Viernes 3 de Julio 2015
Rachel Berry
Salt Lake City
23
Mantén la distancia, guarda la compostura y presta atención a la señora Bell. Toma aire, respira profundamente, sonríele cuando te mire sin bajar la guardia y procura no mantenerle la mirada por más de tres segundos, si no quieres parecer idiota.
No. No era el reproche de alguien importante, ni una norma de protocolo o un consejo de mi madre cuando sabía que iba a acudir a algún evento especial, era un pensamiento que se mantuvo en bucle durante la mayor parte de aquel día, y que me llegó a primerísima hora de la mañana, para evitar que desaprovechase la maravillosa oportunidad que tenía de escuchar a una de las personas que más admiraba en el mundo.
Increíble, sí. Si me llegan a decir días atrás que estaría a escasos cinco metros de la mismísima Susan Jocelyn Bell Burnell hablando de la adaptación de su radiotelescopio, con el cual captó la primera radioseñal de la historia de un púlsar, que a punto estuvo de convertirla en Premio Nobel, y mi foco de atención estuviese desviado hacia otra persona no me lo habría creído ni en cien veces que me lo hubiesen confirmado. Y si para colmo me afirman que esa persona no era otra más que Lucy Quinn Fabray, alias mi Sheliak, menos aún.
Pero así era.
75 minutos de conferencia con una de las grandes, casi 50 astrónomos, físicos, científicos y demás obsesivos de la galaxia presentes, y ella, la única que no entendía lo que era una radioseñal o como se las sondas eran capaces de recorrer la galaxia sin más, se limitaba a recrear con dibujos en una pequeña libreta que le habían regalado lo que la señora Bell explicaba con palabras, obligándome, o mejor dicho, atrayendo mi atención y mis miradas hacia ella a cada minuto, utilizando sin duda esa fuerza gravitatoria atrayente como buen agujero negro. Creándome una fascinación por tenerla allí sentada a mi lado, como si fuese lo más habitual de su mundo, que nunca antes había sentido.
4 horas y 30 minutos.
Ese fue el tiempo exacto que dormimos aquella noche después del largo viaje y llegando al hotel con la madrugada ya bien entrada. Cuando sonó mi despertador para poder acudir a la primera de las conferencias, a las 8 en punto de la mañana, y la vi dormir a mi lado como si de un bebé se tratase, tomé la decisión de permitirle que siguiera descansando y me dispuse a escribirle una nota para que acudiese a la convención cuando deseara, con la dirección exacta del lugar e incluso dinero para el taxi. Pero no me sirvió para nada. Quinn abrió los ojos cuando yo salía de la ducha y no aceptó mi propuesta de quedarse durmiendo bajo ningún concepto, alegando que estaba realmente interesada en saber lo que se podía vivir en una convención de aquellas características, a pesar de mis advertencias por la posible alta dosis de aburrimiento que iba a sentir al tener que presenciar las conferencias.
Quería acompañarme a cada uno de los eventos que acudiese, y no perderse un solo minuto a pesar del sueño y el cansancio que, por mucho que intentase camuflar, pesaba sobre su cuerpo.
Obviamente yo también lo estaba. Cansada, con sueño y dolorida por dormir en una cama que no era la mía, y a la que no estaba en absoluto acostumbrada, por muy lujosa que fuese. Sin embargo, yo sí tenía motivos para no pensar en si me encontraba bien, mal, cansada o somnolienta, porque la emoción de estar allí superaba con creces cualquier dificultad que se presentara en mi persona. ¿Pero ella? Ella no tenía motivos para soportar tres conferencias de tres científicos diferentes, y mostrarse con una tranquilidad y una sonrisa encantadora cada vez que la inercia me llevaba a mirarla. Ella no tenía por qué estar allí haciéndome compañía y presenciando algo que a buen seguro le sonaría a chino mandarín, pero estaba. Estaba y su presencia, su manera de estar me transmitía una felicidad inaudita, y me llevaba a olvidarme por completo de lo que estaba viendo y escuchando, para envolverme con su sonrisa cómplice cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Y estuvo. Estuvo durante dos horas más hasta que dieron por finalizada la mañana de conferencias, y la convención se abría al público general.
Juro que cuando salimos de una de las salas y decidimos adentrarnos en el mundo de los stands, de empresas y observatorios que mostraban sus últimos avances, en el ir y venir de gente con camisetas de la NASA que compraban por 10$, las pantallas con las retransmisiones de documentales por todos vistos, y la cara de Carl Sagan en multitud de panfletos. Sin contar con los diferentes dispositivos relacionados con las estrellas, como telescopios, simuladores de realidad virtual o incluso llegar a meterte en un traje especial, respiré aliviada. Me sentí libre de una presión que no tenía sentido que tuviese, pero que se había instalado en mí por su culpa. Y no era una sensación mala, por supuesto. Todo lo contrario.
Quinn, por primera vez en mi vida, me hizo sentir valorada. Me hizo creer que era lo realmente importante y especial para alguien, como para perder cinco horas de su vida escuchando a científicos, astrónomos, físicos y matemáticos, sin tener la más remota idea de lo que decían. Me hizo comprender que el valor que le das a las cosas, es relativo a la importancia que tienen para quienes lo viven. Ella sabía cuán importante y especial era para mí asistir a aquellas conferencias, muchísimo más que poder disfrutar de todo lo que rodeaba a un evento de aquellas características, y por eso estuvo allí. Por eso mostró en interés en presenciar lo que tan especial era para mí. Y eso, lógicamente, me hacía sentir importante.
Jesse nunca, en cuatro años de novios y 2 de casados, se sentó a mi lado a escuchar las palabras de alguien que estuviese relacionado con lo que más me gustaba. Ni en una conferencia ni en el sofá de mi casa. Y nunca se lo reproché, porque del mismo modo yo jamás me senté a su lado para ver una carrera de coches o de motos. Por eso me sorprendía tanto la actitud de Quinn. Por eso me tuvo durante toda la mañana más pendiente de ella, de saber si estaba despierta o dormida en la silla, de tratar de leer sus gestos para comprender qué diablos tenía en la cabeza para estar allí, o para agradecerle con una sonrisa cada vez que se daba cuenta de que la miraba y me mostraba sus bocetos de radiotelescopios y satélites espaciales más propios de la saga de Star Trek que de la realidad.
En el momento justo que todo aquello acabó decidí ponerme en sus manos. En el buen sentido de la palabra, lógicamente. Teníamos ante nosotras un universo completamente diferente, más ameno y llamativo que el de las charlas, y con muchas más posibilidades para que ella se divirtiese, o al menos lo intentase. Y aunque a mí no me interesaba demasiado meterme dentro de un traje aeroespacial, lo hice porque a ella le resultó divertido. Y no solo aquello, sino que también se empeñó, con una curiosidad infinita, probar, ver, descubrir y aprender de todas y cada una de las posibilidades que se presentaban ante nosotras. Y yo, como buena anfitriona aunque no fuese mi ciudad, me convertí en su profesora de astronomía particular por al menos una hora más. El tiempo que tardamos en decidir que había llegado el momento de comer algo para poder continuar con nuestro astronómico día.
El lugar elegido para saciar nuestro apetito no fue otro más que un restaurante cercano al congreso donde se realizaba la convención. Nada presuntuoso o lujoso. Solo un pequeño restaurante, que gracias a la convención estaba viéndose prácticamente desbordado con la llegada de turistas, como nosotras.
Tuvimos suerte al encontrar una mesa disponible y recibir una buena atención dadas las circunstancias. Lo que yo no sabía, ni podía llegar a imaginar en toda mi vida, es que esa suerte de llegar justo en el momento en el que había una mesa disponible para nosotras, aquel Viernes 3 de Julio de 2015 a las 12:48 del día, me iba a cambiar la vida para siempre. Más que cualquier otra circunstancia que se hubiese producido hasta ese instante. Fue un regalo de los Dioses, de los astros o del destino, y que curiosamente estuvo aderezado por ella. Por mi Sheliak.
¿Quién si no?
—Rach…—me susurró cerca del oídomientras ojeaba la carta del restaurante, segundos antes de tomar asiento tras haberme dejado a solas por algunos minutos mientras hacía uso del baño— ¿Esa no es la misma que nos ha dado la conferencia?—me dijo pillándome por sorpresa cuando me obligó a mirarla y cuestionarla. Ella pensaría que no había comprendido su pregunta, pero mi pequeño bloqueo se produjo al escucharla llamarme de aquella forma tan íntima y personal, y sobre todo al hacerlo a tan corta distancia –Allí, la mujer aquella… La señora Bell, ¿No se llama así?—añadió obligándome a mirar hacia uno de los laterales, donde en una de las mesas y junto a varias personas más, efectivamente, se encontraba ella tomando también asiento. Jocelyn Bell.
—Eh… Sí, es ella—balbuceé completamente sorprendida por verla allí.
—Estaba en el baño—musitó tomando asiento frente a mí—He estado a punto de salir corriendo para avisarte, pero luego pensé que si estaba allí, probablemente estaría comiendo aquí.
—¿Estaba en el baño de veras?
—Sí. Justo cuando yo entraba, ella estaba aseándose o lavándose las manos, no sé. Pero la he reconocido enseguida. ¿No es genial?
—Pues sí… Me he puesto nerviosa, incluso—le confesé volviendo a asegurarme de que era ella, y que estaba allí.
—Oh… Normal, vamos a saludarla.—Me dijo sacándome de mi escrutinio.
—¿Qué?
—Vamos, tienes que saludarla, seguro que te hace…
—¿Qué?—repetí, pero esa vez tensándome y evitando que su mano, aferrada a la mía, tirase de mí y me obligase levantarme de la mesa.
—Vamos. Es tu oportunidad de saludarla, y tienes ese dossier que nos han dado de ella, te lo podría firmar. Seguro que le encanta, y así puedes…
—No, no… Quinn. No voy a ir a saludar a la Señora Bell, y mucho menos a pedirle un autógrafo cuando está comiendo con más gente.
—¿Qué? ¿Por qué?—me miró confusa, y yo pensé que estaba bromeando.
—¿Cómo que por qué? ¿Estás de broma? No creo que sea ni lógico, ni oportuno. Está comiendo…
—Ok. Pues la saludamos luego, antes de que se marche… ¿De acuerdo?
—No. Ni hablar.
—¿Por qué?
—Porque no, Quinn.
—Pues no lo entiendo. Se supone que admiras a esa mujer, y no has tenido oportunidad de verla antes en tu vida. ¿Por qué no puedes ir a saludarla y a pedirle un autógrafo?
—Porque no es una actriz, o una cantante… O una artista. Quinn, es una científica… No se les piden autógrafos a los científicos.
—¿Por qué no? Me has dicho que tienes sus tesis, que tienes libros de ella y que has seguido toda su carrera profesional como un ejemplo para ti. ¿Por qué no vas a poder saludarla al menos? Es tu oportunidad, y mira—volvió a señalar al grupo, donde uno de los camareros hablaba precisamente con ella con una sonrisa de oreja a oreja—Todo el mundo lo hace. Es una señora mayor, seguro que le encanta ver como gente joven quieren seguir sus pasos…
—Quinn no insistas—espeté tratando de sonar contundente, y ver su gesto abrumado me llevó a sentirme un tanto mal.
Lógicamente, me moría de ganas por saludarla, por conocerla y escucharla hablar. Lo haría durante horas sin quejarme en absoluto, pero yo no tenía esa capacidad para sociabilizar con alguien a quien respetaba y admiraba tanto. Era superior a mí. Mis fuerzas se debilitaban, me temblaban las piernas y me sentía el ser más ridículo del universo cuando tenía frente a mí a alguien de esas características. En aquel instante, noté como incluso se me cortaba el apetito y lo único que me apetecía era salir de allí.
—Lo siento, ok… No te lo tomes a mal, pero no puedo levantarme e ir a saludar a esa mujer. Como tampoco podría recorrerme el restaurante sin pensar que el mundo entero me mira y se ríe de mí. No me siento bien recibiendo la atención de los demás, y si encima es alguien así de importante, mucho menos.
—A mí tampoco me gusta ser el centro de atención de nadie, Rachel… Pero cuando se presenta una oportunidad única como esa, no me gusta desaprovecharla.
—Y yo agradezco que muestres ese interés… Pero no, no puedo hacerlo. ¿Ok?—sentencié y pude ver como la resignación se apoderaba de ella, regalaba una nueva mirada hacia Jocelyn, y volvía a mí dibujando una leve sonrisa.
—Ok… Comamos pues, y nos limitaremos a decir que lo hemos hecho junto a una de las mejores astrónomas y...
—Matemática.
—Eso… Astrónoma, física y matemática de la historia. ¿Te parece bien?
—Me parece perfecto—respondí siendo el ser más ingenuo de cuantos había en aquel lugar.
Era un hecho que, a pesar de los años y la multitud de encuentros con Quinn, aún no la conocía a consciencia. Y de haberlo hecho, habría intuido que aquella sonrisa tranquilizado que yo entendí que me regaló estaba repleta de algo que yo desconocía, y que era producto de lo que rondaba por su mente en aquel instante. Y lo cierto es que intenté intuir lo que era, pero ver como cambiaba de conversación rápidamente, me llevó a un punto de hipnosis para lo que no estaba preparada.
Y es ahora, después de haberlo vivido, cuando soy consciente de que todo fue una estrategia de despiste. Es ahora, después de haber estado allí cuando me doy cuenta de lo que supuso ir a esa convención con la chica de las estrellas binarias en los ojos.
Ni siquiera sé cuánto tiempo pasó, porque en aquel día eran tantas las emociones que apenas presté atención al reloj, pero supuse que fue el suficiente como para que tanto a la señora Bell como a nosotras, pudiésemos comer con relativa tranquilidad. De hecho, apenas estábamos acabando el postre cuando me dio por lanzar la mirada hacia ella, por septuagésima vez, y volver a sentir el alud de nervios en mi estómago que había logrado calmar a medias para, al menos, poder comer algo. Fue ver como su figura, su imponente figura a pesar de ser una mujer de 72 años caminar directa hacia nosotras, y querer salir corriendo. De hecho, no dudé en buscar con la mirada a Quinn, que al igual que yo, se había percatado del hecho mientras me hablaba de una de sus películas favoritas en relación a la astronomía, aunque su gesto poco o nada tuvo que ver con el mío. Llegué incluso a percibir una tímida sonrisa que me puso en guardia. Aunque no me ayudó a erradicar el ataque de nervios que estaba sufriendo y que se transformó en miedo al volver la mirada y saber que todos mis temores se estaban cumpliendo.
Noté como la saliva me quemaba por la garganta y el aire se volvía más denso a mí alrededor por culpa de su sonrisa. La de Susan Jocelyn Bell Burnell.
—Disculpadme que os interrumpa mientras coméis, pero… ¿Eres Rachel Berry?
No dije nada. La miré completamente descompuesta y a la vez sorprendida, y asentí.
— Estabais en la conferencia, ¿Verdad?—Añadió y yo volví a guardar silencio como una estúpida.
—Sí, sí, estábamos allí—fue Quinn quien habló en mi lugar y se puso de pie incitándome a que lo hiciera de igual manera. La señora Bell la miró, le sonrió con una complicidad que a mí me pareció inaudita, y volvió a mí.
—He podido saludar a la gran mayoría de los que habéis asistido a mi conferencia, pero a usted no. Estoy a punto de marcharme, y no quería hacerlo sin agradeceros que hayáis asistido. Me hace muy feliz haber tenido la oportunidad de compartir con vosotros tantas cosas, y ver que hay gente joven interesada es realmente maravilloso—dijo con su marcado acento irlandés, y logrando que todo el calor de mi cuerpo se concentrara en mis mejillas. Espero que les haya parecido interesante.
—Muchísimo, pero es ella quien estaba realmente interesada en asistir.—Le dijo Quinn—Es ella la astrónoma con conocimientos de astrofísica. Yo simplemente soy una ilustradora.
—Oh… Bueno, aun así… Muchas gracias por asistir. Y a usted, ¿Le ha gustado la charla?—volvió a dirigirse a mí, y yo al fin, sentí que tenía aire suficiente para hablar.
—Muchísimo. Realmente ha sido muy interesante, pero por favor… Tutéeme.
—Bien, me alegro mucho de que así haya sido. Muchas gracias por venir.
—No, no por favor, no me dé las gracias. Soy yo quien está eternamente agradecida por haber podido asistir. Admiro muchísimo su trabajo, y he seguido su carrera profesional desde que era una niña. Es un gran ejemplo para mí.
—Eres muy amable—me respondió sin perder la sonrisa—¿De dónde eres?
—Oklahoma, aunque ahora vivo en Denver, Colorado.
—Oh, bonita ciudad y muy lejos de Salt Lake. Habéis tenido que hacer un gran recorrido, ¿No es cierto?
—Pues la verdad es que sí—balbuceé sin lograr creerme lo que me estaba sucediendo—Pero no importa el recorrido ni la distancia. No pesan los kilómetros, habría dado la vuelta al mundo por asistir a alguna de sus conferencias. Lo he intentado muchas veces, pero nunca he tenido posibilidad.
—Pues eso se va a acabar, querida. De hecho, es por uno de los motivos por el que me acercado a parte de agradeceros la asistencia. Dentro de unos meses voy a dar una serie de charlas en Los Ángeles con unos compañeros, y me gustaría mucho que asistieras. Si puedes, si te apetece y te interesa, llama a éste número de teléfono, te atenderá Bill Garden. Solo le tienes que decir tu nombre y que yo personalmente te he invitado. Él se encargará de enviarte las acreditaciones que sean necesarias para asistir. ¿De acuerdo?—me dijo ofreciéndome una pequeña tarjeta que había mantenido entre sus manos, y que yo acepté casi por inercia.
—Gracias—volví a balbucear—Es un verdadero honor para mí, señora Bell.
—Y para mí un placer. Espero volver a verla, y gracias de nuevo por asistir… A ti también, señorita Fabray.
Click.
¿Sabéis de ese momento en el que estáis viviendo una escena un tanto surrealista y de pronto hay un pequeño detalle que en cualquier situación pasaría desapercibido, pero en ese instante os devuelve a la realidad? ¿Esa expresión o palabra que lo cambia todo en la conversación, o en la escena en cuestión, y que hace que ya todo lo que vivas después, deje de tener importancia? No sabría cómo explicarlo con claridad para expresar lo que sentí en ese momento, pero yo lo supe casi instantáneamente justo en el momento en el que se producía.
La sorpresa, la confusión o incluso la incredulidad me llegó no solo cuando vi a la señora Bell acercarse a mí, sino cuando se dirigió concretamente hacia mi persona haciendo uso de mi nombre. Pero procurando mantener la mente lógica y sensata, relacioné ese detalle a que probablemente habría visto la lista de los participantes de su conferencia, y las dos credenciales con las que habíamos asistido Quinn y yo estaban a mi nombre. Pero en ese preciso instante, cuando ya se despedía de nosotras, la señora Bell se dirigió hacia Sheliak de la misma forma, mencionando su nombre y su apellido, además de regalarle de nuevo una sonrisa repleta de complicidad que no pasó desapercibido para mí. Y ella, aunque fuese mi acompañante, no estaba registrada en ningún lugar como participante de la conferencia. Ella simplemente portaba su tarjeta sellada por la organización bajo el apéndice de visitante. Lógicamente supe que algo sucedía.
Y lo supe con tanta certeza que los siguientes minutos que transcurrieron ni siquiera se quedaron guardados en mi memoria con nitidez alguna, excepto algunos detalles como que la señora Bell se despidió de mi tras un afectuoso saludo insistiendo en que hiciera uso de aquella tarjeta que me había entregado, y acudiese a alguna de sus futuras charlas invitada personalmente por ella. Después de ello, después de que se alejase de mí y abandonase el restaurante, todo lo demás dejó de ser visible a mi alrededor excepto ella. Excepto Quinn.
Ni siquiera me dio tiempo a volver a sentarme cuando se dirigió a mí pensando que ignoraba por completo que había tenido algo que ver en aquello.
—¡Increíble! ¿Verdad? –me dijo mostrándolos completamente entusiasmada—No querías acercarte, y ha sido ella quien ha venido a ti. ¡Dios! Me he puesto hasta nerviosa al verte, y pensé que no ibas a ser capaz de hablar, por eso he intervenido… Pero ha sido…
—¿Qué has hecho, Quinn?—le dije y el silencio la inundó.—No me mires así, sé que has hecho algo…
—¿Yo? ¿Por qué dices eso?—Balbuceó y por como regresó a su postre, supe que estaba mintiendo. Tanto que ni siquiera tuve que insistirle, simplemente me quedé en silencio, escrutándola con la mirada. —Ok… Ok, no he hecho nada que no supiera que no tenía que hacer—confesó y yo aguardé sin más. —Verás, cuando entre en el baño vi que estaba allí la señora Bell, como te he dicho antes… Y, bueno, me he tomado la libertad de saludarla y darle la enhorabuena por la conferencia, no… No sé, no he pensado que fuese nada malo, ni fuera de lugar. Y… Bueno, le he dicho que estaba aquí contigo, y que eras una gran admiradora suya… Y esas cosas.
—¿Y esas cosas?
—Ya, ya sabes, Rachel.
—No, no lo sé… ¿Qué le has dicho?
—Nada, solo que habíamos hecho 7 horas de viaje en coche para verla, y que la admiras mucho.
—¿Nada más?
—Nada más. Me preguntó tu nombre y yo se lo dije, y le pregunté si podrías saludarla… Y ella me dijo que sí, pero…
—Por eso me has insistido en que vaya a saludarla, ¿Verdad?—cuestioné y la vi dudar. Tanto que sus cejas se fruncieron un tanto apenadas mientras comenzaba a morderse las uñas, esperando tal vez que mi ira recayese sobre ella. Lógicamente no iba a ser así, y no precisamente porque no me gustase la idea de que tomasen esas decisiones que me afectaban sin contar conmigo, algo a lo que ya estaba acostumbrada por culpa de Jesse, sino porque el gesto y su mirada me transmitieron tanta dulzura, que me iba a resultar imposible molestarme con ella.
No después de nuestra "no" discusión de la noche anterior que me llevó a tener remordimientos de consciencia durante la segunda parte del trayecto por ocultarle que Robert y Jesse se habían puesto de acuerdo. No después de haber compartido aquella mañana de ensueño para mí, sin rechistar, sin quejarse o verle algún gesto de cansancio o aburrimiento. No después de ver como sus ojos habían brillado al igual que los míos cuando la señora Bell se acercó, rompiendo por supuesto mis esquemas, y los de ella. Sin duda.
—Lo siento—susurró y yo no pude contener más la sonrisa—¿Qué? ¿De qué te ríes? ¿No estás enfadada?
—No me lo puedo creer… Hace más de 20 años que mi padre me habló por primera vez esa mujer, Quinn. Hice mi tesis doctoral basándome en las estrellas de neutrones que ella descubrió con su radiotelescopio, y cuando estuve en los Ángeles para tratar de acceder a la beca, presenté mi candidatura con un trabajo en el que mencionaba indirectamente su trabajo. Esa mujer ha estado siempre presente mi vida como astrónoma, y siempre ha sido un ejemplo para mí. Me he visto reflejada en su vida… Mi padre me dijo una vez que esa mujer había logrado alcanzar sus sueños, porque de pequeña leía muchos libros… Y yo empecé a devorar libros de astronomía en cuanto lo supe. Y ahora estaba aquí, y me ha llamado por mi nombre y me ha invitado a sus futuras charlas… ¿Cómo diablos voy a estar enfadada?
—No, no lo sé… ¿Por haber hecho algo que tú no harías tal vez?
—Es un caso excepcional, Quinn. No, no puedo estar más emocionada que como estoy ahora mismo, y te juro que tengo ganas de llorar y de gritar de felicidad, y saltar… Pero no voy a volver a hacerte algo así en un restaurante. Ya fue suficiente cuando me enseñaste la foto de ambas de pequeñas.
—¿De veras estás feliz?
—Muchísimo—musité casi sin poder contener la congoja que precedía a las primeras lágrimas. Quinn no dejó que cayesen allí, por supuesto.
—Ok, pues creo que ha llegado el momento de celebrarlo—me dijo acercándose a mí sobre la mesa, y regalándome un guiño de ojos junto a su sonrisa que me desarmó.
Lo juro. Me habría saltado por encima, habría dejado caer los platos y probablemente lanzado la silla por los aires, llamando la atención de todo el restaurante en ese instante por abrazarla y darle las gracias hasta morir. Pero ella, una vez más, supo cómo controlar la situación y evitar que se me fuera de las manos.
Alzó la mano, avisó a uno de los camareros para que nos atendiese con la cuenta, y después de que nos invitaran a tomarnos un chupito de ron, abandonamos el restaurante dispuestas a disfrutar, a seguir divirtiéndonos y viendo cosas en la convención, y por supuesto a celebrar la gran hazaña de aquel día.
Lógicamente, no podía dejar pasar la oportunidad de agradecerle lo que había hecho sin entregarle ese abrazo que tanto deseaba darle, pero lo hice ya lejos de todas las miradas de los comensales, aunque no de la ciudad. Fue salir a la calle y olvidándome por completo que estábamos en pleno centro de Salt Lake City, me aferré a ella como si fuese la última vez en mi vida que lo haría, y ella, ella me lo permitió regalándome ese cariño al que ya me empezaba a acostumbrar.
En ese instante de euforia y emoción no fui consciente de como aquel simple gesto que demostraba agradecimiento no iba a ser el único en aquel día, sino el primero de muchos abrazos, y probablemente el menos intenso de todos. Ese más concretamente llegó cuando las fuerzas y las luces de la ciudad nos invitaron a regresar al hotel después de todo un día de vivencias, de aprendizaje y descubrimientos por su parte, y de absoluto placer por el mío.
Cuando abandonamos el restaurante regresamos al congreso, a seguir disfrutando de la convención hasta que decidimos que había llegado la hora de pasear por la ciudad, ver sus calles y algunos monumentos, tomarnos un par de tés en una de las cafeterías más ilustres de la misma, y acabamos por visitar otro restaurante para la cena y el buen vino que en aquel momento, no rechazamos ninguna de las dos.
Un vino que nos llevó a regresar al hotel cansadas pero sonrientes, y compartiendo confidencias que de no haber sido por la cantidad de horas que habíamos pasado juntas, no habríamos compartido. Al menos no por mi parte, y por como ella solía proteger su vida privada, estaba convencida de que tampoco lo habría hecho en mucho tiempo.
—¿Y no has vuelto a encontrarte con ellos desde entonces?—le pregunté tras escuchar la historia de sus amigos y como habían ido alejándose de ella con el paso del tiempo.
—No. No, solo con Chad. Y espero verlo pronto… Ahora está trabajando en un colegio especial para niños en Los Ángeles—Dijo permitiéndome el paso hacia la habitación, y dejando tras ella una ristra de objetos que desperdigados por el suelo. Bolsas con obsequios de la convención, los zapatos, las gafas de sol, el bolso, etc… Quinn fue desarmándose poco a poco mientras yo la observaba caminar con algo de dificultad, por culpa del dolor de pies que le habían provocado los zapatos durante todo día.
—Bueno, al menos mantienes contacto con uno ellos y posibilidades de verlo, yo no puedo decir siquiera eso. –Le dije evitando que la sensación de estar lejos de sus amigos le hicieran pasar un mal rato. Mal de muchos, consuelo de tontos, dice el refrán, y supuse que Quinn lo entendió de la misma forma que yo, porque no tardó en sonreírme con verdadera complicidad mientras se dejaba caer en el sofá y suspiraba completamente agotada.—¿Estás cansada?
—Un poco… Pero aún puedo aguantar mucho más.
—Ya… Una copa más y eres capaz de convencerme para salir de fiesta, ¿Verdad?
—Con el tiempo que hace que no salgo de esa manera, créeme… Lo haría sin duda, pero sabiendo que mañana tienes que volver a madrugar, voy a ser benevolente y voy a permitir que después de esa ducha que quieres darte, te pongas el pijama y descanses.
—Creo que voy a ser yo quien te obligue a acompañarme a todas las convenciones a las que vaya a ir en el futuro. En serio… Sé que te he dado las gracias, pero me sabe a poco por todo lo que estás haciendo por mí.
—Deja de agradecerme nada y vamos… Llevas una hora diciendo que vas a necesitar una ducha para poder dormir, así que no esperes más. Yo mientras me voy a relajar un rato, me voy a poner una de esas camisetas que nos han regalado, y tú esa camisa de la NASA con la que has prometido dormir, y luego nos tomamos la última copa.
No le dije nada más. Y no lo hice por dos motivos; el primero, porque sabía que si volvía a agradecerle que estuviese allí conmigo una vez más, podría sufrir las consecuencias del mal humor que, por lo visto solía atacarla en situaciones como aquella, y de la que ya me venía avisando. Y segundo, tal y como había mencionado, me moría por tomar una ducha relajante antes de colocarme el pijama, o la dichosa camisa con la que dije que dormiría por ser una bocazas sin remedio al hacer apuestas, y relajarme después de todo el día en la calle.
Así que ni me lo pensé. Cogí la blusa, la toalla y me metí en el baño dispuesta a tomarme mis minutos de absoluto relax. Para ser exactas, casi 20 minutos de una interminable ducha que no me apetecía dejar pero que tuve que abandonar si no quería que todo mi cuerpo se arrugase como una uva pasa.
Aunque lo que me esperaba fuera del baño no iba a lograr otra cosa más que alargar mi estado de serenidad, al menos por algunos minutos más.
No había luz, excepto por la de una leve lamparita junto a mi cama, el resto se vestía con los reflejos de las luces del exterior y la inmensa luna llena que se colaba por el ventanal. Ventanal que Quinn había abierto de par en par, y le permitía disfrutar de las vistas mientras llevaba a sus labios la dichosa última copa que se había empeñado en tomar, y una brisa perfecta llenaba la estancia.
No sé si se dio cuenta de que había acabado y ya estaba con ella, pero si lo hizo no dejó que lo supiera. Quinn se mantuvo durante varios minutos más inmune, impasible, en completo silencio mientras observaba el exterior completamente pensativa. De hecho, si no llega a ser porque bebía de su copa y se mantenía de pie, habría creído que ni siquiera respiraba. Pero sí lo hacía, y lo hacía con calma, con una paz que rápidamente llegó a mí, y me llevó a tomar consciencia durante ese tiempo y no interrumpirla en su momento de soledad. Y le habría permitido que siguiese disfrutando de ello de no haber sido por un mensaje que recibí de Jesse en mi teléfono, y que arruinó el momento con el insoportable sonido.
Un mensaje que no decía nada más que un, espero que ya estés en la cama. Un beso. Y que yo me limité a responder lo más rápido posible, como si el simple hecho de mantener la pantalla del teléfono encendida ya estuviese molestando a Quinn.
Lógicamente no lo hacía, y lo supe cuando volví a ella y la descubrí mirándome.
—Es… Es Jesse.
—¿Todo bien?
—Sí, si… Siempre que estamos lejos el uno del otro hace lo mismo. Me escribe antes de dormir para asegurarse que yo también lo hago, aunque haya hablado con él hace una hora.
—Bueno, es normal… Se preocupa por ti y quiere saber si estás bien, y si piensas en él.
—Ya…. O tal vez se quiere asegurar que no le miento y no estoy divirtiéndome por ahí en alguna discoteca—le repliqué—No me extrañaría que llamase al hotel para asegurarse.
—¿No le gusta que salgas?
—No, no es eso. Es solo que quiere que le diga la verdad. Si salgo, prefiere saber que he salido, y si no lo hago, pues igual. Le gusta tener eso controlado… Como casi todo.
—Bueno, no es tan malo. Es síntoma de que piensa en ti.—Volvió a insistir acercándose al sofá para tomar asiento en él—Quiero decir, mira Robert… Solo me escribió ayer para asegurarse de que habíamos llegado, y hoy… Si no es porque le he llamado yo ni siquiera me pregunta que tal nos ha ido. Ni dos minutos ha durado la conversación…
—Supongo que no quiere agobiarte. Es lógico dentro de lo que cabe si sabe que necesitabas estar unos días alejada de todo, ¿No?
—Sí, o tal vez es porque no tiene tiempo para pensar en si estoy o no estoy bien.
—Vamos Quinn. Entiendo que las cosas no estén bien, pero no creo que Robert deje de pensar en ti así como así. Estoy segura de que se preocupa, pero no querrá molestarte.
—Si tú lo dices…
—Pues claro que lo digo. No querrá molestarte o…
—Rachel, hay veces en las que es más importante estar, que dejar estar… Y ésta es una de ellas.—Me interrumpió—Robert solo me llama cuando hay algo verdaderamente importante, cuando está pendiente de que le diga algo o cualquier cosa de esas… Pero nunca me llama para simplemente hablar conmigo, para saber cómo estoy… Siempre está ocupado para eso.
—No sé, realmente quiero creer que no…
—Nunca me ha llamado como por ejemplo tú me llamaste el otro día, para pedirme que mirase el cielo y contemplase la conjunción planetaria…—Me interrumpió rápidamente— Él jamás haría algo así, por eso no me va a llamar a menos que sea yo quien lo haga. No hay nada importante que decir y probablemente esté ocupado con su trabajo. Y bueno… No, no se lo reprocho, es una característica de su personalidad que yo ya conocía cuando empecé con él, pero bueno…
—Te hace, mal, ¿Verdad?
—No sé si es mal, ya ni siquiera me molesta eso, es… Tener esa sensación de vacío al saber que siempre tendré que ser yo quien de ese paso si me apetece hablar con él. Saber que, por mucho que me pese, no me va a hacer sentir especial de esa manera… No lo sé. Es, es raro… Es resignación.
No supe que decir, porque tampoco tenía mucho que decirle y que le fuese a hacer bien. No quería bajo ningún concepto culpar a Robert de ser como era, porque no creía que fuese lo justo. Y tampoco quería convencerla de que el ser humano por mucho que nos duela, no es perfecto, y que si había decidido estar con él, era su responsabilidad y yo poco o nada podía hacer al respecto sin ser imparcial.
Por supuesto, de haberlo hecho me habría decantado por ella, le habría convencido de que no merecía tener que resignarse a sentirse así con su chico y que podría aspirar a algo que realmente le hiciera completamente feliz, pero ¿Quién era yo para hacer algo así? Ya me había dejado claras muestras de que no eran en absoluto compatibles, como tampoco yo lo era con Jesse, y sin embargo lo amaba, quería estar a su lado sin importar nada más. ¿Por qué no iba a sentirse ella exactamente igual con Robert? Si lo quería, si deseaba estar con él y tener un futuro juntos, tenía que aceptar sus imperfecciones. Por eso me mantuve en silencio. Por eso creí que lo mejor que podía hacer en aquel instante, era hacerle ver que estaba junto a ella fuesen cuales fueran sus pensamientos.
—¿Sabes qué?—volvió a hablar tras varios minutos de absoluto mutismo en el que simplemente nos acompañamos—No quiero pensar en nada de eso esta noche. No quiero que el final del día tan perfecto, sea así… Quiero pensar en cosas bonitas y dormir con una sonrisa.
—Estoy completamente de acuerdo. Dime… ¿Qué puedo hacer para que eso suceda?—ledije y su sonrisa se volvió traviesa.
—Ya lo estás haciendo. Ya lo has hecho.
—¿Qué he hecho?
—¿Qué has hecho? Llevo más de 24 horas pegada a ti y no he hecho más que ver, aprender y descubrir cosas impresionantes. Desde ver un cometa verde hasta descubrir que ya se conoce la existencia de cinco exoplanetas que podrían ser perfectamente habitables. He conocido a una de las astrónomas más importante de la historia, he entendido un poco que se pretende con la tan famosa Teoría del todo del señor Hawking, y me he metido dentro de un traje de astronauta. He probado ese simulador espacial que me ha hecho comprender que el amanecer es más impresionante desde la estratosfera, que el atardecer en la tierra. He conocido una ciudad maravillosa y he cenado en un tailandés por primera vez en mi vida. ¿Te parece poco lo que has hecho?
—Pensándolo así…
—Y encima te tengo ahí—me interrumpió tras dar un nuevo sorbo a su copa—Mi chica galáctica. La que a pesar de querer pasar desapercibida para el mundo entero, se acercó a saludarme en un horrible bar de música Country, porque me había reconocido después de dos años sin vernos. La que hizo exactamente lo mismo en una fiesta de cumpleaños, atreviéndose a llamar y molestar a todas las parejas que buscaban un momento de intimidad en las habitaciones del que, curioso el destino, iba a ser su marido. La misma que fingió no conocerme en la librería y horas más tarde se recorrió media ciudad para intentar localizarme en el bar de mi propio padre.
—Fue casualidad— me excusé patéticamente.
—Ya… Por eso le preguntaste a Nick por mi padre, y trataste de convencerlo que querías hacer negocios con él. ¿Verdad?
—¿Qué? No, no sé quién es Nick.
—El camarero que te atendió, y que días más tarde cuando nos vio cenando en el bar llegó a reconocerte como "la chica que huyó dejando atrás una muy buena propina". Me lo dijo hace varios días…—respondió sin poder contener la risa, y yo no pude evitar ruborizarme por la vergüenza
—Me lo dijo el chico que trabaja en la tienda nueva de tatuajes donde estaba la de tu cuñado—me excusé de nuevo sin atreverme a mirarla a los ojos—Fue él quien me dijo que buscase a tu padre en el bar… Juro que no había estado investigando, fue todo casual y…
—Hey… Tranquila, yo también te busqué en la librería—añadió a modo de confesión, logrando que volviese a mirarla—Fui expresamente a tu librería para comprarle el regalo a Jesse porque me moría de ganas por volver a verte.
—¿De veras?
—¿Tú que crees?
—Que estás tratando de hacerme sentir bien por descubrir que realmente sí he estado acosándote, y no era consciente de ello.
—¿Eso crees? Ojalá haya sido así…
—¿Qué? ¿Querías que te acosara?
—Una chica inteligente, divertida, que sabe de estrellas, de libros… Guapa y… Muy sexy. ¿Por qué no iba a querer que me acosaras?—respondió y el tono de su voz no me dejó claro si estaba siendo honesta o sarcástica a más no poder. Y para evitar volver a sentirme más ridícula opté por tomarlo con algo de humor, sin saber que aquella simple respuesta por mi parte, iba a cambiar por completo el rumbo de aquella noche, y de nuestras vidas. Una vez más
—¿Sexy? ¿Yo?
—Vamos Rachel, mírate… —Me replicó lanzándome una mirada de pies a cabeza que me llenó de un calor inaudito, a pesar de la agradable temperatura que se colaba por el enorme ventanal. –No sé si eres consciente de lo bien que le puede sentar a una chica llevar una camisa como esa, tres o cuatro tallas más grande, con el logo de la NASA y sin nada más debajo.
—Llevo ropa interior—le dije rápidamente, tapándome por inercia y provocando su sonrisa aún más traviesa.
—Ya… Por eso mismo, ¿Te extrañas de que piense que eres sexy?
—No tiene nada que ver una cosa con la otra. En primer lugar, has sido tu quien me ha incitado a ponerme esta estúpida camisa por la estúpida apuesta de aguantar la respiración en el estúpido traje de astronauta. Jamás imaginé que tú, siendo fumadora, aunque sea eventualmente, tuvieses más capacidad pulmonar que yo. Y segundo… Solo Jesse me ha dicho que soy sexy a lo largo de toda mi vida, y es lógico porque por algo es mi marido, aunque a veces me lo dice solo para hacerme sentir bien. Pero ya está, nadie más me ha dicho algo así, y estoy segura de que ni lo han pensado.
—Pues yo lo pienso y te lo digo. Eres jodidamente sexy—soltó dejándome de nuevo en silencio.—Lo eres, lo has sido y probablemente siempre lo serás.
—¿Estás borracha?
—No, en absoluto.
—Si tú lo dices…
—Tengo ojos, y te he visto en muchas etapas de tu vida… Aún recuerdo cuando te descubrí en la discoteca del hotel en Los Ángeles. Te aseguro que no he visto a una mujer más sexy que tú en mi vida en aquel instante.
—¿Hablas en serio?—balbuceé tomando asiento en el sillón que quedaba frente al sofá que ella ocupaba, permitiéndome el lujo de dudar de nuevo tras no percibir sarcasmo en su tono.—¿O es que trabajar con Jesse te ha vuelto de su misma condición, y tratas de hacerme sentir bien?
—¿Crees que te mentiría en algo así?
—Creo que por tal de hacerme sentir bien, eres capaz de muchas cosas… Como de acercarte a una de las científicas más importantes de la historia en los baños de un restaurante.
—Pues con esto no trato de hacerte sentir bien, aunque si lo consigo mucho mejor. Simplemente digo lo que pienso, y lo que sentí.
—¿Lo que sentiste?
—Sí, lo que sentí aquella noche para perder la cabeza como lo hice. Me ibas a volver loca con tu sensualidad…
¿Qué? No seas exagerada.
—¿Exagerada?
—Vamos Quinn, no te queda bien ser tan aduladora. Me gusta más cuando eres honesta, aunque…
—¿Piensas que miento? ¿Por qué si no me iba a lanzar como lo hice aquella noche?
—No lo sé, tal vez porque tenías dudas sobre tu sexualidad—acoté y de nuevo la sonrisa traviesa se adueñó de sus labios.
—¿Cómo tú?—respondió burlona.
—Yo no tenía dudas de nada. ¿Cómo tengo que decirlo? No me gustan las mujeres, nunca me han gustado y dudo que me gusten en un futuro. No soy cerrada de mente, pero no está en mi naturaleza el sentirme atraída por las mujeres…
—¿Y por qué conmigo sí? Te sentías atraída por mí, ¿No es cierto?
—¿Tú qué crees?
—Por eso te pregunto… ¿Por qué yo sí?— Soltó y yo guardé silencio por algunos segundos en los que necesitaba ordenar mis pensamientos.—¿Por qué yo si te atraje en aquel momento?
—No lo sé, no… No sé explicarlo. Simplemente nunca me ha llamado la atención ninguna mujer, ni física ni personalmente. Evidentemente tengo ojos y se ver la belleza de la mujer, por supuesto. Pero nunca he tenido esa sensación de nuevo. No sé, tú eras diferente… Y me encontraste en una época en la que quería sentirme bien, disfrutar, aprovechar el momento sin pensar continuamente en la responsabilidad que siempre tuve.
—Así que yo fui una irresponsabilidad por tu parte… Un experimento.
—No, no… No estoy diciendo eso. Simplemente me apetecía disfrutar de la vida y tú me diste esa oportunidad haciéndome sentir especial. Ni en mis mejores sueños habría imaginado que una chica como tú se hubiese fijado en mí de aquella manera. Era surrealista… Mucho. Por eso me he preguntado muchas veces qué fue lo que te hizo dar ese paso. Y no, por si te lo estás preguntando, no es que me sienta fea o insegura. Pero sé que había algo más… Sé que tú…
—Me sentía fuera de lugar—me interrumpió sin dejar de mirarme, obligándome a permanecer en silencio y escuchar cada palabra como si fuese un tesoro. –Estaba a punto de tirar la toalla, Rachel. Llevaba meses en la editorial y era la jodida becaria de todo el mundo, la que llevaba los cafés o hacía fotocopias, y varios compañeros que en más de una ocasión me invitaron sutilmente a "divertirme" con ellos. Estaba en una ciudad enorme completamente sola, aunque compartiese apartamento con dos buenas chicas que siempre estuvieron para mí. Tenía a mi familia y a mis amigos lejos de mí. Y tenía a Robert incitándome cada día para que abandonase y regresara a Denver para volver a estar juntos. Tenía… Tenía un caos mental horrible, una sensación de angustia continua que ya no podía soportar más. Accedí a ir a aquella conferencia por temor a que me echaran, pero ya tenía claro que no quería seguir intentándolo. Así que me lo tomé como una despedida de California. Y de repente… Apareciste tú. –Susurró con una intensidad en su mirada que me heló, que me traspasó por completo y me hizo aferrarme al cojín del sillón, por tener algo a lo que sujetarme y no saltar sobre ella para abrazarla. Porque eso era lo que más deseaba en ese instante. No obstante, me contuve y seguí prestando atención a sus palabras.— Fui a pedir una copa para no escuchar más las idioteces de algunos de mis compañeros, y te vi. Estabas allí, bailando con aquellas dos chicas, con tu sonrisa, con tu pelo suelto y ese vestido rojo… No, no sé lo que me sucedió, Rachel, pero te juro que creí haber visto un ángel… Y de repente todo en mí cambió. De repente me sentí bien, me sentí tranquila y más segura… Me quedé mirándote, observándote reír y divertirte, y supe que tenía que seguir luchando, y que si estabas allí era solo porque el destino, ese del que ya empiezas a renegar, me estaba diciendo que tenía que seguir en California.
Diez minutos después de descubrirte te tenía frente a mí y… Dios, no sé… Tenía ganas de conocerte, de saber quién eras y como eras… Me moría de ganas por volver a besarte como lo hice en la fiesta de cumpleaños de Jesse. Me moría de ganas por volver a tenerte de esa manera y… Bueno, todo lo que vino después, ya lo sabes. No podía dejar pasar esa oportunidad, ni aunque me temblasen las piernas o tuviese miedo a decepcionarte de alguna forma.
—¿Te temblaban las piernas?—dije como pude, con apenas un hilo de voz que lograba salir de mí.
—Me temblaban las piernas, tenía la garganta seca y sentía que el corazón se me salía del pecho. Rachel, en una hora pasé de querer emborracharme y marcharme de California para siempre, a observarte, besarte y… Seguirte hasta la habitación. Soy humana, por mucho que veas estrellas en mis ojos. Fue todo tan rápido y a la vez tan intenso, que ni siquiera me dio tiempo a pensar si estaba bien o mal. Simplemente quería hacerlo, quería estar contigo y volverme loca por una vez en mi vida.
—¿Y te arrepientes de que fuese todo tan rápido? ¿Te lo habrías planteado si hubiésemos tenido más tiempo?—balbuceé notando como de nuevo el calor ascendía hasta mis mejillas
—No me arrepiento de nada, Rachel. Y no lo sé, no tengo ni idea si hubiese tenido tiempo para pensarlo, me habría dejado llevar como lo hice. Y es algo que ya no voy a saber… Lo que hice, hecho está.
—Tal vez si hubieses aceptado bailar conmigo, te habría dado tiempo a pensarlo con calma y…—Añadí buscando relajar un tanto la intensa confesión que me estaba regalando. Lejos de lograrlo, empeoré la situación.
—Bailar…—Me interrumpió y su gesto cambió radicalmente, recuperando la traviesa sonrisa que tanto miedo me empezaba a provocar. Traviesa sonrisa preludio de algo que yo no sabía si era capaz de afrontar, o eso quise creer.— Tienes razón. Lo había olvidado por completo… Te debo un baile.
—¿Qué? No, no he querido decir eso, he querido decir que tal vez si hubiésemos alargado la situación, nos habríamos relajado un poco más las dos y… ¿Qué haces?—le pregunté, y lo hice justo cuando la vi adueñarse de mi teléfono sin pedirme permiso alguno.
No dijo nada. Su respuesta fueron los primeros acordes de una de mis canciones favoritas sonando desde el mismo teléfono. Una canción que escuchamos durante todo el recorrido en coche, y la dichosa sonrisa en sus labios que me puso en guardia. Sobre todo cuando la vi dejar el teléfono sobre la mesita donde estaba, y levantarse hasta colocarse frente a mí.
—¿Bailamos?—me dijo ofreciéndome su mano y yo tragué saliva como si aquel gesto pudiese responder a las miles de dudas que revoloteaban por mi mente.
—¿Qué?
—Tenemos música, un lugar…—Señaló hacia la pequeña terraza por donde se colaban las luces de la ciudad y de la inmensa luna llena, la primera de aquel mes de Julio que contaría con dos, y permitía que toda la estancia se viese de igual manera entre sombras y reflejos. –Y te debo un baile.
—¿Qué? No me debes ningún baile, y… ¿Quieres bailar conmigo ahora?—Balbuceé como una idiota.
—Por favor…—Susurró segundos antes de dejar escapar un leve suspiro que me hipnotizó, o tal vez fue la intensidad del brillo de sus ojos, o quizás mis ganas por abrazarla y las notas de mi canción favorita sonando. No lo sé, no tengo ni idea de lo que me llevó a aceptar aquella petición allí, cubierta con una simple camisa y descalza, mientras un tipo le cantaba a Júpiter y se quejaba de lo infravalorado que estaba el cielo más allá de las nubes.
Ni siquiera me lo planteé, y mucho menos dudé cuando mi mano se aferró a la suya y me guió hacia nuestra improvisada pista de baile. Solo sé que cuando quise darme cuenta mis brazos se alzaban sobre sus hombros y mis manos llegaban a rozarse tras su cuello, mientras ella me guiaba aferrándose a mi cintura y me invitaba a bailar, a seguir sus pasos un poco más ralentizados que la música, por motivos evidentes. Y es que aquella canción no era la idónea para bailar de aquella manera, pero sin duda era perfecta por lo que significaba para nosotras.
Tal vez no mucho para ella, pero sí para mí. Porque hablaba de una chica que había vuelto de sus vacaciones espirituales en la galaxia, buscando su camino a través de las constelaciones. De una chica que era capaz de navegar a través del sol y dejar que Venus la llevase a la locura. Yo sabía perfectamente el significado real de la letra de aquella canción y a quien iba dirigida, y por eso mismo era mi favorita. Porque me hacía recordar a mi padre, y quería imaginar que él veía las luces ceder desde allí arriba y viajaba en un cometa a través del universo, pero en ese instante yo cambie por completo el rumbo de aquella historia, y la viví con ella. Sentí que Quinn era la chica con gotas de Júpiter en su pelo, y no pude evitar dejarme llevar hasta su mundo.
—Si me llegan a decir hace 7 años que estaría aquí, bailando contigo esta canción…—Le dije rompiendo el silencio que se había adueñado de nosotras, buscando en su rostro lo que su mente se negaba a contarme.
—Yo no me lo habría creído ni siquiera hace 24 horas—susurró centrándose en mis ojos, regalándome esa mirada que días atrás me hizo temer y sentirme el ser más vulnerable sobre la tierra, pero que en ese instante solo me transmitió seguridad. –Y tienes razón, tendría que haber aceptado bailar contigo cuando tuvimos ocasión… —Añadió dejándome entrever que no pretendía hacerme sentir incomoda por la situación actual, comprendiendo que esa magia que se estaba creando a nuestro alrededor en aquel instante, dependía única y exclusivamente de nosotras.
—Creo recordar que aquella noche también te dolían los pies, como hoy.
—Me importa muy poco el dolor de pies, créeme, podría estar bailando así durante horas…Lo único que me preocupa ahora mismo es que esta canción no se me haga corta. Dudo que volvamos a tener una ocasión como ésta… —volvió a susurrar, y yo, completamente envuelta por la escena, tuve que esquivar sus ojos, su intensa mirada que una vez más, por un microsegundo, se desvió débilmente hacia mis labios y logró que sus mejillas se sonrojasen tímidamente.
La esquivé porque sabía que no podría resistirme si volvía a hacerlo, y preferí abrazarla y hundirme en su cuello para no tentar al destino.
Dichoso y caprichoso destino que una vez más nos ponía contra las cuerdas, nos estampaba contra la cara lo que ninguna de las dos queríamos ver, o al menos yo me negaba a ver, y se reía de nosotras mientras manejaba nuestros cuerpos como si de marionetas se tratasen. Marionetas bailando al son de la única canción que lograba eliminar lo racional de mí, y dejarme a la deriva.
No es excusa, no sirve de nada excusarme con una simple canción para justificar que permitiera que sus manos no solo se anclaran en mi cintura, sino que acariciaran con dulzura mi espalda mientras nos acercábamos tanto que podíamos rozarnos con la nariz, con nuestras mejillas y que mis manos dibujasen estelas en su cuello. No sirve de nada excusarme con la magia del momento el haber permitido que por algunos segundos, llegase a respirar de su aliento y me perdiese en esa constelación que mostraban sus ojos. No sirve de nada excusarme porque no había excusa alguna a lo que estábamos haciendo, aunque tampoco hubiese motivos para hacerlo.
Quinn no llegó a besarme, ni en aquel momento ni en ningún otro momento de la noche, y admito que de haberlo intentado no habría tenido valor de rechazarla. Simplemente dejó que la música fuese la excusa para abrazarnos y nos llevase a vivir un momento mágico, en el que simplemente nos acariciamos, nos miramos y disfrutamos de nuestra presencia a escasos centímetros, de nuestra piel reconociéndose después de cinco años sin siquiera tener que desprendernos de la ropa. De hecho, estar vestidas fue indispensable para no cruzar la línea, aunque en el fondo sabíamos qué hacía tiempo que ya vivíamos en otro universo, tal vez paralelo, y que no había fronteras entre nuestros mundos.
Y no nos dijimos nada. No volvimos hablar hasta varios minutos después en el que la música dejó de sonar, y no tuvimos más remedio que separarnos. Porque ya no había excusas para seguir viviéndonos de aquella forma, aunque no iban a tardar en llegar.
—Será mejor que vayamos a dormir—dijo ella cuando yo, por inercia y sin saber muy bien qué hacer, me alejé sin saber qué decir.—Mañana también va a ser un día largo.
—Sí… Es lo mejor.—Balbuceé sin atreverme a mirarla directamente.
—Bien… Voy al baño—Se excusó mostrando un nerviosismo que podía percibirse a miles de años luz de ella, aunque se esmerase por parecer segura.
Era curioso como su presencia de chica segura, esa apariencia de seriedad y tener todo bajo control, se había ido esfumando con el paso de los encuentros entre nosotras. Sí, no con el paso de los años, sino de los encuentros. Quinn fue evolucionando, quitándose esa mascara y permitiéndome que la conociera conforme íbamos encontrándonos a lo largo de los años, y aquella noche del 3 de Julio de 2015, ya no había nada que pudiese camuflar su verdadera personalidad.
Era frágil a pesar del caparazón que la cubría, y uno de sus mayores miedos era el que la gente que le importaba, no encontrase la felicidad absoluta; como si eso fuese algo sencillo.
Quinn era capaz de dar todo cuanto tenía por ver una sonrisa en quien le importaba, y había olvidado como camuflar sus sentimientos. No podía, le resultaba imposible y su cara, su gesto siempre transmitía lo que su corazón le gritaba en ese instante.
Aquella noche, esos tímidos nervios que la asolaron después de bailar conmigo, me llevaron a sentir una ternura infinita por ella, y acabaron con cualquier resquicio de culpabilidad que pudiera colapsarme. Por eso ni siquiera me lo pensé cuando la vi desaparecer en el cuarto de baño, y yo aproveché para meterme en mi cama.
Tuve que esperar casi cinco minutos para volver a verla entrar en escena de nuevo, y lo hizo regalándome una tímida sonrisa nada más mirarme. Yo le respondí de la misma forma, pero con más contundencia si cabía. Con más complicidad y toda la tranquilidad que podía transmitirle con aquel simple gesto.
—Buenas noches…—Dijo acercándose a su cama, dejándome entrever que aquella noche no sería mi acompañante, y yo lo respeté, y lo acepté.
—Buenas noches, Sheliak.—Le respondí segundos antes de apagar la luz prendida de mi mesita, y acomodarme en la cama—Descansa, mañana vamos a caminar mucho.
—Lo haré…—dijo tomando asiento en su cama, pero sin dejar de mirarme un solo segundo. Y lo hacía queriendo decirme algo, o tal vez con el temor de no atreverse a hablar por si me ofendía. No lo sé, solo sé que me bastó volver a mirarla y ver su gesto para comprender que había algo más. Y yo sabía perfectamente qué era ese algo más.
—¿Quinn, quieres dormir…?
—Me encantaría —me interrumpió sin dejarme que acabase la pregunta, y cuando quise darme cuenta, la tenía a mi lado. Y fui yo, sin sentir culpa por nada, sin sentir que estuviese haciendo nada malo, o tal vez empujando ese sentimiento hasta lo más profundo de mi ser y así poder ignorarlo, quien acortó distancias y la invité a que se acomodase a mi lado, para una vez más, abrazarla, para olerla y volver respirarnos sin cruzar la frontera del mundo real que nos condenaba. Fui yo quien hizo que perdiéramos la noción del tiempo hasta que, como era de esperar, el sueño terminó venciéndonos e inmortalizó para siempre una fotografía de nuestros mundos completamente unidos, de ese hilo rojo que, muy a mi pesar, se contrajo hasta tal punto que terminamos por entrelazar nuestras piernas, y dejar que los sueños que aquella noche nos hipnotizarían durante horas, se mezclasen por la extrema cercanía de nuestros cuerpos y terminasen convirtiéndose en uno solo.
No. No recuerdo lo que soñé o dejé de soñar aquella noche, solo recuerdo su aliento acariciando con dulzura mis labios mientras dormía a escasos centímetros de mí, y el deseo incontrolable de besarla, que fui capaz de controlar.
