~ Sobre el pasar de seis años y un tinte pasional más...


El pasar de los años le había sentado bien a Mila. El trabajo como costurera le estaba surtiendo muchos frutos puestos el nuevo pueblo en el que vivía había mucho campo con demandas de abrigos, mantas y demás para los fríos días a las faldas de la cordillera.

Otabek, Yuri y Mila habían forjado una sólida amistad. Era ella quien los mantenía informados de todo lo que sucedía en el pueblo y las pocas noticias que llegaban desde los otros poblados con los leñadores y los viajeros. Decía que el lugar donde vivía era tan tranquilo y cálido, que los pobladores decían no haber visto una bruja en años, por lo que era seguro que una chica saliera a buscar hierbas y setas a las afueras. De ese modo, Mila pasaba desapercibida cuando los visitaba una y hasta dos veces al mes.

— Bibi, ponte bien la bufanda, fuera está helando — Otabek le arregló la prenda a su hermana menor mientras Mila terminaba su té en la sala.

— ¡Ori ordenarás tus medias antes de irte! — gritó Yuri desde la habitación de las niñas — ¿Bibi dónde diablos tiraste tu otra bota?

Habían pasado seis años años desde que se habían establecido en ese lugar y la vida no podía ser más pacífica únicamente porque Ori y Bibi seguían siendo unas desordenadas.

Ori, de catorce años, terminó de atarse el cabello y fue corriendo a la habitación para que a Yuri no le diera un ataque de locura y terminara regañándola.

— Síp— dijo la chica acatando la orden.

Otabek sonrió viendo desde la entrada de la casa hacia en cuarto de sus hermanas, donde Yuri aguardaba con los brazos cruzados a que Ori terminara de guardar todas sus prendas en su cajonera. Lo que él no había logrado en años, Yuri lo lograba con tan solo un grito.

Tener un compañero que amara, regañara, cuidara y educara a sus hermanas al igual que él era genial. Y lo era mucho más si sus hermanas sabían y comprendían que todo lo que Yuri y él les decían era por instruirlas de la mejor manera porque las querían.

Bibi también entró corriendo al cuarto, con solo una bota puesta. La niña de diez años, que hoy en día hablaba un poco más, se metió bajo la cama, hasta el fondo de ella, de donde logró rescatar su otra bota. Se la puso con rapidez y volvió a correr hacia su hermano.

Como se había vuelto usual, ese nuevo mes se irían un par de días con Mila de visita al pueblo. Los pobladores no decían nada sobre las niñas puesto como Mila había llegado emigrando de otro pueblo, creían que eran parientes lejanas de la chica que debían ser buscadas y luego dejadas. Nunca habían tenido problemas con ese tema.

Yuri les preparó aperitivos a las tres chicas para que no viajaran con el estómago vacío.

— Recuerden siempre estar al lado de Mila, ¿me escuchan?

— Sí — contestó Ori a su hermano, Bibi simplemente asintió.

— No deben hablar con nadie sobre...

— Sobre Yuri, ni decir dónde vivimos, ni decir que somos tus hermanas, somos sobrinas de Mila, nos llamamos Ana y Dani y somos buenitas — completó Orieta. Tantos años y su hermano mayor seguía repitiendo lo mismo.

Otabek frunció el ceño y con una mirada suspicaz terminó por soltar un gruñidito satisfecho.

— Chica lista.

— Mila, ¿puedes traerme macetas cuando vuelvan? quiero plantar algunas semillas que tengo guardadas. — preguntó Yuri, besando a Bibi y Ori antes de que estas partieran.

— ¿De qué tamaño? — preguntó la Babicheva subiéndose la capucha, fuera comenzaba a nevar.

— Medianas están bien.

— Seguro — la sonrió y levantó sus pulgares — ¡nos vemos la próxima semana!

Otabek abrazó a sus hermanas y estas le llenaron la cara de besos antes de correr hacia Mila y dejarlos solos.

La pareja se quedó mirando desde el umbral de su hogar por donde las chicas se hicieron pequeñitas hasta desaparecer en la nieve. Tras ello, Otabek sintió que Yuri tomaba su mano y lo miraba. En sus labios una sonrisa gatuna, esa sonrisa gatuna. Sus ojos verdes hechos dos líneas.


— ¿Y qué tal? ¿te sorprendí? ¿te gusta? ¡está más calentita! — decía Yuri emocionado salpicando agua en la tina.

Otabek asintió con una sonrisa y suspirando, disfrutando el agua caliente de la bañera.

Yuri había estado practicando mucho esos últimos años el utilizar magia independiente. Por su propia cuenta (y rayando nuevos libros con su puño y letra) había empezado a estudiar diversos tipos de pociones en un pequeño estudio al final de la casa (por si algo explotaba). Había incursionado en poder hacer levitar cosas por más de veinte minutos sin cansarse, en apurar ligeramente el crecimiento de ciertos vegetales y flores, mover cosas sin mirarlas y solo pensando en ellas, etcétera. Incluso una vez, exhausto de corretear a las gallinas para que entraran en su caseta, las manejó mentalmente para que entraran solitas a su gallinero; aunque se había desmayado tras ello puesto era magia demasiado forzada y avanzada para él. Otabek le prohibió volver a hacer eso porque estuvo con fiebre y dolor de cabeza los días posteriores a ello.

Esa vez, Yuri había progresado calentando el agua vertida en la tina. En un principio solo lograba hacerla llegar a un estado más o menos tibio, pero ahora Otabek le daba créditos porque el agua donde se bañaban estaba perfectamente caliente y estupenda para relajarse.

— Yuri eres tan inteligente — lo había felicitado Altin, cerrando los ojos.

El rubio sonrió y se estrujó el cabello que, tras los años, volvía a llegarle a la cintura. Se acercó a su pareja y se sentó a horcajadas sobre él, abrazando su torso y dejando su cabeza reposar en el hueco entre su cuello y hombro.

Yuri también cerró sus ojos, pero Otabek lo sintió toquetear su torso y espalda, apretando suavemente y resbalando por la cálida agua.

— ¿Qué haces, Yura? — preguntó en su oído.

— Te hago cariño — respondió comenzando a dejar besitos en su cuello — ¿cómo puedes tener casi treinta años y seguir tan duro? — preguntó apretando su vientre ligeramente marcado.

— Lo llamo cortar leños y criar a cuatro gatas sin magia — refiriéndose a sus hermanas, Yuri y Potya.

— ¡Oye! — se rio el rubio chapoteando en el agua.

Otabek también sonrió con los ojos cerrados. Vaya que se sentía bien estar allí los dos. Los años pasaban y pasaban y él no podía sentirse más a gusto y acostumbrado de esa vida simple y hogareña.

— Tú también te mantienes bien, Yura — dijo palmándole suavemente la espalda — estás tan precioso como el día en que te conocí.

Yuri se mordió el labio y lo miró enternecido.

Con los años, Beka había demostrado lo feliz que era junto a él siendo más expresivo con lo que sentía y pensaba. Sonreía más a menudo y las miradas desconfiadas desaparecieron poco a poco.

Otabek era el hombre de los sueños de Yuri.

— Y tú estás como el vino, Beka, mientras más viejo más bueno — lo elogió a su especial manera, su divertida forma de expresarse no había cambiado.

— Gracias, amor, gracias.

Otabek sonrió y negó con la cabeza, divertido. Se acercó a los labios de Yuri y este lo recibió con gusto, saboreando la boca ajena con lentitud a la par que pegaba sus torsos desnudos y mojados.

Salieron a tropezones del agua, riendo y besándose, corriendo rápidamente al cuarto. Potya maulló escandalizada cuando los vio salir del baño desnudos, ellos dando un portazo cuando ingresaron a la habitación vecina.

— ¡Perdón! — exclamaron Yuri y Otabek al unísono.

¡Ya no son adolescentes! gritó de vuelta la minina, enfadada. Yuri solo se rio mientras caía a la cama con Otabek sobre sí.

Altin no supo si Yuri había hecho magia para calentar nuevamente la habitación o era su idea, porque el ambiente se tornó ardiente en muy pocos minutos. Los besos desesperados y él intentando tocar todo el cuerpo ajeno.

Las manos de Altin apretaron los carnosos muslos blancos de Yuri aún húmedos por su baño a medias. Yuri había subido un par de kilos con los años, y si bien su vientre plano y sus brazos delgados se mantenían igual a como Otabek recordaba haber abrazado por primera vez, sus glúteos estaban más buenos que nunca y disfrutaba apretar aquella piel redonda y amasable.

— Joder, Yura, tienes un trasero de infarto — dijo con voz ronca en su oído.

Yuri soltó un gemido cuando apretó una de sus nalgas y la punta de sus dedos se acercaron peligrosamente a su entrada.

El rubio bajó su mano y atrapó el miembro de su amante, este soltando un corto jadeo por tan imprevisto ataque. Lo empujó con fuerza, la espalda de Altin chocando contra las almohadas y Yuri arrodillándose justo frente a su entrepierna. Su mano subiendo y bajando, dio una lamida a la punta del pene de Beka y este apretó las sábanas bajo sus palmas. Su corazón acelerado cuando los ojos verdes de Yuri lo miraron intensamente, el cabello húmedo pegándose a su rostro y la manera en que se agachaba con su trasero en alto haciéndole romper la compostura.

Yuri envolvió la base de su pene con su astuta lengua y sus largas pestañas cayeron, como si estuviera saboreando una deliciosa paleta. Otabek movió la cadera inconscientemente, buscando más contacto con la caliente respiración ajena y temblando cuando Yuri llegó a la punta y succionó, dejando un pequeño beso antes de comenzar a engullir todo su miembro.

Otabek palmó con dificultad la mesita al lado de la cama, buscando desesperado un pequeño frasco hasta que lo halló y derramó un poco del líquido en sus dedos. Tapó el recipiente y lo tiró por allí. Disfrutando a Yuri lamerlo con dedicación, se estiró lo suficiente para tomar el trasero de del chico y con sus dedos palmar su entrada.

Cuando ingresó el primer dígito, Yuri sacó su miembro de su boca y soltó un lánguido gemido.

— Oh, Beka.

El nombrado despejó el cabello mojado de la cara de su novio con su mano libre y repasó con fuerza sus dedos por los labios de Yuri antes de tirar de las hebras doradas y ayudarlo a hundir en su bonita boca su dolorosa erección.

Yuri retomó su tarea, entre gemidos ahogados, el libidinoso son de la saliva acumulándose y sus manos trémulas jugando con sus testículos. El lascivo sonido de las pequeñas de arcadas del rubio cuando lo tomó por completo, Otabek sintiendo su cabeza mareada cuando se supo llegar hasta la garganta de Yuri.

Ese era el cielo. La boca de Yuri era mágica.

Los dedos de Altin siguieron jugando con el agujero ajeno, hundiendo sus dedos humectados, curvándolos en ese interior aterciopelado y caliente. Yuri sentía la cara muy caliente y tuvo que retirar su boca varias veces para coger aire.

— Está bien, Yura — suspiró Otabek al ver que Yuri, a pesar de sus jadeos y falta de aire, intentaba lamerlo de nuevo — creo que estás listo.

El rubio se relamió, jadeando y repartiendo besos en su pene. Tenía las mejillas encendidas como dos tomates y la mirada cristalizada. A pesar de que sus pieles seguían húmedas, ambos se sentían arder.

— Siempre estoy listo — dijo el rubio, soltando un gemido agudo al sentir los dedos en su trasero enterrarse más.

— Ese es mi chico — Otabek sacó los dedos de su interior y Yuri se abalanzó sobre él para besarlo.

Eran esos pequeños comentarios los que alegraban el corazón a Yuri. Se sentía orgulloso cada vez que Otabek lo reconocía, cada vez que era sincero. No era más feliz con ese hombre a su lado solo porque podría morir de una taquicardia amorosa.

Yuri lo besó con una pasión desbordante y Otabek respondió del mismo modo. Ambos pares de manos recorriéndose desesperadamente. Sus dientes chocando a ratos mientras sus lenguas se discutían el liderazgo. Tenían los labios hinchados, sobre todo Yuri, pero no les impedía el querer beberse toda la boca ajena y hasta el último de sus suspiros.

La entrepierna de Otabek no podía doler más y cada roce con el cuerpo ajeno lo hacía gruñir.

Yuri se subió a su regazo chocando ambas erecciones y soltando un dulce gemido en su boca. Otabek se separó y apretó los glúteos de su novio, mirando hacia abajo, señal suficiente para que Yuri se acomodara de la mejor manera para alinear el miembro de Altin con su entrada ya lubricada.

— ¿Quieres que te monte? — preguntó el rubio con una sensual voz que puso los pelos de punta de Otabek.

— Sería un honor.

Altin se apoyó en una de sus manos hacia atrás y con la otra afirmó la cintura de su novio. Yuri comenzó a bajar lentamente, atrapando la punta de su miembro y luego metiendo toda su extensión en su interior húmedo y apretado. A pesar de afirmarse a sus fuertes hombros, Yuri se inclinó ligeramente hacia atrás para hacer el contacto más profundo.

Otabek sintió cálidamente cuando Yuri lo tomó por completo y de sus labios salió un suspiro entrecortado. El chico subió con el miembro resbalando entre sus nalgas y luego volvió a bajar, soltando un sucio gemido que calentó la sangre a Otabek.

— Beka, ah, este año también creciste... — dijo concentrado en el placer, su cabeza hacia atrás, sus ojos cerrados y sus labios abiertos.

Otabek, a pesar de estar disfrutando de los gentiles movimientos de las caderas ajenas, no pudo evitar soltar una risa por el comentario. Estúpido Yuri.

Ya era lo bastante molesto que Yuri tendiera a hacer bromas respecto a su altura puesto con los años él ya lo había alcanzado, y ahora hacía mención del tamaño considerable de su amiguito allí abajo.

Le dio una nalgada a la suave y tentativa carne de su trasero y Yuri soltó un pequeño grito, mirándolo con el ceño fruncido. Altin le sonrió, con la respiración agitada y empujando sus propias caderas hacia arriba para ayudarlo con las deliciosas penetraciones.

— Sé que te gusta así.

Murmuró el kazajo jalando el cabello de su amante hacia atrás para jadear directamente en sus sensibles pezones a la par que los mordía y los lamía.

Yuri se deshacía en gemidos con los que seguramente Potya allá afuera quería arrancarse las orejas. Aunque tal vez ella ya se había anticipado y había salido de casa para no escucharlos gritarse con pasión.

Yuri saltaba animosamente sobre el miembro ajeno, gozando cada sentón con el que el miembro de su pareja golpeaba más y más profundo dentro de sí. Vaya que Otabek se ponía bueno con los años, jamás podría cansarse de ese tonto hombre tosco y rudo que ahora lo atendía con dulzura y dedicación.

Las uñas de los blancos dedos se clavaron en los hombros morenos y Otabek le afirmó la cintura con ambas manos, las penetraciones haciéndose cada vez más profundas. Cada vez que subía, el rubio se aseguraba de apretar a su pareja, degustando cada gruñido y gemido ahogado que soltaba la ronca voz que lo enloquecía.

— Joder, Yura... ah, ¿por qué eres tan delicioso?

Sus pieles chocando cada vez con más desenfreno, el cuerpo húmedo y sudado de ambos y los sonidos obscenos de sus bocas llenando el aire de la habitación. Era como si en ese lugar hubiera una chimenea, todo se sentía tan caliente que los mareaba, ambos sentían su vientre a punto de explotar por tanto placer.

— Beka, Beka, ¡ahh, sí!

Otabek sentía su pecho demasiado acelerado, abrió los ojos solo para estar a punto de un ataque cardíaco. Yuri se veía tan sensual, era como un ángel. Sus carnosos muslos abiertos de par en par y su pecho expuesto ya que ahora se afirmaba a sus piernas, estirado hacia atrás, sus labios hinchados abiertos soltando gemidos y gritando su nombre, el cabello largo y rubio, siempre desordenado y haciéndolo ver terriblemente salvaje y precioso, las pestañas le besaban los pómulos sonrosados.

Otabek lo sentía venir, con cada embestida en la que necesitaba mover su cadera más frenéticamente hacia Yuri, el clímax estaba cerca.

— ¡Otabek! — chilló el rubio cuando tomó su rosada erección y comenzó a estimularla con avidez.

Yuri cogía aire frenético y lo miró con desesperación y un profundo deseo. Otabek apretó más su cintura y el movimiento de su mano cobró más rapidez. De su boca no salían más que jadeos y gemidos que acompañaban a los de su amante.

Cuando Altin tocó el punto sensible en Yuri, este dio un fuerte grito y se corrió manchando su abdomen. Sus paredes internas se contrajeron haciendo que Otabek perdiera la cabeza. A pesar de los espasmos del rubio post-orgasmo, este siguió gimiendo cuando lo penetró con más fuerza hasta alcanzar el clímax dentro de él.

Se hundió en el pecho blanco mientras sus manos apretaban con fuerza su cadera, intentando recobrar el aliento y poder destensar su cuerpo tras tan intenso éxtasis. Yuri lo abrazó con flojera y casi sin fuerzas, en el mismo estado que él.

Se quedaron así un par de minutos, solo escuchando el silbido del bosque fuera de su cálido hogar.

— Vaya que disfrutamos cuando Bibi y Ori se van de paseo.

Dijo Yuri con una risa agotada. Otabek también le imitó; sabía que su novio no lo decía de mala manera, sino porque cuando estaban solos podían dar rienda a sus voces sin tener que ser recatados.

— ¿Crees poder calentar nuevamente el agua de la tina? — preguntó Altin después de varios minutos más, cuando sus cuerpos ya comenzaban a enfriarse.

Yuri asintió, separándose despacio y soltando un suave suspiro cuando Otabek sacó su miembro de su interior. Se miraron y se besaron despacio. Volvieron a mirarse y no hubo necesidad de decirlo, ambos sabían lo que estaban pensando, ese sentimiento tan profundo que calaba hasta lo más hondo de su corazón.

...

Vieron a Potya cazando pajarillos cuando salieron del cuarto.

Yuri gritó horrorizado por lo que su amiga estaba haciendo.

— ¡Son seres vivos, Potya! ¡no puedes hacerles eso! — gritaba Yuri desnudo desde la ventana.

Potya volvió a maullar escandalizada al verlos a ambos en tales fachas y dejó a los pajarillos para saltar al techo de la casa y así no verlos hasta que se dignaran a vestirse.

Otabek volvió a llenar la tina y Yuri calentó el agua mientras volvían a meterse en ella.

Ambos suspiraron una vez se acomodaron. Tenían tanto cansancio en sus cuerpos que sintieron que podrían quedarse dormidos allí mismo.

Yuri sintió hablar a Otabek a su espalda y sonrió con dulzura.

— Definitivamente... aceptar esas cien monedas de oro por Yuriri fue lo mejor que pude haber hecho en esta maldita vida.


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