Milady,

Hace ya un tiempo que no te veo porque al parecer Lepidóptero y Mayura se están tomando un descanso. Por un lado es un alivio, pero por otro me hace sentir inquieto por varias razones. La primera, que temo que estén preparando alguno de sus planes retorcidos y, hasta donde yo sé, aún no has elegido nuevos portadores ni has decidido si vas a seguir contando o no con nuestros aliados de siempre. O quizá sí lo has decidido, pero prefieres no informarme al respecto, por las razones que sean.

Por otro lado, y como de costumbre, si no hay akumas ni sentimonstruos no tengo ocasión de encontrarme contigo, porque también has dejado de venir a las patrullas. La última vez que nos vimos me dijiste que ibas a estar ocupada con un proyecto muy importante, y desde entonces no he vuelto a saber más de ti.

Así que no sé cómo estás, ni cuáles son tus planes, ni tampoco entiendo por qué sigues dejándome al margen de todo. Quiero pensar que estás bien, que eres feliz con tu novio y que poco a poco vas aprendiendo a sobrellevar tus nuevas responsabilidades como Guardiana. Pero me quedaría más tranquilo si pudiese saberlo seguro.

Espero que algún día puedas volver a confiar en mí, al menos un poco.

Mientras tanto, paseo todas las noches por los tejados de París con la esperanza de volver a verte. Hasta ahora no he tenido suerte.

Sigo visitando a M., sin embargo. Desde la última vez que te escribí hemos vuelto a su burbuja varias veces más. No lo hacemos todas las noches, solo cuando ella se encuentra especialmente cansada o desanimada. Nos acomodamos los dos en la tumbona y nos tapamos con una manta, y con las luces apagadas M. puede imaginar con mayor facilidad que nadie nos ve. Y lo único que hacemos es estar abrazados en silencio (bueno, a veces yo ronroneo un poco. Me da algo de vergüenza, pero a M. no parece importarle, así que supongo que no pasa nada).

Y realmente parece que le sienta bien. No logro comprender por qué quiere mantenerme a salvo precisamente a mí, pero se siente más tranquila y segura conmigo en la burbuja, y si esta es la mejor manera de sanar sus heridas, desde luego puede contar conmigo.

Sin embargo, aunque disfruto mucho con su compañía, a veces el silencio entre los dos me resulta incómodo. Ya me conoces; me cuesta estar callado mucho rato, y por otro lado hay muchísimas cosas de las que me gustaría hablar con M., tantas preguntas que podría hacerle...

Pero parece que todos los temas de conversación que se me ocurren están prohibidos dentro de su burbuja. Por ejemplo:

-Por descontado, no podemos hablar de Lepidóptero y sus akumas, cosa completamente lógica (tampoco de Mayura y sus sentimonstruos). Pero eso implica que no puedo mencionar la mayoría de los momentos que hemos pasado juntos, como Cat Noir y M., quiero decir, porque en casi todos ellos la tuve que salvar de algún villano que la amenazaba.

-Tampoco podemos hablar de superhéroes, así que no podemos mencionarte a ti. Aunque seas la guardiana de París y nos salves a todos de monstruos y villanos, al parecer M. no te quiere dentro de nuestra burbuja. Al principio pensé que puede que estuviese celosa de ti, pero por lo visto se debe a que le recuerdas a Lepidóptero. Es decir, M. es muy consciente de que, si no existiese Lepidóptero, tampoco habría superhéroes. O sea que nos considera una consecuencia inevitable de la presencia del villano. Y por eso no quiere superhéroes en su burbuja.

-Esto puede parecer extraño porque sí que quiere que esté yo. Pero, de nuevo, no podemos mencionar el hecho de que soy un superhéroe, así que no puedo hablarle de mi vida como Cat Noir. Dado que tampoco me permite mencionar detalles de mi vida sin la máscara para no darle pistas sobre mi identidad, tenemos como consecuencia que no puedo hablar sobre mí en absoluto.

-No hablamos tampoco de mal de amores, sentimientos no correspondidos ni experiencias con nuestros ex. Así que fuera de la burbuja quedáis K., Lk. y, de nuevo, tú (qué le vamos a hacer).

-Otro tema tabú es su pasión por la moda y el diseño porque, como ha decidido dejarlo, se trata de un asunto doloroso para ella. Es una lástima, porque es algo de lo que entiendo un poco y podría ser un buen tema de conversación, pero... en fin, así están las cosas.

-Podríamos hablar de música, porque a ella le gusta mucho Jagged Stone, igual que a mí. Pero al parecer también Lk. es un gran fan, y es músico como él, así que es otro asunto que M. prefiere no tocar.

Ayer lo intenté con los videojuegos porque sé que le gustan mucho y se le dan muy bien (es casi tan buena como tú jugando al Ultimate Mecha Strike III), pero dijo que ya no tiene tiempo de jugar. Cuando le propuse que echáramos una partida, dijo que para eso tendríamos que salir de la burbuja, así que prefería no hacerlo.

(No quiere que entre en su habitación por si sus padres nos encuentran allí. Dice que nadie puede enterarse de que la visito, nadie en absoluto. En teoría es porque teme convertirse en un objetivo para Lepidóptero, pero estoy empezando a sospechar que hay algo más).

Creo que se me nota mucho que estoy buscando temas de conversación adecuados, porque después de lo de los videojuegos ella me preguntó:

–¿Necesitas hablar? ¿Te sientes incómodo si estamos callados?

–Sí... es decir, no... o sea, quizá... –farfullé, porque no sabía muy bien cómo plantearlo. No quiero que piense que no estoy a gusto con ella.

–¿Te aburres dentro de la burbuja? –siguió preguntando M.

–¡No! –exclamé–. Estoy muy bien contigo, M. Ya sé que hay veces que lo único que necesitamos es silencio y compañía, y evidentemente no...

–Podemos hablar, si quieres –me interrumpió ella–. No es obligatorio estar en silencio.

Pero lo cierto es que aún no había encontrado un tema sobre el que conversar. Uno que estuviese permitido en el interior de la burbuja, quiero decir. Así que le pregunté:

–¿Sobre qué te gustaría que hablásemos?

Ella lo pensó durante un momento. Después dijo:

–Me gustaría saber algo acerca de ti. Si no es demasiado personal... y si crees que puedes responder sin dar pistas sobre tu identidad.

Asentí.

–Adelante, pregunta –la animé.

–¿Tienes sueños de futuro? –planteó M. entonces–. ¿Qué es lo que te gustaría ser... cuando seas adulto? Porque recuerdo que cuando viniste a almorzar, mi padre quiso convencerte para que aprendieses su oficio, pero estaba tan emocionado que no se paró a escuchar lo que opinabas tú.

Sonreí. Hasta ese momento tampoco habíamos mencionado aquel almuerzo porque terminó con su padre akumatizado, así que entraba dentro de los temas prohibidos en su burbuja. Supuse que el hecho de que M. lo comentara tenía que ser una buena señal.

Pero por otro lado recordaba que había hablado de esto con ella hacía no mucho, bajo mi otra identidad. Así que me detuve a pensar un poco antes de responder.

En su momento le había contado que no tenía ninguna vocación en particular y que acabaría haciendo lo que mi padre quería que hiciese. Como Cat Noir no podía darle la misma respuesta, pero tampoco quería mentirle. Así que por primera vez me pregunté en serio qué me gustaría hacer en el futuro, si tuviese la posibilidad de elegir.

Porque, después de todo, estábamos en el interior de la burbuja de M., y allí podíamos ser cualquier cosa que quisiéramos.

Así que finalmente contesté:

–Pues lo cierto es que ahora hago muchas cosas, y todas se me dan bien, pero no porque tenga un talento especial, sino porque soy muy constante, practico mucho y me esfuerzo. Aún así, todavía no he decidido qué voy a hacer cuando sea mayor, y ni siquiera sé lo que quiero estudiar. –Lo pensé un poco más y añadí–: La verdad es que, de todo lo que hago... lo que más me gusta es ser superhéroe.

–¿En serio? –se sorprendió ella–. Entonces, ¿quieres ser superhéroe toda tu vida?

–No necesariamente –le expliqué–. Lo que quiero decir es que desde que soy Cat Noir he descubierto que me gusta mucho ayudar a los demás, sentirme útil de alguna manera. Así que en el futuro, con poderes o sin ellos... es a lo que me gustaría dedicarme.

–¿A ayudar a los demás? –repitió M. en voz baja–. ¿Como... un médico, un bombero o algo por el estilo?

–Sí. Sí, bueno, no lo sé. Lo cierto es que no me importa mucho el trabajo que sea, siempre que pueda ser algo útil. No me gusta quedarme al margen sin poder hacer nada cuando la gente tiene problemas, ¿sabes? Y una de las cosas que más agradezco de ser Cat Noir es que me ha dado la posibilidad de implicarme, de actuar, de hacer algo para cambiar las cosas. ¿Te parece... un poco tonto? –le pregunté, al ver que se había quedado callada.

–No –respondió M.–. Me parece muy bonito.

Hablábamos en voz muy baja, porque allí, acurrucados bajo la manta, con las luces de la terraza apagadas y el cielo nocturno sobre nuestras cabezas, parecía como si estuviésemos escondidos en un refugio secreto. Supongo que es lo que quería M., lo que necesitaba, y por esta razón por fin se atrevió a confiar en mí. Porque dentro de su burbuja nadie más podía escucharnos.

–Hasta hace no mucho –me confesó–, yo tenía claro lo que quería ser de mayor, tenía sueños y ambiciones. Y también sabía que, si no se cumplían, al menos había muchas otras puertas abiertas para mí. El futuro estaba lleno de posibilidades, y como dice mi amiga A., la vida es demasiado interesante como para elegir una sola, ¿no te parece?

–Ciertamente –asentí.

–Sin embargo... –Inspiró hondo, como si le costase hablar del tema. Tras una pausa continuó, en voz todavía más baja–, sin embargo, hace algún tiempo que siento que todas esas puertas se han cerrado de golpe. No una, ni dos, sino todas al mismo tiempo. Solo hay un camino que puedo tomar... y no me gusta el destino al que puede conducirme.

No pudo seguir hablando, porque le temblaba la voz. La abracé y traté de calmarla.

–Ese camino queda fuera de la burbuja, ¿de acuerdo? Ahora respira profundamente y sácalo todo fuera. Echa de tu burbuja todas esas puertas cerradas y todos los caminos que no quieres recorrer.

M. asintió, cerró los ojos y respiró hondo un par de veces. Cuando volvió a mirarme, parecía un poco más tranquila.

–Y ahora vas a crear en tu burbuja un futuro perfecto para ti –le dije.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

–Pero no puedo...

–Sí puedes. Dentro de la burbuja, tú pones las normas. Aunque fuera la vida te reserve algo diferente, este es tu espacio y puedes hacer lo que quieras con él.

–Y si nunca...

–Eso no lo sabes. Ahora todas las puertas parecen cerradas, pero no puedes saber si en un futuro se abrirán de nuevo. Así que, mientras tanto, tienes derecho a soñar, aunque de momento reserves esos sueños para el interior de tu burbuja.

Respiró hondo otra vez.

–De acuerdo. De acuerdo –murmuró, pero todavía temblaba.

Recostó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos, y la abracé con cuidado.

–Bien –empecé–, ahora imagínate dentro de quince o veinte años. Imagina que puedes hacer cumplir tus sueños exactamente a tu manera. Que no tienes que cumplir las expectativas de nadie más, ni de tus padres, ni de tus tutores... solamente tú y tus sueños.

–Solamente yo y mis sueños –repitió ella en voz baja.

–Exacto. Y dime ahora, ¿qué ves? ¿Qué estás haciendo?

Y respondió exactamente lo que yo suponía que respondería:

–Soy diseñadora de moda. Tengo mi propia marca de ropa y complementos, y me va bien, porque a la gente le gusta mi estilo, y...

Se detuvo, dudosa.

–¿Eres una diseñadora famosa? –le pregunté.

–No estoy segura de querer ser famosa –respondió ella–. Creo que la fama tiene más inconvenientes que ventajas, así que creo que me conformaría con poder ganarme la vida con mis diseños. Y poder dedicarme a hacer lo que más me gusta sin preocuparme demasiado por las facturas.

–Me parece un gran plan –respondí–. Continúa.

–Vivo... vivo en la casa de mis sueños, y tiene un jardín para que jueguen los niños y... –se detuvo de pronto, insegura–. Aunque... ya no sé si tendré niños.

–¿Te gustaría tenerlos?

M. tardó un poco en responder.

–Imaginaba que los tendría. Serían tres, dos niños y una niña, incluso ya había decidido sus nombres. –Se sonrojó un poco, pero yo asentí, animándola a continuar–. El caso es que ya no tiene importancia porque la persona con la que soñaba compartir ese futuro... en fin, no está interesada.

Hay una cosa que sé de M., porque me lo dijo Lk. Y es que, antes de salir con él, ella estaba enamorada de otro. En su momento di por sentado que ese otro era yo, porque ella misma se me declaró en su balcón, poco antes de que su padre nos viera juntos y me invitara a almorzar. Pero las pocas veces que M. ha mencionado ese primer amor me ha dado la sensación de que estaba hablando de otra persona. Así que ya no estoy tan seguro de haber sido yo quien le rompió el corazón de esa manera.

Por si acaso, decidí actuar como si no me diese por enterado.

–Eso nunca se sabe, M. –le dije–. Lo que estás imaginando ahora es tu futuro, y las cosas pueden cambiar mucho de aquí a quince años. La gente crece, evoluciona, algunos caminos se separan, otros se cruzan...

Ella negó con la cabeza.

–No, no, no voy a caer en esa trampa otra vez. Sé que él no siente lo mismo por mí, así que no tiene sentido hacerse ilusiones. –Cerró los ojos con fuerza–. Fuera de la burbuja. Fuera –murmuró.

Contuve el aliento un momento, temiendo que se estuviese refiriendo a mí. Pero M. seguía abrazándome con fuerza, manteniéndome en su burbuja.

Así que parece que ese chico con quien comparaba a Lk., aquel a quien no pudo olvidar... no era yo después de todo.

Me aclaré la garganta.

–Bueno –murmuré–, no tienes por qué renunciar a los niños y la casa con jardín. En quince años conocerás a mucha gente. Entre ellos puede que esté la persona adecuada, la que está destinada a formar parte de tu sueño de futuro.

M. frunció el ceño, pensativa.

–Es posible –dijo–, pero aún así resulta difícil imaginar un futuro junto a una persona que aún no sé quién es.

Me reí.

–En eso tienes toda la razón –respondí–. Bueno, podemos dejar lo de los niños como posibilidad abierta nada más. Pero creo que sí estás en posición de imaginar que en el futuro tendrás un hámster.

De pronto, ella se quedó helada entre mis brazos.

–¿Un... hámster?

–O dos, o tres, los que quieras –proseguí–. A ti te gustan mucho los hámsters, ¿no? Siempre has querido tener uno.

Y M. saltó como si hubiese recibido una descarga. Se apartó de mí y me miró con los ojos muy abiertos y el rostro pálido como el de un fantasma.

–¿Cómo... cómo sabes eso? –logró decir–. No es posible que... no puede ser que...

–M., cálmate.

La sujeté por los hombros con delicadeza y la miré a los ojos. Aunque yo la veía perfectamente en la oscuridad, sabía que probablemente ella apenas distinguía mis rasgos, por lo que intenté que mi voz sonase lo más suave y serena posible.

–Lo comentó tu padre cuando estuve en tu casa, ¿te acuerdas? Durante el almuerzo. Dijo que siempre habías querido tener un hámster. Y me he... me he acordado del dato, eso es todo.

M. respiró profundamente un par de veces.

–Mi padre... –murmuró–. Es verdad que lo dijo.

–Claro que sí. Pero no pasa nada si ya no te gustan los hámsters, puedes tener el tipo de animal que tú quieras. Porque dentro de la burbuja puedes imaginar tu futuro perfecto. Así que nada de hámsters si tú no quieres.

M. se recostó de nuevo contra mi pecho y volví a abrazarla. Le acaricié con suavidad el pelo, la frente y las mejillas hasta que dejó de temblar y volvió a relajarse.

–Yo recomendaría, de hecho, un gato –proseguí–. Hacen mucha compañía y son muy limpios y elegantes.

Ella sonrió.

–Sí que quiero un hámster –dijo.

–Pues es lo que tendrás –le aseguré–. Aunque lo del gato tampoco era mala idea.

–Lo tendré en cuenta.

Permanecimos un rato más en silencio mientras yo intentaba comprender qué diablos acababa de pasar y por qué el asunto del hámster la había alterado tanto. Y la única conclusión a la que llegué fue que, a pesar de todos nuestros avances y aunque tratara de disimularlo, M. seguía estando muy asustada.

–Por favor, no tengas miedo –le susurré al oído–. No permitiré que nadie te haga daño, te lo prometo.

–Lo sé –respondió ella en el mismo tono. Suspiró y cerró los ojos–. Debes de pensar que no estoy muy bien de la cabeza.

–Para nada –respondí–. Creo que hay algo que te duele y que por alguna razón no puedes compartir con nadie. Y yo estoy aquí para ayudarte, no importa cómo. Aunque no puedas decirme de qué se trata, encontraré la manera de hacer que te sientas mejor. Con abrazos, burbujas o chistes malos si hace falta.

Sonrió un poco.

–Nooo, chistes malos no –se quejó. Pero seguía sonriendo.

–Realmente no son tan malos –repliqué–. Solo es cuestión de acostumbrarse.

Aún sonreía cuando la llevé en brazos hasta su cama, porque empezaba a bostezar. La dejé arropada, como siempre, solo que esta vez aún estaba despierta cuando me incliné para besarla en la frente.

–Dulces sueños, M. –le dije–. Te dejo a solas en tu burbuja para que imagines tu futuro perfecto junto a la persona que tú elijas. –Le guiñé un ojo–. Tres son multitud, ya sabes.

Y entonces ella me miró y me sonrió otra vez, y... no sé cómo explicarlo. Me quedé sin palabras y me derretí entero, y lo único que pude hacer fue devolverle la mirada mientras sonreía como un idiota.

Porque creo que M. nunca me había mirado de esa manera, con tanto cariño, con tanta ternura. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que K. me haya mirado así alguna vez.

–Gracias por todo, Cat Noir –susurró ella, y su voz acarició mis oídos con la suavidad de la seda y la dulzura de la miel.

Al final, no sé cómo, conseguí murmurar "Buenas noches" antes de marcharme de allí con el corazón desbocado.

Sigo sin estar seguro de lo que M. siente por mí. Supongo que eso no debería importarme ahora, porque lo que cuenta es que ella se recupere cuanto antes, pero... por alguna razón, me importa.

Siempre tuyo,

Cat Noir