CAPÍTULO XXII
MISS YOU
«I've been holdin' out so long
I've been sleepin' all alone
Lord, I miss you»
El mal sabor de boca que nos dejó la visita a la casa de Alphard desapareció cuando le vi. Remus. No necesitaba saber cómo hacerme sentir mejor porque su mera presencia era casi como un elixir.
—¿Qué pasa, Lunático?
No quería separarme de él. No quería dejar de abrazarle.
—¿Qué pasa, Canuto?
—No respondiste a mis cartas.
—Decirme «Lunático me aburro, ven a por mí y sálvame del tirano de James» no es escribir una carta.
—Da igual. No me contestaste.
—Iba a ir a la torre de Astronomía a leer, ¿vienes? Y así me cuentas qué tal las vacaciones.
—Hecho.
Sin embargo, ninguno de los dos habló. Nos quedamos observando el cielo estrellado, la luna y el uno al otro.
—Oye, Sirius…
Giré la cabeza y el «¿qué?» se quedó en el aire. Pero daba igual. Todo daba igual. Porque Remus me estaba besando y yo no entendía nada, pero era perfecto, excitante, brillante. Merlín, Remus besaba genial.
Un par de horas más tarde, me encontré observando su espalda desnuda. Quería recorrer aquellas cicatrices, quería acariciarlas, quería sentirlas.
Me dolió que tardase tan poco en cubrirlas con el jersey del uniforme.
Cuando decidí que se me estaban congelando las pelotas, busqué yo también mi ropa en aquella apacible oscuridad. ¿Qué? Sí, Remus y yo nos acostamos. Fue bonito, fue intenso, pero sobre todo fue nuestro.
Y quiero que siga siendo así.
Rebusqué entre mis pantalones hasta encontrar el tabaco.
—Sácame un filtro, anda —dije tendiéndole una bolsita.
—No sé cómo te puede gustar el invierno.
«¿De verdad, Remus Lupin?»
Comencé a reír y él me miró, sorprendido, contagiándose de mi carcajeo.
—¿Qué?
—¿Quieres que hablemos del tiempo?
—Que te den, Sirius.
—¿Eso pretende ser un insulto o una promesa?
—Eres incorregible.
Me volví a acercar a él. Buscaba su boca. Quería congelar ese momento, que solo existiéramos él y yo y la Torre de Astronomía. Pero parecía que eso no iba a ser posible. Un relámpago inundó el cielo, anunciando tormenta, y dos adolescentes corrieron a refugiarse.
—¿Dónde os habíais metido? —preguntó James en cuanto entramos a la Sala Común. A aquellas horas estaba prácticamente vacía.
Estábamos empapados.
—Follando.
—Ya, claro. ¿Por qué no habéis ido a cenar?
—Teníamos que ponernos al día. Prometo que la próxima vez te pediré permiso, papá.
Caminé, derecho a las escaleras.
—Hace una noche estupenda, ¿no, Lily? —Me despedí besando su mejilla. Después me giré y le guiñé un ojo a Lupin.
—¿Estup…? Oh Dios mío, ¿hablas en serio? —respondió ella. Pareció ser la única que lo había entendido y como tal, buscó una confirmación en el rostro del lobo; un lobo rojo, vergonzoso y con ganas de desaparecer antes de tener que contestar a todo lo que se le venía encima.
—Hasta mañana.
Me metí en la cama sin desvestirme, no por sueño, sino porque no tenía ganas de dormir. Mi mente la ocupaba Remus Lupin al completo. De los cientos de estudiantes del colegio, Remus me había besado a mí. A mí. A Sirius Black. Al traidor, al gilipollas, al adolescente, al bravucón, al chulo, a la estrella. Y allí estaba yo, sonriendo como un imbécil bajo las sábanas en la oscuridad de mi cuarto, deseando que el tiempo pasara más rápido. Deseando que el lobo subiera corriendo por las escaleras.
Deseando que el resto del planeta desapareciera y solo quedásemos Remus y yo y nuestras ganas de comernos.
