— No los hallaron, señor. No están por ninguna parte.

El viejo Sacerdote frunció el ceño y enfadado pidió el retiro del informante de su despacho.

Él estaba indignado, toda la Iglesia estaba indignada, ¡un traidor! ¡un traidor que caminó por sus pasillos! ¡que trabajó para ellos y que se había ganado el respeto! ¡era un traidor!

Otabek estaba vetado de por vida.

Sin embargo, ¿quién allí era el verdadero mentiroso?

Nadie en el pueblo supo jamás que la supuesta Yuriri que habían quemado meses atrás era otra bruja ordinaria, nadie en el pueblo supo jamás de la mentira de los Crispino que una mañana llegaron más maltratados que nunca, con el odio vivo en la mirada, pero la derrota en el alma. Nadie en el pueblo supo jamás por qué una mañana todos los cazadores del lugar llegaron en bandada con cara de pocos amigos y susurrando maldiciones por lo bajo.

Pero de lo que sí supieron, fue del traidor Otabek Altin. El canalla mentiroso que abandonó a su gente tras caer enamorado por el embrujo de una bruja desconocida. La manzana podrida del cesto que arrastró junto a él la vida de sus dos hermanas pequeñas que nunca más podrían volver a ser vistas creciendo dulce y sanamente. Desleal, miserable y asesino. Otabek ya no era más el cazador mejor conocido y aplaudido por el pueblo; muy atrás aquellos días.

El Sacerdote se encargó de esparcir los rumores de Altin hacia todos los lugares urbanizados. Se propagó la noticia de que Otabek Altin era un traidor a la raza humana que pagó sus fechorías siendo tragado y consumido por el mal de una sucia bruja.

Si estaba muerto, era su karma. Si estaba vivo, ya ningún poblado lo dejaría ingresar porque su cara estaba fichada. Jamás podría volver a vivir entre los suyos, él ya había pasado al exilio.


Yuri terminó perdiendo su casa. Los Crispino, en venganza, destruyeron y quemaron su residencia. Yuri no lo supo, pero tampoco era como si quisiera arriesgarse a volver al que una vez fue su hogar, era demasiado peligroso.

Fue la mañana tras el terrible incidente, que se sentaron a descansar sobre el tronco de un árbol caído.

Estaban cansadísimos, fatigados, sucios y algunos con manchas de sangre.

Se situó un silencio mientras el sol comenzaba a iluminar desde el este.

El estado anímico de Otabek había comenzado a bajar progresivamente a medida que se daba cuenta de la situación en la que se hallaba, o mejor dicho, en la que había metido a todos.

— Es mi culpa — susurró.

Yuri a su lado lo miró, negando con la cabeza, igual o más fatigado que él.

— No lo es, Otabek.

Bibi y Ori cabeceaban sentadas bajo un árbol. Mila también descansaba cerca de ellos. Potya dormía enroscada en sí misma arrullada en el abrigo de Yuri, sobre las hojas, todavía debía recuperarse más antes de despertar.

Otabek se frotó el rostro con angustia. Las palabras de Yuri no le valieron.

Se sentía mal, se sentía muy mal. Sentía que había hecho algo malo, que había provocado todo eso porque se había enamorado de Yuri. Creía que ahora estaba haciendo pagar a sus hermanas y a su pareja sus errores.

Bibi y Ori nunca más podrían tener una vida normal como cualquier niño porque él las había privado de vivir en una sociedad, las había aislado de la gente a pesar de que solo a él lo perseguían. Y se mantenía en guerra consigo mismo pensando que tampoco hubiese sido capaz de dejarlas con alguien más en el pueblo porque las amaba y las quería consigo.

¿Qué tendría que hacer a continuación? ¿cómo vivirían? ¿de qué? ¿cómo podría cuidar de sus hermanas y de Yuri? joder, los amaba, pero había que ser realistas ¡ya no tenían a dónde ir!

Estaba tan angustiado que no sintió la mirada igual de frustrada de Yuri sobre sí, hasta que habló.

— Ojalá... — la voz trémula y angustiada — ojalá nunca te hubiera conocido.

Eso fue como una roca, pesada y filosa, directo a su corazón.

Otabek lo miró con los labios separados, Yuri lo miraba con los suyos apretados y los ojos temblorosos.

¿Qué mierda acababa de decir?

Altin sintió el fuego en sus entrañas por esas palabras. En su condición vulnerable, se sintió pasado a llevar, herido, enfadado.

¿Por qué demonios Yuri decía eso?

Sí, pensó que había cometido un error al haberse enamorado de Yuri, pero es que ¡mierda! ni siquiera pensaba en arrepentirse sobre ello. Sí, había sido estúpido y enamoradizo, pero no renegaba sus sentimientos ¡él no se arrepentía de conocer a Yuri! ¡no se arrepentía de cometer el error de enamorarse de Yuri!

Se puso de pie y Mila los miró con los ojos bien abiertos, un tanto tensa.

— Dejé todo por ti, mi casa, el pueblo, mi lugar...

Yuri frunció el ceño, ¿acaso se lo estaba echando en cara? se puso de pie haciéndole frente a los centímetros de Otabek a pesar de su pierna herida.

— Pues te recuerdo que yo también dejé todo, Otabek, yo también perdí mi casa y también casi pierdo a Potya.

— ¡Pues yo arriesgué a mis hermanas y a Mila!

— ¡¿A quién le importa Mila?!

— ¡Si tan solo no hubiese aceptado el dinero por ti...!

— ¡Nadie te obligó a aceptarlo, idiota!

— ¡Sí lo hicieron, imbécil!

— ¡Ya, basta, basta, basta! — gritó Mila, acercándose a las hermanas de Otabek.

Solo entonces ambos se percataron que Bibi había comenzado a llorar y Ori los miraba asustada.

Mila los miró feo mientras le decía palabras tranquilizadoras a la menor de los Altin.

— Bibianca, nena, tranquila, dime qué pasa.

La niña se enjugaba las lágrimas con sollozos audibles, sollozos que hicieron sentir de lo peor a Yuri y a Otabek, sobre todo al último puesto muy pocas veces había visto a Bibi llorar así.

— No me gusta- no me gustan las peleas — balbuceó — Be-Beka quiere a Yuri y a Yuri le gusta mi hermanito, no... no entiendo por qué se gritan cosas feas...

A Yuri se le rompió el corazón con esas palabras y supo que a Otabek también puesto su semblante preocupado reflejaba toda su pena hacia el llanto de la menor de sus hermanas.

Mila volvió a fulminarlos con sus ojos azules.

— ¡Ay! ¡cuando sepan comportarse como seres civilizados, nos avisan! — dijo tomando a Bibi y a Ori de las manos — ¡no son patos graznándose a la cara! qué se creen...

Mila se llevó a las hermanas de Otabek a un lugar más tranquilo, para calmarlas mientras los animales esos solucionaban sus diferencias.

Yuri se sentó de golpe, no pudiendo soportar su peso en su pierna herida. Se tomó la frente con ambas manos, mirando hacia el césped.

Otabek tenía un nudo en la garganta, lo miró e intentó regular su corazón, pero fue en vano. Imitó a su pareja lentamente.

Se sentía tan débil, muy vulnerado, también deprimido y reprimido. Lo sentía, estaba a punto de derrumbarse.

Inhaló y suspiró.

— Lo siento — sintió a Yuri tragar, ¿acaso estaría apunto de llorar? — aceptar las cien monedas por cazar a Yuriri fue lo mejor que pude haber hecho, no me arrepiento.

Sí, Yuri empezaba a llorar.

— Yuri, yo...

— Lo siento — musitó el brujo — es solo que... estoy muy frustrado, sigo asustado, n-no sé.

Otabek apretó la mandíbula y tragó pesado. Miró a Potya dormir a los rayos del sol que se colaban por entre los árboles.

Yuri lloraba en reserva.

El silencio se hizo pesado e incómodo y el corazón Otabek lo sentía en la garganta.

Tenía las palabras en la garganta y le nacían desde lo profundo del pecho.

Costó, pero finalmente salió. Un poco trémulo, pero lo expresó.

— Yura, te amo.

El chico elevó sus ojos llorosos a su pareja.

— ¿Qué?

Otabek no miró a Yuri por los nervios, pero suspiró y repitió:

— Te amo.

Sintió la cara caliente, pero ya era muy tarde. La rienda que mantenía sus emociones a raya estaba suelta.

Quizá era tiempo de dejar ir por completo aquella coraza que siempre cargaba consigo.

— No quise decir todo lo anterior, me asusté porque dijiste que desearías que jamás nos hubiésemos conocido, por eso dije lo que dije — se atrevió a mirarlo. Incluso Yuri llorando era lindo y eso lo hizo sufrir — estoy frustrado por todo esto, también y-yo... me siento culpable por arrastrar a mis hermanas conmigo a esto, no sé cómo las criaré lejos de las personas, si lo haré bien, si es lo correcto para ellas. Me siento culpable, pero no siento arrepentimiento en haberte conocido o haberte salvado porque en verdad te amo y yo no he sentido esto por nadie más, entonces... lo siento.

Yuri se tapó la cara y Otabek temió haber dicho algo que no debía.

— Y-Yura, yo entenderé si quieres que de ahora en adelante nos separemos y continuemos por caminos separados.

Oh.

Le dolió el corazón decir eso. Le dolió de veras.

Yuri sollozó con más ahínco.

— No quiero — dijo entre balbuceos — era mentira, no me arrepiento de conocerte, tampoco. Eso-eso solo lo dije porque hubiese sido lo mejor para ti y tu familia — se sacó las manos de la cara y se refregó los ojos con sus puños — yo debí haberme quedado solo, como toda mi estirpe, p-pero fui egoísta y quise estar contigo. Por eso lo dije, no fue porque yo lo quisiera así, solo que así debí haber dejado pasar las cosas. Yo-yo quiero estar contigo y tu familia, pero mira lo que les hice...

Beka suspiró y acarició los cortos y disparejos cabellos de Yuri, dejando su mano en su cuello.

— No es tu culpa... o bueno, sí, pero también fue mía. Los dos tenemos la culpa. — le tomó con afecto la mano y le hizo cariño con el pulgar. — y ahora estamos juntos en esto, ¿o no? — Yuri asintió — Yura, no volverás a estar solo porque pienso estar contigo hasta que muramos y por lo visto, anoche ya no lo hicimos.

Yuri soltó una suave risa. Otabek y su ruda manera de ser romántico.

— Hacemos un buen equipo — murmuró Yuri.

Otabek asintió, dándole la razón y recibiendo las manitos cálidas de Yuri en su rostro y sus labios sobre los suyos.

— Déjame ayudarte a cuidar a tu familia, así no tendrás que hacerlo solo. Siento que quiero a tus hermanas.

Otabek sonrió. Esas palabras eran como dulce bálsamo para su corazón.

— Criar a dos niñas no es como criar a dos mini Potyas, Yura.

El rubio frunció el ceño, sorbiendo los mocos.

— No me subestimes. Si digo que puedo hacerlo es porque puedo hacerlo.

— Está bien, está bien.

Beka acarició el rostro del brujo y este le sonrió. Juntaron sus labios en un corto y sencillo beso, pero que significaba demasiado para ambos.

Solo había sido un momento de debilidad. Pronto también tendrían que disculparse con Bibi, Ori y Mila por armar escándalo.

Escucharon un suave maullido y vieron que Potya ya recuperaba la consciencia. Yuri sintió su corazón saltar y se acercó cojeando a ella con una sonrisa.

— No te esfuerces — le susurró a la minina que soltaba bajitos sonidos inentendibles para Otabek, pero que Yuri comprendía a la perfección — sí, tus costillas deben recupera... no, Potya, no puedes caminar, no te quejes, sé que te encanta ser cargada. No, no te pases, sí tendrás que hacer ejercicio después de esto, ¡estás muy gorda! ya hemos tenido esta conversación.

Potya se volvió a recostar y chilló disgustada.

Otabek los miraba con una sonrisa en el rostro.

Empezarían de cero, como en un inicio debieron haber hecho. Sin terceros, sin mentiras, solo ellos: una nueva familia y mucho esfuerzo para volver a ponerse de pie.


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