Epílogo
El silencio había caído sobre los presentes. Robert, Juan y Albert se miraban con cautela y con un cierto recelo. Los años transcurridos habían acercado posiciones. El conde había llegado a profesarle verdadero afecto al hombre que se había ganado el corazón de su nieta por completo. Robert se sentía satisfecho porque su hija estaba enamorada y era correspondida. Tanta felicidad lo abrumaba. Se sentía el feliz abuelo de tres nietos, niños que le reportaban una energía increíble. Nunca se había arrepentido por haber acudido a la reina Leonor para contarle el secreto que había guardado en su interior durante tantos años.
El conde no se lo perdonó tan fácilmente. Descubrir que su nieta era la hija del rey de Inglaterra le había resultado demoledor y lo había llenado de miedo negro. Los Plantagenet eran sumamente ambiciosos, nada los detenía en su lucha por el poder.
Albert los miraba a ambos estupefacto, una línea de sudor se iba formando en su frente tras la sorprendente revelación.
—Y ¿qué pasará ahora que Ricardo ha muerto? —la pregunta del conde había quedado en suspense.
—¡Nada! —tanto Juan como Robert miraron con duda a Albert—. Absolutamente nada, porque el secreto ha de acompañarnos a la tumba —la mirada helada de Albert mostraba claramente que no le habían hecho un favor revelándole un secreto de tal magnitud.
Habían dejado caer el hacha de la incertidumbre sobre su cabeza.
—Don Juan será coronado rey de Inglaterra y no debe quedar ni una sola duda de que será el legítimo, o la vida de mis hijos correrá grave peligro.
El conde asintió solemne.
Robert lo pensó un instante más.
—¿Solo lo sabe la reina Leonor?
Robert asintió con la cabeza.
—Fui el único testigo.
Cuando yo muera el secreto morirá conmigo.
—¿Quién tiene el anillo de Ricardo y la carta de Blanca?
—La reina Leonor —Albert meneó la cabeza con pesar. Robert trató de tranquilizarlo—. Es la forma que tiene la reina de mantener las manos de su madre lejos de Candy.
—¿Lo sabe el rey Alfonso?
Robeer negó con la cabeza.
—La reina Leonor le hizo creer a su madre que sí para frenar su ambición si acaso pretendía alguna vez reclamar a Candy como heredera de Inglaterra.
Alberr suspiró violentamente.
—¿Supo alguna vez Blanca con quién se acostó en realidad?
Robert asintió aún dolido.
—Mi esposa escribió dos cartas. Una fue enviada a su primo Raymont, carta que éste remitió a Guillermo de Escocia intentado con sus artimañas quedarse con la herencia de Verdial. Blanca trataba de proteger su secreto atribuyéndole la paternidad a otro. La segunda carta la escribió cuando todavía estaba viva. Es una confesión sobre la verdadera identidad del padre de Candy. Me hizo el honor de entregarme tanto la carta como el anillo para que yo los custodiase si a ella o a mi palomita les sucedía algo.
Tanto Albert como Juan alzaron las cejas ante la particular forma de llamar Robert a su hija.
—Candy debe seguir siendo la hija ilegítima de Guillermo. Nos interesa que éste lo siga creyendo.
—La madre de Ricardo conoce la verdad.
Albert miró con fijeza al conde.
—Pero el príncipe Juan no. Codicia demasiado el trono para que su madre se arriesgue a descubrir que hay una heredera— las palabras de Robert no lograron calmar los ánimos.
—Necesitas hijas que ayuden a establecer lazos con tu casa, lazos que consigan proteger una herencia con fuertes guerreros.
Albert miró al conde con sorpresa.
—¡Estoy en ello, abuelo!
Robert soltó una carcajada. Sabía que el rey escocés intentaba por todos los medios hacerlos volver: alegaba que quería a sus nietos cerca de él. Albert frenaba constantemente los embates del terco monarca escocés de introducirse en la vida de ellos sin su permiso.
Escocia quedaba tan lejos...
—Quizás sería mejor que la verdad saliese a la luz.
Albert miró con mordacidad a Roberr tras este último comentario.
—Si la verdad va a hacernos desdichados, si va a matar las ilusiones que nos mantiene vivos, es mejor ignorarla —había citado las palabras de Candy de unos años atrás.
—¿Dónde están mis nietos? —Robert miraba a un lado y a otro de la enorme sala.
—El pequeño Juan sigue entrenando, según él, con su capitán Quintín. Cualquiera le explica a ese tozudo castellano que el capitán de mi guardia no le pertenece. Mi hermano Anthony andará cerca de él para reírse cuando Quintín le haga caer sobre su culo; nada le baja tanto los humos.
El conde dejó asomar una sonrisa por la explicación de Albert. Era conocido en todo Verdial el mal genio del pequeño Juan apodado "el diablillo". Anthony lo hacía enojar a menudo tan sólo para oírlo despotricar en la lengua que le enseñaba Joseph su escribano que, milagrosamente, había salido con vida de la criba que sufrió Toledo años atrás.
—Robert imagino que estará en las cocinas haciendo de las suyas, y el pequeño Albert estará comiéndose todo lo que encuentra a su paso.
—¿Y mi nieta?
Albert respondió con una sonrisa.
—Arrancando hierbas en el huerto —Robert alzó las cejas, interrogante—. Candy está enfadada porque no consigue darme la hija que deseo y que le reclamo cada día de mi vida.
Don Juan soltó una carcajada de incredulidad.
—Tienes tres hijos varones fuertes, robustos y que crecen llenos de dicha.
Albert sonrió ampliamente y entrecerró los ojos con alegría inusitada. Cada uno de sus hijos le reportaba una alegría inmensa y un orgullo que no le cabía en el pecho. Su primogénito Juan, a sus cinco años, mostraba una belicosidad alarmante. Solía pasar horas enteras luchando con su espada de madera y matando impíos por los pasillos de Verdial. Robert, con cuatro, vivía por y para la comida; nada le gustaba más que meter las manos en todos los cuencos de comida que encontraba. Era un asiduo de las cocinas de Verdial y los cocineros le habían proclamado "San Amasador". Albert, con tan solo dos años, era muy pequeño para destacar en alguna rareza salvo que le encantaba cogerlo todo y llevárselo a la boca, sin importarle si resultaba comestible o no.
—Fue una pena que padre e hija no se conocieran.
El lamento de Robert casi le hizo dar un salto a Albert, perdido como estaba en sus pensamientos.
—Sí que se conocieron, aunque ignoraban el parentesco que les unía —el conde y Robert miraron con sorpresa a Albert—. Cuando nos batimos en duelo, allí en Waterfallcastle, Candy se proclamó vengadora de vuestra sangre. Me costó lo mío tratar de que no me atravesase con su afilada furia. Teníais que haber visto la cara de Ricardo cuando ella le puso la espada en el cuello y amenazó con cortárselo por permitir batiros en duelo conmigo —Don Juan soltó una blasfemia. Robert se atragantó—. Ambos se quedaron mirando durante un momento tan largo que temí que al rey Alfonso le diera un ataque viendo a su pupila amenazando la garganta de su cuñado. Allí estaba ella, tan magnífica, plantándole cara al monarca inglés sin un asomo de temor a las represalias que podría sufrir después por su audacia.
Don Juan se llevó la mano a la garganta y Robert seguía intentando contener los escalofríos.
Indudablemente hablaban de Candy.
—¿Cómo no me di cuenta del parecido? —Albert había hecho la pregunta en un susurro—. El mismo color de ojos, la misma arrogancia...
El carraspeo de Juan lo hizo volver de su ensimismamiento.
—Digna hija de Castilla, ¡lo juro! —Don Juan terminó por sonreír.
FIN
Holaaaa, ya llegó el final de esta linda historia, en realidad me gustó mucho aunque no les niego que en ocasiones odie a la protagonista, pero terminé perdonandola al enterarme que no le habían echo nada malo a él clan del rubio, al ayudarlos para que sean prósperos, y de los hermanos de Albert al tenerlos cerca de su hermano y protectores de su hijo...
Lamente mucho que ella nunca se enterara que el rey de Inglaterra era su padre, y él de que tenia una hija, yo sospeche un poco cuando ella lo amenazó con la espada, a él le gustó mucho los ojos de ella porque compartían el mismo color esmeralda, cosa que no compartía con el rey escoces..
Espero que hallan disfrutado de la lectura, después de terminar la historia de la brujita comienzo en la búsqueda de otra novela para los rubios.muchas gracias a mis seguidoras de FanFiction y de Wattpad, hasta una próxima.
Abrazos.
Aby
