Esa mañana, Billy estaba de pie junto a la silla vacía de Geese, supervisando la instalación de media docena de pantallas de televisión en la pared detrás del escritorio. Unos días atrás, el empresario había decidido que, como no podría asistir a ninguno de los enfrentamientos por motivos de seguridad, al menos tendría una vista perfecta de las peleas. Cada pantalla le mostraría imágenes de las distintas cámaras que filmarían el evento, con tomas de los cuadriláteros, si los había, así como del público y de los alrededores. El monitor principal, de mayor tamaño e instalado en el área central, se enfocaría solamente en los luchadores.

Billy miró de soslayo a su jefe, que estaba sentado en uno de los sillones de la oficina, leyendo una revista japonesa mientras bebía cortos sorbos de café.

Geese se estaba mostrando bastante calmado esos últimos días, a pesar de que el ambiente en Geese Tower distaba mucho de estar tranquilo. Los teléfonos de la recepción sonaban con más frecuencia que de costumbre, porque varios medios de prensa querían confirmar el rumor que Satel había iniciado sobre ellos. Geese había ordenado a las secretarias que ignoraran esas llamadas, pero parecía que los insistentes repiqueteos no cesarían en el corto plazo.

Por otro lado, la seguridad del edificio había sido fortificada, en caso el medio hermano de Geese-sama, ese hombre llamado Krauser, intentara algo contra el empresario. El número de vigilantes se había duplicado, y se podía ver a los guardias entrando y saliendo de las oficinas y áreas de trabajo, observando a los empleados como si todos fueran potenciales sospechosos.

Y, por último, el torneo del King of Fighters estaba por comenzar.

Billy sentía que llevaba días tenso y durmiendo mal, con una permanente sensación de vacío en su estómago. Sin embargo, le era imposible saber cuál de todas sus preocupaciones era la culpable. Krauser, Addes, los Satel, el KOF, los nuevos empleados que su jefe pensaba contratar... Las amenazas estaban acumulándose alrededor de Geese y Billy sabía que aquello no iba a terminar pronto.

Geese y él habían tenido una breve conversación sobre Wolfgang Krauser y, como era habitual, Billy había acabado sintiéndose frustrado ante la actitud casi despreocupada de su jefe. Para Billy, las palabras de Krauser habían sido una amenaza concreta. Estaba esperando que Krauser apareciera un día en South Town, delante de Geese, para hacerle daño.

Pero Geese había sonreído al oír sus preocupaciones, y había descartado ese asunto con un tono burlón y una mirada condescendiente, como si pensara que Billy era un muchacho sin experiencia que aún tenía mucho que aprender sobre cómo funcionaba el mundo criminal.

Tal vez Krauser vendría a South Town, sí, pero eso no ocurriría de manera repentina, había explicado Geese. Antes enviaría a sus hombres a estudiar el terreno y evaluar la mejor forma de proceder. Y su objetivo no sería simplemente matarlo. Las acciones serían concertadas de manera tal que Geese estaría ahí para ver su imperio caer.

Billy no había tenido más remedio que escuchar en silencio. Geese-sama había dicho esas palabras como si conociera bien el carácter de ese tal Krauser. Y Billy no había podido discrepar, porque Geese-sama no había compartido más detalles sobre su medio hermano con él.

Geese había dicho que hablarían al respecto cuando el torneo acabara, y Billy había asentido, notando que el prospecto de participar en el torneo en representación de su jefe ya no le parecía tan atractivo, porque habría preferido quedarse a su lado, para vigilar que ningún enemigo llegara a él.


El día de la inauguración del KOF amaneció despejado, con un sol resplandeciente en un cielo sin nubes. Billy despertó temprano, sintiendo que el sueño no le había ofrecido ningún descanso.

Había dejado todo preparado la noche anterior, y su bo estaba apoyado contra una silla de la que colgaba la ropa que usaría. Billy había elegido unos overalls celestes desteñidos, porque eran la prenda más resistente que poseía, y porque no serían gran pérdida si se estropeaban durante una de las peleas.

Tras echar una mirada por la ventana, el joven descartó ponerse una camiseta bajo los tirantes. No había duda de que aquel día sería caluroso.

Llegar a la Geese Tower sólo le tomó unos minutos. Aún era temprano, y la mayoría de pisos estaban vacíos, con las luces apagadas.

En el ascensor, el joven se preguntó si Geese-sama estaría dormido aún. Quería verlo una vez más antes de partir al lugar designado para su primer enfrentamiento. Bastaría con poder ver su rostro. Si Geese-sama aún estaba descansando, no lo despertaría.

Sin embargo, al entrar en el penthouse, Billy encontró a Geese de pie en la sala, abrochándose las mangas de la camisa.

—Geese-sama —saludó, haciendo una inclinación profunda.

Geese lo miró de pies a cabeza, como si evaluara el atuendo que Billy había elegido ese día. Sus ojos celestes recorrieron el overall de denim y se detuvieron un momento en el desgastado parche con los colores de la bandera británica que adornaba la tela a la altura del pecho del joven. El pañuelo de franjas blancas y rojas cubría el cabello rubio de Billy casi por completo. Sus hombros y brazos y parte de su cintura quedaban expuestos bajo la áspera tela del enterizo. Geese sonrió de forma casi imperceptible al observar su piel.

—¿Qué haces aquí? Deberías estar en el lugar del torneo. ¿En dónde te tocará pelear?

Geese debía saber la respuesta a la segunda pregunta, porque había leído el cronograma del KOF más de una vez, pero Billy cumplió con responder, su tono serio:

—En el puente hacia East Island. Sólo vine a ver si necesitaba algo. Partiré en unos minutos.

—No necesito nada, puedes irte.

Billy asintió.

—Confío en que harás un buen trabajo —agregó Geese.

—Por supuesto.

—¿Algo te preocupa?

—Me preguntaba si realmente es buena idea que yo esté en el torneo, teniendo trabajo que hacer aquí —dijo Billy, y aunque no agregó nada más, esa frase terminaba con un implícito "protegiéndolo".

—Siempre hay trabajo que hacer —replicó Geese dando unos pasos hacia él, extendiendo una mano para posarla en la cintura descubierta del joven.

Billy se estremeció agradablemente y levantó la mirada hacia su jefe.

El roce en sus labios fue inesperado y lo hizo sentir ligero. Parte de su desazón desapareció con ese beso. Sin saber por qué, el cielo azul y el intenso sol le parecieron más brillantes, y Billy se dio cuenta de que ése era un día realmente espléndido.

El resto de su inquietud se esfumó cuando Geese-sama le sonrió con malicia y le ordenó:

—No pienses en nada más. Enfócate en el torneo. Y diviértete.

—Sí, Geese-sama —respondió Billy, obediente.

—Y recuerda que te estaré observando. Espero mucho de tu desempeño.

—Gracias por la confianza que ha puesto en mí.

—No me decepciones.

—Nunca.

Billy sabía que ése era el momento en que debía retirarse, pero la mano de Geese continuaba en su cintura, y su jefe lo estaba observando fijamente, con una expresión extraña en sus ojos.

—Ve —dijo Geese después de unos segundos, dándole un suave empujón hacia la puerta.

Billy asintió, se despidió con una inclinación, y se dirigió al ascensor.


Unas horas después, Geese estaba sentado en la silla de su oficina, vuelto hacia las pantallas que había ordenado instalar exclusivamente para ver el torneo.

La pelea en la que Billy participaría aún no comenzaba, y una de las cámaras filmaba al joven sentado bajo el sol sobre el capó de un viejo auto donde alguien había pintado "K·O·F" con letras de colores estridentes.

El lugar donde Billy se encontraba era la intersección del puente colgante que llevaba a la principal isla de South Town. La calle había sido cerrada, y el área para la pelea era la avenida misma. El suelo empedrado quizá dificultaría los movimientos de los luchadores, pero ese handicap era parte del espectáculo.

Billy mostraba un aire impaciente y miraba en derredor a menudo. Una multitud se había reunido para observar la pelea, y empujaban contra las rejas que delimitaban el área que haría las veces de cuadrilátero. Había reporteros cubriendo el evento desde varios ángulos. Banderolas con los logotipos de los patrocinadores colgaban de las rejas y los postes de luz.

En otro de los monitores, Geese vio a sus secretarios, que se mantenían atentos a cualquier cosa que Billy pudiera necesitar. Ripper y Hopper se veían acalorados en sus trajes negros, debido al intenso sol de esa mañana, pero procuraban disimularlo.

La orden de Geese para que acompañaran a Billy al torneo había sido inesperada. Geese tampoco lo había planeado de antemano. Solamente había sentido que no quería que el joven estuviera solo y expuesto, rodeado de tantos desconocidos.

Geese entrecruzó sus dedos, observando a su guardaespaldas en la pantalla nuevamente. El oponente de Billy había llegado, y lanzaba miradas despectivas desde el borde del cuadrilátero. Aquel hombre era más alto y fornido que Billy. Su abultada musculatura se marcaba claramente a través de una ajustada camiseta gris.

Billy le devolvió la mirada sin verse impresionado.

En ocasiones, Geese olvidaba que Billy era aún muy joven. Junto a ese hombre, parecía tan sólo un muchacho.

Billy y su oponente se habían acercado al referee, que les explicó rápidamente las pocas reglas del evento. La victoria debía ser obtenida dentro de un límite de tiempo, el uso de armas estaba permitido, si alguno de ellos salía del área de la pelea, quedaría descalificado...

El oponente de Billy inclinó su rostro hacia el joven y dijo algo que los micrófonos de las cámaras no alcanzaron a captar. Geese leyó algunas palabras mirando sus labios: "rendirte ahora… muchacho… mi victoria… asegurada…"

Billy rio realmente divertido por lo que acababa de oír. Sin embargo, la mirada de sus ojos celestes era dura. Sus labios no hicieron un sonido en la pantalla, pero su respuesta fue clara para Geese:

"Como si fuera a perder con 'él' observándome".

Geese rio para sí en la oficina vacía.

Las palabras de Billy removieron algo en su interior. Algo definitivamente agradable, pero que hizo que su sonrisa desapareciera pronto y fuera reemplazada por un fruncir del entrecejo y una mirada grave.

Geese observó al joven rubio, que se preparaba para empezar su primera pelea.

Era más que seguro que, en algún otro lugar, Wolfgang Krauser estaba observando a Billy también.

En esos últimos días, desde que había recibido la amenazante llamada de su medio hermano, Geese había sentido el ocasional impulso de retirar a Billy del torneo, para no exponerlo más.

Sin embargo, sabía que pensar así era absurdo, porque mostrar lo que Billy podía hacer era una manera perfecta de comunicarle a Krauser que sus amenazas les traían sin cuidado. Y, por eso, Geese no había alterado la participación de Billy, y había ignorado aquellas inquietudes. Se había obligado a no pensar en que defender una ciudad contra un enemigo era fácil, pero proteger a Billy era algo muy diferente.

—Hm, ¿proteger? Tonterías... —murmuró Geese para sí, sin apartar sus ojos de la pantalla.

Mas aquella impropia preocupación por el joven permaneció. Él estaba acostumbrado a recibir amenazas y que distintas personas atentaran contra su vida, pero... ¿que las amenazas se volvieran hacia alguien que él estimaba? Eso era algo nuevo. Porque él nunca había tenido alguien a quien estimar de esa manera.

¿Y era eso lo que sentía por el joven inglés? ¿Estima? ¿Afecto?

¿O tal vez su perspectiva estaba nublada debido a la innegable atracción física que sentía hacia Billy?

No podía saberlo. Carecía de experiencia con ese tipo de asuntos.

Observando la pelea que se desarrollaba en las pantallas, Geese intentó distanciarse de esos pensamientos. Si lo que sentía por Billy era producto de una libido que había despertado un poco tarde, entonces tenía una manera de comprobarlo.

Porque, si debía ser honesto consigo mismo, era más razonable admitir que aquel impulso era la manifestación de una necesidad física, que una emoción que no tenía lugar en su vida.


Ripper se secó el sudor del rostro con un pañuelo, mientras Hopper se arrimaba inútilmente a la sombra de un delgado poste de luz. El calor del sol arreciaba esa mañana, y se había vuelto más insoportable después de que Billy comenzara a usar el fuego de su bo.

Las llamaradas enviaban intensas oleadas de aire caliente hacia ellos, a pesar de que estaban a una distancia prudente del cuadrilátero.

Geese-sama les había ordenado asistir a Billy con lo que el joven pudiera necesitar durante el torneo, y Hopper tenía consigo un pequeño bolso con toallas, botellas de agua, y un ligero botiquín de primeros auxilios que habían esperado no tener que usar.

Mientras miraban la pelea, ambos secretarios se habían sentido profundamente agradecidos de que su jefe sólo los hubiese enviado a observar y no a intervenir, porque, a pesar de que ése era apenas un enfrentamiento preliminar, la violencia con la que los dos oponentes estaban luchando era increíble.

Al inicio, el primer round había parecido una pelea callejera cualquiera, donde dos oponentes habían intercambiado algunos golpes. Pero sorpresivamente, el hombre que enfrentaba a Billy había sacado un cuchillo del bolsillo, y había conseguido hacer un corte superficial en el brazo del joven.

No había sido nada grave, y Billy había observado la herida con más fastidio que dolor, pero la presencia de esa arma cortante significaba que un mal movimiento de Billy podía acabar con el joven siendo herido gravemente.

Lo extraño era que, a pesar del riesgo, Billy parecía estar divirtiéndose. Había una sonrisa despectiva en sus labios, una ligereza en sus movimientos. A diferencia de su trabajo como guardaespaldas, aquí fallar un golpe no implicaba que la persona que protegía podía morir. Billy podía darse el lujo de probar ataques, provocar a su oponente, jugar con él.

—Es la primera vez que lo veo tan entretenido —comentó Hopper, observando a Billy a través de sus anteojos oscuros.

—Me recuerda a una vez que lo vi entrenando con Geese-sama en Japón —respondió Ripper, manteniendo el pañuelo contra su sien—. Los dos se veían contentos lanzando golpes que fácilmente podrían haber enviado a una persona común al hospital.

Hopper asintió, aceptando las palabras de su compañero sin ponerlas en duda, y luego preguntó en voz baja:

—Es imposible, ¿verdad?

—¿Qué?

—Lo que publicó esa revista, sobre Geese-sama y Billy.

Ripper se pasó el pañuelo por la frente y no respondió.

Hopper se volvió hacia él.

—Oye —insistió—. ¿Estás diciendo que tú también crees...?

—¡No estoy diciendo nada! —interrumpió Ripper, con más énfasis del necesario, intentando no pensar en las otras cosas que había visto y oído durante el viaje a Japón.

Hopper se volvió hacia Billy otra vez. El oponente estaba de cara contra el suelo, y Billy le daba ligeros golpecitos con la punta del bo.

—Hey, ¿ya no puedes seguir? —estaba preguntando el joven rubio con una sonrisa burlona.

El referee contó los segundos, y luego declaró a Billy como el ganador.

Billy se alejó sin dar tiempo a que el árbitro dijera nada más. Antes de dirigirse hacia los secretarios, el joven alzó la mirada y buscó a la Geese Tower en el horizonte, viéndose complacido consigo mismo.

Hopper se apresuró a entregarle una toalla.

—Felicitaciones —dijo.

—Estás sangrando —señaló Ripper.

—No es nada —dijo Billy sin siquiera echarle una mirada al corte en su brazo.

El joven volvió a observar la Torre. Quería regresar donde su jefe, pero aún quedaban cosas por hacer en el torneo. Aunque Billy no tuviera otra pelea programada para ese día, debía observar a los participantes contra los cuales no lucharía, para determinar si tenían potencial para ser empleados de Howard Connection.

Ripper y Hopper permanecieron cerca de él, atentos a sus órdenes.


—Geese-sama.

Billy se detuvo unos pasos detrás del empresario, en el balcón del penthouse.

Geese estaba junto a la baranda, observando la ciudad y disfrutando del aire tibio que corría aquella noche. En la sala, el televisor estaba encendido, y un programa de amenidades presentaba un reportaje sobre el King of Fighters.

En el camino al balcón, Billy había captado una imagen de sí mismo en la pantalla, donde hacía girar el bo dejando un rastro de fuego en el aire. Salir en televisión le hacía sentir extraño.

Se preguntó si Geese estaría satisfecho con su desempeño. Había ganado, pero había recibido algunos golpes. El leve corte en su brazo podría haber sido evitado si hubiese estado más atento.

Aun así, había ganado, sin problemas, y había disfrutado del encuentro tal como Geese-sama le había ordenado. El sabor de la victoria lo había dejado aturdido. Complacer a Geese era placentero.

La brisa, aunque cálida, hizo que Billy se estremeciera. Seguía vestido con los overalls celestes, y el viento rozaba la piel de su torso descubierto, pasando entre los pliegues de la prenda.

—¿Por qué no te acercas? —preguntó Geese.

Billy inclinó el rostro.

—Vine directamente a reportarle los acontecimientos de hoy. No he tenido tiempo para asearme y estoy cubierto de suciedad.

Geese se volvió a mirarlo con una expresión un tanto entretenida y luego sonrió.

—Puedes usar el baño —señaló.

—¿Qué?

—Toma lo que necesites, hay toallas de sobra.

Billy no supo cómo negarse, porque no había estado esperando algo así. Con un tenue asentimiento, se dirigió a la habitación de Geese-sama y luego al baño.

Él se había presentado a esa hora como parte de su trabajo, y porque quería ver a su jefe y contarle todo lo acontecido ese día. Pero tal parecía que Geese-sama estaba de buen humor y había dado por terminado el horario laboral. Aquello hizo que Billy sonriera para sí y se sintió ansioso por poder conversar con Geese sobre el torneo, de un modo más personal.

El cuarto de baño estaba impecable y tenía un ligero aroma a crema de afeitar. Billy se sintió como un intruso en un primer momento, porque él no solía utilizar ese recinto. Cuando era necesario, e incluso cuando pasaba las noches con Geese-sama, prefería usar las duchas de los vestidores de los empleados.

Sin embargo, la incomodidad pasó pronto. Billy se desvistió y entró a la ducha. El aroma del jabón y del shampoo le recordaron a Geese.


Billy deliberó sobre si debía volver a ponerse los overalls sucios. La idea le desagradaba, pero no tenía otra prenda a la mano. Las camisetas y pantalones que mantenía en el edificio estaban en su casillero, en los vestidores de los empleados. Recorrer el rascacielos con sólo una toalla atada a su cintura tampoco le apetecía demasiado.

—¿Terminaste? —oyó que preguntaba Geese a través de la puerta—. No te vistas.

Billy asomó la cabeza, frotándose el cabello enérgicamente para no mojar la alfombra de la habitación de su jefe, o su cama, o al propio Geese-sama.

El empresario estaba delante del armario y observaba algunas de las camisas ahí colgadas.

—Acércate —indicó Geese, y Billy obedeció, manteniendo la toalla en su cintura fuertemente sujeta con una mano.

Geese tomó una camisa blanca que tenía por única decoración unos patrones casi imperceptibles de hilo satinado. Billy la recibió, pero no supo qué hacer con ella.

—Puedes usarla —explicó Geese con una sonrisa medio burlona al ver la expresión confundida del joven.

—Pero...

—Pensaba tirarla de todos modos.

La camisa se veía casi nueva. Sin darse cuenta de lo que hacía, Billy la acercó a su rostro y respiró profundamente. La tela despedía una agradable fragancia a suavizante. Era un aroma que él tenía asociado con su jefe, al igual que el olor de su shampoo o su jabón. No era algo que pudiera describir con palabras, pero definitivamente le agradaba. Le hacía pensar en ropa limpia.

Cuando el joven alzó la vista, Geese lo observaba con curiosidad.

Billy apartó la camisa abruptamente y comenzó a ponérsela, aún sintiendo la mirada de su jefe sobre él.

La prenda era más grande de lo esperado. Las mangas le cubrieron las manos hasta los nudillos, y las costuras de los hombros resbalaron por sus brazos. El dobladillo inferior llegaba más allá de sus muslos.

Antes de que Billy pudiera comentar nada, Geese cerró algunos botones y luego tomó una de las mangas y la dobló cuidadosamente, como él solía llevarlas cuando no estaba trabajando. Hizo lo mismo con la otra, mientras Billy permanecía completamente quieto.

Geese se detuvo al ver el corte que el joven tenía en el brazo. No era profundo, pero la línea roja era larga y los bordes estaban un poco inflamados. En silencio, Geese lo recorrió con la punta de un dedo, de extremo a extremo.

—Me extrañó que ese cuchillo te tomara por sorpresa —comentó Geese, con un tono que no era del todo un reproche, pero expresaba cierta desaprobación—. Has esquivado ataques más veloces durante nuestros entrenamientos.

—Pero usted no usa trucos sucios, Geese-sama —señaló Billy con voz respetuosa.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Geese con una risa baja y desdeñosa—. ¿Por entrenar conmigo has olvidado cómo se pelea en las calles? ¿Ésa es tu excusa?

Billy no respondió. ¿Estaba siendo reprendido? Era difícil saberlo, porque la mano de Geese estaba en su brazo y el empresario acariciaba su piel mientras buscaba más heridas.

Geese entrecerró los ojos al mirar la mano de Billy. Los nudillos estaban desgarrados por el impacto de los golpes, y los dedos se veían enrojecidos.

—Ah, no se preocupe, esto es por el calor del fuego —explicó Billy, quitándole importancia.

Geese se apartó y abrió un cajón del armario. En el interior había una caja llena de guantes oscuros.

—Ve si alguno de esos pares es de tu medida —indicó.

Billy quiso decir que no era necesario, pero se contuvo. Geese-sama estaba de innegable buen humor. ¿Quizá la pelea de ese día le había complacido, a pesar del rasguño recibido?

Un par de gastados guantes llamó la atención de Billy al instante. En comparación con el resto, que se veían como si no hubiesen sido utilizados nunca, éstos mostraban un deterioro que era prueba de que habían servido bien a su dueño.

—Éstos son los que llevaba en Londres aquella vez... —murmuró Billy, alzando los guantes casi con reverencia.

—¿Sí? —preguntó Geese.

—Los recuerdo bien —dijo Billy en voz baja, simulando medirse los guantes mientras hacía una caricia sobre el agrietado material.

—¿Quieres ésos? Están viejos.

Billy asintió. Sí, quería ese par.

De pronto, su mente se vio invadida por recuerdos de aquellos días en Londres. Geese-sama lo había acogido en su habitación de hotel. Había compartido un lugar que debía ser privado con él. Y también se había asegurado de que él tuviera prendas que lo protegieran del frío invernal.

Y ahora, años después, mostraba esa misma consideración y le daba unos guantes para que sus manos estuvieran protegidas contra el maltrato y el fuego.

Billy bajó la mirada y pasó la punta de sus dedos por sobre los guantes y luego por la tela de la camisa. Estaba envuelto en algo que había pertenecido a Geese-sama y no tenía palabras para expresar lo que ese hecho tan simple le hacía sentir. Lo peor de todo era que no conseguía reprimir una sonrisa, y Geese-sama seguía observándolo.

¿Qué iba a pensar su jefe? ¿Creería que le hacía feliz que le regalaran ropa vieja?

—Parece que realmente te gusta que te regalen ropa vieja —comentó Geese en ese mismo momento.

Billy rio al ver que había acertado.

—Pensaba en lo afortunado que soy de que me haya encontrado —respondió el joven, sin saber bien por qué.

—¿A qué viene eso?

—Si no me hubiese encontrado..., incluso si yo hubiese conseguido llevar una vida normal después de que mis padres murieron..., nunca habría podido conocer esta satisfacción.

—¿Satisfacción? —repitió Geese.

—La satisfacción de poder estar cerca de usted —dijo Billy en voz baja, su mirada apartada, dirigida a los viejos guantes que tenía en sus manos.

Geese guardó silencio por algunos segundos. No se burló ni despreció su sinceridad. Sólo pareció meditar sobre lo que acababa de oír, como si se tratara de un tema difícil de comprender.

—Podrías haber encontrado esa satisfacción en cualquier otra cosa, no necesariamente una persona —concluyó Geese finalmente.

—No, Geese-sama —respondió Billy con una sonrisa tenue.

—No sabes lo que podrías haber vivido, ¿cómo puedes asegurarlo? —preguntó Geese sonando desaprobador, porque sabía que Billy se estaba dejando llevar por un sentimentalismo al afirmar algo así.

—Simplemente lo sé. Ninguna vida habría sido satisfactoria, salvo la que usted me ha dado.

—Tonterías.

Billy alzó la mirada, desconcertado. ¿Había molestado a su jefe por hablar de más?

—Te daré una recomendación —continuó Geese. Había fastidio en su voz, pero no debido a lo que Billy había dicho. Aquella cándida afirmación le había recordado a las dudas que él albergaba sobre lo que sentía por su guardaespaldas. Esas dudas que no podían ser resueltas con la ingenua seguridad que Billy estaba mostrando—. No hagas ese tipo de aseveraciones con tu visión tan limitada del mundo, o acabarás retractándote en el futuro.

—No me retractaré, Geese-sama. Aunque no sepa tanto del mundo como usted, estoy seguro de que no estoy equivocado.

Billy habló con voz cortés pero firme, mirando a Geese a los ojos.

El atrevimiento del joven hizo que Geese frunciera el ceño, y Billy cayó en la cuenta de lo que acababa de decir.

—Lo siento, no quería hablarle así —se apresuró a disculparse el joven.

Geese notó que Billy no estaba retirando sus palabras. Sólo se disculpaba por el tono que había utilizado. Su mirada aún era firme, y hasta un poco desafiante.

—No importa —murmuró Geese, intentando imaginar lo que sería aceptar neciamente la afirmación de Billy, y confiar en que los sentimientos del muchacho no iban a cambiar en los años que tenían por delante.

¿Cómo sería vivir una sucesión de momentos como ése, por años?

Con la eterna compañía del joven a su lado.

Geese entrecerró los ojos.

"¿Eterna?"

Él no usaba esos términos.

Pensar así no era realista.

Geese se apartó del joven y cerró las puertas del armario. Billy lo observó intranquilo, sin estar seguro de si estaba molesto o no.

—Puedes pasar la noche aquí —señaló Geese—. Pero no es necesario que vengas mañana. Después del torneo, ve a tu dormitorio y descansa.

—¿Por qué? —protestó Billy de inmediato—. Geese-sama, si lo he ofendido...

—Dije que no importa, ¿no me oíste? —preguntó Geese. La idea de ver a Billy suplicando por perdón después de su atrevimiento le pareció atractiva, pero no tenía por qué angustiar al joven así—. Mañana en la noche estaré fuera. No sé a qué hora volveré.

—Iré con usted.

—No, tú concéntrate en el torneo —indicó Geese.

Hubo un destello de molestia en los ojos claros de Billy. El joven apretó los dientes para contenerse de hablar y Geese sonrió. ¿Qué habría estado a punto de decir? De seguro Billy había querido recordarle una vez más sobre todos los enemigos que acechaban fuera del rascacielos.

A juzgar por su expresión, en otra vida, el joven probablemente habría contestado "al diablo el torneo".

Pero esa posibilidad era ahora imposible, y lo que Billy murmuró tras unos segundos de tensa frustración fue un "sí, Geese-sama".

La obediencia se impuso. El muchacho rebelde de Londres le entregaba su sumisión una vez más.

¿Y Billy tenía la osadía de decir que ese tipo de vida le satisfacía?

—No habrá ningún riesgo que amerite tu presencia —continuó Geese con una inflexión que era a la vez impaciente y tranquilizadora—. Será sólo una visita a puertas cerradas.

Billy asintió.

—Por favor, tenga cuidado —murmuró.

—No te distraigas pensando tonterías durante la pelea de mañana —dijo Geese, provocándolo un poco para que dejara de verse tan abatido.

—No, claro que no.

—Quiero otra victoria como la de hoy.

—Sí, Geese-sama. —Las mismas palabras, dichas en un tono más animado.

—Háblame sobre el torneo. ¿Viste a alguien que podría sernos útil?

Se sentaron en la cama, bajo los cobertores, mientras Billy le contaba todo lo que había visto y oído durante el KOF. Ningún detalle había escapado a su mirada atenta.

Geese tiró de él en algún momento y Billy quedó recostado contra su pecho.

La conversación continuó por algunos minutos, pero el joven, agotado tras el enfrentamiento y las pocas horas de sueño de los días anteriores, no tardó en sucumbir al cansancio.

Geese permaneció despierto por un largo rato, observando a Billy dormir entre sus brazos.


La noche del día siguiente, a falta de la presencia del joven, el recuerdo de su rostro dormido volvía una y otra vez a su mente.

—Estás lleno de sorpresas.

Marie Heinlein se volvió en la cama. Sus hombros desnudos asomaban bajo las sábanas blancas.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Geese, sentado junto a ella, con la espalda apoyada contra las almohadas. Estaba encendiendo un cigarrillo, y no le devolvió la mirada a la joven.

—No imaginé que serías tan considerado.

Geese exhaló una bocanada de humo, recorriendo la habitación con la mirada. Estaban en el departamento de Marie, en la amplia habitación de la joven. La atmósfera femenina del lugar contrastaba con la masculina opulencia a la que Geese estaba acostumbrado. La superficie del tocador estaba repleta de botellas de perfumes. Había carteras en los taburetes, vaporosas prendas dejadas al descuido sobre la banqueta afelpada al pie de la cama.

Como Geese no respondió, Marie se le acercó un poco más, hasta que finalmente sus ojos se encontraron. La joven sonrió, pero Geese no hizo movimiento alguno y siguió fumando.

Había ido ahí con propósitos claros. Se había dejado ver entrando al edificio, junto a Marie, y había permitido que los reconocieran. No era la primera vez que se encontraba con esa joven, y en el pasado la prensa había especulado sobre ellos. Esperaba que con ese encuentro volvieran a hacerlo, y que el interés en su "guardaespaldas inglés" decayera.

Además de eso, había comprobado algo.

La parte física de su relación con Billy no era lo que estaba influyendo sobre él.

Podía buscar y obtener placer de cualquiera, pero lo que Billy traía a su vida era mucho más que eso.

Ya no le quedaban dudas.

Marie eligió ese momento para extender una delicada mano hacia su pecho, hacia la cicatriz que lo cruzaba de lado a lado.

Geese detuvo el movimiento antes de que el contacto ocurriera, y la joven rio, juguetona. Se le acercó incluso más bajo las sábanas, pero Geese posó una mano en su blanco hombro y la detuvo con firmeza, mostrándole que no estaba interesado en seguir.

La joven ya no tenía utilidad para él.


Billy obtuvo su tercera victoria en el torneo, pero no disfrutó del triunfo. Se acercó a los secretarios y bebió largamente de una botella de agua, evitando mirar hacia el rascacielos de su jefe.

—Geese-sama indicó que quiere verte esta noche —informó Ripper.

—Está bien —dijo Billy, vaciando la botella y aplastándola en su mano enguantada, para luego lanzarla al cubo de basura cercano con un ademán fastidiado.

Los secretarios se sobresaltaron y Billy se dio cuenta de que estaba haciendo demasiado evidente su... ¿qué era? ¿Molestia? ¿Decepción?

Esa mañana, se había enterado de lo que Geese-sama había salido a hacer la noche anterior. El empresario se había encontrado con Marie Heinlein y había pasado horas en el departamento de la joven.

Geese-sama podía salir con quien quisiera, pero Billy no entendía por qué no lo había llevado con él.

Y ahora él no podía dejar de pensar en lo que Geese y Marie habían hecho durante tantas horas. ¿Beber y conversar? Sentados muy juntos, como Billy los había visto durante esa salida a la ópera, semanas atrás...

O... ¿quizá algo más?

El joven estaba sorprendido por lo difícil que era no sentirse afectado por esos pensamientos. De nada servía repetirse que él era sólo un subordinado. Las cosas habían cambiado tanto entre Geese-sama y él... No conseguía comprender por qué súbitamente el empresario había buscado la compañía de esa mujer.

Billy había repasado innumerables veces la última conversación que había tenido con Geese-sama. Su jefe no había estado molesto. Le había permitido dormir en sus brazos...

¿Entonces por qué...?

No podía preguntarle... y no podía dejar de pensar...


Esa noche, tras llegar al rascacielos, Billy salió de su rutina usual y en vez de dirigirse a ver a su jefe, primero se tomó un momento para ir a los vestidores. Pasó un largo rato duchándose en uno de los cubículos, obligándose a calmarse, para que Geese-sama no percibiera cuán afectado estaba.

Se repitió a sí mismo lo que ya se había dicho mil veces. No tenía derecho de exigir ni esperar nada. Geese-sama había sido más que generoso con él, pero lo que Billy deseaba era inalcanzable. Debía resignarse a ello.

Con una maldición entre dientes, Billy salió de la ducha y fue a vestirse. Uno de los secretarios esperaba por él en el vestíbulo de ese piso.

—Geese-sama se encuentra en este apartamento. Debes reunirte con él ahí —le informó Hopper, entregándole una llave con el número de una de las residencias desocupadas en los pisos superiores—. No lo hagas esperar.

Billy miró el llavero. La planta del departamento estaba apenas cinco pisos debajo de la oficina de Geese. El lugar estaba amoblado, pero en desuso, como tantos otros ambientes en el rascacielos.

Sin saber qué hacía su jefe ahí, Billy tomó el ascensor.

Descendió en un atrio con encerados suelos de mármol blanco y gris, y gruesas columnas ribeteadas de dorado. El mostrador circular de la recepción estaba vacío, así como todos los pasillos.

La ciudad era visible a través de los altos ventanales que conformaban las paredes de ese vestíbulo y Billy se tomó un momento para admirar la vista.

Si Geese-sama hubiese puesto las propiedades de ese piso en venta o alquiler, la renta anual habría ascendido a millones de dólares. Aquel era sin duda un lugar donde sólo los privilegiados podían vivir.

El joven se dirigió por uno de los corredores, buscando el apartamento indicado. Las luces estaban encendidas, los suelos limpios a pesar de que nadie utilizaba ese piso.

—Con permiso —dijo Billy, entrando en el recinto donde Geese-sama esperaba.

—Ah, Billy...

El joven parpadeó. La voz de su jefe había sido inusualmente suave.

—¿Quería hablar conmigo, Geese-sam...?

Billy se detuvo a medio paso. Se encontraban en un departamento sin divisiones, un loft equipado con costosos muebles de fundas blancas. Como nunca habían sido utilizados, las mesas de vidrio y los utensilios de metal de la cocina estaban en tan perfectas condiciones, que Billy sintió que había entrado en el catálogo de una revista de diseño de interiores.

El suelo era de tablas de madera clara, pero estaba protegido por gruesas alfombras en cada uno de los ambientes. La sala era amplia, con una cantidad innecesaria de sillones, y el dormitorio estaba amoblado con una enorme cama cubierta por gruesos edredones también blancos.

Geese estaba de pie frente a la ventana de la sala, de cara al paisaje. Sobre la mesilla a su lado había dos cajas de cartón. Billy reconoció los contenidos con tan sólo una mirada. En una había discos, revistas, algunas herramientas que él utilizaba para reparar su bo. En la otra caja estaba su ropa.

Aquéllas eran las pocas posesiones personales que él mantenía en el dormitorio para empleados, en la mansión de Geese.

—Geese-sama, ¿por qué mis cosas están aquí? —preguntó, confuso.

—Vas a vivir aquí a partir de hoy.

La confusión de Billy no hizo más que aumentar. Se acercó a su jefe, sin conseguir salir de su sorpresa. Si Geese-sama así lo había decidido, él obedecería y se mudaría a ese lugar, pero...

—¿Por qué...? —preguntó en voz baja.

—Pasas tanto tiempo en el edificio, no tiene sentido que regreses a la mansión —indicó Geese.

—No creo que pueda pagar el alquiler —dijo Billy, mirando en derredor. El apartamento era lujoso. No se imaginaba a sí mismo viviendo en ese lugar.

—Podrás, si ganas el torneo.

La respuesta de Geese fue seria, pero Billy pudo ver un brillo risueño en sus ojos. Su jefe se estaba burlando de él.

—No tienes que pagar nada —aclaró Geese—. Vivirás aquí como parte de tu trabajo. Tenerte cerca será conveniente.

Billy recordó que sólo cinco pisos lo separaban de la oficina de Geese. Y un piso más arriba estaba el penthouse.

Iba a poder estar cerca de su jefe, sin importar la hora del día.

Y no había tenido que pedirlo, Geese-sama era quien lo había decido así.

Billy volvió a sentirse confuso, sus preocupaciones sobre Marie Heinlein casi olvidadas.

—Si Krauser intenta algo, estarás aquí —agregó Geese.

—Es una buena decisión —concordó Billy con un firme asentimiento—. Si ese hombre aparece, estar cerca de usted es lo mejor. No permitiré que le hagan daño.

Geese sonrió. Billy percibió algo enigmático en esa sonrisa, pero la sensación pasó pronto.

—Por cierto —dijo Geese, tomando una de las revistas que estaban en la primera caja. La dejó sobre la mesa, abierta en una página específica.

Consternado, Billy se dio cuenta de que era la revista con el artículo publicado por Satel, que él había conservado a pesar de que tenía órdenes de destruirla.

Geese no comentó nada. Sólo señaló la foto de ambos con un dedo.

—En vista de que evitar la distribución del artículo no fue suficiente, decidí ocuparme de esto —informó—. Ya debes saber que me reuní con Marie Heinlein.

Ofuscado por la súbita mención de la joven, Billy sólo asintió.

—Resultó útil, aunque mis intenciones no fueron de su conocimiento. Espero que la prensa pronto se olvide de ti.

—¿Salió con ella para desviar la atención?

Billy se mordió los labios y maldijo en silencio. Había sonado aliviado y Geese-sama debía haberlo notado.

—Y para resolver una incertidumbre —acotó Geese, observándolo con curiosidad—. ¿Qué otro motivo tendría para verla?

Billy optó por no responder. Desde hacía un tiempo se preguntaba a menudo qué sucedería si Geese-sama decidía comenzar a salir formalmente con alguien. La parte racional de su mente se había preparado para que eso ocurriera tarde o temprano, pero Billy no había creído que aceptarlo fuera tan difícil. Geese había compartido tan sólo una velada con Marie Heinlein y él había pasado todo un día afligido. ¿Qué iba a ocurrir si Geese-sama comenzaba una relación?

Geese esperó algunos segundos, pero Billy continuó en silencio con su rostro serio y abatido, y el empresario se dio cuenta de que no llevar a Billy a la reunión con Marie no había servido de nada. El joven se veía tan apesadumbrado como si hubiese tenido que vigilar fuera de la puerta de la habitación de esa mujer, enterándose de todo lo que ocurría en el interior.

Geese había querido evitarle ese mal rato. Era por eso que no lo había llevado consigo.

Podría decirse que… una vez más, ¿había querido "protegerlo"?

—Heinlein cumplió su función. Ya no tengo un uso para ella —agregó Geese.

¿Y ahora intentaba reconfortar al joven?

—¿Te consideras útil, Billy? —preguntó Geese, ya que Billy permanecía en silencio.

—Ser útil para usted es uno de mis principales objetivos —asintió Billy de inmediato.

—¿Y sientes que estás haciendo un buen trabajo?

—Mientras usted esté satisfecho, no importa lo que yo piense.

—¿Estás seguro?

Billy alzó la mirada, confuso ante la pregunta.

Geese sonrió y posó una mano en la mejilla del joven, acariciando tenuemente, como si un roce pudiera aliviar su expresión agobiada.

—¿Acaso no considero tu opinión en ciertos asuntos?

Billy asintió.

—Estás conmigo en esto, Billy —señaló Geese en un susurro.

El joven volvió a asentir, vacilante. Su jefe había sonado como si ambos estuvieran involucrados en una situación indeseada, pero aquellas palabras habían sido dichas con una sonrisa.

Billy no preguntó qué significaba exactamente aquella frase ambigua. Su respuesta era una sola. No necesitaba saber nada más.

—Siempre, Geese-sama.


No suelo incluir notas de autor, pero creo esta vez es importante señalar algo ^^.
La única razón por la que esta historia incluye una escena de Geese con Marie es porque algo debió pasar entre ellos para que Rock pudiera ser concebido. En este universo, la concepción de Rock fue un accidente, y eso explicaría por qué Geese no muestra el más mínimo interés en él o su madre.
Si no fuera porque estoy guiándome por el canon, me gustaría pensar que esta versión de Geese sería fiel a Billy ^^.
~Miau
P.S: Feliz cumpleaños, Geese-sama ^^.