Es usted una joven muy lista.

Sakura se dio la vuelta al oír la voz de Itachi.

Los perros la habían escoltado a lo

largo del sendero que llevaba hasta una fuente desde la que caía un chorro de agua a un estanque de mármol.

Aún no había anochecido a pesar de que pasaban de las nueve.

No había estado nunca tan al norte pero, por lo que había leído, sabía que allí el sol apenas desaparecía unas horas durante los meses de verano.

Se había entretenido intentando adivinar de qué raza era cada perro.

Ruby y Beneran perros de presa; Achilles un setter negro con una pata blanca; McNab un spaniel de pelo largo y Fergus un diminuto terrier.

Itachi deslizó la mirada por la fuente mientras la punta de su cigarro se

iluminaba al aspirar el humo.

Los canes se arremolinaron a su alrededor moviendo las colas con frenesí.

Como él no les hizo caso, se alejaron para explorar los jardines.

—No me considero especialmente lista. —Sakura había pensado que sería una noche cálida, pero en ese momento echaba de menos un chal—. Me temo que ni siquiera acabé la escuela.

—Dejémonos ya de frivolidades. Es evidente que usted ha embaucado a Sai y a Ino, pero yo no soy tan ingenuo.

—¿Y qué me dice de Sasuke? ¿A él también le he embaucado?

—¿Acaso no lo ha hecho? —La voz de Itachi era calmada pero letal.

—Recuerdo haberle dicho a Sasuke muy explícitamente que no tenía ningún interés en casarme otra vez. Y, de repente, me encontré firmando una licencia especial y repitiendo que estaría con él hasta que la muerte nos separara. Creo que fue Sasuke el

que me embaucó a mí.

—Sasuke es… —Itachi se interrumpió y levantó la cabeza para mirar ensimismado el cielo multicolor.

—¿Qué? ¿Un loco?

—No. —La palabra fue rotunda—. Es… vulnerable.

—Es terco y listo, y hace justo lo que le da la gana.

Itachi la inmovilizó con la mirada.

—¿Cuánto tiempo hace que le conoce? ¿Unas semanas? Lo único que usted ha visto es que Sasuke es rico y está loco, y no ha podido resistirse a hacerse con una presa tan fácil.

Sakura notó que su temperamento amenazaba con tomar el control.

—Si se hubiera molestado en informarse, se habría dado cuenta de que ya soy rica. Muy rica. No necesito el dinero de Sasuke.

—Sí, ha heredado cien mil guineas y una casa en Belgrave Square de una viuda solitaria conocida como señora Barrington. Realmente admirable. Pero la fortuna de Sasuke es diez veces eso y, cuando usted lo supo, no perdió tiempo en deshacerse de

Deidara Mather y perseguir a Sasuke hasta llevarle al altar.

Sakura se retorció las manos.

—No, resulta que yo me fui a París y Sasuke me siguió.

—Realmente ha sido una buena táctica ganarse la confianza de Ino. Tiene un corazón demasiado bueno para su bien, y estoy seguro de que ella le facilitó sus planes para llegar hasta él. Y también la habrá ayudado Sai. Lo que no entiendo es cómo logró ganárselo a él.

—¿Se refiere a que me gané su confianza? Yo no sé hacer eso. Ni siquiera estoy demasiado segura de qué está insinuando.

—Conozco sus antecedentes, señora Haruno. Sé que su padre no era más que un tunante mentiroso y que su madre cayó en sus redes. Tal insensatez les condujo directamente a un asilo de beneficencia. Estoy seguro de que allí aprendió mucho.

Sakura notó que le ardía la cara.

—Bueno, ¡cuánta gente investigando en mi pasado! Debería haber hablado con Curry. Al parecer posee un expediente completo sobre mí.

Itachi dejó caer el cigarro y lo pisó con el talón.

Se inclinó hacia ella y le habló al

oído, envolviéndola con su aliento con aroma a tabaco.

—No permitiré que una cazafortunas arruine a mi hermano aunque sea lo

último que haga.

—Se lo aseguro, Excelencia: jamás he cazado una fortuna en mi vida.

—No me tome el pelo. Haré anular el matrimonio. Puedo hacerlo. Y usted se irá, será como si nunca hubiera ocurrido nada.

Sakura tuvo que recurrir a todo su coraje para enfrentarse a los ojos oscuros de Itachi Uchiha.

—¿No puede considerar que quizá me haya enamorado de él?

«Profunda, dramática y estúpidamente enamorada».

—No.

—¿Por qué no?

Itachi respiró hondo pero no habló.

Le palpitó un músculo en la mandíbula.

—Ya entiendo —dijo Sakura con suavidad—, usted cree que él está loco y que ninguna mujer podría amarle.

—Sasuke está loco. Lo aseguró la comisión que le examinó. Yo estaba allí. Fui testigo de ello.

—Entonces, si cree que realmente está loco, ¿por qué lo sacó del sanatorio?

—Porque sé lo que le estaban haciendo. —Bajo la suave luz del crepúsculo, el poderoso duque de Kilmorgan pareció repentinamente angustiado—. Vi lo que los malditos matasanos le hacían. Si no hubiera estado ya loco cuando entró allí, aquel lugar le habría destrozado el juicio.

—Los baños helados —se lamentó Sakura—. Las corrientes eléctricas.

—Es todavía peor que eso. Santo Dios, a partir de los doce años le obligaban a tumbarse desnudo sobre la cama todas las noches y le ataban, según dijeron era para silenciar sus sueños. Mi padre no hizo nada. Yo tampoco pude actuar; no tenía poder. El mismo día que mi padre se cayó del caballo y se rompió el cuello, fui al sanatorio y saqué a Sasuke de allí.

Sakura se sobresaltó por la vehemencia del duque pero, a la vez, notó un calorcillo en el corazón.

—Y Sasuke le agradece que lo hiciera.

—Sasuke no hablaba. No respondía cuando nos dirigíamos a él ni contestaba nuestras preguntas. Era como si su cuerpo estuviera con nosotros pero su mente hubiera ido muy lejos.

—Sí, le he visto hacer eso.

—Estuvo así tres meses. Entonces, un día en el desayuno, miró a Curry y le

preguntó si había tostadas. —Itachi apartó la mirada, pero Sakura alcanzó a vislumbrar que tenía los ojos húmedos—. Como si no hubiera pasado nada, como si lo más natural del mundo fuera pedir una tostada.

Se levantó una suave brisa vespertina que le acarició el pelo y le apartó los rizos de la frente mientras observaba cómo uno de los duques más poderosos del mundo parpadeaba para hacer desaparecer las lágrimas.

—Mañana ordenaré que venga mi abogado —continuó él bruscamente—. Encontraré la manera de invalidar el matrimonio sin que usted se vea arruinada.

—Sé que no me cree, pero jamás le haría daño a Sasuke.

—Tiene razón. No la creo.

El viento sopló con más fuerza, haciendo que a Sakura le cayeran unas frías gotitas del agua de la fuente sobre la cara.

Itachi se volvió para regresar a la casa, pero se tropezó con Sasuke.

Un sólido muro.

—Te he dicho que la dejaras en paz —repitió en voz baja.

Itachi tensó la espalda.

—Sasuke, no puedes confiar en ella.

Sasuke dio un paso hacia Itachi.

Aunque no le miró a los ojos, no había manera de malinterpretar la cólera que inundaba sus gestos y su voz.

—Es mi mujer, está bajo mi protección. La única manera que tienes de acabar con mi matrimonio es volviéndome a encerrar de nuevo.

Itachi se puso rojo.

—Sasuke, escúchame…

—Deseo que sea mi esposa. Es mi mujer. —Sasuke suavizó un poco la voz—. Ahora es una Uchiha, trátala como tal.

Itachi clavó los ojos en Sasuke, luego miró a Sakura.

Ella intentó mostrar entereza, pero

su corazón latía a toda velocidad y el deseo de escapar de aquella depredadora mirada fue muy intenso.

Resultaba extraño, pero cuando Sasuke le dijo que iban a casarse, ella se había negado; sin embargo, ahora que Itachi parecía tan empecinado en separarlos, supo que haría cualquier cosa para permanecer casada.

—Soy la esposa de Sasuke porque quiero serlo —afirmó—. Me da igual que vivamos en una grandiosa mansión o en una diminuta pensión.

—¿O en una vicaría? —señaló Itachi con el ceño fruncido.

—Fui muy feliz en esa vicaría del East End, Excelencia.

—Y allí había ratas —apostilló Sasuke.

Sakura le miró sorprendida.

El informe de Curry debía ser muy detallado.

—En efecto, había una familia de roedores —confesó ella—. Nebuchadnezzar, su esposa, y sus tres hijos, Shadrash, Meshach y Abednego.

Los dos hombres clavaron los ojos en ella.

Los dos pares de pupilas oscuras la

hubieran enervado incluso aunque Sasuke no la hubiera mirado directamente.

—Era una broma que teníamos —explicó ella vacilante—. Las ratas resultan mucho más tolerables cuando tienen nombre propio.

—Aquí no hay ratas —aseguró Sasuke—. Jamás tendrás que preocuparte de nuevo por ellas.

—Al menos, no por las de cuatro patas —bromeó Sakura—. El inspector Inuzuka me recuerda un poco a Meshach, sus ojos resplandecen y mueve la nariz de la misma manera que él cuando miraba un trocito de queso particularmente delicioso.

Sasuke frunció el ceño e Itachi no supo qué expresión adoptar.

—Imagino que, sin embargo, aquí sí hay serpientes —continuó ella, con la boca seca—. Después de todo, estamos en el campo. Y habrá ratones de campo y otros animales. Debo confesar que no estoy acostumbrada al campo. Mi madre nació en una granja, pero yo he vivido en Londres desde que nací y sólo salía de la ciudad cuando la señora Barrington decidía ir a Brighton a aparentar que le gustaba el mar.

Sasuke entrecerró los ojos y puso aquella expresión que ponía cuando había dejado de escucharla.

Sabía que no la oía, pero que al cabo de una semana podría sacar a

relucir una frase en particular y recordársela.

Cerró la boca con esfuerzo.

Itachi la miraba como si estuviera a punto de ordenar que viniera una Comisión al día siguiente para juzgar si estaba loca.

Sasuke salió de su ensimismamiento y la cogió por el brazo.

—Mañana te enseñaré el resto de Kilmorgan. Pasaremos la noche en nuestras habitaciones.

—¿Nos han preparado una habitación?

—Curry se encargó de todo mientras cenábamos.

—Curry vale su peso en oro. ¿Qué haríamos sin él?

Itachi le lanzó una mirada penetrante, como si ella hubiera dicho algo

significativo.

Sasuke le deslizó el brazo por la cintura y la hizo girar para guiarla hasta la casa.

El calor que emanaba de su cuerpo alejó el frescor de la tarde y la protegió del viento.

Un puerto seguro.

En el transcurso de su vida, Sakura había sentido a salvo muy pocas veces.

Ahora, Sasuke estaba cerca, protegiéndola, pero sintió la aguda mirada de Itachi en la espalda hasta que llegaron a la casa.

La casa engulló a Sakura.

Sasuke la guio al piso de arriba por la amplia escalinata, meticulosamente decorada, llevándola consigo al más profundo interior de sus fauces.

Colgaban tantos cuadros en las paredes del vestíbulo y de la escalera que apenas se veía el empapelado que había debajo.

Sakura apenas pudo leer las etiquetas mientras Sasuke la empujaba hacia arriba: Stubbs, Ramsay, Reynolds…

También había algunos óleos de caballos y perros firmados por Sai Uchiha.

En el primer descansillo estaba el retrato del actual duque, Itachi, con sus ojos oscuros, tan formidables en pintura como en persona.

En el segundo descansillo se mostraba el retrato de un hombre de mediana

edad, que parecía tan confiado y arrogante como Itachi.

Sujetaba con ferocidad un kilt

con los colores Uchiha y lucía una barba poblada, bigote y patillas.

Sakura lo había visto antes, cuando bajaron a cenar, pero ahora se detuvo ante él.

—¿Quién es ése?

Sasuke ni siquiera lanzó una mirada hacia el cuadro.

—Mi padre.

—Oh. Era muy… peludo.

—Por eso a todos nos gusta ir bien afeitados.

Sakura miró con el ceño fruncido al hombre que había causado tanto dolor a su marido.

—Si era tan horrible, ¿por qué ocupa un lugar de honor? Escondedlo en el ático para no tener que verlo.

—Es la tradición. El duque actual en el primer descansillo, el anterior en el segundo. Mi abuelo está allí arriba. —Señaló la siguiente meseta—. El bisabuelo en el siguiente, y así sucesivamente. Itachi no romperá esas reglas.

—Así que cada vez que subes, la mirada furiosa de todos los duques de Kilmorgan sigue tus pasos.

Sasuke la condujo más arriba, hacia el abuelo Uchiha.

—Esa es la razón por la que todos tenemos nuestra propia casa. En Kilmorgan utilizo un ala propia con diez habitaciones, pero me gusta disfrutar de más privacidad.

—¿Diez habitaciones? —preguntó Sakura con debilidad—. ¿Sólo?

—Cada uno de nosotros tiene a su disposición un ala de la casa. Si tenemos invitados, los alojamos en nuestras habitaciones y nos ocupamos de ellos.

—¿Tienes invitados a menudo?

—No. —Sasuke condujo a Sakura al vestidor donde se había cambiado de ropa para la cena.

Ella había pensado que era una estancia pequeña, pero su marido le mostró que al lado había un dormitorio tan grande que habría ocupado el primer piso completo de la casa de la señora Barrington

—. Eres la primera.

Sakura miró al techo, la enorme cama, las tres ventanas con asientos.

—Si es necesario estar casada contigo para obtener una invitación, no me

sorprende que no te haya visitado más gente.

Sasuke deslizó sobre ella su mirada oscura y luego observó la cama.

—¿Estás bromeando otra vez?

—Sí. No me lo tomes en cuenta.

—Nunca te lo tomo en cuenta.

A Sakura se le aceleró el corazón.

—¿Este es tu dormitorio?

—Es nuestro dormitorio.

Ella observó con nerviosismo el dosel de la cama, con pilares de nogal

repujados.

—Había oído decir que todos los matrimonios de las clases altas tienen habitaciones separadas. La señora Barrington no lo aprobaba. Decía que era un frívolo desperdicio de dinero y espacio.

Sasuke abrió otra puerta.

—Este es tu tocador, pero dormirás conmigo.

Sakura miró a su alrededor con atención.

—¡Caramba! —exclamó al observar la elegante habitación con cómodos sillones y un asiento junto a la ventana. Luego, refiriéndose al tema anterior, agregó—: La verdad es que no me importa, de hecho, lo prefiero.

—Curry te ayudará a decorarlo como desees. Es tan sencillo como decirle lo que quieres y él lo arreglará.

—Comienzo a considerar que Curry es un mago. —Sakura esperó que le

respondiera, pero Sasuke no dijo nada. Mostraba otra vez una mirada distante—. Creo que vas a correr un riesgo horrible —continuó—. He leído en alguna parte que compartir dormitorio con una mujer es peligroso porque exhalamos vapores nocivos mientras dormimos. Cuando se lo conté a la señora Barrington lo consideró un disparate absoluto; al parecer el señor Barrington durmió a su lado durante treinta años y jamás se puso enfermo.

Sasuke la rodeó con sus brazos y el calor de su cuerpo apartó de la mente de Sakura cualquier pensamiento.

—Los matasanos son capaces de decir cualquier cosa para conseguir dinero para sus investigaciones.

—¿Es lo que hacían en el sanatorio?

—Probaron conmigo todo tipo de experimentos para curarme la locura. Pero nunca vi que ninguno funcionara.

—Fueron crueles.

—Pensaban que me ayudaban.

Sakura le puso las manos en los brazos.

—No seas tan condenadamente caritativo. Tu padre te encerró y esa gente te torturó en nombre de la ciencia. Les odio por haberlo hecho. Me gustaría ir a ese sanatorio y dar a tu médico, sea quien sea, un poco de su propia medicina.

Sasuke le cubrió los labios con los dedos.

—No quiero que vayas allí.

—Igual que no quieres que indague sobre el asesinato en High Holborn.

La frialdad se adueñó poco a poco de su mirada hasta entonces ardiente.

—Eso no tiene nada que ver contigo. Quiero que te mantengas alejada. Quiero recordarte a ti, no quiero que te vincules a mi pasado.

—Deseas crear recuerdos diferentes —meditó ella, pensando que le entendía.

—Mi memoria es demasiado buena. No puedo olvidar nada. Quiero recordarte aquí, a solas conmigo, o en esa pensión en París. Tú y yo solos, sin Inuzuka, Mather o mi hermano; lejos de High Holborn…

Sus palabras se desvanecieron y comenzó a frotarse la sien, con los ojos brillantes de frustración.

Sakura le cubrió la mano con la suya.

—No pienses en eso.

—Lo recuerdo todo una y otra vez, como una melodía que no se interrumpe. —Sakura le acarició la frente con suavidad, sus dedos duros bajo los de ella. Él la abrazó—. Cuando estás conmigo se detiene. Es como cuando sostengo una taza

Ming; la toco, la acaricio y me olvido de todo. Nada importa. Contigo me ocurre lo mismo. Por eso te traje aquí, para que estés conmigo. Donde puedes conseguir que…todo… se interrumpa.

La autora del libro es Jennifer Ashley

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto