Capitulo 23

Hola mis queridos lectores, siento el retraso estado muy liada con mucha faena. Aquí tenéis el siguiente capítulo. Espero que lo disfrutéis. Saludos y Feliz año.

En la semana y media que llevaba en casa, Dana se había preguntado más de una vez si habría regresado de la clínica con el marido cambiado.

Tom había sido una vez el hombre más encantador del mundo eso parecía…, pero en esos momentos se habían desvanecido tanto su humor irreverente como sus ganas de jugar. Ya no flirteaba con ella, no se burlaba ni le gastaba bromas... Solo mostraba un calmado estoicismo sin fin que comenzaba a agotarla. Entendía que estaba preocupado por ella, por los posibles contratiempos de la recuperación, pero echaba de menos al Tom de antes. Añoraba aquella energía y el humor que conseguía conectarlos a un nivel invisible. Y ahora que se sentía mejor, el férreo control que él ejercía sobre ella cada minuto del día empezaba a hacer que se sintiera un poco acorralada. En realidad, se sentía atrapada.

Cuando se quejó a Sra. Analía Hawkins y la doctora Gibson, que la visitaba todos los días para valorar sus progresos.

—Querida, Tom siempre fue un chico difícil de carácter, reservado y serio. Por lo menos eso es lo que nos dijeron en el Orfanato claro... Entiendo cómo te sientes, él ha experimentado una gran conmoción el día que te atacaron. —le explicó la Sra. Hawkins.

—Pero ¿volverá a ser como era? —tanteó Dana.

—Tiempo. —dijo la Sra. Hawkins.

—Voy a tratar de tener paciencia con él —aseguró Dana con un suspiro de resignación—, pero está siendo demasiado reservado a veces. Cada vez que viene una visita, se asoma y me controla el tiempo para asegurarse de que no me canso. Ni siquiera me besa como Dios manda, solo me da besitos como si fuera su tía abuela.

—Es posible que el Sr. Riddle esté preocupado o tenso por el trabajo—reconoció la Sra. Hawkins.

La doctora intervino en ese momento—. Ya han pasado dos semanas, y tú te recuperarás bien. No es necesario darte más poción para el dolor y te ha vuelto el apetito. Creo que te beneficiaría hacer alguna actividad controlada. El exceso de reposo puede hacer que los músculos y los huesos se debiliten.

Sonó un golpe en la puerta de la habitación.

—Adelante —invitó Dana, y Tom entró en la estancia.

—Buenas tardes, doctora Gibson, madre… —saludó antes de acercarse a Dana—. ¿Cómo se encuentra mi mujer?

—Está curándose con rapidez —explicó Garrett con tranquila satisfacción—. No hay señales de aneurisma, hematoma, edema o fiebre.

—¿Cuándo puedo comenzar a pasear? —preguntó Dana.

—A partir de mañana es aceptable que hagas salidas cortas. Quizá podrías hacer algo fácil, como visitar a tus hermanas, o ir a Callejón Diagón.

Tom puso una expresión atronadora.

—¿De verdad está proponiendo que salga de casa?

—Por las barbas de Merlín, Tom —protestó Dana—. No soy una cría.

—¿Y qué pasa con su herida? —prosiguió Tom sin hacer caso de las quejas de Dana.

—La herida se ha cerrado —dijo Garrett—. Sr. Riddle, a pesar de que es comprensible su cautela, la señorita Dana no puede permanecer para siempre en un ambiente estéril.

—Creo que... —intentó intervenir la Sra. Hawkins, pero Tom la fulmino con la mirada.

—¿Y si se cae? ¿Y si alguien tropieza accidentalmente con ella? ¿Y qué pasa con el bastardo que ordenó el ataque? Que la Sra. Bel se encuentre bajo custodia no significa que Dana esté segura. Ese tipo puede enviar a otra persona.

—No lo había pensado —admitió Garrett—. Es evidente que no tengo potestad en la cuestión de los conspiradores.

—Nott estará conmigo —señaló Dana—. Él me protegerá. No puedo quedarme encerrada en casa durante mucho más tiempo —continuó con el tono más razonable que pudo reunir al ver que Tom no respondía, y se limitaba a mirarla con expresión pétrea—. Me he atrasado mucho para presentarme para auror . Si pudiera salir, quizás entonces...

—Ya le he dicho al Sr. Willams que retire la solicitud —intervino Tom con brusquedad—. Vas a tener que de dedicarte a otra cosa menos arriesgada. Más adelante, cuando lo permita tu salud.

Dana lo miró con asombro.

Quería controlar también su trabajo. Dana decidir cuándo, cuánto y cómo podía trabajar y le obligaría a pedirle permiso para lo que quisiera hacer, todo en nombre de que así protegía su salud. Sintió que su temperamento empezaba a hacer erupción.

—¡No tenías derecho a hacer eso! —exclamó—. ¡No es una decisión que te corresponda tomar a ti!

—Sí, lo es cuando tu salud está en juego.

—La doctora Eva acaba de decir que puedo empezar a salir.

—La primera vez que saliste te viste envuelta con un grupo de gente radical. Y no me extrañaría que algunos Muggle estuvieran implicados.

—¡Le podría haber pasado a cualquiera!

Él la miró inflexible.

—Pero te ha pasado a ti.

—¿Estás insinuando que fue culpa mía? —Dana miró con asombro al desconocido de mirada fría que había a los pies de su cama, que había pasado de amante esposo a enemigo con desconcertante rapidez.

—No, no estoy insinuando nada. ¡Maldición! Dana, tranquilízate.

Ella notó que le costaba respirar, y parpadeó para disipar la rabia que empañaba su visión con una nube roja.

—¿Cómo voy a tranquilizarme si estás rompiendo las promesas que me hiciste? Esto es lo que temía. Esto es lo que te dije que no quería.

—Dana —la voz de Tom cambió, haciéndose urgente y susurrante—, respira hondo. Por favor. Te vas a poner histérica. —Se volvió hacia la doctora Gibson mientras maldecía por lo bajo—. ¿No puede darle algo?

—¡No! —gritó Dana furiosa—. No se sentirá satisfecho hasta que me tenga sedada en el ático con el tobillo esposado a la pared.

La Sra. Hawkins intento tranquilizar a Dana mientras la doctora los miraba detenidamente. Se acercó a la cama y metió la mano en su maletín de médico para sacar un talonario de recetas y una pluma. Escribió una receta profesional, que le tendió a ella.

Dana leyó el papel echando humo.

"Tome un marido sobreexcitado y adminístrele reposo obligatorio en cama.

Aplique tantos abrazos y besos como sea preciso hasta que se alivien los síntomas.

Repita las veces necesarias".

—No puedes decirlo en serio —dijo Dana, mirando la expresión seria de Garrett.

—Te sugiero que sigas las instrucciones al pie de la letra.

—Esto es el colmo —aseguró con el ceño fruncido.

La doctora se volvió, pero antes Dana alcanzó a ver el destello de una sonrisa.

—Mañana me pasaré por aquí, como siempre.

Tanto Tom como ella permanecieron en silencio hasta que la doctora salió de la habitación acompañada por la Sra. Hawkins que cerró la puerta de tras de ella, con un movimiento de su varita.

—Déjame ver la receta —ordenó Tom de forma cortante—. Le diré a Nott que la lleve a la botica.

—Lo haré yo —respondió Dana con los dientes apretados.

—De acuerdo. —Tom se alejó para recolocar la caótica colección de artículos que había en la mesilla.

Le dirigió una mirada retadora a su marido. Tom no estaba sobreexcitado, resultaba agobiante. Pero al observarlo de cerca, vio las ojeras que tenía, las líneas de expresión, más profundas que antes por la tensión, el rictus que aparecía en su boca. Tom parecía cansado e inquieto a pesar de la calma exterior. Se le ocurrió que, además de su constante preocupación por ella, las dos semanas de celibato no habían sido la mejor cura para su carácter.

Pensó en los besos breves y secos que le daba últimamente. Sería bueno que la abrazara, que la abrazara de verdad, que la besara de la forma en que acostumbraba a hacerlo. Como si la amara.

Cariño... Él usaba alguna vez esa palabra como mote cariñoso. Le había demostrado sus sentimientos, pero nunca se lo había dicho antes. En cuanto a ella... Era un florero que se las había arreglado de alguna forma para pescar al más guapo del baile, al hombre que todas las debutantes querían. Evidentemente no era justo para ella ser la que corriera ese riesgo.

Pero alguien tenía que hacerlo.

Observó a Tom mientras él ordenaba las medicinas y, finalmente, decidió tomar el toro por los cuernos.

—Probablemente ya lo sabes —dijo sin rodeos—, pero te amo. De hecho, te amo tanto que no me importa tu monótona belleza, tus prejuicios contra ciertos tubérculos o la extraña preocupación que muestras por alimentarme con una cuchara. No pienso obedecerte nunca, pero siempre te amaré.

La declaración no era precisamente poética, pero parecía ser lo que él necesitaba oír.

Al instante, él se sentó en la cama y la atrajo contra su pecho.

—Dana —dijo con la voz ronca, apretándola contra su acelerado corazón—. Te amo más de lo que puedo soportar. Eres mi debilidad…

Se volvió hacia él. Aquí estaba por fin el Tom que había conocido, con su boca caliente y voraz. Sentir su sólido torso contra ella hizo que las puntas de sus pechos se convirtieran en puntos palpitantes. Dana echó la cabeza hacia atrás y él se dio un festín en el lateral del cuello, usando la lengua y el borde de los dientes hasta que la hizo estremecer de placer.

Tom levantó la cabeza respirando con dificultad y la abrazó, meciéndola contra su cuerpo. Dana sentía la lucha que se desarrollaba en su interior, el violento deseo contra la forzada contención.

Cuando intentó alejarla de él, apretó los brazos alrededor de su cuello.

—Quédate en la cama conmigo.

Él tragó saliva de forma ostensible.

—No puedo, o te devoraré. No seré capaz de contenerme.

—La doctora dijo que todo está bien.

—No puedo arriesgarme a hacerte daño.

—Tom —le dijo muy seria—. Si no me haces el amor, te lanzare las peores maldiciones que conozco.

Él entrecerró los ojos.

—Inténtalo y te ataré a la cama.

Dana sonrió y le mordisqueó la barbilla, adorando la textura áspera de su rostro.

—Sí, venga... Hazlo.

Él gimió, comenzando a alejarse, pero, en ese momento, ella logró deslizar una mano dentro de sus pantalones. Lucharon, aunque no fue una pelea justa porque él estaba demasiado aterrado de hacerle daño, y el deseo que sentía por ella era demasiado violento para pensar con claridad.

—Así, con suavidad —lo engatusó Dana, desabrochándole los botones y deslizando las manos dentro de su ropa—. Tú lo harás todo y yo me quedaré quieta. No me harás daño. ¿Ves?, es la manera perfecta para mantenerme en la cama.

Tom maldijo, tratando desesperadamente de contenerse, pero ella sentía que su resistencia se desmoronaba, que estaba cada vez más excitado, así que se movió en la cama, deslizándose debajo de él. Notó que contenía el aliento y, por fin, con un sonido primitivo, apresó el corpiño del camisón, rompiendo la parte delantera. Inclinó la cabeza sobre sus pechos y cerró la boca sobre un pezón para empezar a succionarlo, moviendo la lengua sobre él. Ella llevó las manos a su cabeza y enredó los dedos en su hermoso cabello negro azabache. Él se trasladó luego al otro pecho, que succionó mientras deslizaba las manos sobre su cuerpo.

Oh, a él se le daba bien eso, su sensible contacto y experiencia conseguían que las sensaciones se extendieran sobre su piel como una red de chispas. Por fin, la tocó entre las piernas, acariciándola con suavidad, deslizando los dedos con tanta lentitud que ella acabó gimiendo y arqueándose en una muda súplica. Él profundizó la caricia. Por fin, metió las manos por debajo de su trasero y la alzó hacia él, sosteniéndola como un cáliz mientras la buscaba con la boca.

Ella sollozó, se retorció cuando él la premiaba con unas sensaciones sedosas y aterciopeladas que la convertían en fuego líquido. Pandora contrajo y relajó los muslos impotentes mientras recibía las sensaciones con el cuerpo tenso, envuelta en el calor que irradiaba desde su ingle. Sentía la punta de la lengua de Tom contra el brote extremadamente sensible de su sexo, y le hacía hormigueantes cosquillas que aumentaban el placer hasta casi el borde de la culminación.

Había habido momentos en los que la había mantenido así durante horas, atormentándola con la estimulación precisa para mantener la excitación, pero retrasando la liberación hasta que ella pidiera clemencia. Pero ahora, por suerte, no la hizo esperar.

Dana se estremeció presa del éxtasis mientras él clavaba los dedos en su trasero para levantarla con más firmeza contra su boca.

Por fin, se quedó relajada y ronroneó cuando él la cubrió con su cuerpo. Tom la penetró despacio, invadiéndola con su dura y gruesa erección. Él se apoyó en los codos después de hundirse hasta el fondo, y no se movió, sino que buscó sus ojos con una pasión reprimida. Dana notó lo tenso y pesado que estaba, preparado para la conclusión. Pero él siguió inmóvil, soltando aire cada vez que ella lo ceñía con sus músculos internos.

—Dímelo otra vez —susurró Tom finalmente, con los ojos brillantes y la cara sonrojada.

—Te amo —repitió ella y alzó los labios hacia los de él, sintiendo su profundo estremecimiento cuando alcanzó la liberación, y la marea avanzó y retrocedió en ondas perezosas.