Epílogo
Cuando la humilde cabaña apareció ante sus ojos, Hinata exhaló un suspiro de felicidad. Su hogar, al fin podía llamarlo así. A pesar de que marcharse del poblado miwok le había entristecido, lo cierto era que había estado deseando regresar a su casa cuanto antes para comenzar su nueva vida. Sonrió al recordar la emotiva despedida de sus nuevos amigos. Sobre todo la de Sarada. La niña se había abrazado a ella y le había susurrado una frase miwok al oído, que misteriosamente ella había comprendido a la perfección.
—'Eyya manay kanni(12).
Hinata la contempló con adoración y memorizó aquellos ojos rojos que la fascinaban.
—No podría, jamás —le contestó, acariciando su cara—. Y prometo volver a visitarte en cuanto me sea posible, con Omusa.
La niña asintió y la abrazó una vez más. Se despidió también de Sakura y de Obito, que en tan poco tiempo habían sabido ganarse su corazón. Y después, Shion, Naruto y ella habían regresado a Konoha's Valley.
Tuvieron que dejar a Shion en su propia cabaña, por más que insistieron para que se quedase con ellos. La joven rubia no quería ser un estorbo y sabía que cuanto antes comenzara a acostumbrarse a su nueva vida como viuda, mucho mejor. Ya tenía pensado que remodelaría toda la casa para que nada le recordara al impresentable y cruel marido que había tenido la desgracia de soportar.
—Estaré muy bien, no os preocupéis —les había dicho.
Aun así, Naruto le hizo prometer que acudiría a ellos para cualquier cosa que necesitara, algo que agradó a Hinata. Le miró con todo el amor que sentía asomando a sus ojos perlas. Era un buen hombre, había tenido mucha suerte.
Y ahora volvían a estar de regreso en su cabaña, los dos solos.
Hinata se apresuró a colocar el cesto que le habían regalado los miwok en su sala, complacida al ver que quedaba muy bien en el centro de la mesa. Naruto se aproximó a ella por detrás y la abrazó, apoyando su barbilla en el suave hombro de su esposa.
—Me alegro de que mis amigos te hayan gustado —susurró—. No muchas mujeres hubiesen aceptado una boda entre salvajes.
—Ellos no son salvajes —se apresuró a contestar ella—. Son gente maravillosa y no me extraña que te costase tanto tiempo abandonarlos. Sus costumbres y su idioma me han fascinado… Por cierto, ¿qué significa Omusa?
Naruto sonrió. A pesar de su gran curiosidad, Hinata había tardado mucho tiempo en hacerle esa pregunta.
—Significa Flecha Perdida. Su arma de guerra más poderosa son las flechas, y yo era un guerrero blanco para ellos. Y estaba completamente perdido cuando me encontraron… un nombre muy apropiado, ¿no crees?
—Es perfecto —coincidió Hinata—. ¿Volveremos a verlos? Le prometí a Sarada que lo haríamos.
—Si le hiciste una promesa, habrá que cumplirla, por supuesto.
Ella se giró entonces para quedar frente a frente con él. Le rodeó el cuello con los brazos y se alzó de puntillas para alcanzarle los labios.
—¿Crees que podríamos tener ahora esa segunda noche de bodas íntima que me prometiste? —le susurró contra la boca.
Naruto volvió a sonreír. La fiesta de la noche anterior había durado hasta altas horas de la madrugada y después tuvieron que compartir la choza con Sakura, Sarada y Shion. No era momento ni lugar para dejarse llevar por el deseo intenso que los consumía a los dos desde que se habían intercambiado los votos matrimoniales. Pero ahora estaban solos, en su casa, sin nadie que les pudiera molestar.
El vaquero acarició con sus labios la boca de Hinata, suavemente, mientras la apretaba contra su cuerpo con la intención de fundirse con ella.
—Vamos al dormitorio, esposa. Tendrás tu noche de bodas, tan íntima y tan larga como desees…
Nadie podía negar que a Jiraiya Konoha le encantaban las fiestas.
Había encontrado otro motivo más para celebrar un baile en la plaza del pueblo: la aparición de un nuevo y, ya casi podían intuirlo, próspero negocio. Mei se lo había pedido como favor personal y el viejo había descubierto que a ella no podía negarle nada.
—Vamos, es la mejor manera de que las mujeres estrenen los vestidos que le han encargado a Ino. Y seguro que todas se pasarán por el local a bañarse y a perfumarse para el evento. Significa muchos beneficios para mí, querido. Además, sé de sobra que te gusta ver que tus hombres se divierten después de una dura jornada de trabajo.
La madame, siguiendo el consejo que le diera Hinata, había abierto sus puertas a las nuevas habitantes de Konoha's Valley. Y había resultado ser todo un acierto. Las damas estaban deseosas de renovar su vestuario, y los diseños de Ino las entusiasmaron. Todas recordaban el espectacular aspecto de Hinata durante la anterior velada y habían decidido que necesitaban un cambio de imagen.
Además, estaban aquellos maravillosos baños de espuma, que dejaban la piel suave y perfumada. ¿Quién no querría pagar algún dólar de más por aquellas atenciones? Sobre todo, antes de una fiesta.
Cuando los habitantes de Konoha's Valley se empezaron a reunir en el centro de la plaza, Jiraiya notó enseguida el ambiente festivo y las ganas de pasarlo bien. Los nuevos vestidos de las señoras proporcionaban un nuevo colorido al grupo y los hombres estaban encantados con el aspecto femenino, dulce y algo provocativo de sus esposas.
Paseó sus ojos entre el gentío que se arremolinaba ya frente a la mesa de la comida y no pudo evitar fruncir el ceño al distinguir al siempre desaliñado señor Wyatt. Se acercó a él inmediatamente, sin tener muy claro lo que pensaba decirle. Aún sentía una desconfianza ciega e inexplicable por ese individuo, pero no tenía ningún motivo para echarle de Konoha's Valley. Y lo cierto era que lo estaba deseando.
—¿Qué tal, Jirōbō? —le preguntó cuando llegó a su altura—. ¿Cómo te estás adaptado?
El hombre le miró con aquellos ojos tan juntos que exhalaban un aire de mezquindad constante. No era extraño que desagradase a la gran mayoría de sus vecinos.
—Bastante bien —contestó con sequedad.
—Tu cabaña estará lista muy pronto, Jirōbō, y podrás dejar de hospedarte en el local de Mei. Imagino que ya estarás cansado de vivir en una habitación.
—Pues no —respondió con sinceridad—. Me gusta vivir rodeado de bellas mujeres. Pero lamentablemente mis ahorros se están terminando y no podré seguir gozando de sus atenciones. Son unas mujeres muy caras —terminó, lanzando aquel último comentario con desprecio, como si considerase un insulto pretender cobrarle un coste tan elevado por sus servicios.
Jiraiya tuvo que morderse la lengua para no replicarle como se merecía.
—No te preocupes, como te he dicho, tu cabaña estará lista muy pronto —tras decir aquello, el patrón se giró para volver a la fiesta y vio que una nueva pareja acababa de hacer su aparición. Lanzó su último comentario como si nada, pero estudió muy atentamente a su interlocutor para observar su reacción—. ¡Ah, ya llegan Hinata y Naruto! Perdóname, Jirōbō, voy a ver qué tal les ha ido en su viaje.
Jiraiya hubiese jurado que el rostro de Wyatt se oscurecía ante la visión de la pareja, y que su boca se curvaba aún más hacia abajo en las comisuras, consiguiendo que su mueca de asco se acentuara.
Definitivamente, tendría que vigilarlo muy de cerca hasta que averiguase qué se traía entre manos.
Cuando el viejo se alejó, Jirōbō soltó una obscena maldición. Ella otra vez, ¡y parecía flotar de felicidad al lado de su engreído marido!
Estaba hermosa, más hermosa de lo que él la recordaba. Y el deseo volvió como un latigazo agudo y doloroso. Se sintió arder. La necesitaba, había estado soñando con ella noche tras noche, poniéndole su cara a las chicas de Mei mientras las obligaba a cometer las bajezas más ruines que se le pasaban por la cabeza. El desahogo había estado bien, imaginando que sus vejaciones eran contra ella… Pero tenerla ahora delante era una tentación demasiado fuerte. Se escabulló entre las sombras dispuesto a esperar una oportunidad. Ya sabía lo que tenía que hacer, la gozaría como había soñado mil veces y después acabaría con ella. Y, si eso le costaba tener que abandonar Konoha's Valley como un fugitivo, que así fuese. En su mente lujuriosa, el precio a pagar por unos instantes con aquella mujer merecía la pena.
Se puso tenso cuando observó que el patán del esposo sacaba a bailar a una joven rubia y Hinata se dirigía a uno de los extremos de la mesa de las viandas. Sacó de su bolsillo una navaja y acarició su mango con anticipado regocijo. La estaba guardando para ella, ya que a la dama le gustaban tanto las navajas. Se acarició el hombro y tuvo que disimular la mueca de rencor que le salía sin querer. Recorrió la distancia que lo separaba de la mujer, derecho y sin disimulos. Todo debía parecer normal, que nadie sospechara de sus intenciones; cuando estuvo casi pegado a su espalda, abrió la navaja.
Shion se reía sin cesar mientras giraba en la pista de baile entre los brazos de Naruto. Hinata no se había equivocado, era un auténtico patoso. La había pisado ya unas cuantas veces y entendió por qué su amiga había declinado su invitación a bailar en favor suyo.
¡Sus pies estarían sin duda a salvo de aquel martirio!
—Perdona, Shion —se excusó Naruto de nuevo—. ¿Quieres que lo dejemos?
—Es demasiado divertido —confesó ella, a pesar del dolor de pies.
Y es que ver al aguerrido vaquero, siempre tan confiado y seguro de sí mismo, hundido moralmente por un baile, le divertía mucho. Y ella necesitaba reírse, era una buena terapia. Después, cayó en la cuenta de que el vaquero no debía estar del todo recuperado de su herida y decidió apiadarse.
—Aunque, si te duele el hombro podemos parar. Lo entiendo.
—No te preocupes, apenas me molesta ya. Haremos esto: me separaré un poco más para darle un descanso a tus pies —dijo él, dando un paso hacia atrás, lo que ocasionó que chocara con otra de las parejas que danzaban en la plaza.
Las risas de Shion aumentaron. Se secó las lágrimas que le corrían por la cara a causa de las carcajadas y le miró con aprecio.
—Creerás que soy muy cruel por decir esto —dijo, interrumpiendo su hilaridad—, pero me alegro mucho de que Hinata se rezagara de la caravana y que aquel hombre la atacara. De otro modo jamás os hubierais conocido, y sin duda eres el marido ideal.
Naruto se detuvo en seco, con el rostro completamente demudado.
—¿Qué es lo que has dicho?
Shion se dio cuenta de su error. Se separó de él y se tapó la boca con la mano al percatarse de que había roto una promesa.
—¡No tenía que contártelo! Lo siento, yo… Ella me pidió que no dijera nada, pero me olvidé…
Naruto la tomó por los hombros decidido a escuchar toda la historia. Ahora que conocía el motivo por el que su mujer había caído por un terraplén y casi se había matado, quiso saberlo todo.
—¿Qué fue exactamente lo que ella te contó?
Shion negó con la cabeza. No debía… no podía contárselo.
— Naruto, Hinata me pidió que no te lo dijera. No sé por qué, pero tiene la estúpida idea de que nadie la creerá si explica lo sucedido. Piensa que la culparán a ella…
—¿De qué, por el amor del cielo? — Naruto no podía comprenderlo—. Reconozco que al principio no confié en ella, pero después de todo lo ocurrido no podría dudar de su palabra… jamás.
Shion supo que decía la verdad. Además, era su marido y merecía saberlo. Suponía que se estaba metiendo en un terrible lío al confesar su secreto, pero siempre había creído que él debía descubrir lo ocurrido. Que Hinata fuera una insufrible cabezota era lo único que había impedido que Naruto conociera los hechos.
—Bien, te lo diré. Pero, por favor… por favor, no debes culparla por querer ocultártelo. Lo ha pasado realmente mal, toda su vida ha tenido que soportar muchas burlas por las historias que contaba, nadie la creía nunca y ella…
— Shion —la cortó Naruto, al ver que la joven divagaba.
—Sí, vale. Pues Hinata se rezagó para recoger las semillas de jojoba y entonces… entonces, aquel hombre la atacó. ¡Quería violarla!
—¿Qué hombre? —el rostro de Naruto se había oscurecido peligrosamente.
—No lo sé, no quiso decírmelo. Pero sé que ella le clavó una navaja en el hombro, así consiguió escapar. Salió corriendo y entonces cayó rodando por el terraplén — Shion observó los ojos azules de Naruto, que la miraban espantados. Lo cierto era que a ella misma le había horrorizado conocer la historia—. No te preocupes — añadió para tranquilizarlo—, Hinata me dijo que ese hombre ya no estaba en Konoha's Valley…
—Te mintió —rugió él de pronto, al caer en la cuenta de que sabía perfectamente quién era aquel maldito bastardo.
El día de la llegada él tuvo que abandonar la cama de la madame para que ella atendiera a uno de los hombres de la caravana que había llegado herido. Alguien le había clavado una navaja en el hombro y él le había recomendado a Mei que no indagara… que no le preguntara cosas personales a un hombre extraño. ¡Qué necio! ¡Si no lo hubiera hecho podría haberse enterado de aquello mucho antes!
Luego recordó al hombre en cuestión, cuando le conoció el día del primer baile. Jirōbō Wyatt. Le había caído mal desde el principio… ahora sabía por qué.
Pensó en Hinata y sintió un nudo oprimiendo su corazón. ¡Qué mal lo tenía que haber pasado sin poder confesarle a nadie lo ocurrido! La recordó el día de su llegada, deshecha y malherida, y él nunca sospechó que pudiera haber sido atacada. Siempre atribuyó su estado a una excesiva torpeza… ¡Hijo de puta! Mataría a ese individuo con sus propias manos.
—No la veo —susurró de pronto Shion, sacándolo de sus cavilaciones.
Naruto se giró y buscó frenético por toda la plaza. Él tampoco pudo distinguirla entre el resto de los asistentes y el pánico se apoderó de él. Tampoco localizaba a Jirōbō Wyatt.
Antes de que pudiera dar un paso en su busca, Jiraiya se acercó a él con el gesto alarmado.
—¡Naruto! Se trata de Wyatt… Se ha llevado a Hinata a la fuerza.
El patrón lamentaba haber estado tan lento. No había perdido de vista a Jirōbō más que un segundo. Un miserable segundo durante el que se entretuvo hablando con Shikamaru y, cuando sus ojos volvieron a buscar al hombre, no lo encontró. Afortunadamente, logró localizarlo a lo lejos, abandonando la plaza en compañía de la joven.
La estaba amenazando, estaba seguro, porque ella parecía renuente y Wyatt le clavaba algo en la espalda a modo de advertencia. Corrió entonces a avisar a Naruto.
—Me dan igual tus normas acerca de las peleas en el rancho, Jiraiya —le advirtió el vaquero antes de salir en busca de su esposa—. Pienso acabar con ese bastardo.
El patrón asintió y fue tras él, dispuesto a ayudar en lo que pudiera.
Hinata no podía creerse que otra vez estuviera igual. Aquel tipo estaba empezando a sacarla de sus casillas, le detestaba con toda su alma. No podía gritar porque cada vez que intentaba cualquier movimiento, Jirōbō la pinchaba con la navaja advirtiéndole que esta vez no podría escapar tan fácilmente.
—Ya eres mía. Ese estúpido de Uzumaki ni siquiera se ha dado cuenta de que te marchabas de la plaza. ¿Así es como te cuida? Yo te hubiese tratado mejor si me hubieras dado una oportunidad… Pero claro, después de clavarme aquella navaja no pienso tener ninguna consideración contigo.
—¡Ojalá te pudras en el infierno! —le espetó ella.
Él la empujó una vez más y Hinata trastabilló, a punto de caer.
Cada vez estaban más lejos de la plaza y la joven sospechó que Wyatt buscaba un lugar apartado para llevar a cabo su fechoría.
—¿Qué pretendes, Jirōbō? —le preguntó de pronto—. No te saldrás con la tuya. Puedes violarme, pero no saldrás impune de esto.
—Ya lo creo que sí, pequeña zorra —el vaquero la agarró del pelo con brutalidad—. ¿Ves? Allí está mi caballo. En cuanto acabe contigo, saldré al galope de aquí. Para cuando quieran darse cuenta, estaré muy, muy lejos.
Acto seguido, la lanzó con fuerza contra el suelo.
Hinata rodó sobre sí misma con la intención de escapar, pero él se sentó encima de su cuerpo con una desagradable carcajada.
—¡Qué bien hueles, preciosa! Aún recuerdo aquel día mientras te aseabas en el lago, con toda tu piel reluciente y los pechos asomando bajo la camisa empapada…
Hinata peleó con uñas y dientes hasta que él le sujetó las manos por encima de la cabeza. Con un rápido movimiento, el apestoso vaquero ató con su propio cinto sus muñecas, con excesiva presión. Un dolor insoportable se instaló en la carne que el cuero
m apretaba con crueldad.
—¡Maldito bastardo! ¡Suéltame! —le exigió.
Se puso a patalear con todas su fuerzas, rogando por un milagro. Jirōbō se limitó a echarse hacia atrás, sentándose sobre sus rodillas con rudeza.
—Basta de peleas —susurró, pasándole la mano por el cuello.
Hinata se estremeció de asco al sentir aquellos dedos callosos contra su piel. Pero aún se puso más enferma cuando la palma de la mano acarició uno de sus pechos con brutalidad.
—Vamos, no seas así… —volvió a susurrar con aquella voz aguardentosa que le ponía los pelos de punta. El hombre se tumbó encima de ella y con las rodillas le obligó a separar las piernas—. Ábrete para mí…
Era una pesadilla. Una horrible pesadilla de la que tenía que despertar, pero no lo conseguía. Hinata sollozó, deseando poder encontrar una vía de escape que la librase de aquel acto deplorable.
Miró a su alrededor, angustiada. El caballo de aquel apestoso resoplaba muy cerca de ellos, como si intuyese la violencia del acto que se desarrollaba a pocos pasos de donde se encontraba. ¿Y si conseguía quitárselo de encima de alguna manera? Podía salir corriendo hacia el animal y usarlo para huir de él.
Lo intentó. Lo intentó con todas sus fuerzas. Tuvo que aguantar las arcadas que le subían la bilis a la garganta y arqueó su cuerpo para sacárselo de encima. Pero aquellos movimientos solo conseguían excitarle aún más.
—¡Oh, pequeña… me gustas mucho! No imaginas las ganas que tengo…
Mientras la mantenía firmemente cogida por las muñecas, se separó lo suficiente para bajarse la bragueta. Hinata abrió mucho los ojos. No… Aquello no podía estar sucediéndole.
Al fin, cuando la desesperación amenazaba con hacerle perder el poco dominio de sí misma que le quedaba, escuchó el sonido más maravilloso del mundo. La voz de su esposo.
—¡Apártate de ella, Wyatt!
Jirōbō resopló de impotencia y giró la cabeza lentamente. Allí estaban esos dos entrometidos, Uzumaki y Konoha, dispuestos a lo que fuera con tal de que él no probara el delicioso bocado que tenía entre las manos.
—La mataré, Naruto —amenazó, quitándose de encima, pero sin soltarla. La obligó a ponerse de pie y se escudó tras ella. Volvió a sacar la navaja y la colocó sobre su cuello.
Naruto estaba fuera de sí. ¿Cómo había permitido que aquel bastardo llegara tan lejos? Observó el rostro cubierto de lágrimas de Hinata y le dolió el pecho por permitir que sufriera aquella vejación.
Lamentablemente, ni Jiraiya ni él llevaban encima sus revólveres.
Asistían a una fiesta, ¿para qué los necesitaban? Naruto lamentó nobtenerlo a mano para acribillar el cuerpo de aquel indeseable hasta matarlo.
Dio un paso hacia ellos y Jirōbō apretó más la navaja contra el cuello de la joven, haciéndola sangrar.
—¡No! —gritó Wyatt, mientras reculaba hacia su caballo, llevándosela consigo—. La mataré, lo juro.
—Sé razonable, Jirōbō —le pidió Jiraiya.
—No podrás marcharte, y menos con ella —musitó Naruto, cada vez más enfadado.
Dio otro paso más, dispuesto a saltar sobre él si hacía falta, pero se dio cuenta de que Wyatt estaba muy nervioso y le temblaba la mano con que sujetaba la navaja. Ya había conseguido que la sangre manara con el ligero rasguño en el cuello y aún podía resultar peor.
Podía costarle la vida a Hinata, así que se detuvo y alzó los brazos pidiendo calma.
—Vamos a solucionar esto como seres civilizados —le propuso—. Suelta a mi esposa y podrás irte. Prometo que nadie te perseguirá.
Hinata fue la única que notó la nota desesperada de su voz.
Naruto estaba loco de preocupación por si aquel energúmeno apretaba el filo de la navaja más de la cuenta.
Ella tenía que hacer algo. Tal vez, si le pisaba con fuerza o le golpeaba las costillas con el codo…
Pero no hizo falta. De pronto, una sombra avanzó desde atrás sin que Jirōbō se percatara de su presencia y, cuando estuvo justo a su espalda, una mano pequeña levantó una botella de whisky y la estrelló con fuerza contra su cabeza.
—¡Malnacido! —espetó Shion detrás de él, con los ojos entrecerrados por la indignación.
Wyatt se tambaleó hacia adelante, aturdido, momento en el que Hinata aprovechó para desembarazarse de él. Se giró hacia un lado y le empujó hacia Naruto, que lo apresó por las solapas con un gesto furioso de triunfo.
—Tú y yo tenemos una cuenta pendiente, amigo —bisbiseó contra su cara, antes de propinarle el primer puñetazo.
Hinata no lamentó la paliza que su marido le estaba dando a ese hombre. Los golpes furiosos llovían sobre el cuerpo de Jirōbō sin que este atinara a levantar los brazos para protegerse. Era como un pelele en las manos vengativas de Naruto, que se ensañaba sin piedad a pesar de que Jiraiya intentaba detenerlo. Sin embargo, Hinata no quería que lo matara.
—Ya basta, Naruto… ¡déjalo! —gritó, cuando vio que otro de los intentos de Jiraiya por separarlos también fracasaba.
El vaquero se detuvo al escuchar su voz. Volvió a coger de las solapas al semi inconsciente Wyatt y se acercó a su ensangrentado rostro para que pudiera escucharlo bien.
—Te perdono la vida únicamente porque ella me lo pide. Pero si te vuelvo a ver aparecer por este pueblo, o acercarte a Hinata una vez más…
Dejó la amenaza flotando en el aire y todos los allí presentes tuvieron claro lo que pasaría si Naruto llegara a encontrarlo de nuevo.
Dejó caer el cuerpo desmadejado de Jirōbō sobre el suelo con un golpe sordo y se giró hacia su esposa.
Hinata corrió hasta sus brazos, deseosa de sentir su calor para quitarse los temblores que no podía detener. Naruto llenó su cara de besos y la examinó detenidamente para comprobar si se encontraba bien.
—No ha pasado nada —le aseguró ella—, habéis llegado a tiempo.
—Mi amor… — Naruto fundió sus ojos con los de Hinata sin dejar de abrazarla—. Nunca vuelvas a ocultarme algo así, nunca. Si yo hubiese sabido antes lo ocurrido con este desalmado no tendrías que haber pasado por esto.
—Por supuesto que no, muchacha —corroboró Jiraiya—. ¿En qué estabas pensando para no denunciarlo en cuanto el reverendo Yamato te recogió?
Hinata miró al patrón con lágrimas en los ojos. El alivio que le invadía era tan fuerte que no pudo contenerse.
—Nadie ha creído nunca mi palabra, Jiraiya, y no sabía qué podía esperar en Konoha's Valley. Yo había herido a ese hombre en el hombro y bien podía haber dicho que lo ataqué intencionadamente. No quería arriesgarme.
—No vuelvas a ocultarme nada, Hinata —la reprendió Naruto con el tono más severo de lo que pretendía. Pero no quería volver a sentir ese miedo negro y viscoso que le había invadido viéndola a merced de Wyatt.
Ella se volvió para mirarlo y le acarició el mentón.
—No volveré a hacerlo, Naruto, te lo prometo.
—Te amo demasiado y no soportaría perderte, ¿lo entiendes, verdad? —le dijo, intentando disculparse por sus bruscos modales.
—Ven, Shion —exclamó de pronto el patrón, llamando a la joven rubia—. Volvamos a la fiesta, que estos dos tortolitos tienen para rato…
Shion pasó a su lado sonriendo y se cogió del brazo de Jiraiya para regresar a la plaza. Naruto y Hinata ni se percataron de su marcha, perdidos como estaban el uno en el otro.
—Llévame a casa, Naruto, estoy muy cansada —le pidió, con un susurro.
Los ojos azules del vaquero brillaron con picardía cuando la estrechó con más fuerza y sus manos buscaron la redondez de sus nalgas para acariciarlas suavemente.
—¿Estás muy, muy cansada? —preguntó con tono meloso, pasándole la lengua por el cuello allí donde tenía el rasguño de la navaja.
Hinata exhaló un suspiro de placer mientras se apretaba contra su esposo.
—Bueno, soy una mujer fuerte y resistente… Creo que ya he probado que soy capaz de soportar cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa? —repitió Naruto, notando ya como todo su cuerpo ardía con la necesidad de yacer junto a su esposa completamente desnudo.
—Cualquier cosa —aseguró ella, separándose de él para poner rumbo a su hogar.
Le dio la mano y tiró de él para que la siguiera. naNaruto lo hizo, convencido de que la seguiría hasta el fin del mundo si se lo propusiera. Los ojos perlas de Hinata brillaban de deseo mientras daba los primeros pasos, mientras su mente era invadida de pronto por otra de aquellas visiones ardientes y sensuales en las que su esposo era el protagonista.
Naruto se dio cuenta de cómo cambiaba su rostro y de cómo se abstraía de todo lo que la rodeaba. Estaba aprendiendo a reconocer esos raros momentos en los que su mujer era asaltada por su extraordinario don.
—¿Otra visión? —le preguntó, cuando su cara se relajó y volvió a enfocar la mirada.
—Sí —susurró ella, estremeciéndose al recordarla.
—Nada malo, espero.
Hinata negó con la cabeza y se acercó para besarle con pasión. Movió sus labios buscando la respuesta del hombre, tocando con su lengua el interior de su boca y excitándolo hasta volverlo completamente loco.
—He visto lo que va a pasar en cuanto lleguemos a la cabaña — jadeó ella, bajando las manos por las caderas masculinas en actitud provocativa.
Naruto le mostró aquella media sonrisa que ella adoraba.
—Pequeña bruja lasciva… —musitó encantado—. ¿Y vas a contarme los detalles de tu visión?
—Mejor aún —contestó, acariciándolo por encima del pantalón hasta conseguir que gruñera satisfecho por su osadía—, voy a mostrártelos… uno a uno.
Él devoró su boca una vez más sin poder contenerse. Sus lenguas se enzarzaron en un baile apasionado como anticipo de lo que vendría a continuación.
Cuando consiguieron separarse para respirar, se marcharon por el sendero que conducía a su cabaña sin mirar atrás, dejando tras de sí el cuerpo inconsciente de Jirōbō Wyatt.
Ninguno de los dos volvió a pensar en él en toda la noche…
FIN
Si!! Lo he terminado jajaja.
La historia se llama «Una Mágica Visión» de Kate Danon
