Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«23»
La abadesa les mintió. Lo negó incluso cuando le tendieron su propia carta, negó conocer a Ino Uzumaki aunque reconoció que era una benefactora tan generosa que su donación había permitido que su casa de niños abandonados se ampliara y se convirtiera en un orfanato. Pero la abadesa se mostró severa y abrupta, y era evidente que no decía la verdad, al menos acerca de la carta. ¡Hasta la rompió en pedazos y la arrojó a un lado! Y entonces Hinata ni siquiera disponía de eso para mostrárselo a Naruto.
Era lo último que Hinata esperaba que ocurriera cuando llegaron allí. Lo único que quería era una confirmación, o al menos una carta escrita por Ino, pero no obtuvo ninguna de las dos cosas y había perdido la escasa prueba de la que había dispuesto.
Mikoto montó en cólera y maldijo a la devota mujer antes de arrastrar a Hinata fuera de allí. Pero cuando estaban montando en su carruaje una joven monja corrió tras ellas.
—Aquel año, en otoño, hubo una dama que acudió aquí con su doncella —les dijo.
—¿Estabas escuchando nuestra conversación con la abadesa? —preguntó Mikoto.
—Estaba en la habitación anexa. Yo... yo...
—No te sonrojes —se apresuró a decir Hinata con una sonrisa—. Yo también suelo escuchar a escondidas.
—¿Qué puedes decirnos de esa muchacha? —preguntó Mikoto—. ¿Sabes si era Ino Uzumaki?
—Nunca la vi. La única que la vio fue la abadesa; se quedó aquí con nosotros durante muchos meses. A veces se oían llantos en su habitación pero ninguno de nosotros se ocupaba de ella, solo su doncella. Estaba completamente aislada, con el fin de proteger su identidad, al menos hasta el parto, cuando llamaron a la comadrona. Mandaron llamar a la pareja que debía hacerse cargo del niño, pero eso ocurrió antes del griterío, de lo contrario puede que la abadesa hubiera esperado.
—¿Qué griterío?
—Todas fuimos convocadas a la capilla para rezar por la madre y el niño cuando oímos los gritos de la comadrona diciendo que había complicaciones... que perdía demasiada sangre. Lo siento, pero cuando eso pasa la madre rara vez sobrevive.
—¿No lo sabes con certeza?
—Lo único que puedo deciros es que al día siguiente apareció una tumba recién excavada en el cementerio, y no precisamente una pequeña. Uno de ellos o ambos habían muerto.
—Pero seguro que vuestra abadesa al menos les informó del desenlace después de que rezaran, ¿no? —dijo Mikoto—. Puede que estemos hablando de mi nieto.
Hinata se disponía a recordarle a su madre que eso era imposible, pero la monja se le adelantó.
—No lo comprenden. Las «damas» exigen un anonimato total cuando acuden a nosotras y eso incluye hasta la muerte; por eso la tumba no tiene lápida y por eso la abadesa nunca hablará de ello ni revelará su identidad. Está obligada a guardar silencio.
—¿Pero tú no?
—Sí, pero dicen que soy demasiado compasiva. Es evidente que ustedes conocían a la muchacha y sufrís por ignorar lo que le sucedió. Lamento mucho no poder decirles lo que esperaban oír. Las mujeres plebeyas que vienen aquí para entregarnos sus bebés no se aíslan y no nos impiden tener contacto con ellas. Además, también suelen morir durante el parto con demasiada frecuencia. Ya he dicho demasiado, me veré en problemas si me ven hablando con vosotras. Debo irme.
Hinata asintió y dio las gracias a la monja. Había puesto tantas esperanzas en ese viaje, pero cuando montó en el carruaje Mikoto dijo:
—Iremos a Sevenoaks. Puede que Ino muriera debido a esas complicaciones, pero es posible que el niño haya sobrevivido. Tengo que asegurarme.
La joven monja ni siquiera había estado hablando de Ino. Ino había muerto hacía dos años. Si un bebé huérfano estaba siendo criado en Sevenoaks era el hijo de una dama similar que había cometido una imprudencia similar. Mikoto quería creer que, de algún modo, Ino había fingido su muerte incluso cuando encontraron su cadáver, pero Hinata estaba demasiado abatida para discutir con su madre.
Kurenai, que las había esperado en el carruaje, preguntó:
—¿Y cómo encontraremos a ese bebé? Sería como buscar una aguja en un pajar.
—Hablaré con el alcalde y con todos los sacerdotes de Sevenoaks. Alguien sabrá si el año pasado una pareja regresó con un bebé. ¿Cuándo podría haber sido? ¿En abril o en mayo? O si en vez de eso regresaron a casa decepcionados. Si estaban esperando adoptar a un niño supondría una noticia emocionante para ellos, una que querrían compartir con sus amigos y vecinos. Ahora déjenme echar una cabezadita, estoy exhausta. Anoche estaba tan excitada confiando en que hoy recibiría buenas noticias que no logré pegar ojo.
Hinata se sentía muy desanimada y se regañaba a sí misma por haber insistido en visitar ese orfanato. Debería haberle llevado aquella carta directamente a Naruto en vez de dársela a una monja, solo para ver cómo la rompía. No era una prueba concluyente, pero había sido algo, y él nunca creería a Hinata si ella intentaba hablarle de la carta. No estaba cansada, pero se apoyó contra Kurenai buscando consuelo.
—¿De verdad dejarás que recorramos todo el trayecto hasta Sevenoaks para nada?
—susurró Kurenai unos minutos después, cuando Mikoto roncaba con suavidad.
—Tú podrías habérselo dicho —murmuró Hinata.
—No me corresponde hacerlo, pero si ese bebé sobrevivió es necesario que le digas que no puede guardar ninguna relación con ella.
—Lo haré, llegado el momento, pero es probable que allí no encontraremos ningún bebé y ella misma llegará a la conclusión de que murió junto con quienquiera que fuera su madre, que, sin duda, es lo que pasó. Pero no tengo prisa por regresar a Londres hoy; de hecho, preferiría regresar a Lancashire.
—No digas eso. Allí no encontrarás ningún marido.
—¿Quién dice que quiero uno ahora? A lo mejor sentiré algo diferente cuando llegue la temporada social de invierno, pero ahora... fingir que disfruto con esos eventos sociales ha sido muy difícil, cuando lo único que puedo hacer es pensar en él. Lo de hoy supuso una enorme desilusión, Kurenai, era mi única oportunidad de poner fin a su ira por lo que él cree que le ocurrió a su hermana, mi única oportunidad de reconquistarlo.
—¿Reconquistarlo?
—Tenía grandes esperanzas de que nuestro matrimonio supusiera un punto de inflexión para nosotros, pero no pude averiguarlo.
Kurenai debió de percibir que las lágrimas eran inminentes, porque cambió abruptamente de tema con un interesante cotilleo.
—Chõji me visito antes de abandonar Londres, sabes que ese muchacho me agradaba, sabes que le estaba ayudando con unas hierbas para adelgazar bueno... En realidad estaba bastante triste y se negó a confesar el motivo.
—No sabía que se había marchado —dijo Hinata, lanzándole una mirada de soslayo
—. O que lo habías visto desde que nos mudamos de casa.
—Por supuesto que lo he visto.
—¿Cómo estaba Naruto? ¿Te lo dijo?
—Muy distante. Estar en su presencia resultaba desagradable.
—Pero si Naruto consiguió lo que quería, ¿por qué no está feliz y satisfecho?
— Chõji no lo sabe. Al parecer, el zorro se niega a decírselo y eso lo ha puesto de un humor todavía peor. Puede que se deba a su madre y él no puede regañarla mientras ella aún se está recuperando.
—Supongo que está enfadado por tener que renunciar a sus minas de carbón para alcanzar su objetivo —dijo Hinata—. En cuanto a Chõji, si estaba de capa caída quizá sea porque abandonaba Londres con Naruto. Hinata cerro los ojos, preguntándose si Naruto no había hecho un esfuerzo por verla antes de abandonar Londres porque estaba enfadado por otra cosa, en concreto por la prepotencia de su madre. Tal vez quería superarla antes de que... ¿A quién trataba de engañar? Él no tenía ningún motivo para volver a acercarse a ella jamás, y ella había
perdido el suyo.
Pero Kurenai debió de quedarse dándole vueltas al tema porque una hora después volvió a susurrar:
—Creí que el objetivo de este viaje era demostrar que la muerte de lady Ino fue un accidente. Sabes que si ese bebé no murió junto con su madre y se encuentra en Sevenoaks te costará muchísimo trabajo impedir que tu madre exija que se lo entreguen a ella. ¿Por qué Mikoto está sacando la conclusión equivocada? Le dijiste que el cuerpo de Ino fue hallado en Scarborough, ¿verdad?
—Sí, pero se le metió en la cabeza que Ino simuló su muerte para que nadie la buscara.
—¿Mediante su propio cuerpo? —preguntó Kurenai, resoplando.
—Mediante una de... —Hinata se enderezó, boquiabierta—, de las joyas de Ino. Fue lo único mediante lo cual identificaron el cuerpo y aquel día su doncella robó sus joyas. ¡La que murió en la playa podría haber sido la doncella, asesinada para robarle el resto de las joyas y arrojada al mar para hacerla desaparecer! Puede que aquel día Ino realmente navegase hasta aquel orfanato.
—La mujer que se dirigió allí para tener un bebé disponía de una doncella que la acompañaba.
Hinata volvió a inclinarse hacia atrás: lo había olvidado. Se estaba agarrando a un clavo ardiendo, al igual que Mikoto, a menos que...
—Podía haber ido allí con una criada más vieja a la que conocía de toda la vida, en vez de con una joven doncella en la que quizás aún no confiara. Y puede que hubieran navegado costa abajo, lo bastante como para evitar esa tempestad por completo.
—Sea como sea, está muerta.
—Sí, pero si su bebé está en Sevenoaks... ¡Dios mío, Kurenai, si logro llevarle el hijo de Ino a Naruto todo cambiaría!
—Y vuestras familias tendrían un nuevo motivo para estar en guerra.
Hinata no le hizo caso.
—¡Dile al cochero que conduzca más rápidamente!
—No te alarmes —le dijo Naruto a Willis, que, boquiabierto, tenía la mirada clavada en los dos animales que Chõji trataba de obligar a entrar en la residencia londinense—. Son grandes pero inofensivos.
Las improvisadas correas resultaron inútiles. Kitsune deslizó la cabeza fuera de la suya, atravesó el vestíbulo a la carrera y remontó la escalera; Kurama arrancó la suya de las manos de Chõji y lo siguió, como de costumbre.
—Kitsune debe de haber olfateado el olor de lady Hyuga —comentó Chõji, suspirando tras atravesar el umbral.
—¿Después de dos semanas? Es más probable que sea la casa: no están
acostumbrados a ella, se tranquilizarán en cuanto hayan olfateado hasta el último rincón.
Entonces Willis carraspeó y, en tono estoico, dijo:
—Bienvenido a casa, milord.
Entonces oyeron un chillido en la planta superior y el grito alarmado de Kushina.
—¿Qué están haciendo dos zorros en mi casa?
—En realidad hay tres zorros aquí, madre —contestó Naruto, alzando la voz. Kushina apareció en el pasillo de la primera planta, y estaba tan encantada de ver que Naruto había vuelto a Londres que corrió escaleras abajo para abrazarlo. Al parecer, se había recuperado por completo y en vez de la fiebre un saludable arrebol le teñía las mejillas. Naruto debería estar contento... y lo estaría si no siguiese tan enfadado con ella.
Le devolvió el abrazo pero con bastante rigidez.
—Solo son perros grandes de los brezales. He traído el rojo porque es la mascota de Hinata y debo devolvérsela.
Kushina dio un paso atrás y lo contempló con expresión de temor.
—Naruto, ¿has...?
Pero él la interrumpió.
—Perdón, madre, tras cabalgar todo el día Chõji y yo necesitamos un whisky.
Condujo a Chõji a la salita de estar y cerró la puerta en las narices de su madre. Todavía no estaba preparado para hablar con ella, pero necesitaba un trago. Se sirvió una copa y otra para Chõji y alzó la suya para brindar.
—Por la mala suerte. El príncipe regente me obliga a casarme con la prima hermana de mi enemigo. Y aún peor: me enamoré de ella. Y lo peor de todo: mi madre se entromete, el regente se retracta y yo pierdo a la mujer que amo.
Chõji se negó a brindar por eso.
—La reconquistarás.
—Tal vez, ahora que tengo a Kitsune a mi lado, pero incluso así dispongo de menos de un año para disfrutar de ella.
—No creerás en esa estúpida maldición, ¿verdad, Naruto?
—No solía hacerlo, pero ahora, tras esta racha de mala suerte y encima tras la muerte de Ino y el fallecimiento prematuro de mi padre, empiezo a preguntarme...
—Pues deja de preguntártelo. No existe esa maldición. Lo sé, porque... porque se supone que yo era el que debía matarte.
Naruto alzó una ceja.
—¿Matarme? ¿Intentas hacerme reír? Creo que has hallado una manera ideal de distraerme de mi congoja, Chõji. Muy agradecido.
—Por más que me gustaría complacerte, no. Tal vez sería mejor que te sentaras.
—Tal vez sería mejor que te apresuraras a explicarme de qué estás hablando.
—Es esa condenada maldición —indicó Chõji, exasperado—. Y ni siquiera es tu maldición: la única maldición que te afecta es mi familia y en su mayoría le han dado crédito desde el año 1500, cuando Bathilda Akimichi, esa maldita antepasada mía, la proclamó a voz en cuello. Ella era la amante del primer vizconde de Konoha. El sacerdote de la aldea de aquella época otro de mis parientes ya creía que era una bruja porque, ¿de qué otra manera podría habérselas arreglado para deslumbrar a un noble y meterse en su cama si no fuera mediante un hechizo? Pero el sacerdote no podía hacerle nada mientras estaba bajo la protección de su señor... hasta aquella noche en la que regresó a la aldea llorando. El sacerdote la acusó en el acto y la condenó a morir en la hoguera, pero antes de que lograran arrastrarla hasta allí maldijo a su propia familia y juró que, si a partir de aquel día un primogénito de los Akimichi no mataba a todos los primogénitos de los Uzumaki y antes de que cumplieran los veinticinco, entonces morirían todos los primogénitos de los Akimichi. Y se suicidó ante los ojos de ellos, gritando esas palabras y usando su propia sangre para sellar la maldición.
—¿Y tú crees eso?
—Que ocurrió así, sí. Pero algunos de mis parientes creyeron en esa maldición. Poco después de la funesta escena montada por Bathilda muchos Akimichi se trasladaron a otros lugares, algunos porque no querían formar parte de los malvados conjuros de la bruja, otros porque sabían que eran tonterías supersticiosas. A lo largo del siglo siguiente, la maldición se convirtió en un secreto transmitido del primogénito de una
generación al primogénito de la siguiente. Solo este podía cometer el asesinato.
—Y tú eres un primogénito —dijo Naruto en tono seco.
—Sí. Chõbee no me transmitió el secreto hasta esa noche en la que recibiste el mensaje informándote de la enfermedad de tu madre, y Chõbee sabía que yo te seguiría a Londres. Quería que actuara antes de que te casaras con lady Hyuga, para que tu estirpe acabara para siempre y ellos pudieran dejar de cometer asesinatos.
—¿Chõbee te dijo todo eso? ¿Mi principal caballerizo quiere matarme?
Chõji asintió.
—Es el Akimichi de mayor edad que vive en Konoha Park, es el hermano mayor de mi madre. Lo aterra la idea de que Janie y yo moriremos si tú no mueres antes de fin de año. Confió en que no vivirías tanto tiempo, y por eso aguardó tanto tiempo antes de decirme que al próximo que le tocaba matarte era a mí. Traté de hacerle comprender que era una insensatez, pero la semana pasada cuando regresaste a Konoha Park con vida, la angustia se apoderó de él.
—Sabes que me cuesta creer lo que me estás diciendo. ¿Estás seguro de que no me estás tomando el pelo?
—¿De verdad crees que él me hubiera permitido abandonar Konoha Park con un cuento como ese si no fuera verdad?
—Supongo que no. —Naruto se dispuso a servirse otra copa, pero de pronto se volvió—. ¿Mi padre?
—¡No! En realidad, Chõbee me aseguró que ningún Akimichi aún con vida ha matado a nadie, y no se trata de que no estuvieran dispuestos a hacerlo. Pero todos los vizcondes recientes, incluido tu padre, tuvieron mala suerte con sus hijos y perdieron el primero en el parto o en la infancia. Mis antepasados han matado a algunos de los tuyos.
Provengo de una estirpe espantosa, ¡estoy muy avergonzado!
Kushina abrió la puerta, chasqueó la lengua y dijo:
—Y deberías estarlo, Chõji Akimichi.
—¿Así que ahora te dedicas a fisgonear, madre?
—No, yo... bien, tal vez un poco, pero hemos de hablar.
Chõji trató de pasar a su lado.
—Me iré —dijo.
Ella se lo impidió.
—No, no te irás. ¿Ha muerto algún miembro de tu familia desde que Naruto cumplió los veinticinco?
Naruto estaba incrédulo. Dejó la botella de whisky en la mesa y procuró suavizar el tono de su voz, pero solo lo logró a medias.
—¿Piensas volver a entrometerte? Yo me enfrentaré a esto, a ti no te incumbe.
—Pues resulta que sí y tenía la intención de decírtelo el día de tu cumpleaños, pero lo celebraste en casa de Shikamaru donde te trataron la herida, la herida que ni siquiera querías que yo descubriera que sufrías, y después te marchaste a Konoha Park para recuperarte, para que yo no lo descubriera. Y contesta mi pregunta, Chõji.
—No, milady, nadie ha muerto. Pero si Naruto vuelve a cumplir años, mi tío cree que todos los primogénitos Akimichi morirán: yo, y Janie.
—Pues entonces estoy encantada de demostrar que esa estúpida maldición es mentira de una vez por todas. —Kushina le sonrió a su hijo—. Ya tienes veintiséis años, cariño. La maldición no es real y tu padre y yo lo demostramos mintiendo acerca de tu edad.
Naruto volvió a coger la botella de whisky, pero a lo mejor debería haberse pellizcado: esa clase de extraña absurdidad solo ocurría en sueños, pero ¿dos veces en un solo sueño? Bebió un trago largo de la botella que sostenía en la mano antes de preguntar:
—¿Cómo es posible? Los criados hubiesen sabido cuándo nací.
—El que tuvo la idea de demostrar que esa maldición era falsa fue tu padre y lo ha hecho, solo que no vivió para saberlo. Cuando nos enamoramos durante mi primera temporada social ambos éramos jóvenes... Y yo ya estaba embarazada antes de que nos casáramos y emprendiéramos nuestro viaje de bodas.
Naruto arqueó una ceja y Kushina se ruborizó. Una vez más, Chõji intentó abandonar la habitación, pero Kushina apoyó las manos en el marco de la puerta.
—Nos ausentamos durante casi cuatro años; cuando regresamos a Inglaterra afirmamos que tenías un año menos de los que realmente tenías. Sí, la gente se maravilló de lo grande que eras para tu edad, pero nadie jamás adivinó el motivo y ahora sé que quizá te salvamos la vida mediante nuestro ardid.
Puso fin a sus palabras lanzándole una mirada furibunda a Chõji, pero él estaba demasiado aliviado como para darle importancia.
—Enviaré un mensaje a mi tío y la próxima vez que lo vea le hincharé un ojo. Gracias, milady. ¡Me he quitado un peso enorme de encima, casi podría flotar!
Entonces ella dejó que se marchara y le preguntó a Naruto lo que había querido preguntarle hacía unos momentos.
—¿Ya me has perdonado?
Naruto bebió más whisky.
—Lo uno no tiene nada que ver con lo otro. No me salvaste de un destino peor que la muerte, madre. En vez de eso me has condenado a un nuevo infierno.
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Continuará...
