Capítulo 27

— Mi Señora — se presentó ante ella con ese porte tan característico y con las manos tras la espalda. Kagura se había extrañado un poco, hace tiempo que no lo veía así. — La necesitan — dijo finalmente, haciendo que la chica de cabellos bermellón sonriera. Ya sabía que era lo que ocurría.

— Hazlo pasar, Sougo.

— Claro — le sonrió. Hace tanto tiempo que no vivían un poco de adrenalina que ya estaban ansiosos por la visita. — Kagura. — se le acercó al oído para que el recién venido no se enterase de lo que iba a decirle. Ella estaba sentada en su sillón rojo al lado del tocadiscos. — ¿Será necesario conocerlo un poco antes de… ya sabes…? —le dijo en susurro haciendo que su esposa sonriera. — No hay ningún empleado, no es necesario fingir nada.

— Tranquilo Sougo — le respondió en un hilo de voz — todo a su tiempo. Me gusta conocer a mis víctimas. Que aburrido sería matar a alguien sin antes conocerlo un poco, ¿no?

El de cabellos castaños sonrió. ¡Cómo amaba que su Señora fuera incluso más maquiavélica que él!

Se separó de ella y fue a buscar al invitado que estaba aún en el pasillo que da a la entrada. Con las manos nerviosas tomando su maletín y con un aspecto demasiado infantil como para contraer matrimonio con una dama de tan alta alcurnia como lo era Kagura, se acercaba a la sala de estar donde ella recibía a todo aquel que llegara con intenciones amables — y no tan amables — a su mansión.

No era muy alto, de hecho, era bastante bajo. Apenas alcanzaba el metro sesenta y cinco. ¿Realmente era mayor de edad?

— Buenas tardes, Señora Sakata… Vengo por el anuncio… — El sudor corría su frente y sus ojos se dirigían al piso. Pocas veces podía mirar a Kagura a la cara.

— No sabía que los niños del jardín de infantes leían el periódico — le dijo ella con una sonrisa burlona dibujada en el rostro mientras se levantaba de su sillón para estar frente a frente con su visita.

— No soy un niño, Señora. Me llamo Eichiro Sakamoto y he venido aquí para desposarla. — Apenas podía decirlo. Las palabras se le trababan. Causaba un poco de ternura en Sougo el pensar que un niño como él podría pasársele por la mente tener siquiera alguna oportunidad con su esposa, tan elegante y educada como para un mocoso.

— Si no has cumplido la mayoría de edad, te sugiero que regreses por donde viniste…

— ¡Tengo dinero para el hospedaje…! Usted lo puso en el anuncio… que si quería que nos conociéramos más a fondo, podía quedarme acá por una cuota razonable.

Kagura lo observó de pies a cabeza. Lo único que había en su mano era una maleta ancha y de cuero marrón. Sougo se había impresionado de lo persistente que resultaba ese mocoso. Sentía un poco de lástima por él. Tenía toda una vida por delante, no era necesario que se sacrificara por la empresa.

— Señor Sakamoto, sería mejor que lo acompañe a la puer…

— ¿Cuánto dinero trajiste? — Kagura había interrumpido a su esposo. ¿Realmente no iba a dejar que se fuera?

— Lo suficiente como para conquistarla, Señora Sakata.

Kagura se dio media vuelta hacia el sillón con las manos cruzadas y bufó con gracia.

— Eso no aclara mi pregunta, Señor Sakamoto. ¿Cuánto dinero lleva en ese maletín?

— Un millón de yenes.

¡¿Un millón de yenes?! ¡¿Quién se supone que era ese niño?! ¡Nadie andaba por la vida con un millón de yenes en la maleta! ¿Algún hijo de algún comerciante importante de la zona?

Sougo no se lo podía creer. ¡Con eso en sus manos podrían salvar inmediatamente la empresa!

— ¿Quién es tu padre?

— Tatsuma Sakamoto.

Claro, ¿quién más podía ser? Un mocoso de apellido Sakamoto y que tuviera tanto dinero solo podía ser hijo del comerciante más importante que Japón. Incluso más importante que los Yato o los Sakata. Pero, ¿sería conveniente usar a alguien de tanto renombre como su víctima?

— ¿Tus padres saben que estás aquí? — preguntó ella, debía cerciorarse antes de darle cualquier tipo de bienvenida.

— No, Señora Sakata. Yo escapé de la mansión Sakamoto, quería tener una vida propia y estaba aburrido de que mi padre me presentara una nueva candidata nupcial cada vez que venía de sus viajes. Tomé todo el dinero que pude y vine hasta acá en cuanto leí su anuncio en el periódico. Quiero casarme con usted, Señora Sakata. He leído que es una buena persona y muy justa con sus empleados. Por favor, no le diga a nadie que estoy aquí. No hasta que nos podamos casar.

Kagura sonrió, todo iba viento en popa ¡Que buena oportunidad! Todo era tan secreto, la vida le sonreía de una manera esplendorosa.

— Tranquilo, Señor Sakamoto, no le diremos a nadie — le dijo mientras tocaba el hombro de su víctima y miraba a Sougo de reojo, el malnacido sonreía tan gratamente como ella.

19:30 horas.

La cena ya estaba lista. Lástima que ninguno de los dos haya podido descansar después de ese largo viaje, sin embargo, había que atender a esa visita, después de todo, un millón de yenes estaba en juego.

La chica de cabellos bermellón se hallaba sentada en la cabecera a un lado del joven Sakamoto mientras Sougo le servía a los dos una copa de vino.

— ¿Está seguro que puede beber? Ni siquiera nos ha dicho su edad, señor Sakamoto.

— ¡Segurísimo, Señora Sakata! — su voz se había agudizado un poco demostrando que aún no poseía la madurez suficiente como para alguien con mayoría de edad.

Kagura le entregó la copa del chico a Sougo y le dijo que por favor a él le sirviera un jugo de frutas.

Eichiro no pudo soportar esa clase de humillación. ¡Que él no era un niño, caramba! Ya tenía edad para beber y alguien como esa fina dama no tendría por qué prohibirle tal gusto.

— ¡Tengo dieciocho años, puedo beber, Señora Sakata! — se había parado de su asiento y alzó la voz sin nada de tino, como si fuera un adolescente berrinchudo.

La Señora Okita lo miró perpleja para luego comenzar a reírse por tal atrevimiento. ¡Es que realmente era un adolescente! ¿Acaso Gin tuvo que aguantar alguno de sus berrinches cuando se había casado con él? No… A Gin casi no lo veía, todos los platos rotos los pagaba Sougo.

— Realmente usted es impresionante, Joven Sakamoto. ¿Hacer un berrinche por el vino? ¿Está seguro de tener dieciocho años? Me parece más un adolescente de dieciséis. — Tomó una pausa y miró a Sougo divertida para luego volver a su visita — Pero que se puede esperar de alguien que ha vivido rodeado de lujos. De seguro es el niño consentido en su familia, Eichiro.

— Señora Sakata, créame. Tengo dieciocho, puedo casarme con usted sin necesidad del consentimiento de mis padres.

¿Por qué nombraba de la nada el consentimiento de los padres en esto? Sougo estaba atento a cada palabra que daba el chico. Era muy ocurrente, la verdad, y de lo único que hablaba — y al parecer le interesaba — era sobre casarse con su esposa.

Bastante inocente para él, le estaba empezando a caer un poco en gracia ese muchacho. Si bien era un hombre celoso, era imposible que lo fuera por Eichiro Sakamoto. Su esposa nunca se fijaría en un mocoso como ese teniendo a alguien como Sougo.

— ¿Consentimiento de sus padres? No crea que se ha librado de él. La mayoría de edad es a los veintiuno, señor Sakamoto. Antes de eso, tendrá que esperar a que sus padres acepten un matrimonio como este.

— Si saben que me casaré con usted, no pondrán ninguna objeción. De seguro les agradará tener buenas relaciones con la familia Sakata. ¿No le vendría bien tener relaciones con nuestra familia? Imagínese, su nombre se llenaría de aún más prestigio que el que ya tiene. ¿O acaso no suena bien "Kagura Sakamoto"?

"Siempre me ha gustado más Kagura Okita" Pensó ella y miró con amor los dulces ojos de su amado que se encontraba de pie tras el asiento de su invitado.

— Ciertamente. — le contestó, dirigiendo a cada segundo la mirada a su esposo, esperando a que no se sintiera celoso. Sin embargo, era todo lo contrario. Él sonreía divertido al ver como ese joven se hacía tantas ilusiones que nunca serían cumplidas. —No obstante, debo añadir que usted se ve bastante convencido del supuesto matrimonio entre nosotros. ¿Qué le hace pensar que a mis veintinueve me fijaría en alguien once años menor que yo?

— Porque tengo algo que nadie de su edad tiene, Señora Sakata. — La miraba con convicción y picardía, esperando dar su respuesta final en cuanto la dama presente le preguntara qué era eso tan singular que nadie cerca de los treinta años podía tener.

— ¿Y podría decirme qué es eso?

— Mucha vitalidad.

¿Vitalidad? ¿Se refería al ámbito sexual? No pudo evitar soltar una carcajada. ¿Acaso ese niñato sabría complacerla? ¡No era necesario! Tenía a Sougo a su lado, ese hombre tenía más potencia que mil caballos de fuerza y nunca se cansaba, y es que ella tampoco. Cuando estaban juntos eran fuego que quemaba sus pieles al descubierto.

— No le hallo la gracia, Señora Sakata. Muchas de las mujeres con las que he estado me han dicho que soy un excelente amante.

— ¿Y cuánto les pagó para que dijeran aquello, joven Sakamoto? — el comentario venenoso de turno había hecho que el ambiente en la cena se pudiera cortar hasta con un cuchillo.

Sakamoto se sentía un poco incómodo, ¿tan obvio era que le había pagado a muchas chicas para que se acostaran con él? El dinero lo podía todo, pero al parecer era un poco más complicado con la Señora Sakata y eso lo alentaba aún más. Seguramente tenía un poco de trastornos ligeramente masoquistas y aún no lo sabía.

— No es necesario pagarle a una mujer para que diga que soy buen amante— mintió —Si lo desea, se lo puedo comprobar.

Sougo se había asqueado de solo imaginar tal escena. ¡Ese niño no era tan inocente como se veía! Kagura mantenía la misma expresión frígida de antes y se dispuso a alzar su copa.

— Sougo, ¿podrías traernos un poco más de vino? El joven Sakamoto ha tomado del suyo como si de agua se tratase, seguramente desee más, o quizás la bebida ya se le haya subido a la cabeza.

Una pequeña sonrisilla burlona se posó sobre Okita, el muchacho no estaba acostumbrado al alcohol y al parecer una sola copa ya lo estaba haciendo hablar sandeces.

¿Se indignó? Sí, cosa que lo llevó a levantarse de la mesa con prepotencia nuevamente, y la predisposición de retirarse de aquella mansión.

— No aguantaré sus groserías, Señora Sakata

— Oh, pensé que podía aguantar un poco de bromas dentro del contexto, Señor Sakamoto, al parecer no es tan maduro como aparenta ser. Realmente reacciona igual que un niño berrinchudo — su mirada altiva y satírica era tan penetrante que al muchacho no le había quedado de otra que volver a sentarse lentamente en su silla.

¿Qué clase de arrebato había tenido? "¡Por favor, Eichiro, no pierdas la cordura, casarte con esa mujer de alta clase es la oportunidad de tu vida!" Se decía a sí mismo, como si se tratara de autoconvencer que lo que estaba haciendo era mejor idea que buscarse un trabajo y no depender del dinero de su padre. Realmente, un joven de la alta alcurnia como él no conocía de responsabilidades verídicas, ni tampoco de la vida.

El castaño se le quedó viendo un buen rato, ese nuevo arrebato le había dado qué pensar "Es solo un niño berrinchudo". ¿Merecía aquel destino que le esperaba? No era como Ittou, un cuarentón que sabía de la vida y aun así poseía irresponsable altanería, ni como Koutaro, un asesino imperdonable que había acabado con la vida de Gintoki. No se parecía a ninguno de los pretendientes fracasados que Kagura había tenido. El chico solo era inmaduro, podía cambiar cuando la oportunidad se le presentase, podía madurar más adelante, con las experiencias, con la vida en sí. Se notaba que vivía en una burbuja de la cual no solía salir. ¿Realmente merecía la muerte?

— ¿Sougo? — le llamó la atención la pelirroja al verlo pensativo y mirando un punto fijo.

— ¿Sí, Mi Señora? — reaccionó pestañeando levemente y dirigiendo su mirada a ella. La chica estaba extrañada.

— Recuerda traernos el vino — le dijo para distraerlo de aquellos pensamientos que desconocía.

El resto de la cena había pasado en silencio, como si la mirada de Sougo hubiera inquietado todo el ambiente que Kagura había logrado mantener en la mesa. Ya no le importaba dirigirle la palabra a Eichiro, solo quería saber qué era lo que pasaba por la cabeza de su amado.

20:30 horas.

Era de esperarse que el ansiado y fortuito huésped quisiera un lugar para dormir, después de todo, pasaría la noche allí. Sougo lo dirigió a la habitación de huéspedes, en donde se predispuso a dotarlo de sábanas limpias y alguno que otro dato de la habitación como "la cama suena un poco si se mueve mucho, al igual que las tablas del piso".

Un solo asentimiento de cabeza bastó para que el castaño dejara la habitación y bajara hasta el primer piso para poder lavar los trastes en la cocina.

— ¿Qué ocurre contigo? — escuchó detrás de sí en cuanto pisó el último escalón.

— ¿Por qué lo dices?

— Estabas muy pensativo — se acercó a él y depositó sus tiernas manos en las mejillas del castaño. Los azules orbes de Kagura se clavaron en la mirada de Sougo. — ¿Hay algo que te preocupe?

— Kagura… — desvió un poco la mirada, no estaba seguro si lo que le diría estaría bien — Ese chico aún es inmaduro.

— Lo sé, ¿qué hay con eso? —lo miró extrañada y un poco intrigada.

— Puede madurar en cualquier momento de su vida, no sé si sea necesario asesinarlo…

Ella solo lo observó. Su mirada penetrante y seria le causó escalofríos al castaño, ¿realmente ella daba más miedo que la muerte misma?

Sus labios se transformaron en una cínica curvatura de labios junto con unos ojos entrecerrados que para nada demostraban satisfacción.

— Es un millón de yenes, Sougo. La edad nunca ha importado.

Un millón de yenes, le repetía y se repetía incesantemente. ¿Cómo desperdiciar esa cantidad de dinero por una estúpida iluminación de simple moralidad luego de haber llegado hasta acá? Esa precaria moral era lo que más debía eliminar en esos momentos.

— Tienes razón, Kagura — le dijo, no muy convencido para él, pero sí para ella.

La pelirroja sonrió y se dirigió a su habitación no sin antes depositar un beso en los labios de Sougo y decirle al oído "Está en tus manos, amado mío…".

Se dirigió a la cocina y luego de dejar todo limpio, se dispuso a preparar todo para el ansiado asesinato.

Una silla, una cuerda gruesa… Su machete favorito. Sí, todo estaba en su lugar, solo faltaba el invitado de honor.

22:30 horas.

— Quería felicitarlo por llegar hasta acá, Joven Sakamoto. — le dijo en falsa sonrisa en cuanto el joven abrió la puerta de la habitación de huéspedes tras el escuchar el amigable toque en la madera elegante y antigua. — ¿No le gustaría tomar una copa de vino conmigo?

El joven no usaba mucho la cabeza. Acepto sin pensarlo dos veces, después de todo, ¿qué era lo que pasaría si aceptaba una copa?

— Sería fantástico que viera mi colección de katanas en el sótano. — Nuevamente el muchacho aceptó. Quería conocer la mercancía de su "futura esposa" después de todo.

Bajó las escaleras y se encontró cara a cara con una silla que le esperaba para ser usada. La posición en la que se encontraba llamó la atención de Eichiro.

— Oh, Señor Okita, ¿qué hace esa silla a…? — no pudo terminar la frase, un fuerte golpe en la cabeza lo paralizó sin poder despertar.

23:00

Lo había terminado de atar.

Lo observaba.

¿Estaba respirando?

"Sí, sí lo está". Se contestó a sí mismo.

Tomaba su machete con fuerza.

No estaba de ánimos para escuchar a Mozart…

Silencio total.

"¿Qué ocurre contigo?" Escuchó decir frente suyo, detrás de su víctima.

Realmente no le tomó mucha atención, su juguete nuevo ya había abierto los ojos, sin embargo, ninguna palabra podía salir de su boca. Estaba amordazado con una tela atada muy fuerte en su boca, dolía bastante y le molestaba en la quijada.

"¿No vas a asustarlo?" Esa voz otra vez, tan familiar y cercana. "Oye, fuiste un soldado ejemplar, ¿Qué ocurre contigo? ¡Muévete ya!"

— Que molestia… — fue lo único que salió de su boca al reconocer a la persona que le hablaba. — Pensé que habías muerto.

Ante él, la figura de un Sougo Okita mucho más joven y con traje del ejército se presentaba.

"Te noto dubitativo… ¿Acaso no quieres matarlo?".

—Silencio.

"Hey… ¿realmente eres Sougo Okita? No puedo creer que el mismo tipo que disfrutó de ver cómo los prisioneros de guerra ardían en llamas no puede si quiera cortar en pedacitos a un niño mimado como este" Le dijo mientras daba pasos alrededor de la silla, marcando en sus pisadas las manillas del reloj… Tap… tap… tap… "La hora avanza, Sougo".

— Calla, ya dejé ese pasado atrás. — le dijo firme, aún con el machete en mano.

El joven Sakamoto no entendía que ocurría. ¿Por qué su presunto asesino estaba hablando solo?

"¿Eso piensas? Hace un tiempo seguías disfrutando de la muerte. Eres como un shinigami*, ¿no? Demuestra de lo que eres capaz, bastardo".

— ¿Realmente es necesario seguir matando…? Quiero vivir tranquilamente con Kagura… Quiero tener una familia con ella sin temor a ser descubiertos por la policía… ¿Es necesario matar para salvar la empresa…?

El soldado se acercó a él y le tomó ligeramente de los hombros mientras se acercaba a su oído.

"¿Desde cuándo te volviste tan marica? Kagura no quiere eso. Ella quiere que mates, eso le excita. ¿No quieres sentir esa jugosa vagina luego de haber matado a este mal nacido? Querrá que la penetres con fuerza, ¿no quieres escuchar esos exquisitos gemidos?"

"Ah… Sougo…"

"¿Acaso no quieres sentir su cuerpo caliente junto al tuyo?"

"Oh… Ah… Sí…"

No podía evitar imaginarla en la cama mientras su "yo" más joven le decía todo aquello. Comenzó a morderse los labios y a sudar. Su cuerpo se estaba poniendo caliente y se podía notar una erección entre sus piernas.

"Mátalo…"

Quería hacerlo, ¿por qué le costaba tanto?

"Mátalo ya…"

Sus brazos no se podían mover. ¡Joder, Sougo, muévete!

De tantos movimientos, el chico logró librar su boca, estaba desesperado.

"¡Mata a ese hijo de puta!"

— ¡NO ME HAGAS DAÑO, POR FAVOR! ¡MI HERMANA SE PONDRÁ MUY TRISTE SI MUERO! — Dijo al fin, con los ojos llenos de lágrimas e implorando misericordia.

"Mitsuba…" La gota que rebalsó el vaso.

— ¡AAAAAAAAAAAAAHHHH! — Gritó y tomó su machete con fuerza para clavarlo en el respaldo de la silla, cerca del cuello del muchacho. Quedó abatido, exhausto, sudaba a mares y su cabello estaba completamente húmedo. — No puedo… — Se arrodilló acabado. — No puedo matarte… — Llevó sus manos a su cara, quería arrancarse la piel, realmente estaba afligido — Tu hermana no se merece un dolor como ese…

"— Sou, ¿Sabes cuantas estrellas hay en el cielo? — Le preguntó dulcemente a su pequeño hermano.

¡Hay muuuuuuchas!

Así es — le sonrió y le indicó dos de las estrellas más brillantes que podía ofrecerles la noche — ¿sabes quiénes son esas estrellas, Sou? —El niño la miró dubitativo, no tenía idea de que podrían representar. — Esas estrellas son mamá y papá cuidándonos desde el cielo. Siempre estarán para nosotros, y cuando yo me vaya, también me convertiré en estrella para cuidarte, ¿está bien?

Pero tú nunca te irás, Hermana Mitsuba, prometiste que estaríamos siempre juntos — le dijo con un entusiasmo.

Mitsuba lo miró con cariño y tristeza.

Claro que sí, Sou — Le dijo para seguir mirando las estrellas.

Hace unos días atrás le habían diagnosticado tuberculosis."

¿Por qué justo tenía que recordarla en un momento como este? Ya no merecía ser cuidado por esa hermosa y brillante estrella.

— ¡¿Qué ocurrió, Sougo?! — Llegó rápidamente Kagura tras escuchar el grito de su esposo. Pero ¿qué veía? Él estaba en una posición demasiado lamentable mientras que su huésped seguía con vida.

— Kagura… No puedo matarlo… — La victima seguía llorando desconsoladamente mientras un charco de orina se hallaba bajo su silla. — No merece la muerte… No es un asesino, ni tampoco un depravado, tiene una hermana que lo quiere mucho… Kagura… No puedo matarlo.

La mirada altanera de la pelirroja se posó sobre esa deplorable escena.

Patético, simplemente patético. ¿Realmente un asesino podía llegar a sentir empatía por su víctima o solo estaba protegiendo un futuro que creía hermoso junto a su esposa?

— Tranquilo, Sougo. — Se acercó a él y lo ayudo a levantarse. El castaño la abrazó con fuerza.

— Quiero ser un esposo idóneo, Kagura, quiero un futuro limpio contigo, por favor, encontremos otra manera de hacer surgir a la empresa…

¿Y mandar todos los planes al carajo? No sabía qué responder. ¿Realmente estaba bien que siguieran matando? Todo el trabajo duro se lo llevaba su empleado, pero a él le gustaba, entonces ¿Qué lo había hecho cambiar de parecer?

"Esposo idóneo…"

¿Será eso? ¿Puede que el matrimonio haya cambiado los planes de vida de su esposo? ¿Puede ser que al estar al fin con ella quiera proteger esa relación a toda costa?

— Tranquilo, Sougo, solucionaré esto. — Tomó el revolver que había llevado en su mano en caso de emergencia (realmente por un momento pensó que le habían hecho frente a Sougo) y apunto directo a la frente de Eichiro. — No tienes de qué preocuparte. No me molesta manchar mis manos de sangre por ti, Sougo. — Lo miró dulcemente y sonrió — Te amo. — Dijo a la vez que apretaba el gatillo y volaba los sesos del pobre muchacho. — Ya nada podrá delatarnos, amado mío.

El castaño se le quedó mirando, había quedado impresionado y a la vez triste. Un mar de emociones le embargaba y no podía evitar sentirse excitado al ver que su esposa le decía cuanto lo amaba a la vez que empapaba su bata blanca de levantar y su rostro con sangre.

Ya no sabía que pensar, ¿había tenido un estúpido momento de debilidad?

Esa noche, los cerdos no comieron.

24 de diciembre de 1952

— ¡Qué víspera!

— ¿Por qué lo dices, Kagura? — le dijo a lo lejos mientras ordenaba algunos adornos de navidad en los estantes y Kagura se encargaba de decorar el árbol.

— ¿Realmente podemos celebrar navidad después de haber asesinado a alguien? — Sonreía un poco, para ellos ya era normal.

Sougo se acercó a ella y la abrazó por detrás depositándole un dulce beso en la mejilla — Tu hazaña de anoche merece un buen regalo, ¿no crees? — le observó coqueto y ella se dio media vuelta para mirarlo a los ojos y besarlo intensamente en los labios.

— Supongo que sí… ¿Qué me vas a regalar, Sougo? — se comían con la mirada y él ajustaba mucho más su agarre en la cintura.

— Supongo que esto que tengo aquí… — la tomó de las nalgas y apretó su entrepierna contra el monte de venus de Kagura. ¡Uf, que duro estaba ese lugar!

— Delicioso…

Se besaron intensamente y, no era por tener una suerte de perros, pero el timbre de la casa sonó en el preciso instante en el que sus lenguas ya estaban comenzando a juguetear.

— Mierda… — dijeron al unísono. Sougo fue a abrir la puerta mientras Kagura se volvía a concentrar en el árbol de navidad.

¿Por qué siempre los interrumpían en la mejor parte?

— Buenos días, residencia Sakata, ¿en qué le puedo… ayudar…? — Había empezado su frase de manera normal, pero fue ralentizando su hablar al ver lo que se encontraba delante sus ojos.

Una mujer de cabellos rubios y ojos amatista de la mano de un niño de cabellos blancos y ojos carmesí.

— Buenos días, Señor, mi nombre es Tsukuyo, ¿De casualidad se encuentra la Señora Sakata?

¿Una visita realmente inesperada? Esta era una de ellas.