La áspera lengua del felino despertó a Hermione cuando comenzó a lamerle la mejilla con insistencia.

— Te apesta la boca — Murmuró la joven arrugando la nariz mientras entreabría los párpados hasta encontrarse con los anaranjados ojos de Crookshanks.

La claridad comenzaba a entrar por la ventana de la habitación dándole a ésta un aspecto mucho más acogedor al de la noche anterior.

— Parece que esto no está tan mal — Comentó mientras se incorporaba en la cama.

Con calma se levantó para disfrutar de las vistas. Caminó descalza por el suelo de piedra sintiendo como el frío de éste lograba erizarle la piel, sus pasos la llevaron hasta quedar frente al ventanal. Lo primero que observó fue el cielo de esa mañana, todavía no había desaparecido la oscuridad de la noche y sólo a lo lejos se discernía lo que parecían ser lenguas de fuego acompañando al tímido sol que salía por el este. Los tonos amarillos y anaranjados iban ganando terreno a un azul cada vez menos intenso. Hermione presenciaba el primer amanecer en su nuevo dormitorio, la belleza del mismo le hizo pensar que ese lugar podía convertirse en uno de sus favoritos.

Al bajar la vista sintió vértigo, realmente estaba a gran altura. Lo primero que divisó fue el puente colgante y a sus pies la entrada del viaducto. No necesitó más señas para advertir donde se encontraba. Estaba en el piso más elevado de la Turris Magnus, la torre más alta del castillo, la cual albergaba la clase de DCAO y los despachos de su profesor y de la profesora McGonagall.

Tras descubrir todo esto su mente comenzó a cavilar. La habían separado por completo de sus compañeros enviándola al lugar más alejado asegurándole que allí estaría a salvo. Al principio pensó que querían resguardarla del mortífago infiltrado, el cual se había dedicado a leer sus pensamientos durante meses, pero no hallaba sentido al hecho de que la apartaran sólo por las noches. ¿Sería que algo extraño le sucedía durante ese intervalo de tiempo, era ese el motivo por el que no la querían cerca de los demás estudiantes? Por primera vez pensó que era posible que no la estuvieran protegiendo sino que la temieran.

Durante esa mañana los rumores sobre Hermione volvieron a circular por todo Hogwarts en cuanto los estudiantes se enteraron de su repentino traslado. Ninguno sabía donde dormía la chica y las conjeturas sobre su persona eran cada vez más disparatadas. Hermione no permanecía ajena a esos comentarios pero decidió guardar en secreto el lugar a donde la habían enviado. Incluso le ocultó la verdad a Harry y Ron, por lo menos hasta descubrir el porqué. Con maestría logró sortear las preguntas de sus amigos durante el desayuno, los cuales comenzaban a estar realmente preocupados por la extraña situación y el misterio que parecía guardar su compañera. En cuanto comenzó la jornada lectiva Hermione pudo huir del interrogatorio al que la estaban sometiendo ambos chicos. Para su fortuna disponía de la primera hora libre así que se dirigió con premura al único sitio donde podía encontrar alguna respuesta, la gran biblioteca del castillo.

Descendio — Conjuró la joven varita en mano.

Varios libros descendieron desde las altas repisas hasta la mesa de madera que ocupaba la muchacha. Hermione dejó de mover su varita una vez que estos se posaron en la misma con suavidad. Llevaba ya bastante tiempo examinando los tomos sobre la historia cercana a la época en la que vivió Merlín. Esa era la única pista que tenía sobre Lady Shalott pues sabía que era contemporánea del gran mago, aunque no tardó en darse cuenta que como le había confesado la señora McGonagall no existía información sobre esa bruja. La frustración se apoderó de Hermione haciendo que empujase los libros hasta tirarlos al suelo. El ruido de estos al caer resonó por toda la estancia rompiendo el silencio sepulcral que allí reinaba pues la muchacha se encontraba en la más absoluta soledad. Era incapaz de encontrar una explicación a sus nuevos poderes y ahora tampoco podía hallar la historia de una simple bruja, ¿Qué demonios le estaba pasando?

Su respiración comenzó a agitarse y observó cómo sus manos temblaban sin control. De nuevo sus emociones se descontrolaban. Asustada por lo que pudiera pasarle buscó en su bolsa escolar uno de los pequeños frascos con la pócima que Madame Pomfrey le suministró.

"Tome solo un par de gotas y se tranquilizará" — Las palabras de Poppy resonaron en su mente al recordar el momento en el que la mujer la informó que el brebaje que le daba no solamente lograría curar su insomnio si no que podía utilizarlo para calmar sus ataques.

Con dificultad destapó el frasco y lo acercó a sus labios dispuesta a tomar un poco de su contenido.

— Deténgase — Ordenó una voz tan profunda como oscura.

Sus ojos discurrieron por el lugar buscando a la persona que le hablaba. No necesitaba verlo para saber que era el profesor Snape quien se encontraba vigilándola. El hombre salió de entre las estanterías con un semblante más serio del habitual. Caminó con decisión hasta la joven y le arrebató sin cuidado la pócima que sostenía entre sus manos. Se la acercó a la nariz para aspirar el aroma que desprendía y así identificar sus componentes.

— Me la entregó la enfermera Pomfrey — Se excusó la muchacha indignada por sus toscos modales.

— Mediocre — Murmuró clavando la mirada en los ojos de la joven.

Hermione dudó si su juicio se refería a la calidad de la pócima o a ella misma.

— Respire con calma — Pidió Severus esta vez suavizando su forma de hablarle.

Tras dejar el frasco en la mesa tomó la mano de Hermione y la sostuvo sobre su pecho. La joven no pudo ocultar su sorpresa al ver ese gesto tan íntimo.

— Siga mi respiración — Aconsejó el hombre evitando mirarla a la cara, como si por primera vez sintiese pudor por sus actos.

Hermione se concentró en la calmada respiración de su profesor, como la levita se expandía y contraía bajo sus dedos. La calidez de su mano, firme como una roca a diferencia del tenue temblor que sufría la de ella. Imitó sus tiempos, como inhalaba y exhalaba el aire y en unos segundos ambas respiraciones estaban completamente acompasadas.

— No necesita eso para tranquilizarse — Dijo Snape mirando la pequeña botella que descansaba en la mesa sin soltar a la muchacha — Sufre de ansiedad, un mal que aqueja tanto a muggles como a magos. Sólo debe aprender a controlar estos episodios.

La joven alzó la vista hasta el rostro del hombre al escuchar sus palabras.

— ¿Por qué cuando mis emociones se descontrolan también lo hace mi magia? — Preguntó deseosa de que la sabiduría de su profesor la iluminase.

Una mueca parecida a una sonrisa se dibujó en la cara de Severus.

— Eso nos sucede a muchos — Confesó el hombre ante el interrogante de su alumna — La pregunta adecuada sería por qué ahora su magia es tan extraordinaria —Hizo una pausa y prosiguió — Puede que siempre lo haya sido, sólo que ha tardado en darse cuenta de ello.

La mano de Severus acogió la de Hermione mientras la separaba de su cuerpo.

— Recuerde respirar con calma cuando vuelva a sucederle — Aconsejó con un matiz cariñoso en su voz.

El hombre soltó su mano y le dio la espalda dispuesto a abandonar el lugar.

— Espere, necesito preguntarle más cosas — Suplicó Hermione tratando de evitar su marcha.

— Ambos debemos atender nuestros deberes señorita Granger — Se limitó a decir sin siquiera volverse a mirarla — Recoja los libros antes de abandonar la biblioteca y no vuelva a maltratarlos así.

El regaño del hombre hizo que Hermione sonriese, el correcto Snape volvía a hacer acto de presencia.

— Sólo dígame una cosa, ¿Por qué una camelia blanca? — Preguntó alzando la voz pues Severus ya se había alejado bastante.

Al escuchar esto el hombre se giró hacia ella. Lo que sus ojos vieron en ese momento le sorprendió sobremanera.

Hermione sostenía la camelia petrificada entre sus manos mostrándole así que pretendía conservarla.

— Nos veremos después, recuerde que debe proseguir con sus lecciones particulares — Se limitó a decir Snape ocultando lo que esa revelación le hacía sentir — A las cinco la quiero en el despacho de "Defensa".

— Por supuesto profesor — Confirmó Granger con una tímida sonrisa.

Severus evitó su inocente mirada y aceleró el paso huyendo de aquel lugar y de los sentimientos que cada vez con más frecuencia despertaba en él la joven.