Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18.


Recomiendo: Never Tear Us Apart

Capítulo beteado por Melina Aragón: Beta del grupo Élite Fanfiction.

Link del grupo:

www. facebook groups / elite . fanfiction /

Capítulo 28:

Fuego y conexión

"No preguntes lo que sabes que es verdad

No tengo que decirte que amo tu precioso corazón

(…) Dos mundos colisionaron

Y nadie podría separarlos

Podríamos vivir cien años

Pero si te hago daño

Haría vino de tus lágrimas

Te dije que podríamos volar

Porque todos tenemos alas

Pero algunos de nosotros no sabemos por qué…"

No sabía cuánto tiempo lloré porque esa familia me humillaba. Cada vez que iba a ese lugar, Muriel, Seth y los hermanos de Jasper, solían hacer comentarios despectivos acerca de mí, unos sutiles y otros más notorios, insultándome en la cara. Jamás estuve en la misma mesa que la familia más importante, nunca permitieron que Fred pudiera compartir con ellos, a veces no querían saludarlo, en otras ocasiones yo tenía que callar cuando escuchaba cómo Seth insultaba a su propia esposa, sabiendo que, en caso de decir algo, iba a irme muy mal o sencillamente nadie le tomaría importancia. La violencia era pan de cada día con todos ellos y Jasper fue el primero en hacerme parte de eso, aun sabiendo todo lo que sufrí a manos de Dimitri.

Vi la mano de Seth Whitlock cerca de mi rostro y luego sentí el golpe, uno que me ardió de pura furia; había acabado con años de insultos y humillaciones. Pestañeé, sintiendo la sensación en mi rostro. Él iba a volver a hacerlo, sin embargo, yo ya no era la misma, no iba a tolerar que nadie en absoluto volviera a hacer lo que me hicieron por años, pensando que eso era lo que me había tocado vivir.

—Viejo de mierda —gemí, arañándole la cara—. ¡No vuelva a tocarme!

Vi a Muriel pisando mis fotos familiares, unas en donde estaba mi hijito de chiquito en la incubadora. Fue tan doloroso que me acerqué, aunque Seth fuera a golpearme otra vez.

—¡¿Cómo se atreve a hacerlo?! —le grité, rugiendo como una leona.

—Por eso tienes un hijo defectuoso —señaló, lanzándome más fotografías a la cara—, porque eres una bailarina asquerosa que se entrometió con el primero al que le vio la cara. Sucia, ¡una puta sucia!

En cuanto escuché la manera en la que habló de mi hijo, apreté las manos y fui tras ella. Le di un puñetazo con tanta fuerza, que Muriel acabó tomándose la nariz con una mano, sangrando de forma profusa.

—¡Nunca vuelvas a hablar de mi hijo! —espeté—. ¡Antes te mato!

Con los ojos llorosos por la rabia, quise tomar las fotografías, pero vi la sombra de Seth, dispuesto a ejercer más violencia. Yo tragué y me apegué al suelo, recordando la manera en la que Dimitri se acercaba, a punto de golpearme.

—Bella —gimió Edward, viéndome desde detrás de Seth.

Sus ojos, por Dios, eran dos esferas endemoniadas. Su cuerpo vibraba de rabia mientras veía todo lo que había pasado y sus músculos estaban rígidos como si fueran a aumentar de tamaño en cualquier momento. Fue tanta su cólera que yo solo quise ir con él, de pronto aterrada de tantos recuerdos. Sin embargo, Edward miró a Seth y sus orbes se desorbitaron, dando un paso adelante sin pensarlo.

—La tocaste —rugió, tomándolo desde la camisa y pegándolo al coche para azotarlo contra la carrocería—. La… tocaste. ¿Cómo te has atrevido?

Edward lo tomó desde la quijada, usando su impresionante fuerza para impedir que se moviera.

—No debiste hacerlo —le gruñó—. No con la mujer que amo.

Volvió a tomarlo con fuerza y lo dejó caer al suelo.

—Lárguense de aquí, ahora, pero recuerden con quién se han atrevido a entrometerse.

Muriel tomó su bolso y se metió al coche mientras se tocaba la nariz cubierta de sangre producto de mi golpe, mientras que Seth se estiró el saco, tragando con fuerza. Cuando el coche se marchó, uno en dirección contraria aparcó al frente de nosotros. Jasper salió de este con la respiración exaltada, mirando todo a su alrededor y suspirando de desesperación al ver lo que había pasado.

—Bella. —Vino hacia mí, arqueando las cejas.

—¡Fue por tu culpa! —le grité, sollozando de rabia y dolor—. ¡Fuiste tú! ¡Maldito cobarde de mierda!

Fui tras él y lo empujé desde el pecho.

—¡Fuiste con tus padres como un niño de cinco años!

—Yo no quise…

—¡Sabes de lo que son capaz, maldito cobarde asqueroso! ¡Sabías que iban a buscar la manera de seguir haciéndome daño, tanto o más de lo que ya lo hicieron y tú jamás hiciste nada por defenderme! —gemí.

Los ojos de Jasper brillaban de tristeza, queriendo explicarme, pero yo no iba a escucharlo, no más.

—¡Ni siquiera es por mí, imbécil! ¡Es por Fred! ¡A quien decías amar como tu propio hijo! —sollocé.

—¿Fuiste tú? —le preguntó Edward, elevando la voz de tal manera que sentí escalofríos—. ¿Tú? ¿Esos viejos de mierda eran…?

—Edward, yo no quería…

—¡Al infierno con lo que querías! —bramó, empujándolo con fuerza—. Te haré pedazos por permitirlo, te lo prometo.

Jasper tragaba mientras me veía llorar de rotunda impotencia. Ahora no tenía absolutamente nada, todo lo habían destrozado o lo habían vendido, humillándome de tal forma que solo quería gritar. No era justo.

—Bella —quiso acercarse nuevamente, dispuesto a tocarme.

—¡No la toques! ¡Nadie se mete con mi mujer! ¡Nadie!

En un abrir y cerrar de ojos vi a Jasper tambaleando por el golpe que le había dado Edward. Sus orbes desorbitados por la furia no eran nada comparado con toda su expresión. Fue tras él una vez más, golpeándolo sin respiro.

—Te dejaré sin nada, ¿oíste bien? Sin nada. Y Alice te dejará, maldito imbécil, porque te has metido con mi familia, lo más sagrado que tengo —le gruñó en la cara.

Edward se alejó cuando escuchó que mi llanto se intensificaba, por lo que sus ojos titilaron ante las lágrimas acumuladas. Vino corriendo hacia mí, dejando la cólera a un lado y tomándome entre sus brazos para sostenerme y blindarme de todo.

—Estoy aquí, siempre —me susurró.

Cerré los ojos mientras tiritaba.

—Nunca van a tocarte, nunca —repetía mientras me daba besos en la mejilla—. Voy a estar siempre para ti, pase lo que pase, por ti y por Fred, ustedes son mi familia y los defenderé bajo cualquier pronóstico. Abrázame fuerte, ¿sí? Abrázame hasta que ya no sientas todo esto en tu interior.

Dios, mi hombre, cuánto lo amaba. Sus brazos eran tan grandes, tan duros y tan cálidos, me sentía desconectada del mundo, encajada en donde siempre debí estar. Lo amaba con locura, con tanta que mi pecho no era suficiente.

Sentí que Jasper seguía ahí, pero luego abría la puerta de su coche, dispuesto a irse. Yo no lo miré, no quise hacerlo, no lo merecía. Lo que había provocado no iba a perdonárselo nunca y no iba a volver a permitirle que se acercara a mi hijo, no hasta que él decidiera alejar a esa familia de mierda que le rodeaba. A mí ya me habían insultado suficiente, pero mi hijo era intocable, nadie iba a hacerle daño jamás porque ahí estaría yo, dispuesta a recibir cada una de sus balas.

Cuando el coche finalmente se marchó, pude sentir el valor de mirar todo lo que había perdido. Mi casa, todo lo que construí, lo que me costó llegar a ella, los recuerdos, mis cosas… Era como si todo se hubiera quemado, lo que era realmente irónico.

Con las manos temblorosas fui a buscar mis fotografías algo pisoteadas, así como algunas de mis prendas en el suelo, libros, algunos juguetitos de Fred, pero en especial el álbum de fotografías cuando estaba en la incubadora. Me dolía la garganta por el nudo.

—Perdí todo —susurré.

—No, no lo hagas. —Me quitó del suelo y él comenzó a recoger las cosas, ocultando su expresión deseosa de venganza.

Enseguida seguí con mi llanto, impotente, agotada. Sí, Jasper había comprado la casa con ayuda de sus padres y yo, confiada y tan tonta, creí que sería mía por respeto a lo que él me hizo estando casado conmigo. ¿Cómo confiar en una familia que estafaba para poder hacerse de dinero?

—Ahora no tengo nada —gemí, mirando a mi Bombero, que tenía los ojos llorosos al mirarme—. Lo he perdido… todo.

—Shh. —Vino hacia mí y volvió a abrazarme. Dejó suaves besos en mi rostro, sacándome un suspiro de alivio, porque no estaba sola, ya no—. ¿Cómo dices eso? ¿Has perdido todo? ¿De verdad me dirás eso?

—Es que… ahora cómo le digo a Fred que no tendrá su cama… Cómo le digo que ya no habrá sofá donde contar cuentos… —No pude seguir, estaba deshecha—. Tendré que llamar a mamá, ella podrá tenerme, pero no por mucho porque no quiero molestarla, yo…

—¿Me estás hablando en serio? —interrumpió.

Lo miré.

—Ven conmigo.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—Tú y Fred, vengan con nosotros.

—P-pero…

—Ya somos una familia, ¿no? Ven conmigo, tú y mi pequeño luchador, yo… estaría muy feliz de vivir con ustedes.

Jadeé.

¿Estaba hablando en serio? Yo… no sabía qué pensar, yo… estaba impresionada.

El momento fue quebrado por el llanto de Precioso, que venía hacia mí mientras cojeaba. Edward frunció el ceño, tomándolo entre sus brazos y acariciándolo con cuidado. Pero él quería mirarme y asegurarse de que estaba bien, pues con su hocico empujaba mi mano para buscar mi pecho y recostarme.

—Estoy bien, cariño, de verdad —le susurré, acariciando su cabeza.

Edward lo tomó con más fuerza, tocándole una pata. En ese momento, dejó escapar un chillido.

—Mierda, esos hijos de puta lo han herido —gruñó mi bestia.

—Oh no, seguramente quiso defenderme y no me di cuenta.

—No es tu culpa, nena. Vámonos a casa, en un rato vengo a ver todo lo que han desparramado.

Asentí, muy triste como para responder.

Cuando llegamos a casa de Edward, los pequeños estaban intentando armar una casita de muñecas que seguramente papá les había regalado para complementar la que había sido de regalo para el cumpleaños de Fred. En cuanto me vieron sentí que no era posible aguantarme la tristeza, pero lo intenté por ellos.

—¿Qué pasa, mami? —preguntó mi hijo, viniendo hacia mí con los ojos llorosos.

No, odiaba que viera mi debilidad, siempre le dolía tanto.

—Necesito estar un momento a solas, ¿está bien, cariño?

—Pero…

Suspiré, cansada.

—Quiero descansar un poco.

Hizo un puchero, comenzando a llorar.

—Hey, pequeños, vayan a jugar y a cuidar de Precioso, se ha herido la pata. Yo lo llevaré al veterinario en un rato, ¿lo acompañan?

—Pero… mamá… —dijo Agatha, queriendo abrazarme.

—Vayan. —Edward alzó la voz y luego les acarició los cabellos para que lo entendieran.

Se lo agradecí.

Respiré hondo y subí las escaleras, dejándome caer en la cama de Edward. Cuando estuve en contacto con los edredones, fue inevitable ponerme a llorar de manera profusa, aún con la rabia en mis entrañas. Al instante sentí un peso detrás de mí y un cuerpo cálido que me envolvía, como una trinchera llena de paz.

—Para todo lo que necesites, estaré aquí —me susurró al oído.

Busqué sus manos y me las apegué al cuerpo.

—¿Qué sería de mí sin ti? —le pregunté mientras me limpiaba la cara.

—La misma de siempre —respondió—, sabes que eres mucho más que este simple hombre que tienes al lado.

Me reí.

—¿Simple? Edward. —Me reí—. Eres mucho más de lo que piensas.

Me besó.

—Por eso decidí ser tu compañero.

Cerré los ojos y permití que me abrazara con fuerza.

—Dejaré que descanses, ¿bueno? Iré con Agatha y Fred, estaré con lo del veterinario. Cualquier cosa que necesites, me la pides, ¿está bien?

Asentí.

—Gracias, Edward.

Me dio un último beso y se marchó, procurando mantener el silencio para que yo pudiera quedarme en calma.

.

Me había quedado dormida y no me di cuenta.

Cuando abrí mis ojos, vi la habitación de Edward a mi alrededor. Me dolía un poco la cabeza frente al llanto, aquel que me tuvo inquieta desde que recordaba con rabia lo que Jasper y sus padres me habían hecho pasar. Al girarme vi que una manito pequeña estaba sobre mi barriga, mientras que la dueña de esa misma manito tenía la nariz pegada a mí, respirándome, como si estuviera consolándome.

Suspiré y sonreí, acariciando sus cabellos. Seguramente se había quedado dormida junto a mí, sabiendo cuán triste me encontraba.

—Te pareces tanto a papá —le susurré y luego le besé la mejilla—. Siempre buscando hacerme sentir mejor. Eres mi pequeña bestiecilla. —Me reí, abrazándola con fuerza.

Agatha se removió y abrió sus ojos. Al verme de frente, sosteniéndola de manera protectora, lo primero que hizo fue poner sus manos en mis mejillas y juntar su nariz con la mía.

Sonrió.

—¿Estás mejor, mami?

No podía acostumbrarme a la manera en la que ella me decía mamá, era una melodía intensa, una que me llenaba siempre el corazón.

—Claro que sí —le respondí.

—Papi me dijo que se quedaría con Fred para hacerle sentir mejor.

Mi pequeño… Tan sensible. Cada vez que me veía triste él lloraba con tanta amargura que me apretaba el pecho. Edward tuvo que llevárselo o iba a explotar.

—¿Están juntos ahora?

Bostezó y se restregó los ojos mientras asentía.

En ese instante sentimos el sonido de la moto junto a una risa de cerdito que conocía perfectamente bien. Eran ellos.

—¡Ya están aquí!

Tomé a Agatha entre mis brazos mientras ella reía y bajé por las escaleras mientras los perros me seguían entre ladridos. Cuando abrí la puerta, vi a Edward bajando a Fred de la moto, sacándole el casco que usaba su hija de manera cuidadosa.

—¡Mamá! —exclamó mi pequeño, llamando la atención de mi Bestia, quien en cuanto pudo se quitó el casco, sacudiendo sus hebras cobrizas al ritmo del viento.

Mi corazón siempre se aceleraba cuando lo tenía en frente.

—Nena, despertaste —dijo mientras veía cómo mi hijo corría hacia mí para abrazarme.

—Papi me dijo que viniera con él para darte una sorpresa, así dejarías de llorar. ¿Estás mejor? —me preguntó, mirándome desde su pequeña altura.

Sonreí.

—Sí, claro que sí.

Mi Bestia caminó hacia mí, usando esa camiseta apretada que me permitía apreciar la rudeza de sus tatuajes. Detrás de sus manos había algo especial, lo supe por la manera en la que me miraba. Yo pestañeé sin entender.

—No me gusta verte llorar —susurró, tocándome la barbilla—. Es como si verte sufrir me hiciera trizas.

—Estar contigo y los niños es suficiente —le respondí.

Lo abracé y él me correspondió, sujetándome con fuerza. Al instante sentí sus labios buscando los míos y yo lo besé, tocando su quijada áspera con regocijo.

—Quiero que te sientas mejor, por lo que Fred y yo buscamos un regalo para ti mientras dormías con Pulgarcita.

Me reí mientras sentía sus besos esparcidos en mi mejilla, a la vez que buscaba a los niños para abrazarlos.

—¿Y puedo saber qué es?

Fred se tapó la boquita, sin querer soltarlo y sufriendo en el intento. Era tan sincero que nunca podía mentir.

—Y en vista de que mi pequeño va a delatarme… Ten. —Me ofreció una caja rectangular con un bonito lazo rojo pasión—. En vista de cuanto perdiste, creí que era momento de darte algo que pudiera hacerte feliz… aunque sea un poco.

Yo la tomé, algo contrariada.

—Ábrelo.

Edward y sus sorpresas, las que siempre me dejaban al borde de la locura.

En cuanto lo hice, me encontré con unos tacones rojos impresionantes. Eran lisos, perfectos, despampanantes. De solo verlos sentía ilusión de poder usarlos, contrastando con la inmensa tristeza de haber perdido todo por culpa de esos malditos asquerosos.

—¡Hay algo más! —instó Fred, mostrándome hacia el fondo.

Tragué.

Justo ahí había una pequeña llave con un llavero con forma de camión de bomberos. En ella había algo escrito por Edward, algo que no pensé que dijera en serio hasta que tuve el pequeño pedazo de cobre entre mis manos.

"Ven a vivir conmigo"

Jadeé.

—Edward —dije de forma estrangulada.

Sonrió con los ojos brillantes.

—¿Qué me dices? ¿Vienes a vivir conmigo?

Oh por Dios, de verdad lo decía en serio. Sí, era eso lo que él quería… ¿y yo?

Lo miré, contemplando a mi hombre rudo y dulce a la vez. La respuesta era tan instantánea que me eché a reír mientras sentía las mejillas rojas por la sorpresa, los nervios y todo a la vez.

—S-sí, ¡sí! —exclamé—. ¿Cómo esperas que te diga que no? ¿Eh?

Me subí a su cuello y él me dio unas vueltas mientras carcajeaba sin parar.

—Sé que la primera impresión de todo esto es que ha sido muy duro, y no es para menos —susurró, tomándome las mejillas—, pero siempre he aprendido a sacar algo bueno de las cosas, y esta es una de ellas. Yo necesitaba un empuje para pedirte algo que siempre he querido y aunque lo que más quiero es ir tras ellos y… —Apretó los labios—. Ahora lo que mejor puedo hacer es protegerte y darle la mano a mi novia, pero también a mi pequeño Saltarín, que aunque es un niño inocente, sí necesita que le expliquemos bien las cosas, ¿o no, Agatha, Fred?

Los miramos y ellos sonrieron, aunque mi hijo seguía algo preocupado por mi estado emocional, quizá temeroso de volver a verme triste como antaño, cuando era más débil. Pero no, jamás volvería a ser esa mujer. Finalmente suspiré y lo tomé en mis brazos y aunque ya no era ese pequeñito que apenas y medía lo mismo que mis manos, para mí seguía siendo mi primer amor y el hombre más importante de mi vida.

—¿Quieres que hablemos? —le pregunté, mirando a Agatha y a Edward a la vez. No iba a excluirlos, ahora éramos una familia, ¿no?

Le pedí que nos sentáramos en el sofá y él se acomodó en mis piernas, tomándome las mejillas. Le gustaba que cuando decía algo con sinceridad lo mirara profundamente a los ojos.

—¿Pasó algo con casa, mami?

Respiré hondo, siempre impresionada con cómo los adultos subestimábamos la capacidad de los pequeños de ver a su alrededor.

—Sí —respondí—. No volveremos allá, eso lo sabes.

Asintió.

—¿No volveré a tener mis juguetes?

Negué con los ojos llorosos.

—¿Y mi casa de juguetes?

Boté el aire.

—Veremos si podemos recuperarla.

—Me gustaba mucho, papá me la regaló —susurró, un poco cabizbajo.

Tragué.

—Pero te daremos otra…

—Mientras puedes jugar con mis juguetes —le dijo Agatha—. Tengo muchos.

Le sonreí y le acaricié los cabellos.

—No importa —exclamó, encogiéndose de hombros—, ahí eras muy triste, mami, aquí serás mucho más feliz y, aunque no tenga juguetes, tengo a Agatha, a papá y a ti y eso me pone muy contento.

Arqueé las cejas y lo abracé, apretándolo fuerte contra mí. Fred era el reflejo del por qué todo había seguido el curso correcto en mi vida, nunca dejaba de impresionarme.

—Ahora podemos estar los cuatro cuanto tiempo queramos, ¿no creen? —añadió Edward, llamando mi atención.

Suspiré hondo, tan enamorada que las ilusiones brotaban de mi corazón. Esta era mi familia, el comienzo de una que, aunque no lo esperaba, iba a cambiar completamente todo de mí.

.

No había quedado mucho que salvar de todo el desastre que los Whitlock provocaron en mi casa. Lograron sacar todo y vender cuanto pudieron, lo que era ilegal. En cuanto pude llamé a un abogado, más que nada por el daño que habían provocado a mi hijo, por lo que tenía un buen tramo de tiempo en espera de que, al menos, tuvieran algún grado de amonestación.

No supe de Jasper y, si era realmente sincera, no quería verlo, al menos no durante mucho, mucho tiempo. Edward había estado intentando comunicarse con su hermana Alice pero ella no contestaba; los Cullen lograron hablar con ella, pero no había respuesta clara, era como si quisiera evadir a todos. Esperaba que saliera de esa mierda.

Al menos Precioso estaba bien. Sí que lo estaba.

—Oye, deja ya de chillar —le pedí, lanzándole un cojín.

Los dos perros jugaban con una de sus pelotas mientras yo intentaba tener listo todo para el proceso de entrega del segundo manuscrito de mi novela, aquella en la que un bombero guapo llegaba a la vida de una mujer para provocarle mil locuras a la vez.

Sonreí.

Sentí la llamada a mi teléfono, era la directora creativa, quien se encargaba de realizar las portadas y darme a elegir cuál asignar a mi libro.

—Hola, Margaret —saludé, mirando rápidamente a mi calendario.

Algo había hoy y de seguro lo había olvidado.

"Toma de fotografías.

¡Avisarle a Edward!"

Mierda. Sí, lo había olvidado. Hoy era la sesión de fotos en la que yo había propuesto a Edward como modelo. Ni siquiera había tenido oportunidad de decirle. ¡Demonios!

—Hola, Isabella. Quería recordarte que te esperamos a las cinco en la dirección que te he enviado al correo. Tenemos todo listo. Espero tengas al modelo que nos propusiste, estamos todos entusiastas por verlo ya que daremos la primicia a todos los portales de literatura. Están todos expectantes.

Hice un mohín y me golpeé la frente.

En cuanto sentí la puerta de casa y vi a mi bombero entrando con su camiseta apretada, mostrando sus brazos tatuados y grandes, corrí con el teléfono en la oreja, mirándolo con los ojos bien abiertos. Venía de revisar algo en el cuartel, por lo que tendría la tarde libre, lo que era perfecto.

—¿Ocurre algo malo? —preguntó Edward, sin saber por qué parecía estar dando brincos como si estuviera a punto de hacerme en los pantalones.

—Sí, claro. —Me aclaré la garganta—. Tengo todo listo. Nos vemos en… —Miré mi reloj—. ¡Una hora! —Volví a carraspear—. Una hora.

—Perfecto. ¡Nos vemos!

Cuando cortó, yo gemí y miré a Edward mientras me mordía el labio inferior.

—Edward, ¿me amas?

Frunció el ceño.

—¿En serio me estás preguntando eso?

—¡¿Me amas?! —elevé mi voz.

El tiempo era oro.

—¡Claro que sí! ¡Claro que te amo!

—Entonces, por ese amor que me tienes, necesito tu ayuda.

Levantó las cejas.

—Necesito que hagas algo muy grande por mí. —Me aferré a su pecho y le moví las pestañas, jugando con su autocontrol. Su respiración comenzó a acelerarse cuando sintió que frotaba mis senos contra él y luego bajaba mi mano hasta su abdomen, a centímetros de su entrepierna—. Haré lo que tú me pidas a cambio, ¿sí?

—Pues dime —jadeó.

—Tienes que sacarte fotografías para mi libro.

—¡¿Qué?! —exclamó.

—Creí que te lo había dicho en una oportunidad. —Hice un puchero.

—Pues pensé que no era en serio.

Parecía tenerle fobia a las cámaras.

—¡Por favor! —supliqué, colgándome de su cuello y dándole besos mojados por el cuello—. Hazlo por mí, te prometo que te recompensaré. Hazlo por esta mujer que te ama, ¿sí?

Bufó.

—Te aprovechas porque sabes que cualquier cosa que me pidas la haré por ti.

Sonreí.

—¿Y?

—Está bien… Me tomaré esas fotografías. —Me tomó desde las nalgas y yo grité eufórica de recibir una respuesta positiva—. Ahora, al menos dame un adelanto, me has puesto duro demasiado rápido, Isabella Swan.

—Pues no es posible.

Su rostro se desfiguró.

—Tenemos que ir ahora.

—¡¿Ahora?!

Asentí.

—Maldición, nena. ¿Y qué hago con esto? —Se miró hacia abajo.

—Pues guárdalo para esta noche. —Le di un largo beso y luego me separé, bajándome de sus brazos para ir a buscar mi bolso y ponerme algo de labial rojo.

Él me miraba con cara de pocos amigos, intentando retomar la normalidad de esa erección que comenzaba a notarse en sus pantalones.

.

—Ya, estamos aquí —dijo, mirándome nervioso.

Sí que le tenía fobia a tomarse fotografías de nivel profesional.

Estábamos en el hotel, un lugar de lujo en el que nos esperaban el equipo de proceso creativo.

—¿De verdad crees que sirvo para esto? —interrogó.

¿En serio me estaba preguntando esto? Por Dios, si era cosa de mirarlo. A mí hasta se me caían las bragas de tan solo verlo con esta chaqueta de cuero.

—¿Tengo que recordarte en quién me inspiré? —susurré, buscando su mejilla para rozarla con mis labios.

—Si quieres presentarte una hora tarde a esa reunión y dar una muy mala impresión, pues adelante, sigue provocándome, porque en menos de treinta segundos, si no dejas de hacer eso, daré media vuelta y te llevaré a la oscuridad y te cogeré como no tienes idea —me amenazó.

Me subió una emoción deliciosa por todo mi cuerpo.

—Me encanta cuando te pones tan rudo —le ronroneé—. ¡Vamos!

Le hice una mueca antes de ir hacia adelante, sabiendo que iba a perseguirme.

—¿Srta. Swan? —me preguntó el recepcionista.

—Sí, soy yo.

—Por favor, pase.

Sentí a Edward caminando detrás de mí, así que le di una mirada para que me siguiera. Cuando entramos, vi el lugar completamente acondicionado para lo que parecía una sesión de fotografías dignas de grandes marcas. Había un panel blanco con inmensos focos por todos los ángulos, además de un maquillador, un estilista y un vestuarista con unos trajes dispuestos para el modelo, entre ellos un traje de bombero.

Mierda, era mi fantasía hecha realidad.

—¡Bella! —exclamó Margaret, llamando la atención de todos los demás.

Parecían expectantes por quién sería la persona a la que yo había pedido para que posara.

—Hola, traje al modelo —respondí, girándome hacia Edward.

A todos se le desencajó la mandíbula porque, bueno, mi Sexy Bestia era perfecto.

—Hola —saludó él, muy fuera de lugar, mirando todo como si fueran a experimentar con su cuerpo.

—Buenas tardes, es un placer conocerlo —dijo la directora creativa, tendiéndole la mano—. Soy Margaret Hills, directora creativa de la editorial McHousen.

—Edward Cullen —saludó, dándole la mano.

Mi editora se acercó a mí, saliendo con su café en mano desde las penumbras. Tiró de mi mano para decirme algo al oído.

—¿De dónde sacaste a ese guapetón? ¡Es perfecto para la historia que nos propusiste! El director estará encantado y ni qué decir de mí, por Dios, dame su contacto.

Me giré hacia mi editora con una ceja alzada. Vaya, vaya, vaya, mi bombero había venido a romper corazones.

Decidí no decir quién era la novia para jugar un poco.

—Has dado en el clavo, Bella, hasta podría pensar que trajiste a la persona que te inspiró —me comentó Margaret—. Por favor, preparen el maquillaje y los trajes, es hora de sacar las fotografías para esa portada. Sr. Cullen, ¿qué le parece si se saca la playera?

Todos alzaron la cabeza, incluidos los hombres. Yo me crucé de brazos con una sonrisa a punto de salirme de la cara, esperando a ver ese cuerpo que era completamente mío.

—¿Qué dice, Srta. Swan? ¿Puedo hacerlo? —preguntó Edward, entrecerrando sus ojos, como si estuviera probándome.

Maldito.

—Hágalo, confío en usted.

Él alzó una ceja y se sacó la chaqueta y luego la camiseta, mostrando sus tatuajes y, bueno, su fuerza. Qué ganas tenía de comerme todo eso, y no era la única.

—Llévenlo a maquillaje. Algo sutil, que no tape los tatuajes —dijo alguien más.

Edward me seguía mirando, como si me estuviera prometiendo un castigo por hacerle pasar por esto. Yo le guiñé un ojo de manera muy sutil y él sonrió.

Le sacudieron el cabello, dándole un aspecto mucho más rudo, y aplicaron algo de aceite para que ese cuerpo tan maravilloso tuviera más disfrute con la cámara. Era inevitable que sintiera las mejillas rojas, en especial al ver cómo él mismo se pasaba las manos por los músculos para esparcirlo. Estaba tentada a subirme sobre él y mostrarles a todos que era mi novio, pero había algo de placer al ver cómo se lo comían con la mirada, sin tener oportunidad alguna de poder acercarse más.

—¿Así le parece bien, Srta. Swan? —preguntó Edward, llamando la atención de todos.

—Le falta el traje y estará perfecto, tanto como mi personaje.

Se saboreó la comisura de los labios mientras los demás iban a buscar el traje que habían pedido.

—Todo sea por darle una portada perfecta —añadió.

Engreído.

Cuando Edward terminó de estar listo, apareció con la mitad del traje, manteniendo el pecho descubierto con esos tatuajes divinos que se veían tan bien en él. Definitivamente era para bajarme las bragas de golpe y no solo a mí, porque las mujeres estaban disfrutando sin peros de mi novio.

El fotógrafo le pedía que posara de distintas maneras y para mi gran sorpresa, Edward se manejaba como ninguno. Yo me mantuve todo el tiempo mirándolo, sintiendo cómo él lo hacía conmigo, alterándome y diciéndome de mil maneras las cosas que iba a pedirme a cambio de este favorcito. Sí que lo íbamos a disfrutar.

—Ahora, ¿pueden traer a la modelo? —pidió Margaret.

Fruncí el ceño.

—Necesito que se acerquen y lo toques —ordenó el fotógrafo.

Mi editora se acercó y me dijo al oído:

—La suerte de esa mujer.

Edward se mantuvo un poco quieto mientras yo daba un paso adelante, queriendo asesinarla, porque, vamos, a la chica también le gustaba, era cosa de verla.

—No —espeté.

—¿Cómo?

—Es suficiente —insistí, poniéndome en medio de la mujer, impidiendo que se acercara más—. Con él como protagonista me parece perfecto.

Mi Bestia sonrió y me hizo un saludo con su casco.

—¿Podemos probar un par de tomas? Queremos tener varias ideas —insistió Margaret.

Tragué mientras miraba a la mujer, poniéndose el maldito aceite por todo el cuerpo. Iba a tocar a mi Bestia delante de mis narices. Me había salido el tiro por la culata.

Decidí tomarme un café cargado mientras rechinaba mis dientes, comenzando a sentir esos celos tontos de tener que ser testigo de cómo esa mujer se pegaba a mi novio. Edward mantuvo su distancia, pero la chica vaya que disfrutaba.

Cuando hicieron una pausa y le acercaron una botella de agua a los dos, la modelo aprovechó de hablarle, por lo que yo me acerqué con lentitud para aprovechar de escuchar.

—¿Y te dedicas a esto frecuentemente? —preguntó ella—. Porque tengo varios contactos a los que les encantaría trabajar contigo.

—No, la verdad es que no me dedico a esto.

—Oh, pero podrías intentarlo. Si quieres, puedes darme tu número y vemos qué sucede.

Edward enarcó una ceja.

—¿Para trabajo?

Se rio.

—Para eso y quizá para conocernos un poco, ¿qué dices?

Los celos me subieron por la garganta.

—La verdad, no creo que sea buena idea. Tengo novia.

—¿Y eso qué? No está aquí.

Di un paso adelante.

—Claro que sí —respondí.

La modelo me miró, sorprendida.

—Esa soy yo —afirmé con soltura mientras me cruzaba de brazos.

Ella se puso a pestañear, como si no supiera qué decir. Yo la hice a un lado y me quedé mirando a Edward, quien sin miedo me tomó desde la cintura y me comenzó a dar besos suaves delante de todos.

Sentí un silencio en todo el lugar.

—¿Y si mi modelo eres tú? —me preguntó al oído.

Toqué su pecho, sintiendo el aceite con su aroma masculino junto a mí.

—No tengo los inmensos atributos de esa modelo.

—Claro que no, tienes muchos más, los que me fascinan —murmuró, abrazándome fuerte.

Me reí y le di un último beso, uno intenso, que supiera a promesas. Cuando me di la vuelta, las vi a todas con los ojos bien abiertos y en cuanto volvieron con las tomas, esta vez de Edward solo, mi editora y Margaret se acercaron sin pelos en la lengua.

—¿Cuándo planeabas decirnos que era tu novio? —me dijo la primera—. Y yo pidiéndote el número, qué vergüenza.

—Ya veo con quién te inspiraste. Qué envidia me das —añadió la segunda, sacándome una sonrisa.

Cuando las tomas finalmente acabaron, Edward vino a buscarme y me regó besos mientras el fotógrafo se reía y apuntaba con su flash, haciéndome sentir en mi propia fantasía hecha realidad.

.

Ya pasaba de las cinco de la tarde y el cumpleaños de James era en dos horas.

Edward ya se había vestido, aunque el aceite seguía en su cuerpo, lo que me ponía como loca. Yo estaba apoyada en el coche, esperándolo impaciente. Cuando me vio, vino hacia mí y me tomó entre sus brazos, sacándome una carcajada.

—No pensé que iba a divertirme.

—Eso lo dices porque tenías a todas esas personas babeando por ti.

—¿Y? Yo lo único que quería era que tú estuvieras conmigo.

—Bobo.

Nos metimos al coche y él manejó hacia la autopista.

—Mierda, olvidé comprarle algo a James —dijo Edward, tomándome por sorpresa.

—Creí que ya habías elegido algo.

—Finalmente no pasé por ello, se me olvidó por completo.

—¿Tienes algo pensado?

—Sí. ¿Me acompañas?

—Tengo algo de tiempo antes de arreglarme. Vamos.

Cuando vi hacia dónde me dirigía, fue inevitable ponerme a reír.

—¿De verdad vas a comprarle algo así?

Miré la tienda, una de las más famosas en Chicago. Se llamaba "Paraíso infernal" y sí, era una tienda de juguetes para adultos.

—Me ganaré el cielo con él, ya lo verás.

—Vaya que te gustaría.

—Claro. Es tu mejor amigo y yo tu novio, lo que te importa me importa a mí. Vamos.

Cuando nos metimos a la tienda, lo primera que encontré fueron dildos y vibradores gigantes de distintos colores. Válgame Dios, era de todos los gustos. Mientras Edward buscaba lo suyo, me puse a revisar entre todos los diferentes juguetes que había para disfrutar, desde pequeños peluches alusivos, libros y plumas, hasta grotescas maneras de llenar todos tus hoyos como te plazca.

Me entretuve mirando la sección de lubricantes y geles con sabor, imaginando algunas maneras de jugar con él, quien parecía interesado en los juguetes anales para hombres.

Me reí.

Era tan tierno que ni se daba cuenta. Parecía muy comprometido en darle un buen regalo a mi amigo. No era mala idea darle un regalo también a él, ¿no?

Me decidí por comprar a escondidas un par de cosas, primero eligiendo "El Lápiz del Placer" y un estimulador para parejas.

Moría por ocuparlos con Edward.

Cuando llegué con él, lo primero que hizo fue mirar mi bolsita.

—¿Y eso? —inquirió, intrigado.

—Algo especial.

Sonrió, muy entusiasta.

—¿Qué planeas?

Me encogí de hombros.

—¿Tú ya compraste?

También me mostró la bolsa.

—Por supuesto.

—Vamos entonces.

—Ahora viene lo peor.

—Disfrazarme.

Me reí.

—No te imaginas lo que James consiguió para mí.

—Dios, muero por verlo.

.

Cerca de las siete y treinta había acabado de arreglarme.

Nunca me había sentido más sensual en toda mi vida.

James, quien se había encargado de vestirnos a todos según lo que él consideraba apropiado para una fiesta de su calibre, me pidió que vistiera de seda, mostrando cuanta piel yo considerara adecuada. No pensé que fuese tan divertido ponerme un vestido con el escote tan pronunciado, sumado a los ligueros y un arnés que se amarraba a mi cuello, mezclándose con mis senos.

Estaba terminando de ponerme los tacones rojos que Edward me había regalado cuando él salió del baño. Casi se me cae la mandíbula. ¿Cómo pretendía llevar ese esmoquin completamente negro, con un chaleco de cuero apretado a su cuerpo, guantes del mismo material y varios accesorios visibles desde sus bolsillos sin que yo muriera en el intento? Le quedaba tan bien, en especial si había decidido desabrocharse los primeros tres botones, prescindiendo de la pajarita por esta vez. Sus tatuajes le daban un aspecto tan rudo y dominante que tuve que apretar las piernas.

En cuanto me vio, mi Bestia lanzó un silbido y un bufido hambriento, viniendo hacia mí sin temor.

—Puta mierda, qué ganas de comerme este pedazo de corazón —dijo, apretándome las nalgas con fuerza.

Dejé escapar un gemido de sorpresa.

—James sí que tiene buen gusto.

Sonrió.

—¿Tú crees?

—Mírate.

Se rio.

—Y tú estás acumulando cada vez más para que me descontrole. Recuerda lo que me dijiste mientras pedías que te ayudara con lo de la portada.

—Qué vengativo, Edward Cullen.

Tocaron a la puerta y los dos buscamos nuestros abrigos para taparnos.

—¿Ya están listos o están haciendo fechorías? —preguntó Nana Cullen, usando su característico tono de voz.

—Nana —la regañó Edward, tomándome la mano para que nos fuéramos.

Cuando abrimos, la abuela Cullen estaba mirándonos con la ceja alzada, como si supiera lo que había detrás de nuestros abrigos.

—Meh. Principiantes. Con tu abuelo jugábamos con más —señaló, dándose la vuelta.

Fue inevitable reírme, mientras Edward se tapaba la cara, avergonzado de su abuela.

—Gracias por cuidar de los pequeños, Nana.

Ella se lanzó al sofá y tanto Agatha como Fred fueron con ella para acomodarse.

—Leeremos algo y luego a dormir, ¿hecho?

Los dos asintieron, muy entusiastas.

—Si llegan de noche o madrugada, yo misma les daré con mi pierna en la cabeza. ¡No vuelvan! Ya saben por qué. Disfruten.

—¿Qué disfrutarán, Nana? —preguntó Agatha, muy inocente.

—Ya lo sabrás cuando seas adulta.

—¡No quiero ser testigo de eso! —exclamó Edward, buscándola para besarle la carita a su hija—. Será mi hijita siempre.

Yo me reí y me despedí de todos, diciéndole a los dos pequeños cuánto los amaba.

Edward manejó hacia la discoteca, sabiendo que íbamos a encontrarnos con las sorpresas dignas de James. Yo, con sinceridad, no podía quitar mis ojos de él, porque cada vez que lo miraba encontraba algo nuevo en los bolsillos de su vestuario.

—¿Se te ha perdido algo? —inquirió, molestándome.

—Quiero ver qué tienes ahí.

No me miró pero sentía que quería hacerlo a toda costa.

—Ya lo verás. —Me pasó la mano por los muslos, apretándolas de tal manera que sentí dolor y placer. Sus dedos estaban marcados en mi piel; me marcaba—. Recuerda que me debes una.

Sonreí mientras me mordía el labio inferior.

Al llegar a la fiesta, no podía creer que la discoteca estuviera tan llena de gente, en especial afuera, con una invitación digna de un encuentro famoso. Los gorilas vieron el coche y de inmediato se acercaron a saludar, tratando a Edward con mucho respeto.

—Buenas noches, jefe, la fiesta está en su punto. ¿Quiere que le cuidemos la máquina y usted se va adentro? Oh, hola, señora —me saludó uno de ellos.

Me reí internamente.

—Claro. Bella y yo nos bajaremos ahora. —Se giró a mirarme—. ¿Lista, nena?

—Muy lista.

Él se bajó y me abrió la puerta, sacándome con su fuerza y empujándome a su pecho. No escatimó en miradas, disfrutándome mientras me tocaba.

—Veamos qué locura ha estado haciendo James —añadió.

Nos metimos con nuestras manos entrelazadas y al primer vistazo no pude ocultar mi asombro. Todo había sido decorado de una manera magnífica, tan oscura, vil, sensual y fetichista. Las paredes mantenían el cuero, rojo y con botones negros, las luces de neón, que hacían un vaivén indescriptible, invitándote a la fiesta, daban un aspecto aún más oscuro. Había cadenas, juguetes, barrotes, cuero, entre tantas cosas más, todo dando solo una probada de lo que iba a ser la mejor fiesta en mucho tiempo.

—Estoy impactada —murmuré.

Edward tiró de mí, llevándome por el pasillo hasta la zona principal. Por poco y se me desencaja la mandíbula. ¡Era colosal! La decoración mantenía su estilo, sin embargo, los bailarines, entre hombres y mujeres, dando sus mejores y más sensuales pasos en un escenario que se mezclaba con las pistas de baile y las mesas, vestidos con trajes sadomasoquistas sacados de película. Luego, y con gran admiración, vi que en los techos colgaban personas en jaulas, bailando también con diminutos conjuntos exóticos. Más allá había juguetes, cruces de madera con esposas, caballetes con máquinas sexuales, alusiones al sexo de diferente índole y en donde solo participaba el placer consensuado entre adultos; estaba sin habla.

—Ha quedado perfecto —dijo Edward por sobre la música.

—¿Ya habías visto todo?

Sonrió.

—¿Creías que iba a dejarle hacer todo esto él solo?

—Eres perverso.

—Lo sé. Creo que me ha encantado como ha quedado. ¿Y a ti?

—Me encanta. —Lo abracé desde el cuello y lo besé.

—¡Ya están besándose como locos! —exclamó Victoria, llamando nuestra atención.

Se veía divina. James de seguro le había hecho vestirse con algo tan sensual como el látex.

—No seas envidiosa —le comenté, recargándome en mi Bestia.

—Ja. Mejor ve a decirle feliz cumpleaños a nuestro amigo, está que llora de lo emocionado que está.

Me reí.

—¿Y Rose?

—No se ha sentido muy bien. Dice que le duele la barriga, así que fue a beberse un poco de agua a la barra. ¿Sabes qué creo yo? Que el amigo de nuestro bombero la mandó a freír monos al África y eso la ha tenido triste como la mierda.

—¿Eso crees? —inquirí.

—No lo sé, es solo imaginación mía. Pero ya qué. Vamos.

James había decidido llamar la atención a como diera lugar, y cómo no, si había decidido venir con un corsé y unos pantalones de cuero entallados a él. Estaba rodeado de amigos, todos a su estilo. No dejaba de parlotear y de charlar como si tuviera un cohete en el culo, moviéndose de aquí para allá. Cuando nos vio, se puso a gritar y a dar brincos hacia nosotros, primero abrazándome con fuerza y luego dándole besos a Edward, quien me miraba con las cejas alzadas.

—¡Qué divinos se ven! —exclamó, mirándonos a ambos—. Oigan, amigos, miren quiénes llegaron, ¡mi pareja favorita!

James nos presentó con todos, yo conocía a algunos pero Edward era el nuevo.

—Este guapetón es el dueño de este lugar. Ha sido tan adorable que me ha dado la posibilidad de hacer toda esta locura y no ha puesto ningún pero al respecto, ¿saben lo que significa eso? Que voy a quitártelo, perra. —Me miró y todos nos pusimos a reír.

—Pues consíguete uno pronto, que este precioso hombre es mío. —Le mostré la lengua mientras sentía que mi Bestia me rodeaba con sus brazos.

—Completamente tuyo —me susurró al oído, besándome el cuello, mientras sentía que frotaba su pelvis con parte de mi culo.

Estaba jugando con fuego.

Rose se integró al grupo, un poco más repuesta. También se veía divina, lo que no era de extrañarse, si Rose era hermosa.

Nos pusimos a charlar un buen rato mientras bebíamos los tragos que nos ofrecían, siendo testigos de cómo James parecía adorar su fiesta de cumpleaños, no por nada había decidido traer su propia corona.

—Vendrá —susurró mi amiga, mirándonos a Victoria y a mí.

—¿Qué? —preguntamos ambas, sin entender.

—Emmett. Vendrá. James lo ha invitado. ¿Por qué es así?

—¿Por qué no dejas de hacerte la difícil y te dejas de sufrir en vano? —Victoria no tenía filtro—. Lo siento, Tetas Falsas, pero esta vez está en ti solucionar tu problema, no puedes hacer como que Emmett la ha cagado, cuando has sido una perra.

La miré mal y ella simplemente se encogió de hombros.

—Rose, odio decir esto —comencé—, pero Victoria tiene razón.

—¡Hey!

—Aunque tiene la boca de hierro y escupe fuego cada vez que quiere —la molesté—, tiene tanta razón como tintura roja en el cabello.

—¡Es natural! —se defendió.

Rose se rio pero sus ojos se mantuvieron tristes.

—Es que… —Suspiró, pasándose una mano por el brazo.

—Hey, Rose —la llamó una voz masculina. Edward también la reconoció y se giró, sorprendido.

Claro que era Emmett.

Había venido con su traje de policía, pero se había quitado la placa y el arma. Sus ojos se veían brillantes mientras miraba a Rose, como si quisiera ir con ella a como diera lugar.

—Oye, viniste —exclamó James, yendo a saludar mientras veía a Rose de reojo.

—Claro que sí. Feliz cumpleaños.

Luego de darse la mano con James y Edward, así como también saludarnos a todos los presentes, fue inevitable para él ir hacia Rose, que a ratos se agarraba la barriga, como si le doliera.

—¿Podemos hablar, Fresita? —preguntó Emmett.

Mi Bestia hizo un mohín con su boca, a punto de ponerse a reír por el apodo. Yo también me aguanté.

—¿De verdad quieres hacerlo a pesar de lo que te dije? —preguntó mi amiga, tomándose un mechón de cabello. Sus ojos lucían tristes y arrepentidos.

—Más que nunca. No me importa lo que me dijiste, sé que no lo decías en serio —afirmó el policía, dando un paso hacia adelante.

Rosalie tragó y también dio un paso adelante, tomándole la mano al segundo.

—Vamos allá, hay que hablar —fue lo último que dijo antes de partir con él hacia dónde sea, perdiéndose entre la gente.

—Sí que se ha enamorado —me dijo Edward al oído.

—¿Eso crees? —inquirí.

Negó.

—Me lo dijo hace unos días.

Suspiré.

—Mientras cuide de mi amiga, yo estaré en paz. No quiero que alguien vuelva a hacerle el daño que Royce le provocó. Solo quiero que lo deje.

—Sí, Emmett no merece ser una segunda opción. Es un buen tipo.

Sonreí.

—Si es amigo tuyo, entonces así es.

Se rio y me tomó las mejillas para besarme de manera apasionada, lo que obviamente iba a llamar la atención de mi amigo James.

—Ew, ya basta de estas demostraciones de amor, me dan alergia —espetó.

Edward iba a contestar, pero el rostro de James se transformó completamente cuando vio a alguien más detrás de nuestras espaldas. Al girarnos, nos encontramos con Jonas y un par de amigos más, los que supuse eran bomberos del mismo cuartel. Todos llevaban sus característicos pantalones.

—Hey, ¿y ustedes? —preguntó Edward, yendo a saludar.

James seguía perplejo, con la copa a punto de caérsele de las manos. Cuando Jonas terminó de saludar a su mejor amigo, miró al cumpleañero con una sonrisa y, para mi gran sorpresa, le guiñó un ojo.

—No pensé que iban a venir. Se tomaron muy bien la invitación al cumpleaños —dijo mi Bestia, buscándome para tomar mi mano.

—En realidad, no estábamos tan seguros de encajar con el lugar, pero creo que es perfecto. Aunque tú te ves muy bien vestido para la ocasión —afirmó Jonas, palpándole los hombros a su amigo—. Y tú. —Levantó las cejas, mirándome—. Despampanante. ¿Viniste para que Edward sea la envidia de la noche?

—En realidad, vine a opacar a la reina de la noche —susurré, mirando a James.

Jonas se rio.

—Vaya atuendo —añadió, acercándose a James, quien había perdido toda su excentricidad y extroversión al tenerlo de frente—. Me gusta.

El gesto de mi amigo se relajó y comenzó a reír, tan nervioso que me enterneció.

—Puedo mostrarte el catálogo de tragos para que pruebes… o quizá puedo mostrarte…

—Da igual. Muéstrame el lugar, me parece interesante —respondió Jonas, cruzándose de brazos para mostrar sus rudos tatuajes. El cumpleañeros se quedó mirándolos, perdiendo la noción de la realidad.

—Claro. Vamos.

—¿Quieres bailar? —me preguntaron al oído.

Sonreí.

—¿Tienes algo preparado para mí?

—¿Qué crees?

Me giré y lo vi utilizando un antifaz. Casi se me salió el corazón.

—Edward…

—¿Recuerdas eso que escribiste?

Tragué.

—Edward, yo no pensé que…

—¿Qué lo había leído? —Se rio—. Claro que lo hice.

Uno de mis primeros libros, uno inédito y que publiqué en un arranque de locura en un portal online, había sido una de mis experiencias más llamativas con mi fantasía principal: el sadomasoquismo. Lo había olvidado debido a los años y al tenerlo a él, utilizando un antifaz como aquel personaje que mi loca cabeza creó en mis momentos de necesidad solitaria, teniendo a un hijo pequeño que ocupaba gran parte de mi tiempo y un matrimonio roto en el que apenas me sentía valorada. Era una historia simple pero con cargas de erotismo que exploraba tanto que nunca me atreví a publicarlo en papel. No por nada el protagonista principal era un asesino fugitivo de gran renombre en los negocios bajos, dominante como ninguno, tanto que de solo recordar algunas escenas mi corazón martilleaba, y ella, una sencilla y joven policía que apenas comenzaba su carrera en la búsqueda del narcotráfico, encontrándose con quien iba a desatar la locura de la sumisión, aún sabiendo que era una mujer independiente y…

Ah, Dios… Edward iba a volverme loca.

—¿Cómo lo encontraste?

Tomó mi mano con suavidad y me atrajo hacia las penumbras, cerca de esas paredes con cruces y objetos alusivos a la tortura.

—Haciendo una gran investigación con tu nombre, Isabella Swan.

Tomó mi mentón y comenzó a rozarme el rostro con su nariz, respirando mi aire, sacándome jadeos, enloqueciéndome…

—Pero créeme que devoré cada página, sin querer que se acabara.

Me miró a los ojos y solo pude contemplar sus cuencas verdes mientras las luces le daban justo en la cara, rojas como la sangre, brillando con furia.

—Así como planeo hacerlo con usted, detective —añadió, tomándome de la muñeca e impidiéndome que pudiera moverme.

Aquello me puso tanto que tuve que cerrar las piernas.

—Mezclarse con lo que tanto odia va a acabarlo —respondí, sumándome a su juego.

Sonrió.

—En realidad, con quien planeo acabar es con usted —susurró, buscando mi oreja, lamiendo el lóbulo con cuidado.

Temblé.

—Y en su interior —finalizó, mordiéndome.

Di un salto de excitación.

—La invito a un baile. Recuerde dejar las esposas para después, sé lo que planea, detective. ¿Va conmigo?

Jadeé.

—Considérelo un baile de despedida.

Me enseñó su mano. Llevaba los guantes. Cuando la tomé, tiró de mí, llevándome a la pista.

—¿Cómo le gustan? —preguntó—. ¿Suaves? —Su dedo índice pasó por mis labios y luego bajó por mi cuello, deteniéndose en mi escote—. ¿O feroces? —La otra mano fue a mi espalda baja y me empujó contra él.

—Sorpréndame.

—Ha elegido una respuesta atrevida. Me gusta.

Me tomó desde la cintura y pegó su frente a la mía, manteniendo esa mirada. Por Dios, esa manera de hacerlo, tan dura, tan brutal, no pensé que iba a revivir una de mis tantas fantasías con él. Pero ¿cómo no? Si Edward siempre estaba pendiente de mi loca cabeza, siempre siguiendo mis pasos.

Nos propusimos bailar de manera íntima, rozándonos el cuerpo de diferentes maneras. A ratos me giraba, restregándole mis nalgas entre las piernas, buscando endurecerlo y enloquecerlo. Pero Edward volvía a mantener la dominancia, tomándome del cuello y pegándome desde la nuca a su pecho, susurrándome diferentes cosas sucias al oído. Me estaba volviendo loca.

—Sé que te gusta cuando te cogen duro, ¿todo el cuartel sabe que el delincuente más buscado de la ciudad hizo que su detective se corriera solo usando la lengua? ¿Eh? —me dijo al oído mientras pasaba su mano por mis pechos.

Estaba usando frases de mi libro, ¡de lo que yo misma había fantaseado cuando todo mi mundo era un problema! Cielo santo, iba a enloquecer de deseo.

—¿Sabe el jefe de tu departamento cómo te vibran las piernas cuando te cojo hasta el fondo? —siguió diciéndome—. Me pregunto si fuiste capaz de decirle a tu compañero que acabé esposándote en medio del escritorio mientras me pedías que te dejara acabar mientras te tenía entre mis brazos… Las mismas esposas que tú debías usar contra el peor delincuente del lugar estaban contigo.

—Edward —gemí.

—Sht. No tienes permitido hablar hasta que asumas cuánto te gusta que lo haga, porque sabes que es prohibido, porque te encanta pensarlo y hacerlo, porque yo tengo ese poder con tu deseo, porque es mío. —Me besó el cuello—. Solo mío.

Me solté de él y volví a sus brazos, esta vez de frente. Nos besamos de manera instantánea, mezclando nuestras lenguas en una ferviente guerra sin paz, delirante y llena de completa necesidad. Cuando buscamos respirar, Edward acabó mordiéndome la barbilla mientras reía con malicia, mezclando aquello con el deseo de hacerme suya.

—¿Me acompañarás? —inquirió.

—¿Adónde? —inquirí, casi chillando.

—Ven conmigo.

Me condujo por los pasillos ocultos de la discoteca, los cuales seguían oscuros y en completo silencio. Cuando llegamos a la puerta de la oficina, aquella que ahora ocupaba Edward bajo su total dominio, abrió la puerta de par en par.

—¿De verdad lo quieres? —me preguntó al oído.

Cerré mis ojos y tragué.

—Sí, lo quiero.

Me dio besos por los hombros mientras pasaba sus manos por mi cuerpo, sacándome gemidos bajos. Y a medida que sus dedos exploraban, todo de mí pedía más y más. Yo mantuve los ojos cerrados, dejándome llevar, y Edward fue quitándome suavemente los tirantes del vestido, desnudando mis senos para su disfrute. Pellizcó mis pezones y masajeó con sus palmas, recordando cada una de mis terminaciones nerviosas. Era inevitable que me pusiera a gemir, sus dedos sabían qué punto exacto tocar para enloquecerme.

—Voy a ser duro hoy, Isabella, ¿estás de acuerdo?

Tragué y asentí.

—¿Qué?

—Sí.

Tiró de mis pezones y yo gemí más fuerte.

—¿Sí qué?

—Sí, Sr. Cullen.

Lo sentí sonreír contra la piel de mi cuello.

—Así me gusta.

Me bajó el vestido de forma lenta, casi saboreándome. Lo único que quedaba de mí eran los tacones rojos que me había regalado y la tanga de encaje.

—Ponte sobre el escritorio. Ahora.

Me hice la difícil, queriendo convertirme en esa mujer que se negaba a sentir deseo por un criminal. Él me miró a través del antifaz y con un solo movimiento me hizo arrodillarme contra el escritorio, dejando caer todo lo que pudo al suelo.

—¿Estás enfrentándote a lo que tanto clama tu cuerpo, Isabella? —Sentía cómo se quitaba la ropa superior. Quise mirar, pero me lo impidió, sujetándome la mandíbula—. Mirarás cuando yo lo diga, ¿correcto?

Sonreí, maravillada con este Edward dominante

—Sí, Sr. Cullen.

—Mira qué maravilla tenemos aquí.

Me tomó de las caderas y luego apretó mis nalgas.

—Muero por enrojecerlas.

Sentí un fuerte golpe, sacándome un grito.

—Sht. No querrás alertar a los demás.

Sentí el roce de algo suave, pasando con lentitud por mi espalda baja.

—¿Te gusta?

Asentí.

Me lo mostró, haciéndome tragar audiblemente: era una fusta inmensa.

—Voy a marcarte.

—Dios mío, Edward —gemí.

Cerré los ojos con el golpe. Luego con el otro… Y otro. Mierda, era fascinante.

—Te quiero inmóvil, ¿bien?

De su bolsillo sacó dos esposas. No me costó imaginar qué pasaba por su cabeza. Mi corazón se volvió loco.

—Manos adelante. —Lo hice y él me impidió la movilidad, poniéndolas en mis muñecas—. Ahora vamos hacia atrás. —Caminó con lentitud hacia mis piernas—. Las esposas de los tobillos tienen una particularidad, ¿sabes cuál es? —Negué—. Se extienden.

Me las puso y en un solo movimiento, las esposas me hicieron separar las piernas, exponiendo mi intimidad y mi culo para él.

—Hay algo que me está molestando —ronroneó, tocándome la delgada ropa interior.

En segundos la rompió.

—Así me gusta.

Era una total esclava para él y me iba a disfrutar sin temor. La idea me ponía tanto que enseguida comencé a humedecerme.

—Mira cuánto goteas, Isabella —siguió diciendo, pasándome la fusta por la espalda y las mejillas. Se quedó delante de mí mientras se desabotonaba el pantalón y lo dejaba caer junto a su ropa interior. Su erección apuntaba al cielo, palpitando de excitación. Yo me lamí el labio, mirándola, pidiéndole probarla—. ¿Lo deseas? —Asentí—. Pues ven aquí.

Con su mano entre mis cabellos me ayudó a acercarme y yo me sumergí su dureza en mi boca, hundiéndola en mí con necesidad. Edward gruñó y echó la cabeza hacia atrás, disfrutando de mi succión y el movimiento de mi lengua.

—Qué boca tienes. Mierda. —Hizo un mohín mientras apretaba mis cabellos con más fuerza—. Esa lengua…

Yo seguí dándole placer, testigo de cómo sus expresiones iban cambiando hasta alcanzar la locura. Cuando sintió que iba a explotar, no tardó en alejarse, mientras yo saboreaba mis labios, queriendo más.

—Estás traviesa. —Me dio un beso y luego fue moviéndose con sus labios por mis hombros, mi espalda y luego mi culo, que estaba empinado debido a la posición que la prisión de sus esposas había provocado—. Tengo una sorpresa para ti.

Miré por detrás de mi hombro, a la espera de ella. Noté cómo buscaba entre sus bolsillos, sacando una caja pequeña, como si se tratase de una joya. Volvió a caminar hacia adelante, poniéndose frente a mí.

—Es un regalo.

Alcé mi mirada, expectante, y cuando la abrió, sentí que me removía de mil emociones: era un dilatador. Era plateado, redondo al inicio y puntiagudo al final. En la zona trasera tenía una pequeña joya roja, que brillaban con total intensidad.

—¿Qué me dices?

—La quiero dentro —susurré, sin pensarlo.

Una sonrisa mucho más traviesa apareció.

—Será tuya para que juntos disfrutemos sin miedo —dijo, buscándome para besarme.

Cuando nos separamos, Edward fue tras una pequeña botella preciosa, la cual abrió. Derramó su contenido sobre mí y luego sobre él, esparciéndola suavemente entre mis nalgas y su erección.

—Abre la boca —ordenó con la voz ronca.

Lo hice y metió el dilatador.

—Chupa.

Volví a hacerlo, mojándolo.

—Perfecto.

En menos de un segundo sentí que lamía en aquel espacio secreto, enviando descargas eléctricas por todas mis terminaciones nerviosas.

—Edward, por Dios —gemí, apretando mis manos.

—Si te incomoda, solo tienes que decirme, ¿bien? —me recordó, separándose.

Con el labio entre mis dientes, sentí cómo comenzaba a empujar. Era frío, algo duro, buscaba entrar con lentitud mientras sus labios rozaban la piel de mis nalgas, reconfortándome lo que no tardó en convertirse en una sensación invasiva, dolorosa, pero tan placentera que comencé a buscar más. Edward procuraba hacerlo con cuidado, sin forzarme, pendiente de cada uno de mis gestos mientras buscaba cuidar de mi placer, manteniéndolo en vilo para que fuera algo para compartir y no de búsqueda masculina.

—Ya casi está ahí —me susurró—. Relájate.

La sensación se tornó pulsátil a medida que los músculos lo empujaban. Mis ojos lloriqueaban de dolor y placer. Y entonces estuvo dentro, lo sentí ante la manera en la que encajaba perfectamente conmigo.

Fue inevitable jadear.

—Te ves deliciosa con esta joya en ti —añadió, regando besos por mi culo—. Tan apetitosa.

—Te quiero a ti —supliqué, excitada al sentirme llena en aquel lado que nunca había explorado.

Cuando sentí su calor tan cerca, mi corazón volvió a latir alocado frente a la necesidad.

—Quiero invadirme de ti —insistí.

—Claro que así será.

Edward procuró rozarme y masajearme con su erección, frotándose contra mis labios y mi clítoris. Yo arrugué el ceño, desesperada, pero él se esforzaba por volverme loca.

—Edward, por favor.

Entró de sorpresa y yo grité.

—Sht. Recuerda que no estamos solos.

Puso una de sus manos en mi garganta, mientras que la otra estaba en mi cadera.

—Más —rogué.

Empujó, desestabilizándome el mundo. Me sentía invadida de todas las maneras posibles y me encantaba, porque era exclusivamente por él.

—¿Más?

—Más.

Salió y volvió a entrar, esta vez con más fuerza. Nuestros cuerpos sonaban en toda la maldita oficina.

—Hazme gritar, Edward, por favor —volví a rogarle.

Tiró de mi cabello y yo sonreí, más excitada aún. Volvió a besar mi cuello, mi quijada y finalmente mis labios, mientras sus caderas chocaban conmigo de manera brutal. Lo único que pude hacer fue cerrar los ojos, presa de todas las sensaciones que me hacía disfrutar. Fue cosa de muy poco tiempo para que las ganas de correrme me invadieran y él lo notó. Soltó mis manos de las esposas y me tomó entre sus brazos mientras respiraba de manera desacompasada, me acostó en el diván y volvió a penetrarme, una y otra vez, sin respiro, sin esperar a que tuviera espacio de suplicar más, porque Edward estaba empecinado en enloquecerme hasta que lo alcanzara. Cuando rocé el orgasmo, él me tomó desde el vientre y me pegó a su pecho, derramándose dentro de mí. Aquello fue suficiente para que yo explotara en un orgasmo vivo, sintiendo la presión de mis paredes y aquel dilatador fantástico que estaba torturándome en aquella posición.

Caí entre los cojines del diván y Edward me recostó mientras respiraba de manera frenética. Se acostó a mi lado, con el sudor entre nosotros. Mi cabello se pegaba a mi frente, a mi cuello y a mi espalda, efecto de todas las sensaciones que disfrutamos juntos. Tomó mi mano y me la besó, a la vez que yo acostaba mi cabeza en uno de sus pectorales tatuados. Nos sonreímos, cómplices como ninguno, y seguimos mirándonos hasta calmar cada espacio de nosotros.

—No puedo creer que hayas buscado ese libro —susurré.

Me corrió el cabello de la cara y pasó sus dedos por mi mejilla.

—Todo lo que escribes me gusta. Tenía que buscarlo cuando supe que habías hecho algo así.

Me reí.

—Créeme que estaba dispuesto a convertirme en ese criminal dominante para recordarte por qué tus fantasías son tan importantes para mí.

Suspiré y lo abracé.

—Es increíble —dije.

—¿Qué es increíble?

—Que seas capaz de hacerme vivir lo que mi loca cabeza lleva creando hace tanto tiempo.

Me besó la frente y luego me miró, intrigado.

—Cuando escribí todo eso yo era una mujer infeliz, viviendo fantasías que solo podía hacer realidad en mis libros, y no solo hablo del sexo, sino del amor, de la complicidad… —Le acaricié la barba al ras—. Trajiste felicidad y me sorprende que eso te asombre a ti. Te amo más de lo que te imaginas, Edward Cullen.

Pegó su rostro al mío y nos volvimos a besar.

—Y yo te amo a ti, nena, muchísimo.

Volví a suspirar, sintiendo el irremediable dulzor de la tranquilidad después de compartir algo tan intenso con alguien que se conectaba conmigo no solo de manera física, sino también emocional.

—Se siente muy raro —susurré, moviendo mi culo.

Él se rio y me tomó desde ahí, aprovechando de tocar la joya que tenía ahí.

—Puedes quitártela cuando quieras.

—No, la verdad es que a pesar de todo me gusta. Además, me mantendrá lista para el siguiente nivel.

Sus ojos oscurecieron.

—Te animas.

—Contigo.

Íbamos a volver a besarnos, pero alguien abrió la puerta, sorprendiéndonos. Cuando vimos emerger a Rose y a Emmett besándose de manera calurosa, quizá dispuestos a lo mismo que nosotros, carraspeamos mientras mi Edward buscaba algo para taparme. Nuestros amigos dieron un salto y se separaron, mirándonos con las disculpas en la cara.

—¡Lo sentimos, lo sentimos, lo sentimos! —exclamaron, volviendo a cerrar.

Cuando quedamos a solas, nos pusimos a reír hasta que suspiramos.

—Tenías abierto, ¿te imaginas qué habría ocurrido si alguien abría en medio de…? —Moví mis cejas.

—Habría tenido una buena escena de lo que significa esta fiesta —murmuró, volviendo a juntar su frente con la mía, para ahora sí, besarme con fervor.

.

Volvimos cuando la fiesta estaba algo candente. En serio.

En el escenario ya bailaban algunas personas, las que rápidamente dieron paso a la llegada de un grupo de strippers masculinos que le hicieron un buen festín a James. Para mi intriga, él si bien disfrutaba como ninguno, no dejaba de mirar a Jonas quien, para aumentar mi recelo, tampoco dejaba de mirarlo.

—¿En qué estás pensando? —me preguntó Edward, tomándome la mano.

—En que tengo eso metido en el culo. —Me reí.

Iba a decirme algo, pero uno de los strippers llamó la atención de todos, pidiéndole a un grupo de hombres que se acercara a bailar para ganar una serie de curiosos juguetes. Los bomberos, todos muy masculinos, levantaron la mano debido a la desinhibición provocada por el alcohol.

—Grupo de imbéciles, honren mi cuartel —exclamó Edward.

Craso error.

—Queremos al capitán arriba —dijeron todos, yendo hacia él para tomarlo de la mano.

—¡No! ¡Por ningún motivo! —se defendió.

—Apoyo la moción. Báilame a mí —insté, mordiéndome el labio.

Fue subido contra su voluntad, llamando la atención de todos. James daba brincos en su silla, entusiasta por el baile. La música sexy y digna de un erótico baile comenzó a sonar, por lo que los bomberos, nada vergonzosos, hicieron el show de su vida. Edward parecía muy fuera de lugar, ignorando cómo las mujeres se lo comían con la mirada. Claro que era el favorito, si era el más guapo. Yo, para animarlo a que se olvidara de todos a su alrededor, crucé una de mis piernas, mostrándole mis ligueros, aquellos que habíamos disfrutado hacía un rato, y en cuanto conectó su mirada conmigo, la fuerza de la bestia hizo que todos pasaran desapercibidos. Mi hombre comenzó a bailarme, tirando de mi mano para subirme al escenario, sentarme en una de las sillas y hacerme un baile que fue la envidia de todas ahí. Cuando comenzó a quitarse la camisa, mostrándome sus tatuajes, yo aproveché de tocar, sintiendo cómo mi cuerpo se afiebraba debido al deseo, como si la sesión de hace un rato nunca hubiera ocurrido.

—¿Querías que te bailara? —me preguntó mientras depositaba besos suaves por mi cuello.

Tragué.

No me dio tiempo a responder, porque aprovechó de sacar una fresa del cuenco cercano y acercármelo al rostro con ella entre los dientes. La punta de su nariz dibujó por mi cuerpo, yendo hacia mi quijada y luego hacia mis senos. Cuando subió, busqué la fresa con mi boca y me la comí, pero para Edward no fue suficiente, porque enseguida me besó, lamiéndome los labios sin pudor. Lo único que había a mi alrededor eran los gritos, viendo absolutamente todo. En cuanto terminó la música, mi Bestia acabó besándome la frente, riéndose. Yo bajé las escaleras con las piernas temblorosas y las mejillas rojas mientras las mujeres y algunos hombres me miraban con cierta envidia. No podía culparlos, ver a Edward con sus movimientos era algo impresionante.

—Bueno, creo que la situación es clara. El ganador de los juguetes es… —Se acercó a Edward y le levantó el brazo, como claro campeón.

Yo me mordí el labio, aún mirándolo.

Dios, me volvía loca.

.

Hoy queríamos darle una visita sorpresa a los Cullen, en especial en estas fechas. Además, Agatha lo único que quería era ver a sus abuelos y, bueno, Fred ya los adoraba como suyos que ni tiempo me dio de darme cuenta de ello.

Habíamos llegado a buena hora para cenar con ellos, pero cuando vimos el coche de Jasper aparcado afuera, lo primero que Edward hizo fue apretar las manos, muy molesto.

—¿Qué hace este imbécil aquí? Si mis padres…

—Edward, tranquilo. —Le hice un gesto para que recordara que estaban los pequeños atrás, en especial por Fred, a quien las cosas nunca se le pasaban por alto.

—¿Qué sucede, mami? —preguntó.

—Nada, cariño. Nosotros vamos a entrar un momento y luego vendremos a buscarlos, ¿bueno?

Asintieron.

—Iré yo, no quiero que pases malos ratos aquí —aclaró Edward, quitándose el cinturón de seguridad.

—Por ningún motivo. Iré contigo.

En cuanto bajamos sentimos la discusión detrás de la puerta. Parecía algo muy acalorado.

—¡No quiero volver a algo como eso! —exclamó Alice, muy alterada e inmensamente triste.

—Mi amor, yo…

—Mi amor nada, quiero que te largues de aquí y que dejes a mi hija en paz —bramó Carlisle con tanta fuerza como la de su hijo mayor.

—Lo que hiciste con Bella no puedo perdonarlo. Tus padres son un asco, ¿cómo se les ha ocurrido enviar a quienes decías tu familia a la calle? Acabamos de llegar de ese maldito viaje y lo primero que sé es que hiciste eso con esa pobre mujer y su hijo, ¿qué mierda tienes en la cabeza para ir con esos imbéciles que llamas padres como si tuvieras tres años? —gimió ella.

—Alice, tranquila —le decía su madre—. Vete de aquí, Jasper, nosotros no queremos volver a verte.

Edward abrió la puerta, encontrándose con quien fue mi ex esposo. Parecía deshecho. Alice tenía los ojos rojos por el llanto, el que debió haber durado demasiado.

—¿No escuchaste? —preguntó él, dando un paso adelante—. ¿No te bastó con haberle hecho daño a la mujer que amo, que ahora quieres hacérselo a mi hermana?

Alice me vio y se puso a llorar de manera espesa y descontrolada, como si de pronto tuviera culpa. Me sentí muy mal por ella.

—Necesito ir a mi habitación —gimió, yéndose hacia otro lado.

Jasper tragó y se dio la vuelta, encontrándose conmigo y con Edward. Yo caminé hacia mi Bestia y le tomé la mano, recordándole que ahora no estaba sola y que mi familia era otra, una que él nunca pudo aprovechar. Cuando se marchó, todos quedamos en completo silencio.

—Mierda, ¿por qué tuvo que venir ese imbécil? —exclamó Edward.

—Hay algo que tenemos que hablar —dijo Carlisle.

—Yo los dejaré a solas. Permítanme —murmuré.

Esme me dio un beso en la mejilla y asintió. Yo caminé hacia la cocina y respiré hondo, sin saber cómo acabar de sentirme. Sentía mucha tristeza por Alice, porque nadie merecía que a semanas de su boda se enterara de sopetón que quien amabas era alguien que nunca habías conocido en realidad. Frente a eso solo pude hacer un té y subir escaleras arriba, dispuesta a dárselo. Cuando llegué a la que supuse que era su habitación, toqué, temerosa de recibir una negativa.

—¿Quién es?

Carraspeé.

—Bella.

Pasaron unos segundos y finalmente abrió. Tenía la nariz roja y los ojos hinchados.

—No quiero molestarte, pero te traje esto. —Le mostré la taza y ella sonrió, volviendo a asomar con el llanto.

—Pasa, por favor.

Cuando lo hice, me detuve un momento viendo la decoración de su habitación, la que era demasiado diferente al resto de la casa, como otro mundo.

—No tenías que molestarte, al fin y al cabo, tú eres la que más ha sufrido en todo esto.

Negué.

—En realidad, creo que eso ya pasó hace demasiado tiempo para que entorpezca mi felicidad.

—Perdiste tu casa hace apenas dos días, ¿cómo esperas que te crea?

Bajé la mirada.

—Supongo que Edward ha hecho de mi vida algo diferente y me ha ayudado cuanto ha podido.

Sonrió.

—Mi hermano encontró una mujer muy buena. Estoy muy contenta de que sean novios.

—Estamos viviendo juntos.

Levantó las cejas.

—Eso es maravilloso. Yo… ni siquiera merezco que me cuentes esto, no fui comprensiva, no lo suficiente, creí en Jasper de manera ciega y… estoy muy decepcionada.

Tragué.

—¿Por qué haces esto? No deberías tener esa consideración.

—¿Crees que no? —Suspiré—. Si también has hecho cosas buenas por mí.

Frunció el ceño.

—¿Por qué lo dices?

La miré extrañada.

—¿Te parece poco el que hayas escrito algo tan lindo en el periódico? Hiciste algo muy lindo por Fred y todo lo que ha pasado en la escuela, fue un gesto noble, como si me dijeras cuánto me entiendes. Gracias, Alice.

Se quedó de piedra, pensando en lo que estaba diciéndole.

—Bella, ¿qué cosa escribí en el periódico?

—Un… un artículo, sobre el acoso…

—Yo no he escrito nada, Bella, ¿estás segura?

Se me cayó la expresión.

Entonces, si Alice no lo había hecho, ¿quién?


Buenos días, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Edward y Bella han tenido una conexión inmensa, en especial porque, a pesar de las bajezas de los Whitlock, él no dudó ningún segundo en hacer de ese momento algo completamente diferente y decidir que era momento de que vivieran juntos, para así estar con sus hijos. Y Edward tuvo que sacrificarse por Bella, siendo parte de esa portada que tanto calor generó en los presentes. Lo mejor sucedió con la fiesta de James, en donde nuestra Bestia dejó escapar sus fantasías y las de ella, para demostrarle cuán dominante puede ser. Lo que vino después con Alice puede significar muchas cosas, ¿qué quiso decir con que ella no tenía nada que ver? ¿Habrá sido así? ¿Quién entonces escribió el artículo? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas

Agradezco los comentarios de DanitLuna, Flor Santana, Valevalverde57, Jeli, Yoliki, PanchiiM, saku112, valentinadelafuente, Diana, glow0718, CazaDragones, Belli swan dwyer, Dinorah Murguia, Brenda Cullenn, Rero96, NarMaVeg, rosycanul10, Josi, SeguidoradeChile, patymdn, calia19, Car Cullen Stewart Pattinson, lauritacullenswan, Dominic Muoz Leiva, miop, carlita16, Luisa, LuAnka, Johanna22, piligm, DannyVasquezP, VeroPB97, Abigail, It's Elle, LOQUIBELL, ariyasy, andreamar00, krisr0405, Robaddict18, FlorVillu, Isabelfromnowon, darkness1617, AdriaGT13, Kamile PattzCullen, Gis Cullen, Liz Vidal, Pam Malfoy Black, debynoe12, cavendano13, maribel hernandez cullen, isarojas12, Ana, caritofornasier, morenita88, vodkakalhua, freedom2604, Tina Lightwood, catableu, Jenni98isa, melina, Tata XOXO, Fernanda21, AndieA, kathlenayala, Claurebel, yaly, selenne88, Lore, Vanina Iliana, Meemi Cullen, camilitha cullen, anakarinasomoza, Gabi, MaleCullen, Diana2GT, Jocelyn, roberouge, Adriu, Liliana Macias, CeCiegarcia, Karina, Tereyasha Mooz, Srita Cullen brandon, saraipineda44, Pancardo, LizMaratzza, joabruno, VeroG, Nelly McCarthy, Ceci Machin, natuchis2011b, Vanex, dana masen cullen, damaris14, Alimrobsten, Duniis, tatis, Olga Javier Hdez, Valeeecu, nataliastewart, JMMA, JELITA, Vaneaguilar, Barbie Hale Black, Gladys Nilda, Techu, Yesenia Tovar, seelie lune, Roxy de roca, Twilightsecretlove, Iza, lunadragneel15, Hanna D. L, Fallen Dark Angel 07, aliciagonzakezsalazar, almacullenmasen, isbella cullen's swan, twilightter, Deathxrevenge, sool21, sueosliterarios, jupy, beakis, ELIZABETH, Emily chaustre, valem00, Gibel, Yzabo Nayen Santander Vera, Salveelatun, Andre22twi, AnabellaCS, alejandra1987, Nataly, Marazul08, Amy Lee Figueroa, Leah de Call, Mayraargo25, bellamaru, LicetSalvatore, YessyVL13, Elizabeth Marie Cullen, ary, Lulu, Jackie, Kika, Katy, Kelly, Vicky, Leonor, terewee, florcitacullen1, Mela Masen, liduvina, Milacaceres11039, sheeo0294, Noriitha, Mar91, montanezdayanadarys92, Rose Hernndez, rjnavajas, Elmi, Esal, Jade HSos, Hyfigueroa, Cecy Dilo, kaja0507, Elejandra Solis, PameHart, Naara Selene, Maribel 1925, danielascars, Len, Maca Ugarte Diaz, leztymoon, Maydi94, claribelcabrera585, Veracruzana, Shikara65, keyra100, angryc, nicomartin, AndreaSL, Nati98, nydiac10, ConiiLizzy, Ella Rose McCarty, PatyMC, Tecupi, Bealnum, santa, Idalia Cova, alessdecote, Ronnie86, Conni Stew, MariaL8, Vall, Mel. ACS, Angelus285, keith86, caresgar26, jessnoeaquino20, Sakura Cullensw, Reva4, Smedina y Guest, espero volver a leerlas a todas nuevamente, cada gracias para mí es inmenso, me hacen muy feliz con cada apreciación que me dejan, el entusiasmo que me generan es inmenso y no tengo palabras para agradecerlo

Recuerden que quienes dejan su review recibirán un adelanto exclusivo del próximo capítulo vía mensaje privado, y si no tienen cuenta, solo deben dejar su correo, palabra por palabra separada, de lo contrario no se verá

Pueden unirse a mi grupo que se llama "Fanfiction: Baisers Ardents", en donde encontrarás a los personajes, sus atuendos, lugares, encuestas, entre otros, solo deben responder las preguntas y podrán ingresar

Cariños para todas

Baisers!