Capítulo 25

Cuando al fin aparecieron, las entrañas de Hinata se retorcieron de celos. Sakura, Naruto y Sarada salieron de la choza con los rostros sonrientes. El vaquero parecía realmente feliz y los tres se veían como una hermosa familia.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó Shion, al ver la expresión desolada de su cara.

Pero Hinata no pudo contestar. Ellos ya estaban demasiado cerca y la belleza de la mujer miwok de pronto la dejó sin palabras.

Poseía una melena rosa y unos ojos grandes y verdes.

Sus facciones le resultaban muy exóticas y era comprensible que cualquier hombre la encontrara atractiva. Y más, si había estado compartiendo su hogar con ella durante tres años.

Y entonces, su don decidió hacer de nuevo acto de presencia cuando menos lo necesitaba. Las imágenes llegaron hasta su cabeza desde el pasado, dolorosas e insistentes. Pudo ver a Naruto sonriendo como pocas veces lo había visto sonreír. A Sarada entre sus brazos, a la luz de una hoguera compartiendo la cena con Sakura. La felicidad que se intuía en aquel ambiente la lastimó y nubló el brillo de sus ojos.

—¿Qué tal os ha tratado Obito? —preguntó Naruto, acercándose a ella.

Hinata dio un paso atrás sin darse cuenta de lo que hacía. Le dolía demasiado el pecho y necesitaba aclarar sus pensamientos.

—¿Te encuentras bien? —volvió a preguntar su esposo, mirándola con preocupación.

—Yo… yo no… —seguía sin poder hablar. ¿Qué iba a decirle?

¿Que había descubierto su secreto y que ahora sabía por qué era una carga para él?

Sus ojos pasaban sin darse cuenta del vaquero a Sakura, y viceversa. Lo veía tan claro… ¡y hacían tan buena pareja! La felicidad en el rostro de Naruto la dejaba sin respiración. ¿Cómo iba a negarle esa felicidad al hombre que amaba? Bajó los ojos al suelo intentando controlar las lágrimas y resolvió que no podía hacerlo. Debía dejarlo libre para que él pudiera estar con la mujer que de verdad quería. Pero resultaba demasiado desgarrador pensarlo siquiera.

— Hinata, ven conmigo —intervino de pronto Sarada.

Sin darle opción, se acercó a ella y la tomó de la mano. La joven estaba convencida de que la extrema sensibilidad de la niña había captado su angustia y se lo agradeció. Necesitaba alejarse de Naruto cuanto antes, si no quería ponerse a llorar como una tonta. Se dejó llevar y Sarada la condujo hacia la misma choza de la que habían salido momentos antes.

— Shion, ven tú también —le pidió Sarada.

Antes de que la joven rubia pudiera reunirse con ellas, Naruto la retuvo cogiéndola por el brazo.

—¿Ha ocurrido algo? ¿Qué le pasa a Hinata?

Su voz sonaba sinceramente preocupada, pero Shion no tenía una respuesta. A ella también le había sorprendido el cambio de actitud de su amiga.

—No lo sé, pero lo averiguaré —le prometió.

Naruto asintió y dejó que entrara en la choza junto con ellas. Se quedó mirando unos instantes la abertura por la que habían desaparecido, con el ceño fruncido.

—¿Crees que le gustará la sorpresa? —le preguntó a Sakura, que permanecía de pie a su lado.

—Creo que te ama mucho —fue la respuesta de la mujer miwok.

Naruto sonrió, más tranquilo. Sabía de sobra que Sakura era tan intuitiva como su hija y cuando afirmaba algo con aquella rotundidad, solía ser cierto.

—Cierra los ojos —susurró Sarada.

Hinata obedeció. Al hacerlo, sin embargo, las imágenes le acosaron con saña.

—No puedo —dijo, volviendo a abrirlos—. No quiero verlo.

Estaban arrodilladas, una frente a la otra, y Sarada le tomó las manos con suavidad. En la semipenumbra de la choza, Hinata comprobó que la niña sonreía.

—Lo que ves es el pasado. No debes tenerlo en cuenta porque ya pasó y no tiene ninguna fuerza. No puede destruir el presente, y mucho menos el futuro.

—Pero él… y Sakura…

—No —exclamó la pequeña, esta vez con el tono más duro—. Sakura amaba a mi padre y jamás dejó de hacerlo. Omusa fue un amigo, nuestra familia, pero nunca pudo ocupar su lugar.

Aquellas palabras encendieron una chispa de esperanza en el corazón de Hinata. Aunque, el hecho de que Sakura no hubiera llegado a amarlo no significaba que el vaquero hubiese olvidado a la mujer miwok.

—Omusa merece ser feliz —prosiguió Sarada—, y su nueva vida comienza esta noche, junto a la mujer que estará a su lado a partir de ahora.

Hinata bajó la cabeza, ahogada por las emociones que la embargaban. Amaba a Naruto más que a su propia vida… ¿sería ella esa mujer?

Sarada se levantó entonces y rebuscó algo en un rincón de la choza, entre un montón de pieles de animales. Al fin, sacó lo que parecía ser uno de los vestidos de su madre. Se acercó de nuevo a Hinata y lo extendió frente a sus ojos.

La prenda que le mostró la niña era exquisita. Hinata nunca había visto nada igual. Se trataba de una túnica de piel de ciervo, muy suave al tacto, adornada con multitud de abalorios y plumas de colores. Estaba claro que su confección había llevado mucho tiempo y que le habían dedicado una atención especial. Además de los adornos, la túnica estaba teñida con colores suaves, como el blanco y el azul, que otorgaban a la prenda una cualidad solemne y ceremoniosa.

—Es una maravilla, ¿de quién es? —preguntó Hinata, acariciándolo con cuidado.

—De mi madre —respondió Sarada, orgullosa—. Pero esta noche lo llevarás tú.

Hinata abrió mucho los ojos y la miró alarmada.

—¡No, no! No podría… Este vestido debe ser muy especial para Sakura y yo…

—Sí, es especial —contestó una voz suave desde la puerta—. Y por eso precisamente quiero que lo luzcas esta noche.

Hinata miró a la mujer miwok que acababa de unirse a ellas en el interior de la choza. Sakura la contemplaba con una expresión agradecida en su bello rostro.

—No lo entiendo.

—Pues es muy fácil —le explicó—. Tú has salvado a mi hija, me la has devuelto sana y salva. Y sería un gran honor para mí que llevaras el vestido que yo usé durante el día más importante de mi vida.

Hinata estaba tan sorprendida que ni siquiera se le ocurrió preguntar cuál había sido ese día. Sin embargo, a Shion no le pasó desapercibido el brillo de los ojos verdes de la mujer y la mirada de complicidad que intercambió con su hija. Enseguida ató cabos y entendió lo que estaba ocurriendo. Se sintió muy feliz por su amiga y decidió colaborar en la sorpresa.

—Vamos, Hinata, no nos agües la fiesta. Esta noche los miwok van a celebrar que han recuperado a su Hii y es gracias a ti. Serás la invitada de honor y debes vestir acorde al reconocimiento que quieren darte.

—Te olvidas de que tú me ayudaste —respondió Hinata, molesta por tantos cumplidos que no creía merecer.

—Pero yo solo te acompañé. Tú fuiste la artífice de todo el rescate.

—Además —intervino Sakura de nuevo—, también habrá un traje especial para Shion.

Desde el exterior, de pronto, comenzaron a llegar los primeros cánticos de la noche. La fiesta estaba a punto de comenzar y se les hacía tarde. Hinata miró a sus acompañantes, que esperaban su respuesta para comenzar los preparativos, y al final asintió. El brillo agradecido en los ojos rojos de Sarada merecía que ella pusiera todo de su parte para lograr que aquella noche fuera muy especial para la niña. Que Naruto no la amase no era motivo para arruinar la hermosa velada que aquella gente estaba preparando con toda su ilusión. Y, a pesar de que Sakura representaba en esos momentos un duro obstáculo para su felicidad, no dejaba de ser una madre que había recuperado a su hija y quería demostrarle todo su agradecimiento. Ella no era quién para desdeñar sus atenciones que, en verdad, parecían surgir desde lo más hondo de su corazón.

—De acuerdo, me lo pondré —resolvió por fin.

Sus tres acompañantes lanzaron exclamaciones de alegría y se abalanzaron sobre ella dispuestas a transformar su aspecto y convertirla en la protagonista indiscutible de la fiesta.


—¿Por qué te mueves tanto?

Naruto fulminó a su amigo Obito con la mirada. El miwok lo contemplaba con una sonrisa burlona en el rostro, divertido ante el comportamiento del vaquero. Era increíble pero… ¡estaba nervioso!

—Vamos, ya has pasado por esto antes —continuó azuzándolo—. No vas a decirme ahora que no sabes cómo hacerlo, ¿verdad?

El comentario le valió otra furibunda mirada por parte de Naruto.

Se mesó el cabello preocupado, sin compartir la actitud jocosa de su amigo. Se había preparado a conciencia, se había vestido tan solo con un pantalón típico de la tribu y había adornado el torso desnudo con pinturas ceremoniales. La herida del hombro aún le molestaba un poco, pero se había quitado la venda para la ocasión. Había repasado decenas de veces las palabras en su cabeza mientras esperaba a su mujer, pero, de repente, todas aquellas bonitas frases de amor se habían esfumado. Estaba en blanco.

—No sirvo para esto —confesó, con el rostro tan serio que a Obito casi le dio un ataque de risa—. No soy un poeta y no tengo ni idea de cómo cortejar a una mujer. Deberías haberme visto intentándolo con Hinata: cada vez que abría la bocaza le hacía llorar. Siempre digo lo más inoportuno, ¿y si esta noche…?

Obito se acercó y le puso una mano sobre el hombro para tranquilizarlo.

—Algo bien habrás hecho, supongo. Salta a la vista que esa mujer te adora —por fin, el miwok dejó a un lado su actitud burlesca y trató de serenarlo—. Lo harás muy bien, solo tienes que dejar que hable tu corazón.

—Ese es el problema. Creo que mi corazón y yo no hablamos el mismo idioma.

En esta ocasión, Obito ya no pudo contenerse y se echó a reír.

Naruto le propinó un empujón para alejarle y se giró hacia la choza justo en el momento en que Hinata hizo su aparición.

Y entonces no pudo pensar en nada más.

Su esposa era un ensueño. Una increíble y mágica visión que aceleró su corazón y lo hizo latir con demasiada fuerza. Llevaba uno de los vestidos típicos de las ceremonias miwok y la larga melena negra le caía suelta en suaves ondas sobre la espalda. No lucía ningún otro adorno, no lo necesitaba. Sus brillantes ojos color perla eran la máxima expresión de su belleza y atrajeron sin pretenderlo la atención de todos los allí presentes.

Tras ella, aparecieron Sakura, Shion y Sarada. Las tres iban sonrientes y orgullosas de su trabajo. Hinata lucía aquella prenda con elegancia y asintieron satisfechas al observar el impacto que causó su aparición en la fiesta. Todo el poblado guardó un reverencial silencio mientras ella avanzaba hasta situarse junto a Naruto.

Una enorme fogata ardía en el centro de la explanada donde habían dispuesto la comida y la bebida. El vaquero la esperaba delante del fuego, con una expresión extasiada en su atractivo rostro. Hinata no sabía qué pensar, estaba muy nerviosa. ¿La estaba mirando a ella, o a Sakura, que avanzaba justo detrás? Y, de súbito, tuvo una idea alocada, imposible, increíble. Aquel ambiente que la envolvía era muy extraño. Todos parecían expectantes y seguían cada uno de sus movimientos. Ella avanzaba hacia el hombre que amaba y él la esperaba como si… como si…

— Sakura —se detuvo de pronto, girándose un poco hacia la mujer—. ¿En qué ocasión usaste este vestido que me has prestado?

—Es mi vestido de boda, Hinata. Aparte del día en que nació Sarada, fue el más feliz de mi vida.

Atónita, se volvió de nuevo hacia Naruto y le temblaron las piernas. ¿Así que por eso había estado todo el día encerrado con Sarada y con Sakura? ¿Había estado preparando… su boda? ¡Pero si ellos ya estaban casados! Su corazón se lanzó a un galope frenético mientras avanzaba hacia el vaquero. Su increíble atractivo le provocaba un agradable hormigueo en la piel y ese atuendo miwok le daba un aire tan interesante que tuvo que inspirar con fuerza para contener la cálida marea de deseo que se estaba apoderando de ella por momentos. El torso desnudo de Naruto era un reclamo poderoso, sus fuertes brazos bronceados una invitación clara a dejarse estrechar por ellos. Los labios, entreabiertos y maravillados, suponían una tentación irreprimible. Y sus ojos cobalto, oscuros y brillantes, tiraban de ella con fuerza para acercarla cada vez más y más.

—Eres una hermosa visión —le dijo él, cuando ya estuvo a su lado.

Hinata no pudo responder. Tenía un nudo en la garganta y aquellos cánticos ceremoniales, dulces y lánguidos, unidos a la ardiente mirada de Naruto, consiguieron que las lágrimas brillaran en sus pupilas.

—Cuando llegaste, tras el largo viaje, no tuviste el recibimiento que merecías —prosiguió el vaquero, cogiendo sus manos para acariciarlas entre las suyas—. Fue lamentable el modo en que nos casamos, y mi comportamiento deplorable. Estabas cansada, herida y supongo que llena de temor e incertidumbre por tu futuro. Y yo me conduje como un auténtico patán sin sentimientos y no supe…

Hinata no pudo soportarlo y le puso una mano sobre los labios para hacerlo callar.

—No hace falta que sigas, Naruto. Aquello ya pasó, ahora todo es distinto.

Él retiró su mano, no sin antes besar con suavidad su palma, y le dedicó una sonrisa cargada de promesas.

—Déjame que continúe, Hinata. Lo necesito. Tú eres la mujer más maravillosa que he conocido y no he sabido decírtelo. Te embarcaste en un viaje peligroso en busca de un futuro mejor, soñando con el hombre que habría de hacerte feliz, imaginando seguramente cómo sería la boda que te uniría a él para siempre — Naruto hizo una pausa, avergonzado, y tomó aire antes de proseguir—. Apuesto lo que quieras a que jamás imaginaste que te casarías sobre una carreta, malherida, con un hombre gruñón y maleducado que nunca ha sabido apreciarte como esperabas — Hinata intentó contestarle, pero él no se lo permitió y continuó hablando—. Por eso, hoy vamos a celebrar la boda que te merecías… que te mereces. Hinata Hyūga, aquí, delante de los que han sido mi verdadera familia, delante de nuestros amigos… ¿quieres casarte conmigo?

La joven no pudo ya reprimir las lágrimas de felicidad y asintió con la cabeza, incapaz aún de pronunciar palabra. Naruto la abrazó, estrechándola con fuerza, y todos los que estaban a su alrededor estallaron de alegría ante la felicidad de la pareja.

Sarada se colocó entonces en el lugar que correspondía al Hii, y los novios se presentaron ante ella dispuestos a recibir su bendición. A Hinata le resultó muy extraño que la casara una niña de ocho años, pero la mirada roja y sabia de Sarada podría competir esa noche con la del chamán más anciano del mundo. En aquellos ojos brillaba el poder de los espíritus y la capacidad de obrar como una auténtica líder espiritual. Su sonrisa infantil, plena de felicidad, era otro regalo añadido a la ceremonia.

Su discurso, en idioma miwok, erizó la piel de Hinata a pesar de no entender ni una palabra. Pero la cadencia de su voz, su tono grave y mágico, consiguió tocar el corazón de la joven, que intuyó el verdadero significado de su sermón. Todo el poblado permanecía en silencio escuchando a su Hii, hasta que la niña, con un gesto, indicó a Naruto que podía pronunciar sus votos.

El vaquero se giró hacia Hinata, quedando frente a frente con ella.

—Hace poco que has llegado a mi vida, Hinata, pero en este tiempo te has hecho indispensable. Me he dado cuenta de que ya no podría vivir sin ti. Te pido perdón por todas las veces que te he ofendido y que te he hecho llorar, por no haber confiado en ti cuando me contabas tus mágicas visiones… No merecías el trato que recibiste de tu esposo. Debería haberte cuidado y no dudes de que, a partir de este momento, serás mi prioridad — Naruto se pegó a ella y le tomó la cara entre sus manos—. Te quiero, Hinata.

La besó con dulzura tras sus palabras, sellando así su promesa de amor. Cuando se apartó, Hinata supuso que era su turno, pero él volvió a sorprenderla hablando una vez más.

—Y, otra cosa, mi amor. Una vez te dije que jamás escucharías estas palabras, pero tengo que decirlas… Gracias. Gracias por recorrer tantas millas, gracias por efectuar ese largo viaje para encontrarte conmigo. Ahora me doy cuenta de que eres todo lo que yo estaba esperando.

Volvió a besarla, esta vez con más intensidad. Sus labios se movieron sobre los de ella ardiendo con la necesidad de ser correspondido. Y Hinata le devolvió el beso completamente entregada, con el corazón a punto de explotar por las emociones que la embargaban ante aquella demostración de amor. Ya no tenía dudas y se sintió la mujer más feliz sobre la faz de la tierra.

Cuando se separaron, continuaron mirándose a los ojos como si en el mundo no existiera nada más. Y, esta vez sí, Hinata supo que era su turno.

— Naruto, te amo con todo mi corazón. Atravesaría de nuevo mil desiertos para encontrarme contigo. Si alguna vez imaginé lo que me depararía aquel viaje, sin duda la realidad ha superado con creces todas mis expectativas. No podría haberme casado con otro hombre… tú eres el único al que podría haber entregado mi vida y mi corazón.

El vaquero se inclinó hacia ella con intención de besarla de nuevo, pero la voz de Sarada lo detuvo. La niña elevó los brazos y la mirada al cielo pidiendo la bendición de los espíritus para aquella pareja que se había prometido amor delante de su pueblo. Shion y Sakura observaban la escena con lágrimas en los ojos y Obito sonreía satisfecho. Omusa era feliz, muy feliz. Y sabía que el amor que se leía en su rostro no lo había visto nunca antes, ni siquiera por Sakura.

Hinata miró a su esposo y apretó su mano para llamar su atención.

—Nunca olvidaré este día, Naruto. Es la boda más bella a la que jamás he asistido.

—Como tenía que ser —asintió él, atrayéndola de nuevo para volver a besarla.

Fin

El Próximo el epílogo...