CAPÍTULO XXIII
WE GO TOGETHER

«Or at the high school dance
Where you can find romance
Maybe it might be love»


Faltaban tan solo dos semanas para que se acabase el curso cuando una nota apareció bajo la almohada de todos los alumnos del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Decía así:

«Queridos —y no tan queridos— alumnos de Hogwarts.

Los Merodeadores nos marchamos —sí, increíblemente, todos nos graduamos sin ninguna asignatura pendiente—. Sé lo que estáis pensando: es una pena. Pero no os preocupéis, tenemos una sorpresa para todos vosotros.

¿Que qué es? Bueno, vais a tener que averiguarlo. Os llegarán noticias a su debido tiempo. Hasta entonces, ¡suerte con los exámenes!

PD: Vendemos las preguntas de los TIMOS de todas las asignaturas».

La noticia, más que correr, voló. En menos de un día, todo el mundo hablaba de ello. Y no es como si no lo disfrutásemos. Fueron muchos los que se acercaron a preguntar y nuestras respuestas no pudieron ser más decepcionantes. Todos tuvieron que esperar a que llegase el momento y, mientras tanto, nosotros continuábamos con los preparativos.

Todo empezó un ruidoso sábado. El día anterior había sido el último día de exámenes y Hogwarts estaba eufórico. Un tropel de lechuzas entró batiendo las alas en el Gran Comedor; aquel día todo el mundo tenía correspondencia. Los animales se marcharon y la sala se quedó sumida en una falsa calma que poco a poco fue sustituida por murmullos y, más tarde, por los gritos habituales.

Lo que acababa de llegar no era nada más que un pedazo rectangular de pergamino en blanco por ambos lados. Algunos lo tiraron, otros lo guardaron y otros se quedaron mirándolo con mucha intensidad, como si por escudriñarlo fueran a hacer aparecer algo. Unos pocos listos intentaron encantarlo en vano.

—¿Se puede saber qué tramáis? —preguntó Dorcas con esa mala hostia que la caracterizaba.

—¿Nosotros? —respondió Remus.

—Sois los únicos que no lo tenéis —puntualizó Lily.

—Te equivocas —dijimos James y yo al unísono y los cuatro sacamos de nuestras túnicas nuestros respectivos papeles en blanco.

Dorcas bufó, Lily se encogió de hombros y nosotros nos miramos con una sonrisa emocionada en los labios. Nuestro plan estaba en marcha.


—Lo voy a tirar —amenazó Dorcas un par horas después.

—Pues tíralo —respondí, indiferente, con la mirada oculta entre las páginas de un libro.

—No, joder, dime qué es.

—Pórtate bien y espera como todo el mundo.

—Así que es cosa vuestra —dijo pegando un bote sobre mi cama.

—Dorcas… todo el mundo sabe que es cosa nuestra.

—Joder.

La chica volvió a sacar el pergamino. Seguro que tenía toda la intención de tirarlo a la basura, tal y como había prometido. En realidad, tratándose de ella, suficiente había aguantado.

—¡Espera! Hay algo. ¡Sirius! Que hay algo. ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo lo has hecho aparecer? —Me arrancó el libro de las manos, buscando atención. Yo bufé y lo recuperé.
—Lo vas a romper, bruta. No es cosa mía, la primera prueba es de Remus.

No necesitó mayor incentivo para dejar de darme el coñazo y bajar las escaleras corriendo, seguramente en busca de Remus Lupin. La nota rezaba lo siguiente:

«El castillo esconde infinidad de secretos y yo conozco casi todos. Dejadme compartir uno con vosotros:

"Llevo una corona,
no soy de carne y hueso,
tengo algo que te interesa
y solo has de cortarme la cabeza"».

La pista conducía a una de las estatuas del castillo: el Rey Decapitado. Simplemente había que girar la cabeza y dentro… ¡Exacto!, otra nota. No mucha gente conocía el nombre de la estatua y, los que lo hacían, no entendían el porqué. Fue una de las primeras cosas que descubrimos.

La siguiente prueba era la de Peter. Se le había ocurrido que guardásemos algo en el despacho de Filch y se las tuvieran que apañar para no ser descubiertos, pero teniendo en cuenta que todo el castillo estaba invitado, lo más probable es que de disimulado el plan tuviese poco. Fue James el que propuso esconder la siguiente nota en algún lugar recóndito…

«Es bien sabido por todo el mundo que la comida favorita de los roedores… Lo siento, se me ha olvidado».

Era corta, pero la premisa estaba clara: las cocinas.

Lo que nadie se esperaba era ver una bola de queso flotando en medio de la habitación; cuantos más trozos de queso desperdiciaban y tiraban al suelo, más grande se hacía la bola. Sinceramente, tardaron más de lo esperado en darse cuenta de que se lo tenían que comer para ver lo que había dentro y… no, allí no estaba la siguiente pista.

Ups.

Las tenía la elfina encargada de las cocinas y con un simple «por favor» entregaba la nota a la persona que se lo pedía.

Y por fin llegó mi turno. No quiero decantarme por ninguna prueba, pero es que mi idea era sublime.

«¡Viva el amor!

¿A quién no le gusta magrearse? Por favor, el sexo es lo mejor del mundo. Dar placer es lo mejor del mundo… Basta ya de ser un cutre, basta ya de pajas.

Por eso, os voy a hacer un favor. Quiero que le pidáis una cita a esa personita. Si está contigo ahora, ¡genial!, es el momento. Si no… corre a buscarla, ¡vamos! Hoy Hogwarts está enamorado.

Ah, y se me olvidaba, nada de ser unos cutres. Quiero ver cómo sudáis, cómo entonáis una canción de amor, uno de esos poemas pomposos, que lo escribáis en el cielo. ¡Que no se pierda el romanticismo!

"¡Pobre de mí! ¡Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? ¿Por qué no renuncias al nombre de tus padres? Y si careces de valor para tanto, ámame, y no me tendré por Capuleto"».

Que sí, que fui un cabrón, que los temas del amor son delicados… Creedme, lo sé. Pero todo tenía una explicación y el porqué no se haría demasiado de rogar.
Efectivamente, la última prueba fue la de James. El muy cabrón llevaba años preparando su venganza.

«¡Cuatro ojos tu vieja!

Tienes la gracia en el culo, pero también la desgracia porque, exacto, ¿empiezas a ver borroso? ¿A que marea? Tienes ocho dioptrías de miopía en cada ojo. Ya no es tan divertido, ¿eh?

Ahora quiero que salgas, sí, vas a ver lo que es perder las gafas. Los terrenos del castillo están llenos de ese objeto que te hará ser feliz y… todavía tienes que encontrar la última pista. Las gafas pueden estar en cualquier sitio: el Bosque Prohibido, el lago… quizás bajo del Sauce Boxeador.

Quien ríe el último, ríe mejor, compañeros. ¡Buena suerte!»

Cuando consiguieran las gafas, el último pergamino se materializaría. El juego se clausuraba así:

«¿A qué estás esperando? ¡Vamos! ¡Corre al Gran Comedor!»

Y de esta misma manera también comenzaba lo realmente bueno.

¿Qué es lo que les esperaba en el Gran Comedor? Nada más y nada menos que nosotros cuatro y un enorme cartel que decía así:

«LOS SEÑORES LUNÁTICO, COLAGUSANO, CANUTO Y CORNAMENTA SE ENORGULLECEN DE PRESENTAR LA MAYOR FIESTA EN LA HISTORIA DE HOGWARTS».

Demasiado largo para gusto de Remus, perfecto según James.


Mi misión era recibir a todo el mundo que se presentase al acontecimiento. En aquella época me había hecho mi primer tatuaje; recorría mi pecho desde la clavícula hasta el ombligo y tenía intención de enseñarlo, así que todo el recato que el uniforme de la escuela nos había hecho conservar durante tantos años me lo pasé por el forro de los cojones en menos de tres segundos. Supongo que como siempre.

—A ver qué podemos hacer contigo.

La frase era la misma para todo el mundo. Y es que venían hechos un asco: sucios por el barro, en pijama, en chándal o, peor aún, en uniforme.

No, no era vestimenta para una fiesta, así que yo me encargaba de agitar la varita y vestirlos un poco más… del rollo. Gomina en el pelo, tupés, botas y mucho rock and roll.

—¿Te mola?

Y una vez daban el visto bueno… ¡Siguiente!

—¿Necesitas algo por aquí, Canuto? —Remus se encargaba de… de todo, en realidad. Daba vueltas y se cercioraba de que todo estuviese en orden. Me había molestado en despeinarle y vestirle por fin con ropa de su talla. Llevaba los primeros botones de su camisa desabrochados, así que lucía por primera vez esas cicatrices que nunca nadie había visto. Esas que recorrían sus brazos y se insinuaban hasta su mandíbula.

—Todo controlado.

Aun así, le atraje hacia mí y volví a retocarle el pelo y a descolocarle un poco el chaleco. En definitiva, me encargué de hacer que pareciese algo que nunca fue: un impresentable. Joder, tenía unas ganas horrorosas de morderle la boca y… Qué calor.

—Podéis pasar por aquí —continuó él, deshaciéndose de mí—. No os quedéis en la entrada. Si queréis cualquier canción, la que sea, hablad con Peter. Y James está allí con las bebidas —señaló.

El tímido de Peter dejó de serlo por un día. Subido a una pequeña caseta, se las gastaba de DJ con una gran sonrisa en los labios. Miraba triunfante a la multitud mientras bailoteaba al ritmo de los Rollings y buscaba el siguiente vinilo.

James se pavoneaba como solo él sabía. Ligaba, sonreía. Aquella noche no llevaba gafas, se había negado a ponérselas, pero eso no parecía ser un impedimento. Agitaba la coctelera como si supiera qué cojones estaba haciendo.

Al cabo de una hora todo el Gran Comedor estaba a rebosar y yo había acabado mi trabajo.

—Y ahora —Se escuchó amplificada la voz de Peter—… una canción lenta, que hoy todos tenéis una cita.

Busqué a Remus casi sin pensarlo, pero la sala estaba hasta los topes y aquello era como intentar buscar una aguja en un pajar.

—Sirius.

Aquella voz. Aquella voz que hacía que el corazón se me encogiese y que me provocaba un huracán en el estómago. Me giré y allí estaba él.

—No te he pedido una cita, pero… ¿quieres bailar? —pregunté.

—¿Aquí?

—Sí, aquí.

Titubeó un momento, se rascó la nuca y secó las manos contra el pantalón. No fue hasta entonces cuando se acercó a mí. Me sacaba tan solo media cabeza, pero eso era gracias a mis botas. Rodeé su cuello, apoyé mi frente en la suya y nos dejamos mecer por la música suave. El silencio nos acogió hasta el final de la canción.

—Te quiero —dijo uno.

—Y yo a ti —respondió el otro.

Y nuestra historia de amor, que parecía de libro, culminó como si de un libro se tratase: con un beso y la promesa de que estaríamos juntos para siempre.

Este hubiera sido un buen final.

Pero lo nuestro no era una novela, era la vida. Y la vida es cabrona, cruel y vengativa, así que no pudimos congelar aquel momento. No nos pudimos quedar en séptimo para siempre, no cumplimos nuestra promesa. Seguimos avanzando a barlovento y sucumbimos finalmente a nuestro cruel destino.