Sábado 4 de Julio de 2015

Salt Lake City

Quinn Fabray

24

El diccionario define premonición como el sentimiento o el presagio de que algo va a suceder, pero no especifica si ese algo es bueno o malo.

Supongo que ahí radica la parte desagradable de ese supuesto don que es intuir lo que va a suceder en un futuro, casi siempre, cercano. Todo, absolutamente todo lo que es bueno en la vida tiene una parte negativa, y eso era algo que yo siempre había tenido muy presente. El don de la premonición no escapaba de esa lógica, para mí, aplastante.

Cuando te vas a dormir sabiendo que el último acto de tu día puede tener consecuencias sin saber si son positivas o negativas, permites que la ignorancia te envuelva de tranquilidad, mientras la consciencia o tu propio cerebro entra en una fase de calma absoluta, y te auto convences de que esas consecuencias serán positivas, hasta llegar al punto de creer que cuando despiertes lo primero que harás será sonreír y dar las gracias por un nuevo día.

Pero la vida real no es tan idílica como la fantasía de ese universo paralelo que has creado para excusarte de tus actos en tu mente.

La parte negativa no suele tardar demasiado en dar la cara con esas consecuencias que has tratado de ignorar y omitir, y el desastre se apodera de tu mundo cuando amanece, cuando abres los ojos y la consciencia retoma su misión apoyándose en la propia personalidad que has ido forjando con el paso de los años, y te das cuenta de que de las dos caras de la moneda, la negativa es la que yace boca arriba en la palma de tu mano.

Yo jamás en mi vida había tenido premonición alguna de lo que iba a suceder en mi vida, y mucho menos en la de los demás, pero aquella mañana el presagio fue tan intenso cuando apenas aún había recuperado la consciencia, que la preocupación no me dio ni un solo segundo de respiro, y se instaló en mí con un cartelito de bienvenida que decía: Vengo para quedarme, y probablemente durante mucho tiempo.

Nada peor que sentir el vacío en una cama después de toda la noche notando su presencia a tu lado. Nada peor que abrir los ojos y ver ese lado de la almohada sin su rostro dormido, tan cerca de mí que llegué incluso a contar sus respiraciones en más de una ocasión durante la noche. Nada peor que acostumbrarse a alguien a quien no vas a tener de ese modo nunca más, o al menos no como desearías. Y nada peor que ser consciente de ese deseo.

Horrible. Dormirte en los brazos de tu amiga y despertar sabiendo que un minuto más a su lado, y te quedarías para siempre, es probablemente la peor sensación de todas, sabiendo que es un imposible.

No fui capaz de intuir que tendría esa sensación de vacío al despertar y ver que no estaba a mi lado, sin embargo, sí tuve el presagio de que algo estaba por suceder en aquel día, y a diferencia de lo que explica el diccionario, sabía que no era nada bueno.

Ni siquiera me dio tiempo a tratar de recomponer la escena para averiguar cosas lógicas como la hora que era, cuánto tiempo había dormido, o por qué precisamente ella ni siquiera estaba en la habitación, cuando un par de golpes en la puerta me despertó por completo. Un par de golpes que me sorprendieron y, supongo que haciendo uso de ese poder de presagio, me trajo de nuevo la desagradable sensación que los nervios me provocaban. Y lo peor es que ni siquiera tuve que preguntar quién llamaba, es más, ni siquiera había logrado desenredarme de las sabanas que aún mantenían el olor de Rachel, cuando la puerta se abrió y yo noté que el mundo se hacía añicos.

O tal vez fue mi corazón intuyendo lo que se me venía encima.

—¿Jesse?—no sé si lo dije en voz alta, porque ni siquiera estaba convencida de verlo a él. Pero cuando dio un paso hacia el interior y vi que detrás lo seguían un par de ojos familiares, supe que realmente estaba pasando. Que Jesse St. James y Robert Marshall estaban entrando en la habitación, justo cuando yo me disponía a averiguar dónde diablos se había metido Rachel y por qué no estaba allí, dormida junto a mí.

—Hey… Quinn, ¿Qué haces aquí?—dijo y yo volví a dudar—¿Dónde está Rachel?

—¿Qué hacéis aquí vosotros?—atiné a preguntar entre balbuceos, plantada en mitad de la habitación, regalándoles una imagen que a buen seguro no esperaban, al menos Jesse. Robert si estaba más acostumbrado a verme con el pelo revuelto, los ojos hinchados de dormir y mi camiseta de Woodstock del 69 que utilizaba para dormir.

—Sorpresa…—Murmuró Robert llegando hasta mí para darme un beso en los labios mientras me sonreía, y soltaba una pequeña bolsa de viaje junto a mis pies—¿Sorprendida?—Añadió y yo perdí por completo el habla. –Supongo que eso es un sí, ¿No? Jesse llegó ayer de Nueva York y se presentó en mi casa con dos billetes de tren. Vamos a poder disfrutar del 4 de Julio juntos… ¿No es genial?—insistió y yo, por pura inercia forcé la sonrisa y traté de sorprenderme, evitando que el estupor se reflejase en mi rostro. Porque no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo, y mucho menos de por qué ellos estaban allí. De por qué no habían avisado y por qué, curiosamente, Robert ya no pensaba en darme esos "días a solas" para que me distrajese. Obviamente, el paradero de Rachel en aquella confusa mañana también había empezado a partirme la cabeza.

—¿Y Rachel?—volvió a preguntarme Jesse merodeando por la habitación, buscándola, y deteniéndose rápidamente junto a la cama, la que yo no había utilizado y permanecía impoluta, y que lógicamente nos delataba por haber dormido juntas.

—Pues… No, no lo sé. ¿Tenías llaves? ¿Cómo diablos has…?

He hecho yo las reservas, Quinn. Están a mi nombre y no ha habido inconveniente en que me entreguen otra llave.

Oh…

¿Rachel está en la convención? ¿No has ido?—insistió escrutándome con la mirada.—Pensaba que estaríais allí, por eso nos hemos venido directamente al hotel para dejar las cosas… No esperaba que estuvieses aquí.

¿Qué hora es?

—Las 11:30. ¿Estabas dormida aún?—intervino Robert que seguía junto a mí.

—Pues… Sí, me temo que me he quedado dormida y… No sé,—volví a Jesse—tal vez Rachel haya decidido ir sola y no despertarme, ayer… Ayer estuvo a punto de hacerlo también.

—Típico en ella. Bueno… No hay problema, aprovecho y le doy la sorpresa en la convención—dijo regresando a la puerta— ¿Le puedes escribir o llamar para saber si realmente está allí? No me gustaría ir para nada.

—Claro—balbuceé tratando de mostrarme serena, aunque no lo estaba en absoluto.

Aún bajo la atenta mirada de Robert no dudé en buscar mi teléfono que seguía sobre la mesa principal para hacer exactamente lo que me pedía, y de camino saciar mi curiosidad por su paradero, pero ni siquiera tuve que hacer uso del mismo para averiguarlo.

Una nota.

Una hoja de papel perfectamente colocada junto al teléfono me dio la respuesta, y se la dio a Jesse, aunque evité leerla en voz alta.

Lo siento, me resulta imposible despertarte tan temprano mientras duermes como lo haces. Me marcho a la conferencia de Michio Kaku, y aunque sé que pondrías empeño en escucharlo y entender lo que dice, te prometo que te haré un buen resumen de lo que explique. No me guardes rencor. Avísame cuando despiertes y decidas venir. Besos. RB

—Está en la conferencia, ¿No?—Me interrogó Jesse desde el otro extremo de la habitación, y yo asentí—Ok, perfecto. Iré a buscarla y a darle la sorpresa allí. Le prometí que pasaría con ella el 4 de Julio aquí, así que… Creo que le va a gustar. Os dejo la llave para que podáis salir o entrar cuando queráis. —Añadió logrando que una increíble sensación de pena se apoderase de mí.

Y sí, digo de pena, pena en mayúsculas. Nada de celos, de envidia o cualquier otro sentimiento por ver cómo una vez más, Jesse parecía ser el marido perfectamente imperfecto que tanto quería Rachel. Pena porque, a pesar de aquella nota y esos besos que me regalaba al final de la misma, sabía, intuía por culpa de ese don de la premonición que había descubierto en mí aquella mañana, que algo no estaba bien, que algo iba a suceder y que irremediablemente ella tenía algo que ver.

No iba muy desencaminada.

—Tomaros el tiempo que necesitéis—añadió segundos antes de adueñarse de la acreditación que le daba acceso a la convención que yo había dejado sobre una de las mesitas de noche, y caminando con paso firme hacia a la puerta— Si no os apetece ir a la convención, avisad… Ya nos vemos a lo largo del día, ¿Ok?

—Claro, supongo que Quinn querrá ducharse y despertarse por completo. Iremos a comer y ya después te llamo, ¿Estás de acuerdo?—respondió Robert buscando mi aprobación, y yo simplemente asentí de nuevo.

—Perfecto. Divertíos…—Soltó Jesse segundos antes de dejarnos completamente a solas en la habitación, y a mí con el corazón completamente destrozado al imaginarme la escena y la sonrisa de Rachel recibiendo la sorpresa que iba a darle.

Ni siquiera escuché la despedida de Robert, y supuse que estaba acompañada de su habitual guiño de ojos cuando quería dejar entrever que lo tenía todo bajo control. Pero no era así, por eso siendo una completa inconsciente de lo que hacía, me fui directa a la cama y volví a dejarme caer sobre ella.

—¿Qué haces? ¿No has dormido suficiente?—me preguntó extrañado mientras se dirigía hacia la ventana, dispuesto a lanzar una mirada al exterior—Menudo hotel, ¿Verdad? Es increíble…

—¿Qué? ¿Qué diablos hacéis aquí?—le solté casi sin pensar.

—¿Qué? ¿Cómo que qué hacemos aquí? ¿No has escuchado a Jesse?—se giró de nuevo hacia mí.

—Sí, sí que lo he escuchado… Pero no entiendo qué haces tú aquí.

—Vaya… Veo que te alegras de verme. –Inquirió con sarcasmo.

—No, no es eso. Pero no pensaba bajo ningún motivo que te fueras a presentar con él.

—¿Y qué querías que hiciera?—volvió a acercarse hasta los pies de la cama—Ya veo que no te agrada la idea de tenerme cerca, pero pensé que sería lo mejor para que no te sintieras cohibida.

—No, no pongas palabras en mi boca que no he dicho. Por supuesto que me agrada verte, pero permíteme que me sorprenda al verte cuando pensaba que no lo haría hasta el lunes. Además… ¿Por qué me iba a sentir cohibida?

—Por tener que estar con Jesse y Rachel—me dijo dejando entrever el malestar que le producía el que no lo hubiese recibido con saltos de emoción—Jesse iba a venir a pasar estos dos días con su mujer, y perdón por ponerme en tu situación, pero conociéndote como te conozco, quise creer que verte a solas con ellos no sería plato de tu gusto. Ahora veo que estaba equivocado… —Añadió con sarcasmo y yo me lamenté, y me resigné. Porque volvía la sensación de agobio, volvía el agotamiento psíquico y me dolía. Me dolía sentirme así con él, me dolía que mi chico, por quien había sido capaz de tanto, me provocara esa sensación tan agria sin siquiera pretenderlo.

—Robert, por favor…

—Está bien… Está bien. Quinn, lo siento, ¿Ok?... No he venido hasta aquí para discutir contigo o hacerte sentir mal. Te juro que no es mi intención, y te aseguro que realmente aceptaba y comprendía que unos días lejos de todo te vendrían bien, pero juro que si estoy aquí es porque realmente he pensado que no estarías a gusto con ellos dos a solas. Y Jesse insistió, insistió tanto que terminó convenciéndome y haciéndome creer que te sorprendería.

—Me has sorprendido—le dije en un intento de evitar que realmente creyese que no quería ni verlo. Porque no era así, por supuesto. Simplemente no estaba preparada para encontrármelo allí, y mucho menos después de lo que viví aquella noche junto a Rachel.

—Para mal.

—No, claro que no. Nunca me sentaría mal verte, Robert… Te recuerdo que eres mi novio, y que… te quiero. Pero tampoco puedes pedirme que salte de la emoción cuando hace apenas unos minutos que he despertado después de… Ni siquiera sé cuántas horas he dormido. Ayer fue un día realmente largo, dormí poquísimo y estaba muy cansada.

—Te entiendo— musitó suavizando su tono mientras tomaba asiento a mi lado, sobre la cama—Y no esperaba que saltases de la emoción, solo que comprendieses que si estoy aquí es por ti. No quiero que creas que he venido porque no quiero que disfrutes a solas de estos días. Solo quiero que te pongas en mi situación. Bueno… Y también quiero que sepas que me moría de ganas por volver a verte. No me acostumbro a estar sin ti—añadió regalándome una caricia en la mejilla. –Tal vez alejarnos los dos de Denver, de la casa y el trabajo nos venga bien. ¿No crees?

—Supongo que sí—le dije tratando de sonar convincente, todo lo que pude mientras algo en mi interior me empezaba a gritar que no pensara en ella, que no permitiese que su rostro o su nombre merodeasen por mi mente en ese instante, porque entonces sí que estaría completamente perdida y no solo me sentiría culpable, sino que empezaría a asimilar que estaba convirtiéndome en ese tipo de personas que tanto detestaba. En esas que se escudan en las mentiras para procurar mantener la consciencia tranquila a base de auto engaños. En esas personas que no son capaces de afrontar las cosas con la verdad por delante, como se debe hacer si pretendes ser una persona honesta y leal.

—¿Qué tal si hacemos un trato?

—¿Un trato? ¿Qué trato?

—Durante estos dos días no vamos a hablar de la casa, ni del trabajo ni vamos a lanzarnos indirectas. Vamos a disfrutar de esta ciudad, juntos, acompañándonos… Tomándonos la vida con calma y haciendo lo que realmente nos apetezca hacer. ¿Te parece bien?

—Me parece bien—le dije segundos antes de recibir sus labios con un beso que sellaba aquel pacto, el cual me hizo reaccionar de tal forma que estuve convencida de que le sorprendió. O quizás ya lo esperaba.—Voy a darme una ducha—le dije separándome de él tan rápido que incluso casi llego a caerme de la cama.

—Ok. Voy a acomodar un poco mis cosas mientras… Oye, por cierto… ¿Y ésta cama?—señaló hacia la que permanecía impoluta, dejándome por algunos segundos completamente expuesta—¿De verdad que Rachel es tan repelente que incluso hace la cama en un hotel?—añadió demostrándome que, efectivamente, seguía siendo idiota. Y no por el inapropiado adjetivo que le regaló a Rachel, sino por su falta de capacidad para comprender que si estaba hecha, era porque no la habíamos utilizado. Algo que para Jesse no pasó desapercibido, por supuesto. De hecho, estoy convencida de que fue lo primero en lo que se percató nada más entrar en la habitación.

No dije nada. Porque de haber hablado tendría que haberle dicho la verdad, y tal y como estaban las cosas entre nosotros, sabía que no terminaría de comprender por qué diablos habíamos dormido juntas en la misma cama, teniendo dos inmensas para hacerlo separadas. Mi única respuesta fue un leve gesto con mis hombros mientras recogía mi ropa para hacer lo que pretendía hacer.

Y fue ese pensamiento, el recuerdo de saber que aquella noche la había pasado entre los brazos de Rachel, durmiendo por supuesto, lo que me acompañó durante los diez minutos que estuve bajo la ducha. Y si no hubiese estado Robert allí, habrían sido probablemente 20 o 30 los minutos que me hubiese regalado bajo la misma, con la agradable sensación que me provocaba el agua directamente sobre la cabeza mientras mi mente vagaba por lo vivido aquella noche.

Pero como ya había empezado a intuir, aquel día lleno de premoniciones sensoriales iba a ser más complicado de lo que jamás podría imaginar, si es que la idea de estar en Salt Lake City con Rachel, Jesse y Robert, hubiese sido algo que realmente creyese que pudiera suceder. Obviamente jamás lo imaginé, de ahí el desconcierto que me acusaba y que no me iba a abandonar tan rápido como pretendía creer.

Solo saber que tenía a Robert allí ya me hacía más complicada las cosas, porque si duro era tener aquel alud de dudas, de confusión y pensamientos que se contradecían constantemente en mi mente conforme más despierta estaba, el tener que afrontarlo como si nada sucediera, tener que fingir frente a él que no me moría de ganas por saber dónde diablos estaba Rachel y ocultar la amarga sensación de intuir que algo nada agradable iba a suceder, hacía que fuese una completa odisea. Porque era mi chico, mi novio y a pesar de nuestra tensa situación sentimental, tenía que tratarlo como tal, pero no me apetecía.

No me apetecía sonreírle cuando me vio salir del baño, ni me apetecía tomarlo de la mano cuando nos fuimos a descubrir, en mi caso re descubrir, la ciudad. No me apetecía, y lo que es peor, me hacía sentir mal tener que besarlo, aunque solo fuese un sencillo y rápido beso en los labios. No me apetecía divertirme con él a pesar del pacto que hicimos para no pensar en nada que no fuera precisamente eso, divertirnos. Y no me apetecía hacer nada de aquello porque no dejaba de pensar en ella, en lo fácil que me resultaba sonreír cuando me explicaba con sus tecnicismos cómo funcionaba un radiotelescopio, o me llenaba de felicidad el verla saludar a uno de sus ídolos. En como fui capaz de dejar a un lado mi miedo a relacionarme con gente desconocida para que cumpliese uno de sus mayores sueños, o ver su cara de incredulidad al creer que realmente tenía más capacidad pulmonar que ella para aguantar la respiración. Mereció la pena con tal de verla con la camisa de la NASA antes de dormir. Mereció la pena dormir apena horas después de casi 8 horas de viaje en coche. Mereció la pena escuchar lo que decían aquellos científicos, astrónomos, astrofísicos, o como diría el gran Stephen Hawkings, cosmólogos con sus palabras, su locuras y sueños sobre la galaxia, sobre los planetas, las estrellas o el tiempo. El dichoso tiempo que allí arriba viajaba hacia adelante para encontrarse consigo mismo en el pasado.

Mereció la pena absolutamente todo lo que viví con ella en apenas 24 horas, como había merecido la pena haberla encontrado en diferentes épocas de mi vida a lo largo de los años. Y fui plenamente consciente de ello en aquel día, cuando guardaba el peor de los sentimientos premonitorios que nunca antes había tenido.

Un sentimiento que empezó a hacerse más latente después de enviarle un mensaje, aprovechando la intimidad que me dio el baño del restaurante donde almorzamos, y no recibir respuesta alguna por su parte. Ni en aquel instante, ni en las tres horas después que estuve sin saber absolutamente nada de ella.

Fue después de visitar varios lugares que ya había visto el día anterior con Rachel, como la Catedral, el templo de Sal t Lake o el Capitolio estatal y justo después de abandonar el estadio de los Jazz de Utah, visita obligatoria para Robert, por supuesto, cuando tuve la primera señal. El primer destello de luz que me hizo ponerme completamente en alerta.

—Están en el hotel—me dijo Robert tras colgar la llamada que había recibido de Jesse—Se han duchado y están preparándose para salir a cenar. Me ha preguntado si vamos a ir con ellos o cenamos por nuestra parte, los dos solos. Necesita saberlo para reservar mesa para cuatro o… Para dos. ¿Qué le digo?

—Pues. No sé, ¿tú qué dices?—pregunté, pero solo porque necesitaba tiempo para encontrar la excusa perfecta que nos llevase a cenar todos juntos.

Me da igual, como tú decidas. Si quieres que estemos solos, lo estamos y si quieres que estemos con ellos, perfecto.

—Supongo que por cortesía deberíamos estar todos juntos—dije tratando de sonar convincente, y que no se me notasen las ganas de tenerla frente a frente—Quiero decir, lo han pagado todo y estamos aquí gracias a ellos, deberíamos pagar esa cena nosotros.

—Tienes razón. Le aviso de que vamos. ¿Ok?

Dicho y hecho.

Tuve la suerte de tener una buena excusa para convencerlo de aquella manera, a pesar de haber dejado entrever a lo largo del día que le apetecía estar a solas conmigo. Y es que cuando se trataba de aparentar, nada ni nadie podían contra él.

Sabía que el orgullo que iba a sentir por pagar una estúpida cena era superior a cualquier deseo por estar conmigo, y a pesar de lo mucho que me molestaba esa actitud, en aquel instante me sirvió como aliada.

30 minutos más tarde llegamos a la hotel con la intención de encontrarnos con ellos, pero lo único, una vez más, que había en la habitación cuando entramos fue su rastro, el olor de su perfume logrando que de nuevo el temor me abrumara.

La premonición empezaba a hacerse real. Rachel y yo llevábamos casi 12 horas sin vernos, sin hablar, sin saber la una de la otra a pesar de mi intento por contactar con ella, y después de haber vivido un día inolvidable juntas. Que la presencia de Jesse y Robert era esencial para que llevásemos tantas horas separadas, era lógico, porque de no haber estado presentes yo habría ido a la convención en cuanto despertase, pero no haber recibido gesto alguno por su parte, respondiendo al simple mensaje que le envié para saber cómo había estado la conferencia de aquel día, hacían reales mis sospechas. Estaba clarísimo que algo le sucedía, y lo iba a terminar descubriendo, aunque fuese más tarde que pronto.

La cena era la mejor de las excusas para ello, al menos para ver en apariencia si tenía o no razón, y por ese mismo motivo me esmeré en volver a ducharme lo más rápido que pude y me prepararé para atender la cita sin demoras. 25 minutos después de llegar al hotel, ambos lo abandonábamos dispuestos a encontrarnos con ellos en el restaurante en el que habían hecho la reserva, y del cual Robert fue informado perfectamente de nuevo con una llamada de mi jefe.

Y 10 minutos más tarde, tarde como siempre,utilizando el mismo coche en el que Rachel y yo habíamos viajado, llegamos al lugar concreto. Un pequeño restaurante italiano en Westhampton que iba a hacer las delicias de Robert, pero no las mías. Y no precisamente por la comida.

Los nervios me atacaron en el mismo instante en el que vi a Jesse levantarse de la mesa en la que ya estaban sentados, esperándonos, y tras él Rachel, un tanto cabizbaja y seria a pesar de lo jodidamente hermosa que iba.

—¿Os habéis perdido?—fue el saludo de mi jefe que yo me limité a ignorar por estar más pendiente de la reacción de Rachel al vernos.

—No había aparcamiento por ningún lado—le escuché decir a Robert, que para mi sorpresa, no dudó en acercarse a ella y saludarla con un afectivo, al menos en apariencia, abrazo al que Rachel accedió sin más. Bueno, sin más no, porque su sonrisa era tan forzada que temí porque Jesse se percatara de ello. Lo cierto es que me resultaba realmente desconcertante que no lo hiciera siendo su marido, pero por lo visto eso era algo que solo las chicas éramos capaces de percibir.

—Oh… Bueno, pero ya estáis aquí. Hemos tenido que sentarnos, pero aún no pedimos nada. –Añadió como si yo estuviese atendiendo a sus palabras. Lógicamente no lo hacía, porque en mi mente había empezado a batirse un duelo entre las opciones de saludarla como lo había hecho Robert, o no. En si era adecuado que la abrazara o simplemente le sonriese, a pesar de que su gesto no me invitaba a hacerlo. Porque la sonrisa forzada que había esbozado para recibir a mi chico, se esfumó en el mismo instante en el que sus ojos se dirigieron hacia mí, no solo desconcertándome sino haciéndome comprender que definitivamente, mi intuición era perfecta. Que había tenido una premonición hacia casi 12 horas que no me había abandonado, y que se cumplía a la perfección en aquel instante.

De nada sirvió mi lucha interna, Rachel no permitió que me decantase por saludarla al volver a tomar asiento obligándome a hacer exactamente lo mismo. Aunque al menos pude oír su voz, y me habló.

—¿Os lo habéis pasado bien?

Nada más. Discreta, seca y con un punto de orgullo que hizo que mis tripas se revolvieran por primera vez en aquella noche, y no iba a ser la última.

—Esta ciudad es genial—dijo Robert adelantándose a mi respuesta—Y el estadio de los Jazz más aún. Tenía unas ganas de verlo, es impresionantes. Lástima que no estemos en temporada para ver algún partido, habría estado genial.

—Lo planearemos más adelante—dijo Jesse, y Rachel volvió a la carga.

—¿Solo habéis ido a visitar eso?—añadió buscándome con la mirada, y yo supe que una vez más, Robert había quedado en evidencia al solo decantarse por alabar el dichoso estadio de baloncesto, en vez de la multitud de monumentos y lugares que visitamos, y que harían las delicias de cualquiera que tuviese un poco más de interés por la cultura.

—No, por supuesto que no. Hemos visitado prácticamente toda la ciudad—respondí tratando de templar los ánimos.

—Bien. Me alegro.

—¿Y las conferencias de ésta mañana?¿Han merecido la pena?—Esa vez fui yo quien le preguntó, y su respuesta vino acompañada de algo que no quería que me regalase a mí bajo ningún concepto; su sonrisa más falsa.

—Muy interesantes.

Ni siquiera pude continuar con la conversación, primero porque no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo y la sensación de malestar iba en aumento, y segundo porque el camarero no tardó en llegar e interrumpirnos para ofrecernos la carta. Y después de él, ya nada volvió a ser igual.

El revuelo en mis tripas al negarme el saludo, fue poco para lo que llegué a sentir durante el tiempo que estuvimos cenando. Casi dos horas de conversaciones que emprendían Robert o Jesse, y en las que ella solía acompañarlos con breves intervenciones que se extinguían justo cuando yo hacía el intento por participar de ellas. Como si le molestase mi presencia, como si no deseara que estuviese allí, y juro que no había nada que me pudiese doler más en aquel instante que aquella actitud de quien un día atrás, me pedía abrazos de reconciliación o aceptaba bailar conmigo en una habitación, en mitad de una ciudad como aquella y después de haber viajado a través del universo. Juro que nunca antes me hicieron sentir tan mal sin siquiera saber el motivo, es más, ni siquiera sabía si era real o solo producto de mi imaginación.

De más está decir que apenas probé bocado de lo que, muy caballerosamente, Robert pidió para mí. Lo dejé en sus manos por falta de ganas, sabiendo que en aquel estado de absoluta descomposición mental no iba a ser capaz de decidir ni siquiera el plato a elegir en una simple carta. Cuando apenas llevábamos una hora allí sentados, yo supe que lo único que me quitaría aquella sensación, era el poder hablar con ella a solas. Algo que parecía presentarse como un imposible, sobre todo viendo como Jesse parecía estar viviendo una segunda luna de miel a su lado, y no había un solo minuto en el que no la envolviese de sonrisas y caricias, manteniéndola entretenida y distante de mí. De hecho, ni siquiera la excusa de ir al servicio y preguntarle si deseaba acompañarme me sirvió. Invitación que declinó con un simple y seco; No te preocupes, estoy bien, que me sentó peor que mil patadas en el estómago.

Creo que mis inclusiones en las conversaciones llegaron a contarse con los dedos de la mano, y no solo en la cena, sino también a lo largo de la noche, cuando Jesse nos propuso un nuevo plan para acabar aquel 4 de Julio de la mejor manera posible. Para él, por supuesto. Porque para mí, verme apoyada en una baranda del puerto náutico de Salt Lake mientras los fuegos artificiales iluminaba el lago, con Robert a mi lado y Jesse abrazando a Rachel en el otro, no fue el mejor plan de mi vida. Ni siquiera cuando nos trasladamos en el mismo coche hasta aquel lugar en el que mucha más gente atinó a reunirse para contemplar el espectáculo, ya que no se despegó de Jesse ni un solo segundo. Y Robert buscaba la forma de hacer exactamente lo mismo conmigo, tenerme a su lado en todo momento y asegurarse regalándome miradas que buscaban mi complicidad, que me lo estuviese pasando igual de bien que él.

Qué iluso, y que estúpida me sentí. Qué rabia, qué impotencia y quebradero de cabeza más intenso. Qué sensación de pena, qué ganas de llorar. Sí. Incluso ganas de llorar cada vez que la buscaba sutilmente con la mirada, y ella me esquivaba para regalarle un beso a Jesse, o alguna confidencia al oído. Ni siquiera sé cómo pude lograr aguantar todo el tiempo que estuvimos juntos en aquella noche, pero lo hice. Lo hice porque no tenía otra opción más que aquella, y dejar que el tiempo pasara. Hasta que ya bien entrada la madrugada, y después de un "perfecto" paseo bajo la luz de las estrellas que tanto admiraba, y que esa noche se empeñaban en amargarme la vida, decidimos volver al hotel.

Entonces, y solo entonces, cuando ya habíamos hecho todo lo que íbamos a hacer, cuando ya ordenamos las cosas, nos ordenamos a nosotros mismos y compartimos habitación como si fuésemos adolescentes en viaje de fin de curso, el destino me dio una oportunidad para al menos aclarar mis pensamientos, y tomar una decisión que ni en mis peores pesadillas.

Obviamente aquella noche lo de compartir cama con ella era toda una utopía, y lo cierto es que no me molestó en absoluto. Excepto por tener que ver a Jesse a su lado acaparándola para ella, mientras Robert me arrinconaba en un pequeño trozo de la misma por culpa de su capacidad para ocupar prácticamente todo el colchón, sin pensar en los demás. Pero aquella misma escena me iba a permitir tener la primera conexión mental con ella, como solíamos tener a menudo cada vez que nos veíamos, en aquel día.

Que Robert me obligase a dormir acurrucada en uno de los extremos, me permitió tener esa visión que no me agradaba en absoluto de la otra cama, excepto porque Rachel estaba de igual manera, mirando hacia a mí. O mejor dicho, algo la obligó a que se girase hasta quedar frente a mí, con la única presencia entre nosotras de la mesita que separaba ambas camas. Y para mi sorpresa, estaba despierta.

Y me miraba.

Me miraba como yo lo hacía desde que decidieron apagar las luces. Me miraba desde su cama y pude saberlo gracias al reflejo que, de nuevo, la luna nos regalaba desde el ventanal. Un reflejo azulado que la noche anterior nos sirvió para ambientar nuestro baile. Nuestra cita. Y yo, lejos de esquivarla, le mantuve aquella mirada tratando de que fuese consciente de que lo hacía, aun sabiendo que probablemente la oscuridad no se lo iba a permitir.

No sé, tal vez fueron diez, quince o quizás una hora lo que estuvimos así, y no cambió la escena hasta que el ronquido de Jesse nos hizo comprender que su sueño era realmente profundo. Al igual que el de Robert, que aquella noche por razones obvias, decidió que dormir era lo único que podíamos hacer.

El reloj encima de la mesita marcaba las 03:23 am del Domingo 5 de Julio de 2015, cuando la vi reincorporarse lentamente en la cama, procurando no moverse para evitar despertar a Jesse, y supuse que tampoco a nosotros. Rachel lanzó una mirada a su alrededor, ordenó su pelo tras dejar escapar un leve suspiro, y se levantó para dirigir sus pasos hacia el sofá que aguardaba bajo el inmenso ventanal.

Ni siquiera se percató de que la seguía con la mirada cuando tomó asiento en él, se abrazó a sus rodillas y dejó que la cabeza descansara sobre el respaldo del sillón, mientras la luna seguía tiñendo de azul aquella zona.

Admito que tuve dudas, que sobre mi consciencia pesó más la empatía y pensé en dejarla a solas, en permitirle ese momento que parecía necesitar o bien, le ayudaba a conciliar un sueño que al igual que a mí, no parecía querer llegarle. Pero no lo pude evitar. No pude contener mis ganas y tras regalarle unos cinco minutos, y asegurarme que tanto Robert como Jesse seguían profundamente dormidos, me aventuré a acompañarla.

Fue entonces cuando supe que realmente no sabía que había estado observándola. Al menos eso me hizo saber nada más plantarme junto a ella y ver su cara de sorpresa.

—¿Qué haces?—me susurró estableciendo el volumen de nuestra conversación en ese instante. Yo lancé una mirada hacia las camas, y regresé a ella tomando asiento a su lado, sin siquiera pedirle permiso.

—No podía dormir. Pensé que te habías dado cuenta de que estaba despierta.

—No, no he visto nada. Pensé que dormías…

—Pues no. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

—Nada…—Dijo con apenas un hilo de voz—No podía dormir tampoco.

—Ya veo—Musité sin poder evitar que el primero de los silencios nos acompañase por algunos segundos. Silencios que no eran sino consecuencias de mi nefasta capacidad para abordar lo sucedido aquel día sin terminar ofendiéndola como ya había hecho con otros temas. Recordar esos hechos me hizo tomarme la situación con algo de calma, y buscar la forma de llegar hasta ello sin molestarla. O eso creí—Me hubiera gustado ir a la conferencia de Michio Kaku. Creo que es el único que conocía.

—¿Sabías quién era?

—Sí. Te recuerdo que aunque no sea muy aficionada, tengo un padre que si lo es. Tiene algunos libros de él, pero no sé muy bien la temática de los mismos.

—Probablemente sobre la teoría de las cuerdas.

—¿Teoría de las cuerdas?—susurré extrañada, y sus labios se fruncieron en una tímida sonrisa al tiempo que dejaba escapar un leve suspiro—Supongo que no es el momento adecuado para que me expliques de qué va eso, ¿verdad?

—No, no lo es. A menos que quieras hablar de electrones, de fotones o de quarks.

—Ok… Lo dejamos para otro momento en el que mi mente sea más lúcida.

—Sí, es lo mejor—respondió volviendo a desviar la mirada hacia el ventanal que quedaba frente a nosotras. Procurando un nuevo silencio que yo le permití, aunque no por mucho tiempo.

—¿Por qué no me despertaste para que te acompañase?

—Pensé que estarías cansada, y tampoco es necesario que te sacrifiques tanto.

—¿Sacrificarme? Ya te dije que no era molestia para mí ir a las conferencias, todo lo contrario. Además, no estaba cansada. Ésta noche he dormido muy bien—solté sin ser consciente de cómo le iba a sentar aquella sentencia. De hecho, empecé a intuir que su actitud durante todo el día estuvo influenciada por nuestra noche, y no por la aparición estelar de nuestros chicos, como quise creer durante la cena gracias a algunos comentarios de Jesse, en los que dejaba entrever una leve incitación hacia mi persona por valorar lo realmente encantador que era Robert, y lo afortunada que era al tenerlo a mi lado.

—Bueno, simplemente lo pensé—respondió de nuevo con esa sequedad que tan poco la describía como persona.

Ok. Al menos ya lo sabes para la próxima vez. No me dejes en tierra, yo voy donde haga falta y…

—Quinn basta—me interrumpió haciendo sonar todas mis alarmas. Y no por haberme interrumpido, sino por como lo hizo. Su gesto serio y la mirada fulminante que pude percibir a pesar de la oscuridad, bien lo merecía.

—¿Qué?

—Que dejes de jugar como lo haces. Mi marido está a cinco metros y tu novio también.

—Oh… Así que es por eso por lo que estás así. ¿Es por ellos? ¿Por eso me has tratado así durante todo el día?

—¿Cómo te he tratado?—Cuestionó cambiando radialmente de tono, aunque el volumen de su voz apenas era perceptible más allá de 20 centímetros.

—¿De verdad me lo preguntas? Ni siquiera me has respondido al mensaje que te envié, y luego no te has dignado a dirigirme una palabra agradable en toda la noche. Entiendo que quieras disimular, pero llevamos aquí dos días, no es lógico que…

—En primer lugar—susurró lanzando una mirada hacia las camas para asegurarse de que ambos seguían dormidos—No te he respondido porque mi teléfono lo tenía Jesse y ni siquiera me he dado cuenta de que me habías escrito, y segundo… Sí te he hablado. Te he hablado como tengo que hablarte, nada más.

—¿Qué? ¿Cómo tienes que hablarme? Porque te aseguro que no ha sido nada agradable como lo has hecho, es más… Juraría que lo has hecho forzada, y se supone que las amigas no se hablan así…

—¿Amigas?—me interrumpió de nuevo provocándome una sensación de desconcierto aún mayor de la que ya había sentido.—¿Somos amigas, Quinn?

—¿Cómo que si somos amigas? Pues claro…

—No, no te equivoques—soltó dejándome de nuevo en silencio—Tú y yo no somos amigas, no podemos ser amigas… Las, las amigas no hacen lo que tú y yo hicimos anoche. ¿No te das cuenta?

—¿Qué hicimos anoche?

—Quinn, no me lo pongas más difícil.

—No te lo estoy poniendo difícil. Que yo sepa anoche simplemente bailamos y dormimos.

—Abrazadas… No sé tú, pero yo jamás he dormido de ese modo con alguna amiga. Ni me lo plantearía si la tuviese. Sabes perfectamente que no nos comportamos como amigas, aunque intentes camuflarlo. Sabes perfectamente que hay algo más, y no podemos seguir así.

—¿No podemos seguir así?—balbuceé

—No, no podemos, Quinn. ¿Ves a ese hombre que está ahí?—señaló hacia Jesse—Es mi marido. Le amo… Le quiero, y quiero pasar mi vida junto a él—añadió conteniendo varias veces el volumen de su voz, a pesar de que ésta empezaba a quebrarse. –No te haces una idea de cómo me he sentido esta mañana al despertar, ni cuando lo he visto aparecer en la convención cumpliendo su palabra de pasar conmigo el 4 de Julio. Mientras él aterrizaba de Nueva York y removía cielo y tierra para conseguir un par de billetes de tren, yo estaba bailando contigo… De esa forma.

No supe qué decirle. No supe que hacer cuando la vi como hundía su rostro entre los brazos, aferrándose aún más a sus piernas, y evitaba mirarme. No supe que hacer porque fue escucharla, y sentir que algo en mí se rompía, pero no con ella, sino con él. Con quien dormía plácidamente sobre la que fue mi cama aquella noche. Con Robert Marshall.

No. Aquella noche a pesar del acercamiento que tuvimos, no hicimos absolutamente nada que pudiese exponernos o hacernos sentir culpable, pero si era evidente que sobrepasamos un límite en el que dos amigas no llegarían nunca a posarse, a menos que fuese un juego. Y lo que yo sentí aquella noche entre sus brazos no era ningún juego precisamente. Por eso mismo supe que algo se había roto con Robert, y no con Rachel. Porque no sentía nada, ni culpa ni resignación. Nada, absolutamente nada.

Y sí. Ya sabía que mis sentimientos hacia él habían empezado a tomar otro camino diferente desde hacía días, o tal vez semanas, aunque el cariño y el amor seguían estando presentes. Pero llegar a ser consciente de que no habría temido por lanzarme de veras a los brazos de Rachel, ni sentirme culpable por ello, me hizo comprender que realmente parecía no haber nada más entre nosotros. O al menos por mi parte, por supuesto. Porque él parecía realmente inmerso en recuperar lo que habíamos perdido entre tantas discusiones, cuando yo me había dado por vencida sin siquiera darme cuenta de ello.

Hasta ese momento.

Ver a Rachel de aquella manera, sintiéndose tan mal consigo misma por mi culpa, que la llevaba a aquel extremo de ni siquiera poder dormir, me hizo ver la luz. O al menos intuirla. Y saber que, además de comprender todo lo que había estado haciendo, también le fallé a ella por no cumplir mi promesa, y volver a jugar con el fuego que a punto estuvo de quemarnos.

—Esto no debería estar sucediendo, ¿verdad?—le dije y tímidamente volvió a alzar la mirada para buscarme, y negar dándome la razón— No he sido una buena amiga…

—No se trata de ser buena o mala amiga, Quinn—me dijo con la voz más rota aún— Se trata de ser o no ser amigas. Se trata de que por mucho que lo obviemos, el pasado viene siempre con nosotras y no puedo evitar mirarte y ver… Ver a alguien que me volvió completamente loca y me fascinaba. Y no quiero cometer una locura, no quiero jugar con un fuego que sé que no voy a poder controlar, porque le quiero—volvió a mirar a Jesse.—Porque él no merece algo así. Y tú tampoco. No… No mereces que te siga el juego de alguna forma, y luego termine enfadándome como lo hago. Te juro que mi actitud de hoy me dolía más a mí que a ti, pero estaba enfadada conmigo misma. Y a la vez me sentía mal con Jesse, con Robert… No estoy preparada para verte así, como si nada, como si para ti no tuviese importancia, porque me enfada aún más. Porque me siento idiota creyendo que solo yo sé que lo que hacemos no es normal entre dos amigas.

—Tendría que haberlo supuesto… Pero no he querido verlo antes, Rachel. Lo siento.

—No, no es tu culpa. Nadie me ha obligado a nada, nadie me ha…

—Dime, ¿qué quieres que haga para solucionar esto?—la interrumpí siendo consciente de que volver a escucharla, no haría otra cosa más que romperme más de lo que ya estaba. Porque no podía debatirle una sola palabra, y porque no me sentía con fuerzas para verla de aquella manera.

Fue curioso, porque a pesar de que ya había empezado a asimilar que tenía celos de Jesse por estar con ella, en aquel instante sentí verdadera vergüenza por pensar así de él. Porque se querían, porque su vida juntos era como ambos querían que fuese, y yo no había hecho otra cosa más que colarme entre los dos, sin contemplaciones, sin pensar no solo en sus sentimientos, sino que tampoco tuve en cuenta a Robert.

Tal vez lo nuestro estaba en un punto de no retorno, o quizás con un poco de paciencia las cosas volverían a ser "normales", si es que alguna vez lo fueron, entre nosotros, pero no merecía que lo tratase como lo estaba haciendo. No cuando siempre había sido honesta y sincera con él.

—Quinn yo… No te puedo pedir nada más que seas consecuente con tus actos, al igual que yo lo voy a ser con los míos. Tal vez deberíamos tomar medidas y… Bueno, darnos un tiempo.

—Darnos un tiempo…—Susurré viendo como el brillo de sus ojos presagiaba algunas lágrimas a punto de caer—Quieres que me aleje de ti.

—Quiero que guardemos las distancias. No, no quiero perderte, Quinn—añadió con la voz entrecortada y la primera de las lágrimas cayendo.—Pero si sigo teniéndote tan cerca, no puedo asegurar que no me queme. Y te juro que no podría vivir con esa carga. No podría vivir sabiendo que le estoy haciendo daño a Jesse.

No dije nada. Simplemente asentí y me tomé la libertad de llevar a cabo un último gesto que, a juzgar por la conversación, no volvería a repetirse en mucho tiempo. O eso creí. Llevé mi mano con delicadeza sobre su mejilla y sequé la lágrima que se desbordaba de sus ojos antes de que cayese sobre sus rodillas.

—No me odies, por favor—añadió casi en súplica, y yo no pude más que sonreírle para que se tranquilizara, a pesar de las inmensas ganas de llorar que también sentía, y el odio profundo que empezaba a adueñarse de mi mente por mí misma, por haber permitido que la ignorancia se adueñara de mi consciencia cuando estaba a punto de arruinar la vida de tres personas que, de diferentes maneras, ya eran importantes en mi vida.

—Jamás haría algo así, Rachel. No podría hacerlo ni aunque quisiera.

—No quiero que pienses que te quiero lejos de mí porque seas mala influencia, realmente me gusta estar contigo, me encanta verte y hablar contigo de nuestras cosas, y que confíes en mí como ya haces. No, no he parado de darle vueltas en todo el día, Quinn… Sé que de alguna manera te he servido de ayuda, que no lo estás pasando bien con Robert y has buscado mi apoyo. Yo no quiero quitártelo, no quiero dejarte sola, te lo juro… Pero es que no sé qué hacer si no es eso. Es superior a mí.

—Shhh—susurré hasta obligarla a guardar silencio— Has hecho por mi más de lo que nadie nunca antes hizo. No tienes que preocuparte más, ¿Ok? Yo te voy a dar ese tiempo, ese "espacio" que ambas necesitamos. Porque yo también necesito poner mis ideas en claro y no dejarme llevar como lo he estado haciendo.

—No quiero que te sientas solas.

—No lo haré.

—¿Me lo prometes? ¿Me prometes que si te sientes sola, me lo dirás?

—Te lo prometo, aunque ya has visto que no se cumplir promesas…

—Sí, sí que sabes cumplirlas. De no saber hacerlo, anoche…

—Anoche nada. Bailamos y dormimos como dos amigas—insistí, aunque simplemente lo hice por evitar que siguiera sintiéndose mal. Ambas lo sabíamos y éramos conscientes, con la diferencia de que yo simplemente ignoré las consecuencias que podría acarrearme. Ella no, ella se dejó llevar hasta que casi rozar el límite, y luego la culpa la cegó y la mantuvo enfadada consigo misma hasta que apareció Jesse, recordándole que él era el hombre de su vida, el que nunca la había ni la iba a dejar sola, y el que siempre cumplía sus promesas.

Tal vez su actitud fue un tanto indecisa durante aquel día, llegando a desconcertarme tanto que hubo momentos en los que realmente empecé a sentirme ofendida, pero lógicamente, y después de escucharla, no pude más que empatizar con ella y comprenderla. No podía culparla o recriminarle absolutamente nada, porque no sentía que tuviese culpa alguna ni que estuviese delegando esa responsabilidad exclusivamente sobre mi persona. Simplemente se sentía mal y un tanto perdida por no saber exactamente qué debía hacer, hasta que llegó a aquella lógica conclusión, probablemente improvisada en aquel instante.—No quiero que vuelvas a pensar en ello. No hicimos nada de lo que tengamos que arrepentirnos, y tu consciencia debe estar tranquila.

—Es lo que me repito constantemente, pero no funciona.

—Funcionará—volví a sonreírle—Solo vuelve a la cama, deja de pensar y duerme con él. Es lo que quieres y deseas. Él ha venido para estar contigo, así que vamos… Deja que tu mente descanse y disfruta de su presencia.

—Pero tú…

—Yo estaré bien. Aunque no lo creas, éste día, lo que nos ha pasado y que Robert esté aquí, me ha ayudado a abrir los ojos por completo.—Le confesé.

—¿Para bien o para mal?—me cuestionó y yo afiancé la sonrisa, sabiendo que mi respuesta le valdría para descansar.

—Para bien—le dije, y no le mentí. Tal vez el resultado de esa premonición que me mantuvo preocupada durante todo el día fue el negativo, el que más daño me iba a provocar. Pero averiguarlo, a pesar del dolor, era algo positivo. Porque me ayudó a comprender dónde radicaba el verdadero problema que me alejaba de Robert. Aceptarlo era primordial para afrontarlo, y lógicamente, buscar la solución.

—¿Seguro? ¿No me mientes para que me quede tranquila?

—No, no te miento—añadí—Vamos, vuelve a la cama...

Y eso hizo.

No hubo una sola palabra más entre nosotras durante aquella noche. Rachel simplemente me miró por algunos segundos y rompiendo todos mis esquemas, se aventuró a abrazarme antes de abandonar el sofá y volver a su lugar junto a Jesse, al que debía ser su remanso de paz y tranquilidad. A su zona de seguridad. Y yo no pude hacer otra cosa más que mirarla, ver como se recorría toda la habitación sin provocar ruido alguno, y se colaba entre los brazos de su marido, que en ese instante, tal vez por el calor de su cuerpo, se giró hacia ella y la abrazó reclamando su presencia, recordándome sin siquiera ser consciente de ello, que era allí donde Rachel pertenecía, que eran sus brazos los que tenían que darle cobijo y cuidarla como solo ella merecía. Sin embargo, y a pesar de ese gesto, fui yo quien sin merecerlo, se llevó el más valioso y preciado regalo que podía entregarme. Porque Rachel permitió que los brazos de Jesse la llevasen a él en pleno sueño, pero sus ojos no dejaron de guiarme en la oscuridad de la habitación, y se mantuvieron sobre mi persona hasta que el sueño nos venció.

No recuerdo mucho más de aquella noche, solo que mi lado de la cama guardaba únicamente mi calor, porque Robert dormía en un mundo aparte cada vez más lejano al mío. Y sus ojos, los de Rachel, esos ojos que a pesar de no contener estrellas binarias tenían el brillo de cien mil galaxias, clavados en mí, mirándome a través de la oscuridad una vez más y frente a frente, aunque en distintas camas y siendo conscientes de que, probablemente, aquel encuentro que ya duraba casi dos meses, al igual que los otros parecía también tener un final.