-Técnica especial -murmuró la pelinegra. La silueta de un dragón, rodeado por un aura azul, crecía a sus espaldas, mimetizándose en las penumbras, y sus ojos, tan azules como el agua, irradiaban la misma ira de su creadora-. Aguas turbias...

El gólem sentía que algo ascendía por su cuerpo, pero a causa de la oscuridad y su ceguera, no podía determinar qué. Abrió la boca para rugir, cosa que no le resultó, puesto que el agua turbia entró por ésta, impidiéndole realizar cualquier clase de sonido. El aire comenzó a faltarle y ni hablar del movimiento, el agua lo había regresado a su estado original: una inerte estatua.

La diferencia era que no era por voluntad propia o por ya no dar más. El poder de esa niña le impedía por cualquier lado.

-Ya verás -espetó Makoto, aún siendo consciente de que el gigante no podía escucharla-. Esto es lo que pasa cuando atacas a mi hermano o a mis amigos.

La sensación de estar bajo el agua oscura era desesperante, era como estar en una prisión: una celda que te mantenía inmovilizado, debilitado y te arrebataba todas las posibilidades de respirar. Era como haber vivido horas en las profundidades del océano, hasta ya no poder más.

Los chicos, por supuesto, no se veían afectados por la técnica, tampoco podían ver lo que ocurría debido a la oscuridad, sólo podían escuchar el ruido del agua, que de un momento a otro apagó los alaridos del gólem, así que suponían que la pelinegra estaba haciendo de las suyas. También podían oler el fétido aroma de aguas contaminadas con un centenar de cadáveres en plena descomposición, sólo que en lugar de aquello, estaba una figura de un gran tamaño que podría simular esa cantidad hipotética.

Las siluetas de varios dragones se enredaban en toda la anatomía rocosa, aplicando presión hasta desprender sus piezas. La estatua no lo sentía: su cuerpo estaba totalmente entumecido. El agua había nublado todos sus sentidos.

Makoto lo miraba, ahogada en la ira y en la pena.

"Mamá, el abuelo..."

"¡Mamá!"

-¡¿Qué?! ¡¿Qué pasa?! -Atsuko llegó corriendo, alarmada por el grito de su hija, y viendo a su primogénito buscando el pulso del anciano en su muñeca.

-¡El abuelo no respira! -Makoto se deshacía en lágrimas.

-¡Kyoichi, llévate a tu hermana!

-¡No! ¡Abuelo! -gritaba la niña, siendo levantada en los brazos del rubio.

"Makoto... de verdad... ¿no recuerdas nada?"

-Lo recuerdo -musitó.

Iba cayendo cuando volvió en sí. Cuando tocó el suelo, ya no estaban en un vaso de agua oscura, o en una pecera, o en las profundidades del océano. El agua se dispersó apenas tocó el suelo, porque ella acabó con el efecto en cuanto se dio cuenta de que el gólem ya no tenía fuerzas para luchar, que ella le quitó hasta la última gota.

La estatua se veía agotada. Permanecía quieta en el piso, con la cabeza gacha, y no parecía hacer ningún esfuerzo en moverse. Sería un error bajar la guardia.

Así que Makoto sacó su arco y creó una flecha con su elemento, ya que había perdido todas, y apuntó a la cara del ser, en espera de que levantara la cabeza para por fin darle a su cuello, y de paso, verle la cara, lo cual pasó. Su expresión de dolor, de nostalgia, no la retuvo, tampoco las lágrimas que nublaron su vista, ni su cuerpo que comenzaba a temblar.

Finalmente, cerró sus ojos y soltó la flecha de agua, la cual atravesó sin problema el cuello del ser y desapareció en cuanto logró el efecto que quería.

Lo que antes era piedra se volvió un halo de luz que inundó la habitación, cegando a todos, pero Makoto se mantuvo mirando al frente, sin importar si quedaba ciega después de eso.

Sólo necesitaba verlo, aunque fuera una última vez.

La nostalgia se instalaba en su pecho mientras veía a ese anciano, de traje blanco y ojos vendados, mimetizándose con sus canas y lo blanco de su tez, caminando a paso lento en su dirección, apenas sosteniéndose con el ya conocido bastón, ése que ya era parte de él, que lo caracterizaba, tan así que imaginarlo sin él era extraño, inusual.

La angustia la invadió cuando lo vio perder el equilibrio y caer al suelo. La alarmó, pero ¿qué podía hacer? Si estaba viendo a un fantasma.

No pudo contener el sollozo que se le escapó cuando vio la sonrisa débil que le dedicaba, a pesar de que se estaba desvaneciendo frente a ella, en humo negro, siendo succionado por el encapuchado, quien sólo le dedicó una sonrisa siniestra y desapareció.

Su mirada nuevamente se posó en el sitio donde había visto a su abuelo. Parecía feliz a pesar del cansancio, por lo menos hasta que llegó Phantom a arruinarlo. Apretó los puños, clavando sus uñas en sus palmas y sus nudillos se volvieron blancos, y apretando los dientes, trató de contener las rebeldes lágrimas de amargura, que decidieron ir en contra de sus deseos y dejar que ella liberara su rabia.

-Abuelo... -musitó-. Tsk.

-¡Makoto! -escuchó gritar a Sho, mientras varios pasos se acercaban a ella con rapidez.

Cubrió su rostro con sus manos, tratando de contener sus lágrimas. Sin embargo, el temblor de su cuerpo la delataba.

-Makoto -la llamó Kakeru, con un deje de preocupación, mientras veía a su amiga aferrarse al cuerpo de su hermano, quien sólo podía abrazarla.

Y es que ¿cómo le dices a alguien que no tiene la culpa por asesinar a otro cuando ni tú mismo te convences de tu inocencia?

Para el resto, era vivir un déjà vu. Lo que vieron con el rubio, lo veían con la menor, cuya angustia era contagiosa y era palpable en su llanto la magnitud con la que recibió el golpe.

-Lo siento... -logró formular.

-Tranquila -la consolaba el mayor.

-Lo siento...

El resto no entendía ni una palabra de lo que decían, pero no hacía falta; con sólo ver la escena y notar cómo Makoto calmaba de a poco su llanto ya se hacían una idea.

-Mamá me va a odiar...

-No te va a odiar, Makoto, tranquila -la niña alzó la mirada para posarla en sus ojos. Sus dedos metálicos limpiaron delicadamente los rastros de lágrimas de sus mejillas, pese a que amenazaba con soltar todavía más-. Todo va a estar bien, ¿de acuerdo?

-Hermano...

-No te voy a dejar atrás.

Makoto asintió, sin dejar de llorar, ocultando su rostro en su pecho, y el chico no la iba a soltar hasta que estuviera seguro de que se hubiera calmado. Eso iba a tomar un buen tiempo.

-Chicos -dijo Sho-. Mientras Makoto se calma, quizás un grupo podría avanzar.

Los chicos se miraron los unos a los otros, con expresiones de duda y preocupación.

-Suena bien -dijo Koei-, pero no parece muy apropiado que un grupo avance mientras el resto queda atrás, la idea es ir todos juntos.

-Concuerdo -dijo Arthur-. Además, si a ese grupo le pasa algo, el resto tendrá la culpa por no hacerse responsable, por dejarlos ir solos, independiente de que sepan defenderse.

-El gólem nos hizo polvo, ¿qué nos asegura que podremos hacerlo? -espetó Gabu-. Quizás suene pesimista, pero todo tiene un límite, aunque podamos soportarlo, y ahora mismo, nosotros debemos tener más de un hueso roto.

-Además de que Shido y Taiga abusaron de sus poderes para curar nuestras heridas -dijo Kakeru.

Se sumieron en un silencio sepulcral, cada uno esperando una respuesta coherente. Sin embargo, no había, porque ninguno sabía qué hacer.

-¿Cómo estás? -Taiga se dirigió a su amigo, quien se encogió de hombros.

-Bueno...

-¿Te sientes bien? -Arthur preguntó, preocupado, pues temía que el chico volviera a caer.

-Sí, sólo... es extraño.

Era extraño porque encontraste el cadáver de tu abuelo esa vez.

Era extraño porque te acabas de enfrentar a él.

Era extraño porque te derrotó, y cumplió su objetivo de hacerlo.

Era extraño porque nuevamente lo veías morir, y eso que era natural.

Tal vez así se veía cuando se enfrentó a Saiko.

-Oigan -dijo Kakeru, llamando la atención de todos-, si esto ya terminó, ¿qué sigue?

-Shido y Makoto ya cayeron -acotó Koei-. Entonces, le toca a Sho -las miradas se posaron en el castaño.

-Pero no sé a qué me voy a enfrentar -dijo el niño-. No recuerdo haber hecho algo que me hiciera sentir culpable.

-Supongo que lo sabrás al momento de enfrentarte a ese "algo" -dijo Arthur.

La atención volvió a los hermanos Shido. Makoto limpiaba sus lágrimas mientras el rubio acariciaba su cabeza y le susurraba algo, a lo que la niña asentía. Apartó su mano y la pelinegra volteó a ver al grupo. Todavía se veía el dolor en su mirada, sus ojos estaban hinchados, pero poco a poco iba apareciendo la rabia.

-Hay que seguir.

-¿Estás segura, Makoto? -preguntó Sho, preocupado.

-Puedes tomarte tu tiempo, esperaremos -dijo Kakeru.

-No, hay que seguir, no hay tiempo -espetó.

Comenzó a caminar hacia la puerta que había desbloqueado cuando derrotó al gólem. Los demás la siguieron con la mirada y luego a Kyoichi cuando éste también fue en esa dirección.

-Shido -lo llamó Arthur.

-Va a estar bien -fue lo único que dijo, y los demás no tuvieron más opción que seguirlo.


-¡Vayan todos a refugiarse y no se asomen por ningún motivo!

Las tropas disparaban y disparaban y los ataques del enemigo seguían. La protección con los escudos no durarían mucho, las balas tampoco, así que pronto deberían esconderse en el interior de la base y tratar de atacar desde ahí.

Una de las criaturas lanzó un objeto que explotó apenas tocó la superficie, destruyendo parte de la base e hiriendo a una buena parte de las tropas. Las cazadoras aprovecharon de ingresar a destruir todo lo que hallaban a su paso.

-Comandante, el enemigo ha ingresado -avisó uno de los soldados-. Se solicita bloquear todas las vías al laboratorio y subterráneo.

-Entendido -habló el comandante por el parlante-. ¡Todos a refugiarse! -se dirigió a la gente que lo rodeaba.

Sin perder el tiempo, los guardias comenzaron a correr, yendo todos hacia distintas direcciones a resguardar a la gente, mientras otros se encargaban de sellar hasta la vía más mínima que pudiera servir como atajo para el enemigo.

Contrario a ellos, Hitomi corrió fuera del laboratorio. Nadie pareció notarlo, excepto Amaya, quien la siguió, temiendo por su salud física y mental.

-¡Hitomi, espera! -la platinada cada vez se alejaba más en la carrera que se pegaban, y es que, a diferencia de ella, Amaya no tenía muy buena condición física, por lo que se cansaba con facilidad.

Aunque en momentos como ese, se arrepentía de no haber hecho caso en clase de Educación Física cuando la obligaban a correr.

Siguió corriendo, de todas formas, pero el peso en sus piernas se volvía cada vez mayor y más le imposibilitaba seguir, así que se detuvo. Hitomi, por su parte, siguió corriendo hasta que se dio cuenta de que ya no se oían los pasos detrás de ella, cosa que la preocupó y la obligó a voltear para ver a su amiga, apoyando su peso en sus rodillas, jadeando de cansancio, así que regresó a su lado a ver cómo se encontraba.

-Amaya...

-Es peligroso, Hitomi -jadeó la emo-. Si te pasa algo, nada asegura que alguien va a estar ahí para salvarte.

-Lo sé.

-Kyo no se lo perdonaría, Taiga menos, siendo sincera, creo que ninguno-

-Amaya-

-No -la cortó-. Los chicos ya perdieron a una amiga, y si te pasa algo, eso los va a destruir. Si quieres luchar, adelante, hazlo, no tienes que pedirle permiso a nadie, pero quiero que prometas que esta no va a ser la última vez que te vea con vida.

Hitomi miraba a esa chica de aspecto rudo y amenazante. La primera vez que la vio, habría pensado que jamás se relacionaría con alguien que llevaba esa apariencia tan "delictiva", pero vaya que la sorprendió. Daba igual si antes la chica se mostraba reacia a pasar tiempo con ellos.

-Llegaré a salvo -afirmó-. No te preocupes, sólo iré a ayudar; a la primera señal de peligro, regreso, ¿bien?

Amaya dudó, pero asintió. Después de todo, Hitomi era una chica fuerte y hasta el equipo se lo reconocía. No podía dudar de sus capacidades.

Finalmente, se separaron. Hitomi siguió el camino hacia donde iba, mientras que Amaya regresó al laboratorio. Podía haber ido a ayudar a gente que lo necesitaba, pero en el caso de correr, dudaba que hubiera sido de ayuda.

-¿Cuántos han sido afectados por la explosión? -inquirió el comandante.

-Son cuarenta soldados, confirmados.

-Demonios... -maldijo. Volteó a ver a Sawada-. Sawada, necesitamos refuerzos.

-De inmediato -el sujeto estuvo a punto de marcharse cuando una mano lo detuvo.

-No tan rápido -esa voz femenina lo dejó pasmado.

-Yuki...

-Señorita Yuki, ¿en qué momento...?

-No hay tiempo para explicar, la Zona X está en peligro -miró a Sawada-. ¿Contactaron a los chicos?

-No hemos podido, las señales están cortadas.

-Bien, entonces hay que poner en marcha el plan B.

-¿Plan B?

-¿Cuál es el plan B? -preguntó el comandante, a lo que Yuki sonrió.

-Es un poco doloroso, pero efectivo.

Mientras tanto, el equipo Idaten iba caminando por una habitación, guiándose por la única vía existente. Pensaban que, al ser una isla tan grande, sería un laberinto y no avanzarían nada, pero ya no sabían si seguir pensando eso después de media hora -quizás- de correr y caminar y deshacerse de las criaturas que aparecían en el camino.

-¡AH!

Todos voltearon al oír el repentino grito de Taiga, quien se retorcía en el suelo, agarrándose la cabeza.

-¿Qué pasó? -preguntó Koei.

-¿Es por el lugar? -preguntó Sho, mirando a su alrededor.

-No lo creo -dijo Kakeru.

-Ch-Chicos -tartamudeó el pelinegro, aún adolorido, llamando la atención de los demás.

-¿Qué pasa, Taiga? -preguntó Sho, acercándose al chico para ayudarlo a levantarse.

Taiga jadeaba de cansancio, cosa que no había hecho ni durante la batalla. Se notaba que estaba cansado, pero en ese momento, no parecía tener relación con todo el esfuerzo que puso en esa misión.

-La base... enemigo... -soltaba entre jadeos.

-¿Qué? -preguntaron todos al no entenderle.

El chico se tomó su tiempo en recuperar el aliento para mirar a todos a los ojos y ser capaz de decir, sin tartamudear, en un hilo de voz-: Algo ocurrió en la base.

De vuelta en la base, cuando ya todas las vías fueron bloqueadas, las tropas se mantuvieron disparando, esta vez con más refuerzos, como el comandante lo pidió. Mientras tanto, Yuki se encargaba de que el mensaje hubiese llegado a los chicos; cuando se aseguró de que fue así, junto con Sawada fueron a resguardar a la gente.

Una explosión sacudió la isla. El sismo duró más de un minuto. Las alarmas se activaron. La gente perdió el equilibrio, incluso algunos tuvieron que suspender lo que hacían para que los equipos no sufrieran daños.

-¿Falta gente? -preguntó Hitomi.

Se encontraba con Gia en el subterráneo, lugar donde habían ocupado hasta el más pequeño rincón como resguardo, tanto que caminar era difícil y por poco necesitaban saltar. Pisar a la gente era una buena opción, pero causar dolor a gente inocente no era opción.

-Quizás -dijo Gia-. De todas formas, recibimos órdenes de que, si alguien quedaba afuera, se dirigiera al laboratorio.

-Ya veo -se colgó una bolsa con flechas al hombro y agarraba un arco.

-Ten mucho cuidado.

-Lo tendré -comenzó a caminar hacia las escaleras-. Nos vemos.

Ir por las escaleras era el camino más largo, pero más seguro. Tomar el ascensor no era la mejor opción en momentos de crisis.

Por otro lado, Gia cerró las compuertas apenas la platinada desapareció de su campo de visión. Los guardias que la acompañaban siguieron el mismo proceso. Ahora, sólo podían quedarse ahí, cuidando a la gente, mientras esperaban que todo acabara.

La guerra había levantado una nube de polvo que les dificultaba la vista, y el humo de las llamas infernales que había a su alrededor no mejoraba la situación, además, el enemigo parecía tener la ventaja, independiente de estos hechos.

Los soldados comenzaron a usar los escombros de la base como trincheras, pese a que no era la mejor táctica para atacar al enemigo, como defensa, había tenido resultados favorables, aunque la cantidad de muertos había aumentado por unos cuantos números.

Lo malo era que, por la visual, tenían que hacer que las criaturas se les acercaran y arriesgarse a salir lastimados para poder dispararles a su cuello, y contrario a ellos, el humo no las afectaba, así que eso no las detenía para lanzar bombas con el claro propósito de matarlos.

-¡Miren, el polvo se está disipando!

Efectivamente, ya no era difícil mirar. Podían ver perfectamente dónde estaban, cuántos heridos había, qué tan cerca y qué tan lejos estaban algunos seres. Podían ver el estado en el que se encontraba todo.

En total destrucción.

Voltearon a ver por curiosidad hacia dónde se había ido el humo y grande fue su sorpresa al ver que algo, o mejor dicho, alguien, había hecho de él un tornado, que se llevó a varias criaturas a su paso.

No podían describir el alivio que sentían al ver al ninja.

En ese momento, algo atravesó el cuello de la mayoría de las criaturas, matándolas de forma instantánea y desapareciendo en el ya conocido humo oscuro.

-Perdón por llegar tarde -los soldados voltearon justo para ver a una de las cazadoras reducir su tamaño y transformando su aspecto.

-Suiren... tú...

-No hay tiempo para explicar -lo cortó.

Un grito los distrajo, seguido de algo que saltó sobre ellos y que aterrizó con fuerza en el suelo, causando un terremoto. De las criaturas que quedaban, la mayoría cayó al suelo, otros lograron mantenerse, pero con sólo concentrarse en eso ya les daba desventaja, ya que algo aprovechó de atacarlos. Lo que en un principio era una ola gigante de la que no alcanzaron a escapar, se transformó en oscuridad, semejante a las profundidades de un océano sin luz, y cuyo ambiente era desesperante al no hallar salida.

Las tropas vieron una especie de fénix pasar por el agua, cercenando a su vez a todas las criaturas encerradas ahí.

El Equipo Idaten había llegado, como siempre, justo a tiempo. Tal vez no lograron salvar a muchos de ellos, pero aún podían proteger lo que quedaba.

-Bien hecho -los halagó Suiren, cosa que hizo sonreír al equipo.

-¡Ja! ¡Ahora están perdidos! -exclamó un soldado herido.

Entre los pocos seres que lograron escapar de los ataques, la figura del fantasma de la capa negra hizo su aparición, pasando desapercibido a simple vista y mirándolos con una expresión de furia. Chasqueó sus huesudos dedos y desapareció, al mismo tiempo que se multiplicaba el número de monstruos. Tanto las tropas como el equipo lo notaron y se pusieron en estado de alerta.

-¿Cuántos soldados van? -preguntó Arthur.

-Cuarenta y nueve, confirmados -respondió uno de los soldados-. La mayoría están heridos, desconocemos si de gravedad, e ilesos deben ser muy pocos.

-Bien.

-Déjennos el resto a nosotros -dijo Koei.

-Pero... ¿qué hay de ustedes? -preguntó el mismo soldado, notablemente nervioso.

-Nosotros iremos en cuanto acabemos con ellos -volvió a hablar el caballero-. Enviaré a alguien para que los lleve a curar sus heridas.

Los soldados dudaron, pero los chicos tenían razón, a pesar de que se veían tan destruidos como ellos. Sin embargo, ellos todavía podían mantenerse en pie. Si no estuvieran tan confiados de sus capacidades y si el personal de la base no confiara en ellos, habría sido distinto. Cualquiera habría arriesgado la vida por ellos, hasta el más débil, el menos capacitado para pelear, incluso si los mismos arriesgaban la vida tanto por su propio equipo como el personal que dirigía en la base.

Mientras Taiga abría portales a los que estaban inconscientes o muy malheridos, con mucho esfuerzo, unos cuantos lograron meterse entre los escombros hasta llegar a uno de los tantos pasillos que quedaron intactos, mientras otros se las ingeniaban para protegerse de los ataques y trataban de salvar a unos pocos de su séquito. Eran muchos y probablemente debían sacrificar a algunos, o sacrificarse ellos mismos, pero lo cierto era que ninguno estaba dispuesto a dejar a nadie que no estuviera muerto atrás.

Así que el pelinegro abría la mayor cantidad de portales posibles con el poco tiempo que tenía de distraerse del enemigo, mientras luchaba con sus amigos y esquivaba los ataques, a la vez que Kakeru se dividía entre la lucha y mover los cuerpos de lugar. Dejaron de hacerlo cuando sintieron que ya no podían más, abusaron mucho de sus poderes, así que decidieron salir del campo y no retrasar a sus compañeros, de paso, podrían ayudar a los heridos.

-¡Buena suerte! -gritó Taiga.

-¡Nos vemos en un rato! -gritó Kakeru.

Sin esperar respuesta, ambos desaparecieron en el portal. La atención del resto volvió a las criaturas que tenían al frente.

Kyoichi dejó salir un pesado suspiro, que no pasó desapercibido por sus amigos, pero no podían concentrarse en eso, y conociéndolo, él tampoco lo habría permitido. Prefería tragarse la angustia antes que preocupar al resto.

Separarse de sus seres queridos era difícil, sobre todo cuando había peligro.

-Vaya, ¿ya se rindieron? -preguntó una voz diabólica, y lo siguiente que vieron fue a Phantom aparecer a espaldas del rubio, quien saltó lejos de él-. Pero si ni siquiera empezábamos, aunque... está bien, yo en su lugar habría hecho lo mismo porque ¿qué sentido tiene pelear cuando no tienes potencial? Ni siquiera podrían sobrevivir a una hora de pelea, tendrían el fracaso asegurado.

-La verdad es que sí podrían sobrevivir -refutó Arthur-, aunque pierdan energía, pero no pienso gastar saliva en un sujeto como tú.

Phantom elevó una comisura de sus labios delgados en una media sonrisa, tan siniestra como la habitual suya, pero no sabían... esa tenía algo distinto, ¿sería lástima?, ¿burla?

-Eso ya lo veremos -dijo antes de desaparecer.

La atención volvió hacia las cazadoras, que sonreían de forma malévola, mirándolos como si fueran un delicioso plato de comida. Detrás de ellas, estaban las criaturas más grandes, esos mutantes, los que le arrebataron a uno de ellos su brazo derecho. Si miraban arriba, nubes, oscuras, parecía que se avecinaba una tormenta, un panorama catastrófico, pero algo lindo de ver si no fuera por esas criaturas que podían atacarlos desde arriba, volando.

Y la batalla comenzó.

Desde el interior, Sawada, Yuki, Miyu y unos cuantos guardias y enfermeros corrían por los pasillos oscuros, visualizando a lo lejos, para lo poco que podían ver, a sus colegas heridos. Taiga apareció de repente al lado de éstos.

-¿Están bien? -preguntó Yuki cuando llegó hasta el sitio.

-Señorita Yuki -Taiga se sorprendió de verla.

Claro, no la veía hace un buen tiempo y despertó hace poco. O al menos apareció hace poco, porque de despertar, llevaba mucho.

-Los chicos están afuera -avisó, ayudando a un soldado a levantarse.

Justo cuando terminó la frase, el piso se movió con brusquedad.

-Muy bien, hay que salir de aquí o el techo se nos va a caer encima -dijo Miyu, viendo con inseguridad los escombros que yacían suspendidos sobre ellos.

-Preocúpense de los demás -dijo el líder de las tropas.

-¿Seguro? -preguntó Sawada.

-Sí, el resto necesita más atención -miró a Taiga-. Chico, ¿crees que puedas hacer lo que hiciste hace un momento?

-¿Se refiere al portal? -inquirió el chico.

-Estamos contra el tiempo -espetó Miyu.

-Ah... sí -abrió el dichoso portal, dirigido hacia el área de salud de la base, por lo que los enfermeros se encargaron de los caídos mientras llevaban camillas para tratarlos.

-Jefe, ¿cree que pueda caminar hasta el laboratorio? -Sawada miró al líder en cuanto el portal desapareció, junto a Taiga.

-¿Olvidas con quién hablas, Sawada? -el sujeto le dedicó una sonrisa divertida, como si no tuviera importancia tener algunos huesos rotos, moretones y quizás alguna hemorragia, pero contagió a los otros su alegría.

Así que, con el resto ayudándolo a manejar su peso, se hicieron camino entre las sombras de los pasillos, de regreso al laboratorio y cuidando de que nada extraño apareciera de sorpresa. Bajar por las escaleras era la parte complicada de todo lo que debían caminar, como los ascensores no funcionaban -bueno, algunos sí, pero no era seguro-, debían asegurarse no sólo de mantener el equilibrio y el peso del líder, sino también el suyo propio por andar ayudando.

-Pise aquí, con cuidado -repetía Yuki a cada momento, con toda la paciencia del mundo.

-¿En qué piso estamos? -preguntó el líder.

Después de un tiempo caminando, se dieron cuenta de que la batalla había afectado hasta cierto punto sus sentidos visuales, por lo que el esfuerzo incrementaba el doble. Su vista era limitada, no lo suficiente para quedar ciego, pero era difícil cuando caminaban por los pasillos oscuros.

Era literalmente como ayudar a un ciego, pero seguramente cuando trataran sus heridas, todo volvería a la normalidad.

-Sería el piso que viene y el siguiente es del laboratorio -dijo Yuki-. Sawada, corrígeme si me equivoco.

-Tú nunca te equivocas, Yuki -rió Sawada.

-Si tú lo dices.

Tembló de repente. La costumbre a los sismos ya estaba, pero su pie resbaló del escalón en el que estaba firme. Sin embargo, reaccionó rápido y supo cómo evitar una dolorosa caída, apoyando su mano con fuerza en el suelo.

-Genial, despierto y ya estoy de nuevo a punto de morir -ironizó, a lo que los dos hombres rieron.

-Tan carismática como siempre.

Sin más, volvió a levantarse para seguir con la caminata. El resto del camino siguió sin problemas, a pesar de que el cuerpo de la pelirrosa temblaba de los nervios por la caída, y cuando llegaron al laboratorio, enseguida llevaron al soldado a tratar sus heridas.

Ambos sujetos miraron a su alrededor. La base era grande, por lo tanto, en muchos lugares, la gente tenía espacio donde refugiarse. Sin embargo, a causa de la emergencia, las puertas se cerraron en un abrir y cerrar de ojos, de modo que la solución fue refugiar a los que quedaron fuera en el laboratorio, el cual funcionaba como el último recurso de refugio en esas situaciones; todo el equipo, tanto médico como de rescate, estaba ahí y, además, como estaban los familiares de los chicos, ellos podrían tener novedades, a pesar de que los ponía de los nervios.

-Sellen las puertas -ordenó Sawada.

-Pero los chicos siguen afuera -refutó una mujer.

-Ellos conocen otras formas de entrar.

Decidieron confiar en él y cerrar las puertas.

El personal se comunicó con la gente del sector subterráneo, desde donde avisaron que estaba todo bien, así que por el momento había calma, pero a pesar de eso, había que estar alerta por si llegaba alguna cazadora a acabar con la poca tranquilidad que habían obtenido. Con ellas sobre todo, había que tener cuidado. Los inquilinos aprendieron a la mala que no había que confiarse de un refugio en el que no entraba ni el aire, y eso que les habían explicado que eran el arma más sorpresiva que tenía el enemigo.

Un grupo de enfermeras paseaba por la habitación, acercándose a cada uno de los refugiados para entregarles un equipo de protección, que consistía más bien en unas mascarillas, tapones para los oídos y una chaqueta.

-Por el momento, usen sólo la chaqueta -era la indicación que repetían todo ese rato-. Al primer movimiento extraño, cúbranse la cara y los oídos.

Como los químicos que usaba el enemigo eran bastante tóxicos, lo mejor era protegerse, aunque lamentaban no haber podido hacer algo mejor, porque varios intentos de hacer un equipo funcional para protegerse de esos elementos resultaron en un fracaso y tuvieron que sacrificar a mucha gente para ver si funcionaba, y algunos de ellos no resistieron.

Después de varios intentos, lograron conseguir algo, pero debido a la emergencia, no lograron hacer los suficientes para todo el batallón que se hospedaba en la base. Sólo esperaban que al menos con eso pudieran mantenerse con vida, daba igual si con un miembro menos o con daños irreparables, con que sobrevivieran estaban bien.

Después de todo, salir ileso era mucho pedir.

Entre la multitud, Atsuko miraba al personal moviéndose de un lado a otro, sin descanso. El panorama era el mismo que solía ver en el mundo real, gente trabajando como loca, daba igual si era por responsabilidad o por ganar dinero, o ambas, incluso si no les exigían, se mantenían trabajando y haciendo horas extras si era necesario. Sin embargo, ahora mismo, esa gente se estaba moviendo para evitar otra catástrofe, y se le vino a la cabeza la imagen de sus hijos luchando allá afuera.

Hacía cuatro días que no los veía. ¿Estarían bien, a pesar de sus heridas?

-¿Preocupada por los chicos? -miró a su esposo, quien le dedicaba una sonrisa comprensiva-. Temo por ellos, pero supongo que años de entrenamiento no fueron desperdiciados.

-¿Seguro? -inquirió-. Porque estamos hablando de criaturas que les ganan por millón en altura y habilidades.

-Considerando que llevan más tiempo que nosotros aquí -volteó a ver a su derecha, donde estaba su colega canadiense-, y sus largas horas de entrenamiento, lo más seguro es que para ellos sea nada, a pesar de estar cansados. Sólo debes confiar en ellos.

-Sinclair...

-¿Eres consciente de que tus hijos y los chicos que los acompañan deben sufrir para crecer? -Natalie le dedicó una mirada dura, pero comprensiva.

A pesar de no tener hijos y estar literalmente sola en un país tan distinto al suyo como Japón, para Natalie Sinclair, que había visto crecer al primogénito de los Shido, era fácil entender su preocupación, pero también podía entender que esos hermanos, junto con sus compañeros, tenían la suficiente madurez para saber a qué se enfrentaban.

Prácticamente, ya habían vivido, y no necesitaban a nadie que los protegiera, a menos que ellos lo pidieran.

-El mundo es cruel, pero al fin y al cabo, así se aprende.

La rubia le sostuvo la mirada, pero no dijo nada. Después de todo, tenía razón. Sin embargo, por la forma en que lo dijo, pensó que la castaña le estaba sacando en cara lo hecho hace años.

Quizás fue la forma en que lo interpretó, pero de todas formas, por recordarlo ya se sentía culpable.

-¿Dónde está Hitomi? -la prominente voz del señor Namikawa rompió el ambiente una vez más.

-No la hemos visto -respondió Natalie.

-¿No se supone que usted es su profesora jefe? Se supone que debe velar por el bienestar de sus alumnos.

-Así mismo: profesora, no vigilante -espetó.

-Lo más seguro es que esté en el subterráneo -intervino Miyu-. Si no está ahí, podría estar en cualquier lugar que está supuesto a ser un refugio, o bien podría estar luchando junto a los chicos.

-¿Qué insinúas, mocosa? -el sujeto se levantó de manera amenazante, haciendo que varios más también lo hicieran en un intento de calmar las aguas.

Amaya, a lo lejos, observaba la escena con interés. Por lo poco que había oído hablar de Hitomi sobre ese tipo, y un poco de su amigo y su novio, le causaba gracia cómo alguien podía ser tan descarado. Además, viendo a la chica que se había ganado el odio de los mismos intervenir por ella era un espectáculo digno de ver comiendo palomitas, y seguramente, a Taiga se le habría caído la mandíbula.

-Cariño, cálmate -se escuchó la voz de la mujer que siempre lo acompañaba. Era literalmente su lapa.

-Era sólo una idea, no insinúo nada -continuó la castaña-. De todas formas, de ser así, ¿cuál es el problema? La señorita Saionji es una mujer fuerte -hizo énfasis en el apellido Saionji con el propósito de molestarlo.

-Es Namikawa -corrigió Ishida.

-Según nuestra base de datos y testimonios de gente conocida, su apellido legal es Saionji y el señor Namikawa no aportó en nada más que en la concepción -siguió agregándole leña al fuego, sin disimular la sonrisa que se le escapó al ver el rostro de furia del mayor-. Además, cabe destacar que Saionji no quiere tener nada que ver con usted, así que no le veo sentido a corregir. Que tenga buen día, señor Namikawa -dicho esto, se alejó para seguir con su trabajo.

-¡Vaya! Esa chica tiene huevos -exclamó un chico, al que por poco y se le caía la baba.

-¡Claro que tiene huevos! ¿No has visto sus trabajos? -exclamó otro chico, haciendo referencia a las prótesis y las máquinas en que la chica había estado trabajando.

-¡Me cortaría un brazo sólo para que ella me colocara prótesis!

Y el grupo de chicos siguió hablando sobre la castaña, soltando alguna que otra obscenidad que hacía sentir incómoda a la gente a su alrededor, hasta que un fuerte estruendo devolvió el silencio sepulcral del principio.

Las miradas se posaron en la chica, que había dejado caer una buena pieza de metal al suelo, con una sonrisa molesta adornando su rostro.

-No estoy interesada.

Sin más, recogió la pieza y siguió trabajando, mientras los demás se limitaban con temor a mantener su boca cerrada.

Y la emo, desde su lugar, soltó una risa silenciosa, algo inusual en ella, pero en ocasiones así, era bueno haber practicado otra clase de risa.

Un temblor activó la alarma de emergencia. La gente normal solía interpretar eso como una alerta sísmica, y como estaban en un refugio, podían bajarle el perfil, pero por la preocupación que denotaba el personal del laboratorio, supieron que algo andaba mal. Esa alarma no se habría activado si sólo fuera un temblor.

Así que la gente no tardó en seguir los pasos que se le fueron indicados al momento de recibir el equipo de protección.

En varios sectores del subterráneo, ocurría lo mismo. Los guardias se pusieron en fila y en modo de alerta, con los soldados frente a ellos, también en fila, y armados, pues no era una situación para bajar la guardia, mientras la gente también se colocaba el equipo de protección.

En otro sector, algo alejado, se encontraba la platinada, anudando en su nuca un pañuelo negro sobre su nariz y boca, para luego volver a agarrar su armamento. Sobre su ropa, había rastros de sangre, lo que indicaba que también tuvo enfrentamiento con el enemigo.

Y por último, desde el exterior, cuando la situación parecía haberse controlado, las nubes se oscurecían y una gran figura de niebla se formaba frente al equipo. La silueta les recordaba a la batalla con el gólem, sin embargo, esa figura se veía incluso más escalofriante que el ser de piedra.

La silueta levantó lo que parecía una de sus extremidades, mientras el amago de una sonrisa aparecía desde lo más alto de ese cúmulo de niebla, y cuando su extremidad chocó con el suelo, una fuerte corriente de arena, aire y nubes oscuras arrasó contra los chicos en la tierra, que tuvieron que reunir todas sus fuerzas para mantener el equilibrio y soportar la brusquedad de la tormenta, con tal de que no se los llevara volando.

Ayumu no resistió y el viento casi se lo llevó, de no ser porque Koei alcanzó a jalar de su brazo y abalanzarse sobre él para protegerlo, para luego volver a agarrarse como podía del suelo.

El cansancio de Sho incrementaba, hasta el punto de que lo limitaba de seguir afirmándose del suelo. El viento lo empujaba y nada impedía que él no pudiera arrastrarse, ni siquiera su navaja podría resistirlo. Sintió el mundo perdido cuando dejó de sentir el peso de su cuerpo y la arena bajo sus pies, cuando algo lo agarró con fuerza de su brazo y lo lanzó de vuelta al suelo.

Miró la mano enguantada aún sobre su brazo, y cuando alzó la mirada, reconoció el brazo de metal. Cruzó miradas con el dueño de ese brazo, a quien lo rodeaba el aura azul que lo volvía inmune. Sus ojos verdes le dedicaban una mirada seria.

Él siempre llevaba esa mirada. Sin embargo, Sho entendió perfectamente lo que quería decir en ese momento.

"Resiste..."

"No te rindas..."

"Mientras estemos aquí, nadie va a soltar tu mano..."

El castaño se agarró del mismo brazo con su otra mano, y el mayor pareció entender lo que quería hacer, así que soltó su brazo y dejó que el niño escalara por el suyo propio hasta llegar a su cuello y sujetarse, rodeando sus brazos alrededor de él.

Kyoichi Shido. Ese chico que en un principio se mostró grosero y presumido, pero siempre sincero y en ningún momento se le pasó por la cabeza abandonarlos. Siempre cuidando sus espaldas y con una paciencia de oro, con grandes habilidades que lo hacían su digno rival, y que hoy en día, podía tener la dicha de decir que él era uno de sus más grandes amigos.

Ese mismo chico al que, en el último tiempo, había visto caer, una y otra vez, y lo había visto ahogarse en sus lágrimas por algo que se escapó de sus manos. Ese mismo chico que no se molestaba en ocultar cuando sentía miedo, pero aún así, sabía que podía contar con él para lo que fuera.

-Shido -pensó Sho, tensando el agarre en su cuello, pero sin llegar a apretarlo hasta quitarle el aire-. No hay forma de que tú seas una mala persona...

Al parecer, sus palabras no emitidas lograron llegar al rubio, en una especie de comunicación mental, o al menos eso pensó, cuando la misma mano con la que lo salvó se posó sobre su brazo en un toque fraternal.

Por otro lado, Koei movía una de sus manos, la otra la mantenía ocupada sujetando a Ayumu. Con una postura de mano, logró poner fin a la tormenta. El viento dejó de sentirse, la niebla dejó de bloquear su visión, el ruido dejó de atormentar su audición, los granos de arena cayeron sobre sus cuerpos, y la silueta frente a ellos también se evaporó.

Cayó encima del niño, pero alcanzó a sostenerse para evitar aplastarlo, y sin más, se quitó de encima para verificar que estuviera bien. Luego, volteó a ver al resto de sus compañeros, que estaban recuperando el aliento. La escena de Sho abrazando al mayor de los Shido fue la que más llamó su atención, logrando sacarle una sonrisa.

Todos estaban bien...