CAPÍTULO 28
Abro los ojos y miro el reloj. Solo las 7:00. No me siento bien, tengo el estómago revuelto. Y eso que no creo haber comido nada diferente. Han pasado tres semanas y todavía estoy aquí. Alexander me ha seguido escribiendo y Rodrigo me dice que esté tranquila, según sus hermanos no vendrá a buscarme por la fuerza. Sorprendente.
Me preguntó cuánto aguantará… Espero al menos el tiempo de organizar mi vida. Hubo un instante donde estuve a punto de ceder, quería escribirle, pero después resistí a la tentación. Parece que por primera vez esta respetando mis decisiones, pero estoy segura de que ya habrá decidido cuánto tiempo concederme.
Rodrigo insiste cada día con la historia del traslado a Noruega, pero no iré. Querría librarme también de él porque no me gusta y no me fío. Según él, nadie sabe que he escapado de Rusia. Al menos puedo estar tranquila que nadie vendrá a buscarme con la intención de asesinarme. Voy a la cocina y viendo un cruasán en la mesa me entran ganas de vomitar y corro al baño. No entiendo lo que me pasa.
—Tesoro, ¿estás bien? —Pregunta mi padre notablemente preocupado. Sin tener tiempo para responder, vomito de nuevo. Se acerca aguantándome la frente mientras aparta el cabello a un lado. Oh, vamos, solo me faltaba la gripe.
—Creo que he pillado un virus… —Murmuro limpiándome los labios con la toalla.
—¿Estás segura?, ¿no prefieres ir al médico? —Insiste mientras su mano acaricia mi espalda cariñosamente. —Iré por la tarde, ahora solo quiero descansar. Esbozo media sonrisa y lo abrazo. Me vuelvo a meter en la cama y en ese momento mi teléfono suena. En la pantalla aparece el nombre de Rodrigo. Me faltabas solo tú para mejorar la mañana. Resoplo y respondo.
—¿Sí? —Respondo con escasas ganas de hablar.
—Hola, Sakura. Ya sabes por qué te llamo, no podemos aplazarlo. —Escucha, Rodrigo, no estoy bien, hablamos en otro momento. —Respondo y cuelgo sin darle el tiempo de contestar. Por precaución apago el teléfono, no estoy en condiciones de tomar una decisión ahora. Solo quiero dormir, me siento muy cansada. Tal vez solo estás
ganando tiempo en la esperanza de que venga a buscarte, me recuerda mi consciencia. Tal vez, no lo sé. Espero no ser tan masoquista. Después de algunas horas de sueño me siento mucho mejor. Ya no tengo ganas de vomitar y me siento menos cansada. —Tesoro, he preparado el caldo, ahora te lo llevo.
—Me informa mi padre.
—No, espera, que bajo. —Digo levantándome. Al principio me da vueltas la cabeza, pero rápidamente retomo el control. Me armo de valor y bajo a la planta inferior. No puedo estar más en la cama. Después de haber comido y conversado con mi padre, me siento en el sofá para ver un poco la televisión, pero no estoy muy concentrada, estoy pensando en las palabras de Rodrigo.
Tengo que decidir qué hacer, pero no sé cuál es la mejor decisión. Mi padre se despide y se marcha, tiene que trabajar y yo no puedo retenerlo, si bien quisiera hacerlo. No me siento a salvo y estoy muy preocupada. El sonido del timbre interrumpe mis pensamientos y, como si ya supiera quién es, me levanto resoplando. Apuesto a que es Rodrigo, ese hombre impaciente e irrespetuoso con las decisiones ajenas. Estamos hablando de mi vida, espero ser yo quien decida cuando sea. Abro la puerta de golpe y ahí está, con las gafas de sol y con las manos en el bolsillo mirándome con la cara de alguien que ha perdido la paciencia.
—¡Sakura! —Rodrigo. Pasa a mi lado y entra en casa mirando a su alrededor con sospechosa.
—¿Tú padre? —Ha salido. —Digo cerrando la puerta. Va a la cocina, y comportándose como si fuera su casa, coge un vaso de agua. Lo miro desconcertada, pero no digo nada, estoy demasiado cansada como para iniciar una discusión. —Salgamos, tenemos que hablar y decidir qué hacer. —No tengo ganas de salir, podemos hablar aquí.
—No era una pregunta. —Precisa mirándome con severidad. Se acerca y yo retrocedo. No me gusta su actitud. —Tengo que ir al médico, no me encuentro bien.
—¿Cuándo? —En media hora. —Te acompañaré, y cuando hayas acabado, no aceptaré más excusas. Oh no, no quiero que venga conmigo. Entrecierro los ojos y respondo a esa
mirada severa. —No vendrás conmigo. Si quieres, espérame fuera de casa. Sorprendido por mi reacción, frunce el ceño y se cruza de brazos. —Aclarémonos de una vez por todas. Desde que estamos aquí, he aguardado delante de tu casa las veinticuatro horas. Yo soy tu sombra, métetelo en la cabeza, muchacha. Donde tú vayas, yo voy.
¡Dios mío! Me ha vigilado todo el tiempo. Por lo que parece, no será fácil escapar de su radar. Levanta los brazos en señal de rendición y resoplo derrotada. —De acuerdo, me acompañarás, pero te quedarás fuera del estudio. Satisfecho, sonríe con burlonería. Vuelvo la mirada mientras voy a la habitación para prepararme.
Me pongo lo primero que encuentro y salgo mientras ato mi cabello rebelde. Me veo horrible y la presencia de Rodrigo lo único que hace es empeorar mi estado de ánimo.
—Podemos ir. —Digo acercándome a la puerta. Espero a que el señorito salga, y una vez fuera, cierro la puerta a mis espaldas. Me entran náuseas mientras me acerco al coche, pero intento armarme de valor y respiro profundamente. Puedo conseguirlo, no debo detenerme justamente ahora. Estoy deseando que me preinscriba algo para activarme. No aguanto más esto de estar mal.
—¿Llevas mucho tiempo sintiéndote mal? —Pregunta examinándome. Permanezco indiferente ante ese comentario mientras me ato el cinturón.
—¡Eres muy amable por preocuparte por mí! —Respondo con sarcasmo mientras miro por la ventana. —No soy un monstruo, Saakura. Soy al fin y al cabo una persona y, que quede entre nosotros, no deseo a nadie encontrarse en la situación en la que estás tú. ¿Qué me vas a contar? Lo que me está pasando es inverosímil. Mi vida parece una corrida. Me siento como el pobre toro, atrapado y sin escapatoria. Cuando llegamos ante el estudio, detiene el coche y se vuelve hacia mí.
—Te espero aquí. Asiento y bajo apresuradamente. Te pondré las cosas un poco más difíciles. Espera lo que quieras porque no volveré. Conozco Madrid como la palma de mi mano, y lo más importante, sé que el estudio del doctor Ruiz tiene también una salida trasera que permite la entrada a los pacientes por ambos lados del edificio. Río por dentro por haber conseguido burlarme de él. Rodrigo, no es tan fácil enjaularme. Cuando llego a la sala de espera, me siento y espero mi turno. Junto a mí, un hombre de la edad de Alex tose continuamente, y una
anciana, al otro lado de la mesita de cristal, se masajea las sienes incesantemente. La miro con ternura mientras cierra los ojos, parece sufrir mucho.
—¡Kaleda! —Llama la secretaria. Me levanto de golpe y me encamino hacia la puerta de madera oscura que no paso desde hace años. ¿Se acordará de mí? La última vez que he estado aquí tenía trece años. Cuando entro, me percato de que todo ha cambiado. El inquietante esqueleto continúa ahí, en la esquina de la habitación, dentro de una estructura de cristal. De pequeña, era mi peor pesadilla y la idea de venir aquí me aterrorizaba.
—¡Sakura, qué placer volver a verte! —Exclama el doctor llamando mi atención. Le doy la mano y la aprieta con entusiasmo. Me habría gustado no volver aquí tan pronto, pero por lo que parece las cosas cambian. Ruiz siempre me ha dado la impresión de ser muy amable y cercano, sabe cómo hacerte sentir a gusto. Digamos que no es el típico doctor, se comporta más como uno de la familia. Conoce a mi padre desde siempre. Le sonrío débilmente mientras me mira por encima de las gafas.
—¿En qué puedo ayudarte? —Pregunta colocando algunas hojas en el escritorio. —Me he despertado con náuseas, me da vueltas la cabeza y estoy muy cansada… —Explico dejándome caer en la silla. Posa su mirada inmediatamente en mí.
—Acomódate en la camilla, así hacemos un control general. Hago lo que dice. Observo cómo se mueve tranquilamente hacia el mueble situado junto a mí. Me mide la presión y frunce el ceño. No es una buena señal. —Abre la boca y saca la lengua —Ordena profesionalmente mientras acerca el depresor lingual. Soy peor que una niña, odio todo esto. Preferiría abrir la boca sin que me tocara con ese objeto. Vamos, un poco de valor, no es tan malo. Cierro los ojos y abro la boca. Rápido e indoloro, me repito.
—Bien. Ahora quítate la camiseta. Obedezco, pero me avergüenzo. No estoy muy cómoda, la última vez que lo hice era todavía una niña, pero la historia ha cambiado. Se acerca con el estetoscopio. —Respira profundamente. Y así hago. Respiro profundamente una, dos, tres, cuatro veces.
—De acuerdo, ya basta. Se sienta en la mesa y se rasca la barbilla observándome perplejo.
—¿Tienes todavía náuseas? —Pregunta. Asiento mientras me siento ante en él.
—Sakura, del reconocimiento se desprende que gozas de un óptimo estado de salud. Hace una pausa. Lo miro perpleja. Si no tengo nada, no comprendo lo que es.
—¿Cuándo has tenido la última menstruación? En mi cabeza se enciende una luz de emergencia. No me acuerdo cuándo, pero debería de haber pasado más de un mes. Trato de ignorar el presentimiento y respondo a su pregunta.
—Hace poco más de un mes, creo. —Con los síntomas que has descrito, creo que estás embarazada. —Declara apoyando la espalda en la silla negra de piel. Lo miro estupefacta mientras niego con la cabeza. Se equivoca, no estoy embarazada. Sin embargo, su expresión severa dice todo lo contrario.
—¡Imposible! Salto de la silla como un muelle. —Tranquilízate, quisiera realizar un test para despejar la duda.
—Explica. —No hay nada que despejar. ¡Yo no estoy embarazada! —Digo en voz alta. Me mira pasmado. Seguramente no se esperaba un comportamiento de este tipo. Tiene razón y me avergüenzo, pero la idea me ha dejado fuera de combate. No es posible.
No estoy embarazada, solo tengo gripe. —Le agradezco su ayuda, pero tengo que marcharme. —Digo apresuradamente saliendo de la habitación sin esperar una respuesta. No, no es posible. No estoy embarazada, trato de convencerme a mí misma. Bajo las escaleras corriendo. ¡No puede suceder otra vez! Salgo por la puerta trasera y corro. No tengo una meta, no sé si quiera si volver a casa. Solo quiero correr lo más lejos posible.
Me detengo de golpe y me agacho, la náusea ha vuelto. Me da vueltas la cabeza. Apoyo las manos en las rodillas e intento respirar profundamente. Respiraciones largas y profundas. Embarazada. Una palabra que hace temblar. El destino no puede ser más cruel, no puede regalarme un hijo precisamente ahora. ¿Pero cómo diantre es posible? Nosotros no…
Oh, ¡claro que sí!, ¡la última noche juntos! Después del aborto no hicimos nada, pero la última noche no controlé en qué periodo estaba porque ambos estábamos descontrolados. No puedo romperme la cabeza con esto, debo descubrir la verdad, y el único modo es el de hacer
un test de embarazo. No tengo mucho tiempo. Rodrigo se percatará de mi fuga y no tardará mucho en volver a casa. Compro un test y me encamino hacia casa confundida. No sé por qué lo he comprado… Estoy convencida de no estarlo, y sin embargo, necesito una prueba. Solo puedo esperar que el doctor se haya equivocado. Llego a casa, me encierro en el baño y con las manos temblorosas abro la cajita del test.
Lo examino, lo giro continuamente. ¿Cómo podía estar tan seguro? Podría haberse equivocado. Tenía que haber comprado dos, mal rayo me parta. Leo las instrucciones y desapruebo cuando descubro cómo se usa. Vamos, ya basta perder el tiempo, ¡hagámoslo! Sigo el test como está explicado en las instrucciones, lo cierro y lo apoyo en el lavabo. Tres minutos interminables. Camino de un lado para otro mordisqueando la uña del pulgar mientras miro el test. No, por favor, dime que no estoy embarazada.
Mi corazón late desbocado, las palmas de las manos sudan. Estoy a punto de ir al infierno, lo presiento. Miro el reloj y trago saliva. Ha llegado el momento de descubrir la verdad. ¿Qué haré si es positivo? Niego con la cabeza y grito con frustración. Si estoy embarazada significa que en mi interior llevo una parte de él. No podré librarme de Alexander nunca más.
—¡No estoy embarazada! —Digo convencida mientras cojo el test entre las manos. Respiro profundamente y miro el resultado. Continúo observando las dos rayitas conmocionada. No escucho nada. Silencio. La preocupación ha desaparecido, el miedo ha dejado espacio a… ¿la felicidad? No estoy soñando.
Abro los ojos y miro las rayitas. ¡Estoy embarazada! Espero un niño… ¡De nuevo! Y luego llega la cruel verdad que me deja un mal sabor de boca. ¡Santo cielo, espero un niño de Sasuke! Tendré un hijo del hombre que trato de alejar con todo mi ser. Intento contener las lágrimas mientras me cubro la boca con las manos.
¡No puede suceder otra vez! Perdimos a nuestro hijo y creía que no volvería a tener otra vez la suerte de tener un hijo de él. Esto representa un milagro en mitad del caos. Un pequeño paraíso dentro del Infierno. Apoyo la mano en la frente sudada mientras camino de un lado para otro. ¿Qué hago?
Debería avisar a Alexander. No puedo, ¡sería el fin! Si descubre que estoy embarazada, me encerraría en su castillo. Sin embargo, no puedo no contárselo, es también su hijo. Cuando lo sepa, se desatará una guerra. Tengo que encontrar una solución, ya que por el momento no veo ninguna. ¡Lo único que siento es felicidad! Estoy preocupada
porque no sé cómo manejar la situación, pero también feliz porque ha ocurrido un milagro. Pensar que espero un hijo suyo desencadena en mí sentimientos contrarios. Por una parte, querría hablar con él y darle la noticia. Por otra, querría marcharme lejos y no dejar ni rastro. Necesito hablar de esto con alguien.
No puedo contar con mis queridas amigas, darían la noticia a los Volkovs y sería el fin. La única persona que me puede ayudar es mi padre, pero no creo que se tome bien la noticia. Espero que lo entienda y acepte mis decisiones. Recorro el pasillo y me encamino hacia la cocina. Esperaré su llegada e intentaré darle la noticia con tranquilidad.
No le he contado mucho de Sasuke, digamos que he evitado decirle que entre nosotros hay una fuerte atracción. Si antes estaba preocupada por mi vida, ahora tengo algo más importante en lo que pensar. Mi hijo.
