Nathalie cada Navidad era testigo de como Gabriel se convertía en una especie de Grinch, o en un Ebenezer Scrooge. Gabriel realmente prefería pasar la Navidad solo en su guarida, lamentando lo sucedido con Emilie. Él olvidaba que aún tenía a Adrien, que era su hijo, que era apenas un adolescente y que él necesitaba de su padre, necesitaba a alguien que lo quisiera y le demostrara su apoyo, no a alguien que le diera la espalda cada vez que pudiera.

Nathalie intentaba ayudar a Adrien, dándole todo su apoyo o intentando conversar con él. Adrien a veces se dejaba ayudar, pero en ocasiones (la mayoría) prefería estar solo.

Nathalie tenía por tradición regalarle una corbata nueva cada año a Gabriel. No era un gran regalo, pero al menos era una forma de decirle que estaba ahí, que no lo abandonaría y que aunque no estuviera de acuerdo con su actuar en muchas ocasiones, seguía estando para él, siempre estaría ahí.

Gabriel pensaba en Emilie. Recordaba las navidades pasadas, cuando ella estaba viva y podía hablar, podía comportarse como toda una persona. Emilie amaba la Navidad, decorar el árbol era una de sus actividades favoritas, y amaba cantar villancicos, en sí, ella amaba la música.

Ella era feliz con tan poco, con las cosas más simples. Era una mujer hermosa. Y él no era así, en lo absoluto.

—Emilie, te extraño tanto... —le decía a su mujer con los ojos llenos de lágrimas.

No solo la extrañaba, sino que también la necesitaba. Quería recuperarla, no solo por él, sino también por Adrien. Adrien necesitaba a una madre, una madre que lo entendiera y le diera todo el amor que Gabriel no conocía. Adrien nunca podría ser feliz sin su madre.

Después de estar con Emilie, subió a su oficina y encontró un papel de regalo.

Sonrió. No fue necesario ver una nota ni nada similar. Él sabía bien que era de Nathalie, incluso sabía de que se trataba. De todas formas abrió el paquete. Se trataba de una nueva corbata, este año era de color negro, muy bonita y formal.

—Nathalie... —pensó mientras sonreía sin darse cuenta.

Nathalie era su asistente, pero más que eso era su amiga y una grandiosa persona. Ella ayudaba bastante a Adrien, lo acompañaba, lo ayudaba a estudiar y a él le informaba todo. Era su confidente no solo con Adrien, sino también con su oscuro secreto.

Pensó que merecía algo.

Después de envolver el regalo, fue con ella.

La encontró sentada en un sofá mientras observaba la ventana con rostro pensativo.

—¿Todo bien? —preguntó sentándose frente a ella.

—Sí, señor —respondió de modo formal, aunque Gabriel notó el salto de sorpresa que ella dio.

—¿La nieve te trae nostalgia, Nathalie? —preguntó.

No siempre hablaba con Nathalie de temas privados, normalmente solo hablaban de Adrien o de akumatizaciones. Casi no la conocía bien.

—Me agrada la nieve, es todo —respondió ella con tono serio, su tono habitual.

Era increíble pensar que a pesar del tiempo que llevaban trabajando juntos, la conociera tan poco. De hecho, tampoco conocía del todo bien al guardaespaldas de Adrien. Eso daba mucho de qué pensar.

—Nathalie, feliz Navidad —no era bueno con las palabras, era más frío que nadie. Le entrego el paquete y decidió retirarse, no quiso pasar por silencios incómodos. Solo que antes añadió: —. Gracias por todos tus servicios.

Nathalie tomó el paquete con cariño, aunque sus manos temblaban un poco. Gabriel nunca antes le había dado un regalo navideño, esto era algo completamente nuevo y hermoso. No pudo evitar llorar, estaba emocionada; por suerte se encontraba sola.

—Los milagros navideños existen... —susurró mientras seguía sosteniendo el paquete. No quería abrirlo, quería atesorar ese bello momento en su mente.