El pañuelo blanco y rojo seguía en manos de Geese cuando se retiraron de la terraza y se encaminaron al ascensor. Billy tomó aquello como una orden silenciosa de que debía seguir a su jefe, y se dirigió con él hacia el penthouse.
Como se había hecho tarde, Billy no quiso robarle preciados minutos de descanso al empresario, y no intentó buscarle conversación. Mientras Geese iba hacia la habitación a prepararse para la noche, Billy fue a la cocina para servirle alguna bebida tibia que lo ayudara a dormir más pronto.
Minutos después, el joven se dirigió a la habitación llevando una taza llena de una aromática infusión de manzanilla y otras hierbas. Al dejarla en el velador junto a la cama, Billy notó que su pañuelo estaba ahí, sobre la superficie de la mesilla, cuidadosamente doblado, bajo el reloj de Geese y el medallón que el empresario solía llevar alrededor de su cuello.
Billy sonrió tenuemente, posando la punta de sus dedos sobre aquellos tres objetos. Desistió de recuperar el pañuelo y guardarlo en su bolsillo. De pronto, era como si aquel trozo de tela algo desgastada ya no le perteneciera, y hubiese pasado a ser parte de las posesiones de Geese-sama. Habría sido incorrecto tomarlo sin permiso.
Mientras esperaba a que su jefe saliera del baño, Billy fue al armario y buscó algunas prendas para dejar al alcance de Geese. Su jefe solía dormir con un pijama ligero, pero necesitaría algo con qué cubrirse hasta que decidiera acostarse. Considerando todas las posibilidades, Billy tomó una camisola a juego con unos holgados pantalones, y también un albornoz no demasiado grueso, de tela azul oscuro. Dejó la ropa al pie de la cama, y luego buscó algo en qué ocuparse mientras oía el agua de la ducha correr dentro del baño.
Por el rabillo del ojo, Billy captó su propio reflejo en el espejo del armario, y rio para sí al darse cuenta de que su cabello rubio estaba alborotado después de haber recibido las caricias de su jefe.
Algunos mechones rebeldes se negaron a volver a su lugar por más que él intentó peinarse con las manos. Al mirarse a los ojos, Billy se preguntó si su deseo de pasar la noche ahí sería demasiado evidente.
Con una sonrisa de menosprecio hacia sí mismo, paseó por la habitación bajando la intensidad de las lámparas al mínimo. Se suponía que Geese debía descansar. No debía distraerlo con las cosas que él quería.
Geese salió del baño poco después, con una bata atada holgada a su cintura, frotándose el cabello desinteresadamente con una toalla. El empresario no se extrañó de verlo dentro de la habitación, pero le dio la espalda para vestirse, y Billy tuvo la profunda impresión de que su jefe se secaba el cuerpo con una lentitud intencional, justamente porque él estaba ahí.
La bata y la toalla fueron lanzadas a la cama, y, por un instante, Billy vio la espalda desnuda de Geese, la profunda cicatriz con forma de equis, y los músculos claramente definidos de sus hombros y sus piernas. Sin embargo, el empresario no tardó en ponerse los pantalones que Billy había dejado en la cama, y el joven comprendió que Geese no planeaba que esa noche ocurriera algo.
Y aquello tenía sentido. Billy había pasado la tarde con Joseph Satel. La presencia de ese joven estaba impregnada en él.
Billy se preguntó si era inapropiado estar dentro del dormitorio de Geese, con la conversación sobre Satel aún tan fresca entre ellos. Sin embargo, no encontró fuerzas para simplemente despedirse y salir. Quería estar con su jefe un rato más. Acompañarlo hasta que se acostara.
Geese estaba poniéndose la camisola que Billy había elegido y el joven se acercó unos pasos. La suave tela clara estaba marcada por las gotas de agua que aún caían del cabello de su jefe.
—¿Me permite? —preguntó Billy cortésmente, tomando la toalla que Geese había descartado sobre la cama.
Geese lo observó con curiosidad, abrochando algunos botones de la camisola, pero dejando los del pecho sin cerrar.
Billy no lo miró a los ojos. Las gotas de agua seguían cayendo, sobre un hombro de Geese, y sobre la mullida alfombra. El joven mantuvo la toalla en sus manos, suponiendo que Geese iba a negarse. ¿Qué necesidad tenía de aceptar?
Sin embargo, después de un largo momento, Geese sonrió con un tenue "hm" y se sentó en el borde del ángulo de la cama.
Billy disimuló el súbito nerviosismo que lo embargó, y se tomó unos segundos para ir al velador por la bebida que había preparado. Se la entregó a Geese, aún sin encontrar su mirada, y se calmó sólo cuando el empresario bebió un sorbo con toda naturalidad.
Despacio, Billy se situó detrás de Geese. Con lentitud, comenzó a secar el cabello de su jefe, teniendo cuidado de no frotar, tomando los húmedos mechones rubios y presionándolos suavemente entre los dobleces de la toalla. Secó también las gotas que habían resbalado por el cuello de Geese, y titubeó un largo momento antes de finalmente atreverse a pasar sus dedos por entre aquellas hebras claras, peinándolas hacia atrás.
Los minutos transcurrieron, con ambos en silencio y Billy completamente dedicado a su tarea. El joven continuó rozando el cabello de Geese con la toalla y con sus dedos, y siguió haciéndolo incluso cuando esto ya no era necesario, porque la temperatura del ambiente se encargaría de terminar el trabajo.
Perdido en pensamientos, Billy recordó la época en que Geese había llevado el cabello largo, la enorme sorpresa que le había provocado al aparecer un día en la mansión con un nuevo peinado, y luego todas esas ocasiones en que él había querido acariciar el cabello de su jefe y no se había atrevido.
Era agradable haber encontrado una excusa válida que le permitiera devolver las caricias que su jefe le hacía a él. Billy no quería tener que apartarse. Le gustaba sentir la textura de aquellas suaves hebras rubias entre sus dedos. Ver a Geese aceptar su contacto lo tentaba a hacer más. Quería reseguir los amplios hombros y la espalda de su jefe en una caricia. Sentía el impulso de abrazar a Geese por detrás.
Billy llegó a empezar un trémulo ademán, pero consiguió detenerse a tiempo.
Geese dejó la taza a un lado y Billy notó que el empresario lo observaba en el espejo del armario.
—¿Pasa algo? —preguntó Geese esbozando una sonrisa burlona, sus ojos celestes fijos en el reflejo de Billy.
—No, ¿por qué? —respondió Billy.
—Me pareció que tus manos estaban temblando —señaló Geese.
Billy apartó la mirada. Había sido descubierto.
Geese siguió sonriendo y tomó una de las manos de Billy entre las suyas, sin dejar de observarlo en el espejo.
El joven sintió un escalofrío al percibir el suave roce de los labios de Geese-sama contra sus dedos. El escalofrío se transformó en un profundo estremecimiento cuando se atrevió a mirar el reflejo de ambos.
Geese-sama mantenía su mano contra sus labios, y sus ojos estaban entrecerrados, fijos en él. El beso no ocultaba la sombra de su sonrisa, y Billy sintió una súbita ingravidez envolviéndolo, así como un agradable calor trepando por su rostro.
El joven contempló pasmado la imagen que el espejo le ofrecía. En numerosas ocasiones se había visto a sí mismo reflejado junto a su jefe en los espejos de incontables ascensores, lobbies u oficinas, pero ésa era la primera vez en que podía verse compartiendo un momento así con Geese-sama, en la intimidad de una habitación silenciosa y tenuemente iluminada.
Billy observó la mirada burlona de Geese, su propio rostro sonrojado, la similitud entre ambos, y sus marcadas diferencias. Geese llevaba un delicado pijama de colores claros, mientras él aún seguía vestido con su chaqueta de cuero y una camiseta desgarrada, y aun así, la presencia de Geese se imponía sobre la suya. Sus edades disímiles contrastaban claramente esa noche.
Observando la imagen de su jefe, Billy sintió que el cariño que sentía por Geese se desbordaba y lo ahogaba. Para su mortificación, el joven vio cómo su propia expresión demudaba en una que era una mezcla de anhelo y angustia, debido al esfuerzo de suprimir aquellas emociones para no importunar a Geese-sama con la intensidad de sus sentimientos.
Billy bajó el rostro para que Geese no tuviera que ver aquello, a pesar de que era inútil, porque su jefe no había dejado de contemplarlo en ningún momento.
Hubo una suave risa de parte de Geese, que no fue ni burlona ni desdeñosa. El empresario parecía estar disfrutando de su agobio, como si, por el momento, su evidente afecto no le molestara.
Billy inclinó más la cabeza, y sintió una lenta caricia en el dorso de la mano que Geese aún mantenía sujeta.
Aquél era un gesto simple… pero parecía significar tanto. Al menos por ese breve instante, sus sentimientos eran aceptados. La caricia era una concesión. Geese-sama no le estaba ordenando que se controlara. Por el contrario, parecía estar autorizándolo a seguir así.
Billy sonrió. Agradeció haciendo una firme presión sobre los dedos de Geese-sama.
Cuando reunió el valor para alzar la vista, Geese seguía observándolo a través del espejo, y sus ojos celestes usualmente fríos estaban llenos de una quieta satisfacción.
A pesar del momento compartido, aquella noche no hubo ninguna invitación a compartir la cama de Geese-sama. El empresario se había acostado, y Billy había apagado las luces y se había despedido con una debida inclinación, para luego hacer una ronda por el penthouse y los pasillos de esa planta.
El joven sabía que la actitud de su jefe no era motivo de preocupación. Había noches así, en que Geese se retiraba a descansar a solas, y Billy estaba comenzando a entender los factores que determinaban si Geese querría su compañía o no. El humor en que su jefe se encontrara era un aspecto esencial, pero los temas laborales también entraban a tallar.
La mañana siguiente, su jefe firmaría un acuerdo importante, y probablemente tendría que hacerse cargo de lo que fuese que los Satel estuvieran tramando. Geese necesitaba descansar y concentrarse en solucionar ese asunto. Billy sabía que, esa noche, él era una distracción no bienvenida.
Pero, a pesar de eso, Geese-sama le había dedicado unos minutos y algunas caricias.
Billy estaba profundamente agradecido.
Había esperado que su accidentado "trato" con Joseph Satel le mereciera una reprimenda, pero Geese-sama se había mostrado comprensivo. Y no sólo eso, su jefe también le había autorizado a involucrarse un poco más en los temas de sus empresas.
Aunque no habían utilizado un término específico para aquel nuevo compromiso, Billy sentía que había hecho un progreso. Había pasado de ser un simple guardaespaldas, a alguien que podía ayudar a Geese-sama a cargar el peso de sus responsabilidades.
E incluso si Geese hacía oídos sordos a sus posibles sugerencias, al menos él estaría ahí para ayudar en lo que fuera, así se tratara de algo tan simple como escuchar a su jefe desahogar su impaciencia.
Poder ser útil para Geese lo hacía sentir increíblemente feliz.
Billy paseó un largo rato por los corredores de esa planta, y recibió miradas extrañadas de los hombres que hacían guardia esa noche y que no esperaban verlo ahí. Sin embargo, los vigilantes no hicieron preguntas y Billy tampoco dio una explicación. No era necesario. A esas alturas, todos en esa empresa sabían quién era él, y estaban al tanto de que él tenía autorización para recorrer libremente el rascacielos, y entrar y salir del despacho y el penthouse de Geese sin importar el día o la hora.
Geese no había tenido que informar al personal sobre la jerarquía que Billy ocupaba en la compañía. No había ningún documento que pusiera por escrito los deberes o las atribuciones del joven. La reputación de Billy crecía de forma espontánea, y las dificultades que el joven había enfrentado durante sus primeros días de trabajo habían desaparecido. Nadie era tan necio como para disgustar a la persona de confianza de Geese Howard.
Antes de seguir su camino, Billy notó que los vigilantes lo observaban disimuladamente. La mirada de ambos estaba dirigida a su hombro derecho.
Los hombres no preguntaron nada en voz alta, pero su curiosidad fue evidente. Numerosos empleados habían visto a Billy salir herido cumpliendo su deber. Luego habían oído rumores sobre su estado crítico, o que iba a perder su brazo, o que iba a morir. La larga ausencia del viaje a Japón había exacerbado aquellos rumores. Y luego Billy había regresado, perfectamente sano y listo para reincorporarse al trabajo, gracias a una milagrosa recuperación que para muchos era imposible.
Los rumores entonces se habían enfocado en Geese. Parte del personal comentaba que la rama farmacéutica de las empresas Howard estaba logrando enormes avances en su campo, y que quizá habían probado alguna droga experimental en Billy. Otros aseguraban que Geese poseía poderes místicos. Las versiones abundaban y nadie las tomaba completamente en serio, pero todos se contenían de intentar averiguar qué había sucedido en realidad, porque abordar el tema delante de Geese o Billy estaba fuera de la cuestión.
Billy observó a los guardias con dureza y estos apartaron la vista de inmediato y enderezaron la espalda, mostrándole el debido respeto.
Conteniendo un suspiro, Billy se dirigió al ascensor, y se tocó el hombro cuando ya nadie podía verlo.
Desde que había regresado del viaje, sentía que algunos de sus colegas lo trataban con mayor deferencia debido a su asombrosa recuperación, pero en realidad todo el mérito era de Geese-sama. Si no hubiese sido por el empresario, aquella herida lo habría hecho perder su empleo. Era gracias a la obstinación de Geese, y su habilidad para controlar el poder de una vieja reliquia, que él podía seguir ahí.
Pero nadie iba a saberlo. Nadie podía saberlo. Aquella capacidad para curar era un secreto que Geese-sama había compartido con unos pocos...
Billy salió del ascensor en la planta baja y se dirigió a la salida. ¿Qué pensarían los Satel si se enteraban de que Geese-sama era más que un simple empresario? ¿Esa familia tendría la más vaga idea de lo que Geese era capaz de hacer?
La conversación con Joseph Satel volvió de golpe a su mente y Billy frunció el ceño con amargura al rememorar el desdén que ese joven había mostrado hacia Geese. El deseo de volver con su jefe fue intenso, pero Billy lo ignoró y continuó avanzando hacia la puerta principal del edificio a través de la recepción vacía.
Tenía una noche por delante, pero se sentía ansioso por que llegara el amanecer, para poder regresar a la oficina, y poder estar al lado de Geese.
La mañana trajo un espléndido cielo azul que parecía augurar que aquél sería un buen día. Billy llegó al rascacielos temprano, pero no se dirigió al departamento de Geese. Antes hizo una parada en el piso treinta, y entró en el restaurant que funcionaba en la terraza.
Como aún no eran ni las seis de la mañana, el lugar estaba vacío. Billy pasó por entre las hileras de mesas perfectamente decoradas y cubiertas con inmaculados manteles blancos. El sol que entraba a raudales por las ventanas se reflejaba en las superficies claras de lugar y el efecto era deslumbrante y un tanto molesto.
Billy avanzó con los ojos apartados para no acabar enceguecido y se encaminó a la cocina.
El chef Maurice estaba terminando de preparar el desayuno que cada mañana llevaba al penthouse de Geese. Las tazas y platillos ya se encontraban dispuestos en una bandeja plateada de bordes finamente repujados.
—Yo me encargaré de llevar el desayuno hoy —anunció Billy sin dar los buenos días.
Maurice respondió con un asentimiento lleno de fastidio, pero no intentó discutir, consciente del lugar que ahora Billy ocupaba en la empresa. Sin decir palabra, el chef recorrió a Billy con la mirada, de pies a cabeza, y, para su disgusto, no encontró nada que criticar en el joven inglés. Billy vestía traje y corbata esa mañana y era evidente que se había esmerado en presentar una imagen correcta.
Por su parte, Billy tampoco mostró interés en irritar al chef innecesariamente. Cuando el café estuvo listo y servido en un delicado jarro plateado, el joven tomó la bandeja con el resto de platillos y se dirigió al penthouse.
La enorme sala del departamento estaba inundada de luz, pero el dormitorio de Geese-sama tenía las cortinas cerradas y aún se encontraba en penumbra. Billy dejó la bandeja con comida en la mesilla junto a la cómoda, y luego se acercó a la cama, sin hacer el más mínimo ruido.
Geese-sama estaba dormido de lado, dándole la espalda, cubierto hasta la cintura. Se había deshecho de la camisola antes de acostarse, y la cicatriz con forma de equis estaba completamente expuesta.
Billy se arrodilló en la alfombra, junto a su jefe. Echó un vistazo al despertador, y notó que aún quedaban unos minutos antes de que la alarma sonara.
El joven decidió esperar, y no se movió de donde estaba. Observó la espalda de Geese un poco avergonzado consigo mismo por la fijación que parecía estar desarrollando con aquellas profundas cicatrices. Quería saber cómo habían sido recibidas, y quién las había hecho. Quería borrarlas. Quería haber podido evitarlas.
¿Por qué no había podido conocer a Geese-sama un poco antes? Le hubiera gustado haber estado con él en la época en que Geese no tenía a nadie.
Con amargura, Billy se recordó que, cuando esas heridas habían sucedido, él había sido un niño pequeño. Incluso si su camino se hubiese cruzado con el de Geese-sama años antes, era poco lo que él podría haber hecho para ayudarle.
Billy apoyó los brazos en el borde de la cama, sin mover el colchón, y reclinó su rostro ahí. Al cerrar los ojos, sintió la tibieza cercana del cuerpo de su jefe, y oyó claramente su respiración profunda y pausada.
Conteniendo una exhalación, el joven se dijo que estar así podía ser considerado inapropiado. Entrar en la habitación de alguien dormido… observarlo… ése era el tipo de cosas que hacían las personas perturbadas, ¿no?
Pero aun sabiéndolo… Él lo disfrutaba. Y el que Geese-sama lo permitiera le daba tranquilidad. Si el empresario no hubiese querido su presencia ahí, habría despertado de inmediato y lo habría echado. Billy estaba seguro de eso.
Una sonrisa asomó a sus labios al recordar que Geese le había hecho una visita similar meses atrás, y hasta le había dejado una nota en la habitación.
¿Parecía que aquella era una costumbre que ambos compartían?
No le molestaba que Geese-sama estuviera cerca mientras él dormía. Y agradecía que Geese-sama también permitiera su cercanía durante los momentos de descanso.
Aquella muestra de confianza significaba mucho para él.
Billy se apartó y se puso de pie. Apagó el despertador medio segundo antes de que la alarma sonara, y luego tocó suavemente el hombro de su jefe.
—Geese-sama —llamó en voz baja.
El despertar fue lento y sosegado. El empresario se volvió hacia él, aún medio dormido.
—Billy… —murmuró Geese, mirándolo un momento, y luego consultando la hora en el reloj despertador.
—Buenos días —saludó Billy, sonriendo sin que hubiera motivo, enternecido al ver el rostro soñoliento de su jefe—. Le traje el desayuno.
Geese se incorporó despacio hasta quedar sentado en la cama, con la espalda apoyada contra la cabecera. Su cabello rubio estaba desordenado, y el sueño no parecía querer abandonar sus facciones esa mañana.
En vez de ir a buscar la bandeja con comida, Billy continuó arrodillado junto a la cama, contemplando a su jefe unos segundos más.
Geese lo miró de soslayo.
—¿Qué?
—Nada —respondió Billy, intentando adoptar un aire serio y fallando.
Geese hizo un leve sonido de fingido disgusto.
—Di lo que estás pensando —ordenó.
—No es nada, Geese-sama —aseguró Billy, poniéndose finalmente de pie.
La bandeja plateada tenía un soporte plegable, y Billy llevó el desayuno a la cama, sin preguntar si Geese prefería levantarse y sentarse a la mesa. El joven podía ver que esa mañana su jefe no tenía apuro por empezar el día, y, en parte, podía entenderlo. Las reuniones con los ejecutivos de Satella arruinaban el humor del empresario. Las negociaciones se habían alargado demasiado, y era normal que Geese no tuviera ganas de verlos.
Billy sirvió el café y retiró la jarra vacía para que no estorbara. Observó a Geese llevarse la taza a los labios con un ademán refinado y beber con los ojos cerrados, disfrutando del intenso aroma y el sabor del primer trago.
Aquello hizo que el joven recordara los comentarios de Joseph Satel otra vez, en particular su crítica hacia la falta de clase de Geese. Billy en verdad no entendía cómo alguien podía pensar algo semejante. La imagen que Geese-sama ofrecía le parecía perfecta.
Billy no necesitó preguntar si Geese era consciente de lo que la gente opinaba de él. El empresario era perceptivo, y era obvio que lo sabía y no le importaba. Sus acciones y logros tenían más peso. Lo que las personas pensaran de él le traía sin cuidado.
Pero Billy no podía reaccionar con la misma indiferencia. Sentía rabia al recordar el desdén de Satel y al pensar que había otros hombres ricos que de seguro compartían esa opinión. ¿Cuántos de los otros empresarios que negociaban con Geese en realidad lo despreciaban, porque había construido un imperio de la nada, en vez de nacer en una familia acaudalada?
No había nada que él pudiera hacer para defender a su jefe contra los comentarios de esas personas, y eso lo llenaba de frustración. El que Geese fuera odiado y despreciado debido a los negocios turbios que manejaba era inevitable, pero desairarlo porque sus orígenes no satisfacían las expectativas de unos millonarios petulantes era algo que Billy no pensaba perdonar.
Ocultando su fastidio, Billy se dirigió al armario y eligió algunas prendas para que Geese llevara ese día. Se decidió por un sobrio conjunto de tonos negros y grises, y una corbata de seda negra con tenues bordados celestes. El traje de hechura italiana era fino, perfecto para cerrar un negocio. Ninguno de los Satel iba a poder comentar que Geese-sama no se veía elegante esa mañana.
Billy colgó el traje en el marco de la puerta del armario y pasó algunos minutos deshaciéndose de imperceptibles pelusas y verificando que la tela no estuviera arrugada.
—¿El meticuloso escrutinio al que estás sometiendo a mi ropa tiene alguna explicación? —preguntó Geese con voz sarcástica.
Billy detuvo lo que hacía. ¿Estaba siendo tan obvio?
—La reunión de hoy con los Satel es importante —respondió, sin volverse del todo hacia su jefe para que éste no pudiera leer sus pensamientos.
—Sólo es un medio para alcanzar un fin —señaló Geese, observando la espalda de Billy y la reticencia del joven a girarse hacia él—. Pero las molestias que causan superan con creces a los beneficios. Será la última vez que recurra a sus servicios.
—Me alegra saberlo —murmuró Billy, más para sí que para su jefe.
—¿Sí? ¿Por qué? —preguntó Geese, con una sincera curiosidad en su voz.
Billy se maldijo por haber hablado de más y se volvió para mirar a su jefe a los ojos. Geese había dejado la bandeja del desayuno a un lado y estaba sentado en el borde de la cama, poniéndose el medallón dorado alrededor del cuello.
—Esa familia no merece hacer negocios con usted. No vale la pena que siga perdiendo el tiempo con ellos.
La afirmación sonó impetuosa en el tranquilo silencio de la habitación.
—¿A qué viene eso? —preguntó Geese, contemplando detenidamente a su guardaespaldas y la repentina molestia que se reflejaba en los ojos claros de Billy. Como el joven no respondió, Geese insistió—: ¿Sucedió algo más ayer?
Billy apretó los dientes. La noche anterior, no había ocultado ningún detalle importante sobre Satel al dar su reporte, pero no había mencionado los comentarios que había hecho el muchacho con respecto a Geese, porque aquello no era relevante para el trabajo ni para el contrato. Había querido proteger a su jefe contra ese desprecio hiriente.
Con esfuerzo, Billy buscó la manera de explicarse.
—Esa familia no le tiene estima, Geese-sama —respondió finalmente, bajando la mirada.
—¿"Estima"? —repitió Geese, como si estuviera sorprendido por la elección de palabras del joven, y un segundo después se echó a reír.
Billy se le quedó mirando con completa confusión y Geese se levantó y fue hacia él, aún sonriendo divertido.
—Me desprecian —aclaró Geese, observando a Billy a los ojos—. Eso es lo que quisiste decir, ¿verdad?
—¿Lo sabe?
—Los obstáculos que han puesto son su manera de decir que mis empresas no son nada para ellos, es bastante obvio —señaló Geese—. Pero parece que te has enterado de algo más. De lo contrario no estarías tan molesto.
—Satel se expresó de forma despectiva porque la fortuna que usted ha conseguido es reciente —explicó Billy entre dientes, lamentando tener que decir eso delante de Geese-sama—. No me agradan las personas que se sienten superiores sólo porque nacieron con más dinero.
—No le des importancia.
—Sé que no es importante, pero me molesta.
Geese examinó el traje formal que Billy llevaba esa mañana, y luego observó el conjunto que el joven había sacado del armario.
—¿Te has arreglado para ellos?
La pregunta desconcertó a Billy. Geese pasó sus dedos por la solapa del traje del joven, y por la corbata azulina perfectamente anudada.
—Me pareció adecuado. No quisiera afectar su imagen delante de los ejecutivos… —intentó explicar Billy, ofuscado.
—Pero acabas de decir que ellos no lo merecen —acotó Geese.
Billy guardó un silencio confundido.
—Si te has vestido así intentando satisfacer sus expectativas, sólo estás demostrando que has caído en su juego —explicó Geese pacientemente—. No vas a hacerles cambiar su opinión sobre mí.
—¿Y si sólo fue el primer traje que tenía a la mano? —preguntó Billy con un débil sarcasmo
—Creo que hubo una intención al elegirlo —respondió Geese—. Es uno de tus mejores trajes.
Billy no insistió. Geese tenía razón. Tal vez las palabras de Satel habían hecho mella en él, e inconscientemente se había vestido así para que nadie pudiera volver a repetir que Geese le permitía vestir informalmente durante horas de trabajo porque no sabía lo que era la elegancia.
Geese rio para sí al verlo tan ofuscado.
—Aún te hace falta aprender —comentó.
—Pero hay ocasiones en que debo vestir formalmente —murmuró Billy, sólo para estar seguro.
—Claro que sí —asintió Geese, apartándose para ir al velador un momento—. Pero ésta no es una de ellas —indicó.
Billy notó que Geese tenía el pañuelo blanco y rojo en las manos y se quedó muy quieto cuando el empresario le cubrió el cabello con él.
—¿Geese-sama…? —murmuró Billy.
Geese no respondió. Sólo ajustó la tela y la anudó firmemente tras la nuca del joven sin dar ninguna explicación.
La reunión con los ejecutivos de Satella transcurrió sin contratiempos. Billy esperó en la puerta, inmune a las miradas curiosas que le dirigieron aquellos hombres al ver el pañuelo que cubría su cabello y que desentonaba con el resto de su traje elegante.
Joseph no se presentó ese día, y Geese-sama se mostró tranquilo, pese a que Billy sabía que su jefe estaba impaciente por cerrar ese asunto.
No hubo ninguna sorpresiva rescisión, ni exigencias poco razonables. Nadie discutió los términos establecidos en el contrato. Formalizar el acuerdo tomó apenas unos minutos, y luego vinieron los apretones de mano y las sonrisas falsas. Los ejecutivos dijeron estar ansiosos por ver el tipo de entretenimiento que Geese proveería a través del torneo y Geese aseguró que aquél era un evento sin precedentes que atraería a una audiencia considerable.
Desde la puerta, Billy se preguntó si aquellos ejecutivos no notaban el frío brillo en los ojos de Geese-sama. Con esa mirada, el empresario parecía prometer que en algún momento iba a desquitarse por todas las molestias causadas y el tiempo perdido.
Billy ocultó una sonrisa. Las investigaciones y estudios necesarios para crear un canal de televisión propio ya estaban en marcha. Si Geese-sama volvía a organizar un torneo, Howard Connection podría encargarse de respaldarlo en todos sus aspectos. La necesidad de depender de empresas externas desaparecería.
Después de que los ejecutivos se retiraron, Billy siguió a Geese de vuelta a su despacho, y sonrió cuando Geese le indicó que sirviera dos vasos de cognac y lo acompañara a beber.
—Es un alivio que firmaran el contrato sin causar más inconvenientes —comentó Billy mientras le tendía uno de los vasos de licor a su jefe, que estaba de pie delante de los ventanales.
Geese asintió, recibiendo el vaso y mirando la ciudad.
—¿En verdad crees que esto ha acabado? —preguntó.
—El contrato está firmado, ¿no? Satella no puede simplemente dar marcha atrás o cambiar los términos.
El empresario guardó silencio.
—¿Cree que intentarán importunarlo usando otros medios? —preguntó Billy, inquieto.
—Lo veremos pronto —murmuró Geese.
El alivio que Billy había sentido al ver a los ejecutivos retirarse desapareció por completo. Geese-sama anticipaba problemas, y el empresario no solía equivocarse.
El sonido de un golpe de cristal contra cristal lo sobresaltó. Geese había hecho chocar su vaso contra el que Billy sostenía.
—Bebe —indicó Geese—. Nos preocuparemos de lo demás en su debido momento.
El joven asintió y obedeció. No acostumbraba beber cognac, y mucho menos tan temprano en la mañana, pero Geese-sama estaba brindando con él, y no podía hacerle un desaire.
Cuando los vasos estuvieron vacíos, la inquietud de Billy había amainado. La mañana avanzó tranquila, y el joven concluyó que, a pesar de todo, Geese estaba complacido con el resultado de la reunión.
Los preparativos para el torneo continuaron. Los lugares donde se efectuarían los enfrentamientos fueron decididos, y las entradas para la pelea final que se desarrollaría en el estadio de South Town salieron a la venta. Cada día llegaban a la oficina decenas de solicitudes de personas interesadas en participar. El canal de televisión de Satella transmitía de forma incansable comerciales y reportajes sobre el evento. El nombre The King of Fighters llegó a oídos de todos los habitantes de la ciudad.
Sin que Geese lo hubiera planeado, el submundo criminal de South Town ayudó a aligerar la tarea de decidir quiénes recibirían invitaciones formales al torneo. Los delincuentes interesados en el dinero del premio habían deducido que acabar de forma preliminar con la mayoría de potenciales participantes les aseguraría un lugar en el evento. Cada noche, en callejuelas oscuras y bares de baja calaña, algunos postulantes incautos acababan malheridos o muertos. Los informes llegaban a Geese Tower por la mañana. La relación entre aquellos sucesos y el torneo estaba más que clara. Los nombres de las víctimas eran encontrados en las listas de posibles participantes y tachados.
Geese estaba satisfecho con aquel giro de los acontecimientos. El King of Fighters se estaba ganando una imagen de competición sangrienta sin siquiera haber empezado. Las numerosas muertes llegarían a oídos de aquellos a los que no les importaban los combates violentos, y el KOF sería un tema de conversación en toda la ciudad. No había mejor estrategia publicitaria que alimentar el morbo de la gente.
La participación de Billy no había sido anunciada de manera oficial, pero el joven ya estaba al tanto de lo que debía hacer. Tendría que abrirse camino desde las rondas iniciales, como si fuera un competidor más. De esa forma podría probar las habilidades de los otros peleadores, ya que incluso las personas a las que derrotara podían tener potencial para ocupar algún puesto en las numerosas empresas de Howard Connection.
Billy no estaba muy seguro de qué tan práctico resultaría contratar a delincuentes que habían jugado sucio para poder ser invitados al torneo, pero Geese no estaba preocupado por ello. Lo que le interesaba era conseguir subordinados fuertes. El resto se arreglaría ofreciéndoles un sueldo sustancioso, que les hiciera pensarlo dos veces antes de decidir traicionar a su nuevo empleador.
Aquellas palabras habían provocado una profunda amargura en Billy. Él sabía que ésa era la manera en que Geese-sama trabajaba. Se podía decir que su jefe "compraba" la fidelidad de sus empleados mediante dinero. Pero la posibilidad de una traición siempre quedaba abierta. Había sido así antes de que Billy llegara, y seguramente continuaría siendo así en el futuro.
Geese lo sabía bien, y por eso había vigilantes apostados en cada pasillo y cada puerta. Los guardias estaban ahí para proteger el edificio contra intrusos, y para vigilar a los otros guardias. Nadie era de confiar.
Billy compartió sus preocupaciones con Geese, pero éste hizo un ademán displicente y respondió "si intentan algo, para eso estás tú" con una sonrisa burlona. Billy no encontró cómo responder a eso, porque su mente se bloqueó ante la irreflexiva imprudencia de su jefe y la satisfactoria dicha que le producía su confianza.
A medida que la fecha de la inauguración del KOF se acercaba, Geese comenzó a expresar interés en presentarse personalmente en el torneo. Sería entretenido observar de cerca, comentó. O, ¿por qué no? Quizá hasta podría encargarse de la ronda final, enfrentarse al peleador que consiguiera vencer a todos los demás.
Billy se había opuesto rotundamente y no había cedido en su negativa. Tuvo que recordarle a Geese-sama sobre Addes, sobre el peligro que corría, y su promesa de no volver a presentarse en un lugar abierto por un tiempo.
"Nunca prometí tal cosa", había señalado Geese con una sonrisa sarcástica, y luego había reído al ver el rostro exasperado de Billy.
La conversación no había pasado de ahí. Geese no había vuelto a repetir que también quería participar, pero estaba claro que no había dejado de pensar en eso. Billy se preparó mentalmente a que aquella idea resurgiera en una siguiente iteración del torneo.
Y así, con su atención puesta en Geese y los preparativos del KOF, Billy casi olvidó el asunto con Joseph Satel.
Hasta una mañana, en que Billy llegó al rascacielos y notó que las conversaciones en la recepción se acallaban debido a su presencia. El silencio absoluto reinó por unos segundos, y luego el ambiente se llenó de murmullos y risillas disimuladas. Los ojos de todos los presentes estaban dirigidos a él.
Billy devolvió aquellas miradas con el ceño fruncido, y los empleados se escurrieron de un lado a otro, simulando estar ocupados, pero aún observándolo de reojo con sonrisas extrañas.
El joven tomó el ascensor al piso donde se encontraba el despacho de su jefe, y los otros ocupantes mantuvieron un silencio incómodo, mientras lo observaban en el reflejo de las paredes. No hubo risas, pero era obvio que ahí estaba pasando algo.
—Señor Kane, llegó esto para usted —dijo la secretaria del piso superior al verlo pasar, extendiendo un sobre beige hacia él.
—¿Ha sucedido algo? —preguntó Billy. El sobre no tenía marcas y solamente su nombre estaba escrito en la cara frontal. No tenía un remitente. Parecía contener una revista.
—No, señor —respondió la joven.
Billy se dirigió a la sala de espera, que estaba vacía. Abrió el sobre con los dedos y confirmó que, en efecto, contenía una revista. El titulo lo desconcertó. Aquella era una publicación dedicada a celebridades, y sus artículos solían enfocarse en estrellas de cine y personas famosas en las cuales Billy no tenía ningún interés. Intrigado, el joven la hojeó lentamente. ¿Quizá la revista contenía alguna columna dedicada al KOF que debía revisar…?
Billy encontró una nota escrita a mano entre las páginas.
"Adelanto exclusivo de nuestra próxima edición", decía. No tenía firma.
La página marcada por la nota contenía una corta columna sobre un actor que estaba saliendo con una joven de la edad de su hija, una mujer a la que le habían tomado fotos poco favorecedoras en la playa, y…
—Oh fuck.
Había un breve artículo al pie de la página, dos discretas columnas de texto bajo el título "Encanto inglés en Howard Connection". Una fotografía acompañaba a los párrafos, y lo mostraba a él junto a la limosina, sonriendo entretenido por algo que Geese-sama había dicho. El empresario sonreía también, y debido al ángulo y la distancia en que la foto había sido tomada, parecía que ambos estaban innecesariamente cerca, como si estuvieran a punto de tocarse.
Billy leyó la introducción del artículo y sintió que su respiración se interrumpía.
"El elusivo magnate estadounidense Geese Howard fue captado por nuestras cámaras fuera de un exclusivo restaurant en South Town, acompañado por un enigmático joven inglés de apellido Kane, quien originalmente ingresó a las empresas Howard como guardaespaldas. Fuentes cercanas indican que Mr. Howard no parece ser inmune al característico encanto británico, y…"
—Mierda…
Billy se levantó de golpe, arrugando la revista entre sus manos, y prácticamente corrió a la oficina de Geese. No sabía qué iba a hacer o decir, pero debía informar a su jefe sobre esto cuanto antes. La nota decía que la publicación era un adelanto. Quizá estaban a tiempo de detener la distribución de esa edición…
El joven irrumpió en el despacho bruscamente. Ripper y Hopper estaban ahí y lo miraron sobresaltados y luego desaprobadores.
—¡Geese-sam…!
Geese estaba tras su escritorio, de pie con el auricular del teléfono en el oído. Bastó un seco movimiento de su mano para que Billy guardara silencio.
Intranquilo, Billy se acercó al escritorio, pero se detuvo en mitad de un paso al ver que había una copia de la revista delante de Geese-sama, abierta en el artículo que hablaba sobre ellos.
—Entiendo, Satel. Espero que algo similar no vuelva a repetirse. Podría resultar sumamente inconveniente.
La voz de Geese era fría y comprensiva a la vez y había una sonrisa en sus labios. Pero Billy se estremeció al mirarlo, porque sus ojos celestes brillaban con una calmada y helada molestia.
—Me encargaré de verificar que así sea —continuó Geese con la misma mezcla de tono cortés y amenazador—. No estaría de más que realizaras ajustes en tu línea de distribución.
Hubo una pausa y Geese entrecerró los ojos, la sonrisa sin irse.
—Mientras más rápido lo soluciones, más rápido quedará olvidado —dijo, aunque por su expresión estaba claro que no pensaba olvidar nada de lo que estaba sucediendo.
Al terminar la llamada, Geese observó a sus secretarios.
—Ripper, Hopper, asegúrense de que las copias que están en la imprenta sean destruidas —ordenó—. Algunos de los lotes fueron distribuidos "por error". Encárguense de encontrarlos también. No dejen ningún ejemplar de esa revista en circulación.
—Yes, sir.
Los secretarios salieron de la oficina rápidamente. Cuando Billy se quedó a solas con Geese, no supo qué decir. Atar cabos no había sido difícil, y ahora sabía que el artículo en la revista estaba relacionado con los Satel.
—Geese-sama, lo siento… —murmuró Billy.
Geese observó su expresión desolada y luego hizo un sonido de fastidio.
—No es tan grave.
Billy parpadeó.
—Pero puedo ver que está molesto.
—Ciertamente es desagradable estar involucrado en un ridículo juego de niños —asintió Geese, mirando la revista que tenía frente a él y luego apartándose para ir hacia las ventanas.
Billy lo siguió, manteniendo su distancia, retorciendo el ejemplar que aún tenía en las manos. Se sentía en falta. Todo lo sucedido era una consecuencia de sus acciones.
—Joseph ordenó la publicación del artículo a espaldas de sus parientes. La editorial pertenece a los Satel, quienes ya han presentado sus disculpas —dijo Geese, a pesar de que Billy no había preguntado sobre los detalles—. La revista aún se encuentra en la imprenta. Algunas copias fueron despachadas por accidente y Ripper y Hopper se encargarán de recuperarlas. Mañana no quedará rastro de ellas.
—Pero… los otros empleados parecen estar al tanto… —murmuró Billy, refiriéndose a las miradas que había recibido al llegar al rascacielos.
—Los escándalos se esparcen y se olvidan con la misma velocidad —asintió Geese, sin darle importancia.
—Pero el artículo… lo que dice sobre usted…
—Tonterías —interrumpió Geese, volviéndose para mirarlo por sobre su hombro—. ¿O me ves como una persona que se involucraría con un subordinado? —El sarcasmo de aquella pregunta tomó a Billy desprevenido—. Dime, Billy, ¿cómo debemos proceder?
Geese estaba sonriendo con maldad. Al joven no le quedó ninguna duda sobre lo que su jefe estaba sugiriendo. Iba a castigar ese atrevimiento, por mucho que dijera que no era serio. Nadie volvería a agraviar de esa forma al señor de South Town.
—¿Debería destruir el negocio de los Satel? —dijo Geese, sin dejar de mirarlo—. ¿Quieres ir a castigar a Joseph por impertinente?
Billy sintió su garganta seca. Quería responder afirmativamente. Tanto por el atrevimiento de publicar un artículo sobre Geese-sama, como por las opiniones que la familia Satel tenía sobre él. Le hubiera gustado ver a Geese destruir aquella fortuna, o hacerla suya. Quería verlo demostrarle a Joseph que ese tipo de escándalos y habladurías no podían alcanzarlo.
—No sería recomendable, por el momento —respondió Billy despacio, dominando su propia impulsividad y sus ganas de desquitarse con aquella familia. Analizó el problema fríamente, como su jefe hacía.
Geese esperó, sin dejar de observarlo.
—Tomar una acción ahora sería contraproducente —dijo Billy—, lo único que conseguirá será atraer atención sobre ese artículo. Destruir las revistas discretamente es la mejor opción.
—En eso estamos de acuerdo.
—Y no es un buen momento para dañar el negocio de los Satel. ¿Tal vez al acabar el torneo?
Geese rio, asintiendo. Las sugerencias de Billy coincidían con lo que él había decidido.
—Así será.
—Entonces…
—Esperemos a tener noticias de Ripper y Hopper —dijo Geese, volviendo a su escritorio y sentándose en la silla—. Deshazte de esa copia —indicó, señalando la revista que Billy tenía en sus manos.
—De inmediato. ¿Desea que también destruya ésa…? —Billy se interrumpió al ver que Geese tomaba la revista que estaba sobre el escritorio y la guardaba en uno de los cajones bajo llave.
Se miraron un momento. Geese pareció desafiarlo a comentar algo. Billy sintió una agradable tibieza en su pecho y ocultó una sonrisa.
—Volveré en seguida —dijo, y salió del despacho, sintiéndose ligero y mareado.
Se dirigió a la sala de los archivos, donde había un destructor de documentos. No era necesario triturar toda la revista, sólo el artículo con la fotografía de Geese-sama y él.
Sin embargo, al mirar la imagen, Billy titubeó. Hasta ese día, tomarse una foto con su jefe no había pasado por su mente. Ésa era la primera foto de ellos juntos.
Al igual que unas noches atrás, cuando se había visto a sí mismo en el espejo en un momento de intimidad con Geese-sama, Billy se sintió perturbado por la expresión que había en su propio rostro. El cariño que sentía por Geese era tan honesto y tan evidente. Eso era lo que Geese-sama veía al mirarlo.
Su jefe nunca se lo había reprochado, pero eso no podía continuar. No podía ser tan obvio, en especial si había otras personas observando. El artículo en esa revista lo demostraba. Aunque adorara a Geese, ese tipo de miradas debían estar restringidas a momentos en que estaban a solas.
Era extraño que Geese-sama nunca le hubiese reprendido por eso. Y era más extraño aún que, en la fotografía, Geese estuviera sonriéndole también, con una agradable placidez en sus ojos celestes.
Ripper y Hopper volvieron al atardecer e informaron que la tarea estaba completa. Todo rastro del artículo había desaparecido. Las copias físicas de las revistas habían sido destruidas. El archivo que contenía la diagramación de esa edición había sido sobrescrito "por accidente" y la información era irrecuperable.
Geese escuchó y asintió. Billy estaba sentado en uno de los sillones de la oficina, y procuró que su rostro no lo traicionara, porque la copia que él debía destruir estaba ahora dentro de su casillero. Pensaba llevarla a escondidas a su habitación, y guardarla en un lugar seguro.
Los secretarios se retiraron a los pocos minutos. La noche había caído, y Geese se levantó del escritorio para ir a su suite.
El teléfono repiqueteó antes de que pudiera dar un paso, y el empresario frunció el ceño al ver el número en la pequeña pantalla de cristal líquido.
Billy se había acercado para acompañarlo al penthouse, y esperó en silencio mientras Geese decidía atender la llamada, pese a que el horario de oficina había terminado hacía bastante.
El joven supo que algo extraño estaba pasando cuando Geese acercó el auricular a su oído pero no dijo nada. Hubo un tenue rumor bajo, la ininteligible voz de un hombre en el otro lado.
Todo el semblante de Geese cambió al oír esa voz. Sus hombros se pusieron rígidos, sus ojos se oscurecieron.
—Krauser... —El nombre fue pronunciado en un susurro.
—Geese-sama…. —murmuró Billy, alarmado, sin saber qué estaba sucediendo ni qué podía haber dicho la voz en el teléfono para que el empresario reaccionara así.
El rumor proveniente del auricular era audible en la oficina silenciosa, pero las palabras eran imposibles de diferenciar. Billy estuvo casi seguro de que oía una risa burlona, que hizo que Geese-sama clavara una mirada helada en él.
—Es sólo un perro —sonrió Geese con el tono más déspota que Billy le hubiese oído nunca.
La lejana risa se oyó otra vez. Las palabras continuaban, como un soliloquio ininterrumpido.
—Puedes intentarlo —dijo Geese en algún momento, su voz baja y amenazante—. No lo conseguirás. Esta ciudad sólo reconoce a un dueño.
Cuando Geese cortó la llamada, se quedó un momento inmóvil, sus manos apoyadas en el escritorio.
—¿Geese-sama? —preguntó Billy, sinceramente preocupado. Conocía los cambios de humor de su jefe, pero nunca lo había visto de esa manera. Geese estaba respirando con fuerza, había un brillo peligroso en sus ojos.
—Vete a casa, Billy.
La orden fue extrañamente suave, pese a la evidente molestia.
—¿Se encuentra bien? —insistió Billy.
Geese no respondió ni repitió su orden. Como si ya no viera al joven que estaba delante de él, se dirigió a la puerta, dejando a Billy a solas en el despacho.
Billy esperó unos segundos, confundido. No conocía los detalles de lo que había sucedido, pero sabía que era grave. Ese tal Krauser había amenazado a Geese-sama, y aquella conversación había tenido que ver con South Town. ¿Quién era ese hombre? ¿Algún líder criminal? ¿Un miembro de Addes?
La mirada helada que Geese-sama le había dirigido al llamarlo "perro" lo había dejado petrificado, pero Geese no tenía ningún motivo para denigrarlo de esa manera. No. Durante el viaje a Japón, esa palabra había adquirido un significado positivo que sólo ellos dos conocían. El desdén de Geese había tenido otro objetivo...
Contrariado, Billy se dio cuenta de que la voz en el teléfono lo había mencionado a él. Y Geese-sama había reaccionado así. Mostrando esa frialdad extrema.
Sin pensar en lo que hacía, Billy se acercó al teléfono y consultó el número de la última llamada entrante. Los dígitos estaban protegidos y no aparecían listados, pero el código inicial indicaba que se trataba de un número extranjero, proveniente de Alemania.
Billy frunció el ceño, intentando recordar qué contactos tenía Geese-sama en Alemania. Howard Connection atendía a algunos clientes en esa zona, pero ninguno que negociara con Geese directamente. El coleccionista que había comprado uno de los pergaminos que Geese buscaba también vivía en algún lugar de ese país… ¿La llamada tendría algo que ver con él?
¿Pero qué podía decir un simple coleccionista o un cliente, para que Geese perdiera la calma de esa manera?
Billy decidió no ir a casa. Fue al penthouse a buscar a su jefe, y al encontrar el lugar vacío, subió a la terraza. Geese no estaba en la plataforma usual desde la cual contemplaba la ciudad. Billy lo halló en el mirador lateral, que ofrecía una vista menos imponente. Ése era el mismo lugar que él había elegido noches atrás para sentarse a reflexionar a solas.
Geese estaba de espaldas a él con los brazos cruzados, silencioso y tenso. Su postura dejaba claro que no quería ser molestado, pero, a la vez, esa actitud le transmitió a Billy una inmensa soledad. Algo malo estaba pasando, y Geese pensaba enfrentarlo como siempre había hecho, por sus propios medios y sin ayuda.
Billy mantuvo su distancia y bajó la mirada. No quería importunarlo, pero tampoco planeaba irse y dejarlo solo con sus preocupaciones. Tal vez podría quedarse ahí en completa quietud, como una sombra, a la espera de que Geese le dijera qué necesitaba, si así lo quería.
Pasaron cerca de veinte minutos, y finalmente Geese murmuró:
—Te ordené que te fueras.
—Preferiría pasar la noche aquí, en caso necesite algo, Geese-sama —respondió Billy con premura, su voz cortésmente baja.
—Entonces acércate.
Billy obedeció.
—Al parecer no actuamos lo suficientemente rápido. No esperaba que una de esas ridículas revistas llegara a sus manos… —dijo Geese, hablando medio para sí, y medio para Billy. Su voz se oía tranquila, como si ya se hubiese calmado.
El joven asintió, sin preguntar a quién se refería.
—¿Crees que "me veo feliz" en esa foto? —preguntó Geese de improviso, volviéndose hacia Billy y esbozando una sonrisa de menosprecio.
—Es… Es una buena foto, Geese-sama —tartamudeó el joven, tomado por sorpresa ante el abrupto cambio de conversación.
—No fue lo que pregunté.
—El día que esa foto fue tomada, usted estaba de buen humor. No tenía ningún motivo para no verse complacido.
—¿Recuerdas qué día fue?
—Claro —asintió Billy—. Más bien, por favor, acepte mis disculpas. No noté que había un fotógrafo en los alrededores. Prestaré más atención de ahora en adelante.
El semblante de Geese se suavizó.
—No habrá más conversaciones casuales mientras estemos en la calle —indicó—. Esto no volverá a repetirse.
—Understood, sir.
Geese observó las facciones de su guardaespaldas, la mirada firme que contrastaba con aquella dócil aquiescencia. Billy esperaba, sin hacer preguntas, sin entrometerse. El joven sólo estaba ahí, y con su presencia parecía decirle que no necesitaba que le explicara nada sobre la llamada que había recibido. Billy no requería de ese tipo de detalles para ofrecerle su respaldo incondicional.
Hubo un largo momento en el cual el empresario caviló sobre lo que debía hacer. No había planeado que Billy se enterara de esa parte de su vida, pero las circunstancias se habían dado de forma imprevista. Un viejo enemigo había aparecido, y con mantener a Billy en la ignorancia lo único que conseguiría sería poner al joven en peligro.
—Geese-sama... —murmuró Billy, sonando preocupado mientras le mantenía la mirada.
Geese tomó una decisión. Cuando Billy lo miraba así, con esa sencilla entrega en sus ojos, revelar los secretos de un pasado amargo se hacía menos difícil.
—La llamada que recibí era de Wolfgang Krauser —dijo Geese en voz baja—. Mi medio hermano.
Geese hizo una pausa, dando tiempo para que Billy saliera de su sorpresa y le preguntara por qué de súbito tenía un hermano, si antes le había revelado que no tenía ninguna familia. Sin embargo, el joven se mantuvo en silencio, mirándolo fijamente, esperando que continuara.
—El artículo en la revista llegó a sus manos. Mi vida "feliz" llamó su atención.
Billy entreabrió los labios, pero no habló. Escuchaba atento, esforzándose por entender.
—Dijo que vendrá a tomar lo que es mío —continuó Geese, volviendo a verse molesto—. Mi fortuna, mi ciudad. —Hubo una pausa, y la mirada de Geese se volvió dura mientras sonreía con molestia—: Inclusive mi "pequeño perro británico".
Billy observó a su jefe en medio de un completo estupor. Geese-sama tenía un hermano... con el cual estaba en pésimos términos. Repentina e inesperadamente, Billy tenía una vista más amplia del mundo de Geese-sama, y ese mundo traía consigo a un nuevo enemigo y nuevas amenazas. Y el joven era consciente de que había una historia compleja ahí, llena de aspectos que Geese-sama no iba a revelarle esa noche. La molestia de su jefe tenía un motivo. Ese tal Krauser no debía ser tomado a la ligera.
Con esfuerzo, Billy procuró no hacer ninguna afirmación impetuosa. El pasado de su jefe era un tema delicado, que le estaba siendo revelado poco a poco, y que le mostraba que la vida de Geese-sama no había sido fácil. Billy no podía imaginar por qué tipo de cosas había tenido que pasar su jefe, para tener un pariente cercano y aun así afirmar que no tenía una familia. ¿Por qué un hombre como Geese-sama había acabado estando tan solo?
—Agradezco que comparta esta información conmigo, Geese-sama —dijo Billy con voz suave y una leve inclinación de cabeza—. Aún no comprendo del todo lo que está pasando, pero sé que es exactamente como usted dijo en el teléfono —continuó, alzando la vista hacia el empresario, sintiéndose abrumado por la intensidad con que quería protegerlo—. Ese hombre puede intentar cumplir su amenaza, pero no conseguirá lo que se propone, porque tanto esta ciudad como yo tenemos sólo un dueño.
Geese pareció desconcertado por la elección de palabras, pero al momento siguiente sonrió complacido, y Billy se sintió más tranquilo. Quería dejar claro que Geese-sama no estaba solo. Ahora él estaba ahí, para ayudarle a defender sus posesiones y su ciudad, contra enemigos o contra su propia familia, de ser necesario.
Pero Billy no dijo esto en voz alta, porque era mejor esperar a saber un poco más. Él quería saberlo todo sobre Geese, pero dependía del empresario compartir su vida con él. Quizá algún día lo haría, o quizá no lo haría nunca. Billy aceptaba ambas posibilidades. Lo importante era que Geese-sama supiera que él siempre lo apoyaría, sin importar lo que decidiera.
Nota:
No pude hacer un fic temático, pero al menos pude actualizar ^^.
Gracias por el tiempo que dedican a leer esta historia. Ha pasado más de un año desde que la empecé, y ha sido muy grato ver cómo la relación entre Geese y Billy se desarrolla de forma tan natural. Gracias también por los comentarios y mensajes. Es hermoso ver que esta pareja recibe tanto cariño.
Felices fiestas, si las celebran, y si no, ¡feliz cumpleaños de Billy! :D
~Miau
