Nota: Secuela del fic Life Unexpected. Los personajes y todo lo que reconozca pertenece a JK Rowling.


30. Consecuencias

James no se desmayó tras impactar contra el espejo de la mansión. El golpe lo dejó aturdido, pero no le impidió notar los vidrios incrustados en su costado ni los efectos de la pérdida de sangre en su cuerpo.

No pudo moverse a pesar de seguir despierto. El lugar había empezado a dar vueltas a su alrededor y las voces de los presentes se mezclaban unas con otras, haciéndole casi imposible reconocerlas.

Aun así, distinguió a la perfección el grito de Sirius. Justo antes de la maldición de Bellatrix.

—¡CRUCIO!

Soltó un alarido que le nació desde el centro del pecho; lo último de lo que fue consciente antes de desmayarse. De eso, y del mortífero dolor que inundó cada parte de su ser.

Luego, todo se puso en negativo. Nadó entre la realidad y la inconsciencia durante un rato que se le antojó eterno. Volvió a reproducir la pelea que acababa de tener varias veces, todas con diferentes finales que trataban de llenar el vacío en sus recuerdos. Veía rayos de luces frente a sus ojos cerrados y escuchaba maldiciones a diestra y siniestra.

En cada uno de los escenarios, deseaba unirse a la batalla que estaban dando sus dos amigos contra todos aquellos mortífagos. El dolor le impedía moverse; lo tenía prisionero, como un espectador impotente. La frustración aumentó cuando empezó a escuchar a Lily.

Su rostro apareció a mitad de la pelea, buscándolo y llamándolo con desesperación. Las maldiciones la rozaban sin terminar de alcanzarla, enviando el corazón de James al vacío. En algún momento, la voz de su esposa se mezcló con la de Sirius, ambas llamándolo y gritándose cosas que, al principio, no alcanzaba a entender.

De pronto, las imágenes de la pelea empezaron a difuminarse y lo dejaron volver poco a poco a la realidad. Entonces, empezó a comprender lo que decían.

—¡No está despertando! ¡Te digo que hay que llevarlo al hospital…!

—¡No lo vamos a mover de aquí, Sirius! ¡Puede lastimarse si…!

—Ya, a diferencia de ahora que está en perfecto estado.

—¡No voy a arriesgarme a que empeore! —replicó Lily, alterada y distante—. ¡Y deja de hablarme como si esto fuera mi culpa!

—¡Pues no estás haciendo nada por mejorarlo!

—Sirius, no...

—¡Esta fue tu idea! ¡Tú deberías estar mejorándolo! —le gritó la pelirroja. James empezaba a escucharla más claro—. ¡Si no fuera por mí seguirías gritando estupideces en lugar de curarle la herida!

—¡La cual podría infectarse si no lo llevamos al puto hospital! Pero insistes en…

James no sabía dónde estaban, pero suponía que si se estaban tomando la libertad de gritarse por nada, debían estar fuera de peligro.

Trató de moverse, pero el dolor regresó casi de inmediato. El gruñido que soltó fue suficiente para que se callaran, dejándoles saber que estaba despierto.

—Felicidades, parece ser que responde a sus gritos histéricos más que a cualquier medicina —suspiró Mar.

—¡James! James, ¿me escuchas? —le preguntó Lily, ahora hablándole casi en el oído—. Ey, ¿puedes oírme?

James solo volvió a ser consciente de su cuerpo cuando las manos suaves de Lily tomaron sus mejillas. Le llevó un momento, pero por fin logró abrir los ojos.

Le costó enfocar bien la mirada y darse cuenta de que estaba tendido en el sofá del salón con la cabeza sobre el regazo de Lily. Desde luego, lo primero que encontró fue su rostro, mirándolo con una mezcla de angustia y alivio.

Trató de sonreírle, a pesar de que apenas consiguió levantar las comisuras de sus labios.

—Supongo... que ya no estás enfadada —murmuró con una voz irreconocible.

Lily soltó una risa ahogada y, antes de que James pudiera volver a hablar, se inclinó lo suficiente para robarle un beso.

—Lo estoy —murmuró ella, llevando los labios a su frente—. Estoy furiosa.

Varias lágrimas que dejaron sus ojos para aterrizar sobre él, pero a James no pudo importarle menos. Le pareció que eso era suficiente para que una buena parte del dolor abandonara su cuerpo.

Respiró hondo, sintiéndose feliz y aliviado de estar lejos de la mansión de los Malfoy. Y, en especial, de estar junto a ella.

—Eres un imbécil —le espetó Sirius, rompiendo la pequeña burbuja. Estaba parado a unos pasos del sofá—. ¡La próxima vez ponte una diana a mitad del pecho para…!

—Sirius, déjalo estar de una vez, ¿sí?

Las palabras de Mar llegaron más como una sugerencia que como una orden, a pesar de que él las obedeciera como lo último. Cerró la boca de golpe y resopló con fastidio, cruzándose de brazos.

Luego, intercambió con James una mirada rápida que no necesitó mayor contexto. Nunca lo necesitaban, mucho menos en una situación como esa.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó Remus, mirándolo con alivio desde la chimenea.

—Como la mierda —admitió James, tomando la mano que Lily mantenía contra su rostro—, pero creo que sobreviviré.

—Por supuesto que lo harás. No seas dramático —desestimó Sirius

—Hace un minuto querías llevarme al hospital —señaló James, enarcando una ceja.

—Solo porque vio dos gotas de sangre y creyó que te estaba perdiendo —dijo Mar, ganándose una mirada indignada que ignoró. Se acercó a Lily con un frasco de vidrio en la mano—. Ten, es lo que me pediste de…

—Sí, gracias —aceptó Lily, sonriéndole antes de regresar con James—. Es de mi cajón de pociones. Te ayudará con el dolor.

James quiso hacer una broma al respecto, pero encontró que todavía no estaba en condiciones para hablar tan seguido. Se limitó a inclinar la cabeza lo suficiente para tomarse el brebaje que Lily le ofrecía. Frunció la nariz, nauseabundo.

—Sabe horrible —se quejó, apartándose del vaso.

—Pues lo mereces por asustarnos así —le dijo Lily.

—Creo que ya lo pagué con creces —murmuró él, desviando la mirada hacia Sirius—. Regulus y tú…

—No encontramos una mierda —respondió el aludido, sin necesidad de que terminara la pregunta—. Todo esto fue para nada.

James suspiró, sintiendo como una ola de decepción se esparcía dentro de él. Por un segundo, había albergado las esperanzas de que ellos dos hubieran tenido más suerte que Remus y él.

Era más satisfactorio que pensar que todo había sido un fracaso.

—Bien, ahora que su aventura salió tan mal como lo habíamos anticipado… —empezó a decir Mar—. Creo que deberíamos...

—¿Ir a matar Peter? Sí, eso suena excelente.

—Sirius, ya te dije…

—¡No voy a escuchar otra de tus excusas de mierda, Remus! —le cortó, casi gritando—. Me niego a quedarme aquí a pretender que es una maldita coincidencia que esos hijos de puta se hayan fugado justo esta noche.

—¿Y qué ocurrió según tú? ¿Tras hablar con James le dio tiempo de avisarles y que planearan una fuga masiva de Azkaban? —replicó Remus, enarcando las cejas—. Sí, supongo que eso tiene toda la lógica del mundo.

—¡Lo que no tiene lógica es que todavía pongas en duda a esa maldita rata! ¡Nos vendió de nuevo! ¿En serio esperan que crea…?

—Sirius… —intentó decir James—. Peter no…

—Bellatrix te drenó tu poca inteligencia si crees que voy a escucharte en este momento, James.

—Peter no pudo habernos delatado —continuó Remus—. No es posible…

—Porque eso sería una acción muy alejada de su personalidad.

—Porque estuvo con nosotros todo el tiempo —completó James, tratando de hacerlo entender—. No le quitamos la vista de encima ni un segundo.

—¡No me jodas! Como si el hijo de puta no hubiera demostrado lo bueno que es para escabullirse como una…

—Sirius, contrario a lo que te empeñas en creer, James y yo recordamos perfectamente lo que hizo Peter —le cortó Remus, apretando los labios con enfado contenido—. Y si crees que haríamos la vista gorda a la posibilidad de que lo volviera a hacer, entonces confías tan poco en nosotros como en él.

Sirius boqueó, sin llegar a responder nada. No parecía encontrar la forma de desmentir aquello sin aceptar que Peter no los había traicionado de nuevo.

Y James no lo juzgaba por creerlo, no podía hacerlo cuando, durante un momento en la mansión, él también lo había asumido. Era mucha mala suerte para que fuera una coincidencia.

Sin embargo, ya con la mente más fría y alejado del desastre, se daba cuenta de que no era factible que Peter hubiera avisado que estaban allí. No había tenido tiempo, y, si dejaba su rencor por un segundo, Sirius también lo vería.

Por desgracia, tendrían que convencerlo en otro momento, ya que ese fue interrumpido por las llamas de la chimenea notificando de un nuevo visitante.

El ambiente del salón cambió de manera drástica cuando Ojoloco apareció, con una expresión que les dejó saber que no sería una visita agradable.

No que lo necesitaran, por supuesto.

—Esto va a ser encantador… —dijo Mar, chasqueando la lengua.

—Alastor, nosotros…

—Cierra la boca, Lupin —le espetó el aludido con violencia—. No quiero escuchar ni una maldita palabra de ninguno de ustedes.

—¿Viniste a monologar? Pues qué suerte la nuestra.

—Sirius...

—Black, te juro por el único ojo sano que me queda. —Moody le lanzó una mirada asesina a la vez que apuntaba su varita contra él—. Si no mantienes la boca cerrada, voy a estrangularte y nos haré a todos un favor.

—A ver, no…

—¡PERDIERON LA MALDITA CABEZA! —estalló el hombre, haciendo que la cabeza de James retumbara—. En todos mis años de vida… Nunca… Toparme con un grupo de idiotas… ¡Ni saliendo del colegio se atrevieron a semejante estupidez!

—Nosotros…

—¿No se les ocurrió una forma más estúpida de ponernos a todos en peligro? ¿Es este el mayor nivel de su incompetencia? —les espetó Moody, furioso. El ojo mágico dando vueltas de un lado a otro—. ¡La mansión Malfoy! ¡En qué demonios…!

—Alastor, por favor —lo interrumpió Lily, que fue la única que se atrevió a hablar casi tan alto como él—. Sé que estás enfadado, pero James está...

—Recibió justo lo que merecía. ¡Los tres deberían estar ahí tirados como nenitas!

—Y yo estoy bastante de acuerdo con eso —le cortó ella, ganándose miradas tan sorprendidas como indignadas—. Pero no es lo más importante en este momento. Te llamamos porque…

—Porque un grupo de maníacos y asesinos se fugaron de Azkaban esta misma noche —completó Sirius, quien lo veía enfadado a pesar de mantener su distancia—. Entiendo que decapitarnos te parezca más urgente, pero dudo que realmente lo sea.

La mirada que Ojoloco le devolvió fue tan escalofriante que James llegó a pensar que iba a cumplir todas sus mortíferas promesas. Por suerte para Sirius, se limitó a soltar un gruñido malhumorado.

—Vas a hacer tantas guardias nocturnas que no volverás a ver la luz del día, Black —lo amenazó, golpeando el piso con el bastón—. Tenemos que alertar al resto. Un grupo hará guardias y el otro me acompañará al Ministerio.

—Creo que alguno de nosotros debería quedarse aquí —señaló Mar, girándose hacia su amiga—. Solo por seguridad. No sería bueno que estuvieras sola en caso de que algo pase.

—Mar, eso no…

—Claro que es necesario. Yo puedo…

—Tú vete con ellos —dijo Sirius, de repente—. Yo me quedo aquí.

—¿Ah? —soltó Mar, sorprendida. La había tomado claramente desprevenida—. Pero…

—Andando, Mckinnon —le ordenó Ojoloco marchando hacia la chimenea—. Que se mantenga alejado de mí por su propia seguridad.

—Pero… Bueno… Ya, está bien —aceptó ella, aun sin salir de sus sorpresa—. Eh, Ophi…

—Yo me encargo de ella —le aseguró Sirius, indicándole con la cabeza que se fuera—. Anda. Todo irá bien.

Mar asintió varias veces antes de salir de su desconcierto y aceptar el abrigo que Remus le tendía. Uno por uno se metieron a la chimenea, desapareciendo entre las llamas verdes hasta que solo quedaron ellos tres.

—Bueno, ¿quién quiere un trago? —preguntó Sirius, apuntando a James con dos dedos—. ¿Doble?

—Idiota —murmuró Lily, sonriendo apenas mientras acariciaba el cabello de su marido—. Gracias por quedarte.

—Bah, no engañas a nadie, pelirroja —desestimó él, dirigiéndose a la cocina—. Esa fachada de esposa abnegada es muy barata. Apenas se recupere lo asesinarás por no haberte hecho caso.

—¿Por qué tengo la impresión de que no miente? —le preguntó James a Lily, una vez estuvieron solos.

—Cállate —le ordenó ella, hundiendo la nariz en el hueco de su cuello. Respiró profundo y apretó los brazos a su alrededorl—. Si te duele algo, avísame, ¿sí?

James asintió, acomodándose más en su abrazo.

Todavía sentía la maldición haciendo estragos en su cuerpo, pero, a pesar de todo, no podía desear que aquella fallida misión terminara de mejor forma.

.


.

Ophelia se despertó poco después de que saliera el sol, siguiendo su rutina diaria sin enterarse de la turbulenta madrugada que los adultos en su vida habían tenido. Esa mañana, para variar, fue su padre quien estuvo allí para darle los buenos días, un cambio que la niña sintió y con el que no pareció contenta.

Al principio, Sirius se inventó diferentes excusas que explicaran el malhumor de su hija, que no dejaba de quejarse y lloriquear.

Fue hasta que se dio cuenta de que hacía semanas que Ophelia no lo veía al despertar que terminó por resignarse. Aun con el esfuerzo que había hecho por pasar más tiempo con ella, era obvio que la niña se había acostumbrado a su ausencia. No era de extrañar que la inquietara el abrir los ojos y no ver a su madre.

Aceptar eso, desde luego, no ayudó a Sirius con su propio malhumor.

Incluso cuando la pequeña se calmó y regresó a su actitud dulce y divertida, esa que terminaba encantada por todas las tonterías que le decía, no logró desprenderse de la sensación de amargura. Las risitas melódicas de Ophelia no eran lo suficiente altas para callar las palabras de Bellatrix, que se repetían sin cesar en su cabeza.

Ni siquiera el saber que estaba a salvo con él lo hacía sentirse mejor. No cuando James estaba arriba con un vendaje ensangrentado en el costado.

Todavía era temprano cuando, al intentar darle desayuno, descubrió algo nuevo sobre Ophelia. Aparentemente, ya no bastaba con darle el biberón y esperar a que se lo acabara.

—A ver, la última vez que hicimos esto no hubo problema alguno —resopló, moviendo la diminuta cuchara frente al rostro de la niña—. ¿Dejaron de gustarte las calabazas y no me avisaste o…?

Sentada en su silla, Ophelia se echó a reír, ignorando por completo su frustración y negándose a aceptar la comida que le ofrecía. Sirius respiró hondo, tratando de mantener la paciencia.

—Peque, si tu madre regresa y no has comido, lo más seguro es que me culpe a mí —le dijo, tratando de ser persuasivo—. ¿Quieres que eso pase?

Estaba a punto de ser rechazado, nuevamente, cuando escucharon la puerta de la entrada abrirse. Ambos se giraron al mismo tiempo para ver el momento exacto en que Mar aparecía en la cocina.

—Bueno, te dejo a ti las explicaciones —le dijo Sirius a la niña, echándose hacia atrás en la silla.

—¿A por qué luce como si se hubiera bañado en puré de calabazas? Creo que prefiero no enterarme —respondió Mar, entornando los ojos. Sonrió cuando miró a su hija, que estiraba los brazos hacia ella, llamando su atención—. Buenos días, ¿la incompetencia de tu padre te hizo extrañarme?

Sirius enarcó las cejas con ironía. Sabía que lo había dicho como una broma —o que por lo menos eso había aparentado—, sin embargo, ese día le parecía ser bastante cierto.

Se quedó viendo fijamente el intercambio entre madre e hija, que parecían encantadas de haberse reencontrado. Sin darse cuenta, se encontró sonriéndoles.

—Pues aparentemente, ya no soy su persona favorita —dijo, sin disimular del todo la amargura en su voz—. ¿Puedes creerlo?

—Difícil no se me hace —admitió Mar, sentándose en la silla frente a él. Miró el plato de Ophelia y frunció el ceño—. ¿Por qué le das el desayuno tan temprano?

—¿Es temprano? —preguntó Sirius, honestamente confundido.

—Sí, a esta hora todavía no le da hambre —le explicó Mar, limpiando los rastros de puré del rostro de la niña—. Tienes que esperar a un rato después de que se despierte.

—No lo sabía —masculló él, cruzándose de brazos.

—Está bien. Ya vengo de arreglar uno de tus desastres, ¿qué diferencia hace otro? —bromeó Mar, sonriendo cuando él resopló—. ¿Y James?

—Arriba. Lo ayudé a subir poco después de que se marcharan. Supongo que todo debe seguir bajo control. No he escuchado gritos. —Desvió la mirada hacia la puerta con un encogimiento de hombros—. ¿Cómo les fue a ustedes?

—Pues no hay mucho que reportar —suspiró Mar, exasperada—. No te sorprenderá saber que nadie se había dado cuenta de la fuga hasta que Kingsley lo notificó.

—Qué puta novedad —gruñó Sirius, apretando los puños—. No puede ser que hayamos estado allí cuando los malditos aparecieron y no podamos hacer nada.

—Sh, no hables así —le ordenó Mar, con severidad, acercando a la niña hacia ella—. ¿Y qué opción tienen? Tendrían que empezar explicando qué hacían en esa casa sin ningún tipo de autorización.

—¡Eso a quién le importa cuando el... ! ¡Es un mortífago! —exclamó, furioso, como si Mar necesitara saberlo—. Los ayudó a escapar y nosotros lo vimos, cómo…

—Sirius, esta no es nuestra primera vez en esto —le recordó Mar, suspirando y peinando distraída a Ophelia—. Sabes cómo está funcionando el Ministerio en este momento. Lo que digamos no valdrá nada en contra de la palabra de Lucius Malfoy.

Sirius volvió a gruñir, esta vez más alto y con más frustración. No había tenido tiempo de drenar la rabia que había sentido al ver aparecer a ese hijo de puta, al ver el descaro con el que hablaba con esos asesinos y la facilidad cómo los había dejado irse.

Sabía por qué lo había hecho. No podían arriesgarse a llamar la atención haciéndoles ningún daño. Seguían dispuestos a seguir bajo perfil. Y lo peor, lo que hacía que la sangre de Sirius hirviera, era que no le importaba que ellos lo supieran.

Como había dicho Mar: no había nada que pudieran hacer.

—Esto es una mierda —soltó, ignorando la mirada de Mar—. ¿Y qué se supone que haremos? ¿Quedarnos sentados mientras el Ministerio vuelve a convertirse en un nido de corruptos y mortífagos?

—No, los que están adentro seguirán haciendo presión; nosotros vamos a duplicar las guardias y esperar que… —Respiró hondo, cansada, antes de culminar la frase—. Que sea suficiente para proteger a la gente.

—Sí, porque eso nos salió excelente la primera vez.

Se arrepintió en el acto de haber hecho el comentario. Le bastó ver la forma en que el rostro de Mar se arrugaba y como su agarre en Ophelia se volvía más fuerte.

Maldijo para sus adentros y abrió la boca para tratar de arreglarlo, pero ella sacudió la cabeza, deteniéndolo. Aceptó a regañadientes, pero sin dejar de torturarse por hablar de más.

—¿Qué te dijo esta vez? —preguntó Mar, de la nada.

—¿Qué ¿Quién?

Ella —respondió Mar, cuidadosa—. Bellatrix. ¿Qué te dijo?

Sirius apretó los dientes con fuerza, tratando de no perder los papeles.

No le preguntó cómo sabía que le había dicho algo, ni mucho menos cómo había adivinado que era eso lo que le estaba comiendo la cabeza.

Sabía que no hacía falta.

—No pienso repetirlo —masculló, poniendo todos sus esfuerzos en no explotar—. Estoy seguro de que puedes imaginarlo.

Mar asintió, sin mudar la expresión grave de su rostro.

Entonces, en un acto que lo tomó completamente desprevenido, estiró la mano por encima de la mesa para tomar una de las suyas. Solo entonces, Sirius se dio cuenta de lo fuerte que había estado apretando los nudillos. Los relajó cuando ella le regaló una rápida caricia en el dorso de la mano.

—Me preguntó… Cómo una persona a la que no le importa la opinión de nadie se deja alterar tanto por lo que una demente le diga.

—¿Acaso tú no lo haces? —replicó él, esbozando una sonrisa burlona y amarga—. Me vas a decir que haces oídos sordos cuando…

—Sabes que siempre lo he intentado.

—Sí, ¿cuántas veces la has visto desde que Ophelia nació?

La niña levantó la cabeza al escuchar su nombre, y él tuvo que relajar la expresión para no asustarla. Al no notar nada extraño, la pequeña se echó a reír, aligerando el ambiente tenso que había ocasionado el comentario.

El silencio de Mar sirvió para responder su pregunta.

—No va a hacernos nada, Sirius —le aseguró, mirándolo a los ojos—. Nosotras estamos bien.

—James estaba bien —señaló, soltando lo que llevaba horas atragantado en su garganta—. Me distraje dos segundos y lo próximo que supe era que se las había arreglado para que lo torturaran en medio de un charco de sangre.

—Vamos, James está encantado de que Lily vaya a tratarlo con guante de seda por lo que queda de semana —señaló ella, tratando de bajar la tensión con humor—. Sirius, tienes que educar a tu ego para que entienda que no estás en capacidad de salvarnos a todos.

—Espero que estés bromeando y que tu impresión de mí no sea tan mala que creas que esto se trata de mi ego.

—Un poco solamente —bromeó ella.

Él resopló, soltando una risa que no fue lo suficiente creíble. Se pasó la mano libre por el rostro. No parecía encontrar la forma de quitarse de encima la impotencia que sentía.

—Esta mierda no debería estar pasando, Mar —murmuró, como disculpándose—. No de nuevo.

—Lo sé —respondió ella, afianzando su agarre—. Pero también sé que vamos a estar bien.

Sirius sabía que no tenía ninguna garantía de eso, pero, solo para no seguir hundiéndose en un pozo de pesimismo sin fondo, decidió aferrarse a su promesa.

Por un segundo, con la mano de Mar afinando la suya, le pareció que las cosas no habían cambiado. Que no había cometido la peor cagada de su vida.

Quiso creer que todo seguía igual, que podía disminuir la distancia que los separaba y besarla con furia; perderse en ella y así sentir que las cosas no estaban tan mal como parecían.

Deseó poder hacerlo, porque no creía poder soportar todo aquello por segunda vez.

No si no la tenía a su lado.

Pero no era así de sencillo. No después de todo lo que había pasado.

Mar se lo recordó en el momento que soltó su mano y se echó para atrás, rompiendo la burbuja en la que le había permitido refugiarse.

—En fin, deberías subir a descansar —le dijo ella—. Supongo que no pegaste un ojo desde que me fui.

—No, no lo hice —admitió Sirius, entrecerrando los ojos para verla mejor—, pero si alguien se va a dormir aquí, eres tú.

—¿Disculpa? —saltó Mar, sorprendida—. Yo acabo de llegar.

—Y estoy seguro de que tampoco pegaste un ojo en toda la noche —apuntó, enarcando una ceja. Desde luego, ella no lo desmintió—. Lo supuse. —Se levantó de la silla para quitarle a Ophelia y tomarla en sus brazos—. Anda, nosotros estaremos bien.

—Pero…

—Por favor, solo retírate, Marlene —le ordenó, sin dejarla intervenir—. Te aseguro que no hay forma de que sea yo quien se quede dormido.

—Eres imposible —resopló ella, enfurruñada—. Estoy bien, y todos tienen que dejar de tratarme como si de repente fuera a desplomarme del cansancio. No va a pasar.

—Por desgracia, ya no te creo. Así que lárgate.

Mar le dedicó una mirada que no congeniaba con lo dulce y comprensiva que había sido un minuto atrás. Y eso le arrancó una sonrisa de oreja a oreja; la primera en lo que parecía una eternidad.

Se salió con la suya y consiguió que ella subiera, de mala gana, dejándolo solo con Ophelia.

—Ahora escúchame: no voy a irme de aquí hasta que recuerdes quién es tu persona favorita —le dijo a la niña, mirándola con una solemnidad impostada—. Así que más te vale que pongas de tu parte.

Ophelia lo ignoró por completo, haciéndose con un mechón de su cabello y llevándoselo a la boca. Sirius la dejó, volviendo a sentarse y encontrando alivio en que, mientras estuviera con ella, por lo menos podría obligarse a estar de buen humor.

Y, a decir verdad, no era una tarea tan difícil.

.


.

El viaje terminó siendo más rápido de lo que Harry había anticipado. Había trazado varios planes en caso de que regresaran cuando los pasillos ya estuvieran repletos de estudiantes, pero no fueron necesarios.

Encontraron más gente que al partir, pero no lo suficiente para que se les dificultara escabullirse. Aun así, tuvieron que volver a usar la capa para llegar hasta la sala común para cambiarse al uniforme, lo que los obligó a estar imposiblemente cerca. Era el espacio más reducido que habían compartido en semanas, y aunque Harry le hubiera gustado disfrutarlo, no era una opción en ese momento.

No cuando su única preocupación era Hannah.

Se había mantenido callada desde que habían salido de Londres, dejándole saber con su lenguaje corporal que no deseaba responder a ninguna de las preguntas que debía tener. Él la obedeció, sin dejar de comerse la cabeza ni un segundo del trayecto de regreso. Por lo general, se le hacía sencillo adivinar lo que Hannah estaba sintiendo, pero, en esa ocasión, sus habilidades no fueron necesarias.

Hubiera sido obvio para cualquiera lo mucho que estaba sufriendo.

Harry tenía una muy buena idea de lo que esa mujer podía haberle dicho para ponerla así. Quedaba claro hasta para él, que no era el mejor observador.

También quedaba claro que ella no planeaba decirle nada, ni siquiera cuando estuvieran solos. Sin embargo, había un límite para las cosas que Harry estaba dispuesto a concederle.

Esa no era una.

—Creo que ya estamos seguro —comentó, escondidos tras una columna afuera de la sala común—. Ya están bajando a desayunar. ¿Quieres…?

—No tengo hambre —masculló ella, espiando por un lado de la columna, buscando el momento perfecto para salir—. Me quedaré en el cuarto.

—Pero, Hannah…

—Harry, no voy a discutir —le cortó la chica, tajante—. Déjalo así, por favor. Bajaré cuando me sienta… mejor.

Dijo aquella palabra con un tono particular, uno que dejaba entrever que no confiaba en sentirse efectivamente mejor en ningún momento cercano.

Y eso le dió pie a Harry para insistir.

—Oye, sé que no quieres hablar conmigo…

—Me alegra que lo notaras…

—Pero esta vez no puedo dejarlo estar tan fácil —continuó Harry—. No voy a hacerlo, Hannah. Sé que necesitas…

—Necesito que dejes de insistir cuando te digo que no quiero hablar —replicó ella, mirándolo con exasperación—. Porque no puedes.

—Lo que necesitas es hablar. Contar lo que te está pasando —insistió el muchacho, mirándola con seriedad. Esa vez no pensaba ceder—. Te conozco. Sé que no decir lo que sientes te esta consumiendo…

—Quizás porque no tengo a quien decírselo —señaló Hannah con intención—. Dado que la persona con quien contaba para eso rompió toda mi confianza.

—Lo sé, no estoy tratando de que me perdones, solo que entiendas que estoy aquí y que estoy dispuesto a escuchar —dijo Harry, suplicante—. Cuéntame. Por favor.

Por un largo segundo, Hannah mantuvo la mirada fría y rencorosa que había reservado para él durante semanas. Esa que Harry no soportaba y que le revolvía el estómago, en especial al saber lo mucho que la merecía.

Fue un alivio cuando, poco a poco, la expresión de la chica se fue suavizando, pasando del hastío a la más profunda tristeza.

Parecía casi desolada, y Harry sintió que de le escapaba el aire.

—Hannah… ¿Qué te dijo?

—¿Tú qué crees? Nada que no me haya dicho antes, o al menos que no me haya dejado saber. —Hannah se mordió el labio con aflicción antes de continuar—. No quiere tener nada que ver conmigo. Al parecer, le recuerdo mucho al pasado, y eso no lo soporta.

—Pero… por supuesto que le vas a recordar al pasado. Eres su hija.

—Ella desearía que no lo fuera. Ese es el punto —señaló Hannah, atragantada—. Quisiera borrarme de sus recuerdos, hacer como si nunca hubiera existido. ¡Y no es que yo quiera otra cosa, pero esto no se trata de nosotras! Es por Hailey. Es lo único que quiero de ella y no está dispuesta a permitirme… ¡Harry, yo nunca le he pedido nada! Jamás…

Se detuvo a la mitad de la oración, cuando su voz estuvo por quebrarse. Apretó las mandíbulas con fuerza, tratando de mantener las lágrimas a raya.

Al final, sus intentos fueron infructuosos.

—Lo único que le pedí fue que me cuidara. Yo solo quería... —Soltó un sollozo, incapaz de controlarse—. ¿Cómo puede sentir tanto rechazo por mí? No le hice nada, no…

—Hannah, no es por ti. No tiene nada que ver contigo —se apresuró a aclararle Harry, mortificado—. Es ella quien tiene un problema. Tú no…

—Pues si hay algo mal con ella, también lo hay conmigo, ¿No? —Subió las comisuras, temblorosas, en una sonrisa que no fue—. E insisto en que no me importa. No me interesa si no… Si me odia o si desearía que no… que no…

No terminó la oración. Cerró la boca de golpe y tragó saliva con una expresión adolorida.

Harry suspiró y dió un paso hacia ella con precaución. No quería arruinar el momento de intimidad.

—Hannah, está bien que te importe. Es tu madre —apuntó él, haciendo énfasis en esa palabra—. Recuerdas cuando me dijiste…

—¡Sí, Harry, recuerdo todo lo que te dije! Pero es que no es lo mismo —lo interrumpió ella, frustrada y sin dejar de llorar—. No puedes compararlo porque Lily te ama con cada fibra de su ser. Siempre te amó, incluso cuando… incluso entonces, todo lo hizo porque te amaba.

Se arrepintió en el acto de haber sacado el tema a colación. No quería hacerla sentir peor con su propia historia, no era eso lo que había pretendido.

De pronto, la situación se le hizo muy irónica. Recordaba que, por años, Hannah había procurado que no le afectara el que su vida familiar se hubiera vuelto más dichosa que la de él.

Harry siempre se había sentido feliz por ella… por eso no le gustaba para nada aquel cambio.

—Helen no es así. Ella me dejó porque quería deshacerse de mí, porque no le importaba… porque nunca me quiso —volvió a sollozar Hannah, quebrada—. Si ella no pudo quererme, ¿Cómo va a quererme alguien más?

—¿Cómo preguntas eso? —saltó Harry, abriendo los ojos, espantado—. Hannah, yo te quiero. Yo...

—Sí, tienes una forma muy particular de demostrarlo.

Harry sintió aquello como una patada en el estómago.

Se arrepintió por enésima vez de todo lo que había hecho, y sufrió preguntándose si algún día iba a perdonárselo

Se odió por haber hecho que Hannah se cuestionara su cariño por ella. Quiso insistirle, quiero decir algo, cualquier cosa que le dejara saber lo mucho que la quería. Lo importante y esencial que era en su vida.

Sin embargo, entendió que, en ese momento, no se trataba de eso.

Tendría otra oportunidad.

—Bueno, no me cuentes a mí si no quieres. Pero piensa en tus padres. Hannah, eres todo en el mundo para ellos. —Ella bajó la mirada y dejó que más lágrimas cayeran de sus ojos. Él continúo—. Piensa en todos los amigos que has hecho aquí, en todas las personas que te conocen y enseguida…

—Pero ella es mi madre —murmuró Hannah con un hilito de voz—. Se supone que… que debería quererme más que nadie.

Harry se quedó callado, sintiéndose impotente. No tenía idea de qué podía decir o hacer para ayudarla a sentirse mejor. ¿Acaso existía una forma de hacerlo?

En ese instante, le parecía que no.

—Hannah, yo...

Entonces, ella respondió a su pregunta anterior cuando, sin previo aviso, se arrojó sobre él. Abrazándolo con fuerza.

Al principio, el chico se quedó paralizado, tratando de descifrar si aquello era real. Se tuvo que obligar a sí mismo a reaccionar para no arruinar el momento.

La estrechó contra su cuerpo con firmeza, encontrando alivio en el abrazo que había extrañado durante todo ese tiempo.

—Ya… tranquila —le susurró a la chica que lloraba abiertamente sobre su hombro—. Estoy aquí…

—Me… me lastimaste. Me lastimaste muchísimo —sollozó Hannah—. No tienes idea… de cuánto me dolió…

—Lo sé, lo sé —se apresuró a asegurar, atragantado—. Te juro que lo sé. Y lo siento muchísimo, Hannah. Yo nunca… sabes lo que significas para mí. Eres…

—Ya, por favor. Basta —le suplicó ella—. No quiero escuchar eso. No ahora.

Él se mantuvo callado, dejándola ser quien hablara.

—No… no puedo perdonarte, Harry. Lo que hiciste… no puedo.

El corazón del chico se suicidó a su estómago.

La apretó más, como si temiera que se alejara de repente.

—Pero no… tampoco puedo hacer esto. No soporto estar alejada de ti —confesó con un suspiro, abrazándolo con más fuerza—. Te necesito. Ahora más que nunca.

Harry asintió, dejándole saber que entendía y lo aceptaba.

No iban a volver a ser como antes. Ni a lo que habían tenido antes de lo de Cho, pero tampoco a lo que habían sido un año atrás.

No tenía idea de qué iban a ser a partir de ese momento. Pero no le importaba. Le bastaba con no tener que soportar más su indiferencia.

Él también la necesitaba.

.


.

A pesar del humor de perros que Ojoloco cargaba —por razones obvias— no los arrastró por el Ministerio más tiempo del necesario. Mar y Remus tuvieron que acompañarlo mientras le gritaba a cuanto funcionario inepto se encontraba, pero, por suerte para ellos, Kingsley se encargó de que no empeorara la situación.

No los entretuvo mucho más tiempo después que eso, mascullando improperios sobre resolver el desastre que habían hecho. A Remus le parecía injusto que no reconociera que, a pesar de todo, su imprudencia les había dado cierta ventaja frente a los mortífagos, pero habría sido estúpido pensar que Alastor iba a darles una palmadita en la espalda por su buen trabajo.

En especial cuando, al final de cuentas, no había servido para nada.

Salieron del Ministerio más frustrados de lo que habían entrado, y con más golpes morales para agregar a la lista. Más allá de hacer un show mediático, no parecían interesados por resolver la crisis que suponía una fuga de Azkaban de esa magnitud.

De nuevo, quedaría en sus manos sostener el desastre cuando la burbuja explotara.

No era extraño que Remus estuviera exhausto. Necesitaba dormir y no pensar en aquel desastre, por lo menos durante unas horas. Sin embargo, no se marchó con Mar cuando Ojoloco los dejó ir.

Se quedó parado en la puerta del Ministerio, a pesar de no saber cuánto tiempo pasaría antes de que ella saliera. Esperarla era mucho mejor idea que volver solo a casa.

O eso le había parecido.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó Tonks apenas llegó a su lado.

—Yo… te estaba esperando —respondió él, sorprendido por la brusquedad de su pregunta. La sonrisa con que la había recibido empezó a quebrarse—. Eh, pensé que tenías el día libre…

—Así es. Solo vine a ayudar con esto —dijo ella, cruzándose de brazos—. Tú deberías ir a dormir. Tuviste una noche movida.

A Remus no le pasó por alto el tono con el que dijo aquello último. La miró extrañado, tratando de descifrar qué era lo que no estaba entendiendo, y fallando estrepitosamente.

—Eso iba a hacer, pero… —No supo cómo terminar la oración, así que dijo lo primero que se le ocurrió—. ¿Quieres ir a desayunar? Hay buenos lugares abiertos.

Tonks lo miró con los ojos entrecerrados, tomándose su tiempo para responder. Y durante un momento, Remus estuvo seguro de que iba a negarse

—Bueno —terminó aceptando, aunque la idea no parecía encantarle.

Empezó a caminar sin más, apenas dándole tiempo de seguirla.

De inmediato, Remus se dio cuenta de que aquello no estaba yendo para nada como lo había planeado. Era obvio que Tonks no estaba siendo ella misma. Estaba enfadada, lo cual no recordaba haber visto antes. Llo normal hubiera sido que se alegrara de verlo ahí y de que caminara a su lado, hablándole de cualquier cosa, no frente a él, casi ignorándolo,

El cambio no le gustaba para nada.

—Oye… —la llamó, sin tener muy claro cómo continuar—. ¿Está todo bien?

De inmediato, supo que lo había hecho de la peor manera.

Tonks se detuvo en seco y se giró hacia él con una expresión que lo hizo desear poder volver a tragarse sus palabras.

—¿Por qué preguntas? —dijo ella, cortante—. ¿Algo te indica lo contrario?

Remus tragó saliva, tratando de descifrar cuál era la respuesta correcta a esa pregunta.

No la encontró, y su peor decisión fue hablar a pesar de eso.

—No, para nada.

—Tú… ¡Lo estás diciendo en serio! —exclamó Tonks, girándose por completo. Lo miró con una mezcla de incredulidad e indignación—. ¡De verdad no tienes idea de lo que me pasa!

—Yo… —Remus abrió y cerró la boca, desconcertado—. No… Bueno, estás enfadada, claramente…

—¿Cuál fue tu primera pista? —preguntó ella, entre dientes. El color de su cabello fue oscureciéndose hasta volverse rojo fuego—. ¡Que apenas quiero hablarte o que haya empezado a gritar!

—Eh, Tonks, creo que podemos… Podemos hacer esto en otra parte —dijo él, mirando de un lado a otro cómo la gente los observaba—. Si nos vamos, quizás…

—No voy a ningún lado contigo. No hasta que te des cuenta de lo que hiciste.

—No te imaginas cómo agradecería una pista —murmuró él, casi suplicante—. Ayúdame a comprender. Hice o dije algo que…

—Fue justo que no hiciste ni dijiste —respondió ella, sin reducir su enfado—. Dime, Remus, ¿cómo crees que me sentí cuando me desperté para enterarme de que te habías medido a la Mansión Malfoy? ¡Y que yo no tenía ni la menor idea!

Luego de escuchar eso, Remus se quedó prácticamente mudo. De todas las cosas que podía haber hecho mal, esa no había sido ni siquiera una posibilidad en su cabeza.

—No… no comprendo.

—Claro que no —resopló Tonks, exasperada—. ¿Quién más sabía de esto aparte de ustedes? Supongo que Mar lo sabía. No parecía muy apurada por volver a ahorcar a Sirius.

—Sí, ella sabía, pero…

—¿Y Lily?

—Por supuesto que Lily también, ¿crees que James…?

—¿Que si creo que James y Sirius tuvieron la decencia de decirles lo que pensaba hacer? Desde luego. —Apretó las mandíbulas con fuerza, tratando de no desbordar más sus sentimientos—. Al único que no se le pasó por la cabeza hacer lo mismo fue a ti.

Entonces, una luz de entendimiento se encendió en la cabeza de Remus.

—Oh —dijo, comprendiendo todo de repente—. ¿Estás enfadada porque no te lo dije?

—¡Por supuesto que estoy enfadada por eso! —le gritó ella, sobresaltándolo—. ¿Qué demonios…?

—Tonks… Lo siento. No sé… La verdad es que no se me ocurrió. Se suponía que lo mantendríamos en secreto para evitar que…

—James y Sirius no lo mantuvieron en secreto. Le contaron a las chicas.

—Eso es diferente…

—¿Por qué? —demandó ella—. ¿Por qué tú fuiste diferente y no me lo contaste a mí?

Remus volvió a quedarse callado, estudiándola en silencio. El rumbo que estaba tomando la conversación había dejado de hacerlo sentir cómodo.

No era algo que quisiera discutir en ese momento.

—Es diferente —se limitó a decir—. Lo sabes.

—No, no lo sé, Remus —insistió ella, apretando los labios—. Por favor, explícamelo.

—Solo… ¡Lo es! —dijo con exasperación—. Vamos, James y Lily están casados. Y Sirius es un imbécil, pero no haría algo así sin decirle a Mar.

—Quizás porque, a pesar de ser un imbécil, sabe que Mar merecía saber dónde estaba si llegaba a pasarle algo —supuso la muchacha, dolida—. ¿No se te ocurrió que yo tenía el mismo derecho?

—Es diferente, Tonks —volvió a decir, sin saber qué más podía usar a su favor—. Ellos… y nosotros… No es lo mismo.

—Eso no es una respuesta. Solo sigues diciendo lo mismo una y otra vez —señaló Tonks, soltando una risita amarga—. Por lo que entiendo, James y Lily son esposos. Sirius y Mar son ellos. Y tú y yo..., ¿qué somos, Remus? ¿Qué soy para ti?

Un billón de palabras acudieron a su mente, a la vez que una cantidad idéntica de sentimientos le bañaban el pecho. Podría haber seleccionado cualquiera, y seguro habría sido una mejor respuesta de que terminó dando.

—No lo sé.

Tonks respiró hondo y desvió la mirada para que él no viera como se le humedecían los ojos. El corazón de Remus se saltó un latido.

Lo que había tratado de evitar desde el principio, estaba pasando en ese momento.

La estaba lastimando.

—Ya —dijo ella con la voz quebrada—. Supongo que no alguien tan importante como para contarme tus planes.

—No lo digas así —le pidió Remus automáticamente—. Claro que eres importante, pero… ¡Pero es complicado! ¿De acuerdo? No puedo responder en este momento, no sé…

—Bueno, cuando puedas y sepas qué decir, me encantará escucharlo.

—Tonks…

Ella no lo dejó decir nada más. Se dio media vuelta y empezó a caminar más deprisa, dejándole saber que no quería que la siguiera.

Remus se quedó allí parado, mirando como se alejaba mientras se sentía el más idiota de todo el mundo.

Y, en ese instante, sabía que lo era.

.


.

—Bueno, quédate quieto mientras reviso, ¿De acuerdo? Y avísame si te lastimo.

—Vamos, Lily, no vas a… ¡Ah! —James jadeó, esbozando una mueca adolorida.

—¡¿Qué?! ¿Qué hice, te…? —Lily detuvo su mortificada pregunta cuando él, descaradamente, se echó a reír—. ¡Eres un imbécil! ¡Te estoy hablando en serio!

—Ya, no te pongas así —le pidió él, entre risas—. Era un chiste.

—¡No hay nada de gracioso en esto!

—Claro que sí. Te digo que no es para… —Volvió a jadear, pero esta vez de verdad, cuando Lily presionó un dedo contra las vendas en su costado—. ¡Eso sí dolió!

—Pues me alegro. Ahora quédate quieto.

James asintió y obedeció, luciendo como un niño reprendido. Contando con su colaboración, Lily pudo retirarle los vendajes que le había puesto en la madrugad. Los dejó sobre la mesa de té y empezó a revisar la herida.

Los cortes habían sido bastante profundos, por lo que Sirius no había podido desvanecerlos del todo. Aun así, había hecho un buen trabajo y, por lo que Lily veía, estaba cicatrizando perfectamente.

Suspiró aliviada. Al menos, era algo menos de que preocuparse.

Tuvo que apartar la mirada cuando las imágenes de la herida abierta llegaron a su mente. Volvió a estremecerse como lo había hecho cuando lo vio llegar lleno de sangre y con pedazos de vidrio incrustados en la carne.

—¿Tan mal está? —le preguntó él, esbozando una pequeña sonrisa.

—No, parece que va bien —respondió Lily con un hilo de voz. Se aclaró la garganta para continuar—. Voy a ponerle crema para la cicatrización y vendas nuevas.

Él la dejó hacer, esa vez sin chiste alguno. Le había quedado claro que el momento de las bromas había pasado.

Lily no quería que lo hiciera. No deseaba volver al ambiente tenso y lleno de miedo que los había rodeado más temprano, pero evitarlo no parecía una opción.

Luego de que Mar y Remus se marcharan con Ojoloco y Sirius los ayudara a subir, Lily le dio a James una opción para que durmiera y pudiera separar su mente del dolor por unas horas. Para ella fue imposible hacerlo. La idea de cerrar los ojos le resultaba escalofriante en ese momento: después del susto que se había llevado al verlo llegar inconsciente, se negaba a quitarle la mirada de encima.

Se le hizo un nudo en la garganta y tuvo que concentrarse en su tarea para no ponerle mal el vendaje. El recuerdo hacía que sus manos se paralizaran. Al igual que su corazón.

No quería volver a quebrarse, pero no le quedaba opción al recordar que, por un segundo, el peor pensamiento posible había cruzado su mente.

Ese que albergaba su miedo más real.

—Lily… —la llamó James al ver que volvía a llorar—. No…

—Ya está —le cortó ella, poniendo la última venda. Sorbió por la nariz y apartó la mirada, como si pudiera ocultar sus lágrimas—. ¿Hay algo más que pueda…?

—Sí, puedes mirarme cuando te hablo —le dijo James, tomándola por la barbilla para girar su rostro—. No tienes por qué llorar…

—Ya sé. Estoy bien —mintió Lily, esbozando una terrible sonrisa—. De verdad.

—Yo igual, pero no me crees.

—Fue a ti a quien le arrojaron una maldición imperdonable —señaló Lily, sin ayudarse a sí misma.

—No, fue a mí —señaló James—. ¿Lo ves? Tú no tienes razón para llorar.

Desde luego, eso no sirvió para hacerla sentir mejor, en todo caso, solo la hizo llorar con más fuerza.

James suspiró, resignado, y esa vez no trató de hacerla sentir mejor. Se limitó a abrazarla y dejar que se desahogara contra su pecho.

—Ya, tranquila…

—Lo-lo siento…

—No lo hagas. Tú no tienes la culpa de nada.

—Pero yo… me porté horrible —sollozó contra su pecho—. Fui.

—¿Qué dices? —preguntó James, sorprendido. La alejó un poco para verla mejor—. Lily, eso no es cierto. Si, te molestaste un poco, pero...

—Por favor, James —resopló ella, exasperada—. Fui una necia e hice una pataleta ridícula sin ningún motivo.

—Bueno, sí tenías tus motivos —trató de conciliar él—. Solo querías cuidarnos…

—No tenía hacer un berrinche para eso —apuntó Lily, furiosa consigo misma—. Mucho menos permitir que te fueras estando enfadada contigo… sin hablarte.

James la miró de nuevo con sorpresa. Era obvio que no se esperaba que la conversación tomara ese rumbo.

Lily no lo culpo, en especial porque era algo que ella tampoco había considerado. No lo hizo hasta que las horas sin saber de ellos empezaron a correr y a su mente llegaron ideas escalofriantes sobre todo lo que podía estar ocurriendo.

Y, cuando por fin llegaron, fue como si todas se hicieran realidad.

Aquel susto la había hecho consciente de algo que nunca debió haber pasado por alto.

—Yo… había olvidado cómo era —confesó en un susurro, sin perder la voz llorosa—. Cómo era sentarse a esperar por alguien que quieres… sin saber. Sin tener idea de si…

El resto de la oración quedó en el aire, envolviéndolos de negros augurios.

—Lily, eso no iba a…

—No lo sabemos, James, y justo ese es el punto —lo interrumpió, necesitando que la entendiera—. No tenemos idea de lo que va a pasar cuando vamos a una misión. No tenemos idea de si volveremos heridos o… o si volveremos del todo.

Más lágrimas cayeron por su rostro, pero se apresuró a secarlas. No quería que su llanto lo distraerá de lo que estaba diciendo.

—Sé cómo era esperar por Mar, lo recuerdo claramente —continuó ella, a pesar del mundo en su garganta. Tragó saliva para decir lo siguiente—. No tenía idea de cómo sería esperarte a ti.

La mirada de James se volvió sombría. Comprendía lo que ella estaba diciéndole, aunque era obvio que todavía no lo había vivido.

Imaginarlo era suficiente.

—Lamento haberte hecho pasar por eso…

—Es que vamos a tener que pasar por eso, James. Una y otra vez. Ya es hora de que lo aceptemos —dijo ella con toda la firmeza que pudo reunir—. Antes de que nos demos cuenta…

—No estamos seguros de eso —la interrumpió él, dejándose llevar por su eterno optimismo—. Lily, no sabemos si esto… si será como la última vez. Todavía podemos pararlo antes de que empeore.

Ella suspiró, sin contener una sonrisa triste. Estaba segura, de corazón, que James creía eso. O por lo menos, que quería creerlo.

Lily no podía permitirse lo mismo. No era tan optimista.

Había sufrido mucho para eso.

—Quizás —concedió, sin querer empezar una discusión—. Pero, en caso de que no lo hagamos, quiero hacerte una promesa.

Lo tomó de las manos y las sostuvo contra su mejilla antes de continuar.

—No importa lo que pase. No importa que no esté de acuerdo contigo o que me parezca que estás cometiendo una tontería —empezó Lily, mirándolo a los ojos—. No volveré a dejar que te vayas a una misión estando peleados. Me niego a dejar que eso vuelva a ocurrir.

—Pues no volvemos a pelear nunca y ya está —resolvió James, sonriendo encantado con la idea—. Yo te prometo lo mismo, pero ahora escúchame —le pidió, atrayendo sus manos unidas para besar las de ella—. Aunque lo hagamos, siempre podremos reconciliarnos. Porque siempre vamos a regresar.

Lily le sonrió con todo el amor que sentía en las venas y se permitió soltar otra lágrima.

No era tan optimista como él, pero era una promesa a la que se iba aferrar con todo lo que tenía.

—Más te vale —le dijo, estirándose para robarle un beso. Se limpió las mejillas antes de ponerse de pie—. Voy a llevar esto a la cocina. No te muevas para nada, ¿de acuerdo?

—Bueno, pero apresúrate que sigo adolorido y se me ocurre una cosa o dos que puedes hacer para ayudarme…

—No te aproveches —resopló ella, ignorando sus risas—. Ridículo.

Le pasó una mano por la cabeza, en una especie de caricia y reprimenda, y continuó hasta salir del salón.

Una vez en la cocina, volvió a girar los ojos al encontrarse con el desastre que Sirius había hecho al darle de comer a Ophelia. Era increíble todo lo que podía costarle llevar a cabo una tarea tan sencilla.

Guardó lo que acababa de utilizar y puso a hacer un té. Se disponía a limpiar para que Mar no tuviera que hacerlo al despertar, cuando creyó escuchar a James diciéndole algo.

—James, ¿estás llamándome? —preguntó, agudizando el oído. Se giró hacia la puerta cuando creyó escuchar pasos—. Pero… ¡Si te levantaste, te juro por Merlín…!

Dejó todo a la mitad para volver a salir, dándose cuenta, a medida que iba a acercándose, de que James seguía hablando. Pero definitivamente no con ella.

—Mira, tienes que irte ahora. No…

—James, escúchame por un momento. Esto es importante, yo…

—Sí, sí, entiendo, pero Lily va a venir y no…

—Ya estoy aquí.

Ambos se callaron al escucharla llegar, y se giraron hacia ella con diferentes grados de ansiedad en el rostro. En otro momento, quizás se hubiera ofendido, pero estaba muy ocupada respirando profundo para no dejar que sus sentimientos se desbordaran ante la presencia del recién llegado.

Lo último que necesitaba era perder los nervios. De nuevo.

—¡Lily! —exclamó James, mirando entre ambos con preocupación—. Eh, esto… Peter ya se iba, solo…

—Tú siéntate. No debiste ni haberte levantado —le ordenó ella, dedicándole una mirada severa. Un segundo después, se giró hacia Peter—. ¿Cómo entraste? No escuché la chimenea ni la puerta.

—Yo… —El aludido boqueó, mirándola con los ojos muy abiertos—. Pues… se me hace fácil… escabullirme.

Lily asintió, entendiendo a lo que se refería.

En otro momento, sin ir muy lejos, veinticuatro horas atrás, no hubiera contenido el impulso de gritarle que se largara de su casa. Casi podía escucharse diciéndolo en ese instante. Sin embargo, todavía no se había desechó del miedo que había terminado ocasionando su discusión con James, mucho menos de la culpa.

Además, Peter se veía… mal. Peor de lo que podía haberse imaginado. Y a pesar de que el resentimiento seguía vivo dentro de ella, no tenía la capacidad de pasar eso por alto así como así.

Por desgracia, no podía darse el gusto de ser tan radical.

—Ni se te ocurra contarle a Sirius —le dijo a James, sentándose en el brazo del sofá—. Nos obligará a poner trampas por toda la casa.

—Entendido —respondió el aludido, mirándola sorprendido. Tuvo que parpadear varias veces para salir del desconcierto y girarse hacia Peter—. Eh… Bueno, ¿Qué… qué haces aquí?

—Quería… quería ver como estabas —murmuró Peter, mirando sus zapatos con vergüenza—. Escuché que te habían herido.

—Estoy bien —le aseguró James, llevándose la mano al costado—. Bellatrix no es tan creativa. Se ciñe a lo que conoce.

—Me alegro —respondió Peter, tragando saliva. Subió la mirada, luciendo casi desamparado—. James, yo… te juro que no sabía que… ¡Ellos no me dicen nada! Si hubiera sabido, no… ¡Y tampoco les avisé! No…

—Peter, todo eso lo sé. Tranquilo —lo interrumpió él, levantando una mano. Esbozó una media sonrisa, bastante irónica—. Te habrías ganado un premio de haberlos llamado aun con Remus y conmigo vigilando.

Lily suspiró y desvió la mirada. Había sido difícil no ponerse de lado de Sirius esa vez, pero con ellos tan seguros de lo que decían, no le quedaba otra opción.

Por otro lado, sabía que James tenía un corazón inmenso y lleno de benevolencia, pero no estaba dispuesto a arriesgar la seguridad de quienes le importaba. No de nuevo.

Peter lucía como si no terminara de creer en su palabras. James soltó una risa floja al verlo.

—Ya, no tenías que explicar nada. Supongo que esta vez solo fue mala suerte —le dijo con un encogimiento de hombros—. Lamento que perdieras el viaje.

—Yo… no. De hecho, hay otra cosa que quería decirte —explicó Peter, saliendo de su sorpresa—. Darte, de hecho.

—¿De qué se trata?

—Regresé a la mansión luego de que ustedes se fueran. Ellos llamaron —explicó, apresurándose a continuar—. Bueno, mientras estaba allí y nadie me prestaba atención, uno de los elfos… pues, habló conmigo.

—¿Un elfo? —preguntó Lily, extrañada.

—¿Y qué te dijo?

—Parece que escuchó lo que me explicaron mientras estábamos en las cocinas. Sobre eso que estábamos buscando. —Buscó dentro de su chaqueta, sin quitar la expresión desconcierto—. Me dio algo que piensa que podría servirnos… Bueno, servirles.

Extendió el brazo para entregarle a James lo que había atraído. Tanto él como Lily fruncieron el ceño de la misma forma, sin tener idea de lo que debían estar observando.

—Peter, esto es solo un cuaderno. Viejísimo, por cierto —señaló James, pasando las hojas amarillentas y descuidadas—. Ni siquiera tiene nada escrito.

—Lo sé. Pensé que me estaba tomando el pelo, pero… la criatura parecía aterrada de que alguien se enterara de que había desaparecido.

—Quien sabe que le harían —murmuró Lily, torciendo la boca con aflicción—. ¿Te dijo algo más

—Solo me hizo jurar un millón de veces que lo cuidaría bien y que le daría buen uso —explicó Peter—. No tengo idea de que pueda ser, pero el elfo ni siquiera quería tocarlo.

James se giró hacia ella e intercambiaron una mirada llena de incertidumbre.

No podían imaginarse como aquella baratija y sin nada especial podía contener algo que ayudara a poner a salvo a su hijo.

—Bueno, esperemos que Regulus tenga más respuestas —dijo James, encogiéndose de hombros—. ¿Quién sabe? Quizás esto sea algo más que un simple cuaderno.

.


.

La Brigada Inquisitorial estaba reunida en la sala común de Slytherin, al igual que lo hacía todos los días a la misma hora. Parecían estar hablando sobre algo importante, por lo menos, eso era lo que a Draco le parecía.

Lo normal era que él estuviera a cargo de esas reuniones; siempre era quien hablaba y el que decidía qué harían al día siguiente. Esa noche, había decidido mantenerse al margen.

Los escuchaba reírse y comentar sus actividades del día con interés, pero él estaba inmerso en sus propios pensamientos, en sus recuerdos, que se le antojaban mucho más atractivos.

Se obligó a mantener una expresión seria, que no delatara la forma rápida en que su corazón latía dentro de su pecho. Aunque, en ese momento, poco le hubiera importado que sus amigos se burlaran.

No había nada que pudiera arruinar ese día.

Era casi sorprendente, en especial si tomaba en cuenta que en cierta parte de la tarde, antes de que todo se volviera perfecto, había estado furioso.

Y un poco más que eso.

—Draco, solo déjame…

—¿Que te deje qué? ¿Explicarme cómo el favor que te hice terminó dejándole el camino libre a Potter para que se te volviera a meter por los ojos? —le espetó el aludido, lleno de rabia—. Tranquila, eso me quedó claro.

—¡NO! ¡Eso no fue lo que pasó! —exclamó Hannah, parándose frente a él para evitar que se marchara—. ¡Si tan solo me dejas…!

—No debería sorprenderme, en verdad. Esto se veía venir —dijo Draco, sonriendo con crueldad—. No iba a pasar ni un mes antes de que volvieras corriendo con él. Te di demasiado crédito.

Ver el brillo de dolor en sus ojos lo hizo odiarse a sí mismo, pero no se retractó.

—Draco, de nuevo estás lastimándome sin razón, y te recuerdo que la última vez no salió bien.

El chico soltó una risa irónica por la nariz. Claro, ella lo acusaba de lastimarla, sin pensar en cómo sus acciones y el hecho de que siguiera detrás de Potter lo lastimaban a él.

—¿En serio crees que voy a volver con Harry después de lo que me hizo? —preguntó ella, apretando las mandíbulas—. ¿Doy la impresión de valorarme tan poco?

—Yo no he dicho eso —se apresuró a aclarar él—. Solo señaló lo que tú misma me estás contando.

—Me acompañó a Londres y ya está. Eso fue todo.

—Perdóname si no te creo.

—Es la verdad —insistió Hannah, mirándolo a los ojos fijamente—. Y no voy a volver con él.

—Pero lo perdonaste.

—No.

—Hannah, por favor —resopló Draco—. ¿En serio esperas que crea que eres capaz de estar molesta por tanto tiempo?

—Deberías —respondió ella, por completo seria—. Si no lo haces, estás subestimando todo el daño que me hizo.

Él entrecerró los ojos, todavía mirándolo con recelo. Por supuesto que quería creerle, pero todo lo que conocía sobre Hannah le indicaba que no podía ser cierto. La idea de que fuera capaz de mantenerse enfadada con alguien que le importaba —en especial si hablaban de Potter— era surrealista.

—Bueno, ¿Y cómo quedaron? —preguntó, sin perder el escepticismo—. No creo tener tanta suerte como para que lo mandaras a la mierda definitivamente.

—Eso no va a pasar —le dijo ella, sin inmutarse. Sacudió la cabeza con pesar—. No sé cómo quedamos, solo… No puedo seguir ignorándolo y apartándolo de mí. Terminará por volverme loca.

—¿Lo ves? Me das la razón —apuntó Draco, sonriendo con sorna—. Al final, todo se resume en que eres incapaz de vivir sin él.

—Eso no es cierto… No del todo —aclaró Hannah, suspirando sin dejar de mirarlo a los ojos—. Draco, en estos momentos, cuando estoy aquí, contigo, Harry no… él no forma parte de este lugar.

La fachada de ironía y burla que había mantenido hasta ese momento se quebró a sus pies cuando ella hizo algo que no se esperaba. Sin avisar, dio un par de pasos para disminuir la distancia que los separaba. Tomó sus manos entre las suyas y se pegó más a él, hasta el punto en que sus cuerpos estaban a punto de tocarse.

El pulso de Draco se aceleró de golpe.

—No vas a perderme por Harry, Draco —le prometió ella, susurrando para que solo él escuchara, a pesar de que estaban solos—. Ya no… este lugar es muy importante para mí.

A pesar de que su corazón se había lanzado en una carrera contra su pulso, Draco no pudo evitar resentir el comentario. Después de todo, no tenían el mismo significado para ambos. Para él, significaba muchísimo más que para ella.

Al menos, eso pensaba.

—Draco…

—¿Qué?

—¿Tú me quieres?

—¿Ah? —saltó él, abriendo los ojos de par en par—. ¿Por qué…? ¿A qué viene eso?

—Es solo una pregunta —respondió ella, mordiéndose el labio inferior—. ¿Me quieres de verdad?

Draco tragó saliva, entendiendo lo que le estaba preguntando. Ya se lo había dicho una vez… o por lo menos se lo había dado entender. Pero esa vez había dejado llevar por la rabia y la traición. Había sido un desahogo lleno de frustración, la cual había opacado el verdadero significado de lo que sentía.

En cambio, si le respondía en ese momento, quedaría por completo expuesto, diciéndole nada más que la verdad. Y la idea lo paralizaba, hasta el punto de tentarlo a desviar el tema o mentir de plano.

Estuvo a punto de hacer justo eso, pero antes de darse cuenta, se encontró sumergido en sus ojos, esos que parecían rogarle a gritos una respuesta honesta.

Y, desde que tenía memoria. nunca había podido negarles nada.

—Sí.

La sonrisa que ella le dedicó no solo tuvo el poder para borrar el temor que se había adueñado de su interior, sino que lo desconectó lo suficiente para no prevenir lo que seguía.

Hannah soltó una risita, entre encantada y nerviosa. Entonces, bajó los ojos hasta llevarlos a sus labios. Pareció vacilar durante un segundo, el mismo en el que el corazón de Draco pareció detenerse.

Cuando acabó, no pudo hacer nada más que quedarse quieto mientras ella se ponía de puntillas.

Y le daba un beso.

El chico se quedó en una pieza, tratando de digerir lo que estaba pasando sin sufrir una combustión espontánea en el proceso. Había imaginado aquello infinitas veces. Tantas, que no parecía real.

Pero lo era, y antes de darse cuenta de encontró respondiendole por inercia, disfrutando del sabor de sus labios y la forma en que su estómago se encogía al sentirlos.

Draco no se había dado cuenta de lo fuerte que le estaba sujetando las manos hasta que las soltó para tomarla por la cintura. La apretó contra su cuerpo, a la vez que continuaba con el beso, en un movimiento descoordinado y lleno de desesperación.

Quería más. Lo quería todo.

Aun así, se encontró deteniéndose y obligándola a separarse.

Hannah boqueó, confundida, y él tuvo que hacer uso de una inmensa fuerza de voluntad para no volver a lanzarse contra sus labios.

—Espera… —le pidió con la voz imposiblemente ronca—. ¿Qué demonios estás haciendo?

—Te… te dejo que me quieras —respondió ella, tragando saliva.

Lo tomó por el cuello para volver a impulsarse hacia arriba. Pegó los labios a la comisura de su boca, provocándole un escalofrío.

—Por favor, hazlo —murmuró ella, sin despegarse—. Quiéreme.

El chico no pudo seguir conteniendo sus impulsos mucho más que eso. Volvió a buscar su boca, retomando el beso con unas ansias que le habían quemado la piel durante años.

No era estúpido. Se daba cuenta de que Hannah no le había respondido, y, tomando en cuenta lo que acababa de decir, no le quedaba dudas de por qué estaba haciendo eso.

Sin embargo, en ese momento las razones no podían importarle menos. Iba a disfrutar y aprovechar cada segundo de eso, sin perder ni un segundo.

Y lo haría en serio.

Hannah jadeó contra su boca cuando, sin previo aviso, Draco la empujó hasta atraparla entre su cuerpo y la pared. La abrazó con la fuerza suficiente para elevarla unos centímetros del piso, sin dejar de besarla en ningún momento.

Draco ya había besado a otras chicas antes, y se aseguró de utilizar todo lo que había aprendido en esas ocasiones. Le mordisqueaba los labios mientras la tomaba por la nuca con fuerza, antes de subir la mano y enterrarla en sus cabellos. A Hannah se le escapó un gemido cuando jaló sus mechones, lo cual lo encendió de una forma imposible.

La sentía abrumada, como si le costara seguirle el ritmo. Sin embargo, la forma en que suspiraba y lo sujetaba por los antebrazos le dejaba saber que lo estaba disfrutando.

Y eso era lo que Draco pretendía. En ese momento, se prometió que iba a hacerla disfrutar como seguro que Potter nunca lo había hecho. Iba a llenarla de momentos así: colmados de calentura y adrenalina, que la llevaran a no desear a nadie que no fuera él.

No sabía qué demonios había pasado en Londres, pero iba a aprovecharlo para que Hannah se olvidara del imbécil de Potter de una vez por todas.

.


.

¡Hola, mis amores!

¡Feliz navidad y feliz año para todos! Espero que hayan tenido unas bonitas fiestas y que el año nuevo los haya recibido con los brazos abiertos. Por mi parte, les dejo aquí su regalo, un par de semanas tarde.

Me da la impresión de haberles dejado un buen capítulo, y, con suerte, habré respondido todas las preguntas que quedaron abiertas en el anterior. No fui muy explícita en la escena de la pelea, así que aquí traté de solucionarlo. ¿Recuerdan en el 5to libro cuando ocurre la fuga masiva de Azkaban? Bueno, eso fue lo que pasó jajaja. Peter no los traicionó, solo tuvieron la mala suerte de meterse a la casa cuando estaban escapándose los Mortífagos.

Y, en caso de que no les haya quedado claro, sí, lo que Peter le dio a James es el diario de Riddle.

De resto, creo que todo está claro. Sé que la escena de Draco y Hannah fue bastante… extraña, pero trataré de explicar todo mejor en el próximo capítulo cuando leamos el punto de vista de ella. Todo tiene una razón, lo prometo.

Creo que es todo por ahora, mis amores. Espero que hayan disfrutado la lectura. Como siempre, gracias por esperarme. Trataré de volver pronto.

¡Los quiero muchísimo! Les envío un beso grande. bye.