DISCLAIMER: Nada de esto me pertenece. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Jonesn. Yo solo me adjudico la traducción.

Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite .fanfiction)

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Epílogo

Edward y yo estamos parados afuera de la casa de dos pisos color menta, a la mitad de uno de los suburbios cercanos a Chicago. No quiero entrar. Ni siquiera quería venir. Pero cuando tu papá salva tu vida y la de tu novio y luego vuela a Italia para ayudar a finalizar con toda esa mierda, le debes algo. Esto es todo lo que él quiere. Que sea parte de su vida. Visitarlo en las fiestas. Especialmente en Navidad. Así que, eso es lo que estoy haciendo.

La única ventaja de celebrar Navidad con un padre es que hace que tu novio se vista bien. Sus jeans son oscuros y elegantes, abrazando su musculoso trasero y piernas solo lo suficiente para apreciar su forma. Remató lo casual con un suéter verde festivo y un par de botas cafés. La oscura chaqueta de mezclilla que usa tiene un afelpado blanco alrededor del cuello. El conjunto entero me hace querer hacerle cosas innombrables.

—¿Planeas entrar en algún momento o tu meta es que se me congelen las bolas? —pregunta Edward.

Le lanzo una mirada descortés y luego se me ocurre algo grandioso.

—Podemos olvidarnos de esto. —Solo dejar los regalos en el porche, tocar el timbre y salir corriendo—. Ir a casa en donde puedo hacer que esas bolas tuyas estén calientes.

Sonríe.

—Buen intento, pero lo prometiste, ¿lo recuerdas?

Hago una mueca. Promesas, promesas. Mi papá prometió amar y adorar a mi mamá por el resto de su vida. No lo veo cumpliendo su parte del trato. Aunque, cuando finalmente accedí a mudarme con Edward y Charlie no tenía que pagar más parte de mi renta, comenzó a dársela a mi mamá. Lo que supongo es lo suficientemente noble para él.

—No te preocupes. Una vez que lleguemos a casa puedes calentar mis bolas como desesperadamente quieres hacerlo.

Ruedo los ojos, dejando salir un quejido antes de dirigirme hacia las escaleras del porche y tocar con más fuerza de la necesaria en la puerta mosquitera de metal. Se abre unos momentos después para revelar a una Kate en una playera roja a cuadros con pantalones de pijama a cuadros con uno de los gemelos balanceado en su cadera.

—¡Hola, Bale! ¿Cómo estás, chica? Hace mucho no te veía. —Me molesta sobremanera que use el sobrenombre que usaba cuando solía ser mi niñera. Como si nada hubiera pasado. Como si fuéramos amigas. Como si aún fuera una niña pequeña. Al menos, ella luce exhausta, ya tiene unas canas y no ha perdido el peso de los bebés. Es lo positivo.

Le presento a Edward. Kate estira su mano sin darse cuenta de que está llena de saliva de bebé. Se disculpa y luego se gira hacia mí para que sostenga al bebé por ella. Dudo un momento antes de estirarme por él o ella. No los veo demasiado, así que no tengo idea de cuál es cuál. Todo lo que están usando es un pañal de género neutral.

Kate desaparece en la otra habitación mientras Edward y yo nos quedamos en la puerta, conmigo ahora balanceando a mi hermano o hermana pequeña en mi cadera.

Esta vida es salvaje.

Tengo que admitirlo, Edward es bastante bueno con la plática de bebé y haciéndolo o haciéndola sonreír. Incluso aunque mi reloj biológico aún no esté sonando, mis ovarios definitivamente lo notan.

—Esto se ve bien en ti, ¿sabes? —dice Edward antes de comenzar a hablar con el bebé de nuevo.

—¿Qué es exactamente esto? —¿Duda e incomodidad?

—Esto. —Señala al niño—. Un bebé en tus brazos. Eres completamente natural. Lo ves, a ella le agradas.

—¿Cómo puedes saber que es niña?

Edward asiente hacia donde el otro bebé estaba durmiendo. Miro y encuentro que está despierto y se ha quitado el pañal. Eso definitivamente es un pene. Y está orinando. Papá entra justo a tiempo para atrapar a su hijo a la mitad del chorro.

Ese es el ambiente por el resto de la visita.

Los gemelos se turnan para gritar y llorar mientras todos nos sentamos de forma incómoda para abrir los regalos que realmente nadie quería. Estoy lista para un trago cuando finalmente es una hora aceptable para marcharnos.

—Eso no fue tan malo —comenta Edward una vez que estamos en el auto.

Bufo.

—¿Acaso estuviste ahí? Fue una tortura. —Esos niños son demonios. Deben parecerse a su madre. Por lo que sé, yo siempre fui tranquila como Charlie.

Con una sonrisa perezosa Edward enciende el auto y luego descansa su mano en mi muslo. Mi cuerpo reacciona a su toque de la forma en la que siempre lo hace, con un flash de calor y luego deseo líquido. Maldigo el hecho de que el día no se ha terminado y que aún tenemos que hacer otra parada antes de que pueda quitarme esta ropa y hacer algo al respecto.

La vibra con Jasper es mucho más calmada y acogedora. Incluso aunque a Alice le fue regalada la casa de su padre después de su misteriosa desaparición… a menudo deciden quedarse en el loft. Dicen que prefieren vivir en un espacio pequeño, juntos en el corazón de la ciudad que en un castillo a las afueras de ella. Supongo que no puedo culparlos. Es decir, siempre pueden escoger una habitación y acurrucarse juntos en ella. Porque maldición, ¿un castillo?

El lugar está abarrotado con amigos de la pareja. Reconozco algunos, a otros no. Hacemos la ronda de presentaciones y platicamos un poco como debe ser. Cuando alguien sale, Edward me hace saber que tomará el lugar abandonado.

Finalmente.

Mis pies me están matando.

Rápidamente silenciando la conversación al tomar un trago, me dirijo al sofá y me siento en su regazo. Una de sus manos descansa en mi muslo mientras la otra desliza su palma por mi cadera. Pasando un brazo por sus hombros me inclino en él y tomo un sorbo.

—¡¿Qué es ese brebaje?! —pregunta.

Sostengo el vaso con forma de foco lleno de un líquido rojo y fresas congeladas.

—Un muy feliz ornamentini. Jasper hizo los vasos con forma de ornamento. Traté de ayudar pero no tuve suerte. Aún soy muy mala para soplar —digo, sin prestar realmente atención a cómo suena.

Siempre pensando sucio, Edward se asegura de dejármelo saber.

—Eres lo suficientemente buena para soplar si me lo preguntas. —Aprieta mi cadera y no puedo ni siquiera pretender estar ofendida. El alcohol hace que me sienta más excitada de lo que él me hace sentir con solo existir. Quiero arrancar su suéter verde con mis dientes y lamerlo como un caramelo.

Edward puede ver por mi mirada exactamente lo que quiero hacerle. Me regresa la mirada, inclinándose por un beso cuando Alice arruina el momento sosteniendo a otro bebé frente a mí.

—Anthony ha extrañado a su tía Bella y su tío T, ¿no es así? ¡Sí! —dice emocionada para que Anthony se emocione antes de cambiar su voz a su tono normal—. Lo puedes sostener por un minuto, por favor. Este lugar está lleno de los gérmenes de las personas. Pero ya sabes, él está acostumbrado a los gérmenes de ustedes, así que supuse que ahora es el momento perfecto para que ustedes tres se pongan al día.

Quitándole a Anthony de las manos le aseguro que está bien mientras Edward comienza con la fluida plática de bebé. Del tipo que hace que mis ovarios definitivamente lo noten. Anthony sonríe, mira alrededor de la habitación a toda la gente y luego recarga su cabeza en mi pecho.

—A él también le agradas —susurra Edward en mi oído—. Parece que esas sucias almohadas tuyas son bastante populares.

Golpeo a Edward en las costillas con mi codo. Anthony se remueve justo cuando Alice regresa por él y se debate entre acostarlo o no. Yo voto por que sí y afortunadamente Edward está de acuerdo en que es hora de terminar la noche.

Una vez que nos despedimos de Alice y Jasper vamos afuera, de la mano. Cuando llegamos al auto, Edward me gira y me sostiene contra la puerta. Mis brazos se envuelven alrededor de su cuello mientras rodea mi cintura y sus labios finalmente descienden sobre los míos. Este beso es largo pero casto. Cuando suelta mis labios, los suyos van a la curvatura de mi cuello y acuno su cabeza entre mi cabeza y hombro tratando de no reír. El alcohol no solamente hace que me sonroje sino que me vuelve especialmente cosquillosa.

Y juguetona.

Una de mis piernas se envuelve alrededor de su cintura por sí sola. Las puntas de sus dedos pasan ligeramente por mis medias y la parte interna de mi muslo, agonizantemente lento y en control de sus acciones.

Está jugando conmigo, eso está claro. No puedo esperar para volver a casa.

Su mano se queda en ese lugar mientras bajo mi pierna, pasando solo un poco más arriba y alzando mi falda para acariciar mi trasero.

Juguetonamente lo empujo lejos. Él se ríe, dándome un beso antes de abrir la puerta para mí y correr al otro lado para entrar al auto.

Su mano está de vuelta en mi muslo de camino a casa, su pulgar trazando perezosos círculos, un dedo se desliza por debajo del dobladillo de mi falda y me vuelve jodidamente loca.

Me concentro en la ventana para tratar de distraerme. Comparado con otros años, las luces de Navidad son bastante decepcionantes. Hay más aguanieve grisácea que nieve blanca en el suelo. En resumen, es básicamente solo otro día de invierno en la Ciudad del Viento.

Excepto por el hecho de que Edward y yo aún no tenemos nuestro intercambio de obsequios.

El pensamiento me emociona de una forma diferente. Prácticamente estoy vibrando para cuando finalmente llegamos a casa. Después de quitarnos la ropa elegante y ponernos algo más cómodo, nos dirigimos a la sala para sentarnos junto al árbol.

Hacemos una rápida llamada a mi mamá para desearle a ella y Phil una feliz Navidad. Después de colgar, hago que Edward abra su primer obsequio. Puedo ver por la expresión en su rostro que hice un buen trabajo cuando abre la tarjeta para encontrar un comprobante de un set de regalo mensual para cortes de carne de Omaha.

—También me apunté para algunas clases. Supuse que sería mejor que aprendiera a cocinar cortes de carne y preparar algo que vaya con ellos que ordenar algo afuera —me río de mi falta de espíritu doméstico. Nunca he sido particularmente buena en la cocina. Nunca me molestó cuando solamente era yo. Pero viendo lo mucho que Edward me cuida, incluso me ha cocinado, quiero ser capaz de hacer lo mismo para él.

—Me encanta. Amo la carne. Te amo. —Edward se inclina y me da un casto beso. Cuando trato de profundizarlo él se aparta—. No tan rápido. Aún no has abierto el tuyo.

Saca una bolsa azul zafiro y me la tiende. Rápidamente rasgo el papel blanco para encontrar un panfleto adentro. Cuando lo saco para leer lo que dice, mi mano vuela a mi boca.

—No. —Lo miro.

Edward está sonriéndome.

Mirando de nuevo el panfleto paso mis dedos por las palabras.

—Quiero decir… ¿qué?, ¿cómo?, ¿cómo es que siquiera pensaste en hacer algo como esto? ¿Cómo lo hiciste siquiera? ¿Cómo?

Mi visión se nubla. Cuando me convierto en una enorme bola de emociones Edward toma el panfleto de mis manos y lo abre para explicarse.

—Básicamente, solo vas al sitio, eliges lo que quieres y solo son unos clics aquí y allá —dice calmadamente, como si no fuera algo enorme descubrir que puedes adoptar a los animales del zoológico y que ahora soy la orgullosa madre de Pablo el pingüino—. ¿Lo ves?, toda la información está aquí. Su historia y esas cosas. Incluso añadieron una foto. —La levanta—. Y la mejor parte es que puedes ir a visitarlo cuando tú quieras. —Se encoge de hombros y guarda la foto de Pablo de nuevo en la bolsa—. Incluso puedes usar tus pijamas de pingüino. Apuesto a que le gustaría eso.

Asombrada, miro a este hombre, mi corazón estallando. Esto me ha volado la cabeza. Es más que dulce.

Tomando el panfleto de las manos de Edward, lo arrojo a un lado para ponerme de rodillas y estrellar mis labios en los suyos. La fuerza hace que caiga de espalda. La posición perfecta para lo que estoy lista para hacerle con mi boca.


Con los ojos vendados y sentada en al asiento del pasajero del auto de Edward, no tengo idea de a dónde vamos que pueda superar visitar a mi propio pingüino en un zoológico.

Entre la Navidad y hoy, la víspera de Año Nuevo, Edward y yo hemos visitado a Pablo dos veces, así que estoy bastante segura de que esa no es la sorpresa que me espera. Además es tarde. Probablemente cerca de la medianoche. El zoológico ni siquiera está abierto a esta hora. Pablo probablemente esté dormido de pie, lo que es raro. Pero trato de no juzgar porque quiero ser una madre que lo apoya.

—¿Estás segura de que no puedes ver nada debajo de eso? Estás sonriendo y eso me pone nervioso —dice Edward, su mano firmemente plantada en mi muslo. Su agarre es más fuerte que de costumbre.

—¿Ponerte nervioso? Tú no eres a quien le falta un sentido vital aquí. Yo soy la vulnerable. No, no puedo ver nada.

—Bueno. Solo aguanta un poco. Casi llegamos. —Le da a mi muslo un apretón. Pongo mi mano encima de la suya y él voltea su palma para entrelazar nuestros dedos.

No pasa mucho tiempo antes de que se esté estacionando. Incluso aunque no puedo verlo puedo imaginarlo hacerlo en mi mente con una sola mano y eso es todo lo que necesito.

—Voy a salir. Déjate la venda y daré la vuelta para ayudarte, ¿de acuerdo?

—Bueno. Pero apresúrate que la anticipación me está matando.

Edward deja un beso en mi mano y luego la suelta. Lo escucho salir del auto. La puerta se cierra. Los segundos parecen eternos antes de que él esté abriendo mi puerta para ayudarme a salir. El frío aire pica pero huele bien mezclado con la colonia de Edward. Me estremezco y me atrae hacia él, tratando de mantenerme cálida mientras me dirige a donde sea que vamos.

Un sonido familiar suena por el aire, el suave murmullo de la gente contando.

Diez.

Nueve.

Ocho.

Una ola de nostalgia me golpea. Me transporto de vuelta a la noche en la que conocí a Edward. Cómo lo encontré golpeado al punto de no poder ser reconocido y cómo pudo haber terminado tan diferente si solo hubiera llamado al 911 y no hubiera ido con él. Probablemente ni siquiera lo conocería ahora. Probablemente ni siquiera tendría una relación con mi padre. Sin importar lo fracturada que aún esté.

Siete.

Seis.

Edward me detiene por los hombros. Sus manos acunan ambos lados de mi mandíbula.

—Lo primero que noté de ti fue tu voz —dice. Siento su pulgar pasar por mi labio inferior.

Cinco.

—Estabas amenazándome con gas pimienta, sí. —Ambos nos reímos un poco—. Pero algo acerca de ella me calmaba. No quería dejar de escucharla. Quería que te quedaras conmigo. Solo que estuvieras a mi lado.

Cuatro.

Comienza a desatar la venda en mis ojos.

—Cuando finalmente te vi, supe que eso era todo. Esos profundos ojos marrones y labios llenos. No había vuelta atrás del tipo de belleza que resonabas por dentro y fuera.

Tres.

Dos.

—Te quise en ese entonces. Te he querido desde ese momento. Te quiero ahora. —La venda se cae y miro sus ojos. Por segunda vez en una semana, mi corazón tiene que estallar. Si sigue hablando tan dulce, tendré que ir a una revisión médica—. Siempre te querré… por siempre.

Uno.

La gente que está de fiesta grita sus buenos deseos de Año Nuevo mientras Edward pone una rodilla en la misma acera en la que nos conocimos y saca el anillo más hermoso que alguna vez haya visto.

—Por favor dime que siempre me querrás, también. Y que te casarás conmigo.

Mi cabeza está nadando junto con mi vista. Todo lo que puedo hacer es asentir antes de que las lágrimas comiencen a caer y un suave llanto salga de mi garganta.

—Siempre te querré, también. Sí. ¡Sí! Por supuesto que me casaré contigo.

Edward sonríe, deslizando el anillo por mi dedo antes de ponerse de pie y envolverme en sus brazos mientras todo el vecindario, sin saberlo pero acertadamente, celebra este momento con nosotros.

Mientras los clamores se calman también nuestro beso. Nos separamos para respirar, ambos temblando porque hace demasiado frío para que nosotros estemos afuera.

Poniéndose detrás de mí, Edward me envuelve alrededor de su propia chaqueta para caminar de vuelta al auto. Se inclina para darme un beso antes de cerrar la puerta. Una vez que está en su lado y enciende el auto y la calefacción, se inclina por encima de la consola para besarme de nuevo.

Su mano encuentra su lugar en mi muslo mientras nos dirigimos a casa. Cada luz roja es lo mismo. Se detiene y me besa de nuevo. El último es interrumpido por la incesante cantidad de notificaciones que su celular emite.

Curiosa, miro y Edward sorprendentemente me deja porque resulta que son mensajes alternantes de mis padres, ambos curiosos de saber "cómo resultó".

—¿Disculpa? ¿Cómo es que sabían de mi compromiso antes que yo? —pregunto.

Edward se encoge de hombros avergonzadamente.

—¿Qué puedo decir? Supongo que en el fondo soy anticuado.

—¿Me estás diciendo que les pediste su bendición?

—Es lo que te estoy diciendo, sí. ¿Eso está bien? —añade cautelosamente.

Nunca pensé acerca de las formalidades de una propuesta de matrimonio pero sorprendentemente encuentro que me gusta el hecho de que respete a mis padres lo suficiente para preguntar. Especialmente en estos tiempos.

Se lo aseguro inclinándome para arrojar su teléfono y comenzar justo donde lo dejamos, el beso rápidamente calienta el auto. Antes de que comencemos a quitarnos la ropa, nos separamos. El aire frío golpea mis labios pero no me detiene de reír cuando Edward toma mi mano y nos apresura a la calidez de la casa. Nuestra casa.

Nuestros labios son como imanes en la oscuridad, nuestros dedos van por los cierres y botones y todo lo que se interponga entre su piel y la mía. Ninguno de los dos está prestando la atención suficiente para ver la caja a nuestros pies hasta que casi muero al tropezarme con ella.

Un pequeño grito de sorpresa se me escapa en la boca de Edward. Su agarre se tensa alrededor de mi espalda justo a tiempo para evitar que caiga y se pone entre mí y la caja abierta a sus pies.

Enciendo la luz, encogiéndome ligeramente por el brillo y el pensamiento de una bomba explotando en nuestros rostros. Pero la caja está abierta. No hay ninguna bomba. Solo un recordatorio de algo que había olvidado por un tiempo.

—¿Crees que es una amenaza? —pregunto, mirando el interior de la caja. Está llena de fotografías mías y de Edward, haciendo cosas, por la ventana y dentro de la casa, unas cuantas de nuestro increíblemente íntimo momento de hoy, antes y después de su propuesta.

—No, solo un movimiento de poder. —Edward se estira por mí—. Está bien.

Tomo su mano y me acerco a él, derritiéndome a su lado. Patea la caja fuera del camino antes de entrar a la habitación juntos.

Nos quedamos en silencio mientras nos preparamos para ir a la cama.

Edward deja su bóxer en su lugar y se desliza bajo las cobijas, mirándome mientras me pongo una playera y luego lo pienso mejor y me la quito junto con la ropa interior.

No es como si alguno de los dos fuera a dormir esta noche de todos modos.

Hago un espectáculo mientras me deslizo por la cama hacia él. Arrojando una de mis piernas por su regazo, monto sus caderas, moviendo mi cabello por encima de un hombro en un seductor adelanto de lo que está por venir.

Sus ojos se oscurecen, una sonrisa perezosa se forma en un lado de su boca mientras sus manos comienzan a vagar por mi cuerpo.

Solo hay dos cosas de las que estoy segura.

La primera es que amo a este hombre. Y la segunda, si el otro zapato alguna vez cae quiero estar segura de que él lo sepa y que ambos obtuvimos todo el amor que pudimos tener.

Fin.


¡Mil gracias por acompañarme en esta historia!, espero les gustara el epílogo y se animen a dejar un último review para 'The Curb' :)

Gracias a las chicas que comentaron el capítulo pasado:

Aisliinn Massi, Paola Lightwood, MarianaAlai, mony17, Gabriela Cullen, bbluelilas, Adriu, somas, Mar91, miop, freedom2604, Lizdayanna, Leah de Call, Tecupi, alejandra1987, Marie Sellory, jupy, NarMaVeg, tulgarita, Brenda Cullenn, Tata XOXO, Yoliki, krisr0405, Lady Grigori, Liz Vidal, pilim, patymdn, Car Cullen Stewart Pattinson, angryc y Kriss21 :)

¡Nos leemos pronto!