Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18.
Outtake I:
Feliz navidad
La chimenea estaba cálida y deliciosa, estar aquí era todo lo que necesitaba. Bella miró a su alrededor, pues seguía pareciéndole increíble que Edward haya ambientado todo para que ella y su hijo se sintieran a gusto con la que era su nueva casa.
Contempló la mesita de noche, viendo el pote de lubricante que habían utilizado la noche anterior.
Sonrió.
—¿Mami? —llamaron dos vocecitas detrás de la puerta.
Bufó.
Los amaba, pero a veces se ponían tan hostigosos. Solo quería un momento para recordar sus noches con su hombre.
—Pasen —les dijo.
Los dos vinieron con el desayuno en sus pequeñas manos, lo que le hizo sentirse un poco culpable. Si eran tan dulces.
—¿Es para mí? —preguntó.
Los dos asintieron y se acomodaron a su lado.
—¿Y lo han hecho solos?
—Hey, ¿cómo que solos? —preguntó Edward, entrando a la habitación.
Verlo venir en las mañanas luego de pasar junto a ella por horas, durmiendo plácidamente juntos, siempre era divino.
—Papi nos ayudó —aclaró Agatha, con un bigote de leche con chocolate.
Bella se rio y le besó la frente.
Edward se acomodó con ellos y la buscó para darle un beso de buenos días. Ella suspiró y se abrazó a él, siempre queriendo más.
—¿Cuál de ustedes está más contento con la navidad? ¿Eh? —preguntó él, acariciando sus cabellos.
—¡Yo! —exclamaron ambos, dando un saltito.
Bella se puso a reír junto a Edward, quien en cuanto pudo se dedicó a mirarla, pasando su brazo por sus hombros, tomó su barbilla y la besó, haciéndole cerrar los ojos de inmediato.
—¡Puaj! —volvieron a exclamar al unísono.
Se fueron corriendo escaleras abajo mientras canturreaban.
—Son un par de locos, ¿no crees? —le preguntó él, besando su hombro con suavidad.
—Lo son —jadeó ella—. Edward, sabes que si me besas ahí, yo no respondo.
Él carcajeó de forma traviesa.
—Está bien, está bien. Para cambiar de tema, me conseguí el traje que te prometí.
Edward fue al armario y buscó rápidamente, mientras Bella se acomodaba mejor la bata y miraba expectante. Él sonrió y le mostró el traje, estirándolo contra su cuerpo.
—¡Es fantástico! —exclamó Bella—. Pruébatelo.
—¿Ahora?
Ella asintió.
—A los pequeños los hará muy felices que llegues de mañana con los regalos.
Edward se desvistió frente a Bella y ella se mordió el labio, viéndolo desabotonarse y quitándose las prendas poco a poco.
—Date la vuelta, será una sorpresa.
—Está bien. —Se tapó los ojos y esperó a que le diera la aprobación.
—Ya está, puedes abrir los ojos.
Cuando Bella lo hizo, se encontró con un santa digno de un calendario erótico masculino. ¿Qué planeaba vistiéndose con un pantalón rojo a mitad de sus oblicuos, una chaqueta de santa abierta, mostrándole su pecho y tatuajes, y un gorrito rojo que le caía sobre su masculina cara, la cual aún no se afeitaba?
Bella se acomodó en la cama, cerrando las piernas ante el calor que le subió por el vientre.
—Edward, no quiero sonar una pervertida, pero me pones muchísimo —susurró, aún con el labio entre los dientes.
Él, nada tonto, alzó una ceja, interesado en esas palabras.
—¿Desde cuándo la perversión es algo que nos impide disfrutar?
—Edward, no me busques —le advirtió.
Él la aprisionó con ambas manos a cada lado de su cabeza.
—No sabía que te ponía un Santa Claus para ti.
Bella se sonrojó.
—¡No es Santa Claus! ¡Eres tú! —se rio, avergonzada—. Edward, en serio, no me busques porque vas a encontrarme.
—Ho, ho, ho, te daré un regalo que no olvidarás, aunque has sido una chica mala.
Ella se echó a reír y lo besó, dándole la vuelta para ponerse a horcajadas sobre su bombero.
—Dame ese regalo… Ahora —le jadeó en la boca y luego le besó el cuello, mientras buscaba el paquete que se guardaba entre las piernas.
—Mierda, Bella, no sabes cómo me gusta cómo te mueves —señaló él, poniendo las manos en sus nalgas.
Ella se fue desabrochando la bata, mostrándole sus senos. Los ojos de Edward siguieron el canal entre ellos y pasó su dedo, dispuesto a complacerla.
—Quiero que me hagas gemir de dolor y placer, cariño —le dijo ella, medio gimiendo.
Alguien abrió la puerta, sacándoles un grito a los dos.
—¿Por qué quieres que papi te haga sentir dolor? —preguntó Fred, poniéndose un dedo en los labios.
—¿Qué hacían? —siguió diciendo Agatha con la misma curiosidad.
Bella se puso rápidamente la bata, mientras que Edward intentaba taparse la erección con rapidez a la vez que los sacaba de la habitación.
—Mierda, mierda, mierda —dijo Bella, medio riéndose.
Edward se quitó fugazmente el traje de Santa Claus y se puso el pantalón de pijama para ir con los niños. Bella le siguió, encontrándose con ellos en el salón, muy curiosos otra vez.
—¿Por qué estabas sobre papá, mami? —preguntó Fred.
—¿Estaban jugando? —siguió preguntando Agatha.
—¡Yo quiero jugar!
—¡No! —exclamaron Bella y Edward a la vez.
—¿Por qué? —insistió Agatha, tan inocente como ninguna.
Bella suspiró y se sentó a un lado de ellos, mientras que Edward arrastró el sofá individual para estar al frente.
—Eso que vieron lo hacemos los humanos cuando están enamorados —explicó brevemente Bella, aún sabiendo que había mucho más detrás—. O cuando nos gusta alguien y… ambos con conscientes de que existe esa atracción.
Agatha levantó las cejas.
—Entonces, ¿puedo hacer eso con Lucas? —preguntó.
—¡¿Quién es Lucas?! —espetó Edward, frunciendo el ceño, celoso por su pequeña.
—¡Es el chico que le gusta a Agatha! —exclamó Fred, incapaz de contenerse. Luego se tapó la boca.
—¡Fred! —le regañó ella.
—Si él me gusta y yo a él, ¿podemos hacer eso que hacían tú y papá? —preguntó la pequeña, aún sin saber qué era gustarse.
En realidad, Lucas solo le parecía tierno y le gustaba jugar con él.
—¡Sobre mi cadáver! —exclamó Edward, poniéndose rojo.
Bella puso los ojos en blanco.
—A ver, cariño, hay algo que tienes que saber, y tú, Fred, también debes saberlo.
Aquí íbamos con la conversación incómoda. Edward lo sabía, pero estaba demasiado celoso de que a su hijita le gustara alguien que no dejaba de pensar en eso.
—Las mujeres somos flores, no frágiles, muy fuertes, ojo —le aclaró—, y los hombres son abejas. Mamá es una flor y papá una abeja. —Miró a los dos, que estaban intrigados escuchando—. La abeja tiene una lanceta y con ella va hacia la flor, conquistada por su aroma, y con esa lanceta se introduce en la flor para sacar el polen. Papá hace lo mismo, ¿bien?, utiliza su… lanceta y… se introduce en la flor de… mamá. —Miró a Edward para que le ayudara, pero él estaba vislumbrando el dolor de que a su hijita le gustara un niño.
Es que no podía ser cierto, ¿se estaba haciendo viejo? ¿Iba a tener que ahuyentar a todos esos idiotas que rondarían a su pequeñita?
—Edward —insistió Bella.
Él carraspeó.
—Las abejas y las flores deben tener cierta edad para que puedan estar juntas, ustedes no, ¿está bien? Y lo principal es que los dos deben estar de acuerdo, la abeja no puede obligar a la flor, así como la flor tampoco puede obligar a la abeja. Lo importante es que ambos sean adultos, a la abeja debe gustarle mucho la flor y a ella debe gustarle mucho la abeja.
—Ah, entonces no quiero hacer eso con Lucas —respondió Agatha.
Edward botó el aire y casi lloró de alegría.
—Eso quiere decir que no te gusta como a mamá le gusta papá. Cuando eso pase, nosotros estaremos dispuestos a escucharte —le dijo Bella—. Y tú, Fred, también debes tener eso claro.
—¿Y así pueden hacer bebés? —inquirió el pequeño.
Edward se rio y besó los cabellos de Bella.
—Sí, la abeja tiene una semilla que, al estar dentro de la flor, pues comienza una nueva vida.
—Yo quiero que ustedes tengan un bebé —declaró Agatha, arrodillándose frente a ambos.
Los adultos volvieron a reírse.
—Vamos a terminar de desayunar, ¿bueno? —dijo Bella, levantándose del sofá.
¿Un bebé? Vaya…
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Ya pasaba de las once del día; Bella tenía que ir rápidamente al supermercado para comprar lo que faltaba para la cena de esta noche. Los pequeños bajaron con un par de guirnaldas de luces que habían estado desenredando. Se posicionaron frente al árbol de navidad y comenzaron a llenarlo para que quedara perfecto. Con la locura de la mudanza de Bella y Fred, más la nueva vida de Edward y Agatha, no habían tenido tiempo de armarlo. Bella intentó ayudarles, pero no era una mujer muy alta (en realidad, apenas y rozaba el metro sesenta), por lo que acabó poniéndose de puntillas, fallando en el intento.
Casi dio un grito cuando sintió unas manos grandes rodeándola y tomándola en sus brazos para alcanzar la punta del pino.
—Tan pequeñita, cariño —le susurró Edward al oído, sacándole un suspiro.
Bella se rio.
—Pero te tengo a ti, grandote.
Le besó el cuello, haciéndole vibrar.
—Qué bueno que me esperaron y no han avanzado con los adornos —dijo él, mirando a los pequeños, que revolvían entre las cajas.
Él les ayudó, entregándoles algunas bolas para que ellos pudieran colgarlas. Bella fue dejando algunas por el otro lado y luego fue a la chimenea para colgar las botas con dulces. Cuando acabó, miró hacia los tres y se sintió muy feliz; era la primera navidad en la que tenía el corazón tan lleno. Fred se veía más contento que nunca y, bueno, estaba rodeada de las personas que más amaba.
—Oye, nena, ven a poner la estrella —dijo Edward, tomando su mano.
Bella se puso a reír y fue con ellos.
—¡Pero soy muy pequeña!
—Yo te ayudo.
—Pero… ¡Edward!
Él ya la había puesto en sus hombros, tomándola con fuerza desde los muslos.
—Ponla —instó, mientras los pequeños se reían, expectantes de ver su árbol terminado.
Bella la depositó en la punta, alumbrando todo con total magia. Había quedado perfecto.
—¡Ahora enciendan las luces! —siguió diciendo la Bestia.
En cuanto lo hicieron, el árbol iluminó toda la sala, llamando la atención hasta de los perros.
—¡Es muy lindo! —gritó Agatha—. ¡Nunca había tenido un árbol!
Edward la bajó, aprovechando de rozar su cuerpo y de tocar sus nalgas. Ellos se contemplaron y acabaron besándose frente a sus hijos.
—Es mi primera navidad con toda la tradición que implica en mucho tiempo —le dijo él.
—Y has decidido que fuera conmigo —quiso molestarlo ella.
—¿Te cabe alguna duda?
Se sonrieron.
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Bella estaba alistándose para ir al supermercado con toda la familia, pero cuando vio que Edward tenía el rostro compungido y algo molesto, su entusiasmo mermó.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella, llamando su atención.
Suspiró.
—Me han pedido que vaya al cuartel por la tarde, necesitan de mi presencia. Lamento no poder acompañarte, pero si no voy entonces quedarán sin capitán —exclamó Edward.
Oh no.
—¿Tendrás que ir de inmediato?
Asintió, poniéndose muy triste.
—Descuida. Te veo esta noche —le recordó, yendo hacia él para desearle una buena tarde en el cuartel.
Bella le dio un abrazo muy fuerte, como siempre que se iba a hacer su trabajo de bombero. Siempre se le paralizaba el corazón al imaginar cosas fatales con él entre las llamas, era algo que no podía evitar hacer.
—Estaré bien, nena —susurró él, poniendo sus manos en torno a su cintura—. Te pensaré todo el día.
—Eres todo un romántico cuando te lo propones. —Bella se rio y pegó su mejilla a su pecho mientras recibía sus besos cariñosos.
—Te amo.
—Y yo te amo a ti.
Luego de despedirse de los pequeños, que quedaron muy tristes, Edward se colgó el casco de la moto entre los dedos y se marchó, mientras Bella apoyaba su cadera en el umbral de la puerta y lo contemplaba marchar.
Fue inevitable suspirar.
Se volvió hacia la casa y miró a su alrededor, sintiendo el espíritu navideño. No iba a ser la misma tarde sin él.
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Edward revisaba los implementos mientras se sometía a la presión de extrañar a sus retoños y a su nena. Tenía un humor de perros. ¿Es que acaso estos idiotas no podían estar sin él para dedicarse al cuartel?
—Ya quita esa cara de perro, luego podremos salir de aquí —le informó Jonas, entrando a la zona de almacenaje.
—No sé por qué no pueden estar sin el capitán un maldito momento.
—Ya sé, la familia es lo más importante, pero en esta mierda es bien difícil.
La Bestia los escuchaba reírse desde el otro lado de la sala, lo que estaba irritándolo.
—Espero pase luego la tarde para ir con mi familia.
De pronto, se escuchó la alarma que indicaba siniestro en la zona, por lo que Edward dejó todo de lado y corrió hacia los demás para preparar todo e ir al incendio.
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Bella tomó el teléfono, mientras escribía las cosas que harían falta para la cena de navidad. Huevos, carne, pavo, vegetales, vino…
Edward demoraba en contestar, lo que no era común.
—Cariño —respondió, algo agitado.
Bella frunció el ceño.
—¿Pasó algo? —inquirió.
—Nos ha salido una emergencia ahora mismo, tenemos que apoyar como unidad. La cosa se ve fatal.
Bella se tomó el collar, nerviosa, como siempre que él iba a esos siniestros.
—Pero ¿crees que te dé chance para venir a buena hora a la cena? Te haré tu favorita, ¡lo intentaré y…!
—No lo sé, cariño, puede que no alcance y llegue a madrugada… —Hizo un sonido molesto con su boca—. No quiero arruinarte la cena, nena, sé que quieres estar conmigo…
—Claro que quiero estar contigo, es nuestra primera navidad como familia. —Su voz se tornó débil debido al llanto a medio salir.
—No, nena, no me hagas esto.
Tragó.
—No, está bien, es tu trabajo. No te apresures ni pierdas el foco, eres un héroe y muchos de ellos hacen sacrificios. Yo te esperaré despierta hasta que llegues, ¿bien?
Se escuchó un silencio en medio de la línea.
—Pero yo quiero pasar la navidad contigo.
Su garganta se ennudeció más.
—Y yo, pero tienes que hacer tu trabajo.
—Tengo que irme —finalizó—. Te amo, nena, mucho, recuérdalo, ¿sí?
Bella suspiró, entristecida hasta los huesos.
—Y yo te amo a ti, te tendré presente hasta la noche.
Cuando cortó, ella sintió un hueco en el pecho. Amaba a su bombero y su labor era algo que le había atraído siempre, pero lo quería con ella, pasar una cena navideña llena de luz y alegría, con ella y los pequeños.
Chasqueó la lengua y guardó la lista en el bolso, dispuesta a ir de compras con el ánimo por los suelos.
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—Dios, necesitaba verlas antes de la cena. Agatha y Fred están con un rostro horrible —espetó Bella, botando el humo de su cigarrillo.
Sus amigos la escuchaban, muy de acuerdo con sus sentimientos.
Luego del supermercado, había dejado a los pequeños junto a Esme y a Carlisle, esperando que eso la dejase tranquila para armar la cena de esta noche, algo difícil, porque en cuanto supieron que no iban a ver a Edward hasta posiblemente la madrugada, su alegría mermó enormemente.
—Si yo fuera tú, me habría opuesto como sea —señaló Victoria.
—No, sabes que Bella no es así —añadió James—, además, ¿no hay algo más noble que un bombero?
—Eso lo dices porque te gusta ese tal Jonas —molestó Vicky, lanzándole pedazos de la servilleta.
—¡Cállate! —Se rieron.
Bella dejó de carcajear cuando vio que Rose estaba mirando hacia el vacía, algo pálida y con un par de orejas que no acostumbraba a llevar.
—¿Qué ocurre? —preguntó, llamando su atención.
Rose pestañeó, volviendo al mundo real.
—¿Qué?
—¿Te pasa algo?
Parecía que la pregunta había clavado hondo, porque sus ojos amenazaron con las lágrimas.
—Necesito ir al baño, no es nada. —Se tocó la barriga, aquejada—. Maldita acidez.
—¿No quieres que te acompañemos? —preguntó Victoria, algo preocupada.
—No, descuiden, solo quiero orinar.
Rose se escabulló hacia los baños, sintiendo que las piernas poco y nada le respondían. Tropezó con la puerta debido a los nervios y luego se metió a uno de los cubículos, agradecida de que no hubiera nadie cerca. En cuanto puso el trasero en el retrete, su móvil vibró y ella ya sabía quién era.
—Hola, Royce —respondió, harta de tener que escucharlo.
—Amor, ¿ya estás lista?
—Estoy con mis amigos.
—¿No podemos vernos antes?
—No, Royce, tengo que hacer compras…
—Pero, cariño, te pedí que lo intentáramos de nuevo, hoy es nochebuena y…
—¡Ya lo sé! —espetó con los nervios de punta—. Pero tengo cosas que hacer. Nos vemos esta noche.
Cuando cortó, sintió el miedo de lo que podría significar el futuro. Todo era bruma, nada certero… Dios mío.
Miró hacia el techo y respiró hondo, dispuesta a abrir su bolso y sacar el pequeño aparato largo.
—Tengo que enfrentarlo, sí o sí —susurró, mordiéndose el labio.
Sus manos temblaban mientras miraba el test, sintiendo la furia de su corazón justo en la boca, casi como si fuera a vomitarlo. Tuvo la necesidad de llamar a Emmett, buscar el calor de sus brazos y esperar el resultado con él, pero ¿cómo? Si lo suyo no tenía nombre.
Respiró hondo y se dispuso a realizarse la prueba, sabiendo que el resultado podría cambiar para siempre su vida.
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Luego de la reunión de los amigos, cada uno de ellos tomó caminos diferentes. James se fue junto a Bella y a Victoria, mientras que Rose lo hizo a solas, alegando que estaba algo apurada.
—Estaba tan rara —afirmó Vicky.
—Yo también lo estaría su estuviera ocultando un romance con un matrimonio quebrado y al que me niego a soltar por miedo a perder mi comodidad —respondió James.
Bella miró su móvil y abrió sus ojos de par en par.
—Tengo que ir por Agatha y Fred o se me hará tarde. ¿Algo especial para esta noche? —les preguntó.
—Yo me dedicaré a emborracharme en nochebuena mientras mi hija pasa con su homosexual padre. Me he conseguido una cita por el chat, espero no sea un psicópata —contó Victoria.
—Yo disfrutaré de una cena con mi hija, pero antes haré una locura de nochebuena —señaló James.
Las dos alzaron su ceja.
—¿Algo especial que no nos has contado?
—Ja. Se cuenta el milagro, no el santo, par de cotillas.
Los tres carcajearon un buen rato y luego se despidieron, yendo hacia diferentes direcciones.
James sentía que hoy era el día decisivo, sí, señor. Luego de recordarle por mensaje a su hija que pasaría por ella cerca de las ocho, miró hacia adelante, ansioso por lo que vendría. ¿Sería un milagro de navidad? Solo esperaba que sí, porque vaya que había estado esperando este momento desde que ocurrió eso en su fiesta de cumpleaños.
Apresuró el paso, esperando que no fuera a dejarlo plantado y con el corazón destrozado como ya había pasado alguna vez, pero cuando llegó al punto de encuentro, James sonrió de oreja a oreja.
Ahí estaba Jonas, con sus manos en los bolsillos mientras se fumaba un cigarrillo. Tenía un aspecto de chico rudo que no se asemejaba con nadie a quien haya conocido alguna vez; le fascinaba, pero sobre todo porque había podido darse cuenta que era un tipo dulce como ninguno.
Cuando él lo vio le sonrió, como si lo estuviera esperando de verdad.
—Así que estabas aquí —dijo James.
—Como prometí.
James perdía la explosión de personalidad que siempre tenía consigo cuando se trataba de él.
—¿Y? ¿Estás listo? —le preguntó Jonas, entrecerrando sus ojos.
—Muy listo.
—Vamos a por ese tatuaje. Aunque, no me contentaré con esa sola sesión.
James sonrió, sin saber si estaba entendiendo correctamente.
—Espero que aceptes mi café luego de tatuarte. No espero un no por respuesta. —Le guiñó un ojo.
—Pues claro que sí —respondió James, apretando el culo de la emoción.
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Victoria miró su reloj y luego suspiró.
Qué nochebuena tan del asco, pensó.
Estaba en un carísimo y fino restaurante francés, esperando a su cita a ciegas sacada de un famoso portal en internet. ¿De verdad había llegado a esto? ¿Tanta era su desesperación? Bueno, sí, si era la única amiga que llevaba soltera desde que acabó con su matrimonio con James, a quien ya le había conocido un par de conquistas y de eso ya habían pasado más de siete años. Y lo peor era que su hija iba a pasar nochebuena con él. Sí, era su mejor amigo y estaba feliz de que viviera la vida que había intentado ocultar por tanto tiempo, pero el muy inútil tenía que haber sacado el papel ganador por esta vez.
Volvió a suspirar.
Contempló a su alrededor, notando a todas las parejas enamoradas, dispuestas a tener una linda velada romántica. ¿Por qué tenía que serlo a fin de cuentas? Jamás había vivido algo así en toda su vida. ¿Por qué Edward no le presentaba a alguno de sus amigos? Si al fin y al cabo él había sido el que había traído a todos esos adonis a enamorar a sus amigos, incluyéndose.
Qué va, de seguro iba a ser la amiga solterona, esa que se queda con los gatos y que busca citas por internet, topándose solo con desquiciados, nerds y asesinos. Al menos sería famosa como víctima de un demente.
—Hola —la saludaron, justo a sus espaldas.
Tragó.
Oye, esa no era la voz de un loco. En realidad, parecía la voz de un hombre muy apuesto.
Cuando se giró, casi se le caen las bragas.
—Lamento llegar tarde, pero la guardia en el hospital fue muy pesada —respondió.
Victoria estaba congelada.
¡Ella lo conocía!
—Tú… conoces a Edward Cullen, ¿no?
Él sonrió, dando una respuesta aprobatoria.
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Edward estaba exhausto.
Miró la hora, sintiéndose triste de que ya pasara de las ocho. Ellos ya debían estar listos para cenar.
—Cambia la cara, hombre —exclamó Carl, dándole un desagradable golpe en el hombro—. Eres nuestro capitán y nuevamente te has convertido en el grandioso héroe.
—¿Ya estamos listos? ¿Necesitan algo más? —preguntó, ignorándolo—. Máquina a andar, por favor.
Al único que podía soportar hoy en el cuartel era a Jonas, pero había ido a algo que no quiso decirle.
Cuando llegaron al cuartel, Edward tuvo que dedicarse a orientar a algunos cadetes, pero también a supervisar el movimiento de quienes harían la guardia nocturna.
—Hoy es una noche especial para los cadetes, pues ¡no hay mujeres! —exclamó Carl.
Edward lo miró de reojo.
—¿Y eso qué significa? —preguntó uno.
—Que habrá diversión. Hugo, ¿compraste lo que te pedí?
—¡Claro que sí!
—Cuando no hay mujeres, solemos invitar a un par de chicas.
—¿Qué? —espetó Edward, dejando lo que estaba haciendo de lado.
Justo ahí, cuando ya nada podía hacerse, tocaron a la puerta del estacionamiento, dejando entrever a dos chicas que venían por diversión.
Edward se irritó.
—Oye, pero capitán, no me digas que no te quedarás a la celebración.
Las chicas se acercaron a saludar. Eran bailarinas, sí, guapas y coquetas, pero ¿qué le importaba? Tenía una chica en casa a la que amaba y a dos enanos divertidos que de seguro lo que más querían era verlo.
—¿Para esto querían que me quedara aquí? —inquirió, sulfurándose.
Carl levantó las palmas mientras se reía.
—La celebración no puede llevarse a cabo sin el capitán —dijo como si fuera muy obvio.
Edward botó lo que hacía para acercarse a él de manera amenazante.
—Tienes suerte de que haya habido un incendio en medio de la tarde o te habría partido el culo por hacerme perder el tiempo de estar con mi familia —bramó la Bestia.
—Hey, tranquilo, Edward —exclamó Liam—, creo que no estamos en una fecha para esto.
—Eso mismo pienso —respondió—. Saquen a las chicas, ahora, o le haré saber de esto al coronel ahora mismo.
Carl bufó, mirándolo como el aguafiestas de la noche. Edward no lo tomó en cuenta y se giró a los cadetes.
—Esto no lo hace un bombero —señaló—. En nosotros está el honor que gran parte de las instituciones han ido rompiendo. No caigan en esto, ¿bien?
Tomó su abrigo y sacó las llaves de su moto.
—¿Qué haces? —preguntó uno.
—Me voy con mi familia. Es lo más importante que tengo. Feliz navidad.
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Rose se sentía rota por dentro.
Miraba las rayitas positivas y en lo único que podía pensar era en contárselo a Emmett, pero con Royce intentando mejorar su matrimonio era imposible.
Le tenía miedo y no quería reconocerlo.
A ratos quería tomar el teléfono y llamar a Bella, un consejo de su mejor amiga podía servir, pero acabaría preocupándola y eso no se lo perdonaría.
La empleada de la casa ya había dejado todo listo para la cena y Royce estaba cambiándose de ropa. Ella le hablaba, pero Rose no estaba en este espacio, sino en Emmett, a quien extrañaba y por quien moría por ver.
¿Cómo se lo decía? ¿Cómo le contaba lo que iba a pasar con los dos si apenas eran capaces de reconocer sus sentimientos? Ahora eran solo amantes.
Rosalie miró su anillo de casada y se lo quitó en automático, sintiendo el impulso en su corazón.
Su móvil vibró.
—Fresita —le dijo Emmett desde su aparato.
—Emm —gimió.
—Ven conmigo, sal de ahí.
—P-pero…
—Sabes con quién quieres estar, ven conmigo.
—Dios, Emmett —sollozó.
—Te esperaré, siempre.
Cuando cortaron, Rose se puso el teléfono cerca de los labios y apretó los párpados.
Se tocó el vientre y, con ese nuevo impulso, movió las piernas y corrió hacia la puerta, abriéndola y marchándose en un trote rápido para ir con el hombre amaba, porque sí, lo amaba con todo su corazón.
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Bella estaba apoyada en la silla, mirando la hermosa decoración que había dejado para la noche. Ella ya estaba usando su vestido brillante, el que Edward le había regalado ayer. Se tocó la tela, extrañándolo desde sus entrañas.
—Dios, solo quiero que esté bien —susurró, dispuesta a encender las velas.
—Mamá —exclamó Fred, viniendo con su trajecito adorable.
Seguido de él venía Agatha, que intentaba arreglarse el cabello.
—Yo te ayudo, cariño, ven aquí.
Bella le hizo sentarse en sus piernas y la pequeña la abrazó, poniendo su rostro contra su pecho. Ella cerró los ojos un momento, adorándola con amor de mamá.
—Papi no vendrá, ¿cierto?
Ella tragó.
Miró a Fred y se dio cuenta que también esperaba una respuesta.
—Papá es un héroe —susurró mientras le arreglaba su cabello, poniéndole las cintitas con cariño—. Salva personas del fuego, de derrumbes y las rescata cuando a veces están atrapadas. Hoy ha tenido que ir a hacer eso porque, aunque mañana es navidad, hay personas que han tenido la desgracia de encontrarse en aprietos.
—Pero, ¿por qué no puede estar con nosotros? Papi es un héroe, pero los héroes también tienen familia, como Iron Man —dijo Fred con los ojos llorosos.
Aquella comparación me hizo sonreír. Eran tan inocentes.
—Él sabe que lo amamos, y aunque estemos tristes, nos tenemos los tres —les recordé—. Y a esas dos bolas de pelo, mírenlos, ¿no se ven tiernos?
Bella les apuntó a los perros, que tenían trajes de santa. Los dos se pusieron a reír y fueron con ellos, distrayéndose. Cuando se libró, ella pudo sentir una vez más la ausencia, y aunque sabía que iba a verlo de madrugada, le habría gustado poder estar con él en un día que significaba tanto para ellos en esta nueva etapa.
—A lavarse las manos, pequeños, es hora de comer.
Bella abrió el horno y sacó el pavo. El olor era maravilloso. Luego sacó el pastel de calabaza y las galletas, las que iba a adornar con ellos mañana a primera hora. Agatha y Fred fueron con ella y cooperaron llevando todo a la mesa, intentando sopesar el espacio vacío y deseándole a él que tuviera una nochebuena libre de accidentes.
Cuando se sentaron y los villancicos se escuchaban suaves y ambientados, sintieron un ruido en la puerta principal. Bella frunció el ceño mientras veía que los perros se acercaban a la puerta moviendo su cola de lado a lado, y luego los pequeños abrían los ojos de par en par.
—¡Ho, ho, ho! —exclamó alguien desde la entrada.
Los perros ladraron.
Bella corrió para abrir la puerta y se encontró con un apuesto y grandote santa. Ella sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas por la alegría.
—¿Aquí vive una guapa chica y dos retoños preciosos? —preguntó, usando un tono de voz muy gracioso—. Porque he venido a disfrutar de la cena de nochebuena con ellos. ¿Qué me dicen?
Ella soltó un sollozo y él la tomó entre sus brazos, dándole un par de vueltas. Bella escondió el rostro en su cuello, disfrutando de su calor y perfume, mientras sus manos la cobijaban con fuerza.
—No podía dejarte esta noche, no iba a perdonármelo nunca —le susurró Edward, buscando su rostro para contemplarla.
Bella lo besó, algo entorpecida por la barba falsa, pero con la pasión y la alegría desatada.
—¡Papá! —gritaron los pequeños, dándose cuenta de que era él.
Edward los tomó a ellos esta vez, quienes lo besaron con añoranza. Bella les hizo entrar para que no se pasaran de frío y él pudo ver la mesa puesta y decorada. Era perfecta.
—Se siente tan bien estar en casa… con mi familia. —Tomó la mano de Bella y se la besó mientras la miraba de pies a cabeza.
¿Alguna vez iba a acostumbrarse a lo hermosa que era? Posiblemente jamás.
—Hice tu favorito, el pavo agridulce —susurró ella, tocándole el pecho.
—No sabes cuánta hambre tengo.
Aquello sonaba a doble intención y ambos se largaron a reír.
—¡Vamos a comer! —exclamaron los pequeños, yendo hacia la mesa.
—Sí, vamos —le dijo Bella, entrelazando sus dedos con los suyos.
—Me siento tan afortunado —le terminó de susurrar mientras le tomaba la barbilla—. Vamos.
Ella fue hacia la cocina, pero Edward la tomó entre sus brazos, sacándole un grito mientras los pequeños se reían.
—¿Qué crees que haces? —preguntó Bella.
Edward la depositó en la silla.
—Has hecho suficiente hoy, déjame servir la cena.
—Pero has trabajado mucho.
—Créeme que quiero hacerlo.
Finalmente, y en medio de la completa felicidad que los embargaba, Edward sirvió el pavo y el pastel de calabaza. La mano de Bella sacó suspiros como siempre, contentando a cada uno de ellos. Mientras reían, los pequeños se dejaban agasajar por sus padres, quienes los llenaban de besos, pero a veces los dos enamorados adultos solo se besaban, incapaces de separarse, mientras Agatha y Fred fingían que aquello les asqueaba, porque sí, estaban eufóricos de tener al fin una familia.
Había sido la mejor nochebuena que habían tenido en toda su vida.
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Bella pasaba su dedo por el tatuaje del extraño pez que había en el esternón de Edward y luego le besó la piel, cerrando sus ojos para sentir su aroma. Él, por su lado, rozaba su espalda con sus manos, contemplando su rostro, sintiéndose enamorado como cada día. Qué preciosa era su chica con el sudor en la piel y las mejillas rojas luego de tan larga nochebuena. Ella se acomodó, rozando sus senos desnudos con su pecho y él, hambriento como cada día, no tardó en tomarle la barbilla para buscar sus labios y besarlos con desatada pasión.
—Buenos días —susurró ella, mirando a la ventana.
Ya amanecía.
—Buenos días —respondió Edward—. Y feliz navidad, mi amor.
Bella se rio y luego sus ojos brillaron mientras lo contemplaba.
—Me has dicho mi amor.
—¿No lo había hecho antes?
Negó.
—Pues eso eres para mí: mi amor.
Bella suspiró, muy enamorada.
—Nunca pensé que una navidad contigo fuera tan memorable.
—¿Te refieres a cómo jugamos entre las sábanas? ¿Eh? —Sus besos fueron recorriendo sus hombros y brazos.
—Eso fue parte del postre.
—Qué postre tan delicioso.
Se quedaron mirando, desnudos entre los edredones.
—En realidad, todo lo que ha significado estar contigo y los pequeños ha sido más de lo que alguna vez soñé. Al fin me siento amada, siendo parte de un hogar. —Suspiró y le acarició el cabello—. Gracias por darme un hogar, mi amor.
—Tú también me has dicho mi amor.
Bella rio.
—Eso es porque lo eres para mí.
—Feliz navidad, nena.
—Feliz navidad, cariño.
En medio de sus besos apasionados y los roces llenos de suspiros, un par de puñitos tocaron a la puerta. Edward y Bella rodearon los ojos. Al menos esta vez habían cerrado con llave.
—¡Ya es navidad! —gritaron, muy emocionados—. ¡Y ha nevado un montón!
Suspiraron.
—¿Sabes? A pesar de todo, me encanta esta vida que tenemos —comentó Edward.
—Nos queda un largo día, y vaya que me encanta.
Cuando se vistieron y dejaron abrir, los dos y los perros entraron, metiéndose en la cama para llenarlos de besos.
—¡Queremos galletas!
—¡Y leche!
—¡Y besos! —añadió Edward, tomándolos a los dos, uno en cada brazo, y yendo con ellos escaleras abajo—. ¡Mamá! Vamos a abrir los regalos.
Bella se fue riendo detrás de ellos y con los perros siguiéndola. Cuando llegaron al árbol, los pequeños se agacharon debajo de él para abrir con entusiasmo lo que sería el comienzo de varias navidades llenas de amor. Edward le pasó el brazo por sobre los hombros de su chica y juntó su nariz con su mejilla, disfrutando de su piel.
—Te amo —le dijo con suavidad.
—Te amo —respondió ella.
¿Qué más podían pedir? Era todo lo que necesitaban.
Buenas tardes, les traigo el primer outtake de esta historia, es mi regalo de navidad para todas ustedes, el cual contiene información super interesante de los personajes. ¡La navidad con la familia es el mejor regalo! ¿Y qué mejor que con la Bestia vestido de Santa?
Espero que todas tengan una muy feliz navidad y también una noche buena, ¡que la alegría sea inmensa para todas!
Agradezco los comentarios de Ella Rose McCarthy, anamel, Pam Malfoy Black, Mime Herondale, Belli swan dwyer, cavendano13, Brenda Cullenn, Bell Cullen Hall, Tata XOXO, DanitLuna, Hanna D. L, Diana, Yoliki, rjnavajas, JohaMalfoyCullenLightwoodBane, Rero96, Valevalverde57, freedom2604, Jenni98isa, SeguidoradeChile, Iza, lauritacullenswan, rosycanul10, Tereyasha, PatyMC, valentinadelafuente, jupy, Claurebel, Pancardo, Liz Vidal, Andre22twi, Ilucena928,krisr0405, A ka, Pili, glow0718, nataliastewart, saraipineda44, sheep0294, Yesenia Tovar, Poppy, AnabellaCS, Vanina Iliana, seelie lune, Marce, debynoe12, JMMA, LicetSalvatore, Noriitha, josalq, Nelly McCarthy, Dominic Muoz Leiva, CazaDragones, Fallen Dark Angel 07, carlita16, kathlenayala, damaris14, ELIZABETH, FlorVillu, Gladys Nilda, danielascars, Liliana Macias, caritofornasier, Roxy de roca, CeCiegarcia, Veronica, Meemi Cullen, calia19, liduvina, Bellalphine Black, miop, YessyVL13, LuAnka, johanna22, Mar91, Anghye Taisho, Car Cullen Stewart Pattinson, Vaneaguilar, Diana2GT, AndreaSL, katyta94, Gabi, Smedina, Nat Cullen, keith86, VeroPB97, roberouge, Jocelyn, Duniis, beakis, Olga Javier Hdez, ariyasy, alejandra1987, Elejandra Solis, santa, twilghtter, Abigail, Robaddict28, Elmi, Adriu, Flor Santana, aliciagonzakezsalazar, lunadragneel15, patymdn, DannyVasquezP, Lizdayanna, Kamile PattzCullen, NarMaVeg, Kika, sool21, nydiac10, florcitacullen1, Miranda24, BellaNympha, AleCullenn, keyra100, selenne88, Salveelatun, LizMaratzza, PameHart, LoreVab, Mela Masen, Mayraargo25, isbella cullen's swan, Twilightsecretlove, Fernanda21, VeroG, camilitha Cullen, Esal, Reva4, Celina rojas, bealnum, Tina Lightwood, Jade HSos, kaja0507, Shikara65, Ronnie86, Elizabeth Marie Cullen, Alimrobsten, Angelus285, Srita Cullen Brandon, Annie Cullen Massen, Maca Ugarte Diaz, Leah de Call, Luisa huiniguir, pameita, cary, MariaL8 y Guest, espero leerlas a todas nuevamente por aquí, son mi empuje, ¡no saben cuánto! Significan tanto para mí con sus gracias que ni se lo imaginan
Recuerden que quienes dejen su review recibirás un adelanto exclusivo del próximo capítulo vía mensaje privado, y si no tienen cuenta, solo deben dejar su correo, palabra por palabra separada, de lo contrario no se verá
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Cariños a todas y feliz navidad
Baisers!
