No estaba enfadado. Simplemente confuso. No sabía por qué me habían ocultado aquella información hasta el momento en que abrí el periódico del día y leí la noticia. Supongo que pensaban que estaba demasiado absorbido por todo lo referente a China y no querían darme más preocupaciones.

Era cierto, en parte. Los movimientos de China me preocupaban. Los seguía con más detenimiento que cualquier noticia sobre el avance del movimiento.

Hubo muchas cosas de las que nos enteramos cuando acabó todo, no antes. Aunque se trató de silenciar todo lo llevado a cabo por el Triunvirato, formado por América, Rusia y China, no faltó quien filtró algunos archivos. Por ejemplo, el que reflejaba que a la hora de hacer el reparto del mundo, China recibió la potestad de actuar en toda Asia y Oceanía. No perdió el tiempo.

Cerca de la fecha en que nos enteramos de una nueva muerte, la de Akhzivland, una pequeña micronación vinculada a Israel, China invadió Nueva Zelanda. Usó mucha floritura verbal para justificarlo, pero los hechos son los hechos: aquello era una invasión en toda regla. Australia salió en defensa de su querido vecino, pero no sirvió para que China se retractara. Lo peor era que dio resultados. Localizaron la base de operaciones del One World Nation Movement en Auckland, una granja propiedad de una mujer llamada Alice Meyers, también la lideresa de aquella sección. Conspiraban para hacer desaparecer a Wy del mapa. Lo que siguió fue una gran trifulca con el gobierno de Nueva Zelanda a propósito de quién debía juzgar a los detenidos. Los tribunales terminaron fallando en favor a Nueva Zelanda. China había peleado por su presa como un perro de caza y le costó acatar la sentencia. Después de su decisión de ejecutar a Geng Mu, participante en la matanza de Sealand, estaba claro que China no iba a darle un juicio justo a los miembros del movimiento que encontrara. Hubo quien dijo que había que tener mano dura. Al fin y al cabo, nada más ponerle la mano encima a Meyers, ella reveló de inmediato los nombres de sus colaboradores en las Antípodas.

Quedaba por liberar Asia, y esa era la obsesión de China.

India colaboró con él poniendo a trabajar a su policía y autoridades en la búsqueda de personas fichadas por su participación en revueltas antisistema. Al contrario que Tailandia, él lo hacía porque realmente quería averiguar quién estaba detrás de su enfermedad. La ideología del movimiento había calado profundamente en las mentes de sus habitantes, sobre todo las clases más bajas. Los disturbios y manifestaciones eran frecuentes. Estaba enfermo y quería acabar con su sufrimiento lo antes posible. En cuanto a Malasia, siempre declaró que China no le dejó otra opción. Corea del Sur colaboró encantado con China. Incluso sé que le dio soporte técnico, como cámaras de vigilancia y drones para hacer el trabajo más fácil. Los jefes de su hermano del Norte también fueron aliados de China en la eliminación de esta amenaza. De hecho, encontraron a tres miembros del grupo que precisamente eran de allí.

Aunque ciertamente el movimiento tuvo su corriente sangrienta, la rama asiática parecía ser la más violenta desde sus inicios. Sin consultar con sus colegas de los otros continentes, navegaron hasta Sealand, eliminaron a la población y grabaron el vídeo en que la nación moría para lanzar un mensaje. Tenían intención de hacer lo mismo con todos los que encontraran. Fue lo poco que Pyongyang pudo averiguar sobre ellos. Uno de los detenidos logró burlar la vigilancia a la que estaba sometido y se ahorcó en su celda. Los otros dos...no se volvió a saber de ellos.

La situación con Hong Kong era tensa. Ya había habido enfrentamientos duros con él, por eso China sospechaba que el movimiento podía haberse fundido con las protestas contra él. Es decir, convirtió el asunto en algo personal. Usando una fuerza desmedida, llevó a cabo detenciones masivas e interrogó duramente a todo manifestante que capturó. Taiwán me decía que tenía miedo, que debía dejarlo entrar en su casa y colaborar con él si no quería hacer las cosas más difíciles.

Yo esperaba a que China apareciera a cada momento en mi casa. Quizás con esa historia del hermano mayor que viene a hacer una visita al pequeño.

Seguía con tanto interés todo aquello que no me di cuenta de lo que pasaba en mi propio hogar.

El movimiento había creado un partido político de cara a las elecciones para la Cámara de los Representantes. O al menos lo había intentado.

Leí los artículos al respecto que encontré. También hice algunas preguntas a toda persona que me encontré.

No había que temer, me dijeron. Fueron ilegalizados al poco de crearse por sus declaraciones contra el emperador y el gobierno. Entre otras muchas cosas, como que algunos miembros habían publicado en las redes mensajes de apoyo a quienes atacaron Sealand, pero creo que de todo lo que se les acusó aquella fue la verdadera razón.

No pude decir que suspirara aliviado. Ahora que veía más allá de China, pude comprobar que la decisión de ilegalizar el partido (O.W.N) había levantado ampollas. Muchos dijeron que en una democracia todas las voces debían ser escuchadas, incluso las más incómodas. Que no estaba probado que sus miembros hubieran cometido delito alguno. Hubo manifestaciones. Algún organismo internacional protestó. Se me acusó de silenciar a quienes estaban en mi contra.

Me decían que no tenía nada que temer. Pero yo sí albergaba una cierta inquietud. Había comenzado a tener migrañas. El movimiento se había organizado en mi casa. Se estaba haciendo el mártir, alentado por los atropellos que el Triunvirato estaba cometiendo alrededor del mundo. Y China no tardaría en venir a meter baza.