Yuri despertó primero y se estiró para desperezarse. Se recompuso con lentitud sobre el cálido colchón de lana de oveja y descorrió ligeramente la cortina para mirar hacia afuera, donde el sol todavía no salía por completo. El sonido del agua corriendo le llenaba el corazón de paz.

Ver otro paisaje, aunque fuera del mismo bosque, seguía siendo algo extraño y novedoso. No obstante, no se quejaba, estaban más cerca del río de lo que estuvo su antigua casa. Se hallaban mucho, mucho más abajo del claro donde alguna vez Otabek y él se enamoraron.

Volteó y miró la espalda ancha de su pareja que seguía durmiendo como un oso. Sonrió frotándose los ojos, su vista matutina era preciosa. Se inclinó para dejar un beso en el hombro de piel tostada.

Quién diría que compartir la cama para dormir podía ser tan gratificante, el solo hecho de poder despertar y tener al hombre que amaba a su lado era de ensueño.

Se quedó trazando algunos dibujos sin sentido con sus dedos en la espalda de Otabek, pero este no reaccionaba, dormía como una roca y terminó por dejarlo descansar. Ayer habían cortado troncos toda la tarde para la chimenea y seguramente debía estar cansado por tanta fuerza bruta.

Yuri se quedó leyendo el libro que tenía bajo la almohada para hacer la hora antes de vestirse. Mila por fin había dado con una historia digna de entre todos los mundanos libros escritos por humanos normales; la trama era ficticia y había desbordes de romanticismo y matanza perfecto para su gusto.

Al cabo de un rato sintió que Otabek movía las piernas y con sus pies buscaban los suyos, una vez los halló, volvió a suspirar y siguió durmiendo. Yuri sintió su corazón bañado en ternura.

Aquel día también tendrían que esforzarse al máximo.


Por necesidades vitales, Yuri no podía vivir lejos del río, el bosque era su lugar y el agua su energía. Y, por razones obvias, Otabek era considerado un criminal con orden de ir a la horca en caso de que ya no estuviera muerto.

Tener una vida dentro de un poblado no era opción de ninguna forma.

Tuvieron que quedarse en el bosque.

En un principio nada fue fácil. Los Altin estaban acostumbrados a vivir en el pueblo, con más gente, en una casa establecida y con comida a fácil acceso. Pero, para su suerte, allí estuvo Yuri para instruirlos y Mila que fue de gran ayuda a la hora de obtener utensilios y herramientas necesarias para comenzar una nueva vida.

Tras explicarle con peras y manzanas la constitución de Yuri y su naturaleza, la chica conectó hilos de inmediato y procesó la información de manera tan sencilla que Otabek hasta la envidió, puesto para él tuvieron que pasar semanas para conseguir tragar toda la verdad sobre su pareja sin tener colapsos nerviosos.

Yuri en un principio había desconfiado de Mila, pero después de que esta le emparejara los cabellos rubios y le hiciera un bonito corte de melena, el brujo tuvo una mejor impresión y agradeció que hubiera sido ella quien ayudara a Otabek y sus hermanas a huir del pueblo.

Sin embargo, y tras convivir algunas semanas, Mila Babicheva había decidido volver a insertarse en la sociedad. Su plan desde hacía muchos meses era huir para poder instalarse en el pequeño poblado del norte, a las faldas de la cordillera, en donde no a mucha gente le gustaba residir por el frío, y vivir allí como costurera en una tranquila cabaña hasta el fin de sus días.

Yuri la ayudó a teñirse el cabello para pasar desapercibida, puesto era probable que como todavía se buscaba a Otabek y a sus hermanas, también la estuvieran buscando a ella. De ese modo, de pelirroja pasó a ser azabache y su nombre cambió a Nila Ivanova.

Pero por supuesto que no se olvidaría de ellos, prometió volver muy pronto para echarles una mano.

— No sé si te guste la idea... — había mencionado la chica antes de marcharse — pero cuando logre obtener un hogar allá, quizá pueda llevar a tus hermanas para que no pierdan la capacidad de relacionarse con un entorno social. Diría que son mis sobrinas o algo por el estilo, vendría a buscarlas y a dejarlas...

Otabek la miró con los labios separados y ella se puso nerviosa porque pensó haber dicho algo indebido.

— O-o está bien si no quieres, después de todo son tu familia y que yo siendo una desconocida me las lleve sería...

No vio venir para nada el abrazo que le había dado el muchacho, emocionado porque Mila tuviera presente a sus hermanas.

— Eres una buena amiga, Mila — agradeció el chico, y eso terminó por hacerla sonreír.

...

A la hora de residir allí, Yuri fue la magia y Otabek la fuerza bruta, pero sin duda ambos fueron cabeza.

Cada día durante dos semana el brujo sacó planchas de madera, tablones, de los mismos árboles a su alcance para poder armar una cabaña. Como su magia era limitada, tuvo que darse varios baños en la fría agua del río para seguir trabajando, pero valía la pena si al regresar Otabek ya llevaba algo hecho mientras Ori y Bibi les echaban porras.

Potya, quizá, era la más inútil allí. Tras su recuperación, la gata se la pasó de rezagada y se hacía la convaleciente -todavía- para no hacer nada y recibir los mimos de Ori y Bibi.

— Potya, por favor, haz algo — pidió desesperado Yuri un día, jalándose los cabellos — estás muy gorda, chica ¡te dará un ataque al corazón! ¡muévete, corre, pero haz algo!

Pero la minina lo miraba con sus enormes ojos azules y rodaba en el césped seco con ternura, haciéndole gracia a su amo con sus blandas patitas, haciendo que poco a poco Yuri cediera ante sus encantos y su esponjoso pelaje.

"Cállate, idiota, y acaricia mi suave pancita".

Mila llegó tiempo después con muchos materiales y comida con la que se llenaron la barriga tras haber estado sobreviviendo a base de bayas silvestres y agua. Los carnívoros de los Altin habían comido algunos conejos que Otabek había cazado y posteriormente asado, pero Yuri no podía darse esos gustos porque la carne no era su política.

Residieron en una pequeña cabaña hecha a base de mucho esfuerzo durante tres meses, hasta que se hizo demasiado pequeña para las cosas que les llevaba Mila y demasiado pequeña hasta para ellos mismos. Así, comenzaron a ampliarla cada vez más y más hasta que, dos años después, tuvieron un hogar el doble de grande que el que alguna vez tuvo Yuri.

La convivencia, increíblemente, se les dio bien. Habían veces en que Yuri y Otabek discutían, pero era lo menos y al tener que fingir frente a las niñas que no estaban peleados, al final terminaban olvidando sus discusiones y no se daban ni cuenta cuando ya estaban abrazados frente a la chimenea, besándose entre risas o cualquier situación melosa por el estilo.

Yuri aprendió a amar a Ori y a Bibi con todos los defectos y virtudes. Con sus mañas por la mañana y su buen ánimo al medio día, sus energías desbordando por la tarde; siempre queriendo jugar y revolotear aquí y allá. Ellas hacían esa casa más bulliciosa, más llena de vida, y eso emocionaba a Yuri, ¡desde hacía mucho tiempo que no tenía un hogar con tanta gente!

No había resultado fácil criar a dos niñas, Yuri le halló la razón a Otabek cuando el tiempo pasó. Pero valía la pena si en su corazón se sentía aceptado y querido en esa familia que habían formado en medio del bosque, en una cabaña, con mucho amor y dedicación.


— ¿Yura? — el cuerpo humano gruñó a su lado y lo sacó de su ensoñación.

Dejó el libro de lado y se metió entre las mantas nuevamente mientras Otabek volteaba hacia él. Cerró los ojos y se tapó hasta la cabeza.

— Sé que estás despierto — murmuró el ex cazador con la voz ronca, estirándose y soltando un bostezo.

Otabek observó la montaña bajo las mantas a su lado y sonrió. Tonto... como si no se hubiera dado cuenta de que lo había estado mirando todo ese tiempo. No era la primera vez que Yuri hacía lo mismo; era algo tenebroso, pero tierno a la vez.

Típico de las amorosas conductas psicopáticas de Yuri, solía pensar Otabek con diversión.

Altin se metió bajo las tapas de la cama y se inclinó para besarlo a ciegas. Primero dio con su antebrazo, luego su mentón y luego su mejilla. Yuri soltó una risita cuando sintió los brazos de su novio tomarlo y acercarse a su cuerpo por la cintura, mientras besaba su nariz y todo su rostro.

La piel cálida y tersa, Otabek adoraba cuando Yuri dormía con sus camisas y podía sentir sus suaves piernas resbalar junto a las suyas, o cuando insistía en que se recostara sobre su pecho y podía escuchar el ansioso latido del rubio bajo suyo antes de dormirse.

En el pasado siempre tuvieron momentos fugaces en la cama, pero desde la primera vez en que descansaron el uno al lado del otro la noche completa, Otabek supo que su lugar era estar allí, supo que él debía quedarse en el hogar que le otorgaba los brazos de Yuri.

— Bien, si Yuri sigue sin despertar supongo que será hora de despertar a Bibi y Ori, quizá ellas sí quieran darme un beso de buenos días.

— No, no, no — Yuri se estiró bajo las sábanas y tomó la cintura de Otabek que ya se había sentado en la orilla de la cama — estoy despierto, quédate conmigo cinco minutos más.

El rubio gateó hasta él, haciendo un desastre en la cama, y se recostó en su regazo mirándolo con sus pupilas dilatadas y su rostro dispuesto a recibir cariño como el de un gatito.

— Te pareces a Potya — le dijo Otabek con una sonrisa, acariciando sus mejillas.

Yuri aprovechaba de besar su palma cada vez que la pasaba frente a sus labios.

Fuera, ya podían escuchar el pío-pío de los pollitos que criaban. El sol comenzaba a alumbrarlos.

— Beka, soy feliz — ronroneó el rubio cuando le despejó la carita de los mechones rubios — tenerlos a ustedes me hace muy feliz, te amo.

Eso llenó de miel el corazón de Otabek. Los ojos verdes lo miraron desbordando amor.

Otabek repasó sus dedos por la mandíbula de Yuri y se agachó para besar esa rosada sonrisa que le regalaba su compañero matutino.

— Yo también soy feliz, Yura — susurró.

El rubio suspiró y se estiró nuevamente para atrapar sus labios, deleitándose en morderlos y lamerlos, juntarlos y masajearlos con los suyos.

Esas eran las pequeñas cosas dulces de la vida cotidiana.

A duras penas pudieron volver a salir de la cama tras una intensa sesión de besos en la que lucharon entre risas y cosquillas para poder separarse y así poder cocinar el desayuno.

Al final, ninguno se puso de pie y Bibi y Ori terminaron entrando a su cuarto para acostarse con ellos, la menor de las hermanas arrastrando un conejo de peluche que le había regalado Mila en su última visita.

Potya entró a la habitación y, a falta de espacio, se acomodó sobre el pecho de Otabek.

— Te estoy observando, Potya — le había dicho Yuri, apuntando sus ojos y luego apuntando hacia la minina con seriedad — no te sobrepases con mi hombre.

Ori y Bibi soltaron una risas, mientras Potya no le hacía el menor caso y se dejaba llevar por las caricias que el humano de su humano le hacía tras las orejas.

Otabek observó a Yuri que discutía con Ori sobre cuál era la mejor ilustración en el libro que el rubio estaba leyendo (y que Ori ya había leído con anterioridad). Sonrió de lado cuando su hermana le lanzó una almohada a su pareja por insultar a su personaje favorito en la novela y Yuri se lo devolvía argumentando con movimientos exagerados por qué era un tarado que sobraba en la trama del libro.

Bibi se recostó sobre su hombro y le ayudó a acariciar a Potya que era una máquina de ronroneos en ese momento. Ambos Altin se miraron y se sonrieron.

El chico suspiró con su pecho rebosante de paz. Estaba bien si se quedaban un par de minutos más en la cama, ya luego él y Yuri podrían cocinar para la comida.

Por el momento quería permanecer así, en esa habitación, con las personas que más amaba en la vida, sin tener que preocuparse por molestos vecinos o tedioso trabajos porque su sola presencia le aliviaba el corazón y lo recargaba de energías.

Por primera vez desde que era un niño, se sentía pleno en cada aspecto de su vida. Y todo gracias al extravagante rubio que un día había decidido aparecer con su radiante sonrisa y sus felinos ojos ante él.

Habían perdido cosas, pero perder no siempre significaba algo malo. A cambio de todo lo que Otabek había perdido en ese mundano pueblo, ese día podía jactarse de haber ganado la familia, el hogar y la vida de sus sueños.


~ Fin ~

¡Muchas gracias por leer!