Aquel era un tacto tan insignificante y mundano, Damian no podía estar más seguro de ello; sin embargo, no podía negar para sus adentros el pequeño brote de felicidad que le hacia crecer en el pecho.

Era una tarde de otoño, fría y nublada como el común denominador en los días de Gotham, cualquiera que conociera a aquella familia habría asegurado que se trataba de un milagro. Estaban reunidos, con botes de palomitas en mano, viendo una película como si de una familia normal se tratase; aquello era, por supuesto, obra de Alfred y Dick.

Ninguno hablaba, pero todos sentían algo cálido en su pecho al saberse en la misma habitación compartiendo un momento como no recordaban haber tenido: sin discusiones o alguien al borde de la muerte.

En medio de todo, en la obscuridad de la habitación sólo repelida por la luz de la proyección, ellos estaban sentados lado a lado en uno de los grandes sillones, aparentando que sólo era azar el estar tan cerca; aún no era tiempo de que ellos lo supieran.

Era el minuto treinta y francamente ninguno de los dos tenía real interés por las imágenes que se reproducían ante sus ojos. La versión de los hechos desde ambas perspectivas era distinta: mientras Jason aseguraría que fue la mano del nieto del demonio la que lo buscó entre las sombras, éste otro habría dado la vida afirmando totalmente lo opuesto.

Lo cierto es que sobre aquel sillón, en el espacio reglamentario entre ambos cuerpos, sus manos se entrelazaron con cierta timidez inadmisible para cualquiera de los dos, manteniéndose oculta su unión de los pares de ojos que podrían llegar a percatarse de ella.

No se miraron, no emitieron palabra o profirieron sonido alguno; mantuvieron la misma mirada indiferente a la pantalla, dejando que fueran sólo sus corazones los que se alteraran con su acción.