Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


[30]


La separación es lo único que conocemos del Cielo
Y todo lo que necesitamos conocer del infierno

Emily Dickinson


Hinata tuvo su período menstrual el día anterior a la fiesta de los Astor. Natsu no entendía por qué la señorita se echó a llorar cuando le pidió que le llevara los paños higiénicos, aunque sí comprendía que pasaba algo malo. La doncella había sufrido una experiencia similar, pues Tokuma y ella habían rogado que llegara un niño desde el primer día de casados. Sin saber qué hacer, Natsu aceptó el pedido de la señora y se dirigió hacia la lavandería.

Hinata se secó las lágrimas y trató de recomponerse. Tenía infinidad de cosas que hacer para la fiesta del día siguiente: se recordó la promesa de no llorar. Se negaba a hundirse en la tristeza. En los últimos días, casi no había visto a Naruto. No hubo ninguna confesión de amor por parte de su esposo, y se había esfumado la posibilidad de un hijo: la última esperanza de mantenerlos unidos.

Volvió a templar el corazón; se encaminó al vestidor y revisó el traje de baile. Entre todas las creaciones que podría haberle pedido a la modista eligió la más provocativa. Se vestiría de Maeve, la legendaria reina del Connacht(Irlanda). Era un vestido de satén verde con tréboles bordados en el ruedo, que se completaba con una corona de esmeraldas. Ella la ayudó a diseñarlo. Karin se disfrazaría de la reina de los piratas, Grace O'Malley. El traje de la muchacha era de terciopelo verde esmeralda y llevaría una espada.

Natsu volvió y la ayudó a arreglarse. Terminada la toilette, la doncella informó a la señora que Menma la esperaba en el patio de las palmeras pues quería hablarle. Hinata corrió escaleras abajo preguntándose qué problema habría, sin embargo al ver a Tanahi comprendió que se trataba de buenas nuevas. Tanahi llevaba un lujoso vestido de viaje de brocado gris, que no condecía con el magro salario de una criada. En el dedo llevaba una sortija nupcial de diamantes.

Hinata no necesitó explicaciones.

—¿Cuándo fue? —Preguntó con una ancha sonrisa.

Menma rió entre dientes. Estaba más pálido que de costumbre.

—Esta mañana. —Respondió—. Antes de marcharnos a la luna de miel, quisimos pasar a darles la noticia. Nos vamos a Irlanda a informarle a la madre de Tanahi.

"Está aterrado —Pensó Hinata, mientras lo besaba—. Aunque se lo ve más feliz que nunca. Al parecer, a veces existe la justicia en este mundo."

—¡Maravilloso! ¡Maravilloso! —Hinata besó a Tanahi y le estrechó la mano—. Tu madre adorará a Shivhan. Debes de estar impaciente por mostrársela. —Sonrió a la niñita que estaba en brazos de la madre. Shivhan tenía un vestidito de fino algodón rosado: parecía una pequeña princesa consentida.

—Hinata, gracias por tu apoyo. Tus visitas al cuarto de los criados fueron muy importantes para mí. Menma tenía razón en lo que decía de ti. —En un impulso, Tanahi la abrazó.

Hinata rió.

—¡Bah!, ¿qué son un par de visitas? Lo que pasa es que estaba envidiosa de tu niñita. Ojalá tenga una criatura tan dulce y hermosa como Shivhan.

Al escucharla, Menma se puso serio.

Hinata lo miró, con el dolor reflejado en los ojos. "Menma sabe", pensó.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no llorar.

Menma besó a la esposa y le pidió que lo aguardase en la biblioteca. Tanahi y Hinata se despidieron, y ésta quedó a solas con Menma.

—¿Ya les informaste a Karin y a Naruto de tu casamiento? —Preguntó Hinata, con el deseo de olvidar sus propias penas.

—Sí, ya lo saben. Acabo de decírselo. —Al fin, Menma expresó lo que pensaba—. ¿Qué pasará entre ustedes dos? Hubo un par de ocasiones en que yo creí que vuestra pareja se salvaría. Ahora, parece destruida sin remedio.

Hinata no lloró. Ya no podía permitírselo: ahora, era el momento de luchar.

—Menma, creo que Naruto nunca me aceptará.

—¿Por qué no?

Esas pocas palabras hicieron brotar las lágrimas prohibidas.

—Porque no soy irlandesa. —Lanzó una amarga carcajada—. Creo que soy la única persona en esta ciudad multitudinaria que desearía serlo.

Menma le acarició los brazos.

—Es que mi hermano no puede verte fuera de ese pedestal, ¿no es cierto?

—Quiere tener todo bajo su control. Que se haga lo que él desea.

—No lo creo. En esta ocasión, no es así.

Hinata meneó la cabeza.

—Menma, si yo le importara, me daría algún indicio, una pequeña evidencia que manifestara lo que siente. En cambio, siempre hace todo lo posible por demostrar que soy una extraña.

—Piensa en ti constantemente. —Se pasó una mano por el pelo—. Hinata, nadie puede acusarte de no haberlo intentado.

La mujer asintió.

—Sin embargo, no puedo quedarme aquí y llevar adelante el matrimonio yo sola. Es necesario que Naruto salga a mi encuentro a mitad del camino. —Miró al cuñado y le dirigió una sonrisa animosa—. Menma, siempre te querré. Bueno, no hagas esperar a tu novia y a la hija. Que tengan un viaje dichoso; iré a visitarlos en cuanto sepa dónde están viviendo.

Menma suspiró.

—Desearía que las cosas no terminaran de este modo.

Hinata rió y lloró al mismo tiempo.

—Yo también.

El embalse Croton quedaba en el extremo oeste de la Quinta Avenida, entre la calle Cuarenta y la Cuarenta y dos. En la cima de los inmensos muros había un paseo frecuentado por la gente de la sociedad. Mientras lo recorrían podían ver y ser vistos, y abarcar un panorama del ciclo siempre cambiante de la ciudad, en cuyo horizonte predominaban más los edificios que las cúpulas de las iglesias.

Hinata fue al embalse para salir de la mansión, para reflexionar, aclararse los pensamientos y mirar de frente lo que parecía inevitable: nunca poseería a Naruto Uzumaki.

En última instancia, el matrimonio acabaría tan pronto Karin y el duque anunciaran el compromiso. Atrapada en la telaraña sentimental de Naruto, deseó no haberlo conocido. Era insoportable ver morir de muerte prematura algo que había esperado y nutrido en su alma. Por cierto, la perspectiva de un futuro alimentado sólo por un recuerdo parecía enormemente vacía.

Se detuvo en el extremo norte y contempló el suburbio, que comenzaba a partir de la calle Dieciséis. Estaba tan triste que no advirtió que había un hombre junto a ella.

—¡Caramba, señora Uzumaki! ¿Qué la trae por aquí, con la única compañía del mozo de cuadra?

Sorprendida, Hinata alzó el rostro y vio a Kiba.

—Hola, Kiba. —Dijo, y se volvió otra vez hacia el barandal, sin prestarle demasiada atención.

—Qué recibimiento tan frío.

Hinata lo miró. Estaba muy apuesto con un abrigo gris y una corbata roja. La extrañó su insistencia, pues estaba segura de que cualquier otra dama hubiese aceptado gustosa la compañía de Kiba.

—Pensé que serías tú el que me saludaría con frialdad. —Comentó—. Oí hablar de tu pelea con Naruto.

Kiba rió; a Hinata no la convenció esa risa.

—Hinata, no estés enfadada conmigo. Tu esposo fue el que empezó la pelea. Yo fui a hacer una simple visita y terminó a los puñetazos.

—Naruto no es tan impetuoso.

—¿Puedes echarle la culpa si consideras lo que tiene que proteger?

Era un halago, pero Hinata desconfió pues no comprendía las intenciones de Kiba.

—¿Irás al baile de los Astor?

La mujer hizo un gesto afirmativo.

Kiba sonrió.

—¿Podría acompañarte? Veo que en el último tiempo Uzumaki no sale demasiado.

Hinata lo miró, incrédula. Al parecer, Kiba no era capaz de desistir.

—Sabes que eso lo irritaría.

El rostro de Kiba reflejó la ira que sentía, aunque hizo un esfuerzo por disimularla.

—De eso se trata, mi rosa de Irlanda. Tu esposo me echó de la casa como a un marinero borracho que expulsaran de un bar. Creo que tengo derecho a irritarlo un poco... y disfrutar de tu compañía, por supuesto. —Sonrió. Era tan transparente, que Hinata sintió ganas de reír. Fue obvio que había agregado el último comentario por mera cortesía.

—Kiba, no es justo que me coloques en semejante situación. —Lo regañó, volviéndole otra vez la espalda.

—Hinata, nunca te vi tan melancólica. ¿Qué sucede? ¿Acaso te casaste con el hombre inapropiado?

Hinata no respondió.

—¿Puedo acompañarte a la fiesta de Mei Astor? Tu esposo detesta a el duque, y estoy casi seguro de que no irá. Sería una pena que precisamente tú fueses sola.

La mujer exhaló un hondo suspiro.

—Si mi marido no asiste, te enviaré una nota y entonces podrás acompañarme. ¿Te parece bien?

—¡Magnífico! ¡Magnífico!

—Sin embargo, sé que lo haces sólo para enfadar a Naruto. —Lo que Hinata no dijo, lo que más temía, era que a Naruto no le importaría si iba a la fiesta con Kiba.

—Esperaré tu mensaje. —Se limitó a decir Kiba.

Los detectives seguían entrando y saliendo de la casa, y Hinata rogaba todas las noches que uno de ellos encontrara un indicio que ayudase a hallar a Hanabi.

También estaban sobre la pista de Hizashi. Hanabi le había pedido que no lo hiciera; era demasiado peligroso y no contaba con ninguna evidencia para acusarlo... por el momento. No obstante, quería saber dónde estaba. La decepcionaba saber que también el tío había desaparecido.

Por otra parte, tenía que soportar la compañía silenciosa y sombría del que aún era su marido. Durante días, Naruto y Hinata apenas intercambiaban alguna palabra. La mujer anhelaba acercarse a su esposo, revivir los cálidos momentos que habían experimentado en la cama. Había desnudado su alma ante Naruto y no le quedaba nada más por decir. El único consuelo de Hinata era que resultaba fácil ser fría y poco comunicativa en esos lacónicos intercambios. Y así eran últimamente.

Mas ya había llegado la hora de hablar. Karin estaba afligida porque su hermano no aprobaba al duque, y como se aproximaba la fiesta de los Astor, le rogó a su cuñada que hablara con Naruto.

Cuando llamó a la puerta del estudio, Naruto estaba ebrio, cosa frecuente en los últimos tiempos. "Es preferible —Pensó Hinata —. Si tengo que acercarme a este salvaje, tal vez sea más seguro hacerlo mientras está borracho."

—¿Quién es? —Refunfuñó el hombre.

—Llamé a la puerta y no obtuve respuesta. —Dijo Hinata en tono frío abriendo la puerta de la biblioteca.

—¿Qué pasa?

El tono de Naruto le inspiró el deseo de irse; por el bien de ambos decidió no prestarle atención.

—Quería hablarte con respecto a Karin. Sabes que tu hermana y el duque piensan casarse... a pesar de que tú prefieras ignorarlo.

Naruto la miró como si desconfiara de ella.

—No se casarán. —Replicó con aire suspicaz—. Si se casan, la dejaré sin un centavo. Es duque está alardeando.

—No creo que esté alardeando.

—Sí. Apuesto que no anunciará el casamiento.

—Karin quiere tu aprobación.

—Aunque no quiero herirla, éste es el único modo. Cuando vea que ese duque no anuncia el compromiso, Karin comprenderá que yo tenía razón.

—Tal vez te equivoques.

Naruto la miró enfadado.

—Karin se siente muy perturbada porque tú no confías en su juicio. Creo que incluso casi piensa en rechazar a su duque, sólo para complacerte.

—Pues eso es lo que debería hacer.

—Dije que casi piensa en hacerlo. —Hinata le dirigió una sonrisa helada—. Tu hermana tiene sus propias ideas. Sospecho que se casará con su amado, te guste a ti o no.

—El duque no se casará con mi hermana si no tiene un centavo.

—¿Y si lo hace?

—En ese caso, retiraré mi amenaza de dejar a Karin sin dinero. —Se inclinó hacia adelante y estuvo a punto de volcar el whisky—. La dejará. Recuerda mis palabras: ese canalla sólo quiere nuestro dinero.

—Bueno, al menos por una vez no eres hipócrita. Por fin admites que es imposible que alguien ame a otra persona por la persona en sí misma sino sólo por la fortuna que pueda aportar. —Cada palabra destiló una gota de ácido.

Naruto la miró, con los ojos brillantes de cólera y de culpa, al mismo tiempo.

—Hinata, lo que no logras entender es mi convicción de que nuestro matrimonio no puede basarse en el amor. Está apoyado sobre cosas buenas y malas. Por mi parte, fue malo usarte del modo en que lo hice. Me corresponde a mí reparar el daño y ocuparme de que te libres de esta... desviación en el curso de tu vida.

Hinata rió.

—¿Así es como describes nuestro matrimonio? ¿Cómo "una desviación"? —La herida punzante estuvo a punto de hacerla llorar. Y también se enfureció. Naruto no se permitiría amarla pues estaba obsesionado con las supuestas diferencias entre los dos. Había construido una muralla a su alrededor y no le permitiría traspasarla.

Hinata se dio por vencida. Le dio la espalda y se sirvió un whisky con manos trémulas.

—¿Qué estás haciendo?

La mujer hizo una profunda inspiración.

—Naruto, creo que tendríamos que hacer un brindis. —Giró, lo enfrentó y alzó el vaso—. Pienso que es lo adecuado, ¿no te parece? Después de todo, aunque este matrimonio fue breve, hemos pasado muchas cosas juntos, y considero que debemos terminarlo con dignidad.

Naruto la miró, los nudillos blancos por la violencia con que apretaba el bastón de endrino.

—Por ti, esposo. —Comenzó, ocultándole el dolor que sentía—. Te vi mentir, engañar y robar para salir adelante. Lograste todo lo que querías y admiro...

Antes de que Hinata supiera lo que estaba haciendo, Naruto le arrebató con violencia el vaso de la mano.

La mujer contuvo el aliento, mientras el vaso se estrellaba contra la chimenea de mármol.

—¡No te burles de mí! —Dijo el hombre entre dientes.

—¡No me burlaba! —Replicó la mujer, con los ojos ardiendo de furia. Ya no le importaban un ardite los sentimientos de Naruto, pues los suyos estaban heridos de muerte—. Estaba diciendo la verdad. Yo te admiro...

—Y me odias.

Hinata calló: quería herirlo aunque sólo fuese una mínima parte del modo en que su esposo la había lastimado a ella.

—Ódiame, pues. —Dijo en voz áspera—. Luego de todo lo que te hice, tienes derecho, pero no admito que te burles de mí.

—Sabes bien lo que siento por ti. —Las miradas de los dos se encontraron y Hinata no se molestó en ocultar lo que sentía. "Lo amo —Pensó—, y si no lo percibe en mis ojos, en el dolor y la sinceridad con que le ofrezco mi corazón, jamás lo aceptará."

Se produjo un largo silencio. Ninguno de los dos supo qué decir. Por fin, Hinata dijo:

—El baile es a las ocho. ¿Tú irás? Como Menma se fue, Karin y yo necesitamos que alguien nos acompañe.

—No. —Respondió Naruto en tono terminante—. Karin espera el anuncio del compromiso, y no quiero presenciar cómo tus pares vuelven a lastimarla.

Las palabras de Naruto la aguijonearon. Dijo en tono suave:

—Kiba se ofreció a acompañarnos. Le diré que lo haga.

El hombre preguntó, marcando las palabras:

—¿Inuzuka te llevará a la fiesta de los Astor? Hinata se esforzó por mantener la compostura.

—Creo que deberías de estarle agradecido.

Naruto se volvió hacia ella con el semblante tenso y frío. Maldiciendo, murmuró:

—Ah, esta época tan sofisticada... —Luego, se apartó de la mesa donde estaba el botellón, sin mirar a su esposa.

Aunque pareciera ilógico, la falta de celos, la indiferencia de Naruto hirió a Hinata más que todo lo que había hecho hasta el momento. La cólera congeló las lágrimas que aún no había vertido, y se apresuró a marcharse sin oír el estrépito del vaso de whisky que se estrellaba contra la pared de la biblioteca.

Fue auspicioso que el sacristán de la Iglesia de la Gracia, el "glorioso Brown", consintiera en hacer de anfitrión para recibir a los invitados a medida que llegaban. El hombre estaba bajo el toldo blanco, en el frente de la casa de los Astor, con una corbata blanca inmaculada y frac, organizando a los cocheros con el silbato de plata, y orientando a las damas con su lengua de plata.

Caía una lluvia tenue que envolvía las aceras en una especie de niebla, y confería a la ciudad una apariencia fantasmal bajo los faroles de gas. Los carruajes se alineaban a lo largo de la calle Treinta y Cuatro dejando a los pasajeros, y entre los coches estaba la coupé marrón de los Inuzuka. Pronto se detuvo y Hinata se bajó. Karin había salido más temprano con el duque, que había querido acompañarla. Hinata no vio inconvenientes en dejar que Karin fuese sin ella pues sabía que pronto estaría comprometida, y esperó a Kiba.

Al verla, Kiba hizo un gesto de disgusto, la crítica mirada del joven no hizo más que deleitarla. Sólo la decepcionaba que Naruto no la viese vestida como la reina irlandesa Maeve. Quizás, en lo profundo de su ser, esperaba que la aceptara al verla vestida como una irlandesa: imaginó que si la viera con ese traje descubriría en ella un aspecto diferente. Sin embargo Naruto no había salido de la biblioteca y Kiba llegó para acompañarla a la fiesta.

En el vestíbulo, un criado tomó la capa de terciopelo verde; Kiba adoptó una expresión ceñuda cuando volvió a ver el disfraz. No obstante, le ofreció el brazo y entró con ella en la galería de cuadros donde estaba reunida la sociedad. La concurrencia era numerosa: la galería estaba atestada de notables que alborotaban como palomas sobre un tejado de Nueva York. Kiba le ofreció una copa de champaña que servía uno de los camareros y dijo:

—¿Sabes que corre el rumor de que el duque anunciará su compromiso con Karin Uzumaki? ¿No es ridículo? ¡Y además es inglés!

Irritada, Hinata aceptó la copa.

—Mi cuñada es una mujer dulce, bella y talentosa. ¿Por qué el duque no habría de casarse con ella?

—Yo sé lo que quiere de la hermosa Karin; ¿por qué entonces tendría que avergonzarse anunciando un compromiso con ella? Una cosa no obliga a la otra.

Hinata se detuvo, con el rostro ardiendo de furia.

—¿Te refieres al dinero?

Kiba la miró con aire astuto y dijo:

—No, mi querida, el duque quiere lo mismo que yo quiero de ti... si puedo lograrlo sin hacer lo mismo que él.

La joven se enfureció de tal modo que quiso escupirlo.

—Kiba, siempre sospeché que eras un bribón, y ahora acabas de demostrarlo.

—Bueno, prefiero ser un bribón y no esa basura a la que estás encadenada. Además, quién sabe, si consigues la anulación tal vez tu ascendiente social me haga olvidar tu dudosa virginidad y de todos modos me case contigo.

—¡Cómo te atreves! —Murmuró Hinata, apartándole el brazo. Hacía sólo cinco minutos que estaban en la fiesta y el aparente entendimiento ya se había hecho trizas.

—Cuidado, Hinata. Estás haciendo una escena. —Volvió a aferrarle el brazo, sin dejar que se soltara—. Luego de todos los problemas y las humillaciones que me hiciste sufrir, esta noche te comportarás como corresponde. Lo menos que puedes hacer por mí es actuar de manera respetable.

—¿Tú quién eres, mi cuidador? —Le clavó las uñas en el antebrazo.

Finalmente, Kiba prefirió soltarla antes que armar un escándalo.

—¿A dónde vas? —Le espetó en un susurro. Y soltó una carcajada cruel—. ¿Vas en busca de ese marido que tienes? Oh, lo olvidaba. ¿Acaso no lo invitaron? ¿O tal vez estará con los irlandeses que trabajan en los establos?

—Kiba, tú no eres digno de lustrar los zapatos de mi esposo. —Le dirigió una mirada de disgusto y estaba por alejarse cuando anunciaron la llegada de Naruto Uzumaki.

Todos los presentes se removieron inquietos, como pájaros al aparecer un depredador. Naruto observó a la concurrencia desde la puerta: tenía una apariencia austera e irreprochable, con el frac negro y la corbata blanca de nudo ancho. Cada uno de los invitados pareció retroceder como si pensara: "Espero que esa mirada no se dirija a mí".

Mas Hinata no lo pensó. Se mantuvo firme, la vista clavada en la de su esposo, aunque estaban separados por la mitad del salón. Permanecieron inmóviles y callados, trabados en un silencioso duelo de miradas hasta que la música recomenzó y los invitados se distendieron y cubrieron la distancia que los separaba.

Estremecida, Hinata levantó la vista y vio al duque a su lado. Le había solicitado que bailara con él el cotillón alemán, una danza que duraba casi dos horas. Era una tradición iniciada por la señora Schemerhorn, la madre de Mei Astor, a la que las poleas, las danzas eslavas y el chotís le parecían demasiado agitados. Hinata agradeció la prolongada distracción. Se apresuró a aceptar y tuvo la buena suerte de no ver a su marido durante toda la danza.

Mas cuando anunciaron la cena, Hinata vio otra vez a Naruto. Lo descubrió en la sala, sentado en un sillón tapizado de terciopelo; Sara Willis Varick estaba apenas apoyada en un brazo del sillón y ambos reían de algo que Naruto acababa de decir. La sonrisa de su esposo era radiante, y Hinata sintió que se le cortaba el aliento cuando su esposo se volvió hacia ella. Cuando las miradas se encontraron, la sonrisa se desvaneció, la expresión se volvió sombría y apartó otra vez la vista.

Hinata no soportaba la escena. Sara Willis Varick, con su palidez germánica, formaba un vivo contraste con el moreno y apuesto Naruto. Hinata odiaba verlo divertirse tanto. Aunque había ansiado que lo aceptasen en la sociedad, ahora comprendía que había ido demasiado lejos. En el presente, no se podía decir que lo apartaran. En realidad, las mujeres revoloteaban a su alrededor como pavos reales de colorido plumaje, curiosas y excitadas y deseosas de tocarlo.

La escena reverberó en la mente de Hinata y de pronto, comprendió que los Uzumaki ya no la necesitaban. Sólo era cuestión de tiempo que Karin se casara con el duque y Naruto, que detestaba a la sociedad, ahora formaba parte de ella, le importase o no. Quizá Mei Astor aún lo mirara con desprecio desde su silla dorada sobre la plataforma, aunque en los ojos de Sara Willis Varick se leía algo muy diferente. Finalmente, el irlandés había penetrado en territorio de los Cuatrocientos y eso significaba que Vanderbilt con su vulgar y flamante fortuna, accedería en cualquier momento. Estaba produciéndose el cambio que Hinata había vaticinado. Ya no la necesitaban como puente hacia la sociedad. Había nacido una nueva sociedad mientras Hinata concentraba su atención en otros problemas.

Volvió a mirar hacia donde estaba su marido. Los ojos azules de Naruto tenían un destello perverso que muchas mujeres hallaban atractivo. Por cierto, así era para Sara Willis Varick, que le rozaba el brazo en un gesto de intimidad. Hinata estuvo a punto de sumergirse en la desesperanza; sin embargo, allí estaba el duque otra vez, solicitándole el honor de escoltarla hasta la mesa.

La cena consistía en veintitrés platos de cosas tales como aspic de canvasback, muslos de cordero con salsa de menta, sopa de tortuga, salmón, espárragos, y trufas con crema helada, cosas todas que Hinata casi no probó. Cada vez que recorría la mesa con la vista y veía a su esposo divirtiéndose, se le cortaba el apetito.

Luego de la cena, las damas pronto se reunieron con los caballeros, y Hinata tuvo que volver a soportar las atenciones de Sara Wiilis Varick hacia Naruto, que parecía ignorar la presencia de su propia esposa en el salón. Hinata se sintió tan desdichada que había decidido marcharse, cuando una voz la detuvo.

—Querida, Mei Astor quiere decirte unas palabras.

Hinata no vio la flecha que lanzaban los ojos de Naruto al ver a Kiba junto a ella. En realidad, la joven nunca había considerado a Kiba como un pretendiente serio, en ese momento, ante la perspectiva de perder a Naruto la comparación aumentó su dolor.

—Kiba, no quiero hablar con ella. No me siento bien. De hecho, pensaba irme a casa.

Trató de volverse, y el joven la tomó del brazo.

—Ven conmigo, "querida mía". —Se burló, imitando el acento irlandés.

Incapaz de luchar, Hinata se dejó arrastrar hasta la tarima donde estaba la señora Astor.

—Hinata, ¿cómo estás? —Preguntó la dama, con falso interés. Bajó la máscara de plumas y reveló un rostro muy parecido al de María Antonieta, logrado con maquillaje de cera y un lunar pegado a la izquierda del labio superior—. Esperaba que me hicieras el honor de visitarme.

Hinata la saludó con un beso, sabiendo que ella era la que debía de sentirse honrada por tener la oportunidad de estar junto a la gran dama.

Hinata estaba por hacer un comentario intrascendente acerca del magnífico baile, cuando al otro lado del salón, cerca de la entrada, el duque llamó la atención de la concurrencia golpeando una cuchara contra la copa.

—¡Atención, todos! Tengo que hacer un anuncio muy importante. —El duque contempló a Karin, que lo miraba con ojos radiantes de felicidad.

El duque continuó:

—En primer término, quiero decirles que siempre recordaré mi visita a Nueva York con gran cariño. Son ustedes personas muy gentiles, que se esforzaron por satisfacer mis más mínimos deseos, y les estoy sumamente agradecido por ello. –El duque se volvió hacia la señora Mei Astor. Todas las cabezas se volvieron en esa dirección—. Señora Astor, yo la saludo. Es usted una famosa anfitriona, y pienso cantar sus alabanzas incluso ante la misma reina.

Todos aplaudieron, y la señora Astor hizo un gesto con la cabeza, sonrojada de falsa modestia o tal vez de alivio, pues el duque no confirmaba el odioso rumor de que pensaba casarse con la chica Uzumaki.

—Tengo otro anuncio que hacer. Uno aun más importante.

En el salón reinó un profundo silencio. Tal vez, los rumores se confirmaran. La señora Astor se puso tensa. La mirada de Hinata voló hacia Naruto: a juzgar por la expresión, estaba sorprendido.

El duque volvió a mirar a Karin. Las miradas se encontraron y el joven alzó la copa de champaña.

—Nueva York fue doblemente gentil conmigo pues no sólo encontré aquí amigos afectuosos sino que también conocí a la mujer que quiero tener a mi lado por el resto de mi vida. Gracias, Nueva York. —Buscó entre la multitud el rostro de Naruto —. Antes de hacer el brindis final, quiero agradecer a un hombre que admiro. Brindo por él, pues en esta época malvada me demostró que todavía existen pasiones tan nobles como la lealtad y la devoción por la familia. La hermana de este hombre no sería la muchacha que es si no hubiese crecido a su sombra. Y por eso le doy las gracias, Uzumaki. —El duque alzó la copa hacia Naruto, que permaneció inmóvil, esperando lo que vendría a continuación. El duque prosiguió—: Quiero decirles que esta noche, a las siete en punto, me casé. Les pido a todos que se unan en un brindis por mi bella esposa, la señorita Karin Uzumaki, que desde ahora es Su Gracia, la duquesa.

Todos los presentes contuvieron el aliento, y Hinata sintió como si le hubiesen clavado un cuchillo. Quiso sonreír y correr a abrazar a Karin. Tenía la sensación de que el suelo se había abierto bajo sus pies. Esperaba el compromiso. Había prometido que cuando Karin estuviese comprometida, ella dejaría a Naruto. Ahora, Karin estaba casada. En un instante, todo lo que amaba se había perdido para siempre.

Miró a Naruto para ver su reacción. Desde esa distancia, vio que la boca del esposo modulaba estas palabras: "¡Que me condenen!".

Miró a Mei Astor, y la vio tan atónita que pareció a punto de caer desmayada en brazos de Kiba.

El duque ignoró el pandemonio que se generó en derredor. Bebió un sorbo de champaña mientras Karin lo miraba y un suave rubor iba tiñéndole las mejillas. Cualquier otra muchacha hubiese recorrido el salón, pavoneándose de su conquista, era obvio que Karin no consideraba de ese modo la boda con el duque. La felicidad de la muchacha provenía de haberse casado al fin con el hombre que amaba.

—¡Oh, esto es el fin! —Mei Astor apartó las sales que le ofrecían las doncellas, pues la ira fue suficiente para reanimarla—. ¿Cómo se atrevió el duque a hacer algo semejante, después de todo lo que hice por él?

—¿Por qué un duque consiente en casarse con una chica irlandesa de Nueva York? —Musitó Kiba, alterado.

Hinata los observó, disgustada por esos comentarios, aunque al mismo tiempo sintió pena por ellos. El pequeño mundo seguro al que pertenecían estaba cambiando, y eso los aterraba. Mas ellos no eran los únicos cuyo mundo había cambiado. El de Hinata se había derrumbado ante sus propios ojos. Al día siguiente, el abismo entre ella y Naruto se haría permanente. Ya no había nada que lo ligara a Hinata: ni un hijo, ni Karin, ni las ambiciones sociales... ya no quedaba ni siquiera tiempo.

Vio que Naruto se acercaba al grupo de invitados y estrechaba a desgana la mano del duque. Abrazó a su hermana; Hinata rogó que se volviese y la buscara. Ansiaba que se acercara a ella, que le dijera que para los dos se había terminado el tiempo, que en verdad la amaba y la necesitaba como esposa. Sin embargo, pronto los invitados se amontonaron alrededor del duque y ya no pudo ver la cabeza rubia de Naruto entre los que se acercaban a felicitar a los recién casados. Con el corazón pesado, aturdida, comprendió qué al día siguiente tendría que empacar sus cosas y marcharse. Si era afortunada, su esposo sería lo bastante amable para acompañarla hasta la puerta y despedirse.

—¡Y esto es tu culpa, Hinata! —Dijo la dama, volviéndose hacia Hinata—. ¡Tu madre debe de estar revolcándose en la rumba al saber que crió a semejante rebelde! ¡Nada de esto habría sucedido si no te hubieses casado con ese... con ese hombre! —La señora Astor echó una mirada de soslayo a Naruto.

Hinata no quiso derrumbarse frente a esos dos personajes, y replicó:

—¡Bueno, Mei Astor, si no le agrada mi esposo, puede irse al infierno! —Se alejó sin agregar otra palabra: Kiba y la dama quedaron atónitos ante semejante muestra de vulgaridad irlandesa, saliendo de la boca de una de su propia clase.

Tambaleante, Hinata se abrió paso entre la gente hacia una de las salidas. Quería felicitar a los recién casados: sin embargo, estaba segura de que si no se marchaba enseguida, se derrumbaría por completo. Fuera, le pidió a Brown que le consiguiera un coche de alquiler y voló de regreso a la mansión.

Todo estaba en silencio allí. Cruzó el vestíbulo de mármol y cada paso resonó contra las paredes. Alzando las faldas de satén verde, que ahora detestaba, subió la grandiosa escalera con el corazón tan pesado como el mármol de esos escalones. Por primera vez en la vida, se preguntó qué podía esperar. Hanabi se había ido y tal vez estuviera peor que la última vez que la viera. Y ahora, también había perdido al esposo, al hombre que había aprendido a desear y amar.

Cada paso hasta el dormitorio fue lento y difícil, pues la mente de Hinata bullía con recuerdos de Naruto. Evocó ese rostro hermoso, nunca sereno, con expresiones que iban del orgullo a la pasión más intensa. Nunca más gozaría de la tibieza del abrazo de ese hombre, ya no lo vería reír ni compartiría con él momentos de ternura.

—Si al menos pudiera estar contigo, Hanabi. —Murmuró, arrojándose sobre la cama. Se quedó tendida largo rato, demasiado angustiada y abatida para llorar.

Después de una hora, se incorporó al oír el golpe de Natsu en la puerta de los criados. Hinata pensó que era el momento oportuno, pues quería pedirle que comenzara a empacar. Era imperioso que se fuera esa misma noche. Le pareció innecesariamente doloroso extender hasta el día siguiente el drama de la partida.

Estaba por darle indicaciones a Natsu cuando la doncella le entregó una cajita de música.

—Señora Uzumaki, el amo está en casa. Me pidió que le diera esto en cuanto llegase.

Hinata tomo la caja. Con mano trémula, levantó la tapa decorada con ingenuos nomeolvides; "qué refrescante —Pensó—, en contraste con esta habitación tan sobrecargada".

Temerosa de esperar demasiado de ese simbolismo, abrió la tapa y oyó la melodía de Danubio Azul. La música la conmovió, la fascinó porque era hermosa y porque nunca la había bailado en los brazos del hombre amado. Y nunca lo haría. Una diminuta cascada cristalina rodó por la mejilla de la joven. La enjugó para poder leer la nota que estaba dentro de la caja.

Hinata:

Una vez me dijiste que llegaría el día en que lamentara haberte obligado a casarte conmigo. Ahora lo lamento, Hinata, lo lamento con todo mi corazón. Pues esta noche descubrí la alegría en los ojos de una novia que se casa por su propia voluntad, y me duele no haber podido verla en los tuyos. Me aflige la pena que te causé; si me abandonas, lamentaré mucho más tu pérdida. Déjame decirte que, en este mundo injusto, la espada de Dios es inflexible con los malvados. Si te pierdo, un hombre... este hombre, tendrá el castigo que merece.

Naruto

Con sollozos entrecortados, Hinata no pudo seguir leyendo pues las lágrimas le velaban la escritura. Las palabras de su esposo le acariciaron el corazón, pues eran las que siempre había querido escuchar. Desesperada por verlo, se enjugó las mejillas y miró en derredor. Entonces, sin más demora, salió corriendo del dormitorio.

No tuvo que ir muy lejos. Miró hacia abajo desde lo alto de la balaustrada y vio que Naruto entraba en el estudio con movimientos fatigados y tensos y cerraba la puerta. Quiso correr escaleras abajo y arrojarse en brazos de su esposo, decidió contener el impulso pues comprendió que ése no era el modo de acercarse a un león. Tendría que hacerlo con cautela, con cuidado, midiendo cada paso.

Bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo sin apartar la vista de las puertas del estudio. Al llegar, quiso golpear pero cambió de idea: decidió no darle la alternativa de negarse a verla. Entró y cerró la puerta tras de sí.

Naruto estaba de pie junto al hogar, contemplando las cenizas apagadas, la espalda vuelta hacia Hinata. Tenía el bastón apretado en la mano como si esa noche lo necesitara más que nunca. Lo observó, luchando con sus propias emociones.

Se aclaró la voz, sin saber cómo empezar. Finalmente, sólo dijo:

—Naruto.

Naruto se puso rígido, aunque no se volvió. Hinata pudo imaginar el entrecejo fruncido.

—¿Lamentas haberme lastimado?

Por fin, el hombre se volvió y la miró a los ojos.

Habló en voz baja y grave:

—Nunca tuve intenciones de lastimarte.

Contempló a ese hombre al que había llegado a amar. Todo en él era contradictorio. Odiaba a los ingleses, pero Hinata sabía que aceptaría al duque en la familia pues Karin lo amaba. Ocultaba su propia procedencia tras una manera de hablar forzada, pero conservaba la tradición con ardiente orgullo a través de canciones como "Bridget O'Malley". Era un hombre capaz de amar y odiar con la misma ferocidad: nunca sería mediocre. La vida de sociedad lo había rodeado de charlas sin sentido y silencios vacíos; nunca lo habían oído rugir... Hasta que Hinata lo conoció.

—Quiero a un hombre que me ame. ¿Tú eres ese hombre? —Susurró Hinata.

Silencio.

Naruto se volvió y contempló las cenizas frías.

—¿Me amas? —La respuesta era simple: sólo sí o no, y al escucharla Hinata actuaría en consecuencia.

—Hinata, quiero que estés con el hombre apropiado.

La joven sacudió la cabeza y repitió, hacia la espalda de Naruto:

—¿Tú me amas?

—Nunca estuve enamorado. No sé cómo es amar a alguien.

—Yo te pregunto: ¿me amas? —La voz se quebró, cargada de lágrimas contenidas.

Naruto pareció pesar cada palabra.

—No tengo nada con qué comparar, pero si amar es una obsesión, si el amor es tan poderoso que domina el raciocinio y la voluntad de un hombre, si el amor es un sentimiento que te hace preferir la muerte antes que soportar la pérdida del ser amado... —Se volvió, y Hinata vio la desolación reflejada en ese rostro. En un murmullo tierno y áspero a la vez, concluyó—: ... entonces, sí, Hinata, yo te amo. Estoy condenado a amarte. Siempre te amaré.

Un torrente de lágrimas silenciosas resbaló por las mejillas de la mujer. La tensión se agudizó, los instantes pasaron silenciosos. Hinata buscó la palabra justa, la manera de expresar cuánto significaba Naruto para ella, la desesperación que sintió ante la idea de perderlo, cuánto lo necesitaba, cuánto lo amaba.

Mas las palabras no acudieron y Hinata hizo lo único que podía hacer para asegurarse de que Naruto jamás la dejaría. Se sujetó las faldas y corrió hacia los brazos abiertos de su esposo. Exhalando un gemido de alivio y de alegría, Naruto la estrechó entre los brazos... El bastón, ahora inútil para siempre, cayó con estrépito al piso de mármol.

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Fin