La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.
Sí, lo sé, ya sé que debéis de odiarme por tardar tanto pero os juro que este mes me ha sido imposible concentrarme en nada.
Por favor dejadme un review para demostrar que seguís ahi :)
Capitulo 22
Había sido el mejor orgasmo de su vida, pensó Adrien mientras los últimos vestigios de placer hacían temblar su cuerpo. La abrazó como si la vida le fuera en ello, resistiéndose a romper la magia de aquel momento.
Había sido perfecta en su pasión. Dulce y ardiente, exigente y entregada.
Y era virgen.
Acababa de desflorar a su dulce prometida en el sofá de la biblioteca de un notorio burdel.
La realidad se fue imponiendo poco a poco, y con ella, el enojo. Estaba enfadado consigo mismo por su evidente falta de control y furioso con ella por haberle metido durante todo aquel tiempo. Pese a estar irritado, salió de su interior con suavidad. La muchacha permanecía tan relajada que parecía dormida. Adrien fue al baño y volvió con u n paño húmedo.
-Marinette, quieras o no, tienes mucho que explicar – masculló, mirándola frustrado mientras la limpiaba con delicadeza.
¿Cómo había acabado siendo Ladybug? ¿Qué demonios hacía una muchacha inocente como ella dirigiendo un burdel? Las preguntas estallaban sin interrupción en su cerebro, y con ellas, los sentimientos.
Se sentía inquieto. Una miríada de sensaciones lo atravesaba sin control, todo por una sirena que estaba haciendo de su ordenada existencia un caos emocional. El marques de Chat Noir siempre había tenido un control absoluto sobre sus sentimientos.
Se sentía furioso. Estaba acostumbrado a dar ordenes que todos se apresuraban a cumplir, pero aquella terca mujer no paraba de decir que no a todo cuanto él le proponía. Al marques de Chat Noir nunca se le llevaba la contraria.
Se sentía excitado. Aun después de acabar de hacerle el amor, notaba como el deseo lo embargaba de nuevo. Desde el momento en que sus ojos se posaron sobre ella, su cuerpo se había convertido en una hoguera, y aquella hechicera de negros cabellos era el combustible que avivaba su llama. Cuando Marinette estaba cerca, la pasión lo dominaba. El marques de Chat Noir era un hombre frio.
Como si hubiera oído sus pensamientos, la joven abrió los ojos, un suave aleteo de sus largas pestañas como mariposas que emprendían el vuelo, lo miró maravillada.
Al verla, Adrien se preguntó con ironía donde se escondía el todopoderoso marqués de Chat Noir cuando ella lo miraba con aquellos profundos ojos color celeste.
Pom, pom, pom.
Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.
-Ladybug…
La voz de la señora Befana, ensordecida por la gruesa puerta de madera, parecía apremiante.
La muchacha lo miró, suplicante.
-Adrien, no hay tiempo para explicaciones. Debemos vestirnos. La señora Befana no me molestaría a no ser que se tratase de una urgencia.
- Marinette…
-Por favor, Adrien – rogo -. Te prometo que en cuanto pueda te lo explicaré todo.
No pudo negare ante aquella mirada suplicante.
Los dos se vistieron con celeridad y recompusieron su aspecto de la mejor forma posible.
Pom, pom, pom.
-Ladybug…
-Un momento. – Se giró hacia Adrien y lo miró dubitativa -. ¿Crees que se dará cuenta de lo que hemos estado haciendo? – preguntó cohibida.
Adrien la observó, divertido a su pesar. Aquella era una muestra más de la ingenuidad de la joven. Con el cabello despeinado, las mejillas sonrosadas y los labios hinchados por los besos compartidos, tenía todo el aspecto de una mujer bien amada.
No pudo evitar besarla con brevedad.
-Tranquila, no notará nada – mintió sin dudar, mientras le colocaba un mechón tras la oreja.
La muchacha le sonrió con dulzura y a Adrien le dio un vuelco el corazón.
Pom, pom, pom.
-Ladybug…
Mari corrió a abrir la puerta mientras se alisaba las arrugas de la falda.
Adrien observó como entreabría la puerta y cuchicheaba con el ama de llaves. La conocía lo suficiente para detectar la repentina rigidez de su cuerpo, única señal de que había recibido una mala noticia.
La muchacha se volvió hacia Adrien con los ojos llenos de preocupación.
-Necesito que vayas a buscar a tu hermano Luka y lo lleves a mi casa – le pidió con premura -. Dile que uno de los niños tiene problemas. Él lo entenderá.
Quizá Luka entendiera algo, pero Adrien, desde luego, no. Apretó la mandíbula con fuerza, preparado para exigir que le aclarasen que ocurría antes de moverse.
-Por favor, Adrien. No hay tiempo para explicaciones – musitó la muchacha, como si le hubiera leído el pensamiento -. Confía en mí – suplicó.
-¿Qué confié en ti? – preguntó incrédulo -. Has estado engañándome todos estos días, ¿y me pides que confíe en ti?
Después de lo engañado que lo había tenido sobre su identidad, sería estúpido si confiaba en ella. El marques de Chat Noir no era ningún necio.
La muchacha lo miró con lágrimas en los ojos.
Y en aquel momento Adrien se dio cuenta de una cosa: ante ella le resultaba imposible comportarse como el marques de Chat Noir…, porque era la primera vez que, ante una mujer, se sentía tan solo como un hombre.
Mierda, pensó, pasándose una mano por el pelo, y salió como una tromba en busca de su hermano.
