperada. Le había costado meses erigir un muro para guardar su corazón, y temía que Albert lo derribase con un soplido.
—Me humillasteis tras abandonarme unas horas después de nuestros esponsales sin ofrecerme la más mínima posibilidad de poder alcanzar vuestra bondad. La reina espera que nuestro matrimonio sea consumado. No debe haber motivos que os inciten a solicitar una nulidad.
Candy se ahogó con la saliva que tragaba.
—¡Nunca!
Albert sintió una puñalada cuando escuchó sus palabras.
—Sé que cometí un error al tratar de obedecer a mi rey y llevaros hasta su presencia con vuestro desconocimiento —Candy volvió a retroceder otro paso. Quedó cercada entre la mesa y su cuerpo—, pero no puedo evitar amaros, Candy. Solo vuestro afecto puede salvarme del abismo al que salto cada vez que os alejáis y me abrazáis con vuestro despecho. De nada sirve que niegue lo que siento cada vez que os miro, solo vos poseéis la cura que necesita mi alma, a la que mantenéis en vilo y sangrante —Candy volvió la cabeza de los labios que se acercaban a los suyos en suave penitencia—. Si supierais las noches que he soñado con vuestros labios. Noches donde me perdía en el bosque nocturno de vuestros ojos de verdes —Candy sabía que andaba por un terreno muy peligroso—. Vuestro rostro me mantenía vivo, cuerdo, inmerso en la certidumbre que solo tienen los que saben que están condenados a muerte, que no tienen remedio, pero aun así, sin dejarse vencer, luchando en la tribulación de la esperanza.
Albert le alzó la barbilla y buscó con la boca sus labios.
Candy no se resistió. Permitió que la frialdad de su espíritu calase en él, que penetrase en la profundidad de su alma y lo sacudiese hasta romperlo en mil esquirlas irrecuperables. Pero Albert no la besó, siguió sosteniendo su barbilla y perdiéndose en la profundidad de sus ojos.
Candy sintió el cuerpo de Albert como acero caliente junto al suyo. Le impedía respirar con normalidad pero siguió manteniendo sus labios sellados.
—¿Por qué contenéis vuestras palabras de mí? No ocultéis la claridad de vuestros ojos a los míos. Dejad que guíen mi camino junto al vuestro como si fuese un lucero en la mañana que despierta con una sonrisa al sol.
Candy necesitaba escapar de las palabras suaves y seductoras que Albert le ofrecía. Si seguía escuchando flaquearía; él siguió en su letanía tratando de penetrar en la coraza de desdén que se había puesto.
—Me hacéis beber el veneno amargo de vuestro silencio —Candy hizo amago de irse pero él no se lo permitió—. Si os vais, me dejareis herido de muerte y agónico, sin esperanzas, sin futuro. Sin la posibilidad de abrazar a los hijos que me niego a no tener con vos.
El pecho de Candy se sacudió con brutalidad ante la esperanza que dejaban traslucir las palabras de él, pero recordó a tiempo la promesa solemne hecha a su padre cuando su sangre alimentaba suelo escocés.
—Pedís un imposible, soy incapaz de corresponderos —Candy lo miró con rencor y una profunda deslealtad.
Su resquemor era tan grande que el fuerte guerrero, acostumbrado a la lucha, se doblegó al fin—. El odio que siento por vos supera el sentimiento compasivo que me producís.
Albert la miró tan afectadamente y con tanto dolor en sus pupilas que Candy sintió unos abrumadores remordimientos, pero no retiró las palabras de ofensa.
—¡Clavad la daga más fuerte, Candy! Ahí donde el corazón ya no puede esconderse, y tiradlo a los perros. Ellos darán un uso mejor de él que vos —Albert estaba sufriendo, pero ella siguió salando la herida.
—Si os quedáis aquí terminaré por mataros.
—¿Y qué creéis que habéis hecho con vuestras palabras? —Albert estaba sufriendo la mayor agonía de su vida y, aun así, no cejaba en su empeño de atraerla con sus brazos hacia él.
—¡No soy capaz de soportar vuestra presencia!
Una violenta ira comenzó a reemplazar el letargo que sufría desde que la había visto tan hermosa. Candy deseaba irse pero Albert no se lo permitía. Seguía asiéndola por los antebrazos.
—¡Soltadme!
Candy empujó el musculoso pecho de Albert para apartarlo sin conseguirlo.
—Por mi vida que no puedo, aunque ello implique quedarme sin una gota de sangre.
Bajó la boca hasta apoderarse de la de ella. La urgió, la incitó a responderle pero a pesar de la dulzura que encontraba en los recovecos de su boca, Candy seguía en actitud desidiosa.
Aprovechó que ella volvió su cabeza para deleitarse en su cuello de satén. El deseo lamía el cuerpo de Albert como llamaradas de fuego y abrasaba cada una de sus terminaciones nerviosas hasta que sintió deseos de gritar a pleno pulmón. Candy se debatía entre el despecho y el anhelo que los besos de él le provocaban, pero siguió rechazando la tregua que su boca le ofrecía.
Pudo desprenderse de su beso y le increpó con humillación:
—¿Sufriré la vejación de tener que aceptaros a pesar de mis sentimientos?
Albert la soltó de golpe azotado por sus palabras.
—Vos tenéis la culpa de la locura que me posee cuando os miro.
Los ojos de Candy le mostraron que iba a ser implacable en su decisión.
—¿Será por los cabellos ondulados y la piel color melocotón que poseen las castellanas?
Se estaba burlando de él; Albert la sujetó con más firmeza y le respondió con voz melosa:
—No me busquéis con palabras que me incitan a soñar, a saciarme de vos, pues el hambre y el deseo desbocado me producen una sensación de vacío en el estómago que solo calmaré cuando os tome.
Candy palmeó la mano que tenía asido uno de sus rizos.
—¡Jamás! Mi rechazo lo esculpisteis en un muro con cada gota de la sangre derramada de mi padre. ¡No puedo amaros! Es más... no quiero ni considerarlo.
Albert inspiró profundamente afectado por sus palabras.
—Mi hombría la derribáis a golpes de lengua sin considerar si podré levantarla alguna vez —Candy se soltó al fin de los brazos que la sujetaban—. Me canso, me muero pero no escucháis mis súplicas. Vuestro orgullo os alcanza en vanidad.
Candy le ofreció una última mirada antes de espetarle.
—Hundisteis vuestras garras en mi corazón y le disteis bocados fieros cuando antepusisteis la codicia de vuestro monarca al amor por mi familia —Candy soltó un gemido antes de continuar—. No puedo olvidar que por vuestra traición mi padre a punto estuvo de perder la vida.
Acababa de asestarle el golpe definitivo. Albert dio media vuelta y se marchó dejándole una sensación de triunfo cobarde, pero antes de alcanzar la puerta se volvió con la mirada rebosante de dolor crónico.
—Mañana temprano partiré hacia Alarcos. Don Alfonso espera conseguir que los musulmanes retrocedan hacia el sur.
Albert no le dio opción a responderle; dejó la sala tan rápido y tan herido que Candy sintió que el abatimiento se cernía sobre ella. No se sentía orgullosa de su victoria, sino miserable. Necesitaba poner distancia entre ellos porque sabía que él podía llegar hasta su corazón fielmente resguardado por una tapia de inseguridad.
Seguía en la misma postura vencida desde hacía mucho rato. El encuentro con Albert la había dejado exhausta, pesarosa. Las palabras que le había dedicado eran horribles, llenas de un desdén inmerecido, pero la perfidia de la que había sido objeto la quemaba con una brutalidad de la que no podía reponerse. Lo amaba y lo odiaba al mismo tiempo. La habían obligado a desposarse a la fuerza, habían quebrado su orgullo hasta el punto de no poder encontrar el equilibrio sobre sus emociones. No tenía el control sobre su vida y ahora su condado estaba en manos extrañas que ya la habían vendido una vez. ¿Se podía ser más infeliz?
Candy había dado las órdenes necesarias para que Verdial siguiera sosteniéndose hasta la llegada de su abuelo. Había mandado empacar parte de su vestuario y sus libros. Volvía a Luna. Sabía que tardaría mucho en regresar a Toledo pero no lo lamentaba todavía. Le restaba solo un poco de tiempo antes de comenzar el viaje hacia su libertad absoluta. Sentía el corazón dividido entre sus sentimientos y lo que ella, erróneamente, creyó lealtad hacia su familia. Candy pasó la mano por la suave madera tallada del cabezal del lecho y aproximó sus pasos hacia la ventana abierta. Se deleitó en la magnificencia de lo que veía. Todo en Verdial resultaba grandioso e imponente. Sentía verdadero orgullo por cada piedra levantada con sudor y empeño por generaciones de hombres que habían unido con sangre a sus muros el esfuerzo de toda una vida.
Amaba Luna, pero sentía verdadera debilidad por Verdial. Aún parecía que escuchaba en las cálidas tardes de otoño los gemidos del viento que hacían girar las veletas de las torres y mecía las barquichuelas amarradas a los postes cercanos a los molinos creando una sensación de serenidad. Candy iba a extrañar mucho la ciudad fronteriza, pero había tomado su decisión.
Volvió sus ojos de la ventana abierta y de la despedida que le ofrecía el río Tajo con su silueta sinuosa y retorcida. El sol, juguetón, se iba poniendo tras los montes verdes; la neblina de la tarde, que había comenzado a asomar y flotaba como un velo de gasa azul pálido sobre la ciudad imponente, dándole un aire de misterio y de majestuosidad. Se acercó sigilosamente a los pies del lecho, cogió su capa de terciopelo azul ribeteada de piel. Apenas se la puso sobre los hombros sintió una debilidad en las piernas y terminó por sentarse en el mullido colchón de plumas.
Albert la sorprendió cuando se colocaba la capa de viaje. Miró los hatos encima del lecho y una sombra oscura cruzó sus ojos sin abandonarlos. Pensaba huir como una cobarde, pero él tenía una cuenta pendiente con ella.
—¿No pensabais despediros, esposa? —Candy se levantó de un golpe y apoyó la mano en el poste del lecho con la culpabilidad reflejada en el rostro. Albert alcanzó la distancia que le separaba de ella y le espetó con amarga cólera.
—No puedo vivir con vos bajo el mismo techo.
A Albert las palabras le supieron a veneno.
—No podréis anular los esponsales, se lo juré a la reina Leonor.
—Vuestra palabra carece de sentido para mí.
Albert entrecerró sus ojos con una furia que comenzaba a llenarlo.
—Pienso hacer honor a ella.
Candy no se esperaba el ataque directo sobre su persona. La boca de Albert descendió sobre la de ella sin que ella pudiese protestar o emitir quejido alguno.
Había llegado el momento del cobro y ninguno de los dos supo quién pagaría más.
Albert buscó su boca con labios duros, lacerantes. Parecía que trataba de castigarla de algún modo, seguía insistiendo en sus besos de forma ávida e imperiosa, exigiendo, reclamando los labios de Candy que eran tiernos.
Albert movía su lengua ahondando, obligando a que ella le respondiese. La tumbó de espaldas al lecho y él se posicionó encima. Candy sentía la lengua de Albert deslizándose en su interior moviéndose con suavidad satinada en torno a la suya. Sintió una palpitación profunda en el vientre, una pulsación anhelante que no le permitía pensar con coherencia. Albert sintió a su vez que su piel ardía como si se hubiese lanzado sin pensar a una caldera hirviendo; se apoyó en los codos mientras mantenía sus largos brazos por encima de su cabeza. Candy solo era consciente de lo placentero que le resultaban las caricias de él. Lo necesitaba tanto, lo odiaba tanto... Luchaba en un mar de dudas, deseando entregarse a él, y al mismo tiempo, maldiciéndose por la deslealtad de sus pensamientos. Alzó el rostro y subió su mirada implorante hasta encontrar la de Albert; él vio sus labios tentadoramente separados, el cabello desordenado y la carne temblorosa. ¡Dios! Qué bella era y qué increíblemente sensual.
Llevaba tantos meses necesitándola que sabía que no podría esperar más. Sentir el contacto fresco de su piel fue una delicia, y Albert suspiró con deleite.
Candy había aceptado su derrota; por esta vez iba a permitir la sumisión que Albert le reclamaba. Sus caderas comenzaron a moverse sensualmente contra él, encendiendo su deseo hasta extremos alarmantes. Albert se apartó ligeramente para situarse en posición, le sostuvo el rostro con manos expertas.
Deseaba observarla cuando ella lo recibiera, pero no pudo cumplir su deseo, la imperiosa necesidad de enterrarse en su cuerpo le hizo cerrar los ojos con un gruñido. Albert empujó hondo y, sin apenas percatarse, comenzó a embestir con ímpetu con la parte inferior de su cuerpo. Su suavidad interior lo había acogido como una vaina a su espada; Albert gimió al sentirla caliente, apretada.
Ella lo volvía loco con sus movimientos eróticos, era como estar dentro del paraíso. Cada embestida generaba un gemido largo y profundo que no se molestó en ocultar. Albert comenzó a acariciar uno de los pezones con dedos diestros hasta que se puso inhiesto; cuando hubo conseguido lo que quería, pasó al otro pecho para rendirle el mismo tributo mientras seguía dando lentas embestidas como si quisiera medir el movimiento. Candy entrelazó las piernas alrededor de la cintura de él y lo siguió en la danza, Albert se movió de forma más urgente, apremiante; los gemidos entrecortados le indicaban que ella había alcanzado el punto de la liberación. Tras una última embestida se enterró en lo más profundo de ella y lanzó un bramido que lo dejó sorprendido por la intensidad; después se quedó completamente inmóvil.
Seguía mirando el rostro dormido de Candy. Su belleza lo conmovía profundamente pero debía dejar Verdial. El rey Alfonso lo reclamaba: tenían que partir inmediatamente hacia Alarcos, el ejército almohade ya se había puesto en camino.
Suspiró largamente y con la esperanza mordiéndole el corazón.
Iba a conseguir su capitulación, estaba convencido. La respuesta carnal de Candy solo podía significar que sentía un profundo afecto por él y Albert sabía esperar. Se marcharía a la guerra con la convicción de que ella iba a anhelar su regreso, que iba a perdonarlo porque lo amaba.
Terminó de colocarse la capa y dejó la alcoba en silencio.
CONTINUARA
