Capítulo 25
Alarcos había caído y Candy, por primera vez, supo lo que era realmente el miedo. Seguía sin tener noticias de Albert y temía por su vida.
Muchos de los prisioneros habían sido ejecutados fuera y dentro de los muros de la fortaleza. Ella seguía rezando por el regreso de Albert, por tener una nueva oportunidad de poder abrazarlo y decirle las palabras que tenía adheridas en la garganta desde la noche en la que se marchó sin una despedida. Había significado tanto su entrega, había comprendido tantas cosas con cada beso de amor que le había dado.
Pero Albert no volvía y ella temía lo peor.
Su abuelo, el conde, la había mandado de inmediato a Luna, en el norte, antes de que Toledo fuese sitiada. Candy sabía que Castilla necesitaría tiempo para recuperarse; había sido pisoteada, purgada. Verdial había resistido el largo asedio pero en su interior se guardaban heridas profundas que perdurarían en la historia.
Albert regresaría a ella muy pronto y le exigiría explicaciones detalladas del silencio que ella había adoptado desde que viniera de Escocia. Tenía motivos para sentirse decepcionado con ella, receloso. Candy había tomado una decisión sobre el futuro de Verdial, de su vida y de ella misma.
Rogaba desde el interior de su alma que su decisión fuese la acertada; necesitaba conseguir la paz que anhelaba su conciencia.
Atrás habían quedado los sueños de su niñez, ahora poseía la suficiente madurez para comprender que Albert había sido un peón como ella en la lucha de poder de un rey. Albert debía lealtad a Guillermo de la misma forma que ella le debía lealtad a Alfonso. Le costaba admitir que su perdón carecía de la calidad de su padre para Albert, a pesar que fue Robert el que cayó bajo su espada y no ella.
Le había transmitido a su abuelo la urgente necesidad de que le informase de inmediato del regreso de Albert de la guerra. Ella iría a su encuentro, lo esperaría en Verdial. Luna se había convertido en un bastión seguro por su emplazamiento. Los musulmanes no podían llegar tan al norte y ella, en los momentos sangrientos de las batallas, había estado protegida en la casa de su padre. Los almohades estaban siendo frenados por los reyes cristianos y estos les obligaban a replegarse.
De momento había paz en Castilla.
Robert se había convertido en el emisario de la reina Leonor, mensajero de todas las intrigas palaciegas. Su presencia era requerida continuamente en Burgos, así que Thomas y Celeste se dedicaban a la ardua pero reconfortante tarea de llevar Château Rouge con la misma habilidad con la que lo hacía su padre. Cuando se despidió de ellos para regresar a Verdial, supo que hacía lo correcto.
Albert subió los escalones de la torre principal de tres en tres. Sentía en el estómago un cosquilleo que se iba convirtiendo en nerviosismo a media que los pies lo acercaban a su destino.
Verdial le parecía el lugar más maravilloso del mundo. Nunca había contemplado un castillo más espectacular y tan bien preparado para la defensa. Dentro de sus gruesas murallas se respiraba seguridad. Y a pesar de su imponencia eran las paredes más cómodas que había contemplado nunca.
Entró en una de las habitaciones. Como estaba vacía siguió sin detenerse hasta la siguiente. Satisfecho paseó la mirada en derredor.
Sentía una agradable sensación de estar de regreso junto a ella. Se convenció de que había hecho bien quedándose en Castilla, aunque estuviese tan lejos de sus medio hermanos. Albert se dio cuenta de que estaba hambriento y no de alimento precisamente. Los meses que había estado lejos de ella habían resultado una tortura que esperaba no volviese a repetirse. Se preguntó dónde estaría ella y traspuso la arcada para echar un breve vistazo en otra de las alcobas; entonces la vio.
Candy estaba de pie sobre una silla alta, de espaldas a él; intentaba colocar con gran esfuerzo la tela que cubría la ventana. Albert sintió una debilidad en las piernas y un gozo en el corazón que no lo sorprendía en absoluto porque estaba tan enamorado de ella que moriría de inmediato si no la besaba pronto.
Menuda sorpresa iba a darle. Se acercó todo lo sigiloso que pudo. Candy estaba de puntillas para pasar la tela por la barra de hierro y atarla para que no se cayese.
Albert emitió un gruñido ronco de deleite y se abalanzó hacia ella.
—¡Jamás os soltaré! —con un gritó la encerró entre sus musculosos brazos.
Candy lanzó un chillido de sorpresa que se convirtió en un alarido de furia al darle Albert un susto de muerte. Volvió la vista y se encontró con unos endiablados ojos azules. Brillantes, fogosos, ojos que había extrañado muchísimo.
Albert la volvió despacio y bajó la vista hacia la redondez de su vientre; se quedó paralizado por la sorpresa.
—¡Dios santo!... estáis... ¿Cómo es posible?
Candy entrecerró los ojos.
—¡Esa es una pregunta estúpida!
Él seguía pasmado, con las pupilas dilatadas de asombro.
De improviso, Albert comenzó a reír de alegría, y un segundo después, se puso tan serio como un cadáver.
—Estáis completamente loca...
El reproche la pilló desprevenida y Candy se lo tomó tan mal como pudo.
—Ni estoy loca ni es completamente culpa mía. Vos también tenéis parte de culpa. Esto —Candy se tocó el vientre— no aumenta solo.
Albert la miró confuso tras sus palabras pero siguió recriminándole.
—¿Acaso ignoráis que podéis perder el equilibrio y caeros por la ventana? —los ojos de Albert expresaban ira y dicha al mismo tiempo; Candy no le contestó y él siguió en su retahíla—. Os prohíbo terminantemente que volváis a subiros a una silla a menos que yo os sostenga.
—¡Dejad ese tono perentorio conmigo! ¡Y bajadme ahora mismo!
Albert, con suavidad, la depositó en el suelo de la alcoba y siguió mirándola embobado. Observó la dureza de su mirada, el tibio encono que seguía meciéndola, y comprendió demasiadas cosas.
Su ánimo comenzó a barrer el suelo.
—No lo deseáis porque es mío, ¿verdad? —el tono desolador de él la dejó inmersa en una duda.
—Seguimos con las maravillosas deducciones masculinas —ahora el sorprendido fue él—. Mi abuelo no me avisó de vuestra llegada. Permitidme que os dé la bienvenida como os merecéis. Quedaos aquí, volveré enseguida.
Candy se dio la vuelta y alcanzó la puerta de la habitación, que cruzó sin mirar atrás una sola vez.
Albert seguía inmóvil por la sorpresa; sentía su cuerpo desangelado por las emociones que lo sacudían pero permitió que se marchara.
Seguía en estado vegetativo. Incapaz de realizar el más mínimo esfuerzo, había terminado por sentarse al borde del enorme lecho. Jamás se le había ocurrido pensar... era inimaginable, creía que se iba a desmayar de la emoción. Inspiró profundamente para serenarse. ¡Candy ya no tenía escapatoria! Temía reírse por si Dios lo castigaba fulminándolo en el suelo.
Ella no se veía muy contenta pero en su razonamiento masculino lo achacó a los cambios que sufrían algunas mujeres cuando se encontraban encintas. ¡Madre de Dios! ¿Y si tenía una hija? ¿Tan hermosa como la madre? De su garganta brotó una risa esperanzadora, fértil, abonada con el más puro orgullo varonil. Era una sensación extraordinaria. Se sentía padre, hinchó el pecho con desbocada soberbia.
Se levantó obviando el mareo de júbilo que sintió y se lanzó a una persecución marital sin precedente.
Ahora solo le restaba buscarla y darle el beso que se merecía por ser tan maravillosa esposa, tan extraordinaria mujer, tan...
ya se le ocurrirían más adjetivos que brindarle cuando la viese, porque su mujer estaba en paradero desconocido desde que la había asustado en la alcoba.
Salió al patio interior que contenía el huerto por si la veía. Nada, ni rastro. Volvió tras sus pasos y decidió esperarla en la alcoba. Se moría de hambre, pero podía esperar. Durante los interminables meses que habían durado las batallas, el único consuelo de sus pensamientos había sido saber que ella estaba muy cerca, quizás, aguardándolo.
¡Qué poderosa puede ser la esperanza!
Albert fue consciente de la ruina y la desolación provocada por la guerra. Recordaba las matanzas y la lucha que aún continuaban. La mayoría de cristianos deseaba ver a los herejes fuera de sus tierras, y fueron muchos los que sintieron el férreo dominio que tenían los musulmanes, pero Castilla iba a recuperarse y lograría la ansiada victoria sobre los impíos. Albert reconoció que aunque la vida en Castilla tenía sus dificultades, era mucho más emocionante que una existencia gris en Escocia o Inglaterra. Volvió a sonreír, ¿dónde demonios estaba ella? Volvió a la gran sala y decidió buscar al mayordomo para que le informara.
Los largos pasillos de Verdial estaban bien iluminados por el sol de la tarde. El gran patio interior estaba repleto de árboles frutales y fuentes que, con su sonido rítmico y melodioso, conseguían atrapar la atención de todo aquél que cruzase las arcadas. La belleza del jardín hermosamente diseñado invitaba al solaz.
Siguió caminando hasta alcanzar la gran sala. Justo cuando empujó la enorme puerta de madera, la risa de un niño pequeño detuvo su andadura. Frente al hogar encendido había una gran alfombra mullida llena de juguetes hechos a mano y revestidos de piel. El niño no debía de tener los dos años aún, pero no se encontraba solo. Una mujer de aspecto dulce y maternal bordaba en su bastidor. Ante la abrupta entrada de él, levantó sus ojos del trabajo que realizaba y le sonrió. Supo al mirarla que estaba en presencia de un familiar de Robert, el parecido era extraordinario. Volvió con recelo sus ojos hacia el niño.
¿Sería la mujer rubia su madre?
Sintió de pronto las piernas de plomo. Apenas se atrevía a respirar para no romper el hechizo del gorgojeo infantil. Una parte de él deseaba darse la vuelta y marcharse; la otra lo instaba a quedarse, pues esa risa le atraía poderosamente. Cuando el niño se percató de su presencia, volvió su rostro infantil hacia el desconocido, lo miró con sus brillantes ojos azules y le hizo una mueca juguetona. Albert sintió en ese preciso momento que todas las emociones lo golpeaban con brutalidad: profunda desesperación, alegría infinita, despecho incontenible, y resignación dolorosa. Comenzó a percibir una aguda opresión en el pecho, miró su pelo del color del dorado claro y liso, pelo que para él resultaba inconfundible, y comenzó su bajada al infierno sin misericordia.
Candy estaba agotada. La mujer del herrero había vuelto a incendiar la taberna, y el tabernero pedía su cabeza en una pica. La mujer del herrero se había quejado amargamente porque su marido pasaba demasiado tiempo en la taberna y desatendía sus obligaciones diarias; pedía que no le suministraran más vino. El tabernero la acusaba de arpía y le contestaba con insolencia que él le vendería todo el vino que le pagase.
Candy había tenido que templar los ánimos. Imaginó que Albert estaría bien atendido y que no requeriría su presencia hasta la cena, pero poner fin a la pelea le había llevado más tiempo del que pretendía.
Se había ausentado demasiado tiempo.
La alcoba estaba a oscuras y el fuego apagado. Tendría unas palabras después con la doncella encargada de los dormitorios, pero lo haría mañana; se sentía tan cansada que apenas si podía mantenerse en pie. Encendió las velas y removió las ascuas, se quitó la cinta que sostenía el abundante pelo y se masajeó las sienes que le palpitaban salvajemente.
Justo cuando se dio la vuelta y se encaró con el lecho, fue consciente de que en ella había un hombre y un niño. El niño estaba completamente dormido pero el hombre la miraba con una crudeza inesperada.
Parecía como si ella fuese el mismo demonio que hubiese venido a llevárselo. Candy sintió un espasmo porque sabía lo que esa mirada significaba.
Su juicio había llegado al fin.
Sopesó abandonar la alcoba pero necesitaba explicarle demasiadas cosas, tantas que le iba a llevar toda una vida.
Llevó sus manos a la espalda y se masajeó los lumbares, dolorida: el vientre ya comenzaba a pesarle. El gesto no pasó inadvertido para Albert.
—Debería desollaros viva por vuestra perfidia.
La afirmación la dejó de una pieza. Intentó hablar pero le falló la voz. Tuvo que carraspear varias veces.
—Os debo una disculpa sincera y una explicación inmediata.
Albert se levantó con cuidado para no despertar al niño, que seguía durmiendo apaciblemente. La asió de un brazo sin contemplaciones y la sacó medio arrastras a la alcoba adyacente. Se separó un solo paso de ella y Candy, cuando miró los ojos de él, supo que le había infringido un daño irreparable.
—¡Tenía que habéroslo contado! Lamento de veras mi silencio —Albert seguía callado mirándola con una pena tan honda que Candy se sintió enferma de culpa—. Creí sinceramente que nunca volvería a veros.
Albert se sintió aún más apenado. Le dio la espalda y se encaminó hacia la ventana abierta que mostraba un ocaso carmesí.
Después de un instante que a ella le pareció interminable, él se volvió para preguntarle:
—¿Es esa vuestra disculpa para negarme mi sangre?
Candy optó por la sinceridad.
—Podría no ser vuestro.
La puñalada se le clavó directamente en el corazón.
Albert abrió los ojos, que dejaron traslucir un miedo absoluto. Jadeó varias veces tratando de controlar su corazón desbocado y la hiel que había subido hasta su garganta. Tras un momento eterno, admitió al fin:
—Al fin he comprendido que no podréis perdonarme nunca —Candy siguió sin responder, estaba a un paso de huir como una cobarde—. He vivido todo este tiempo con la única esperanza de que volvieseis a confiar en mí, pero me habéis convencido de que no puede ser. No se puede alcanzar la luna cuando los pies están clavados en la tierra con los clavos de la desilusión —Albert bajó los ojos hacia el vientre de ella con ojos que ardían con oscura furia—. Os concederé el divorcio.
Candy inspiró profundamente, incapaz de responderle. Había actuado mal, lo sabía, pero recuperar la confianza que un día depositó en él le había llevado demasiado tiempo.
Albert, al ver su vacilación, decidió sincerarse con ella. Le abrió su corazón herido para que ella lo pisoteara más. Ya no sentía las estocadas del desamor, el dolor lo tenía inmovilizado.
—Mi padre no me quiso nunca —ella no se esperaba semejante confesión—. Juré que ninguno de mis hijos, si alguna vez los tenía, se sentiría tan abandonado como yo —Albert seguía con la mirada perdida en el vacío—. Durante mucho tiempo creí que nunca podría tenerlos.
Candy ahogó un gemido, ella le había privado de la oportunidad de ejercer de padre con pleno derecho. Había sesgado sus sentimientos con la hoz de la venganza, y una vez que lo hubo admitido, lamentó el desastre que había dejado caer sobre su vida por orgullo.
¡Maldito orgullo castellano!
—Mi madre amó tan locamente a mi padre que nunca se recuperó del todo. A mí me ocurre lo mismo con respecto a vos, nunca podré recuperarme de la necesidad de poseeros pero... —Albert bajó los ojos un instante para alzarlos con una determinación en ellos—. Os amo tanto que me iré de vuestro lado, seréis al fin libre —Candy había dejado de respirar por lo que implicaban las palabras de él—. La traición de la que fui objeto por la muerte innecesaria de mi hermano no me mutiló emocionalmente de forma tan absoluta como vuestra perfidia. Pude recuperarme de aquello gracias al orgullo, pero no puedo salvar la distancia que os empeñáis en erigir entre mi amor y vuestro despecho. Vuestro continuo rechazo daña mi alma aún más fuerte que el veneno que utilizó Karen para liberarse de nuestro compromiso —Albert se mesó el pelo completamente atribulado.
»Cuando entré en la sala para buscaros y lo vi, el corazón se me salió del pecho en un galope desenfrenado. Deseaba abrazarlo, acunarlo entre mis brazos pero... ¡no me conocía!
La exclamación dolorosa le hizo dar un brinco. Candy estaba mortificada hasta lo indecible. Se había esperado sus reproches, no esa honda decepción amarga.
—Era un extraño para él como lo fue mi padre para mí —Albert calló un momento antes de continuar—. El dolor de vuestro rechazo no me hiere tanto como la mirada indiferente de mi hijo —Candy estaba clavada al suelo sin poder moverse. Se merecía cada una de las palabras hirientes que le decía Albert—. ¿Cómo habéis podido? ¿Sois consciente de lo que me habéis hecho?
Seguía quieta, intentado que el aire pasase a través de sus pulmones sin conseguirlo. Sus acciones por venganza habían sido demasiado severas. Ahora comprendía lo lejos que había llegado con su despecho.
Candy sentía cómo los remordimientos le daban fieros bocados.
—Vine a vuestra tierra cumpliendo una misión de mi rey. No hice preguntas, creí que no eran necesarias. Me equivoqué neciamente —Albert dio un paso hacia ella y se mesó el pelo cansado—. Fue miraros la primera vez y sentir que ya no podría nunca más volver a ser el mismo. Me robasteis el corazón en el mismo momento que tratasteis de robarme la vida con una pedrada —Albert mostraba una dignidad a la que se aferraba tenazmente—, pero como buen soldado sé cuándo se me ha vencido y debo replegarme en una retirada digna.
Candy seguía teniendo la boca sellada.
—Seguís obsequiándome con vuestro silencio acerbo.
Albert dejó de mirarla un momento, instante que aprovechó para cruzar los brazos sobre su pecho en un intento de no zarandearla.
Candy, al ver la vulnerabilidad de él, tomó la decisión que debía haber tomado el día de su boda. Había comprendido, aceptado, pero podía ser demasiado tarde.
—Durante mucho tiempo os odié —Albert saboreó la suavidad del tono de ella, que le supo amargo como la hiel, hiel enemiga—, pero ahora me resulta del todo imposible. Tengo una miniatura de vos a la que adoro con toda mi alma.
Albert la miró confuso y dolido. Sentía calambres en las manos de la necesidad de enterrarlas en su pelo y acercarla hasta su piel para fundirse con ella.
Con un férreo control se mantuvo en su sitio. Los ojos de Candy brillaban como dos luceros en la noche y Albert no supo calibrar si brillaban de expectativas o de desilusión.
—Y ¿qué puedo hacer que os satisfaga?
Candy aprovechó la oportunidad que las palabras de él le brindaban.
—Que me perdonéis el inmenso daño que os he causado de forma voluntaria.
Albert achicó los ojos hasta reducirlos a dos rendijas negras.
—¿Pensáis afilar vuestra espada con mis sentimientos?
Candy al principio no comprendió sus palabras. ¡Dios bendito! Creía que se burlaba de él. Candy se sintió profundamente avergonzada.
—Tenía mis razones para sentirme despechada. Mi padre ha sido el bastión de mi vida, la persona que más me ha amado junto con mi abuelo. Vuestros actos hicieron que lo llorase porque lo creí muerto por vuestra mano. El dolor que sentí cegó toda mi racionalidad.
—Sabía lo que significaba para vos, ¡nunca lo hubiese herido de muerte!
Oír la verdad de boca de Albert resultó más demoledor todavía.
—Ahora lo sé, pero no entonces. Todo han sido intrigas, manipulaciones. Mi abuelo y yo desconocíamos lo que mi madre tramó en su momento, Robert debió sufrir mucho viendo de qué forma complicaba su vida —Candy meditó un momento antes de continuar—. ¿Sabéis lo más inaudito? Yo no tenía necesidad de saber nada de esto.
Albeet la miró intranquilo.
—Siempre es mejor conocer la verdad.
—¡No! —exclamó ella—. Si la verdad va a hacernos desdichados, si va a matar las ilusiones que nos mantienen vivos, es mejor ignorarla.
Albert suspiró antes de confesarle.
—Es una verdad que sigo amándoos de tal forma que me vuelvo loco.
Candy le ofreció una sonrisa cándida. Las palabras de él la llenaban de ternura porque no contenían venganza alguna. No se merecía un afecto como el de Albert.
—Esas palabras se han ganado mi cariño eterno, porque yo os amo con todo mi corazón, Albert. Siempre os he amado.
Albert la acercó hasta él y la aprisionó dentro de sus brazos.
—¿Me engañan mis oídos?
Candy negó con la cabeza mientras le sonreía y le decía con los ojos lo mucho que significaba para él.
—Mi orgullo ha hablado por mí la mayoría de las veces.
—Me hicisteis sufrir mucho, castellana.
Candy terminó bufando pero sin abandonar el contacto de su piel, su olor amado.
—Cada dolor de parto que soporté en agónica soledad, bien valía cien sufrimientos vuestros.
Albert terminó por besarla y ya no la soltó. Cada dos besos la interrumpía para decirle:
—Ahora quiero una hija —
Candy no podía responderle
—Quiero dos —más besos— Quiero muchas hijas, tantas que no voy a ser capaz de tener paz ni un día más —otro beso más y ambos cayeron al lecho.
—Os daré tantas hijas como seáis capaz de engendrar, os lo prometo.
—Con el vuestro pelo.
Candy terminó por reírse.
—Estoy de acuerdo, esposo.
Albert alzó la cabeza de su busto.
—¿Cómo se llama mi hijo?
Ella dudó un instante.
—Como mi abuelo. El futuro conde de Verdial no podía portar un nombre extranjero.
Albert le cogió el mentón y acercó sus labios hasta el oído de ella para susurrarle unas palabras amorosas.
—¿Estáis loco? No pienso ponerle un nombre así a mi hija. Jamás le haría eso a una castellana.
Albert soltó una carcajada.
—Encajáis muy bien entre mis brazos, habéis sido moldeada expresamente para mí.
Ella ronroneaba como un gatito satisfecho.
—Y vos oléis como vuestro caballo.
La mano de él seguía el recorrido hasta su vientre, donde detuvo su mano con reverencia.
—Soy un hombre de guerra —ella bufó incrédula, pero sin responderle—Ya sé por qué razón sois tan pequeña —Candy alzó sus bellas cejas con un interrogante—. Os laváis tanto que encogéis.
No podía creérselo: se estaba riendo en su cara.
—Esposo, va siendo hora de que vos encojáis un poco también.
—Estoy dispuesto a hacer concesiones —Candy esperó— Yo me lavo y vuestra merced sigue besándome.
Candy lo complació encantada. Tenerlo entre sus brazos, ileso, era el mejor regalo que había recibido nunca.
CONTINUARA
