Parecía que, por cada vez que pisaban ese lugar y pasaban por el mismo sector, el número de criaturas incrementaba y eso los agotaba sin siquiera llevar la mitad del camino.

-Otra cosa, chicos -Sawada llamó la atención del equipo-. Notamos que tenían dificultades al llevar las bicicletas porque no podían ir con ellas por toda la isla.

-Así que -siguió Miyu- le diseñamos un sistema multifuncional; cuando detecta el desuso de la moto, automáticamente se convierte en una cápsula, pueden utilizarla también para atacar, no se preocupen por los golpes, está muy bien protegido.

-¿Y si se pierde? -preguntó Sho.

-En ese caso, sólo los reconoce a ustedes como sus dueños; nadie ajeno a ustedes puede utilizarla, además, siempre regresará a sus manos.

Las miradas pasaron a las motocicletas, sorprendiéndose al ver que las piezas se reducían en una cápsula cilíndrica, con el emblema de ésta en la base. Sho recogió la suya propia y la miró por todos lados, anonadado. Las palabras de sus mayores rondaban por su cabeza, y es que le causaba mucha curiosidad como algo tan grande cabía en un espacio tan pequeño y, más encima, tenía más de una función, más que un simple transporte.

-Adelante, pruébalo -lo animó Sawada.

El castaño lo miró y volvió a mirar el objeto, para luego lanzarlo al otro lado de la habitación, sólo para ver cómo regresaba a su mano.

-Vaya...

-Es como un perrito fiel -rió Miyu-. Como Kotaro -escucharon un ladrido a lo lejos, haciéndolos reír.

-¿Y para que vuelva a ser una moto? -preguntó Kakeru, esta vez.

-En ese caso, ustedes sabrán -finalizó Sawada.

Sho corría detrás de todos sus compañeros, apretando la cápsula en su mano, ansioso. Lo último que les había dicho Sawada, cuando les entregaron las motos, lo había interpretado como "cuando estés listo, la función se activará", pero estaba nervioso, porque no habían probado si funcionaba en los entrenamientos, aunque si era algo que había hecho su equipo, no tenía por qué desconfiar.

Finalmente, se encontraban en el mismo sitio donde estuvieron la última vez, donde un mutante atacó al menor de todo el grupo. La habitación estaba impecable, como si Gabu no hubiera causado explosiones ahí, como si jamás hubiera sido destruida y como si jamás hubieran visto a la criatura desintegrarse en medio de la oscuridad. La diferencia era que ahora la habitación estaba completamente iluminada y la puerta que vieron esa vez no estaba bloqueada. Lo que parecía haber al interior de ésta era un pasillo oscuro y largo, cuyo final se veía a la distancia y era la única luz que había, por lo que no tenían más opción que caminar lento y con armas por si algo aparecía entre las sombras.

Por suerte, era un pasillo común y corriente, no había ni un alma.

-¿Alguien tiene alguna idea de cómo abrirla? -preguntó Sho.

-Tal vez sea como la última vez -dijo Gabu-. Ya sabes, con sangre y esos rituales satánicos.

-Puede ser...

-Ah... hermano -todos voltearon a ver a Makoto-. Tu cuello brilla.

-¿Hm? -Kyoichi tocó la parte de atrás de su cuello, donde estaba el tatuaje del copo de nieve, que emitía un destello azul.

El ruido de la puerta los alarmó, y voltearon sólo para ver cómo un resplandor azul rellenaba los contornos de las figuras que estaban grabados en la misma; al centro de todo, se hallaba el mismo copo de nieve. Al parecer, el tatuaje era una llave, ya que el pórtico se abrió revelando una habitación, cuyo piso servía cómo ascensor.

Entraron al sitio y el piso descendió. La temperatura bajó considerablemente, lo que significaba que ya habían pasado a otro sector. Salieron de la habitación y parecía un sector común y corriente, casi un laboratorio. Un pasillo bloqueado por unos anillos que despedían corrientes eléctricas los recibió.

-¿Qué sector es este? -preguntó Kakeru.

-No lo sé, pero de seguro algo relacionado con la electricidad -respondió Arthur, mirando de soslayo a Kyoichi.

-¿Alguien recordó la batalla con los hermanos del Atardecer? -preguntó Kakeru.

-Ahora que lo dices, sí -dijo Makoto.

-En ese caso... -Sho comenzó a correr en dirección a los anillos, alarmando al resto.

Sabían que ya había hecho algo así antes, pero no era para confiarse y ser imprudente al momento de tratar de pasar por el espacio sin rayos, los que justo se activaron, arruinando el plan que tenía, obligándolo a detenerse.

-No puedes actuar así -lo regañó Arthur.

-Quería intentar algo -el castaño volteó a verlos.

-Aún así, es electricidad -habló Kyoichi-. Un paso en falso y terminarías como perro envenenado.

-Shido tiene razón -dijo Koei-. Es un elemento muy peligroso, todos lo son en cierto punto, pero un mínimo golpe de electricidad puede dejarte con secuelas.

-Entonces, ¿qué sugieren? -inquirió Sho. Miró al rubio y se extrañó al ver cómo levantaba su mano derecha.

Al principio, pensó que estaba señalando algo en los anillos, pero cuando lo vio parpadear, notó el color ámbar de su ojo derecho, sorprendiéndolo. Volteó hacia los anillos y notó cómo trastabillaban y los rayos comenzaban a fallar, para luego comenzar a deformarse y salir de su campo en dirección a donde estaban sus compañeros. Siguió el movimiento y notó que los rayos llegaban a los dedos de su rubio compañero, como si los estuviera succionando.

Los demás notaron lo que hacía cuando la luz cálida que despedía su compañero los cegó. Los rayos desaparecían al contacto con su mano, a la vez que los anillos dejaban de rotar, volviéndolos totalmente inservibles.

-Vaya... -Sho no salía de su asombro.

-¡Shido!

El castaño volteó al oír el grito y un golpe contra el piso. Ocupar sus poderes por mucho tiempo había dejado al rubio agotado, y como consecuencia de eso, había caído al piso. Arthur alcanzó a amortiguar un poco su caída, tomándolo por la cintura, y el resto se acercó a corroborar que estuviera bien.

Incluso si poseer una mayor cantidad de poder que el resto suponía una ventaja, al mismo tiempo era problemático. Kyoichi podía tener más fuerza, pero seguía siendo más delicado por este mismo hecho. Tenía que resistir el mayor tiempo posible.

Arthur chasqueó los dedos y los anillos se hicieron polvo, dejándoles el camino libre. Luego, volteó hacia el joven, que se levantaba con dificultad sujetándose de su brazo.

-¿Puedes seguir? -preguntó, preocupado al ver que no soltaba su brazo.

Le tomó un tiempo recuperarse por completo, pero al resto no le molestaba la espera con tal de asegurarse que su amigo se encontraba bien, y cuando esto ocurrió, continuaron con la misión, echándole un ojo de vez en cuando.

Desde la base, la multitud veía todo a través de una pantalla. Todos estaban hechos un manojo de nervios al ver cómo la potencia había afectado al chico, y por si fuera poco, temían que al resto le pasara lo mismo. Está bien, ellos habían participado en misiones mucho más duras y habían sobrevivido, quizás habían terminado con secuelas, incluso uno de ellos perdió casi todas sus extremidades, pero ahí estaban, de pie, luchando; ya se habían acostumbrado, lo que no significaba que no debían sentir miedo.

Los chicos seguían corriendo, sin toparse con muchos enemigos en el camino, y los pocos que encontraban eran pequeños y fáciles de matar, por lo que no los retrasaba tanto. Debían ser distractores.

Así siguieron hasta llegar casi al final del camino, el cual estaba bloqueado por una barrera, por lo que Gabu lanzó una bomba, destruyendo el obstáculo y así ganar tiempo fácilmente.

-¿Y saben manejar esas armas? -preguntó una mujer.

-Tienen que hacerlo -dijo Sawada-. Todos tienen distintos tipos de armas, desde las blancas y las de fuego, hasta proyectiles y explosivos.

-¿De fuego? -preguntó Hiroaki.

-De todo el grupo, Kyoichi es el único que maneja una pistola, además de los kunai -habló Miyu-. Los demás prefirieron algo más sencillo como el arco y la flecha o cuchillos: como Arthur y Koei ya manejaban armas, obviamente optaron por lo que ya tenían, mientras que Makoto y Sho buscaron armas a las que les fuera fácil adaptarse, de ahí la arquería y las navajas; luego, vendrían los explosivos, que son lo que manejan Gabu y Kakeru.

-¿Y Ayumu? -preguntó Masumi.

-Como es un niño, no quieren arriesgarse a enseñarle a usar un arma, por lo que depende de sus poderes, al igual que Taiga.

La atención volvió a la pantalla, donde se proyectaba a los chicos tratando deshacerse de un ejército de cazadoras en medio de una neblina, pero al ser un trabajo duro y una pérdida de tiempo, sólo las dejaban atrás, esquivando las bombas que lanzaban.

El hecho de que hayan aparecido muchas cazadoras cuando antes no había nada sólo les indicaba una cosa: se estaban acercando a un enemigo poderoso.

Ese pensamiento llegó a sus cabezas cuando llegaron a un cuarto vacío, común y corriente, cuya tranquilidad era interrumpida por la curiosa presencia de una figura fantasmal, de capa negra.

Los chicos prepararon sus armas, mientras Kyoichi sólo analizaba al espectro, el cual, al notar su mirada, se la devolvió, dedicándole esa característica sonrisa tan siniestra y puntiaguda. El rubio abrió los ojos, reconocería esa mirada en cualquier parte. Sin embargo, había algo diferente: ya no estaba encapuchado, por lo que podía ver perfectamente esa cabeza horrorosamente pálida y lampiña, en la que destacaban esos ojos de brillante carmín.

Antes de siquiera reaccionar, la figura desapareció, desconcertando al equipo.

-Ni siquiera atacó -dijo Sho.

-Tal vez no es el momento -dijo Koei.

-Kyo -lo llamó Taiga-, ¿ése no era Phantom?

-¿Qué? -inquirió Arthur.

-¿Pero cómo? -preguntó Koei.

-Quizás qué come -Kyoichi se encogió de hombros.

-¿Succiona la energía de algo o de alguien?

-Es lo único que se me ocurre.


-Ese sujeto es literalmente un Takeshi Yamato más siniestro -escucharon a alguien murmurar, mientras veía la pantalla.

Sawada miró en la dirección de donde vino aquel comentario antes de restarle importancia y seguir observando el avance de su equipo.

A esas alturas, varios habían decidido retirarse del salón, pues habían sucumbido ante los nervios de pensar que algo iba a salir mal. Los únicos que se habían quedado eran los familiares y los amigos de los chicos y unos pocos conocidos.

Miró a la chica castaña a su lado, que permanecía atenta a la pantalla. Para lo que había escuchado de ella, de que era una chica problemática, había sido un gran aporte en el tiempo que llevaban trabajando; Miyu trabajaba muy duro y demostraba que sabía lo que hacía, era muy inteligente, incluso si no descansaba, hacía lo posible por repartir sus tiempos entre su trabajo y cuidar de sus críos.

-Está evolucionando -la escuchó decir-. Mientras evoluciona, su poder incrementa; al parecer, su plan es volverse invencible.

-¿Cómo es eso posible?

-Creo que... estaría succionando la energía de Kyoichi; en caso de no ser así, podría ser que su poder aumenta por cada enemigo eliminado o... -miró al mayor- la desaparición del emblema de la Imperial X influye en esto.

Sawada abrió los ojos como platos.

-Deben actuar cuanto antes, si no, será muy tarde y la Zona X desaparecerá.

-¿Qué hay del mundo real?

Miyu volvió la vista a la pantalla, que se tornó en una estresante estática.

-Debe estar al mismo nivel.

De vuelta con el Equipo Idaten, ingresaron a una habitación que estaba envuelta en la bruma, dificultando su visión mientras trataban de hallar la salida y permanecían atentos a que apareciera una cazadora.

Makoto caminaba, mirando a todos lados, sobresaltándose cuando se sintió chocar contra algo, por lo que alzó el arco con la flecha lista, para luego darse cuenta de que debía tratarse de una estatua, nada anormal. Suspiró de alivio, pero el temor seguía ahí.

Ya que no era suficiente con ese pequeño susto, se llevó otro cuando sintió que le tocaban el hombro, pegando un pequeño grito, tranquilizándose luego al ver a su hermano. El chico tomó su mano y la guió hacia donde estaban los demás. Su mano temblaba bajo la seguridad que le brindaba el tacto de su hermano, no era muy bonito asustarse dos veces en menos de diez segundos.

La pelinegra bajó la mirada hacia su agarre, recordando las palabras que dijo su padre antes de partir. Sabía que no era para que estuvieran todo el tiempo tomados de las manos, sino que una advertencia de que, a donde fueran, jamás se separaran, que lucharan juntos, pero aún así, ella se sentía más tranquila cuando agarraba su mano, temerosa de que desapareciera en caso de soltarla.

-¿Encontraron algo? -preguntó Arthur, a lo que los hermanos negaron.

-Una estatua solamente -Makoto suspiró.

-Es inútil, mientras haya niebla, será difícil salir de aquí -dijo Koei.

-De casualidad, ¿esta niebla provoca visiones? -preguntó Sho.

-Depende -dijo Kyoichi-. ¿Ves unicornios por aquí?

-¿Qué? No -frunció el ceño.

-Felicidades, no estás drogado -ironizó, causando la risa de su hermana.

Aquel momento fue interrumpido abruptamente cuando la brisa, esa que no habían tomado en cuenta en ningún momento, comenzaba a emitir distintos sonidos, lo que les indicó que algo se acercaba.

-No me da buena espina este lugar -dijo Ayumu, notablemente asustado-. Mejor vámonos.

-Ésa es la idea -dijo Kyoichi, con los brazos en jarra-. El tema es que ya no sabemos por dónde entramos.

Los chicos voltearon a todas partes, algo un poco absurdo, considerando que, a donde miraran, la panorámica sería la misma: pura niebla.

-Oh -Sho abrió los ojos con sorpresa-. Miren, la niebla se está dispersando.

Efectivamente, el ambiente del lugar comenzaba a hacerse más visible, cosa que los mantuvo alerta y con la vista hacia distintos puntos, vigilando que nada atacara a nadie de sorpresa.

Así fue como apareció, entre los pocos rastros de bruma que quedaban, la figura de un gólem, de un tamaño que alcanzaba el alto de esa habitación, cuyos ojos rojos brillaban, de furioso poder. De su boca, salió un rugido que movió el piso y liberó el polvo de todos los rincones del lugar, por lo que los chicos se cubrieron para protegerse, pero en cuanto se recuperaron, fueron víctimas del golpe que les dio la estatua, el cual no lograron esquivar.

El material de piedra junto con el tamaño de la criatura hizo de un golpe unos mil años de dolor, del que tomó mucho tiempo recuperarse, incluso estaban seguros de tener ya huesos rotos sin siquiera haber empezado la batalla.

Los movimientos del ser eran lentos, por lo que podían aprovechar ese tiempo para tratar de recuperarse y dar la pelea. Mientras tanto, el plan era huir del campo de visión del ser, pues estar en él sería más una desventaja y no estaban en condiciones de atacar, además, al atacar, sus movimientos eran veloces, al punto de que era cosa de parpadear un segundo para no alcanzar a prevenir el ataque y convertirse en puré como almuerzo del gólem.

-¿Ch-Chicos? -tartamudeó Sho, levantándose a duras penas.

Mientras trataban de recuperar el aliento y reunir las fuerzas para luchar, la criatura volteaba y ya no disponían de mucho tiempo para escapar. Buscar una salida no era opción, pues el enemigo no rendiría hasta que una de las dos partes cediera, y ellos no iban a descansar hasta llegar al fondo del problema.

Makoto tenía la vista en el techo. Por lo lejos que estaba, podía darse cuenta de lo alto que era; el gólem casi tocaba el techo y la habitación era inmensa, no tenía problemas para desplazarse. El espacio que sobraba podían aprovecharlo si tan sólo se sintieran en condiciones.

Un dolor insoportable le pesaba la pierna derecha, estaba segura que se la habían roto, y un hilo de sangre se escapaba por sus labios. Por supuesto, el dolor a ella le importaba muy poco, no le importaba pelear hasta la muerte, pero era consciente de que sería humillante, al menos para ella, morir desangrada sin haberlo intentado.

Miró a su hermano, acostado a su lado, con algún que otro moretón y sangre manchando su rostro, mientras peores heridas tomaban lugar en distintas zonas de su cuerpo. Su antebrazo izquierdo se había desprendido, y su rostro durmiente le causaba cierta intranquilidad.

Lo conocía bien, creció con él; Kyoichi jamás habría descansado hasta acabar con el ser al que se enfrentaba. Las únicas veces que dormía eran cuando ya no podía más.

Su mano derecha tocó su mejilla, quitando unos pocos rastros de suciedad.

"¿Hermano?"

-Dime.

-¿Algún día podré ser tan buena biker como tú?

Ese día, en el parque, se habían sentado en el par de columpios que había ahí, a ver la puesta de sol que les entregaba el horizonte.

-¿Por qué como yo? Puedes llegar a más -la miró, frunciendo el ceño, a lo que Makoto se encogió de hombros, soltando una risa nerviosa. Kyoichi rió, negando con la cabeza-. No te limites sólo a lo que te enseñé.

Apartó la mano de su rostro para comenzar a incorporarse, con algo de dificultad, ya que todavía estaba adolorida por el golpe. Su atención se centró en su pierna, afortunadamente doblada, pero no por eso menos grave, aún así, acomodó el hueso con mucho cuidado, mordiéndose el labio inferior con fuerza para no soltar un grito de dolor que llamara más la atención de la criatura de piedra y que los condenara.

Cuando lo logró, aún dolía, probablemente cojearía cuando enfrentara al gigante, pero en cuanto regresaran a la base, podría tratarse la herida con más calma. Recordaba que una vez le habían dicho que su elemento tenía una cualidad que consistía en la curación, sin embargo, aún era algo que debía perfeccionar, por lo que aguantar era, literalmente, su única opción.

Los demás la miraron expectantes cuando se paró, apoyándose en la pared, y es que no entendían cómo, de dónde sacaba la fuerza para levantarse en ese estado, pero no podían decir nada, al entendían: ellos habrían hecho lo mismo, una y mil veces.

-Chicos -los llamó-. Preocúpense de ustedes mismos, yo voy a tratar de mantener ocupado al gólem.

-¿Estás segura de que estarás bien? -preguntó Gabu.

-Estaré bien, sí -afirmó-. Aún es muy pronto para caer.

Por varios segundos, nadie dijo nada. No era que no confiaran en ella, pero era una misión muy arriesgada para enfrentarla sola.

-Iré contigo -dijo Sho, tratando de incorporarse, pero quejándose en el proceso.

-Apenas te puedes mover -puntualizó-. Cuando se sientan listos para seguir, luchen, pero mientras tanto, déjenme esto a mí.

-Bien -dijo el castaño, no muy seguro, pero no dudaba de la fuerza de su amiga.

-Asegúrate de llevar esto -dijo Arthur, tendiéndole su armamento, el que no dudó en agarrar para colgarlo a su hombro.

Miró a Taiga.

-¿Crees poder hacer algo con el tiempo?

El pelinegro volteó a ver al gólem, que ya los tenía en la mira y rugió furioso, levantando nuevamente la extremidad con la que les dio una paliza. Levantó su temblorosa mano, apuntando a la figura. Ésta adoptaba una curiosa aura violeta, y la misma se desplazó por todos los rincones de la habitación, afectando a la figura, cuya lentitud se hizo eterna.

-Son casi diez minutos, creo que con eso alcanzas a hacer suficiente -dijo Taiga, a lo que Makoto asintió.

Los chicos no se vieron afectados por el efecto ralentí, por lo que la pelinegra preparó una flecha en el arco, pidiéndole a Sho que prendiera fuego en la punta, luego apuntó hacia uno de los ojos de la criatura, que aún dirigía el brazo hacia ellos, y disparó.

El brazo se alejó y tuvieron un espectáculo en cámara lenta y aburrida de un gólem agitándose por el impacto en su ojo. Aprovechando eso, Taiga revirtió de las heridas de Makoto para que ésta empezara a correr hacia el gigante con ayuda de las olas.

El tiempo era algo muy difícil de manejar, por lo que Taiga debía ser muy cuidadoso y procuraba no abusar mucho de su poder, a menos que fuera necesario, pues de ser el caso contrario, podía causar alteraciones en el mismo. Eso y que, además, se requería de mucha concentración y energía.

Makoto saltó sobre el gólem. Sólo disponía de diez minutos desde que Taiga le avisó, de los cuales debían haber pasado unos dos o tres. Debía hacer algo en al menos cinco minutos y no quería que el pelinegro se excediera por ayudarla. Sus amigos debían recuperarse, su salud era lo primero.

Con sus manos creó un par de espadas de agua, las cuales blandió en dos ruedas de agua, cortando así las extremidades del gigante. Le quedaban las piernas, pero si no tenía los brazos, debía ser una ventaja para ellos.

Aterrizó en el suelo y volteó a verlo. Como estaba de espaldas, buscó algún detalle que pudiera ser su punto débil, pero como todo era de piedra, pensó que quizás sería como los otros enemigos, cuyo punto débil estaba en su cuello. Ya había cortado sus brazos, sin embargo, no podía confiarse; el haber cortado sus extremidades fácilmente no significaba que sería así.

La lucha apenas estaba comenzando.

Por otro lado, los demás observado sorprendidos lo que había hecho la menor de los Shido, pero no podían distraerse, ya que el efecto estaba pronto a llegar a su fin. No se percataron de los rayos que despedía el cuerpo del rubio, ni el antebrazo que se desplazaba por el suelo hasta pegarse a su brazo; los rasguños desaparecían y las partes rotas se unían, sin dejar ni un espacio vacío. Movió la mano, comprobando que no tuviera fallas, pero estaba todo en perfecto estado, y al igual que el brazo, su pierna volvió a acomodarse.

Ya no había dolor, ni rastros de haber sido agredido.

Se incorporó, tocando su cabeza en busca de alguna lesión, llamando la atención de sus compañeros.

-Shido, ¿estás bien? -preguntó Sho, a lo que el chico asintió, para luego voltear a ver a su hermana.

El efecto había acabado y ahora estaban todos en la mira del gigante, que había regenerado sus brazos con piedras filosas. El ser trataba de aplastar a la pelinegra, pero ésta lograba esquivar todo movilizándose con las olas que ella misma creaba. Cuando estuvo a punto de atraparla, saltó, aterrizando junto a sus amigos.

Arthur reventó el brazo del gigante, luego el otro. La criatura soltó un rugido y Kyoichi disparó al interior de su boca con la pistola, cosa que lo hizo retroceder y caer sentado al suelo.

-¿Están todos bien? -preguntó Makoto.

-¡Estamos bien y listos para pelear! -exclamó Sho-. Por cierto, Shido, ¡qué buena puntería!

-Concéntrense -espetó Koei.

El gólem volvió a ser el centro de atención. Un aura violeta lo rodeaba, mientras regeneraba sus brazos. Se levantó y caminó lento en dirección al grupo, que se separó en distintos puntos de la habitación, pero la atención del gigante sólo se enfocaba en los hermanos que tenía al frente, principalmente en Makoto.

-¿Hermano? -la pelinegra temblaba, aunque tuviera a su hermano a su lado.

-Estamos contigo -susurró el mayor.

Makoto tragó saliva, sin dejar de observar al gólem, mientras retrocedía, manteniendo una distancia prudente, y apretaba en su mano el arco.

-¡Chicos! -gritó Sho.

-Tranquilos, estarán bien -dijo Koei.

Los mayores no cabían en su nerviosismo cuando veían a la escultura de piedra de pie frente a los hermanos, rugiéndoles en sus caras, sin embargo, sabían que tendrían un plan, así que sólo les quedaba esperar a que hicieran algún movimiento.

Se separaron cuando el ser levantó el brazo. Makoto corrió por un lado y Kyoichi se fue por el otro, ascendiendo por unas vigas metálicas en una especie de Pedal Ground, sólo que en vez de una bicicleta, utilizaba algo similar a una tabla de patinaje, algo como lo que Saiko utilizaba para desplazarse por el aire, sólo que en vez de hielo, usaba el rayo, cosa que sorprendió a sus compañeros. La mano del gólem iba tras él y cuando estuvo a punto de alcanzarlo, ya en lo alto de la habitación, saltó, lanzando uno de sus kunai para que la cuerda se enredara en el cuello del gigante, que rugió cuando el chico jaló con fuerza hasta llevarlo al piso. Luego, Gabu saltó sobre éste, causando una explosión.

El gólem se levantó rugiendo de dolor. La cuerda ya no jalaba de su cuello, así que no había nada que impidiera su ataque al grupo que lo miraba desde abajo. Se notaba su rabia a pesar de que no tenía expresiones, pero sus actitudes lo demostraban, y comenzó a dar golpes al azar en el suelo, buscando aplastar a alguno del grupo, mientras ellos esquivaban y otros se alejaban lo suficiente para tratar de disparar en algún punto débil que tuviera.

Incluso si el blanco principal de la organización eran Sho y los hermanos Shido, ésta parecía dispuesta a acabar con todos de un golpe, y si eran ellos primero, mejor todavía, por eso era necesario que todos tuvieran las armas que se requerían en el campo de batalla, aunque en ese momento, la criatura parecía ir detrás de los hermanos, sobre todo la más pequeña.

Otro rugido escapó de su boca, mientras la potente luz que emanaba del único ojo que le quedaba los cegaba, y los golpes que daba al suelo se hacían cada vez más fuertes hasta que la furia lo invadió y terminó siendo un ataque directo al grupo.

En un momento, Kakeru trató de inmovilizarlo con telequinesis, pero el sujeto era tan fuerte que acabó agotándolo. Aún así, antes de caer se las ingenió para causar una especie de dolor en algún punto de su cuerpo rocoso, cosa que resultó y el gigante rugía de agonía, sin ser capaz ni siquiera de moverse en contra del equipo.

-¡Aprovechen de atacar! -exclamó Koei.

-¡Arthur, destruye sus brazos! -exclamó Sho, moviéndose de un lado a otro alrededor del gólem, lanzando llamas sin parar.

-¡Eso trato!

Para Arthur, cualquier terreno que estuviera relacionado con la tierra era una ventaja para él, pero ahora, con mucho esfuerzo, con suerte lograba sacarle polvo al gólem, o simplemente inmovilizarlo, que fue lo que terminó haciendo para ganar más tiempo y que alguno de ellos se acercara a su punto débil. Se notaba que la regeneración lo había fortalecido, o quizás era el poder que le entregaba la organización.

Notó la mirada de Kyoichi puesta en él, con un deje de preocupación. El rubio habría podido ayudarlo si no fuera porque había gastado mucha energía, y para él, poseer diez elementos era sinónimo de agotamiento repentino.

-¡Es muy fuerte, no podré mantenerlo quieto por mucho tiempo!

El rubio miró a su hermana, que se desplazaba mediante una ola, como si estuviera surfeando, para que, al momento de estar frente a la estatua, diera una patada a la misma, cuyo golpe paró en la mandíbula, echando su cabeza hacia atrás con la suficiente fuerza para hacerlo caer nuevamente. Con eso, Arthur dejó de luchar, pero no podía descansar.

No era momento para eso.

Mientras Kyoichi congelaba lo más que podía los brazos del ser, ya que el hielo, apenas lo tocaba, comenzaba a derretirse, Makoto corrió en dirección a éste, ignorando los llamados de sus compañeros, quienes, preocupados, le advertían que ese solo movimiento le cobraría la vida, pero ella lo pasó por alto y siguió corriendo, hasta escalar la piedra que componía el cuerpo del gólem. Llegó hasta su cabeza y disparó una flecha al interior de su boca. Logró saltar antes de que la criatura se alterara, en una especie de Wall Flip, y sintió pasar una gran bola de fuego justo a su lado, que destrozó la pequeña zona congelada del brazo. Sin embargo, no era suficiente para hacerle daño y eso quedó claro cuando el dolor sólo lo obligó a levantarse, en medio de rugidos y sin disimular la rabia hacia el grupo.

Ahora estaba ciego. Ellos no sabían con exactitud si no podía ver o si sentía la presencia de cada uno de alguna forma, sólo sabían que los golpes se hacían cada vez más brutos y con más ganas de sentir la sangre correr, así que sólo podían concentrarse en esquivar, saltar de un lado a otro mientras trataban de hallar el momento adecuado para disparar.

-¡Esto se salió de control! -fue lo que pudo gritar Sho, antes de saltar nuevamente, cuando casi fue aplastado por ese puño rocoso contra la pared.

-¡Hay que seguir luchando! -gritó Taiga.

Mientras tanto, en la base, parte del equipo se había puesto a trabajar en otros asuntos a la espera de que volviera la señal. Había sido un buen tiempo de interminable y estresante estática, imposibilitando saber sobre el estado de los chicos. Habían intentado otras maneras, como llamarlos por el comunicador, pero incluso ahí se escuchaba la estática.

Miyu dejó lo que hacía y volteó a ver a los familiares de los chicos, quienes ya habían empezado a hiperventilar del nerviosismo, incluso rompiendo en un llanto sofocante. El personal del laboratorio les daba botellas de agua para que se tranquilizaran, y ella volvió la atención al prototipo de mano en el que estaba trabajando, hasta que sintió un tirón en su pantalón y se encontró con la pequeña Yui, restregándose los ojos.

-Mami -balbuceó la niña, y Miyu no era estúpida; sabía que algo le pasaba.

Dios, ese vínculo que se formaba cuando sólo era un feto era aterrador.

-¿Qué pasa, pequeña? -preguntó, alzándola en sus brazos-. ¿Tuviste otra pesadilla? -el temblor en sus labios respondió por ella.

-Malo... muy malo -siguió balbuceando, mientras una sensación de angustia se instalaba en su pecho.

El temblor que siguió hizo que desviara la atención de su hija, para mirar al resto de su equipo, que caminaba de un lado a otro con prisa, como si el mundo se fuera a acabar -cosa que era muy probable-, y luego estaban los familiares de los chicos que habían ido a la boca del lobo, sin poder tragarse ni un poco el temor; los nervios sobre la lucha de los chicos, si le agregábamos el temblor, era motivo suficiente para desmayarse del susto. Una mujer de largo cabello negro ya había caído inconsciente.

Con eso le quedaba claro que algo andaba mal, pero primero estaba su hija. No planeaba dejarla sola hasta que se tranquilizara, y pensó que estar en el laboratorio empeoraría su estrés, así que salió de él, caminando en dirección a la habitación que la niña compartía con Ren y otros inquilinos. En todo el camino, vio a guardias correr, nadie más que ellos corrían por los pasillos, y cuando se trataba de un inquilino, corrían a sus refugios, y eso no hacía más que aumentar su preocupación.

-Permiso -dijo al entrar a la habitación, llamando la atención de los que se encontraban ahí.

-Oh, señorita Aibara -la llamó una chica, apresurándose a levantarse.

-No te levantes, no es necesario -la detuvo, así que la chica volvió a sentarse, sin apartar la mirada de la pequeña en sus brazos.

La castaña se dirigió a la cama donde dormía su hijo, acostando a la niña a su lado. El movimiento alteró un poco la pasividad del niño, quien al ver que sólo se trataba de su hermana y su madre, volvió a dormir, tomando la mano de la niña. Ese vínculo que tenían los mellizos aún le sorprendía, y eso que los había visto desde el momento en que nacieron. Era curiosa la forma en que uno podía sentir la emoción del otro.

Sonrió enternecida. En varias ocasiones, le habían dicho que era muy seria, cosa que se le hizo extraña, ya que solía reír demasiado cuando estaba con su equipo trabajando en el laboratorio, sobre todo cuando hablaba con Sawada y éste le contagiaba su explosivo entusiasmo o jugaba con su perro. Por lo menos eso creía, hasta que una vez, Yuki le dijo que parecía estar forzándose a sonreír, y después de eso, le siguieron otras personas haciendo la misma observación, y que incluso con sus hijos, no dejaba esa actitud.

-Protege a tu hermano, pequeña -le susurró a Yui, quien sonreía feliz, como si no fuera consciente de lo que ocurría en el exterior-. No se separen por ningún motivo, ¿entendido?

-¡Shi!

-¿Lo prometes?

-¡Shi!

-Por la garrita, si no, no vale -levantó su meñique. La pequeña Yui respondió enredando éste con el suyo propio, sin dejar de sonreír.

Sólo tenían dos años, pero Yui parecía la más madura y entendía todo lo que su madre le decía. ¿La había criado bien? ¿Lo había hecho bien, a pesar de querer golpearse la cabeza por cada estupidez que cometió en el pasado?

-Son adorables -volteó a ver a la misma chica que se levantó a saludarla-. ¿Son sus hermanos?

-No -respondió, ya acostumbrada a la misma pregunta de siempre-. Son mis hijos.

-¿Hijos? -la chica abrió los ojos por la sorpresa-. Pero si es tan joven.

-Larga historia -agitó su mano, alejándose de sus retoños para caminar hacia la puerta-. Nos vemos -se despidió.

Al salir de la habitación, se topó con más gente de la que había cuando llegó, y siguiendo su instinto, optó por apresurarse en regresar al laboratorio, así que comenzó a correr.


-¡CUIDADO, CHICOS! -bramó Sho, mientras veía a los hermanos Shido esquivar los golpes que daba la criatura.

El resto se encargaba de debilitarla o inmovilizarla, incluso distraerla, cosa que no daba resultado, o al menos no lo suficiente. Esa criatura, a pesar de estar ciega, parecía convencida de querer acabar con los hermanos, y quizás ellos serían los siguientes.

Las horas pasaban y el cansancio se hacía presente, quizás llevaban días en esa situación. No lo sabían. Había pasado tanto que perdieron la noción del tiempo, pero no les sorprendería si les dijeran que habían pasado días desde que llegaron ahí.

Sin embargo, no era momento de descansar, la idea era que todos salieran de ahí, no ilesos, pero al menos respirando, aunque fuera, inconscientes.

La criatura era tan rápida con sus ataques que se les hacía difícil esquivar y la falta de energía contribuía en ello. Debido a eso, Makoto no tardó en caer después de recibir un golpe que la hizo estrellarse contra la pared, luego volteó hacia el rubio y lanzó un golpe que terminó en la misma, ya que él lo esquivó, pero no por mucho; con su mano restante, logró arrinconarlo y arrastrarlo por toda la habitación, sometiéndolo a una interminable tortura.

-¡DÉJALO! -los chicos escucharon el grito lastimero de la pelinegra, por lo que no dejaron de luchar hasta que Arthur logró reventar el brazo y hacer que el gólem soltara a su compañero, que caía como peso muerto.

Koei corrió a atrapar al rubio y sacarlo del camino, luego regresó con el resto del equipo, que seguía disparando sin dar resultados favorables.

-Taiga -el susodicho volteó a ver a Arthur-. Sólo portales -indicó, a lo que el pelinegro asintió-. ¡Chicos, hay que tratar de congelarlo y disparar a ese punto! -se dirigió al resto.

-¡¿Quién?! ¡Shido es el único que maneja el hielo! -bramó Gabu, lanzando una bomba.

-¡¿El hielo no deriva del agua?! -preguntó Sho, sin dejar de disparar llamas.

-¡No es el elemento principal de Makoto! ¡Aunque intente congelarlo, no será mucha potencia! -advirtió Kakeru.

-¡Yo lo haré! -sin darles tiempo a reaccionar, Ayumu se transformó en la chica de los ojos vendados que enfrentaron tiempo atrás.

El gólem lanzó otro golpe que el niño, en su nueva apariencia, esquivó con una atractiva voltereta, y en cuanto aterrizó, golpeó el piso, creando una pista de hielo que llegó hasta el gigante, congelando sus extremidades. Volvió a la normalidad y los chicos no desaprovecharon la oportunidad para destrozar las mismas, haciendo al ser soltar un alarido en lo que caía al suelo, causando un temblor por su peso.

-¡Gabu! -gritó Sho al ver saltar al pelirrojo en dirección a la boca del gólem, rodeado por la ya conocida esfera de poder.

-¡Colmillo Demoledor!

La potencia de la explosión aturdió a todo aquel que se hallaba en la habitación, pero nadie terminó más aturdido que la criatura de piedra, quien con ese ataque, parecía haber vuelto a lo que era, una criatura inanimada, sólo adorno.

-¿Murió? -preguntó Kakeru.

Makoto se acercó a ver lo que ocurría, reuniéndose con todo el grupo alrededor de la estatua, cerciorándose de que realmente había acabado.

-¿Y ahora? -preguntó Sho.

-Hay que seguir -dijo Koei.

La pelinegra volteó y comenzó a caminar, llamando la atención del resto. Sin embargo, sólo se trataba de su hermano, a quien Taiga curaba sus heridas, retrocediendo el tiempo de las mismas hasta desaparecer.

-Shido, ¿estás bien? -preguntó Arthur, acercándose con los demás tras él.

Taiga lo ayudó a levantarse, pero no lo soltó hasta que su amigo estuviera seguro de que podía mantenerse en pie.

-Te dieron una buena paliza -dijo Sho, con un tono divertido, pero sin malas intenciones-. Mira, logramos acabar con el gólem.

Kyoichi miró a la estatua por un buen rato, entrecerrando los ojos. Ese gesto llamó la atención de Makoto; lo conocía lo suficiente para saber que algo andaba mal.

De repente, la estatua se movió, acción que puso en alerta al equipo. Las extremidades antes destruidas se regeneraban con piedras filosas. Ahí estaba, de pie frente a ellos, imponiendo poder con su gran tamaño y sus rugidos de rabia.

No anticiparon el golpe que venía, de modo que una parte del grupo fue mandada a volar hasta un rincón de la habitación, mientras la otra parte logró esquivar, pero también acabó en el lado contrario, todos con un dolor insoportable que les impedía moverse.

Y luego estaba Makoto, que por su parte, miraba a sus compañeros retorcerse en el suelo. Ella lo había visto todo desde arriba, cuando saltó a una gran altura, suponiendo que algo así podría pasar, pero no alcanzó a avisarles; la velocidad de la criatura no se lo permitió.

Así que aterrizó tranquila, frente al gólem, sin sentirse intimidada por su altura, o por el filo de sus piedras, o porque caminaba decidido hacia ella, y ella retrocedía, manteniendo la distancia, mientras pensaba en una táctica que pudiera vencerlo.

-¡Makoto! -escuchó la voz de Sho-. ¡MAKOTO!

-¡Ánimo, Makoto! -gritó Kakeru.

-¡Tú puedes! -escuchó gritar a Gabu.

Era común escuchar eso de sus amigos, pero de Gabu... Le llenaba de dicha escuchar los ánimos del pelirrojo.

Pero obviamente el rugido del gólem tenía que devolverla a la realidad. Tenía que regresar la atención a él, que no dejaba de rugirle en la cara, y ella cerró los ojos, para evitar que el polvo entrara por ellos.

Y por concentración...

...

"No fue tu culpa..."

"¿Y el abuelo?"

-Está descansando -había dicho su hermano.

Dos días habían pasado.

Dos días desde que su abuelo estaba postrado en cama.

Dos días en que Makoto se había quedado sentada en el sillón, sin juguetes, sin peluches, nada, ni siquiera noticias del viejo. Ésto, en parte, era porque no había preguntado, no se atrevía a hacerlo; se sentía tan culpable que pensaba que sería descarado preguntar por él. Sin embargo, su hermano se había encargado de darle todos los detalles, todo con el ánimo de tranquilizarla.

La mayoría del tiempo, en esos dos días que habían pasado, las novedades se resumían en un "está descansando". Por supuesto, para Makoto, la primera vez que escuchó eso fue alarmante y rompió en llanto. Kyoichi no había entendido por qué, hasta que se dio cuenta de que la niña había malinterpretado todo.

Pensó que estaba descansando allá arriba y al fin había logrado reencontrarse con su esposa, que finalmente había perecido, pero no: cuando Kyoichi dijo que estaba descansando, se refería a que estaba durmiendo, reponiendo fuerzas para despertar al día siguiente.

-No te preocupes, todavía no te vas a despedir -la consoló el rubio, acuclillado frente a ella, acariciando sus mechas azabaches, mientras la pequeña sollozaba-. Tenemos al viejo para rato.

Makoto no podía controlar su llanto, al punto de que le dio hipo. Era lógico, la noticia le había tomado por sorpresa a pesar de que era algo que pasó por su cabeza por la preocupación, y a Kyoichi le tomó mucho tiempo calmarla. Tenía suerte de que fuera su hermana a la que se dirigía y no a otra persona, pues con ella tenía una paciencia de oro.

Y básicamente, con ese mismo comentario como noticia, habían pasado los dos días desde que el abuelo se tropezó con sus juguetes. La diferencia era que ahora ya se había acostumbrado, por lo que, al escuchar ese comentario, sabría directamente que estaba durmiendo, que sólo estaba tomando una siesta, pero la preocupación seguía ahí.

Ella no preguntaba ni entraba a la habitación del anciano. Tenía miedo de encontrarlo sin vida, de que la mirara con rencor, y otras razones absurdas que pasaban por su cabeza. Su hermano había tratado de convencerla de que lo fuera a ver, total, era ridículo pensar que el viejo le tendría rencor a su nieta, pues él bien sabía que la adoraba a pesar de parecer siempre un ogro gruñón que disfrutaba molestarla cuando no le hablaba en japonés.

Por supuesto, la pelinegra lo había intentado, había intentado entrar a su habitación y compartir el mismo aire por al menos cinco minutos, pero apenas se paraba frente a su puerta, se acobardaba y salía corriendo a refugiarse en los brazos de su hermano.

Sí, de su hermano. Ni siquiera de su madre.

Y hablando de su madre -de sus padres, más bien-, ella también había demostrado su preocupación al ver cómo su hija más pequeña permanecía todo el tiempo en el sillón, mirando a la nada, sin sacar ni un peluche de la caja.

-Sólo le dije que ordenara, no que dejara de jugar.

-El abuelo tropezó con sus juguetes, es obvio que se siente culpable -dijo su primogénito, ése que era su viva copia-. Además, tú la cagaste bien rico en alzarle la voz.

Ahora, en esos momentos, le habían pedido que saliera a tomar aire, pero que no fuera muy lejos. La cabaña del abuelo se encontraba en el campo y los animales que había alrededor la ayudarían a distraerse, y no se equivocaron. Desde la ventana de la cocina, podían ver a la niña haciéndole compañía a una de las tantas ovejas que adornaban ese desolado lugar.

Los animales eran la única compañía del anciano desde que su mujer partió, y ahora que él tenía una salud delicada y su muerte se acercaba, sonaba desalentador pensar en que los animales ya no tendrían a su "padre". A Atsuko le gustaba pensar que los animales veían a su padre como si fuera el suyo, aunque fuera un pensamiento muy infantil.

-Eres adorable cuando te lo propones -había dicho Hiroaki cuando expresó lo que pensaba, mientras soltaba una risita.

-Nunca más te cuento estas cosas, Hiroaki -los dos hombres de su familia rieron.

-Es lindo -opinó Kyoichi.

Mientras Atsuko preparaba una sopa, Kyoichi la ayudaba cortando algunos vegetales, y Hiroaki, pues... no sabía en qué ayudar, además de dar apoyo moral.

-Podrías poner la mesa mientras -y así lo hizo.

El tiempo pasaba lento y silencioso, así lo sentía Makoto. Sin embargo, con los animales a su alrededor, el tiempo no importaba.

Tenía raspones en su cara, manos y piernas, con rastros de tierra que también pararon en su ropa. Seguramente tenía tierra en los bolsillos de su jardinera, pero no se detuvo a revisar, puesto que estaba entretenida acariciando el lomo de la oveja que comía pasto.

Lo único que la distrajo fue el ruido del avión que pasaba por el cielo, sobre su cabeza, así que lo siguió con la mirada, hasta que desapareció en la lejanía.

Tan distraída estaba que no notó cuando alguien se le acercó por la espalda, hasta que unas manos se posaron en sus hombros.

-¡Ah! -saltó sobre su lugar, volteando a ver que sólo se trataba de su hermano, que le dedicaba una sonrisa divertida. Su grito también alteró a la oveja que sólo se concentraba en comer-. ¡Hermano, me asustaste!

-Lo siento -rió, acariciando la cabeza del animal para tranquilizarlo-. Y tú... parece que volviste de la guerra -observó el aspecto de la niña, quien rió inocente.

Pese a que no era una niña pequeña, el rubio la levantó en sus brazos y entró a la cabaña, llevándola a la habitación que compartían. A Makoto le gustaba cuando su hermano la consentía con gestos tan simples.

Él no la criticaba por ser poco femenina y preferir ensuciarse cuando practicaba con la bicicleta que le regaló o cuando jugaba con todos los juguetes habidos y por haber, aunque tuvieran un "género" definido.

-¿Mamá está enojada? -preguntó Makoto, después de un tiempo, cuando Kyo ya la había bañado y curado las heridas. Ahora la estaba vistiendo.

-¿Por qué lo estaría? -el rubio frunció el ceño.

-Por el abuelo.

Kyoichi guardó silencio, mientras amarraba los cabellos largos de la niña en la coleta baja que siempre llevaba.

-Todo está bien, ella ya entendió que fue un accidente y que se excedió un poco, no tienes de qué preocuparte.

Makoto lo miró a los ojos. Tan pequeña y tan curiosa, siempre le llamó la atención el color de ojos de su hermano, y aunque era obvio que la genética había hecho su aporte, era gracioso cómo rompía los estereotipos.

Cuando fueron a reunirse con sus padres, la comida estaba en la mesa.

-Hijo, ¿puedes buscar a tu abuelo? -preguntó Atsuko-. Lo llamé, pero no contesta.

-Claro.

-¿Puedo ir contigo? -la niña habló cuando el rubio ya volteaba para ir a buscar al anciano.

-¿Estás segura?

La pelinegra hizo un puchero, insegura, pero asintió...

Las noticias de su hermano se resumían en un "está descansando".

Escuchó esa frase por última vez ese día, pero no la escuchó al día siguiente, ni al otro, ni en los que seguían...

"Se ha ido..."

...

Abrió los ojos, encontrándose con el rostro del gólem frente a ella, rugiéndole en la cara, revolviendo su cabello y empujándola un poco por la fuerza de su aliento de tierra.

-¡Makoto, cuidado! -gritó Kakeru, al ver que el puño del gigante estaba cada vez más cerca de aplastar a su amiga.

Pero, al momento de tocarle un solo pelo, el puño no logró cumplir su cometido. Se sostenía en la cabeza de la niña, y se tambaleaba como si hiciera mucho esfuerzo en hacer presión sobre ella.

El resto observaba la escena, sorprendido. ¿Cómo era posible que el cuerpo de una chica tan pequeña lograra impedir el ataque del gólem? Eso no tenía mucho sentido. Sabían que Makoto era muy fuerte, pero no pensaron que tanto.

La mano se trizó y el brazo cayó al suelo, levantando una capa de polvo. Makoto mantuvo su mirada furiosa en el gigante frente a ella, sin importarle que le entraran partículas por los ojos y le comenzaran a arder, sin importarle la quemazón de sus heridas, sin importarle nada más que el propio bienestar de sus compañeros, de su hermano.

Las flechas se le habían acabado. Sólo dependía de sus poderes.

El ambiente de la habitación comenzaba a oscurecerse, confundiendo tanto a su equipo como al gólem, el cual volteaba hacia todos lados al sentir que la oscuridad lo consumía, incluso si no podía ver, sentía la sensación de ahogo, sumándole el hecho de sentir algo ascender por su cuerpo, impidiéndole todo tipo de movimiento.

-Técnica especial -murmuró la pelinegra. Una silueta crecía a sus espaldas, mimetizándose en las penumbras, pero el aura azul que lo rodeaba delataba la figura de un dragón, cuyos ojos, tan azules como el agua, expresaban la misma rabia que embargaba a la que lo creó-. Aguas turbias...


Feliz año nuevo, algo atrasado, pero bueno.

Bueno, no hay mucho que decir, salvo que empecé el año con protestas. ¿Qué cuentan ustedes?