Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

Capítulo treinta

Edward

Deslice mi dedo índice por toda su espalda.

Isabella se estremeció y amortiguó su risa en la almohada. Me acerqué mordiendo su hombro y ella se removió. Se volvió a mí sin importar mostrarse desnuda cuando la sábana quedó enrollada en su cintura, se sentó en la cama y fue inevitable no devorar su exquisita figura ante mis ojos, su cabello completamente revuelto y su sonrisa encantadora me miraba con tanto amor que podía sentirlo en mi pecho.

― No era mi intención despertarte, amor. Aún es temprano ―mencioné, mirando la oscuridad del amanecer por el balcón―. Me siento muy ansioso.

― ¿Y eso?, ¿sigues pensando en lo que hablamos anoche? ―dijo entre bostezos.

Acepté.

― Puedo hacerme la prueba de una vez ―su mano me buscó a tientas sin dejar de mirarme a los ojos con tanta ternura, sonrió y dio un apretón―. Pase lo que pase…, estamos juntos, ¿si?

― Por supuesto. Solo que no puedo mentirte, creo que no estamos preparados para tener otro hijo. Eres demasiado joven, los dos tenemos muchos planes, amor. Recuerda que en unos días tienes que viajar a Nueva York para tu primer conferencia.

― Tranquilo. Una cosa a la vez ―levantó sus palmas y soltó un hondo suspiro―, lo primero es el test; dependiendo del resultado veremos cómo seguimos.

Se levantó sin inmutarse en su desnudez y corrió a encerrarse al cuarto de baño.

Caminé de un lado a otro mientras los segundos se hicieron eternos, contemple la cuna de nuestra bebé quien dormía plácidamente boca abajo. Carlie solo tenía ocho meses, ni siquiera había dado sus primeros pasos por sí sola, para ahora convertirse en hermana mayor.

Anoche cuando mi mujer me confesó que su periodo tenía un retraso de dos semanas traté de tomarlo con calma, quizá era algo normal, qué sé yo, incluso lo tomamos con humor. Pero no podíamos seguir comportandonos como unos irresponsables. No estábamos preparados para otro hijo, no ahora.

Carlie levantó su cabeza y frotó sus ojos con su pequeño puño antes de soltar un chillido lleno de coraje. La alcé en brazos tratando de reconfortar su mal humor, acaricié su espalda con mi palma y empecé a arrullar su diminuto cuerpo mientras tarareaba una canción para ella.

― Shh… todo está bien bebé. Shh.

La puerta se abrió; Isabella vestía un camisón de algodón, pero yo solo podía mirar su rostro con una mueca que no supe descifrar, me entregó el test.

― Salió una carita triste.

¿Una cara triste?

― ¿Qué quiere decir eso?, ¿qué significa? ―miré la prueba y sí, había una carita triste. Carlie lloró y no sabía si consolarla o llorar junto a ella.

― Edward, no hay bebé. ―Isabella soltó una carcajada y quitó el test de mis manos―. Por eso la carita triste porque no estoy embarazada, lo bueno.

Abracé a mi hija con mayor fuerza. Sentía que el dolor de estómago había desaparecido mágicamente.

― ¿Es cien por ciento confiable?

Isabella arrugó su frente.

― No sé ―respondió dudosa―, creo que debo buscar otro método anticonceptivo, quizá el dispositivo intrauterino para diez años sea lo mejor. ¿Qué opinas?

― Sí, entre más años mejor. ¿Quieres que vaya contigo?

― Sí. Haré una cita con mi ginecólogo y te diré para que me acompañes.

-0-

Carlie agarró un puñado de arena llevándola a su boca.

― ¡No! ―Grité, asustando y haciéndola llorar―. No hagas eso, te hace daño cariño mío.

Me acosté sobre la arena trayendo a mi pecho a Carlie. Sus lágrimas seguían derramándose sin cesar, sus ojos verdes me miraron un instante antes de dejarse caer por completo sobre mí.

La envolví en mis brazos al tiempo que besaba su cabeza llena de rizos diminutos y revueltos.

― Te tiene en sus manos. Carlie tiene ocho meses y hace contigo lo que quiere.

― Es mi bebé ―me defendí tontamente.

Isabella se sentó al lado mío, abrazó sus piernas y recargó su mentón en sus rodillas.

Estaba pensativa; observaba las olas que rompían en la orilla a la vez que suspiraba.

― Me gustaría llevar a Carlie a Londres. Quiero visitar el mausoleo donde está mi madre.

― A mí también me gustaría que fuéramos unos días a Forks, sí tú quieres.

― Me encantaría que ella tenga bonitos recuerdos de nuestras ciudades. Y sí, sí quiero ir a Forks, ¿por qué no iba a querer?

― Sé que no te trae bonitos recuerdos ese lugar, sobre todo, mi casa.

Encogió sus hombros sin dejar de admirar el paisaje.

― Será bueno ir creando nuevas memorias.

― Estoy de acuerdo.

― ¿Cómo te mirarás patinando sobre hielo?

Su cambio de tema me hizo soltar una risotada.

― Demasiado sexy. Soy el rey de la pista ―respondí presumido.

Ella volvió a reír con más ganas, tumbandose junto a nosotros. Nos abrazó, dejando un beso a cada uno.

― Los amo tanto, son mi vida entera ―murmuró.

Ellas hacían mi mundo, tanto, que no concebía mis días sin ninguna de las dos.

.

.

La renta del nuevo coche fue una buena idea para la comodidad de Carlie. Ella logró dormir por varias horas y mientras trajera su muñeca entre sus brazos todo fue perfecto para sus necesidades. Sin embargo, Isabella se mantuvo callada y muy pensativa.

Se refugió en sus auriculares y el paisaje de las carreteras fueron su distracción favorita hasta que estacioné frente a la casa de mi madre.

― ¿Estás bien? ―quise saber.

― Todo bien ―concordó ella con una leve sonrisa.

Mi madre nos recibió entusiasta y con muchos abrazos hasta que Carlie eclipsó nuestra presencia y fue su turno de recibir toda la atención de su abuela.

Al adentrarnos en la estancia Isabella seguía cohibida, entre tanto, sus ojos miraban con gran curiosidad cada detalle dentro.

Esme había hecho una modesta remodelación en las paredes con un nuevo color y removido algunas fotos antiguas siendo reemplazados por instantáneas de Carlie y otras más de mi esposa y yo posando juntos.

― También hice algunas remodelaciones a tu habitación ―explicó Esme, llevando su mano a su cabello con nerviosismo― me tomé el atrevimiento de cambiar los muebles, esos ya estaban muy viejos. Creo que nunca compré unos colchones nuevos.

― Gracias por todo. ―Le abracé y dejé un beso en su cabeza, ella pareció relajarse y se dedicó a hacer cariños a Carlie.

― Bienvenida, hija.

Isabella se sorprendió al escuchar cómo la llamó y fue suficiente para romper la tensión del momento. De inmediato se unió a nuestro abrazo.

Nos pusimos al día y charlamos de todo un poco. Esme contó varios pasajes vergonzosos de mi infancia y tuve que aguantar las carcajadas de ellas a costa mía. Después de cenar entramos a mi habitación.

El primer sorprendido fui yo al darme cuenta que no había rastro alguno del anterior dormitorio de mi niñez. El nuevo mobiliario en color madera se veía bastante reforzado y la cuna junto a nuestra cama compartía el mismo estilo.

― Es muy bonita la habitación ―murmuró Isabella―, ¿crees qué hicimos bien en dejar a Seth y Bree con Sue?

Acostó con cuidado a nuestra bebé; ella se había dormido hace más de media hora. Carlie solo llevó su brazo a sus ojos, cubriendolos de la luz y continuó dormida en su nueva cuna.

― Hasta la fecha todo ha ido bien con los dos, ¿qué te preocupa? ―indagué, mientras acomodaba las sábanas de nuestra cama.

― Pero nunca los hemos dejado pasar tanto tiempo juntos. Bree vive con nosotros y Seth está bajo el cuidado y viviendo en casa de Charlie con Sue.

Ella estaba en lo correcto. Nosotros habíamos acordado que al ser dos adolescentes no compartirían el mismo techo. Sabíamos que entre ellos había un cariño aún no profesado y queríamos evitar que sus supuestas fricciones terminarán en algo más. Y un distanciamiento entre ellos fue la mejor opción.

― Confió en que se sabrán comportar ―admití, alargando mis brazos para que se uniera conmigo en la cama. Ella aceptó y se subió a mi regazo.

― Te amo.

Suspiró, acurrucado su cuerpo en mí.

― Me gusta estar en tu casa, se puede respirar tanta paz que te quieres quedar aquí para siempre.

― ¿Te gustaría vivir aquí?

Ella negó.

― Prefiero que sea un lugar para vacacionar.

― Entonces así será, haremos lo posible por venir cada año.

-0-

― Lo siento tanto, Esme, de verdad… no pensé… ―Isabella se disculpó con mi madre más de cinco veces.

Carlie había tenido la osadía de arrancar las flores del preciado jardín de Esme. Ellas se pusieron a conversar de una y mil cosas, olvidándose del pequeño detalle que mi hija sabía gatear y comenzaba a ponerse en pie, así que, esas flores solo llamaron su atención y ella sin saber qué es lo que hacía las destrozó por completo entre sus pequeños puños y otras con la boca.

Tomé a mi bebé en brazos y comencé a quitar los pétalos que aún guardaba en sus pequeños dientes. Carlie por su parte empezó a llorar, negándose a soltar su comida.

― Edward, deberías ir a alguna tienda y compra las flores más lindas para sembrar ―pidió mi mujer.

― No es necesario, yo lo arreglaré después ―murmuró Esme arrodillada entre su arruinado jardín―. Ella no tiene la culpa, solo es una bebé.

― Por favor, Esme. Me sentiré mejor si Edward compra un poco de abono y algunas semillas. Él irá a la tienda con Carlie y nosotras intentaremos hacer algo aquí, debe haber alguna solución para este desastre.

Rodé los ojos.

― ¿Por qué no van ustedes? No tengo una idea de qué comparar.

― Edward tiene razón, vayamos nosotras dos. Sabes conducir , ¿no?

Isabella asintió.

Las miré marcharse a velocidad lenta, sabía que Isabella le tenía miedo a la velocidad. Siempre conducía lento y con mucha precaución.

Me senté con Carlie en mis piernas en la vieja mecedora del pequeño porche de la entrada, ella estaba por dormirse cuando el sonido del motor del viejo coche de Eleazar rumbo de manera estrepitosa. Después se escuchó el azote de una puerta, el auto arrancó a toda marcha mientras Kate gritaba que se detuviera, ella estaba a mitad de la calle y lloraba.

Estuve a punto de entrar a casa y dormir a Carlie quien ahora tenía los ojos muy abiertos. Sin embargo, mi curiosidad pudo más y anduve hasta la calle.

― ¿Qué pasa?

Al escuchar mi voz Kate volteó a nosotros y sus ojos llorosos se posaron en mi niña.

― Lo de siempre ―musitó― mi padre no quiere entender que no puedo costear su vicio.

― Él no es tu responsabilidad, Kate. Deberías irte de aquí, hacer tu vida y que, él se las arregle como pueda.

Imitó una sonrisa.

― No puedo dejarlo. Es mi papá. ―Observó con curiosidad a Carlie y le tomó su pequeña mano―. Ella es muy bonita, se parece a ti. ¿Puedo cargarla?

Me sorprendió su petición, en cambio accedí y me provocó una sonrisa cuando la tuvo en brazos y empezó a hacerle gestos graciosos con una voz infantil.

Kate no era una mala persona, era una chica buena y sencilla con una vida injusta. Con un padre alcohólico que nunca vio por ella ni por su madre, quizá el duelo por la partida de Carmen aún sufragaba en su interior, era ese el motivo porque siempre se miraba triste y cabizbaja o, había sido suficientemente cruel para dañar para siempre a esta gran mujer.

Algo en mí me decía que era culpable, tal vez yo debía ayudar un poco a reconstruir lo que había hecho. Pero, ¿qué podría hacer por ella?

― Me voy, Edward. Fue un gusto verte ―puso de nuevo a mi hija en brazos, quien habidosa había tomado un mechón de su largo cabello y tiró de él haciendo reír a Kate―. Hasta pronto.

Ella volvió al interior de su casa y yo me quedé en medio de la calle llenando de besos a mi hija.

.

.

Bella

― ¿Y crees que sea buena idea? ―cuestionó Jasper―, ¿para qué arriesgarse?

Edward se quedó pensativo y me sonrío cuando me acerqué a los dos.

― ¿De qué hablan?

Los ojos de Jasper fueron de Edward a mí y viceversa.

― Últimamente Tanya ha tenido muchos dolores de cabeza ―comentó él, bebió su último trago de cerveza y se puso de pie―. Espero que pronto se nos unan, Tan y yo estamos yendo a bailar cada sábado.

― Será después de nuestro regreso ―aclaré, cuando Carlie le tendió sus brazos a tío Jasper. Éste sin dudar la sostuvo con él.

― ¿Cuándo se van?

― Dentro de unos días ―respondió Edward―. Queremos celebrar el primer cumpleaños de Carlie en Londres, ojalá y puedan asistir.

― Eso quiere decir que estarán un mes fuera ―dijo Jasper confundido, a lo que nosotros asentimos―. Les echaré de menos. Sobre todo, a ella ―despeinó la escasa melena de Carlie haciéndola enojar―. Entonces, nos veremos dentro de un mes, traviesa.

Jasper besó con cariño la frente de Carlie volviéndose a mí, me entregó a la niña con una enorme sonrisa.

― Nos vemos pronto ―besó mi mejilla antes de darle un fuerte abrazo a Edward que palmeó con suficiente fuerza.

― ¿Qué hay de cenar? ―preguntó Edward cuando nuestro amigo salió por la puerta principal.

― Intenté preparar una lasaña ―encogí mis hombros, mirando todos los utensilios amontonados sobre la encimera y estufa―. Creo que no quedó muy exquisita.

― Estoy seguro que me gustará ―Edward acarició mi mejilla, mirándome con cariño.

-0-

― ¿Eres feliz? ―inquirió Edward― quiero saber, ¿qué tanto?

Lo miré atentamente; su pelo se había oscurecido por el agua y ahora escurría por su frente.

No respondí solo acaricié su rostro, él elevó su cabeza desde su posición atrapando mis caderas con sus manos. Comencé a chapotear con mis piernas salpicando agua en su cara al tiempo que decidió llevarme al agua junto a él.

Envolví mis piernas en sus caderas y me abracé a su cuello.

― ¡Responde! ―exigió en tono ronco cuando me empecé a frotar contra él. Desató la delgada correa de mi bikini e intentó remover la parte de arriba.

― ¡Qué haces! ―exclamé, tratando de evitar quedarme en toples―. ¡No! Carlie puede despertar.

― Son las veintidós horas ―susurró, besando mi cuello― ella no despertará hasta mañana.

― Nos pueden ver ―dije sin aliento cuando sus dientes mordieron con suavidad mi piel.

― Solo estoy cumpliendo un deseo de mi mujer.

Oh…, entonces todo estaba bien.

Lo besé salvajemente sin importar nada. Bree fue hacer compañía a Tanya quien no se sentía de buen ánimo y se quedaría a dormir en su casa, mientras sabía que Seth había tenido una salida con amigos y tendría que volver a casa de Charlie a más tardar una hora. Sue avisaría cualquier novedad.

El agua chapoteo en el momento que me arrinconó en una de las paredes de la piscina.

Sujetó con una de sus manos mi rostro y me gustó que fuese rudo. Quizá dentro de mí, existía una mujer pervertida y masoquista.

― Estoy esperando tu respuesta.

― ¿Eh…? ―pero, cómo quería que respondiera si me estaba montando contra la pared.

Cerré mis ojos y dejé que hiciera conmigo lo que quería. Al final de cuentas, ambos queríamos lo mismo.

Y esto sin duda era la felicidad absoluta.

.

.

Correteé por todo el jardín y esquivé varios maltrecho del pasto, mi corazón retumbó fuertemente cuando escuché algunos pasos. Seguí sin detenerme y ahogué una risa con la mano sobre mi boca, no tuve oportunidad de virar atrás, unas fuertes manos se adueñaron de mi cintura y me llevaron al pasto, haciéndome reír.

― Te amo ―amortiguó su voz en mi cuello.

― No se vale, Edward. Se supone que enseñaremos a Carlie a dar sus primeros pasos. La hemos pasado jugueteando nosotros.

― Ella es feliz, mírala.

Mi niña estaba sentada sobre el pasto comiendo un trozo de kiwi, no parecía interesada en nosotros porque su comida era su total atención.

Su vestido amarillo ahora tenía unas manchas verdes y su lazo con su flor enorme y coqueta que debía lucir en su cabeza, estaba en su cuello, claro ejemplo que ella misma removió su bonito accesorio dejando sus rizos rebeldes a merced del viento que de pronto surgía.

De pronto nos sonrió con esos cuatro dientecillos que algún tiempo le causaron dolor.

Y fue la sonrisa más hermosa y honesta que habíamos recibido.

Ambos nos sentamos sobre la superficie verdosa y le alargamos nuestros brazos.

― ¡Vamos, princesa! ven con papá ―vitoreó Edward con una sonrisa exultante, se acuclilló algunos pasos más cerca y alentó a nuestra hija.

― Conmigo, mi niña…, ¡vamos! solo un pasito para mami ―copié la posición de mi esposo y seguí con mis brazos extendidos.

Carlie emocionada se posicionó para ponerse en pie; primero se apoyó en sus manos y se balanceo poco a poco hasta erguirse por completo en sus pies. Aplaudió alegremente y nosotros lo hicimos también junto a ella.

Chupó sus manitos, quitando su sabor a kiwi de su piel y nos mostró sus dientes.

Se tambaleó y quisimos correr a protegerla. Debíamos evitar que cayera y se fuese a lastimar con el césped.

Pero, ella tenía otros planes.

Con su rostro lleno de desconfianza decidió dar un pasito hacia nosotros.

Casi gritamos llenos de impresión.

La seguimos alentando guardando nuestras emociones para después.

Carlie nos miró y volvió a dar otro paso y después otro, mientras se balanceaba con sus propios brazos, eligió refugiarse en los brazos de su padre.

Edward la tomó con rapidez y la cargó para llenarla de besos. Me uní a su euforia y los abracé.

― Oh, por Dios, ¡ya está caminando! ―comentó Charlie totalmente emocionado cuando llegó al jardín, le extendió sus brazos y ella lo hizo una vez más cuando Edward la puso de nuevo en el pasto―. ¡Ven mi solecito! Ven con el abuelo Charlie.

Mi padre se puso a la altura de su nieta.

Y permitió que mi niña caminara a paso lento y con un pobre equilibrio hasta sus brazos.

El semblante de Charlie había cambiado desde que llegamos a su casa. Cada que Carlie tiraba de su pelo mi padre presumía con orgullo cada travesura que su nieta hacía con él o su casa. Incluso, habíamos pedido su opinión para la celebración del cumpleaños de mi niña y él con un ánimo entusiasta nos ayudaba con nuestros planes.

― Vamos, solecito ―alentó papá, ayudando a su nieta a seguir dando sus primeros pasos.

Edward me abrazo por la espalda y apoyó su mentón en mi hombro.

― Nunca me dijiste si eras feliz ―murmuró él, besando ruidosamente mi oreja.

Volví a mirar a mi hija con sus bracitos abiertos y dando pequeños pasos mientras su padre me sostenía en sus fuertes brazos con amor.

― ¡Mami! ―pronunció con su dulce voz derritiendo mi corazón.

Era inmensamente feliz, no tenía duda.

Porque yo nunca permitiría que alguien, siquiera yo, impidiera la libertad de mi hija.


¡Hola! Hemos llegado al final. Nos queda el epílogo y un outtake muy necesario. Disculpen la demora, estoy tratando de ligar estos tres últimos capítulos, por eso la tardanza.

Agradezco muchísimo sus favoritos, opiniones y, a quienes me han acompañado a lo largo de la historia.

Gracias por comentar: Ime Salinas, Antonella Masen, NaNYs ZANS, Pili, Jimena, Vanina Iliana, Veronica, Nydiac10, Lidia, Twilight all my love 4 ever, Diannita Robles, Lili Cullen-Swan, Nere, marieisahale, Liz, Twifanlight07, Vane, Lizdayanna, Claudia, sandy56, Jane Bells, Ana, Rocio y los guest.

¡Gracias totales por leer!