_ Te estaba esperando, vaya que has tardado. – el joven de alas doradas estaba apoyado en la columna de la pared.
_ ¡Tú, qué irrespetuoso…! – gritó Promet.
_ Váyanse.
_ Dios Hefesto… - trató de hablar Helén.
_ Aunque haya tenido bajas, la única sangre que me interesa es tuya, el causante de la revolución divina y de esta guerra santa. ¡VÁYANSE!
Ante las fuertes palabras de su Dios, voltearon el rostro y se fueron.
_ ¡Asegúrense de traer a Atenea con vida!
_ ¡No, Saori! – gritó Seiya tras tratar de detenerlos.
_ ¿¡SAORI!? ¡ELLA ES UNA DIOSA, DESUBICADO! – le lanzó su martillo divino pero esté solamente rozó el rostro de Seiya, dejándole un hilo de sangre.
_ No me asustas. – se paró desafiante.
_ Por supuesto, el matadioses está respirando en total calma… ni siquiera estás pensando en lo que pueda pasarte, tu mente está en otra parte…
_ ¿Diosa Atenea? – una voz se escuchó atrás de ella.
_ Zephyr, Hugo.
_ ¿Qué hace usted aquí? ¡Está muy lastimada! – se preocupó el caballero del reloj.
_ Vine a socorrer a los pequeños en peligro, pero veo que Hefesto se me ha adelantado. – unas lágrimas salieron de su rostro.
Al ver su tristeza, ambos jóvenes se voltearon nerviosos. Es un pecado ver la debilidad de tu Dios, sólo debían disimular.
_ Incluso en estos momentos, él sigue siendo más útil que yo…
Una risa incontrolable sacó a todos los presentes de sus casillas.
_ ¿Ahora te arrepientes?
Todos voltearon a ver de dónde provenía aquella voz. Y era una sombra apoyada en la columna de la esquina.
_ ¿Aquiles? – preguntó Saori.
_ Finalmente, las cosas saldrán como lo he deseado.
_ ¿Qué dices? – caminó un paso adelante Hugo, encontrando un charco de sangre.
_ Será mejor que corras de donde has venido, princesa Atenea.
_ Aún es posible salvar a tu discípulo, Shiryu, Se hizo justicia.
_ ¿Justicia? ¿Cuál puede ser la convicción de justicia de nuestro enemigo? ¿Cómo puedo creer que no eres igual a él?
_ Comprendo tu frustración, pero no es momento para pleitos. Después sigamos con nuestras riñas.
El dorado de Libra comenzó a concentrar su energía en las manos, formando la constelación del dragón con cada uno de sus puntos estelares.
_ Shiryu…
Hari volvió a formar con su cosmos el Shakram, su arma designada.
_ ¡Esperen! – se escuchó la voz de Valentín.
_ Jóvenes discípulos. – se sorprendió el dragón.
_ Salvaramos a Haret, nosotros… no pudimos protegerlo. – habló Elektra.
_ Así sea lo último que hagamos. – corroboró Fye.
_ ¡Caballero Shiryu! – se escuchó un grito enérgico.
_ Galena…
_ Yo me encargaré de Haret, por favor, no dejes que tu corazón entre en corrupción. Sólo necesito el poder divino… Está muerto, sin embargo aún no han pasado los cuatro minutos.
Atrás de ellos, una esencia poderosa comenzó a desenvolverse, aquello era… la transformación del aviso enviado.
_ ¿¡Qué es esto!?
_ La flecha disparada por Paris…
_ Está convirtiéndose…
_ En sangre.
_ Tu brazo… está sangrando. – dijo Seiya sorprendido. - ¿Es que tú…?
_ Yo no deseo que nadie muera… pero tú… ¡Tú, quitaste la poca felicidad que me ha dado esta vida! ¡Si no hubieses aparecido, si te hubieras quedado ignorante y sin memoria! ¡Me arrebataste a ella, la única razón por la que he deseado vivir!
_ ¿Crees en el destino?
_ ¿El destino?
_ Yo fui negado de recibir todo lo que una persona normal debería, nunca tuve un hogar cálido al qué volver, nunca tuve unos padres que velaran por mí. Lo único que me mantenía con vida era la esperanza de volver a ver a mi hermana. Esto cuando sólo tenía trece años de edad. Creí que si no tuviera esa ilusión, no podría ser capaz de levantarme en mis batallas.
_ Regresaste con tu hermana perdida, eres un egoísta.
_ No fue solo eso, conocí gente maravillosa. – a su mente venía el rostro de Marín, Mino, Shiryu, Hyoga, Shun, Ikki, Jabú, los otros caballeros de bronce, etc. – Que me hizo cambiar de percepción. Había vivido, sólo en pensar en mi beneficio, mas no en lo que podría hacer por los demás. No entendí eso hasta que me balanceaba entre la vida y la muerte en las doce casas. Pero aquella calidez, ternura y bondad que la Diosa Atenea albergaba dentro de su corazón me hicieron seguir.
_ ¡Cállate!
_ ¡Y decidí encomendar mi vida a sus manos! Así muera el día de hoy, yo sé que ella cambiará la ambición de los Dioses.
_ ¡Ella es mía!, ¡está casada conmigo! Es por ella que yo… que yo…
La conciencia de ese hombre estaba cambiando, parecía otra persona. Como si se volviese loco.
_ Has cargado mucho en tus hombros, también, ¿no es así? – Hefesto se sorprendió ante tales palabras. – Yo siendo un caballero, he matado a muchas personas por la idea de la justicia, por defenderme, por salvar otras. Y cargo mucho dolor por la culpa, porque eso a fin de cuentas me ha convertido en asesino. Pero aun así…
Ambos se miraban fijamente, mientras la estabilidad emocional del Dios del fuego se perdía.
_ No puedo imaginar lo difícil que es que las personas maten o mueran por ti, que eres un Dios. Que eres el decisor de las guerras, y que tu misión a pesar de todo, es ser fuerte y una guía. Por eso, por esa agonía que ustedes cargan, yo nunca podría dejar sola a Saori… Por más que mi vida se haga pedazos, quiero que ella nunca se sienta sola.
_No… - se arrodilló.
_ Te has dedicado a vivir por los demás toda tu vida, salvándolos. Ahora tienes personas que si tú les pidieras, se matarían aunque no les dieses una razón. Pero nunca has podido pensar en ti, nunca has vivido por ti. Tu felicidad pensabas que era ayudar a los demás, sin embargo… te sentías solo, siempre lo hiciste. La única que pudo tocar esa parte de ti fue ella. Por eso, no la quieres dejar ir, a pesar de lo que Atenea pudiese sentir.
Seiya sacó el arco de sagitario y lo apuntó al Dios.
_ ¿Eso no te hace a ti el egoísta?
_ ¿Cómo pueden luchar los alumnos de Albiore aquí?
_ No te burles…
_ ¿Ustedes no habían intentado matar al que les venció por la armadura de Andrómeda?
_ ¡Eso quedó en el pasado! – habló Spica.
_ ¿Entonces, qué los mueve aquí? Con nuevas armaduras…
_ ¡Estuve equivocado! – habló Reda. – Intenté matar a Shun, sí. Me cegó la venganza, sí. Pero a pesar de los pecados que carga esta débil alma, no puedo seguir quedándome de brazos cruzados.
_ Admiro su valentía, pero no basta sólo eso para poder protegerse. Mi Dios, el que me dio todo está esperándome, así que acabemos esto rápido.
_ Entonces, la maestra del gran Pegaso dorado está aquí. Me imagino que tus poderes deberían superarlo. Tú deberías ser el reto, Marín.
_ Marín, aléjate. Déjame esto a mí. – habló Makoto. – Tú tienes algo por lo qué vivir.
_ Dijiste que dejarías la armada, Marín de águila. ¿Qué te hace tan imprudente?
_ Yo no puedo voltearme, mientras las personas que amo dieron todo de sí.
_ De tal alumno, tal maestra. – rio Shaina. – Está bien, ¡maldito herrero del fuego! ¡Atácanos!
_ No me gusta atacar mujeres, pero si insistes. ¡LA DANZA DE LAS ESPADAS GRIEGAS!
_ ¿¡Qué!? – todo alrededor se volvió difuso.
Pélope de tez trigueña, alto y ojos miel; atacó ferozmente.
_ ¡A MÍ COBRA!
_ ¡DORADUS CELESTIAL!
_ ¡GARRAS DE ÁGUILA!
_ Entonces, concentraremos nuestro poder en la técnica que nos fue enseñada por los amigos de nuestros maestros.
_ ¿Cómo? – preguntó Shiryu.
_ Una técnica destructiva o curativa, dependiendo de las intenciones de los que la emergen.
Detrás de Valentín, Elektra y Fye; aparecía la imagen de Ban, Ichi, Jabú, Geki y Nachi, quienes brindaban el poder de su alma para obrar junto a los jóvenes. La sangre del Dios fue arrojada al cuerpo de Haret, dándole un haz de luz. Mientras que Galena; debía ser capaz de mezclar su técnica medicinal, sujetando la energía lanzada por los amigos del niño.
_ ¡Fusión nuclear! – varias luces circunferenciales bailaron majestuosamente, rodeando un chorro de cosmos púrpura que saltaba directamente a la joven; mientras el dragón y Hari sólo podrían observar.
Pero parece que ella no iba a poder ser capaz de sujetarlo.
_ ¡No! – gritó Shiryu asustado.
Sin embargo, el herrero del Shakram, saltó con su arma agarrando a Galena de Cruz del Sur por las manos, pudiendo concentrar el poder a Haret, quien lo recibiría exitosamente. Pero esto causó que ambos volaran por los aires por la intensidad y se lastimaran. Así mismo, los jóvenes caballeros se desmayaron.
_ Respira… - una tranquilidad se hizo notar en la voz de Shiryu.
Hari se paró con mucho esfuerzo.
_ Ahora que tu mente está en calma, podemos batallar.
_ ¿Por qué has ayudado?
_ Porque mi convicción de justicia, no difiere mucho de la tuya. La posición de un ejército no cambia tu forma de ver la vida, sólo por quién prefieres arriesgarla.
_ Hari… - se sorprendió. – Muchas gracias, pero no voy a contenerme. – sonrió.
_ Tampoco yo.
_ Pude congelar a los guardianes de la escalera camino a Capricornio, pero aquí…. ¿¡Qué ha pasado!?
Las paredes estaban bañadas en sangre y los cuerpos de unos guerreros estaban restregados en el suelo.
_ Alguien pasó por aquí antes de nosotros.
_ ¡Saori, no! – gritó Helén espantado mientas los demás lo siguieron rápidamente.
"El amor es egoísta, te nubla el pensamiento, te hace irracional; te quita la voluntad pero también te la da. Te convierte en pecador, pero también en un devoto. Aun así, es la energía que mueve este planeta. Sin Amor, no habría vida, no habría nada." – los pensamientos de la Diosa Atenea.
