The finale, part 2 (Danny Elfman, de la banda sonora de Batman Vuelve)
Llegó la Navidad. No había nada que celebrar. El gobierno de Alemania no tenía noticias de su nación después de un supuesto accidente de tráfico en el que había muerto su guardaespaldas. Liechtenstein seguía desaparecida también. Rusia planeaba sobre Europa como una sombra terrible. Suiza, Austria, Akhzivland, Groenlandia...Sealand, estaban muertos. España y Ucrania parecía que iban a seguir su camino. Inglaterra y Francia se habían aislado de todo el mundo. Incluso los que creíamos que teníamos las cuentas saldadas con nuestros ciudadanos estábamos en el punto de mira del movimiento.
Aun así, el mundo entero se encontró en algún lugar de su casa un paquete con un regalo. Incluso yo. Y sabía de quién era.
Llamé a la puerta. Tardaron en contestar. Los guardaespaldas de Finlandia me dijeron que estaba en la sauna, y lo llamaron por mí. Al parecer, pasaba mucho tiempo en la sauna últimamente.
Cuando salió, se lo pregunté:
— ¿Esto es cosa tuya?
Le señalé el jersey que sostenía en mis manos. Azul, con bordados que imitaban las olas. Finlandia sonrió.
— Últimamente hace mucho frío y te vendría bien algo gordito—me contestó.
No dije nada.
— Creí que te pasarías por casa. Ya sabes...Por Navidad—me dijo, mirándome con timidez.
— Yo creía que no querrías...
Finlandia sonrió, suspirando.
— Bueno, sí, es cierto que últimamente andamos un poco cortos de alegrías, ¿verdad? Pero...Bueno...Al menos nos tenemos los unos a los otros...Aunque sea de momento...Eso ya es algo para celebrar, ¿no?
— Lo siento.
— No importa. Ya que estás aquí, ¿querrías quedarte y cenamos juntos?
Tampoco contesté aquella vez. La sonrisa de Finlandia se fue borrando poco a poco. Comprendí por qué pasaba tanto tiempo encerrado en la sauna. En aquellos tiempos era el que hacía el esfuerzo de sonreír, pese a todo. El que decía que todo iría bien. El que se había molestado en dar regalos a sus amigos un año más por Navidad. Pero si iba tan a menudo a encerrarse entre vapores era porque incluso él necesitaba dejar salir lo que realmente sentía de vez en cuando. Cuando me miró, supe que él tampoco tenía muchos motivos para sonreír. Pero lo intentaba. Lo intentaba con todas sus ganas.
— ...Lo de Sealand...Sé que fue horrible...Me ha costado mucho no prepararle un regalo como todos los años, ni te lo imaginas...Aún sigo esperando que aparezca por la esquina para darnos un susto, como solía hacer...P-Pero...No sé...No creo que a él le hubiera gustado que nos hundiéramos en la miseria...Eso...Eso es lo que quiere el movimiento, ¿no? Destruirnos...Destruir nuestra forma de vida...Y yo no quiero...He recorrido un largo camino hasta llegar hasta donde quería estar...Y no quiero perderlo...No quiero perder a mis amigos...Esta Navidad...
Se detuvo ahí e hizo un enorme esfuerzo por luchar contra las lágrimas.
Yo me acerqué a él, le acaricié el hombro, porque no se me ocurría qué más hacer para reconfortarlo.
Se me ocurrió algo más, pero era algo que necesitaba yo.
Sé que no se lo dirás a nadie, Hanatamago. Buen chico. Me incliné sobre él y le di un beso en los labios.
Y ¿sabes qué? No se resistió. No chilló. No me abofeteó, aunque quizás me lo mereciera. Simplemente suspiró hondo. Cansado. Me hizo entrar y cenamos juntos sin hablar de ello.
Sé por qué hizo aquello. Sé por qué ese año todas las naciones habían recibido un regalo esmerado, seleccionado con todo el cariño. Sé por qué dejó que lo besara. Porque quizás esa era nuestra última Navidad.
