James Potter Malfoy. 1 año de edad.

Draco recorrió los pasillos de supermercado con mirada atenta, mientras repasaba mentalmente los elementos de la lista que Dobby había hecho para que no faltara nada durante la semana. El sonido de las ruedas de carrito contra las baldosas de color blanco y los murmullos de la gente que fascinada, no podía evitar dejar de mirar a su precioso hijo.

James se encontraba recostado en la sillita para bebé, enormes ojos castaños y alborotado cabello café oscuro, la viva imagen de su abuelo, a excepción de su pálida piel. Vestía un adorable mameluco color azul que le cubría sus piernitas y sus bracitos regordetes. James miraba con mucha atención todo a su alrededor, mientras balbuceaba algunas de sus palabras recién aprendidas como galleta, leche, papi o Teddy, agitando sus extremidades con entusiasmo cuando algo en específico llamaba su atención.

Draco detuvo su carrito en medio del pasillo de productos de limpieza mientras miraba todos los envases concentradamente. Ir de compras podía ser una tarea realmente complicada. Había muchos productos que ofrecían lo mismo, la mayoría con envases bonitos de colores brillantes y Draco había aprendido con el paso del tiempo que si quería lo mejor, siempre debía leer las etiquetas y comparar precios. Todo un experto.

Esta rutina de padre muggle en un supermercado había comenzado pocos meses después del nacimiento de James, cuando la primavera había llegado y el clima se había vuelto lo suficientemente cálido para que el bebé no enfermara en sus excursiones al exterior. Draco se estaba volviendo loco en casa, tener su despacho en el mismo lugar en que vivía no había sido la mejor de las ideas y cuando llegó a la conclusión de que moriría si no visitaba el mundo exterior, bueno, Harry le propuso hacer las compras juntos una vez a la semana y aunque Draco había protestado al principio, la verdad es que había resultado inesperadamente placentero.

—Será mejor que nos demos prisa —interrumpió la voz de Harry en el pasillo—. Parece que va a llover en cualquier momento.

Draco tomó una botella de limpiador de pisos y la dejó dentro del carrito. James soltó una carcajada y extendió sus manitas para que se lo diera, cosa que Draco, por supuesto, no hizo.

—¿Encontraste un buen lugar para estacionarte? —le preguntó el rubio tomando una bolsa de detergente.

—¿Sabes? No importa cuántas veces lo vea, verte hacer las compras es lo más extraño que he visto en mi vida. Y he visto muchas cosas extrañas.

—Ja, ja, muy divertido, Harry. ¿Encontraste un lugar para estacionarte o no?

Draco tomó el carrito y comenzó a avanzar hacia el pasillo de los productos de aseo personal. Harry caminó a su lado con una sonrisa satisfecha en su rostro antes de asentir. Cuando se percató de que James le miraba, Harry no pudo evitar hacerle gestos graciosos, a los que el cachorro respondió con fuertes carcajadas que definitivamente no había heredado de los Malfoy.

—Aún no entiendo por qué prefieres hacer las compras con los muggles, no que tenga algo en contra —dijo Harry aún jugando con su bebé mientras Draco tomaba algunas lociones corporales y productos para el cabello de los estantes.

—El Profeta no se cansa de nosotros —respondió el rubio con cansancio exagerado—, James se altera con el flash de la cámara y con la gente que sólo quiere verlo. Ni siquiera puedo comprar sin que empiece a llorar por toda la atención, lo que definitivamente me haría dudar de su parentesco conmigo si yo no lo hubiera dado a luz. ¿Sabías que yo era un bebé realmente sociable y fotogénico?

Harry soltó una carcajada que James imitó.

—Ah, sí, tu madre me ha hablado de eso. Aparentemente te gustaba ser adulado e idolatrado desde el nacimiento. No dejabas que nadie te tocara, pero cuando se traba de fotografías o recibir halagos eras todo sonrisas.

Draco sonrió descaradamente antes de continuar con las compras. Después de una hora en que se dedicaron a seleccionar algo de comida enlatada y algunos cortes frescos para que Dobby pudiera hacer de comer, ambos volvieron al automóvil, Harry cargando al pequeño James envuelto en mantas mientras Draco cargaba las bolsas con todo lo que habían comprado. James se removía incómodo entre sobre los brazos de Harry, amenazando con comenzar a llorar en cualquier momento, por lo que ambos se apresuraron a poner todo en el maletero y acomodar a su cachorro en la sillita en la parte trasera del auto.

—¿Por qué llora tan de repente? —preguntó Harry abrochándole el cinturón de seguridad al cachorro que pataleaba entre llantos.

—Debe tener cólicos —dijo Draco tomando lugar en el asiento del conductor—. Severus vendrá hoy a dejarnos una poción que ayude con eso.

—Creí que ya habíamos solucionado ese problema —dijo Harry subiendo del lado del copiloto y buscando en la guantera desesperadamente el chupete del niño sin éxito.

—Tiene un estómago sensible. —Draco suspiró exasperado—. ¿Eres un mago o no? Usa un encantamiento de convocación para encontrarlo o muéstrale tu patronus.

—¿Aquí? Es demasiado grande. —Draco sonrió con picardía antes de arrancar el vehículo. Harry se sonrojó—. Hablaba del ciervo...

Draco soltó una carcajada.

Todo el camino a casa estuvo inundado de los quejiditos de James que, aunque se había quedado dormido, parecía seguir sufriendo de dolores en su pancita. Por supuesto, el problema se resolvería una vez que pusieran un par de gotas de poción para el dolor en su biberón. Draco esperaba que Severus no tardara demasiado.

Y no lo hizo.

Cuando Draco entró a casa con las manos llenas de bolsas de compra, lo primero con lo que se encontró fue con Severus sentado en la barra de la cocina con una taza de té en manos y un Dobby bastante nervioso en una de las esquinas de la habitación, como si no supiera cómo comportarse. Draco le llamaba el efecto Severus.

Dobby aún era un elfo de la casa Malfoy, pero pasaba la mayor parte del tiempo con ellos, haciendo la limpieza o preparando las comidas. Draco y Harry agradecían la ayuda pero no dejaban que el elfo interviniera demasiado en la crianza de su hijo, querían hacerlo ellos mismos, aun si eso incluía cambiar pañales. Por supuesto que, cuando Harry y Draco se encontraban demasiado ocupados con sus trabajos, Dobby siempre estaba dispuesto a echarles una mano con el cachorro por un par de horas.

El llanto de James interrumpió la tranquilidad de la sala.

—Parece que he llegado en buen momento —dijo Severus poniéndose de pie, dejando su taza sobre el plato de porcelana—. Dobby, el biberón.

—Sí, señor, Severus, señor —respondió el elfo mientras a toda velocidad y usando su magia, preparaba el biberón del bebé.

Harry entró a la cocina con James.

—No puedo creer que después de tanto tiempo no sepas cómo tranquilizar a tu propio hijo. Los Omegas no podemos hacer todo el maldito trabajo —le recriminó el profesor de pociones al moreno quitándole al bebé de las manos—. Los Alfa pueden ser tan inútiles.

—Entiendo totalmente el sentimiento, Severus —respondió Draco con falso agotamiento mientras se sentaba en una de las sillas de la cocina.

Harry abrió la boca con indignación.

—¡Oye! —exclamó ofendido antes de tomar asiento junto a su esposo. James se calmó luego de unos minutos en brazos de Severus y Harry volvió a abrir la boca con indignación—. ¿Cómo puedes ser tan bueno?

Severus le dio una mirada rígida y alzó una ceja en su dirección. Harry se encogió en su asiento, cómo cuando era un niño y Severus lo reprendía. No que eso pasara muchas veces, el hombre tenía una debilidad por Harry desde siempre y solía consentirlo aun sin la necesidad de decirlo. También había sido bastante sobreprotector con él, pero ahora sólo parecía preocupado por James, el nieto de su Alfa predestinada. No que Harry se quejara, estar bajo el ala de Severus Snape te garantizaba muchas ventajas, sobre todo en Hogwarts.

—Qué no haya tenido hijos no quiere decir que sea un inútil. Yo cuidé de ambos desde que nacieron, por si lo olvidaron.

—Es extraño, ¿no? —dijo Draco—. Yo nunca imaginé que tuvieras una relación tan estrecha con los Potter. Siempre creí que tus únicos amigos eran mis padres. —Harry y Severus intercambiaron una mirada fugaz que no pasó desapercibida por el rubio—. ¿Hay algo que debería saber?

Dobby apareció con el biberón y se lo entregó a Severus no sin antes anunciar que había puesto la cantidad suficiente de poción en la solución. El hombre asintió rígidamente antes de poner la botella en la boca del bebé que aún medio dormido la tomó. Luego dijo:

—Lily Evans era mi predestinada.

Harry agachó la cabeza, avergonzado por la situación. No porque su madre y su mejor amigo fueran predestinados, sino por cómo había terminado todo. Aún no veía justo que Severus hubiera tenido que pasar por el rechazo, como había hecho Draco en Hogwarts, los predestinados estaban hechos para estar juntos y amarse de por vida, aunque tampoco hubiera deseado que sus padres no estuvieran juntos. Una mala jugada del destino que Lily hubiera resultado tener dos predestinados y aunque en el presente Severus luciera satisfecho con su vida, Harry ni si uiera podía imaginar por lo que había tenido que pasar, viendo a su predestinada con otro y tener que conformarse con su felicidad. Harry no hubiera podido.

»Y Lucius Malfoy me marcó para que no siguiera sufriendo. Un buen amigo.

Harry levantó la cabeza, perplejo. Definitivamente no había esperado esa repentina confesión, pero antes de que pudiera decir alfo, Draco intervino.

—Bueno, para eso son los amigos después de todo —dijo conciliadoramente—. Aunque creo que hubiera sido mejor que intentaras formar tu propia familia.

Severus bufó.

—¿Para qué? Suficiente tenían con ustedes dos. Los niños más revoltosos que jamás he conocido. Potter, demasiado energético, corría por todas partes y llegó a perderse más de una vez y Malfoy, demasiado mimado, un pequeño diablillo que no tenía recato en hacer una travesura tras otra. Y luego, cuando entraron a Hogwarts, Salazar, de sólo recordarlo me da dolor de cabeza.

Harry y Draco intercambiaron una mirada antes de mirar a Severus con cariño. El hombre fingió no darse cuenta mientras alimentaba a su pequeño desastre que ahora comía con energía, ojitos cerrados y boca fruncida. Sí, tal vez Severus no había formado una familia propia pero había encontrado la felicidad de otra manera.

Cuando Snape finalmente se marchó, Harry y Draco subieron y colocaron a James en su cunita antes de dirigirse a su propia habitación, colocarse el pijama y meterse en la cama, abrazados. Draco aspiró el aroma a Alfa de Harry profundamente y estaba cerrando los ojos cuando su esposo le susurró al oído:

—No olvides que mañana viene Teddy de visita.

—Hum —afirmó cansado, después de todo tener un bebé era agotador—. No olvides que mañana tienes que ir a dejar esos papeles a casa de tus padres.

—Ajá... Hermione dijo que llamaría para arreglar lo del enlace mágico que las volverá, a ella y a Pansy las madrinas de James.

—Y para organizar lo de los vestidos de su boda... Joder, estoy tan cansado y ni siquiera hemos comenzado el día.

—Qué quede constancia de que tu solito te ofreciste a apadrinarlas.

—Oh, cállate, idiota —dijo Draco besándolo castamente. Harry suspiró con placer.

—Tal vez podríamos... ya sabes-

Una mano escurridiza se coló entre ellos y Draco sintió como su erección era aprisionada. El rubio ronroneó de placer, pero antes de que pudiera corresponder el gesto, el llanto de James llegó desde su habitación. Harry suspiró con resignación antes de ponerse de pie.

—Tu turno... —dijo Draco con voz cantarina.

—Lo sé. —dijo colocándose las pantuflas—. Pero no creas que te has librado de mí, Malfoy —amenazó coquetamente inclinándose sobre él, su peso hundiendo el colchón, antes de besarlo.

Draco sonrió con cariño, viéndolo salir de la habitación, volviendo a acomodarse plácidamente entre las cobijas y las almohadas, sabiendo que, probablemente, Harry se quedaría dormido en la mesedora junto a la ventana con el bebé en su pecho. Como siempre.

Bueno, su madre había tenido razón; había sacrificios que se tenían que hacer por los hijos, sacrificios que Draco y Harry harían con alegría por ver a su familia feliz.