Se adentró sin prisa en el departamento a obscuras. Sabía que de cualquier forma ese día, el de su cumpleaños, lo pasaría solo. Como era habitual, todos estaban ocupados: ni siquiera Alfred, cuya presencia había sido una constante en los últimos años, podría acompañarlo como ya era costumbre.
Tampoco era que la fecha le causara demasiada expectación: la compañía de Alfred, algún obsequio de su padre y, ocasionalmente, una carta, regalo o amenaza por parte de su madre y abuelo. Siendo así, si tendría que pasar el día en un edificio silencioso y vacío, prefería que fuese aquel modesto apartamento y no la gigantesca y vacía mansión Wayne.
Eran las tres de la mañana. Ni siquiera se molestaría en encender la luz, la cama era su único destino en aquel momento; una cama vacía, pues aparentemente a Jason le había parecido buena idea salir con sus amigos y perderse en algún callejón húngaro con la promesa de llevarle algún recuerdo.
Al pasar por la cocina se sintió una mirada insistente fijarse sobre él, permaneciendo quieto a unos cuantos pasos de ésta hasta escuchar aquella voz conocida que susurraba en su oído.
—Ni una palabra —adviritió tomando su muñeca, y Damián se dejó arrastrar al interior de la cocina a en completa obscuridad.
Debió sospecharlo en el momento en que no tropezó con alguno de los acostumbrados obsequios del mercenario mientras entraba. Quiso reír, mas reprimió las ganas de soltar una fuerte carcajada en ese momento para no echar aquella atmósfera de misterio al drenaje. Escuchó el inconfundible sonido de un cerillo al encenderse y entre la negrura vio la llama que iluminaba tenuemente las facciones de su amado.
Se permitió sonreír cuando la llama se acercó a la mesa, encendiendo una pequeña vela en un pastel que a penas distinguía.
—No me digas que el rudo y peligroso Jason Todd ha horneado un pastel para mí —rió bajo, apoyando una de sus manos en la mesa, sabiendo que aquella acusación suya no era errada.
El mayor, de un momento a otro, estuvo detrás suyo, con una mano en su cadera y la otra sobre la suya en la superficie de la mesa. —Cállate y pide un deseo.
Damian se inclinó hacia el pastel, sintiendo al otro acercarse a su cuerpo como si quisiera adherirse. Debió suponerlo, el forajido nunca perdería una oportunidad para acorralarlo en cualquier lugar.
En un segundo todo volvió a la obscuridad, ellos sabrían como sacarle provecho.
