Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rochelle Allison, yo solo la traduzco.


BRIGHTER

Capítulo veinticuatroPaquete

Tras dejar la casa de mis padres, había vivido en varias residencias hasta el día en que Pete y yo decidimos buscar nuestra propia casa. Ese apartamento fue el primero que decoré, lo que es probablemente la razón por la que dejarlo había sido un poco agridulce para mí. Eso y saber que Pete y yo habíamos terminado.

Pero ahora tenía mi propia casa, una pequeña entre árboles frutales y las hijas de mis amigos jugando en el jardín.

Podía verme fácilmente quedándome en el apartamento junto a los Whitlock durante una buena temporada. No tenía ni idea de si y cuando Edward y yo viviríamos juntos y, la verdad, no estábamos cerca de ese momento. Honestamente, estaba entusiasmada por tener mi propia casa, algo que pudiera decorar como quisiera.

Además de lo que había enviado desde Seattle, la mayoría de mis cosas venían o del mercadillo o de Alice y Jasper. Además del futón que nos había dado a Pete y a mí en su momento, Tyler también me consiguió un viejo escritorio del que un amigo suyo iba a deshacerse. Tenía lo suficiente para convertir mi casa en un hogar, y me encantaba encontrar cosas nuevas y únicas con las que llenarlo.

Tras ver lo mucho que me gustaba mi pulsera de chaney, Edward, Alice, Jasper y yo fuimos a buscar trozos a ciertas playas y campos que eran conocidos por tenerlo.

También me encantaba coleccionar conchas y cristales marinos. Solía poner lo que encontraba en tarros que colocaba por toda mi habitación. A veces, cuando la luz daba de la forma justa, brillaba a través del cristal y creaba unos bonitos patrones en la pared.

Incluso empecé a hacer pequeños tarros de regalo para enviarlos a casa a mi madre, Angela y Jessica. Angie estaba determinada a volver en verano y traer a Ben. Jess, que no quería perdérselo esa vez, estaba aparentemente ahorrando para poder venir también.

Esperé que pudiera venir. Mi afecto por St. Croix no hacía más que crecer y quería compartirlo con todos.

* . *

Una cuchara se extendió hacia mí, distrayéndome del mensaje que estaba escribiendo.

―Prueba.

Tomé un bocado del chili de Edward, murmurando mi contento.

―Oh cielos ―dije, asintiendo―. Está perfecto.

―Bien. ―Él probó un poco, entrecerró los ojos pensativamente y luego volvió al cazo, volviendo a añadir especias. Yo me bajé del taburete y fui a la nevera, cogiendo el trozo de queso cheddar que habíamos comprado antes.

―Voy a empezar a rallar esto ―dije, rebuscando en un cajón el rallador.

―Siguiente cajón ―dijo, removiendo el contenido del cazo.

Encontré el utensilio que necesitaba y me puse a trabajar, creando una fina montaña de queso para echarlo sobre el chili. No tenía duda de lo delicioso que estaría el chili de Edward, pero me encantaba el queso y me gustaba ponérselo a todo lo que podía.

Por suerte, Edward era igual.

Mientras tanto, el delicioso aroma del ajo llenó la habitación, haciéndome la boca agua. Edward sacó del horno la bandeja del pan de ajo que había hecho y yo cogí nuestra ensalada de la nevera. Era una cena de reyes, nuestra celebración por la libertad parcial de Edward de sus deudas.

Antes le había enviado un cheque a su padre, terminando de pagarle lo que le faltaba. En ese momento, lo único que le quedaba era el préstamo bancario. Según Edward, eso estaría pagado a mitad del año siguiente. Estaba entusiasmada y orgullosa de él, sabiendo lo mucho que significaba para él ser responsable y financieramente estable. Yo sentía que iba a pasar el resto de mi vida pagando mis préstamos estudiantiles.

―¿Dónde está el paquete de aderezo balsámico que venía con esto? ―pregunté, buscando en la nevera.

―He tirado esa mierda ―dijo Edward, resoplando―. Yo hago mis propios aderezos.

―Oh ―grité, llevándome la mano al corazón―. ¡Bueno, señor cocinero! Por favor, dígame dónde se esconde este aderezo gourmet.

―Segundo estante empezando por el final ―dijo engreído.

Sonriendo, saqué la pequeña botella de su escondite y la puse sobre la encimera.

―Te dejaré ponerlo. Seguro que sabes cuál es la forma apropiada de hacerlo y todo.

―Listilla. ―Rio, apagando el quemador y moviendo el humeante cazo de chili―. Vayamos fuera mientras esto reposa.

Asentí, dándole una copa de vino.

Fuera, la noche era cálida y con una agradable brisa. Nos sentamos en la mesa en que me había besado por primera vez -pensaba en ello cada vez que salíamos allí.

―Esto es tan pacífico ―dije, suspirando feliz―. Me encanta.

―Tu casa también está muy bien ―dijo Edward―. Me gusta estar allí.

―Oh, a mí también me gusta ―dije rápidamente, asintiendo―. Me encanta. Pero aun así... Puedo imaginar como ha sido crecer aquí. ¿Hacíais fiestas cuando tus padres se marchaban?

―Puede que una o dos veces ―dijo con una risita―. No se iban mucho, no juntos. Lo cierto es que tomábamos toda la isla en lo que se refería a tonterías de adolescente.

―Apuesto a que sí. ―Le eché una mirada, tomando un trago de mi vino. La edad legal para beber en las islas eran los dieciocho años y la actitud hacia el alcohol era muy relajada en general. El resultado era interesante: por un lado, parecía que todo el mundo bebía todo el tiempo, era socialmente aceptable a casi cualquier edad y hora; pero, por otro lado, no era para tanto. Recordaba lo locos que habían estado los estudiantes en la universidad en los Estados, sobre todo el primer año. El alcohol, el sexo y las drogas habían sido un poco excesivas y, aunque yo no había sido un angelito, no había perdido tanto la cabeza como otros. Me pregunté si una actitud relajada hacia ciertas cosas las hacían menos atractivas para la gente...

―Lo pasábamos bien ―dijo Edward―. Este ha sido un gran lugar en el que crecer.

Volví a mirarle. Él miraba hacia el mar, puede que perdido en sus recuerdos.

―¿Cuándo te mudaste aquí?

―El verano antes de séptimo. Al principio lo odiaba, pero no me llevó mucho tiempo... entenderlo.

Asentí, metiendo las piernas debajo de mí.

―Debió de suponer un gran choque cultural cambiar Chicago por esto.

―Lo fue. Completamente. Pero conocí a Jasper muy pronto, y a sus amigos y, aunque todo aquí abajo era diferente, algunas cosas eran igual. Eran skaters, como yo. Y me enseñaron a surfear. No hay muchos sitos para hacer surf en St. Croix, pero los que tenemos están bien. Olas pequeñas, pero consistentes y que se pueden montar.

Un par de álbumes que había dentro de la casa contenían fotos de Edward, Jasper y los otros chicos de su edad. Sonreí, pensando en su pelo largo y desteñido por el sol, colgándoles por la cara como si fueran unos malotes.

―Seguro que eras muy mono ―dije.

Él rodó los ojos y se levantó, estirando los brazos sobre su cabeza.

―Muy supermono.

Solté una risita, terminándome el vino. El sol se había puesto, haciendo que las cosas doradas pasaran a ser de un suave gris.

―Voy a entrar antes de que lleguen los mosquitos.

―Iré en un momento ―dijo, todavía mirando en la distancia.

Una vez dentro, le miré desde la ventana de la cocina. Me gustaba todo de él, todo lo que era, todo en lo que aquella vida le había convertido... No dejaba de fascinarme. Entendía entonces que, aunque era una persona relajada y tolerante, no entregaba su amor y confianza libremente, y sabía lo especial que era que me hubiera dado esas cosas.

Se dio la vuelta para volver dentro. Sus ojos se encontraron con los míos y algo pasó entre nosotros -un conocimiento, tal vez. Mi corazón tembló en mi pecho, pesado y ligero al mismo tiempo.


¡Hola!

Como os prometí, aquí teneis otro capítulo.

¿Qué os ha parecido? Estoy deseando leer vuestras opiniones.

Ya no voy a poder actualizar hasta el miércoles o el jueves, así que ¡Feliz Año Nuevo a todas! Espero que lo paséis muy bien y que tengáis una salida y entrada de año estupenda.

¡Nos vemos en el 2020!

-Bells :)