Bueno al fin estoy aquí trayendoles un nuevo capítulo… pero no cualquier capítulo, sino el ÚLTIMO capítulo de esta historia.

Disfrútenlo y nos leemos al final.

Melodía que inspiró el capítulo: As long as he's safe de HTTYD 3. (/watch?v=jXCj0G8tQLc)


Disclaimer: How To Train Your Dragon no me pertenece, obviamente. Es propiedad de Dreamworks Animation SKG y Cressida Cowell.

Nota: Este fic es continuación de los shot's escritos por esta servidora: La Ultima Del Clan y El Heredero De Un Reino Caído, así que, si no los han leído, los invito a hacerlo ya que ahí es donde comienza la historia ;)

Palabras: 5,060


Capítulo Final

"Estar asustado no es lo mismo que ser un cobarde. Quizá era tan valiente como cualquiera de los que estaban allí, porque él iba a coger un dragón a pesar de saber cómo eran los dragones." –Cómo Entrenar a tu Dragón, Cressida Cowell.

La tensión del ambiente era tan profunda que incluso le costaba respirar con normalidad. Se sentía abrumado y con una fuerte presión sobre sus hombros y pecho.

Había llegado la hora de hacerle frente a Drago, aquello para lo que se había preparado durante los últimos tres años, no podía retroceder o fallar ahora que se encontraba tan cerca de recuperar todo lo que él les arrebató.

El hombre los observaba con cautela y serenidad, lucía tan seguro de sí mismo que definitivamente no parecía creer que ellos pudieran vencerlo. Tal confianza hizo que incluso el castaño comenzara a dudar, pero tan rápido como ese sentimiento apareció lo hizo marcharse al recordar las razones por las cuales hacían eso y, aferrándose con fuerza a su espada firme frente a él y lista para ser usada, dio un paso al frente con Astrid siguiendo sus movimientos con la mirada.

Exhaló suavemente conectando su mirada con la de Drago y se preparó para hablar.

—Detén esto, Drago, no tiene que derramarse más sangre—fue lo único que dijo logrando sonar tan sereno y seguro como el hombre, deseando que sus palabras fueran suficientes para hacerlo entrar en razón y vencerlo—. El mundo quiere paz… y tenemos la respuesta. Así que terminemos con esto de una buena vez.

La espada en su mano tembló por un momento ante el nerviosismo que comenzó apoderarse de su cuerpo cuando el azabache liberó una carcajada como respuesta.

—Debo admitirlo, me equivoqué contigo—concedió entonces poniéndose de pie con total tranquilidad, ondeando su capa negra conforme bajaba los escasos escalones para acercarse a ellos—. Tienes las agallas de los Haddock.

Cuando estaba a tan sólo unos metros de distancia, se detuvo y con un ligero movimiento dejó a la vista la espada atada a su cinturón cuya empuñadura resplandeció gracias a la luz de las antorchas.

—Pero aun así, ¿qué les hace creer que podrán derrotarme?—añadió con fiereza—. Ni Estoico ni la líder Burglar lo lograron, ¿qué los vuelve diferentes a ustedes?

Esa era una pregunta que sin duda no podían responder, porque incluso ellos la hacían de vez en cuando.

¿Cómo serían capaces de vencerlo?

Drago era claramente más fuerte y poseía mayor experiencia, no por nada había vencido a la mejor guerrera del clan Burglar y al rey de Berk. Así que, ¿qué posibilidades tenían ellos?

—La fuerza no lo es todo—susurró Astrid tras meditar aquello trayendo de regreso viejos recuerdos.

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Estaba cansada, era la quinta vez que terminaba en el suelo desarmada. ¿Cómo era posible que no pudiera asestarle un sólo golpe? ¡Se había vendado los ojos! Ella tenía la ventaja y aun así fue vencida cinco veces.

¡No es posible!—exclamó con frustración recuperando su espada cubierta de barro al igual que su ropa—, ni siquiera puedes ver, ¿cómo logras ganarme?

No necesito verte para saber dónde estás o hacia dónde diriges tu espada—respondió la mayor de pie frente a ella.

Incluso con la venda negra cubriendo sus ojos parecía como si realmente estuviera observándola de la forma en la que siempre lo hacía cuando entrenaban, o al menos eso era lo que ella sentía.

Te he enseñado a agudizar tus sentidos—continuó con voz neutra tendiendo una mano en su dirección para ayudarla a levantarse, una acción que no sólo reafirmó sus palabras, sino que también aumentó la frustración de la menor—. Si no puedes ver el objetivo, usa tus demás sentidos para encontrarlo.

¿Cómo?

El ruido de tus pasos y el del viento contra tu espada te delatan—declaró con simpleza dejando en claro su punto mientras se retiraba la venda parpadeando un par de veces para acostumbrarse a la luz del día—. Por más sigilosa que seas, no siempre puedes pasar desapercibida.

Eso no es justo—se quejó en una exhalación la rubia ante la mirada penetrante de la guerrera—. Está claro que tú eres más fuerte que yo, jamás podré ganarte—dedujo con pesar sentándose con pesadez sobre un viejo banco de madera.

Te equivocas, Astrid—contradijo entonces la mayor acomodándose a su lado y clavando su espada en la tierra frente a ella—. La fuerza no lo es todo, tan sólo mira este sable—señaló el arma que se balanceaba lentamente debido al impulso con el que fue clavado—, es letal y resistente cuando se está en las manos correctas. Para manejarlo no se necesita de gran fuerza, sino de habilidad.

La mirada de ambas se mantuvo fija en la espada hasta que Thorey la empuñó nuevamente cortando el viento con gran destreza.

Habilidad y fuerza no son lo mismo—sentenció con el sable apuntando hacia el vacío frente a ellas—. Tu oponente puede ser la persona más fuerte del mundo, pero con habilidad y una buena estrategia podrás vencerlo sin problemas.

Lo haces sonar demasiado fácil—intervino Astrid observándola con cierto toque de confusión.

Lo es… una vez que encuentras la clave.

¿Cuál clave?—indagó ahora curiosa acercándose más a la azabache que rio por lo bajo ante sus acciones.

Todos tenemos un punto débil—reveló mientras envainaba su espada de vuelta en su espalda—, el secreto está en saber usar el de tu oponente en su contra.

Sí, definitivamente no es fácil—murmuró Astrid rendida encogiéndose de hombros con un suspiro.

Thorey, que pocas veces mostraba alguna emoción, le sonrió divertida para después agitar sus cabellos rubios con una mano.

Observación, estrategia y habilidad—enumeró con sus dedos para después señalarla—, eso es todo lo que necesitas y se obtiene con entrenamiento.

De un salto se puso de pie posicionándose frente a la rubia que nuevamente la veía con rostro confundido.

Todo eso ya lo has aprendido, Astrid, sólo necesitas ponerlo en práctica—le dijo con total sinceridad y una sonrisa que denotaba orgullo—. Cuando lo logres te convertirás en la mejor guerrera de este clan.

Pero…

No pudo continuar, esa última frase la tomó por sorpresa.

¿Ella la mejor guerrera? Eso era imposible.

El Gran Líder vio increíbles cosas en ti, Astrid, y yo también las veo—confesó y la chica en ningún momento distinguió falsedad en sus palabras—. Serás grandiosa, mucho mejor que yo… Eso te lo puedo asegurar.

¿Cómo sabré cuando eso ocurra?—logró preguntar entonces embriagada con la emoción y la duda que tal revelación le provocaba.

Porque lograrás cosas que yo no, llegarás más lejos de lo que yo he podido—respondió con voz firme alzando la mirada y una mano al cielo—, alcanzarás todo aquello que yo no pude rozar con mis dedos, te aferrarás a todo eso y lo harás tuyo—sentenció cerrando la mano en un puño que descendió extendiéndose en su dirección—. Cuando eso pase me habrás vencido real y completamente.

No pudo evitarlo y sonrió tragando el nudo que había comenzado a formarse en su garganta. Alzó su propia mano y la conectó con la de su hermana que, con un rápido movimiento, la hizo ponerse nuevamente de pie.

Inhaló con fuerza recobrando su anterior energía y, esta vez con seguridad, desenvainó su propia espada lista para retomar lo que dejaron inconcluso.

No te defraudaré—prometió entonces.

Sé que no lo harás—concordó la mayor retrocediendo un par de pasos y lanzándole la venda que rápidamente atrapó—. Es tu turno de usarla—le dijo ante su confusión—, veamos qué tal lo haces.

Sonrió nuevamente para después asentir animada.

Ahora que tenía un objetivo claro, estaba más segura que nunca de lo que debía hacer.

Su prueba final sería dentro de poco, así que debía esforzarse al máximo para demostrarle a ella y a todos lo que podía hacer. Cumpliría su promesa, alcanzaría a su hermana y después la iba a superar.

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Contuvo una sonrisa tras recordar las palabras de su hermana y se aferró con fuerza a su espada, esa que antes le pareció demasiado pesada y que ahora comenzaba a volverse ligera en sus manos.

—Hipo—llamó tranquila y segura adoptando su posición de defensa lista para atacar ante cualquier movimiento del enemigo.

—Lo sé—suspiró viéndola por un momento para después volver a concentrarse en el hombre de pie frente a ellos—. Es tu última oportunidad, Drago. Ríndete o pelea, tú decides—sentenció irguiéndose en su lugar para demostrar fortaleza—. Al final el resultado será el mismo.

El autoproclamado rey rio con fuerza para después desenvainar su propia espada, temblando a causa de la risa que se había apoderado de él.

— ¡Pero cuánta valentía y determinación!—rugió entonces tras recobrar el control a la par en que los apuntaba con su arma—, veamos qué tan lejos pueden llegar.

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Con un rápido salto hacia atrás logró esquivar la hoja afilada que pretendía cortarle el cuello. Jadeó agotado recobrando la compostura y preparando su propia espada para responder al ataque del hombre.

Su estrategia era sencilla, atacar por turnos sin darle descanso o tiempo para planear cómo vencerlos. Uno solo jamás podría lograrlo, pero juntos tenían una oportunidad.

— ¿Por qué haces esto?—cuestionó Hipo con frustración cuando sus espadas chocaron antes de que ambos se apartaran nuevamente—. ¿Qué te ha hecho Berk para que lo destruyas?

Drago rio con gusto para después responder.

—Nada, en realidad—confesó encogiéndose de hombros aprovechando que la pareja había detenido sus ataques—. Pero tu padre, por otro lado, es el responsable de mi anterior miseria.

—El único responsable fuiste tú, Drago—respondió con molestia el castaño aplicando más fuerza al agarre de su espada—. Hiciste las cosas mal y esas fueron las consecuencias.

— ¿Consecuencias? ¡Estas son las consecuencias!—rugió el hombre apuntándolos con su espada, provocando en ellos un estremecimiento de alerta que los hizo prepararse para el siguiente ataque—. Le dije a Estoico que Berk debía imponer su fuerza, que podíamos expandirnos y volvernos un imperio. Pero él se negó, debía respetar sus estúpidos ideales.

Las espadas chocaron nuevamente haciendo eco en el salón del trono. Esta vez había sido el turno de Astrid y, con un ágil movimiento de su muñeca, logró apartar el arma enemiga dejando un pequeño corte en la mano del hombre.

— ¡Lo que tú querías era guerra!—exclamó esta vez Hipo tomando el lugar de Astrid, aprovechando la pequeña ventaja que ella había conseguido—. Eras el capitán de la guardia real de Berk, uno de los amigos más cercanos de mi padre y aun así te atreviste a traicionar su confianza—otro golpe más y logró hacerlo retroceder—, la confianza de todo Berk. Sólo querías obtener más poder.

Recordar el pasado que su padre durante mucho tiempo intentó olvidar le dejó un sentimiento amargo pues sabía bien lo mucho que se había culpado por la situación del reino. Todo el daño, toda la destrucción y todas las perdidas; su padre había cargado con ese peso durante quince años y ahora él tenía la oportunidad de darle fin a todo eso, se lo debía a su familia y a todo Berk.

—Estoico tenía demasiado y no lo aprovechaba, cuestionó mis ideas y me exilió. ¡Me lo quitó todo!—reveló el azabache contraatacando siendo ahora el turno de Hipo para apartarse antes de resultar herido—. Lo único que hice fue devolverle el favor.

Crearon distancia entre jadeos, el sudor empapaba sus frentes y las espadas temblaban en sus manos.

Astrid, apacible, observaba en silencio cada movimiento del hombre dispuesta a encontrar en él algo que les permitiera ganar. Todos tenían una debilidad y ella iba a encontrar la de Drago.

—El lugar que tanto deseó proteger y su amada familia, ambos destruidos gracias a —sentenció el autoproclamado rey alzando nuevamente su espada hacia el castaño—. Y una vez que acabe contigo, mi venganza estará completa. Crearé mi propio imperio y nada me detendrá.

—No permitiremos que sigas dañando a más personas inocentes—ahora fue su turno de declarar, irguiéndose en su sitio con fuerza renovada dispuesto a continuar con el combate—. Esto se acaba hoy.

— ¿Eso crees?—cuestionó con toque divertido regalándoles una sonrisa que sólo logró alertarlos.

Algo no estaba bien y Astrid, tras una rápida revisión, fue la primera en descubrir qué era.

¿Cómo es que no lo notó antes? Fue descuidada y ahora…

— ¡Hipo!—exclamó aterrada corriendo hacia él y empujándolo con la fuerza suficiente para hacerlo caer.

Todo ocurrió tan rápido. Cerró los ojos con fuerza al sentir cómo su pierna era atravesada por una flecha haciéndola tropezar.

Murmuró un improperio antes de lanzar una de sus dagas hacia el pilar donde, sin que se dieran cuenta, un arquero los había estado asechando todo ese tiempo. La fuerza fue poca pero suficiente para derribarlo gracias a su acción tan inesperada; aunque quizá la herida no era mortal, ahora estaba fuera de combate.

Desafortunadamente no era el único, pues ella, ahora sin aliento y con la energía agotada, terminó por caer al suelo que lentamente se manchaba con su sangre.

— ¡Astrid!—gritó Hipo cuando al fin salió de su estupor levantándose entre tropezones y corriendo a su lado.

—Estoy… bien…—dijo con dificultad y sin aliento rompiendo la flecha que seguía incrustada en su muslo dejando únicamente la punta en su interior, pues sabía que sacarla sólo empeoraría su estado.

— ¡Astrid!—repitió sintiendo como su garganta se desgarraba a la par en que se dejaba caer de rodillas a su lado—. Por favor resiste—musitó presionando la herida sangrante y disculpándose con la mirada cuando ella se estremeció a causa del dolor.

—No… No bajes la guardia—alcanzó a pronunciar aferrándose a su brazo cuando este le ayudó a sentarse apoyándola en su pecho—. Estaré bien. Aun puedo…

—No, Astrid—le detuvo con la mirada perdida en la de ella—. Ya no más... no pienso perder a nadie más—sentenció quitándose una de las cintas que sujetaban su traje y atándola con fuerza alrededor de la herida de la rubia que dejó escapar un gemido de dolor.

—Hipo…

—Tú siempre me proteges, ahora es mi turno—dijo entonces sonriente para después ponerse de pie tomando nuevamente su espada y girándose al encuentro del hombre que en ningún momento apartó su mirada de ellos.

Una mirada que denotaba sorpresa y molestia por el nuevo giro de los acontecimientos.

Avanzó hacia Drago con calma y firmeza dejando atrás a la rubia que temblorosa intentaba levantarse para detenerlo. Pero él había tomado su decisión hace mucho tiempo y ni ella ni nadie iban a poder cambiar eso.

No estaba dispuesto a perder a nadie más y eso la incluía principalmente a ella.

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La brisa fresca rozaba sus mejillas sonrojándolas por el frio, se sujetaba con soltura a la camisa de su padre que en ese momento lo cargaba en un brazo para que pudiera apreciar con mayor claridad el paisaje desde la torre más alta del castillo.

Esto es Berk, hijo—habló el hombre con la mirada fija en el horizonte donde la ciudad Hooligan terminaba cediéndole el lugar a las llanuras y bosques—. Es nuestro hogar, ha sido el hogar de nuestros abuelos y de los abuelos de ellos.

El pequeño Hipo de tan solo seis años de edad lo escuchó fascinado observando lo mismo que él con ojos brillantes y rebosantes de vida.

Por generaciones los Haddock hemos gobernado estas tierras—continuó Estoico sumido en sus pensamientos—. Gobernamos preservando la paz y procurando el bienestar de todos los Hooligans.

¿Eso es lo que tú haces, papá?—preguntó sorprendido buscando su rostro—. ¿Creí que sólo eras el rey?

El mayor rio levemente ante tal confesión, sabía que era demasiado pequeño para comprenderlo pero aun así quería que su hijo viviera y actuara de la manera correcta y sólo podría hacerlo si él le enseñaba cómo.

Ser rey no significa usar una corona y vivir en un gran castillo—le aclaró agitando sus rebeldes cabellos castaños con su mano libre, permitiendo que las miradas verdes de ambos se conectaran—. Hipo, ser rey es llevar el peso de toda tu gente sobre tus hombros. Ser el rey… Ser el Jefe, significa que todos dependen de ti y que cada decisión que tomas debe ser por el bien de todos ellos.

Suena difícil—murmuró el menor con gesto preocupado.

Lo es… pero la recompensa es muy grande y valiosa—concordó con un suspiro para después sonreírle cálidamente—. Escucha bien, Hipo, las joyas y el oro no demuestran qué tan buen gobernante eres, lo único que puede confirmarlo es tu labor hacia tu pueblo—señaló nuevamente el horizonte donde su reino era iluminado por los últimos rayos del Sol en un espectáculo de destellos anaranjados y rosas—. Es el deber de un jefe proteger a los suyos—devolvió su mirada hacia él, una mirada llena de cariño y orgullo—. Y un día, cuando te conviertas en rey, ese deber será tuyo. Así que debes prometer protegerlos a todos.

¿Incluso de los dragones?—cuestionó inseguro ocultándose contra el costado de su padre.

Incluso de los dragones—prometió divertido por la imaginación e inocencia de su pequeño.

Ellos me asustan…—musitó con el miedo reflejándose en su mirada—. Bocón dice que son más feos y grandes que los trolls.

No habrá nada que temer mientras tengas a los que amas a tu lado, hijo—le aseguró Estoico observándolo tranquilo y confiado—. Ya sea familia, Hooligan o un amigo, si esas personas son importantes para ti entonces debes hacer hasta lo imposible por mantenerlos a salvo.

Hipo, creyendo en las palabras de su padre, sonrió levemente con seguridad renovada para después asentir a sus palabras.

Prometo que los protegeré a todos.

Sé que lo harás—respondió el hombre regresándole la sonrisa y acariciando nuevamente su cabello—. Un día te convertirás en el rey más grande de todos. Serás un mejor jefe de lo que yo o cualquier Haddock ha sido—aseguró con entusiasmo y orgullo tanto en la voz como en los ojos—. Llegarás muy lejos mientras no olvides quién eres y luches por lo correcto.

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Era verdad, ese siempre fue el objetivo de su largo viaje, la razón de su constante lucha. Y, por más difícil o distante que le haya parecido en el pasado, al fin lograba ver el final del camino.

Se lo había prometido y era momento de cumplirlo. No perdería a nadie más, porque él los protegería a todos.

Aumentó el agarre en su espada con cada paso que daba hasta que estuvo frente al hombre que, nada dudoso, arremetió contra él obligándolo a blandirla para defenderse provocando que ambas espadas chocaran dando inicio a un nuevo enfrentamiento.

Los penetrantes ojos de Drago permanecieron fijos en él en un inútil intento por hacerlo dudar antes de separar las espadas con un ágil movimiento.

—Realmente es difícil deshacerse de ti—habló con voz gutural repitiendo las mismas palabras que meses atrás le dedicó en su primer encuentro—. Han sido demasiado arrogantes al venir a enfrentarme solos, pero ambos sabemos que no saldrán de esta habitación con vida.

—Tú no decides eso, Drago—respondió jadeante sintiendo como el sudor resbalaba por su frente y nuca.

Alzó nuevamente su espada y se lanzó a atacarlo con toda la fuerza que aún conservaba. Quizá no era un gran espadachín como Astrid, Thorey o su padre, pero todo lo que ellos le habían enseñado en el pasado ahora le sería útil para acabar de una vez por todas con él.

—Esto termina hoy—susurró cuando sus espadas volvieron a encontrarse.

Y mientras ellos combatían con la determinación de ser el último en pie, Astrid luchaba por seguirlos con la mirada sin caer inconsciente en el intento. Sus ojos luchaban por cerrarse y su respiración se volvía cada vez más débil, pero ella no estaba dispuesta a rendirse, no cuando la vida de Hipo seguía en riesgo.

Las palabras de su hermana continuaban repitiéndose en su mente como si con ello pudiera recobrar la fuerza perdida. Debía encontrar la debilidad de Drago y usarla en su contra, sólo así podrían ganar. Sólo así podrían recuperar la libertad de Berk y darle el descanso eterno a todos los que murieron en el proceso.

—Concéntrate, Astrid—musitó aferrándose a su pierna empapada de sangre—. Todos tienen una debilidad, así que encuentra la suya.

Pero no es fácil cuando tu propia vida se está escapando de tu cuerpo.

Sus ojos comenzaron a cerrarse nuevamente cuando un grito de dolor atrajo su atención obligándola a devolver la mirada hacia donde el duelo se estaba llevando a cabo, aterrándose cuando vio a Hipo de rodillas sobre el suelo y sin su arma.

—Hipo…—susurró con lágrimas en los ojos viendo ahora como Drago se aproximaba a él con calma y una expresión victoriosa.

No supo cómo ni de dónde, pero obtuvo la fuerza necesaria para levantarse y correr hacia ellos con espada en mano. Los escasos metros que los separaban le resultaron una eternidad al igual que los segundos que le tomó recorrerlos, pero todo eso valió la pena cuando su espada logró detener la del hombre.

—Astrid—logró decir el castaño sorprendido y aterrado en partes iguales—, ¿qué estás haciendo?

—Tú me proteges y yo a ti—le recordó tranquila regalándole una sonrisa para después concentrarse en el hombre que intentaba cortarla con su espada—, así es como funciona.

Con un hábil movimiento de su muñeca logró apartar el arma enemiga haciendo retroceder al azabache para después lanzar una nueva estocada que este logró detener sin problemas.

Su pierna dolía horrores y su garganta contenía los gritos de agonía que tanto ansiaba poder liberar. Jadeaba agotada a la par en que su cuerpo temblaba por la debilidad que comenzaba a regresar, pero no podía permitírselo, al menos no aun.

»Encuentra su debilidad, Astrid.

Continuaba repitiéndose en su mente con cada golpe que daba con su espada, esquivando con torpeza los contraataques del enemigo.

Necesitaba ganar tiempo para que Hipo se recuperara y necesitaba descubrir cómo vencer a Drago de una vez por todas.

—Basta de juegos—gruñó el hombre lanzando una fuerte estocada que, gracias al agotamiento de la rubia, bastó para lanzar su arma lejos dejándola a su merced—, el heredero lo dijo, esto se acaba hoy.

Retrocedió con torpeza en un intento por alejarse de él, pero resultó inútil en cuanto su espalda chocó contra la pared.

Su mirada comenzó a nublarse debido a la pérdida de sangre, pero fue suficiente para ver al castaño aun en el suelo con una mano presionando su abdomen. Ahora furiosa, devolvió el rostro para encontrarse con el del azabache que confiado envainó su espada acortando la poca distancia que los separaba.

— ¿Qué ese brillo que veo en tus ojos?—susurró con voz fría tan cerca de su rostro como le fue posible —. ¿Coraje? ¿Valentía? Ese sentimiento de querer proteger a otros... acaso es ¿amor?

Contuvo su respiración cuando la fuerte mano del hombre se cerró alrededor de su cuello impidiéndole pronunciar cualquier palabra que ella quisiera dirigirle.

—Supongo que no importa—continuó sereno pero sonriente, como si pudiera saborear la victoria que, según él, ya era suya—, pronto eso dejará de existir...

El agarre en su cuello aumentó haciendo que su garganta comenzara a arder. Y quizá se debiera a la falta de oxígeno o al miedo por perder su vida, pero la respuesta que tanto necesitaba llegó a su mente como un fugaz destello de esperanza.

La mano que la asfixiaba, la mano que blandió una espada en su contra… siempre fue la misma y ahora ella lo entendía.

Alzó sus propias manos para sujetar el brazo del hombre en una acción que él consideró como de desesperación por evitar la muerte. Sus ojos llorosos lo observaron con ira para después, con un suave movimiento de su muñeca, cambiar la expresión victoriosa por una de terror obligándolo a liberarla entre gritos de dolor.

— ¡Maldita!—exclamó furioso viendo como la sangre emanaba de su brazo justo donde ella, de alguna manera, había logrado apuñalarlo.

Astrid inhaló con dolor buscando recuperar el aire que sus pulmones tanto necesitaban y alzó su mano izquierda para mostrar la hoja oculta, ahora manchada de carmesí, que lentamente se contrajo desapareciendo de sus vistas.

— ¡¿Cómo te atreves?!—Rugió desenvainando su espada para ir nuevamente contra ella—, te mataré y después iré por él—amenazó blandiendo el arma para darle el golpe final.

Pero ella fue más rápida al apartarse sujetando la capa del hombre y arrancándola para dejar al descubierto eso que tanto había intentado ocultar.

Frente a ellos un brazo completamente hecho de metal resplandeció bajo la luz de las antorchas, una revelación que solo logró aumentar la ira de Drago Bludvist.

—Esa es tu debilidad—dijo en voz alta cayendo de rodillas sobre el suelo, ahogando un grito de dolor debido al impacto, para después ver al castaño que igualmente mantuvo su mirada en ella—. Acabalo… Hipo…

El chico no pudo hacer otra cosa más que asentir, levantándose con dolor y tomando la espada de la guerrera que yacía muy cerca de él.

Corrió hacia Drago dispuesto a impedir que lastimara de nuevo a Astrid y aprovechando su actual desconcierto, arremetió desde su costado izquierdo, el del brazo falso que, como la rubia dijo, era su debilidad.

Por más cansado que estuviera no retrocedió en ningún momento y mucho menos detuvo sus ataques aun cuando Drago hacía el intento por defenderse lanzando estocadas de vez en cuando.

El tiempo pareció detenerse hasta que finalmente sus espadas se enredaron y el castaño, usando lo que Astrid le enseñó, logró desenredarlas haciendo volar el arma rival gracias a la herida que este tenía y que le imposibilitaba combatir con su anterior destreza.

Un golpe más y logró que cayera de rodillas frente a él con una nueva herida, esta vez en el pecho, donde la cota de malla se había roto gracias a su espada.

Drago Bludvist ahora estaba a su merced.

—Vamos, heredero—habló jadeante y con la mirada fija en él—. Mátame y ponle fin a todo esto como querías.

Alzó una última vez el sable de la líder Burglar dispuesto a cumplir con lo que había prometido.

Pero no pudo.

La sola idea de hacerlo fue suficiente para detener sus acciones. Quería paz pero no de esa manera…

—No soy como tú—sentenció bajando su arma y retrocediendo dispuesto a volver con Astrid.

Quizá su error fue justamente ese, porque en cuanto le dio la espalda realmente lamentó su decisión.

—Ese es tu problema…—habló seseante empujando con fuerza una daga contra sus costillas haciéndolo jadear de dolor.

¿Cómo fue que aquello ocurrió?

Ahogó un grito antes de que sus piernas fallaran haciéndolo caer de rodillas, sentía como su aliento se escapaba y su visión llorosa comenzaba a oscurecerse pero, aun así, buscó con desesperación a la rubia sorprendiéndose cuando esta le devolvió la mirada de forma serena y segura a pesar de que en el fondo sabía bien cuanto ansiaba poder correr a ayudarlo de nuevo.

Cerró los ojos por un segundo e inhaló con dolor en busca de consuelo, si ese era el final no podía hacer otra cosa más que aceptarlo y, por alguna razón, no se arrepentía de las decisiones que había tomado. En realidad, la única cosa que lamentaba era haber arrastrado a Astrid con él hacia ese desastre.

Ella no merecía ese final.

Y, sin duda, él no merecía su amor y lealtad. No la merecía a ella.

—No eres más que un cobarde y un débil—continuó Drago retorciendo la daga para ampliar la herida, logrando así sacarlo de su ensoñación y obligándolo a abrir nuevamente los ojos, conectándolos con dos orbes azules que suplicaron silencio ante lo que estaba por ocurrir—. Como te dije, ese es tu problema…

Cualquier otra palabra fue ahogada cuando una veloz flecha atravesó su cabeza haciéndolo retroceder con la mirada fija en la rubia que, apoyada contra un pilar, lo apuntaba con un arco ahora vacío. Una mirada llena de rabia que se oscureció segundos después a la par en la que su último aliento era exhalado.

—Pero no el mío—declaró Astrid con voz potente resbalando hasta sentarse sobre el suelo, viendo como el hombre caía hacia atrás con un golpe seco que resonó en todo el lugar.

Lentamente su sangre comenzó a manchar el suelo extendiéndose hasta mezclarse con la del castaño que permanecía de rodillas con las manos contra el suelo.

Hipo no necesitó girar el rostro para saber lo que había ocurrido, pues ver a Astrid dispararle fue suficiente para comprenderlo.

Drago Bludvist estaba muerto.

Jadeó con dolor sintiendo como la daga continuaba enterrada en su cuerpo cuando intentó levantarse entre tropezones a causa del agotamiento. Su mirada en ningún momento se apartó de la de ella y, con cada paso torpe que dio en su dirección dejando un rastro de sangre tras él, un poco de fuerza volvió a su cuerpo permitiéndole sonreír cuando al fin estuvo a su lado.

Astrid, por otro lado, permaneció en su lugar limitándose a alzar una mano en su dirección. Tenía el rostro pálido y la mirada apagada, pero aun así le devolvió la sonrisa.

—Lo siento—fue lo primero que Hipo logró decirle cuando sus manos al fin se encontraron, sentándose con dolor junto a ella—, no pude…

—Tranquilo… ya terminó—susurró Astrid sin dejar de sonreír y aferrándose a su mano donde la sangre de ambos comenzó a mezclarse, un claro recordatorio de cuán heridos se encontraban—… al fin se terminó.

Liberó un último suspiro a la par en que su fuerza y energía se desvanecía dejando caer su cabeza sobre el hombro de él. El agarre de sus manos se volvió cada vez más débil a partir de ese momento.

—As…—pronunció suavemente con una voz que se apagó antes de poder terminar y entonces…

Sus ojos se cerraron.

La oscuridad los consumió.

Y con ello, la guerra finalmente terminó.


Se acabó…

Por favor no me odien por ese final, es algo que venía planeando desde que escribí el prólogo y, a pesar de que en un principio estaba realmente emocionada por escribirlo, ahora después de leer esas últimas líneas siento un vacío inexplicable.

Esta historia me acompañó por casi cuatro años y ahora se terminó. Realmente no sé como sentirme al respecto, pero sí puedo decirles que lloré, no mientras lo escribía como las veces anteriores, más bien al acabar de escribirlo.

Estoy satisfecha con el resultado, aunque debo ser honesta, algunos detallitos del capítulo siguen sin agradarme pero es que después de tanto tiempo olvidé muchas cosas y tuve que modificarlas para que quedara bien. Realmente tuve muchos problemas para reagrupar todas mis ideas, en un principio quería que el capítulo tuviera distintas perspectivas como los anteriores, pero al final opté por dedicárselo únicamente a Hipo y Astrid, creo que esa fue mi mejor decisión.

En fin, no los abrumaré con tanta palabrería.

De todo corazón espero que este capítulo les haya gustado, incluso si el final no fue lo que esperaban. Si rieron, si lloraron, si gritaron de emoción. Cualquier sentimiento que leer lo que escribi les provocara para mi significa la victoria.

Y sí, por si se lo preguntan, sí habrá epilogo. No sé que tan largo vaya a ser, ni cuándo esté listo, porque tengo un revoltijo de emociones e ideas que me costarán poner claras por el momento. Tampoco puedo asegurarles que les gustará luego de lo que acaban de leer.

Lo que sí puedo decirles es que en el epílogo…

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Habrá dos funerales.

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A todos los que leyeron hoy… GRACIAS