Capítulo 26

Candy lo agasajó como nunca lo habían mimado. Había preparado un baño caliente con olor a romero que él disfrutó como si fuese el último que iba a darse en la vida. Las ricas ropas de terciopelo azul que ella había ordenado confeccionar le quedaban como un guante y se ajustaban a su musculoso cuerpo a la perfección. Albert fue consciente de la enorme diferencia que existía, con las bastas ropas que usaba en su tierra, allá en el norte.

Atrás quedaba el guerrero que había sido para convertirse en el hombre que era ahora.

Se sentía tan importante que, de estar en la presencia divina, Dios le tendría que hacer una reverencia. Rió y se disculpó interiormente por su pensamiento blasfemo.

—Seguís remoloneando demasiado —lo amonestó Candy—. Si no os dais prisa no podré daros la sorpresa que os tengo preparada y que me demoró tanto tras vuestra llegada.

Albert la miró con tal descaro que Candy sopesó quedarse en la alcoba con él o atender las múltiples obligaciones de Verdial.

Albert terminó de colocarse las hermosas botas de piel que ella había mandado fabricar en la mejor peletería de Toledo.

—Creo, esposo, que deberíais poneros el kilt y el tartán.

Albert le ofreció una sonrisa.

—Menudo espectáculo daría el señor de Verdial.

—¿No extrañáis vuestras ropas escocesas?

Albert se apresuró a negar con su cabeza.

—Uno se acostumbra rápidamente a tener el trasero caliente y protegido.

Ella terminó por bromear con él.

—Tengo que enseñaros un camino cercano al río Tajo que tiene un muro bajo... —no terminó de decir la frase cuando Albert la asió por la cintura y le silenció la boca con un beso. A Candy le encantaba sus besos ardientes dados de forma inesperada.

—No me recordéis mi torpeza, aún me sonrojo cuando lo recuerdo.

Candy lo consoló con un abrazo.

—Aquél muro hizo que os eligiera como señor de Verdial.

Albert carraspeó complacido por sus palabras.

Ambos bajaron al gran salón, donde habían dispuesto las mesas para el banquete que Candy había preparado para darle la bienvenida. Albert se paró durante un instante a observar los ricos tapices que colgaban de las ventanas.

—Deben de costar una fortuna.

Candy negó con la cabeza.

—En Verdial tenemos una sala especial dedicada a confeccionar los tapices. No os hacéis una idea de lo que suelen pagar por ellos —Albert alzó las cejas—. Mis tapices son conocidos y codiciados en todos los reinos cristianos.

—Soy un hombre afortunado.

Candy le dio un codazo cariñoso por la alabanza.

Justo cuando alcanzaban la mesa de honor, Albert fue consciente de las personas que lo estaban esperando de pie frente al hogar encendido: sus hermanos Anthony y Stephen, ambos vestidos con prendas tan lujosas como las de él.

Miró a Candy con franca sorpresa.

—Acabáis de aniquilarme una vez más.

Ella no tenía forma de saber si estaba enfadado o complacido.

—Creí que os gustaría tener a vuestra familia cerca —le confesó.

—¿Qué hacen en Toledo?

Candy pensó si debía decirle la verdad completa o no; decidió confiar en él.

—Son hombres de mi abuelo, el conde —inspiró un momento antes de continuar—Ellos deseaban estar cerca de vos y yo quería tenerlos conmigo. Han sido un gran apoyo en vuestra ausencia.

Albert paró sus pasos un momento para mirarla.

—¡Absolutamente maravillosa!

Candy terminó por suspirar complacida. Había contenido la respiración ante su respuesta.

—Lamento tanto haberos traído aquí lejos de vuestro hogar...

Albert la asió por los hombros y la abrazó fuertemente. Se dirigió con paso decidido hacia sus hermanos, a quienes no veía desde hacía tanto.

El abrazo entre ellos no se hizo esperar. Albert sentía una opresión en la garganta debido a la emoción de verlos. Candy sirvió vino en copas de plata y le alcanzó una a cada uno. Escuchaba silenciosa sus bromas y su fuerte idioma, los tres hablaron en gaélico sin darse apenas cuenta. Candy alzó una ceja al contemplar el cambio producido en Anthony: atrás había quedado el hombre huraño e irascible que ella había conocido. El hombre complaciente que estaba de pie ante su mesa resultaba irreconocible y sumamente agradable. Stephen había resultado ser un seductor nato: la mitad de sus doncellas suspiraban por los largos pasillos de Verdial por el apuesto soldado escocés, suspiros que él se encargaba de agradecer de todas las formas posibles.

—¡Qué sorpresa!

Tanto Anthony como Stephen lo zarandearon como antaño.

—¡La guerra se te da bien, hermano!

Albert miró a Anthony y le sonrió.

—¿Os gusta Castilla?

—Por cierto que sí —la respuesta de Stephen no se hizo esperar—. Las doncellas castellanas me hacen temblar las rodillas —Anthony soltó una risa—, y las hay a montones.

—Te acostumbras rápidamente a este sol y después te resulta intolerable el mal tiempo.

—Soy un servidor incondicional de Toledo.

La afirmación de Anthony le hizo alzar las cejas.

—¿Conocéis a mi hijo?

Ambos hermanos asintieron.

—Somos su guardia personal —Albert se sorprendió—. El conde nos hizo venir desde Escocia para custodiarlo.

—¿Y Waterfallcastle?

Tanto Anthony como Stephen se miraron un momento antes de responder.

—Lean ahora es el nuevo laird. A pesar de su juventud, Archie, Brendan y el consejo se encargan de cuidarlo y aconsejarle. Nuestra presencia no es necesaria allí.

—¿Se ha podido reconstruir?

La cara de sorpresa en ambos hermanos fue idéntica.

—Nunca fue derruido.

Ahora el sorprendido fue Albert.

—Candy revocó la orden después de que Guillermo retiró las pretensiones sobre ella. El rey Alfonso discutió agriamente con tu esposa, pero ella consiguió salirse con la suya. Nunca había contemplado a una mujer sostener con esa tenacidad el pulso a un rey sin terminar decapitada.

—El clan ya no es pobre, Albert —éste no podía articular palabra tras escuchar a Stephen—Reciben constantemente suministros del conde así como sal para vender. Ni te haces una idea de los beneficios que reporta ser los únicos administradores de sal de toda Escocia.

Albert terminó por reír.

—¿Sal? —preguntó con un hilo de voz.

—El conde de Verdial suministra la sal tanto a Francia como a Inglaterra; la llevan incluso a Alemania. Al convertirnos en sus parientes gozamos de su protección y riqueza.

Albert apenas podía respirar debido a la emoción. De todos era conocido que los comerciantes de sal eran los dueños del mundo.

Candy se acercó a ellos para llamarlos.

—¡Esposo! ¡Hermanos! Disfrutemos del banquete que Joseph ha preparado con tanto esmero.

La rica cena los dejó saciados para varios días: los asados de cordero y lechón habían sido exquisitos, la jugosa carne se deshacía en la boca. También degustaron calabacines rellenos de setas y queso, y aves en suave salsa de almendras. Los postres consistieron en higos con crema, tartas de castañas y canela, frutas escarchadas y mazapanes rellenos de yema.

Pudieron disfrutar de trovadores que amenizaron con sus cantos la velada y aún antes de terminar, llegó don Juan Gracia seguido de su yerno Robert. Todos se sumaron a la fiesta y Candy se escabulló sin que nadie se percatara de su ausencia salvo su esposo, que siempre la seguía con los ojos.

Albert la siguió hasta las almenas. Candy miraba la fresca noche. Pegó la espalda de ella a su pecho y la rodeó con sus brazos en actitud protectora. Bajó la boca hasta su coronilla y la besó con adoración.

—¿Estáis cansada?

Candy asintió con la cabeza.

—A veces necesito un poco de aire fresco y subo a las almenas para pasear. Pensaba estar solo un momento.

—Le he dado recado a vuestro abuelo, es posible que no regresemos al banquete. ¿Os importaría?

Candy negó con su cabeza, un instante después la dejó descansando sobre su fuerte pecho. Había extrañado tanto su protección, la sensación de seguridad que siempre le transmitía...

—¡Adoro la paz!... En ocasiones me resulta imposible entender tanta barbarie.

—Castilla es un reino cristiano.—Ella protestó con vehemencia.

—Durante siglos hemos vivido en armonía —Candy se refería a las creencias musulmanas y hebreas: los árabes y judíos habían convivido en armonía durante siglos.

—Toledo se recuperará.

Candy asintió con la cabeza.

—¿A qué precio, Albert?... No solo mueren musulmanes. Mueren judíos, cristianos que dejan familias desconsoladas, hijos que ya no se recuperan de la pérdida.

—Es necesario el sacrificio para que haya paz.

Ella volvió a asentir.

—Pero hay tantas cosas hermosas que la guerra destruye que no puedo concebir tanto horror.

—Sufrí mucho por Verdial cuando Toledo fue sitiada — las palabras de Albert mostraban una emoción profunda. Candy entendía muy bien cómo se había sentido, pues ella también había sufrido por él cuando supo de la caída de Alarcos.

—Los muros de este cansado castillo aún tienen fuerzas para repeler invasiones impías.

Albert la apretó junto así más fuerte todavía.

—Ven, bajemos a la alcoba, no quiero que enferméis.

Candy lo miró con un brillo de burla en sus ojos de esmeralda.

—No enfermé en Waterfallcastle, a pesar de que el frío de allí me pelaba las manos y las ideas.

Albert rió al recordar.

—No había contemplado nunca una mujer tan obsesionada con el agua como vos.

Candy le obsequió un codazo.

—Yo en vuestro lugar no me sonreiría con tanta complacencia. Aquí en Verdial os espera un baño diario.

Albert arrugó el ceño con absoluto horror.

—No lo diréis en serio.

Ella asintió con solemnidad.

—¡Bienvenido a Castilla, esposo!

CONTINUARA