Domingo 5 de Julio de 2015
Georgetown, Colorado.
Rachel Berry
25
—Entonces… ¿Es físicamente imposible atravesar un agujero de gusano?
—No es que sea físicamente imposible de atravesar, es que no está demostrado que existan de verdad. Es una hipótesis, por lo tanto no se puede determinar si se podría atravesar.
—Pero los agujeros negros si existen, ¿no?
—Ajam…
—Entonces, ¿por qué no se sabe si existen los agujeros de gusano? Se supone que si atraviesas un agujero negro, entras en uno de gusano… ¿No?
Lo miré, busqué su mirada a través del espejo retrovisor mientras Jesse conducía atento a la conversación, y Quinn permanecía completamente muda a mi lado, tal vez un tanto inquieta por la insistencia de Robert con sus preguntas sin sentido.
Era comprensible dentro de lo que cabía que sus cuestiones fueran de ese calibre, ya que no todo el mundo sabe o intuye como realmente funcionan las cosas en el espacio exterior, y normalmente yo me solía armar de mucha paciencia para encontrar las palabras adecuadas y explicarlo con la mayor transparencia posible, haciendo accesible el contenido a cualquier edad mental. De ahí que Quinn me hubiese repetido en muchas ocasiones que era una buena "maestra", porque lograba explicarlo con relativa claridad. Pero Robert no era cualquier otra persona. Robert Marshall era el chico que durante toda la mañana de aquel domingo estuvo quejándose por todo en la feria de la convención, donde estaban los stands y demás atractivos y que era de libre acceso, llegando incluso a sacar de quicio a Jesse siendo su amigo, y por supuesto a Quinn. Sobre todo a ella, aunque evidentemente no dio muestras de ello para que los demás no nos sintiéramos incómodos.
Fue tanto el empeño que puso por evitar que el último día estuviese marcado por la actitud de Robert, que incluso, una vez más, fingió un malestar para poder pedirle que abandonasen la convención antes de tiempo. Obviamente no estaba mal, al menos yo sabía que no lo estaba, por mucho que insistiera en ello.
Lo que estaba era cansada y agobiada por la situación que estábamos viviendo, ambas. Y el repiqueteo continuo de Robert, no le ayudaba en absoluto.
Yo no pegué ojo en toda la noche, y cuando las primeras luces de la mañana entraron en la habitación, supe que ella tampoco lo había hecho. A juzgar por su rostro y la postura que mantuvo durante toda la noche, supe que había estado mirándome, haciendo exactamente lo mismo que yo hice y probablemente sin dejar la mente en calma en ningún momento. Pero no volvimos a hablar del tema, y yo por supuesto, no volví a tratarla como lo hice el día anterior por culpa de mis miedos. Del temor y la vergüenza. De hecho, no solo no volvimos a hablar del tema, sino que apenas nos dirigimos palabra alguna, excepto un par de conversaciones en las que tanto Jesse como Robert estaban involucrados.
Como era de esperar, aquella nueva situación me hizo sentir realmente mal, porque sabía que Quinn había empezado a tomarse completamente en serio mi petición de no acercarnos más de lo estrictamente necesario, y eso abarcaba también el hecho de mantener una simple conversación.
Y no. No era eso lo que yo pretendía. No quería estar a su lado y hacer como si no existiese, por supuesto. Mi petición simplemente hacía referencia a nuestra relación, a tratar de evitar buscarnos como lo hacíamos. A tratar de evitar vernos en situaciones que pudiesen complicarnos como habíamos podido comprobar en ese mismo fin de semana. Solamente quise poner algún tipo de barrera hasta lograr que las cosas tomasen una relativa normalidad entre nosotras. Que ella encontrase la manera de aclarar su mente y los problemas que tenía con Robert, y no encontrase en mis tremendas ganas por tenerla a mi lado la solución a ellos. Porque la estaba influenciando, por supuesto, y yo misma estaba perdiendo el norte.
Aquella tarde en el coche, cuando decidimos regresar a Denver con la suficiente antelación para tomarnos el viaje con relativa tranquilidad, pude confirmarlo con rotundidad. Quinn estuvo sentada a mi lado la mayor parte del viaje, ya que el volante se lo turnaron entre Robert y Jesse, y no me dirigió palabra alguna en todo el trayecto, aunque sí alguna que otra sonrisa cuando la conversación tocaba algún tema divertido. Se limitó leer algunos de los panfletos y libretos que había ido tomando de los stands de la convención. A jugar con su teléfono llegando incluso a hablar con su hermana a través de él, y a mantener la mente distraída haciendo bocetos o dibujos en la pequeña libreta que le regalaron con motivo de la conferencia de la señora Bell, y que había estado utilizando durante todo el fin de semana. Supuse que los artistas no desconectan de su pasión ni aun estando lejos de su hábitat natural, y ello me llevó a sentir una curiosidad infinita por lo que trazaba con la delicada pluma sobre las hojas de la libreta.
—Un agujero negro no tiene nada que ver con un agujero de gusano. –Le respondí a Robert procurando no perder la paciencia.
—Pero en las películas cuando cruzas un agujero negro, entras en uno de gusano…
—Son películas.
—Algunas tienen buenos fundamentos, no lo puedes negar.
—No, no lo puedo negar, pero todos esos fundamentos están basados en hipótesis, ni si quiera llegan a teorías.
—Ok… Entonces, ¿qué diferencias hay entre un agujero negro y un agujero de gusano? En ambos la fuerza de atracción o como quiera que se llame eso, es igual… ¿No? Y ambos son dos agujeros en el universo de tamaños descomunales, como para poder absorber galaxias completas.
Volví a mirar a Quinn de soslayo, buscando recibir algo de complicidad, pero su mirada se perdía por la ventanilla ignorando por algunos minutos su libreta, y no pude encontrar alguna respuesta que me hiciera comprender de qué manera debía mostrarme. Así que no me lo pensé. La única formas de callarlo con sus incesantes preguntas que repetía una y otra vez, era respondiéndole de manera que quedase en evidencia y no pudiese ordenar sus pensamientos para volver a insistir. O eso creí.
—En primer lugar, la fuerza atrayente como tú la llamas de un agujero negro, se llama fuerza gravitacional. Y no, un agujero negro no tiene por qué ser siempre de un tamaño "descomunal". Puede tener el tamaño de una mota de arena y albergar una masa superior al tamaño de la tierra en su interior. Y en cuanto a las diferencias, hay algunas que son evidentes. La más básica es que un agujero negro existe, ya que se han podido descubrir, y un agujero de gusano solo es una hipótesis fomentada por una de las características topológicas de las ecuaciones descritas en la teoría de la relatividad, por mucho que insistas en que está dentro del agujero negro. Además, los agujeros de gusanos no tendrían la fuerza gravitacional de un agujero de negro, ya que supuestamente sería un túnel a otra dimensión.
También están las "pequeñas" diferencias que demuestran que nada tiene que ver una cosa con la otra. Por ejemplo que los agujeros negros se forman de manera natural, como la muerte de una estrella, algo de lo que por fortuna tenemos constancia que sucede. Y el agujero de gusano solo se podría formar por una anomalía, hipotética por supuesto, en la curvatura del espacio-tiempo descrito en la teoría de la relatividad, lo que, vuelvo a insistir, hipotéticamente te llevaría a otra dimensión en el caso de poder llegar a cruzarlo. Si "caes" dentro de un agujero negro, no llegarías a ningún lado.
—¿Por qué? ¿Por qué esa rotundidad si nadie ha estado en un agujero negro?
—La fuerza de la gravedad convertiría tu cuerpo en una goma tan elástica, que estiraría hasta que te convertirte en una simple línea continua de átomos antes de desaparecer por completo.
—Pues no me convence. En serio, no es por llevarte la contraria—dijo buscándome de nuevo con la mirada, ésta vez girándose en el asiento—Pero por mucha matemática, por muchas fórmulas o teorías, nadie ha estado ni ha llegado tan siquiera al vértice de un agujero negro, por lo que nadie puede demostrar con rotundidad que en el interior no haya un agujero de gusano que te lleve a otra dimensión o puedas viajar en el tiempo a través de él. Porque también considero que se podría viajar en el tiempo. ¿Tú no?
—Bueno, no creo que esté preparada para refutar al mismísimo Einstein, la verdad. ¿Quién sabe? Igual con algo de conocimiento de física cuántica y astrofísica, puedas re debatir la teoría de la relatividad, y ser un futuro premio Nobel de la Ciencia—solté con tanto sarcasmo, que Quinn no pudo evitar mirarme por primera vez de soslayo.
—Pues mira, tal vez yo sea el elegido y aun no lo sé—masculló él sin percatarse del sarcasmo, o tal vez sí, pero lo ignoró por sentirse vencedor de una batalla que yo no había comenzado, y que tampoco me apetecía tener.
Discutir sobre física cuántica y viajes temporales o dimensionales, no era algo que estuviese en mi mente para aquella tarde, ya casi noche, después de 6 horas en coche y todo el alud de pensamientos que me mantenían en otro mundo. Y mucho menos con él. Pero se había empeñado en cuestionar todas y cada una de las teorías más importantes de la materia, dejándose llevar por la ficción y la fantasía de las películas que, me incluyo por supuesto, tantos nos gusta ver en la gran pantalla. Y tras abordar todos los temas deportivos que eran noticia, hacer un repaso virtual de los lugares que había visitado en Salt Lake City y comparar las casas que había en pleno centro con las de Denver, sacando a relucir su lado más profesional, le llegó el turno a lo que había podido ver en la convención, y con ello sus ideales fantasiosos sobre poder viajar en el tiempo a través de un agujero de gusano instalado en el interior de un agujero negro. Y en esa conversación no pudo evitar involucrarme, aunque realmente lo hice yo misma al interrumpirlo en varias ocasiones por su falta de conocimiento.
Y lo admito. Confieso que en otras circunstancias habría disfrutado muchísimo el poder mantener una conversación como aquella, incluso siendo él y llevando a aquel extremo de fantasía las teorías más precisas estudiadas. Pero definitivamente no era el día, ni el momento ni la persona adecuada para ello, y quise creer que Jesse se dio cuenta de mi incomodidad al responderle de aquella manera. Eso sí, al menos pude descubrir una faceta en Robert que me sorprendió; No parecía ser tan ignorante como aparentaba, y su cultura general era bastante aceptable para lo que había demostrado en anteriores ocasiones.
—¿Os apetece cenar? Estamos a una hora de Denver y son casi las 8. Podemos buscar un lugar para cenar y descansar un poco antes de llegar. –Dijo y tanto Robert como yo aceptamos la propuesta. Quinn se limitó a dejarse llevar de nuevo sin mencionar palabra alguna, y apenas diez minutos después, nos deteníamos en un pequeño restaurante anexo a un área de servicio de Georgetown, a unos 50 kilómetros de Denver.
Un restaurante que poco o nada tenía que ver con los que estábamos acostumbrados a visitar, o al menos Jesse no lo estaba. Sin embargo, no hubo quejas algunas respecto al mismo. Solo era un local en mitad de la nada, en el que descansar unas horas mientras comías el menú del día, después de un largo viaje por el medio oeste del país.
De hecho, ni siquiera nos atendieron, ya que al entrar descubrimos que el auto servicio era la característica principal del lugar, más parecido al buffet de un hotel de pocas estrellas que a un restaurante. Y fue ese preciso detalle el que hizo que el viaje tomase otra dimensión, nunca mejor dicho.
Ni siquiera me di cuenta de que ella no estaba en el salón donde una personas, además de nosotros, merodeaban por las cámaras donde se mostraba la comida, y el chico que se encargaba de cobrarnos en una pequeña caja registradora. No supe dónde estaba hasta que llegué a la mesa que Jesse y Robert habían elegido para comer, después de tener que esperar que repusieran la ensalada que me había propuesto tomar. Lo único que tuve valor de probar en aquel lugar.
Quinn no estaba con ellos, ni tampoco en el interior del local, o al menos eso pude comprobar cuando hice un barrido completo del mismo buscándola.
—¿Dónde está Quinn?—pregunté sin siquiera tomar asiento junto a ellos.
—Ha salido fuera. Dice que está un poco mareada del coche y necesita tomar un poco de aire.—Me respondió Jesse.
—Pero… ¿No va a cenar nada?
—Una manzana. Dice que no le apetece nada más.
—Vaya…
—Tranquila, no tienes de qué preocuparte, está bien—intervino Robert—Ha dicho que ahora volvería. No le sientan bien los viajes largos en coche.
—¿No?—masculló Jesse tan sorprendido como yo por la pasividad que mostraba.
—Pues no, de hecho, me extrañó que aceptara venir sin más sabiendo que no le sienta bien.
—Oh… Pues no lo esperaba. No me dijo absolutamente nada cuando le propuse la idea. Es más, cuando le mencioné que tendría que ser en coche y que yo me encargaba de alquilar uno para que vinieran más cómodas, le pareció perfecto. No parecía que… Oh—se detuvo rápidamente lanzando una mirada hacia su bolsillo, buscando el teléfono en su interior. El sonido de la llamada no tardó en sonar alto y claro—Disculpadme, tengo que atender… Es importante—añadió levantándose de la mesa y alejándose de nosotros, que simplemente asentimos simbólicamente.
Y fue entonces cuando sucedió, cuando llegó uno de los momentos más tensos que jamás he vivido en mi vida, y que no querría volver a repetir nunca. Porque hasta ese mismo instante, nunca antes me había quedado a solas con Robert Marshall, y a juzgar por la mirada que me regaló cuando Jesse se alejó de nosotros, supe que algo pretendía. Algo que no me iba a gustar en absoluto, o que tal vez comprometerme. Para mi desgracia, fueron ambas.
—Rachel…—Musitó tras apenas unos segundos en silencio en los que no dejó de mirarme—Espero que no te haya molestado demasiado mi obsesión por los agujeros negros.
—No te preocupes. Te recuerdo que soy astrónoma, y que es mi tema de conversación favorito.—Le dije tratando de mostrarme afable. –Tengo que confesarte que me ha sorprendido que manejes tan bien un tema tan complicado como ese.
—Ya… Aunque no lo creas, he estudiado, he leído libros, he ido a la universidad… No soy tan estúpido como aparento.
—No me refiero a eso, no quiero decir que seas estúpido—me excusé rápidamente—Es simplemente que no todo el mundo sabe al menos en qué consiste la teoría de la relatividad, por mucho que haya estudiado. Por eso me ha sorprendido.
—Ya, bueno, de todos modos solo quería asegurarme de que no te ha molestado demasiado que sea tan pesado. Estabais tan calladas que ya no sabía de qué tema hablar, y supuse que después de un fin de semana astronómico, os gustaría teorizar con esas cosas. Pero veo que me equivoqué—musitó dejando en el aire una última palabra o frase que no quiso salir de su cabeza, o tal vez solo provocarme curiosidad.
—¿Por qué dices eso?—cuestioné cayendo en su trampa. Aunque en aquel instante ni siquiera lo sabía.
—Creo que es evidente, ¿No?—respondió lanzando una mirada hacia el exterior, donde tras imitar su gesto, pude descubrir a Quinn junto al coche, sentada sobre el capó y dándole un mordisco a la manzana que iba a ser su cena. –No ha dicho una sola palabra en todo el viaje, excepto cuando le he preguntado algo directamente, y ni siquiera así. Solo ha utilizado monosílabos para responder—añadió logrando que de pronto, el escaso apetito que sentía por la ensalada desapareciera por completo.—Rachel, yo sé que tú y yo no nos hemos caído bien desde el primer momento, pero inevitablemente estamos unido por personas que nos importan. Sé, sé que tal vez no suene muy ético por mi parte pedirte algo así, pero ya no sé qué más hacer, ni a quién acudir.
No dije nada. Guardé silencio observándolo, tratando de no reflejar los nervios que inevitablemente se habían apoderado de mi estómago y me hacían casi temblar. No tenía ni idea de lo que pretendía, pero estando relacionado con Quinn era motivo suficiente para estar en alerta.
—No está bien, Rachel. Ella no es una persona que suela desahogarse con cualquiera, aunque conociéndola dudo que lo haga incluso con las personas que tiene más cerca. Pero tú le has caído bien. Ella, ella te aprecia muchísimo, y aunque no lo diga, porque ella no es capaz de confesar esas cosas, yo me doy cuenta. Y te confieso que a veces incluso he llegado a sentir celos por como habla de ti. Pero luego me doy cuenta de que no es más que un regalo que te tenga tanto aprecio.
—No sé a dónde quieres llegar, Robert.—Le dije tratando de que fuera lo más directo posible y dejase de hacerme sentir como me sentía en aquel instante; el peor ser del universo. De nuevo la culpabilidad, de nuevo la consciencia pesándome como nunca antes lo había hecho, gritándome que estaba jodiendole la vida sin siquiera ser consciente de ello. Y no solo a él, sino que también se lo hacía a Jesse por mantenerlo al margen de todo siendo mi marido, y a Quinn. Sobre todo a ella.
Verlo hablar de aquella manera me hizo comprender que yo me había convertido en un obstáculo más en la relación que ambos mantenían, y que él parecía esmerarse en salvar, sin ver resultado alguno.
—No, no sé cómo hacer para que sea feliz. No sé qué hacer o decirle para que sepa que me sigue teniendo a su lado como siempre. Últimamente he estado tan ocupado con todo el asunto del trabajo y luego la casa, que me termina sacando de quicio… Pero cuando todo esto pase sé que volveremos a estar como siempre. Mi problema es que no sé si ella es consciente de ello y está perdiendo la paciencia…
—Básicamente quieres saber si me ha hablado de ti y de vuestra relación durante el fin de semana, ¿no es cierto?—lo abordé sabiendo que si seguía escuchándolo, nada ni nadie iba a evitar que el malestar se reflejase en mi cara.
—Sí, eso. Pero no porque tenga curiosidad, es solo porque necesito saber si está bien, si tienes dudas o que se yo…
—No, no me ha hablado de nada que no fuera lo que hemos visto y vivido en Salt Lake City—le dije siendo consciente de como el mentir ya era algo habitual en mí por culpa de ellos.
—¿De nada?
—De nada. Quinn solo me dijo que había aceptado la invitación para venir a las conferencias porque necesitaba despejarse. Está un poco agobiada con el trabajo que tiene en la editorial, y sí… También dejó entrever que la mudanza está siendo un verdadero dolor de cabeza, pero nada más.
—Oh… Vaya, pensé, pensé que no estaba bien.
—Robert, permíteme que te de un consejo como mujer, aunque no lo vayas a aceptar y llevar a cabo.—Le dije viendo como Jesse, también en el exterior, se acercaba a Quinn tras acabar la llamada de teléfono y parecía invitarla a regresar con nosotros—Si quieres saber cómo está, como se siente o lo que piensa Quinn, deja de confabular, deja de idear soluciones o buscar aliados, y simplemente pregúntale. Habla con ella, siéntate a su lado, ve a cenar o túmbate en el sofá con ella, da igual… Pero habla con ella. Pregúntale y escúchala cuando te hable.
Si crees que tiene algún problema, que tiene dudas o se siente mal ve con ella. Tienes, tienes mucha suerte de tener a alguien así a tu lado, Robert. Quinn es una mujer maravillosa y te quiere. Te quiere muchísimo, y lo sabes. No hace falta preguntarle por ello para darse cuenta de que lo hace. Así que no pierdas el tiempo tratando de averiguar que piensa, y pregúntale. Y cuídala, porque dudo que encuentres a alguien más especial que ella.—Sentencié, y lo hice sin ser plenamente consciente de que lo hacía.
Me dejé llevar simplemente por lo que Quinn me había llegado a hacer sentir, por lo que me provocaba el haberla conocido y tenerla en mi vida. Y aunque había algo en el fondo de mi corazón que se mostraba reticente a que aquel chico de aspecto impoluto, de ojos verdes penetrantes y físico espectacular pudiese tener para él solo a Quinn, no lo dudé un solo instante.
Quería verla feliz por encima de todas las cosas, y había llegado a comprender después de que se hubiese desahogado conmigo en más de una ocasión, que arreglar todos los problemas que tenía con él le ayudarían a ello. Que recibir una mínima parte del cariño y la atención que le había entregado, ya era un premio. Por eso lo hice, por eso le incité a que hiciera precisamente lo que Quinn deseaba que hiciera, y le puse en bandeja el mayor regalo que nunca recibiría de no ser de aquella manera.
No obstante, desconocía que aquellas iban a ser mis únicas y últimas palabras completamente sinceras y desde el corazón con Robert. En aquel instante no lo llegué a imaginar, porque quise creer que nuestra conversación acabaría simplemente porque Jesse ya regresaba junto a nosotros, no porque nunca más tuviésemos ocasión de hablar.
—Lo siento, tenía que aceptar la llamada—Dijo Jesse tras llegar hasta nosotros, de nuevo en solitario, y tomando asiento —Era la secretaria del director de la USA Comic, y tenía que atenderla.
—¿Buenas noticias?—le pregunté por pura inercia. Mi mente seguía fija en Quinn, que aún permanecía en el exterior y en la charla que había mantenido con Robert.
—Sí, bueno… No lo sé, me ha citado para el martes. Me volverá a llamar. Espero que sea para concederme una entrevista con su jefe. Eso sí que sería una muy buena noticia.
—Pues ojala que así sea.
—Sí, tío. Me alegro que las cosas vayan saliendo bien—le dijo Robert—¿Has estado hablando con Quinn? ¿No va a entrar?
—No, no va a entrar. Le he preguntado cómo estaba y dice que mejor, pero le apetece tomar un poco el aire, y el olor que hay en este restaurante le desagrada.
—Oh… Ok—balbuceó y yo lo miré completamente desconcertada con su actitud. Robert volvió a centrarse en los dos trozos de carne que bailaban en su plato, e ignoraba por completo el consejo que acababa de darle hacia escasos segundos.
Y no lo comprendía. No lo comprendía porque se había esmerado en demostrarme que no era estúpido, pero a juzgar por su actitud no era capaz de leer entre líneas. Acaba de decirle que la cuidase, que estuviese a su lado para saber si le sucedía o no algo, y allí estaba, dejando pasar la mejor oportunidad que se le presentaba para mostrarse atento con ella.
Su novia sentada en el capó de un coche comiéndose una más que probable insípida manzana, alegando encontrarse mal por culpa del viaje en el coche, o tal vez por otros motivos más importantes, y él allí, preguntándome si yo sabía algo de lo que le sucedía y prestándole más atención a su comida.
Tal vez había ido a la universidad y presumía de conocer la teoría de la relatividad, pero respecto a las relaciones personales era un completo ignorante. Y yo, lejos de compadecerlo y sentir empatía para ayudarlo como había hecho minutos antes, me enfadé. Me molesté, me dio tal tirón el estómago por culpa de la rabia, que no lo pude evitar.
Supe que Jesse era consciente de la situación al dirigir su mirada hacia él y ver cómo me miraba, sabiendo probablemente lo que pensaba hacer. E hice.
—Yo ya he terminado también—mascullé apartando la ensalada de mi vista. Jesse no dijo nada, y Robert simplemente miró el plato de soslayo—Me voy fuera también, tiene razón Quinn… No huele bien en éste lugar.—Me excusé, y como ya esperaba, ninguno de los dos dijo absolutamente nada. Y aunque hubiesen dicho algo no me habría importado en absoluto.
Quería salir, apartarme de Robert y cuidar yo misma a Quinn como realmente merecía. Sin embargo, y por culpa de esa reacción, no fui consciente de lo que suponía salir de aquel restaurante y acercarme a ella.
Y no lo fui porque fue verla, ya en el exterior, y recordar que había sido yo misma quien le había pedido precisamente esa distancia que yo estaba a punto de romper. Y sí, tal vez estaba siendo extremista porque en apenas unos minutos, ambas volveríamos a estar cerca en el coche, pero verla allí sentada, completamente pensativa mientras se comía la dichosa manzana, me hizo creer que era uno de esos momentos en los que no deseas que interrumpan. En los que necesitas estar a solas.
Por suerte estaba equivocada, y fue precisamente ella quien me lo hizo saber de una manera encantadora. Como siempre solía hacer.
Fue su sonrisa la que me invitó a que me acercara, aunque su mirada al descubrirme se mostrase un tanto confusa. Tal vez por no saber qué o cómo hacer para que todo fuese natural. Pero su sonrisa no. Su sonrisa fue tan clara y sincera, con algo de timidez incluida, que acabó con cualquier vestigio de duda por mi parte.
Y lo cierto es que no dejó de sonreírme ni siquiera cuando ya estuve junto a ella, y aprovechaba para imitarla y tomar asiento en el mismo capó delantero del coche.
—¿Ya has comido?—me preguntó segundos antes de darle un bocado a lo poco que le quedaba de la manzana.
—Más o menos. ¿Y tú? Me han dicho que no te encuentras bien, ¿Es cierto?
—Me apetecía tomar un poco de aire. Ahí dentro huele demasiado a comida y después del viaje, no me agrada mucho.
—¿Por qué no me has dicho que te sentaba mal viajar en coche?
—¿Para qué? Seguro que de habértelo dicho, el jueves habrías estado continuamente preguntándome.
—Bueno, también podría haber optado por buscar biodramina y que…
—Solo me siento mal cuando viajo en el asiento trasero, cuando voy delante todo está bien—musitó interrumpiéndome—De haberme sentido mal el jueves, te habrías dado cuenta. Te lo aseguro.
—Ok… Lo tendré en cuenta para una próxima vez—le dije, y de repente su mirada me obligó a guardar silencio por algunos segundos.
—¿La próxima vez?—me preguntó y no supe darle sentido al tono que utilizó. Lógicamente algo de sorpresa era.
—Quinn… Lo que te dije anoche no quiere decir que no tengas que dirigirme la palabra. Ni tampoco significa que no volvamos a poder ir a algún sitio juntas. Solo… Solo es cuestión de…
—De tiempo—me interrumpió volviendo a dibujar tímidamente la sonrisa—Eso me quedó bastante claro.
—Entonces… ¿Por qué no me has hablado durante todo el viaje? De hecho, ni siquiera me has hablado esta mañana.
—Mi silencio no tiene nada que ver con eso, Rachel. No soy tan estúpida como para no comprender que si me pides esa distancia de la que hablabas, debía empezar a llevarla a cabo precisamente hoy, cuando no nos quedaba más remedio que viajar juntas. Si he guardado silencio es simplemente porque no tenía nada que decir, y necesitaba organizar mis pensamientos. Solo, solo quiero que el día, el fin de semana termine de la mejor manera posible.
—¿Estás enfadada conmigo?
—¿Por qué iba a estarlo?—me replicó dando el último bocado a la manzana.—Creo que anoche fui clara ante tu petición. Te dije que no te preocupases y que lógicamente, entiendo la situación.
—Quinn, acabo de ser plenamente consciente de que de alguna manera, he influenciado para que no estés bien con Robert.
—¿Qué? ¿Para que no esté bien con él?
—Sí. Cuándo me has hablado de él, cuando te has desahogado no he sabido ayudarte como tendría que haberlo hecho. Te he distraído y sin proponérmelo, te he ido atrayendo a mi mundo en vez de intentar ponerme en tu piel. No he sido más que un obstáculo.
—¿De dónde sacas esas conclusiones?
—Si te lo digo estaría influenciándote negativamente de nuevo.
—Robert ha estado tratando de sacarte información sobre lo que hemos hecho, o si he estado hablando de él todo el tiempo, ¿Verdad?—me dijo y supuse que mi gesto le sirvió de respuesta. Afirmativa, por supuesto. –Era de esperar… Ha sacado a relucir su elocuencia en el coche. Estaba tratando de llevarte a su terreno.
—¿Qué? ¡No! Nada que ver. Me ha dicho que simplemente hablaba porque te notaba muy seria, y quería buscar algún tipo de conversación que te hiciera hablar.
—Ya, como los agujeros de gusano o la teoría de la relatividad, ¿verdad? Rachel, conozco a mi novio, sé cómo es, y esa elocuencia es una de las cosas que me enamoró de él. Pero también sé cómo es capaz de actuar por tenerlo todo bajo su control. No es una persona que imponga en ese aspecto, pero sabe cómo tratar a cada uno para sacar lo más le interesa de él. Por eso es un excelente vendedor de casas.
—Pero… Quinn, ok… Tal vez haya intentado llevarme a su terreno, pero no me cabe duda de que está preocupado por ti, y no sabe qué hacer o cómo actuar para acercarse y que soluciones vuestros problemas.
—Precisamente por eso involucra a todo el mundo, porque yo le conozco y sé cómo es capaz de actuar para lograr su objetivo. Pero ésta vez no se trata de evitar mi enfado por alguna estupidez, o cualquier otra idiotez que nos haya llevado a discutir a lo largo de los años. Es algo completamente diferente lo que nos tiene así, y tú lo sabes… Te lo dije. Él lo sabe, él sabe que las cosas no están bien entre nosotros y sabe el motivo, pero se empeña en buscar alguna otra manera de afrontarlo. Por eso no dejará de preguntarle a Jesse, y por eso ha tenido la desfachatez de preguntarte a ti. Solo busca aliados.
—Lo pintas muy mal y yo no puedo dejar de pensar que realmente te quiere.
—Y yo sé que me quiere, al igual que yo le quiero.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué, Rachel?
—¿Lo vais a solucionar?—me atreví a preguntarle sin siquiera pensar en lo que podía estar rondando por su mente. Y para ser sincera, ni siquiera yo era capaz de saber lo que pasaba por la mía, aunque ella si pareció intuir lo que mi subconsciente me estaba llevando a hacer en aquel instante.
Que sí, que había sido la ignorancia de Robert lo que me llevó a salir del bar y acercarme a ella, aun pensando que no quería ni verme después de lo que le dije la noche anterior. Que sí, que me había lanzado a hablarle de él aun conociendo de primera mano cuál era el problema entre ambos. Pero lo que no sabía, o mejor dicho, no quise creer que sabía, era que todo aquello lo hacía porque me sentía culpable, porque me sentía mal por haberle fallado como creía que lo había hecho al pedirle que se alejase de mí, y porque inevitablemente, que ella estuviese bien con su novio, me exculpaba a mí de influirle negativamente.
Y lo peor es que no fui consciente de la magnitud de mi egocentrismo en aquel instante, hasta que ella me lo dejó caer, con sutileza por supuesto.
—Puedes quedarte tranquila, Rachel. Cuando guardo silencio como lo he estado haciendo durante todo el día, es porque prefiero pensar y encontrar la solución a los problemas que tenga. Medito y… Saco conclusiones.—Musitó bajándose con gracia del coche, y se dirigió hacia la parte trasera del mismo, buscando en el asiento la libreta que la había estado acompañando durante todo el fin de semana.
—¿Y las has sacado? ¿Te ha servido el viaje?
—Muchísimo, me ha servido muchísimo—añadió regresando a mi lado—Y no solo por todo lo que he visto, aprendido o vivido. Y sí, he sacado mis conclusiones, y te aseguro que pienso que son las mejores para solucionar mis problemas con Robert.
—¿De veras?—pregunté completamente ingenua, sorprendida por la seguridad que me regaló con sus palabras.
—Sí. Así que no te preocupes más por eso. Nosotras dos tenemos otra batalla pendiente que debemos saber solucionar, y que empieza con procurar no atraernos como lo haría un agujero negro de esos—añadió mostrando una tímida sonrisa que logró tranquilizarme, aunque no por mucho tiempo—Voy a hacer exactamente lo que me has pedido, y voy a procurar darte… O mejor dicho, darnos esa distancia que necesitamos. Pero no quiero que estés continuamente pensando en si estaré bien o no, en si habré solucionado mis conflictos o sigo igual. Porque de ese modo, serás tú quien no lleve tus propias peticiones a cabo. Y te vas a sentir vulnerable cada vez que nuestros caminos vuelvan a cruzarse. Si no te llamo o doy señales de vida, es porque todo está bien. ¿De acuerdo?
—¿Si no das señales de vida? No es la expresión más adecuada para tranquilizarme.
—No es literal—musitó al tiempo que se inmiscuía en la libreta y pasaba las hojas con rapidez, supuse que buscando algo en el interior. –Pero si voy a tener que ser un poco radical en ese aspecto. No me cabe duda de que Jesse va a intentar que nos veamos a menudo, y tengo que tener buenas excusas para evitarlo y que no se ofenda. Obviamente, vas a saber de mí… Así que no vas a tener por qué preocuparte de nada. Simplemente deja que pase el tiempo y ya…
—Ok… Supongo que es lo que tiene que suceder.
—Exacto. Es lo que tiene que suceder—volvió a mirarme, ésta vez después de comprobar como en el restaurante, Jesse y Robert ya parecían acabar su cena y se disponían a salir del mismo.—Y para que no olvides que lo que tenga que suceder, sucederá… Quiero que guardes esto y que recuerdes que de un modo u otro, voy a estar cerca—Me dijo entregándome una de las hojas que acababa de arrancar directamente de la libreta. Una hoja que yo no tardé en aceptar y que rápidamente observé para descubrir un dibujo que me dejó literalmente sin habla.
Y no precisamente por la calidad del mismo, por la técnica o lo impresionante que era, porque básicamente era un boceto hecho con un bolígrafo. Lo que me provocó aquel alud de sentimientos que me llevaron a perder el habla, y casi la noción del tiempo, fue descubrir que el dibujo consistía en dos siluetas humanas, dos mujeres contrapuestas que parecían caminar en sentido opuesto, mientras una sinuosa línea las unía por los pies, o mejor dicho por los tobillos.
Era la maravillosa leyenda del hilo rojo del destino que tanto me había hecho pensar, perfectamente ilustrada en aquel boceto en el que, lógicamente, nosotras éramos las protagonistas. Pero ni siquiera pude atinar a cuestionarla, aunque fuese con la mirada, para confirmar mis sospechas. Cuando la busqué con mirada ya se había apartado de mí y pude ver como Jesse y Robert ya estaban a escasos metros de nosotras.
Tardé en reaccionar, pero cuando lo hice, lo hice con la suficiente rapidez como para guardar el boceto y evitar que ambos lo descubriesen, pero cuando quise darme cuenta, Quinn ya se había subido al coche, aunque ésa vez lo hizo en el asiento del copiloto, dejándome entrever con su excusa de sentirse mal al viajar detrás, que su intención de poner distancia entre nosotras ya había empezado.
Una hora y media más tarde, después de recorrer los últimos kilómetros que nos separaban de Denver, con Jesse al volante y Robert acompañándome en el asiento trasero, y el continuo bombardeo de pensamientos contradictorios que me azotaban mi mente, y los sentimientos que me llevaban una y otra vez a sentir como el dibujo quemaba en el bolsillo de mi pantalón, los dejamos a ambos en su casa, la que iban a compartir en cuestión de días, o semanas a muy tardar, y dimos por finalizado el viaje.
No hubo mucho más que un par de abrazos de despedida y un beso en mi mejilla que ya nunca más iba a olvidar. Un beso que vino acompañado de una mirada repleta de tanta dulzura, que me fue casi imposible contener la congoja de saber que aquello, era probablemente lo más parecido a una despedida que tendríamos, aun viviendo en la misma ciudad.
Y digo casi imposible de contener, porque nada más ocupar el asiento del copiloto para poner rumbo a mi casa, Jesse me miró sabiendo que algo me sucedía, que algo guardaba en mi interior y que era tan importante y fuerte, que no había excusa alguna para lograr camuflarlo.
Y me derrumbé.
Tal vez iba a cometer el mayor error de mi vida, pero en ese instante sentía que tenía que hacerlo, que no podía seguir ocultándole algo tan especial a mi propio marido, y rezar, suplicar porque él llegara a comprender la situación, y la empatía que siempre había mostrado tener, no brillase por su ausencia.
—Jesse…—Balbuceé con un nudo en la garganta tan grande, que casi no me dejaba hablar. Él me miró de soslayo cuando ya aparcaba el coche frente a nuestro hogar, y esperó pacientemente a que mi voz volviese a salir con la suficiente claridad.—Tengo… Tengo que contarte algo realmente importante.
—Te escucho…
